Capítulo I

El bosque de Farone es una enorme masa arbórea que se extiende al sur de Hyrule implacable e infranqueable, cobijando en su interior numerosos rincones prácticamente inaccesibles y olvidados por el hombre. Su más profunda espesura es engañosa y el forraje crea un espacio cubierto a veces por las sombras, aislado de modo que puede antojarse un verdadero laberinto para los que en él se adentran.

Link regresaba de su viaje desde Términa. Montaba en Epona que por entonces era una potrilla, al igual que él era sólo el niño de 10 años que había dejado atrás Hyrule buscando a Navi. En aquel entonces el tiempo parecía haberse replegado sobre sí mismo caprichosamente y se hubiese hecho más denso. Había recorrido el río del tiempo con la ayuda de la ocarina y la Espada Maestra que era una llave para avanzar y retroceder 7 años en el reino sagrado pero Zelda le había devuelto a su época una vez que la paz estuvo reestablecida. Sin embargo, el ciclo en Términa se había hecho de manera diferente, los tres días y las tres noches se eternizaron. De este modo Términa se volvió una realidad paralela, un reflejo de Hyrule en el que había contrapartes de la gran mayoría de habitantes de Hyrule, aunque Link no pudo hallar réplicas de todos y cada uno de ellos, no encontró un reflejo ni de él mismo ni de Zelda, por ejemplo.

Por otro lado, el vendedor de máscaras manifestó haberle estado siguiendo ¿cómo pudo él cruzar el bosque sin un hada e internarse en una dimensión paralela? Se habría percatado de su presencia y sin embargo el susodicho se presentó ante él oportunamente, liviano como si se hubiese materializado de la nada ¿qué clase de poder portaba? ¿cómo podía conocer la canción de curación?

Todas esas preguntas martilleaban la mente de Link mientras se adentraba a trote lento en lo más interno del bosque y tenía la certeza de que era probable que jamás hallase respuestas, al menos respuestas satisfactorias. Debió de vagar muchísimo tiempo o quizá tal vez fuera un suspiro porque el cruce entre dimensiones debió crear un agujero de gusano en el que el tiempo se aceleró. Cuando quiso darse cuenta volvió a ser adulto, tal y como cuando dejó la Espada Maestra en el pedestal del templo del tiempo, ¿habían pasado 7 años? ¿en qué época estaba? El tiempo le había afectado de manera diferente y sólo podía inferir que había estado errando en círculos, lo cual era más que probable dada la naturaleza engañosa del bosque y el hecho de que había dejado atrás a Taya, la única criatura que podría guiarle en aquella travesía.

No había duda de que se había perdido al carecer de la compañía de un hada y además no era Kokiri, sino Hyliano, de modo que tampoco sabía cómo orientarse en aquel dédalo de árboles. Albergaba la esperanza de poder tocar la canción de Saria y así hablar con ella o guiarse pero tampoco sabía con certeza si aquello funcionaría ya que desconocía la época en la que se hallaba. Desmontó de Epona de un salto y tomó las riendas, agudizando su oído pudo escuchar un leve rumor como de agua a lo lejos de modo que guió a la yegua tomándola de las riendas hasta que halló la cristalina y fresca corriente del arroyo serpenteando entre las rocas.

Dejó al animal abrevando mientras él se sentaba en una enorme piedra cerca de la corriente, suspirando con pesar tratando de poner orden en aquella caótica maraña que eran sus pensamientos. Algo había cambiado en el bosque, su atmósfera, lo que podía percibir en él no era lo mismo que se podía sentir en las cercanías del templo del bosque de modo que quizá aún se hallaba lejos de aquella zona, tal vez aún seguía en algún punto de la frontera con Términa. No podía asegurarlo completamente porque tampoco sabía si el tiempo había pasado sólo para él o también todo había cambiado a su alrededor, de ser así, el reino de Hyrule no sería el mismo. Tal vez si se encontraba en un futuro alterno en el que Ganondorf fue sellado en el pasado todo estaría bien, pero si aquel inesperado viaje en el tiempo había trastocado el pasado la perspectiva no era nada halagadora.

Pensó que quizá si seguía el curso del río llegase a una zona habitada y saldría del bosque pero al mismo tiempo podría jurar que aquel arroyo no era el río Zora que cruzaba Hyrule hasta desembocar en el lago de Hylia. Arrodillado sobre la roca se asomó a la cristalina superficie y tomó agua entre las manos para enjuagarse el acalorado rostro. Cuando abrió los ojos y sacudió la cabeza el reflejo que le devolvió el arroyo le hizo retirarse bruscamente hacia atrás como si huyese de una amenaza. Había visto a un Stalfos en lugar de su reflejo. Temeroso y parpadeando insistentemente mientras se enjugaba las gotas de agua que perlaban su frente volvió a escrutar la superficie. Sin duda aquello debió ser una ilusión porque el reflejo volvía a ser aquel chico de rubios cabellos, orejas puntiagudas y ojos azules. En cualquier caso, pudo percibir un extraño destello rojizo en su mirada que atribuyó al desfallecimiento, sin duda el cansancio alteraba sus sentidos y sus capacidades de percepción. El sol comenzaba a caer y los oblicuos rayos se filtraban perezosamente entre las hojas y las ramas, disolviéndose en la oscuridad de un atardecer que empezaba a rendirse ante la llegada de la oscuridad.

Cuando oyó el suave relincho de Epona volvió a tomar sus riendas, palmeando suavemente su musculoso cuello y la condujo junto al pie de un frondoso árbol bajo el que pretendía hacer noche, tomándolo como cobijo. Las noches aún no eran del todo frías y se podía dormir al raso sin mucho inconveniente. Echó una fugaz mirada a su alrededor como buscando indicios de los Stalfos que se decía que moraban por el lugar. La leyenda decía que quién se perdía en aquellos bosques acababa convertido en uno de ellos y aquello lograba hacerle estremecer. No obstante, como para alejar aquellos presentimientos de su mente se afanó en preparar un montón de ramas que prendió usando el fuego de Din y se echó a dormir en una manta raída que sacó de la alforja.

Quizá la luz del nuevo día le trajese esperanzas y respuestas con renovadas energías.