Cuatro años después
A pesar del tiempo transcurrido, Konoha no parecía haber cambiado en lo más mínimo. Las calles seguían siendo joviales y ruidosas, los pájaros seguían despertando a los descuidados que se dejaban las ventanas abiertas por la mañana, los ninjas recorrían despreocupados sus calles, recordando lo bonito y agradable que era estar en casa. Algunos negocios habían cerrado, otros habían surgido y mientras que las caras que circulaban por ella no eran las mismas, Konoha seguía igual, llena de bullicio y vida. La voluntad de fuego residía en el corazón de cada shinobi y el orgullo con el que se llevaba su símbolo era inmortal.
En esas mismas calles caminaba una niña algo cabizbaja. De vez en cuando levantaba tímidamente la mirada o movía los dedos en un gesto nervioso. Llevaba una sudadera beis, pero ancha y espaciosa, ideal para resguardarse en ella como una especie de coraza. No podía tener más de 4 años. Si bien en una Aldea Ninja como Konohagakure no era inusual ver a niños tan pequeños comportarse de manera atípica, se podría decir que el caso de esa niña en concreto era algo particular. Sobre todo si uno se fijaba en una pequeña llama cosida en el hombro de su chaqueta. La señal de pertenecer a un clan de prestigio.
Era el símbolo de uno de los clanes más prominentes de la Aldea y, sin duda, del más elitista entre ellos. Los Hyuga. Eran un clan antiguo, más incluso que reconocidos clanes como el Uchiha y los Senju. Sus miembros eran orgullosos y severos con inexpresivos ojos blancos que indicaban su doujutsu, el estimado Byakugan. Era por esa razón por la cual Hinata llamaba la atención, algo ironico si considerábamos sus esfuerzos por pasar desapercibida. La niña no era severa, sino nerviosa y lejos de ser orgullosa, desprendía una timidez apabullante. Tenía el pelo sumamente corto –un signo de deshonra en un clan tan tradicional como el Hyuga- y la mirada expresiva y triste. En vez de mostrar el imponente porte de su clan, Hyuga Hinata rebosaba vulnerabilidad. Y en el mundo ninja, no había sitio para los débiles.
Hyuga Hinata, la heredera del clan Hyuga, era conocida como un fracaso. Dentro de su clan, por supuesto, no vaya a ser que la humillación que suponía Hinata llegara a expandirse por toda Konoha. No, el clan no podía permitir algo como eso. A los ojos de todos, Hyuga Hinata debía ser un Hyuga más, no la heredera que mostrara su valía con el Jyuken junto con una noble frente libre del sello del pájaro enjaulado. Idealmente, esa sería la solución- Hiashi aunque viudo, era joven y apuesto y no tendría problemas consiguiendo otra esposa que le diera un heredero viable. Pero Hitomi, la mujer del líder, amaba a su hija sobre todas las cosas y, en su lecho de muerte, hizo prometerle a su marido que no impusiera el sello en su bebé. Así que Hinata seguía siendo un miembro de la Rama principal de la familia.
(Pero los ancianos, viejos astutos ninjas como eran, la obligaron a tener un flequillo que tapara su frente. Ningún Hyuga había hecho antes ningún esfuerzo por tapar un frente sin marca. Con algo de suerte, Konoha asumiría su existencia.)
Sin embargo, toda esta política familiar no era algo que entendiera la joven Hinata (Que entendía pocas cosas 'de mayores' y desconocía muchas más) ni cosa que se parara a pensar, mucho menos un día como hoy. Era su primer día en la Academia ninja y no podía estar más nerviosa. La tentación de darse la vuelta y correr sin mirar atrás se hacía más grande con cada paso que daba. Pero Hinata sabía que huir no era una opción. No cuando el primo Jun la acompañaba. Mucho menos cuando su padre esperaba escuchar las maravillas de su primogénita al llegar a casa.
(Hinata no sabía porque seguía esperando que fuese un prodigio. Le habían dicho ya muchas veces que era una vergüenza, inadecuada para su papel de heredera
Aunque si Otou-sama creía que Hinata podía ser alguna clase de genio, lo intentaría. Aun no siéndolo)
Así que andaba, intentando alzar la cabeza sin éxito y disimular la duda de sus pasos, fracasando patéticamente en el proceso. Con sólo sentir la severa mirada de su primo le bastaba para saber eso. Jun era varios años mayor que ella, de la rama secundaria y con un talento inusual para el jyuken. No era considerado un genio aunque el niño, arrogante como todos los niños que han crecido oyendo cumplidos, creía que se debía a que no pertenecía a la rama principal del clan y no a una falta por su parte. Por esa razón resentía al clan y a su débil heredera sobre el resto. Mirándola de reojo y sin molestarse en ocultar el desprecio que la nerviosa niña le causaba, Jun se volvió a lamentar internamente de la existencia del sello. Aunque el suyo nunca hubiera sido activado hasta el momento, lo había visto en muchos de sus familiares (Eiji-donno, en particular, no tenía ninguna clase de reserva en utilizarlo por las trasgresiones más pequeñas) y jamás quería experimentarlo en carne propia.
Si eso hacía que Hinata-sama se perdiera alguna lección de la vida fundamental que pudiera impartir Jun-sensei, que así fuera.
Acelerando, Jun obligó a su prima a casi correr, sus regordetas y cortas piernas incapaces de mantener la velocidad del Hyuga más mayor. Normalmente, como miembro del noble clan Hyuga, Jun se vería en el deber de aminorar el paso para no dejar a su prima corriendo como un patético niño civil corriendo tras de él, pero Jun tenía sus prioridades. Y esas eran deshacerse de su prima cuando antes. Nada más cruzar el umbral de la Academia, Jun desapareció, dejando a Hinata jadeando levemente sin la menor idea de dónde tenía que ir y más nerviosa que nunca.
Sin saber muy bien que hacer, Hinata dio un dubitativo paso adelante, ojos buscando desesperadamente un destino al que dirigirse. Desanimada, vio como a su alrededor un montón de niños eran acompañados por sus padres hasta las puertas, donde estaba ella.
—¿…Lo tienes todo? — Hinata miró de reojo como un hombre se despedía de su hijo. Estaba de cuclillas frente a él, mirándole con una sonrisa nerviosa claramente preocupado. (Hinata no entendía por qué se arrodillaba ante su hijo, ¿no tendría que ser al revés?) Alejó la vista inmediatamente después, avergonzada. ¿Y si la veían? Pero Hinata tan sólo tenía tres años, y sus ojos volvieron a la escena con curiosidad.
—Sí. —El pequeño rodó los ojos—Como cuando salí de casa, y en la calle, y cuando giramos la esquina- Respondió una voz infantil con impaciencia. —Parece que es tu primer día y no el mío, papá- Recriminó el niño (seguramente un compañero de clase, se dio cuenta Hinata) cruzándose de brazos. Era terriblemente insolente, un gran contraste para alguien con la estricta educación que había recibido Hinata durante su vida. Pero el padre, con el mismo pelo gris despeinado pero ojos mucho más amables se rió.
Una sonrisa, dos partes nostalgia y una anhelo, se asomó en los labios de la niña. Era bonito ver familias tan cercanas.
—¿Y tú que estás mirando? — El tono agresivo del hijo la sobresaltó. La heredera dio un pequeño salto que no pudo ocultar (pese a que tendría que haberlo hecho, iba a empezar la Academia ninja, tendría que tener un mejor autocontrol que ese. Ni siquiera había comenzado las clases y ya estaba fallando) e ignoró con mejillas ardientes el pequeño y socarrón bufido que hizo el niño desconocido al verlo
—Kakashi, no seas malo— Reprochó suavemente el hombre de ojos cálidos. Luego, para el creciente asombro y vergüenza de Hinata, se arrodilló enfrente suyo para poder mirarla a los ojos — ¿También es tu primer día, pequeña?
Atónita ante la amabilidad del hombre frente a ella que, pese a estar en cuclillas seguía siendo un gigante, Hinata asintió tímidamente un par de veces.
—Papá, no—Ordenó con esperanzada firmeza el menor de la familia. Cuando su padre solo se giró a verle con la misma sonrisa suspiró con derrota— Soy demasiado joven para esto— se lamentó para sí mismo, ignorando el entretenimiento que causaba a su padre y la confusión que despertaba en su contemporánea.
—¡Qué casualidad! —Exclamó con alegría el padre que había decidido en un arrebato que el último minuto no había pasado. —Mi hijo aquí —El hombre posicionó fácilmente a Kakashi para que estuviera cara a cara con Hinata — también empieza hoy. ¿No sería fantástico que os hicierais amigos? —Sonrió más ampliamente.
—No realmente— Comentó apáticamente Kakashi. Hinata tragó, intimidada y bajó la mirada.
—Mira lo que has hecho, Kakashi, ¡ahora tu nueva mejor amiga está triste! —Se lamentó dramáticamente. —Vas a tener que acompañarla a clase y compartir el pupitre para redimirte- Kakashi contestó con la mirada más harta que Hinata había visto en su vida. Su padre le frunció el ceño, impaciente a que su hijo socializara, aunque fuera por obligación.
—S-shinobi-san— Interrumpió la suave voz de Hinata— N-no h-hace falta que K-kakashi-san m-me acompañe— Dijo, rematando con una temblorosa sonrisa que llegó al hombre cargada de ternura con mucha más puntería que un kunai enemigo.
—Tú…—Carraspeó —Pequeña, puedes llamarme Sakumo. —Murmuró, desacostumbrado como estaba a niños tan tiernos y adorables. No que su Kakashi no fuera adorable, porque lo era, pero más en el sentido de 'intentar desesperadamente ser un super ninja y fracasar estrepitosamente en el intento'. Mientras tanto, Kakashi, que había crecido siendo el centro de atención de su padre detectó una amenaza. Con ojos entrecerrados escrutó las mejillas rojas de la niña tímida y los ojos brillantes de su padre con creciente sospecha. Sólo una palabra cruzó su mente.
'No. '
Y como el niño-genio futuro-mejor-ninja que era, hizo un plan rápidamente. La única forma en la que podía estar seguro que Sakumo y esa…roba-papás jamás se encontraran era si sabía dónde estaba cada uno en todo momento. Sabía lo que tenía que hacer para lograr eso, aunque fuese un sacrificio que hiciera que su nariz se arrugara instintivamente (No que Kakashi dejara que su nariz se arrugara, era un ninja y los ninja no enseñaban sus emociones. Pero aún así) Kakashi era un shinobi, cumpliría con su deber por muy desagradable que fuera.
—Vámonos— Murmuró lo suficientemente alto como para que se registrara en el rango auditivo de sus dos oyentes mientras arrastraba a Hinata. No miró atrás. Ni siquiera cuando su padre soltó un sonido ultrajado o la chica pareció hacer su mejor imitación a un pequeño roedor. El parecido era increible. Si un talento como ese tuviera algún valor, Kakashi la hubiera elogiado
(Pero como seguramente era la habilidad más inútil en el mundo ninja, no lo hizo)
—A-ano—Intentó protestar Hinata, intimidada por el insolente niño que contestaba de mala manera a su Otou-sama y no tenía pelos en la lengua. Cerró la boca tras unos segundos en las que Kakashi siguió andando como si no hubiera dicho ni pío (Y para él, no lo había hecho. ¿Qué se suponía que tenía que contestar a a-ano? ¿Culo?) y decidió, o mejor dicho, no se atrevió a decir nada.
De todas formas que ese extraño chico la llevara a la clase era algo bueno, así no tendría que preguntar dónde se suponía que tenía que ir.
Aunque no tenía la menor duda que debía haberlo sido en una vida pasada, Inuzuka Kon no se consideraba a sí mismo un mal hombre. No como para merecer un destino tan cruel. Era un chunnin con algo de experiencia, una posición respetable para la gran mayoría de estándares, puede que con peor temperamento que el necesario pero nada que no se pudiera manejar. Tenía un ninken, como era usual en su familia, llamado Wan, no Wanmaru muchas gracias. O bueno, tuvo. Y sí, un Inuzuka sin un perro en los talones no era algo que se veía todos los días, y tal vez muchas de sus técnicas se debilitaran enormemente por ello pero aun así. Tenía experiencia y, sobre todo, voluntad. Kon quería salir ahí fuera, al campo de batalla y vengar a su compañero perdido. Seguía siendo un ninja funcional y competente. No entendía el porqué de ese castigo, siempre había sido fiel a su aldea, dispuesto a cumplir su deber y ansioso por tener un par de misiones de riesgo para aliviar el vacío que parecía acongojarle con cada bocanada de aire.
Ser un profesor de primer año en la Academia Ninja no era ninguna misión de riesgo.
(Tampoco le ayudaría a vengar a su más preciado camarada)
Lo primero que había que saber de Inuzuka Kon, si uno ha de aproximársele más personalmente de lo que los parámetros de una misión exigían, era que prefería el trato animal al humano. Sobre todo cuando se trataba de mujeres (El chiste del rayo amarillo del clan Inuzuka le había sido impuesto por algo. Ese algo llamándose Inuzuka Tsume y su cacería de hombres- esa mujer era terrorífica) pero los niños no estaban muy por detrás. Por qué su jounin-sensei se había planteado que un trabajo en la Academia era necesario, no lo sabía, mucho menos de donde se había sacado tan disparatada idea. Lo segundo era que se tomaba la profesionalidad muy en serio.
Lo tercero era que, en la jerarquía de un clan tan salvaje como el Inuzuka existían Alfas y Betas que eran fuertes de cuerpo y mente como para sólo seguir a alguien que se halla ganado su respeto, y luego estaba el resto, obedientes pero no necesariamente sumisos. Finalmente estaba el Omega, que era poseía una posición tan indisputada como el Alfa y podía considerarse el pagafantas del grupo. Kon, muy a su pesar, era ese omega. (No lo había sido siempre, no con Wan a su lado. Pero Wan no estaba y él seguía viviendo en contra de sus deseos) Ser un omega significaba no cuestionar a tus superiores, no importara cuan molesta o inútil fuese su orden. Como cuando tu sensei había decidido adjudicarte un trabajo que sabía que odiabas y no te quedaba más opción que obedecer.
Por eso estaba donde estaba, delante de un montón de mocosos que seguramente lloraran con el minimo rasguño y rezando a cualquier Dios que le escuche por piedad. Kami sabe que los niños, sobre todo esos que están entregando para el muy sucio camino shinobi, no la tienen. Y para que no huelan el miedo.
(Francamente, Kon no lo tendría si no fuera por el incidente en el décimo cumpleaños de Tsume-sama que le dio una de las peores cicatrices de su carrera. Incluyendo su breve entrada en la guerra –porque la guerra no despertaba miedo en él, no, nunca más. Despertaba otras cosas, retorcidas y oscuras.)
(Todavía tenía pesadillas- y aunque las prefería a los recuerdos, seguían siendo horribles.)
—Bienvenidos a la Academia Ninja— Comenzó con su discurso, puede que memorizado de su propio sensei, algo modificado para encajar a estudiantes y no a genin. Si con su equipo había funcionado, ¿por qué no con un montón de mocosos? — Mi nombre es Inuzuka Kon y seré vuestro sensei a partir de ahora. Os referireís a mi como Kon-sensei. —Kon inhaló profundamente agradeciendo todos esos estresantes años como ninja que le dejaban ocultar su nerviosismo bajo capas y capas de indiferencia. Era un Inuzuka sin ninken y no valía nada. No obstante, no era necesario que lo supieran sus nuevos alumnos— Bajo este techo aprenderéis lo que significa ser un ninja, sereis entrenados en las artes shinobi tan duramente que acabarais resintiendo la mera mención de 'entrenamiento' y comenzareis a sangrar por la Aldea. Todos aquellos no dispuestos a sacrificar su vida por Konoha pueden cruzar ahora mismo esa puerta. No voy a permitir ninguna falta de disciplina, si no sois capaces de comprometeros con vuestro entrenamiento seréis expulsados y humillados. Esto no es el patio del recreo ni ninguna clase de juego. Quereis ser ninjas de la Hoja y este es el primer paso en vuestro camino para lograrlo. Así que dadlo— Finalizó.
A juzgar por las atónitas y asustadas caras de sus nuevos alumnos, había conseguido intimidarles. Bien, así sabrían quién era el jefe en- ¿no estaban los ojos de ese par de niños un tanto sospechosamente acuosos? Oh, por Kami, que no le llorase nadie. Kon era un completo inútil ante las lágrimas, sobre todo si venían de niños y niñas con caras redondas y ojos inocentes. Tenía que distraerles de la catástrofe
—¿Alguna duda? —Y si su voz había sonado un par de octavas más alto de lo normal era algo completamente comprensible y no podía ser culpado.
—¿Si eres un Inuzuka no tendrías que tener un ninken? —Preguntó inmediatamente uno de los primeros niños en llegar, sin molestarse en levantar la mano y cruzándose de brazos. Kon inhaló con más fuerza de la necesaria, aunque apenas abrió un ojo para mirar con total desprecio al niño. Empezaba a sospechar que su intimidación no había funcionado con todos. —¿Y bien? — Insistió impaciente. Kon podía sentir como una migraña empezaba a formarse en su cabeza.
—Tuve un ninken. Su nombre era Wan. Murió— Enumeró lo más secamente que pudo, esperando que el niño se cortara.
(Pelaje salpicado en rojo y no en negro y agudos aullidos que se evaporaban en el aire como humo alejándose. Maldiciones y suplicas atoradas en la garganta y ojos fijos, sujetos y malditos, viendo charcos escarlata mojarle los zapatos y sintiendo la lluvia salada en las mejillas)
—Wan— Experimentó con el nombre. — He leído que los ninken son base para la mayoría de técnicas del clan Inuzuka. ¿Vamos a estudiar los clanes en el curriculum? —Pausa, más para mandarle una mirada muy poco impresionada que no pertenecía al rostro de un niño de cuatro años que para respirar. Kon debía admitir que la total indiferencia que mostraba el niñato ante su pérdida era…refrescante. Bastante insufrible, pero refrescante. — Nuestro inexistente curriculum.
—Pero que listo eres, ¿no? — Contestó entre dientes Kon con una sonrisa muy forzada. El pequeño mierdecilla este ya le estaba recriminando y ni siquiera habían empezado las clases – ¿Cómo te llamas?
No estaba teniendo ninguna clase de flashbacks con el incidente del cumpleaños de Tsume-sama y sus nuevos, pequeños y ruidosos primos, de verdad que no.
(Y desde luego que no estaba viendo a Wan inerte en sus brazos, no.)
—Hatake Kakashi. —Dijo, tan condescendiente que Kon estaba convencido que en verdad era un anciando de 60 años usando un henge. —Tenía entendido que nuestro maestro había recibido unas fichas básicas con nuestra información antes de— El pequeño Kakashi tuvo que interrumpirse a media frase por interferencia de un borrador estampándose a centímetros de su cabeza
—Silencio, Hatake Kakashi o el siguiente borrador te aclarará esa bonita bufanda que llevas un par de tonos
La clase estalló en risas y susurros mientras que Kakashi sólo alzó una ceja insolentemente. Claramente, había gente que simplemente no nacía con el suficiente instinto de supervivencia y era completamente incapaz de reconocer una amenaza. Kon entrecerró los ojos amenazantemente.
(Lo malo de cuando eres un Omega, musitó para sus adentros, era que todas las personas afiliadas con un clan canino podían sentirlo de manera instintiva. Lamentablemente, ser el parguelas oficial no inspiraba respeto. Mucho menos en un insolente niño prodigio acostumbrado a ser más listo que sus mayores)
Kakashi rodó los suyos y sacó un cuaderno de Dios sabe dónde, mandándole una mirada significativa. Una vena comenzó a hincharse en el cuello de Inuzuka Kon ominosamente. Pero no, él era un adulto, un chunnin que había sobrevivido una guerra shinobi y no iba a caer bajo la suprema irritación de un pequeño e indolente genio. Con notable esfuerzo ojeó a otros alumnos pertenecientes a su clase. Parpadeó un par de veces volviendo a examinar los rostros de la sección femenina con más detenimiento. Conocía esa mirada, uno de sus compañeros genin había sido un Uchiha de considerable talento. Era la misma mirada que le dirigían a él. Esa ligeramente obsesa y completamente embobada que transformaba a niñas en demonios si provocabas su ira.
Se maldijo internamente por haber sido lo suficientemente ingenuo como para no prever la situación. (Mentira. Prevista, lo que se decía prevista estaba. También había sido inmediatamente suprimida e ignorada. Kon no quería pararse a pensar en el infierno que eran las fangirls que no había llegado ni a los siete años.) De repente se detuvo en la chica que, por cercanía pura, debía ser la más afectada y embelesada de todas.
Una pequeña y asustadiza Hyuga, por muy raro que pareciera. Observó por un instante los horrorizados ojos y pálido rostro de la niña sentada al lado de su alumno determinado en convertirse su nuevo tormento personal. Notó como se sentó lo más posiblemente separada de él, mirándole como si su falta de respeto hubiera roto su visión de la realidad y la había dejado cayendo en un mundo sin sentido. En contraste, Kakashi pareciera observarla de reojo de vez en cuando, en una especie de desagradable vigilancia.
(Muy a su pesar, Kon sabía que ver a esos dos niños era injustamente adorable y que él siempre había sido débil ante la ternura que despertaba la juventud.)
La clase continuó de forma más o menos normal. No eran niñs estúpidos, los que le había tocado. Había unos cuantos civiles, cinco a lo sumo, por lo que la mayoría tenía una noción de la vida ninja. La lección progresó tan rápido que Kon empezó a hablar de las armas ipicas ninja: los kunais y las shurikens. Era lo más básico de todo, sus usos principales, sus agarres, sus posibles combinaciones con armas. Una breve introducción en shurikenjutsu, que era una de sus nuevas especialidades.
(Esperaba)
—Así no es como se usa una shuriken. —El estúpido chiquillo con pelo de viejo le miraba con todo el desprecio del que era capaz su pequeño cuerpo de cuatro años. Era bastante, considerando que apenas alcanzaba la pantorrilla de Kon. –Mi papá me lo explicó mejor que tú
Ugh, Kon odiaba a ese niñato.
(Por otro lado, la cara completamente escandalizada de la pequeña Hyuga era la cosa más adorable que había visto en su vida.)
