1. El despertar de Elena Gilbert
Elena Gilbert despertó convencida de que necesitaba recordar algo, algo muy importante, pero, por más que lo intentaba, el recuerdo se le resistía. Se vistió con las ropas que encontró a los pies de la cama y salió a la calle: recordaba que era día de escuela.
Bonnie iba hacia la pensión, después de hablar con Meredith, quien también había vuelto a su casa temprano esa mañana. Fue entonces cuando la vio y corrió hacia ella.
—¡Elena! ¡Elena, no! ¡No puedes andar por ahí! —miró a su alrededor: ¿tal vez nadie la hubiera visto aún?
—¿Qué pasa, Bonnie? ¿No vamos a la escuela?
La muchacha miró fijamente a su amiga. ¿Qué le estaba pasando?
—Elena… ¿sabes qué día es hoy?
—Claro. Es 4 de septiembre.
¡Lo que sospechaba! Elena no recordaba nada de lo ocurrido en los últimos meses. Sus recuerdos estaban intactos hasta ese día, el día que conoció a Stefan. ¿Y ella tendría que recordárselo? ¿No sería eso muy cruel ahora que él no estaba? Tomó a su amiga y la llevó hacia el bosque, de la mano.
—Tengo que hablarte de algo, Elena; algo muy importante.
—Bonnie, pero… llegaremos tarde.
Bonnie inspiró para coger valor. Iba a empezar a hablar cuando un cuervo se posó ante ellas e inmediatamente apareció la figura que reconocería en cualquier parte. ¡Damon! Nunca antes Bonnie había estado tan contenta de verlo; pero se recompuso y lo miró severamente.
—Bien, Damon, ¿tienes alguna explicación para esto? Elena no recuerda nada. ¿Y por qué la dejaste salir sola de la pensión…?
—Bueno, bueno, pequeña bruja, basta de gritarme, más bien por qué no… —se calló; él y Bonnie miraban lo mismo, a Elena, y Elena lo miraba a él, a Damon, con una expresión que él conocía bien, y también la pelirroja: amor, más que eso, adoración. Lo miraba como si acabara de posar su mirada en él: amor a la primera mirada.
Él se vio preocupado, una expresión que Bonnie le había visto muy pocas veces. Y entonces fue hacia Elena, y la envolvió en sus brazos.
—Vamos, mi ángel —besó su frente—. Debes venir conmigo ahora.
Bonnie se sobresaltó. Damon hablándole de ese modo a Elena, y ella permitiéndoselo, como si estuviera…
—¡Influenciada! ¡Está influenciada por ti, Damon! ¡Bastardo! ¿Por qué lo has hecho? —Damon pestañeó, como si tuviera que pensar sus palabras, y Bonnie se acercó a su amiga, tratando de apartarla de él sin darle tiempo a responder. Elena se resistió a romper el abrazo, y luego se dobló, mareada. Damon dejó a Bonnie sostenerla; él también estaba perplejo por lo que estaba sucediendo.
Al hacer el contacto entre las dos mucho más estrecho, Bonnie sintió el golpe de una visión: había una vida latiendo en Elena, otra vida, como una llama pequeña que tomaba fuerza a cada minuto.
—¡Embarazada! Pero… ¿cómo puede ser… —dijo en voz alta, saliendo del trance. Enfrentó de nuevo a Damon—? ¿Vas a explicar algo por fin?
—No ahora —el tono de él no sonaba arrogante, como era su costumbre hasta entonces—; y no antes de explicárselo a ella. —Volvió a poner toda su atención en Elena. La acurrucó con suma ternura. Volvió a su discurso inicial antes de que Bonnie lo interrumpiera—. Vamos, mi ángel. Ven conmigo. Tengo muchas cosas que contarte.
—Voy adonde quieras, cuando quieras —respondió Elena, sonriéndole abiertamente—. Sólo sostenme fuerte; estoy un poco débil, ¿eh?
—Sí, lo estás.
—Sé que puedo decir tu nombre, es… es… D…Da…Damon, ¿o no?
—Sí, soy Damon.
—Damon, el que me ama.
Antes de que la bruja pelirroja pudiera salir de su asombro, Damon flotó sobre los árboles con Elena segura en sus brazos.
