II

Fue el mejor orgasmo de su vida.

Harry había pasado la noche en un estado de duermevela, las imágenes de lo sucedido atormentándole incluso en sueños, Se vio a sí mismo atado, a merced de un Draco que le daba una azotaina y luego se lo follaba con dureza y lo castigaba sin permitirle correrse. Los primeros rayos del sol lo encontraron rendido, sudoroso, gimoteando sin poder controlarse. Si no hubiera puesto un hechizo de insonoridad a su alrededor, habría despertado a sus compañeros.

En cuanto el primer rayo de sol penetró por las ventanas de la habitación, Harry sintió un tintineo en la base de la polla.

-¡Sí! ¡Sí! –exclamó, su mano volando hacia su polla. Sólo le dio tiempo a dos sacudidas antes que el orgasmo le golpeara como si una presa hubiera estallado dentro de él, dejando salir su semen a largos chorros que caían sobre su pecho, su barbilla. Harry gritó como nunca había gritado, sintiendo que su alma dejaba su cuerpo durante los mejores segundos de su vida y después se colapsó sobre las sábanas, demasiado saciado y satisfecho como para sentir vergüenza.

Pero la vergüenza acudió más adelante, consciente de todo lo que había pasado, de todo lo que había sentido. Afloraba cada vez que se cruzaba con Malfoy por los pasillos; tenía que apartar la vista mientras sus mejillas enrojecían, cuando se masturbaba por la noche y su mente le traicionaba, ofreciéndole versiones de lo que habían hecho Draco y Astoria en las que él ocupaba el lugar de la chica, cuando espiaba con el Mapa sus encuentros nocturnos y se imaginaba lo que estarían haciendo y acababa duro y anhelante. Y a la vez no podía evitarlo, era como si le hubieran infectado con algo que había abierto una compuerta en su mente. Era una obsesión que le consumía a la vez que le hacía sentirse vivo por primera vez desde que había terminado la guerra. Ya no había apatía; sus nervios estaban de punta, su cabeza no descansaba, su cuerpo quemaba con ganas de acción. Intentaba desahogarse con Ginny, quien estaba encantada con toda aquella inusual pasión por su parte, pero no era eso lo que realmente quería y Harry no se atrevía a pedirlo.

Recordando la promesa que Draco había hecho de follarse a Astoria con los dedos en el Gran Comedor, Harry no podía dejar de vigilar la mesa de los Slytherin para ver cuándo se sentaban juntos. Quería verlo, quería ver cómo Astoria se estremecía en su silla mientras se comía los gemidos y los sofocos. Pensaba estar siendo disimulado, pero esa idea desapareció cuando Malfoy le mandó una nota en medio de clase.

"¿Por qué no dejas de mirarnos a Astoria y a mí en el Gran Comedor? ¿Quieres ver cómo le meto los dedos en el coño y hago que se corra allí, delante de todos? Creía que habías aprendido la lección, pero está claro que te mereces unos buenos azotes. Apuesto a que eso te gustaría, ¿verdad, Potter? Sé que no puedes dejar de pensar en esa noche. Sé que te imaginas atado y abierto, listo para ser usado como el desvergonzado zorrón que eres. ¿Quién sabe, Potter? Quizás si me suplicas lo suficiente me digne a darte lo que tanto necesitas"

Harry tenía la impresión de que toda la sangre de su cuerpo había ido a sus mejillas y a su polla. La mano le temblaba mientras hacía desaparecer rápidamente la nota y no pudo evitar lanzarle una mirada a Draco, quien sonrió como si supiera exactamente lo duro que se había puesto.

Harry decidió no volver a mirar a Draco jamás. Estaba aterrorizado, asustado por lo que podía hacerle si revelaba a todo el mundo su secreto, asustado por lo mucho que deseaba reunirse con él y suplicarle una noche a su merced. No podía hacer eso, sería un suicidio. Draco lo usaría para hacerle daño, no sería como con Astoria, a la que era evidente que apreciaba. Sólo faltaban tres meses para el final de curso y si podía aguantar hasta el final, todos dejarían Hogwarts y él no tendría por qué ver a Malfoy nunca más.

De vez en cuando Malfoy le lanzaba una sonrisilla de las suyas, pero no le molestó de ninguna otra manera. No le mandó más notas ni le puso en evidencia. Harry pensó que ya no iba a saber nada más de aquella pareja hasta que Astoria, para su sorpresa, se le acercó una tarde en la que paseaba a solas por los terrenos de Hogwarts.

-Harry, me gustaría hablar contigo.

Él no quería, pero no se atrevió a desairarla.

-¿Qué… qué quieres?

Ella se colocó un mechón de pelo rubio tras la oreja.

-Yo nunca simpaticé con Voldemort, ¿sabes? Me alegro mucho de que lo mataras. –Harry asintió, sorprendido-. Lo estás pasando mal y quiero ayudarte, igual que tú nos ayudaste a librarnos de ese monstruo.

-No estoy pasándolo mal.

-No mientas, Harry. Es obvio que estás sufriendo. Pero no es necesario que lo hagas, ¿no lo comprendes? No hay nada malo en que nos gusten estas cosas, en que nos guste ser sometidos.

-A mí no me gusta eso. No me gusta, ¿entendido?

Astoria suspiró.

-¿No entiendes que no te juzgamos? Nunca usaríamos esto contra ti.

Harry soltó una fea carcajada.

-No me hagas reír. Los dos me humillasteis aquella noche.

-Bueno, estábamos un poco enfadados contigo, Potter, te habíamos pillado espiándonos mientras follábamos. Y además, disfrutaste cada momento –replicó ella, impertérrita-. Pero no se lo hemos contado a nadie, ¿verdad? No has escuchado susurros y maliciosos a tus espaldas ni te hemos hecho la vida imposible.

-No –tuvo que admitir Harry.

-Nunca lo haríamos. Esta relación se basa en la confianza. No puede pasar nada que tú no quieras que pase. Si yo hubiera dicho nuestra palabra segura, Draco se habría detenido inmediatamente. Si yo quisiera, podría ir a mi habitación y ponerme unas bragas. Pero no quiero. Quiero darle a Draco ese poder porque eso me excita y porque confío en que hará que valga la pena. Y créeme, Harry, siempre vale la pena.

Sus palabras tenían un algo seductor y Harry dio un paso atrás.

-No. No soy como tú.

-No. No eres tan valiente. A mí no me importa explorar mis deseos. –Ella volvió a suspirar y su tono se volvió algo más cálido-. No he venido aquí a convencerte de que te unas a nosotros, Harry. Si lo deseas, eres bienvenido, pero no es eso lo que quería decirte. Sólo quiero que sepas que no tienes nada de lo que avergonzarte, ni nada que temer por nuestra parte. Deja de atormentarte.

Con eso, Astoria se marchó, dejándolo más confundido que nunca.

Harry se relajó un poco, pero nunca aceptó esa invitación. Quizás era un cobarde, además de un pervertido, pero no se atrevía a ponerse en las manos de Draco Malfoy.


El octavo curso terminó y Harry entró finalmente en la Academia de Aurores, con Ron. Por el día atendían a clase, estudiaban, practicaban hechizos de combate, almorzaban, reían. Por el día, sus fantasías parecían lejanas. Pero aparecían por la noche, cuando estaba en la cama, solo o con Ginny. Un día juguetón ella le pidió que la atara y Harry cumplió esforzadamente, sabiendo que ella le había dado la posibilidad de pedir que invirtieran los papeles más adelante sin que pareciera demasiado raro. Y llegado el momento ella aceptó sin vacilar, atando sus muñecas al cabecero de la cama. Su excitación se disparó al sentirse así de vulnerable, pero Ginny le hizo una mamada y luego le cabalgó y no era eso lo que quería, sino que le torturara, que abusara de él, que le dejara incoherente de deseo insatisfecho. Aunque él estuviera atado, era ella la que quería complacerle, pero tendría que haber sido al revés.

Unos meses después, Harry se atrevió a ir un poco más allá, y susurró un "hazme suplicar" cuando ella le tenía atado. Ginny sonrió y esta vez se tomó su tiempo. No era perfecto, pero se acercaba un poco más a lo que quería y su orgasmo fue cegador. Sin embargo, cuando se lo volvió a pedir, Ginny empezó a mirarlo como si sospechara que algo no terminaba de encajar. Ella era una chica dura, pero no tenía la veta dominante de Malfoy. No disfrutaba especialmente con aquello. Y Harry empezó a darse cuenta de que no estaba realmente satisfecho con aquello. Tenía que imaginarse escenas sucias mientras se la follaba para no perder su erección. Poco después del final de aquel primer año en la Academia, rompieron más o menos amistosamente.

Harry empezó a buscar amantes masculinos. Al principio siempre quería ser top, pero sabía qué era lo que deseaba realmente y al final logró el valor suficiente como para aceptar sus deseos y dejar que otro hombre le follara. Un muggle llamado Peter, recio y una cabeza más alto que él, fue el primero en abrirle el culo. La sensación fue maravillosa, Harry nunca se había sentido tan bien como aquella noche, aplastado contra la cama por el peso de aquel tipo que se lo follaba con energía, soltando gruñidos roncos. Probó otra vez y otra, cada vez con menos vergüenza, pero eso dejó de ser suficiente al cabo de unos meses porque seguía sin satisfacer su verdadero y degradante anhelo. Sabía que los muggles tenían locales donde podría encontrar lo que buscaba, pero eso seguía asustándolo, era dar un paso que quizás sería irreversible. Y la vida continuaba, siempre con esa ligera frustración de fondo.

A veces se cruzaba por la calle con Malfoy y éste siempre tenía un brillo depredador en los ojos cuando lo veía. Harry todavía se masturbaba pensando en aquella noche en el invernadero y era consciente de ello cuando Malfoy lo miraba así. Durante los dos primeros años, Draco solía ir acompañado de Astoria, pero después Harry empezó a encontrárselos por separado y pronto dedujo que ella estaba con otro hombre, un tipo de unos treinta años de aspecto dominante. Estaba convencido de que la nueva pareja de Astoria también era como Draco.

Un día, Harry casi se tropezó con ella en el callejón Diagon. Astoria llevaba bastantes paquetes y algunos cayeron al suelo.

-Perdona –dijo, ayudándola a recogerlos.

-Harry… No te preocupes –dijo ella, sonriente-. ¿Cómo estás?

-Bien, bien… ¿Y tú?

-Muy bien –contestó. Y la verdad es que parecía radiante, aunque sonrojada.

-Aquí tienes –dijo, dispuesto a despedirse-. Deberías usar un hechizo para transportarlo, es más cómodo.

-Gracias. Y sí, lo sé, pero… ahora mismo no puedo.

-¿Estás mala?

Ella esbozó una sonrisa pícara.

-Son las reglas del juego. Edward me ha dicho que sólo podía usar la magia para Aparecerme y Desaparecerme.

-¿Edward?

Ella se puso de puntillas ligeramente para acercarse a su oreja.

-Mi amo.

Harry notó un estirón en las ingles. ¿Su amo? ¿Qué quería decir con eso?

-¿Aún te… te gustan esas cosas?

-Me encantan –dijo ella, todavía cerca de su oreja. Después se separó de él-. Ahora mismo no es un buen momento, créeme, pero ¿quieres que quedemos mañana para hablar un ratito?

Sin saber muy bien por qué, Harry aceptó su propuesta y al día siguiente se encontraron en el Caldero Chorreante. Quizás necesitaba entender lo que ocurría dentro de su cabeza. Quizás necesitaba poder hablar con alguien de esas cosas. Astoria esperó a que el camarero les sirviera dos cervezas, mordiéndose los labios.

-Nunca has hecho nada, ¿verdad?

-No, claro que no.

Ella chasqueó la lengua con desaprobación.

-No sé por qué te da tanto miedo. ¡Si es fantástico! Ya te expliqué una vez que adoro sentirme así, sentir que no tengo el control sobre mi cuerpo. Es una sensación liberadora, como dejarse mecer por las olas. Esa intimidad… Harry, no podrías ni imaginártela.

Harry meneó la cabeza.

-Yo no quiero tener un amo. Yo no quiero que manden de mí todo el rato. Y lo digo en serio.

Ella se encogió de hombros.

-No tienes por qué. Yo conozco parejas de todo tipo. No todos los dominantes quieren tener un esclavo a tiempo completo. Draco…

Pero se detuvo.

-¿Qué? –preguntó Harry.

-No debería darte este tipo de detalles. Pero ya sabes que quiero ayudarte y creo que necesitas conocer un poco mejor cómo funcionan estas cosas. –Harry la observó en silencio-. Él es muy dominante, no creas. Ya has visto las cosas que le gusta hacer. Pero por ejemplo, él no es de los que quiere un esclavo las veinticuatro horas del día. A veces sólo quiere… hacer cosas más normales. O que sus amantes traten de resistirse de vez en cuando a su voluntad. Pero yo… yo necesito algo más. Por eso rompí con él, la verdad.

-¿Rompiste tú?

-Sí, aunque él también empezaba a perder el interés. Supongo que me encontraba demasiado complaciente, demasiado dependiente. Lo dejamos en buenos términos. Y ahora con Edward es justo como yo quería. Soy realmente su esclava. Hay un documento legal que lo demuestra. –Se estremeció ligeramente con lo que parecía puro placer-. Puede hacer conmigo lo que quiera, menos matarme y herirme gravemente, claro, y yo tengo que obedecerle en todo. Es maravilloso… Pero hay muchos grados de compromiso. Yo necesito el más extremo, pero es perfectamente posible que tú estés más a gusto con algo más ligero.

Harry tenía la sensación de que la cabeza le daba vueltas.

-Ya veo…

-Tampoco a todo el mundo le excita lo mismo. Normalmente estas cosas siempre se pactan por adelantado. Y en el peor de los casos siempre puedes usar la palabra segura. Eso es suficiente para detener cualquier cosa que está pasando.

-¿Y si… y si no se detienen?

-No son violadores, Harry. Tienes la misma posibilidad de que pase eso como de que te viole alguien que no practique esta clase de sexo. Todo lo que sucede es consensual. -Harry suspiró, algo abrumado con todo aquello-. ¿Puedo preguntarte algo? ¿De qué tienes tanto miedo?

-Yo no… Yo sólo… No quiero ser así. No podría mirarme en el espejo si hiciera esas cosas.

Astoria sonrió casi con dulzura.

-Claro que podrías, tonto. Y verías una cara mucho más feliz de la que ves ahora. –Su sonrisa se volvió algo traviesa-. La verdad es que Draco y tú haríais muy buena pareja.

Harry soltó un ronquido sarcástico.

-Draco me odia, Astoria. Estaría loco si me pusiera en sus manos de esa manera.

-Oh, qué tontería. ¡Draco no te odia! Si te odiara, te habría dejado en el invernadero toda la noche para que te encontraran al día siguiente los alumnos de Herbología. Hazme caso, Harry. Deja de tener tanto miedo y apuesta por tu felicidad.

Harry no siguió el consejo de Astoria, pero empezó a recibir misivas de Draco.


¿De verdad crees que te odio, Potter? Quizás lo hice en su momento, antes de la guerra, pero no es lo que siento ahora. Ahora te imagino todavía atado a esa silla, con la polla dura y tu agujero del culo a la vista. Te imagino preguntándote qué tengo preparado para ti. Fuera de esa habitación sientes el peso de la responsabilidad que el mundo mágico ha depositado sobre ti, pero allí dentro soy yo quien toma las decisiones. No hay nada que puedas hacer para impedirlo, sólo puedes dejarte llevar. Te sientes libre como nunca te has sentido, fuera de control. ¿Por qué querría darle eso a alguien a quien odio?

D.M.

Te he visto hoy en el callejón Diagon, Potter. Parecías enfadado. Siempre pensé que serías más feliz tras la muerte del Tarado. Y aunque me gusta esa expresión furiosa en tus ojos, deberías aprender a tomarte las cosas con más calma. Apuesto a que no te enfadarías tan a menudo si te aceptaras a ti mismo. Yo me siento mejor, más en paz conmigo mismo desde que he aceptado lo que soy. No necesito imponerme a todo el mundo ni que las cosas sean siempre a mi gusto; mis ansias de control ya las satisfago en casa y puedo ser mucho más flexible en el mundo exterior.

D.M.

He comprado un juguete encantador. Es un cepo para las piernas, como esos que se usaban en la Edad Media. Me encantaría verte en él, Potter, ¿te imaginas? Así no podrías cerrar las piernas, pero tampoco estarías atado a ningún sitio, lo cual nos daría muchas posibilidades que explorar. También te ataría las manos a la espalda; usaría una corbata de Slytherin. Me gusta atar con corbatas de Slytherin. Casi puedo oírte gemir, todo sofocado. ¿No te gustaría que compartiera mi juguete nuevo contigo?

D.M.

Nunca se me puso dura cuando torturaba a las órdenes de Voldemort. Nunca lo encontré excitante. Era todo lo contrario, una pesadilla. Ni siquiera podía hacerme pajas sólo de pensar que estaba compartiendo el techo con el Tarado. Pero esto es tan distinto… Mis amantes me miran con absoluta confianza. No hay miedo ni odio. Sé que desean cada uno de mis latigazos, cada una de mis torturas. Sé que quieren complacerme. Y yo cuido de ellos, procuro que sean tan felices como yo y ser digno de la confianza que depositan en mí.

D.M.

Solían llegarle un par de cartas a la semana, siempre tentándolo con fantasías o compartiendo alguna reflexión sobre lo que hacía. A veces hacía alguna referencia a su vida cotidiana, como que había estado en una fiesta o que no encontraba ningún libro bueno últimamente. Harry nunca le contestaba, pero sabía que su silencio, en este caso, equivalía a un permiso mudo para que siguiera escribiéndole si quería. Y con cada carta, Harry tenía la sensación de que conocía más a Draco, de que confiaba más en él. Le estaba contando cosas íntimas y esas cartas no dejaban de ser una prueba de confianza. Podría habérselas enseñado a todo el mundo y los dos lo sabían. Y aun así, Draco seguía mandándole cartas picantes o reflexivas hasta que se convirtió en algo cotidiano que Harry esperaba igual que su reunión semanal con sus amigos de Gryffindor o la comida del domingo en casa de los Weasley.

Y sin embargo, todavía las temía un poco porque a cada carta, Harry se sentía más y más tentado a ceder. Era irresistible saber que el placer que tanto deseaba estaba allí, al alcance de su mano. Sólo tenía que ser lo bastante valiente para aceptarlo.

Fue extraño. Siempre había pensado que si alguna vez decidía probar, sería un momento dramático, acompañado de truenos y relámpagos. Pero un día se encontró pensando que podía intentarlo una sola vez. Astoria le había explicado claramente que no tenía que hacer nada que no quisiera. Y el bondage y los azotes tampoco eran cosas tan raras. Si había algo que hiciera la gente normal para sentirse aventurera era lo de atarse a la cama. Y los azotes… bueno, en muchas películas porno muggles no era raro que una de las partes le diera a la otra unas cuantas palmadas al culo mientras se follaban.

Y un día le escribió una carta, preguntándole si podían quedar a tomar algo y hablar.


Draco sonreía cuando se acercaba a la mesa, y aunque era evidente que se sentía satisfecho consigo mismo, Harry no pudo ver malicia en sus ojos.

-¿De qué querías hablar, Potter? –preguntó, ya con sus bebidas sobre la mesa.

-Nada de especial. Sólo… Bueno, pensé que podíamos quedar.

-¿Te gustan mis cartas?

-Sí.

-¿Te has masturbado pensando en las cosas que te digo allí?

-Draco…

-No tienes permiso aún para llamarme Draco. Y contéstame, Potter, ¿te has masturbado?

¿Estaba empezando? Dios mío, ¿estaba empezando ya? Harry se sentía como si fuera a enfrentarse a un peligro mortal.

-Sí –se obligó a reconocer.

-De todas las cosas que te he contado, ¿cuál es la que más te ha excitado?

-No sé, yo…

-Potter –dijo en tono de advertencia-. Contesta y procura ser sincero. Siempre sé cuando alguien me está mintiendo.

Harry notó cómo la sangre se le empezaba a agolpar en las mejillas. Su polla también había empezado a despertar.

-Ese… esa barra que sirve para atar las muñecas y los tobillos.

Con ella tendría que estar arrodillado, con la barbilla apoyada en el suelo y el culo en el aire. Draco le había descrito vívidamente cómo le azotaría con una varilla de roble y luego se lo follaría a lo bruto y después lo dejaría allí una hora, sin correrse ni nada, con un butt-plug en el culo para que su semen se quedara allí todo el rato.

Draco sonrió.

-Es una de mis favoritas también. Y si un día fueras excepcionalmente bueno, te comería el culo mientras estuvieras usándola.

Harry tragó saliva.

-¿Tenemos que… que hablar de estas cosas aquí?

-¿Quieres ir a mi casa? Mis padres están en el extranjero así que no nos molestará nadie.

Fue uno de los instantes más largos de su vida.

-Está bien.

Draco abrió los ojos un poco más y su sonrisa se amplió. A pesar de que había cierta ferocidad de fiera hambrienta en su expresión, también parecía simplemente feliz.

-No te arrepentirás.