Bienvenidos de nuevo a mi historia.
Mi fiel Snape's Snake me ha hecho notar que en el primer capítulo no dejé nota introductoria, así que en este segundo he decidido corregir mi error.
Aquellos que me conocéis de fics anteriores sabéis que ha pasado bastante tiempo desde que publiqué mi última historia, pero Severus ha estado susurrándome otra vez a la oreja con su voz profunda y oscura, y aquí estoy yo con una nueva aventura que quiero compartir con vosotros.
Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí escribirla.
Por último, quiero dar las gracias a Snape's Snake y a GabrielleRickmanSnape por sus comentarios, así como a todos los que dedicáis parte de vuestro tiempo a leer lo que escribo.
Capítulo 2
Lucius Malfoy se dirigió con paso rápido a los archivos de la fortaleza, el centinela de la entrada se hizo a un lado para dejar pasar a su amo y este entró en la sala y se acercó al archivero, que estaba sentado detrás de su escritorio, escribiendo en un pergamino.
—Quiero ver los informes de Sandra Perkins —dijo sin preámbulos y sin perder tiempo en saludar.
—¿Ha ocurrido algo, señor? —preguntó el empleado.
—¿Ahora debo darte explicaciones, Leonard? —dijo el mortífago en tono desagradable.
El hombre se encogió bajo su escritorio.
—N-no, por supuesto que no, señor, yo sólo…
—Dame lo que te he pedido. Lo quiero ya.
—S-sí, señor, de inmediato.
El archivero se levantó rápidamente, se giró hacia una jaula que colgaba del techo detrás de su silla y abrió la portezuela para liberar a un cuervo de plumas negras relucientes y pico afilado.
—Sandra Perkins, Scruff, rápido —le susurró el hombre al pájaro.
Scruff salió volando para recorrer los larguísimos pasillos de estanterías repletos de cajas de cartón que conformaban el archivo. Ambos hombres lo siguieron hasta que se posó sobre una de las cajas y empezó a picotearla suavemente.
—Muy bien, Scruff, buen chico —susurró el archivero, y el pájaro se posó sobre su hombro.
Leonard sacó la caja de cartón y se la entregó a Malfoy.
—Aquí tiene, señor.
Malfoy la cogió y se dio la vuelta para marcharse de allí sin pronunciar ni una palabra más.
Una vez en su despacho, el mortífago abrió la tapa y empezó a extraer los pergaminos que contenían toda la información sobre la mujer.
Soltera, 27 años, sangre limpia, toda su familia resultó muerta en la guerra. Estudió en Hogwarts y trabajaba de dependienta en Flourish & Botts. Había sido capturada hacía solo tres meses, cuando una patrulla mortífaga había asaltado las cuevas donde se escondían ella y cinco personas más: un anciano, dos niños, otra mujer y un hombre. El anciano y el hombre fueron ejecutados, la mujer murió al intentar escapar y los niños fueron vendidos. Sandra fue transportada directamente a la Fortaleza para que entrara en el harén. No había dado ningún problema desde que había entrado.
Malfoy resopló de frustración, no había nada de utilidad, ninguna pista sobre sus inclinaciones políticas antes de ser capturada. Ni siquiera especificaba a qué casa había pertenecido en Hogwarts, cosa que a menudo podía servir de indicio. Además, si no le quedaba familia, no tenía ninguna ventaja sobre ella, nada con qué amenazarla, aparte del maltrato físico, cosa que había comprobado que no siempre resultaba eficaz cuando la víctima ya estaba demasiado acostumbrada a él.
Cierto era que el carcelero le había comentado que la chica mostraba interés por cubrir ciertas "necesidades básicas" del preso, pero no sabía muy bien qué pensar respecto a eso.
¡Maldita Bellatrix! Si su cuñada no se hubiera empeñado en escoger una mujer cualquiera él habría podido estudiar cuál le convenía más, como hizo con Hevia, hasta que la muy estúpida decidió desvelar la identidad del prisionero.
Se dejó caer en el sillón, pensativo. Tendría que buscar otras maneras de asegurarse la lealtad de esa mujer.
OoOoOoO
Habían pasado ya cinco días desde que Iliana bajó por primera vez al calabozo y se moría de ganas de hablar con Nadine sobre el profesor Snape, preguntarle todo lo que supiera sobre él y sobre cómo se suponía que había muerto en la guerra, pero no se atrevía a hacerlo por si su repentino interés despertaba alguna sospecha en ella.
Por otro lado, tampoco había podido hablar con nadie sobre bajarle una prenda de abrigo. El carcelero se había cerrado en banda y no se atrevía a preguntarle a nadie más. Si hubiera podido ver al amo Malfoy quizá hubiera reunido valor para preguntarle a él, al fin y al cabo él era quien le había explicado las normas de su nuevo trabajo. Pero no era frecuente verle por aquella parte de la Fortaleza y no sabía cuándo podría hablar con él.
Faltaba poco más de una hora para que tuviera que bajar a alimentar al prisionero de nuevo y estaba tan impaciente que no paraba de estrujarse las manos. No podía dejar de pensar en lo solo que debía encontrarse allí abajo, a oscuras, sin compañía, sin ningún sonido, abandonado a la miseria, al hambre y a ese frío de muerte que le mordía los huesos sin compasión.
Se preguntó cuándo podría empezar a hablar de Snape sin que nadie relacionase sus preguntas con el prisionero que moría lentamente en el rincón más tétrico de toda aquella tétrica Fortaleza. Y decidió que no podía esperar más.
—Nadine… —se aventuró. Su protectora la miró con ojos alentadores—. Estaba… verás, llevo unos días pensando en la guerra, y…
—No deberías pensar en esas cosas, sólo son recuerdos dolorosos, ahora todo eso ha quedado atrás.
—Sí, porque nuestra vida actual es de color de rosa —protestó la chica, molesta. La expresión cordial de Nadine se esfumó e Iliana deseó haberse mordido la lengua—. Perdona, no debería haberte contestado así…
—No, si tienes razón, nuestra vida es una puta mierda, ¿es eso lo que quieres oír? ¿Acaso crees que no lo sé? ¿Es que piensas que me gusta esto? —Iliana agachó la cabeza, avergonzada por su estupidez—. Aunque tú no lo sepas, provengo de una familia ancestral de sangre pura. Yo antes era una bruja orgullosa de mi sangre y de mi linaje, pero por algún estúpido motivo la familia decidió enfrentarse a los mortífagos, que resulta que ganaron la guerra, y ahora soy yo quién está pagando las consecuencias, así que, por si no lo imaginas, no, no me gusta ejercer de puta. No nos gusta a ninguna de nosotras. Pero ya que estamos tan jodidas, en todos los sentidos, por lo menos evitamos recrearnos en nuestra miseria, recordando cómo nos asesinaron a los seres queridos ante nuestros ojos o rememorando los felices buenos tiempos de nuestro pasado. Cuando llegamos aquí, nos dijeron que todo lo que conocíamos quedaba atrás y hay un buen motivo para eso. Al principio, me parecía una tortura, pero ahora lo considero más bien un regalo. ¿Qué tiene de bueno recordar las desgracias que nos trajeron aquí? ¿De qué nos sirve recordar lo que teníamos antes si nunca lo vamos a recuperar?
—Lo siento… no pretendía… sólo quería… —pero la mirada adusta de su protectora la impidió continuar—. Olvídalo.
Nadine gruñó y se giró de espaldas a ella. No volvieron a hablarse en todo el día.
Le había salido tan mal la primera vez, que no se atrevió a preguntarle sobre el tema a ninguna otra compañera. Ni siquiera había podido mencionar a Snape, con sólo hacer referencia a la vida antes del harén, Nadine se había puesto furiosa, y ella era con quién tenía más confianza de todas. Ignoraba cómo podían reaccionar las demás.
Tenía tantas ganas de hablar del profesor. Quería conocer el relato de su muerte tal como lo habían difundido porque, aunque en su día lo había escuchado, no recordaba bien los detalles. Incluso cuando ella era todavía libre, la gente no solía hablar mucho de Snape, excepto para recordar que fue el Traidor del Lord, el único que había podido engañarle. ¡Y durante tantos años! Cuando Iliana se enteró de su historia sintió tal respeto por su ex profesor que, cuando mencionaba su nombre, lo hacía casi con reverencia. A pesar de que se le creía muerto, su leyenda se había hecho grande entre los que se oponían al Señor Tenebroso y la mayoría le consideraba prácticamente un héroe. Pero un héroe muerto no da esperanzas a la gente y por eso los miembros de la resistencia, o las personas que simplemente intentaban sobrevivir sin ser apresadas por los mortífagos, se concentraban en seguir vivos y no en contar historias sobre héroes trágicos. Por el mismo motivo tampoco se hablaba del también fallecido Harry Potter.
Sin embargo, los rebeldes habían encontrado la manera de honrar su memoria. Incluso se habían incorporado nuevos modismos en el hablar cotidiano de alguna gente, que decía cosas como "el Traidor no quiera que nos descubran", o "por el Traidor que lo conseguiremos". Expresiones peligrosas en un mundo dominado por mortífagos, ya que si alguno te oía hablar así, te ejecutaban de inmediato.
El ruido de la puerta al abrirse la sacó de estas reflexiones y vio que venían a buscarla, como cada día a la misma hora. Se encaminó al calabozo todavía pensando en cómo hablar de Snape con sus compañeras y también en cómo encontrar la manera de acercarse al amo Malfoy para hablar con él. Aunque tampoco es que supiera cómo abordar el tema que quería tratar con el hombre, así que pensó que tenía demasiadas cosas por resolver y pocas buenas ideas para hacerlo. Al traspasar la puerta metálica que daba a los calabozos, el frío se caló en su cuerpo de inmediato y la desesperanza hizo presa en ella aún con más rapidez.
Ni siquiera se dio cuenta de que ya había llegado a la celda del cautivo hasta que la tenue luz de inexplicable procedencia iluminó el lugar. Ahí estaba él. El héroe caído del mundo mágico. Derrumbado y desmadejado, como cada día. Todavía no le había oído pronunciar ni una palabra y apenas reaccionaba a nada que no fuera masticar la comida que le daba o abrazarse a ella con sus escasas fuerzas en busca de calor. Empezaba a temer que estuviera más dañado de lo que se veía a simple vista; que el trauma de su día a día lo hubiera dejado mudo o desequilibrado. No le hubiera extrañado en absoluto, no se le podía exigir a alguien que sufría lo que él sufría que mantuviese la cordura.
Iliana, que había convertido en su principal objetivo el cuidar de él, le hablaba siempre con dulzura, en leves susurros, intentando provocar alguna reacción en el hombre. No quería dejar de hablar porque buscaba estimular sus sentidos tanto como pudiera mientras estuviera con él, ya que el resto del tiempo lo pasaba sumido en un aislamiento total, de modo que parloteaba de cualquier cosa que se le ocurría. Le había explicado ya muchas cosas, como que todas las cautivas compartían una misma sala —aunque no especificó cuáles eran las funciones de las mujeres confinadas allí, no se atrevía a confesarle que la habían convertido en una vulgar prostituta—; le detalló cuales le caían mejor y cuales peor, y por qué; y también le contó que ella había sido alumna suya tiempo atrás, aunque no estaba segura de que la recordara, o incluso de que escuchara nada de lo que le estaba diciendo. Y cuando se quedaba sin temas, le explicaba cosas de su vida pasada.
Iliana suspiró, se acercó con la bandeja de alimentos y, como cada día, se arrodilló ante él, ignorando la asquerosa suciedad que bañaba cada milímetro de superficie de aquel lugar y el recuerdo de las ratas y las cucarachas que habían huido despavoridas al perder el amparo de la oscuridad.
—Buenos días, profesor. Soy yo, Iliana.
Quizá era estúpido decirle aquello cada vez que llegaba, pero consideraba que la continuidad de sus visitas, la seguridad que brindaba la rutina y la sensación de familiaridad que se generaba podrían resultarle tranquilizadoras.
El hombre no levantó la cabeza ni abrió los ojos, como era habitual. Iliana se abrazó a él, intentando contener el escalofrío que la sacudía cada vez que entraba en contacto con aquél cuerpo gélido, casi como el de un muerto.
—Hoy he intentado hablarle de usted a mi protectora —susurró. Ya que Nadine no quería escucharla, al menos se desahogaría con él—, pero en cuanto he mencionado la guerra se ha cerrado en banda y no ha querido seguir hablando del tema. —Cogió un poco de carne y se la puso en la boca al hombre, que se la tragó casi sin masticar—. Es un fastidio. Tendré que buscar otra manera de…
—Hueles bien… —la voz, rasposa y débil por el desuso, acarició la oreja de la joven, y sintió un escalofrío que esta vez no pudo reprimir.
No era la voz poderosa y autoritaria que recordaba de su profesor de pociones y, ciertamente, no eran las primeras palabras que esperaba oír de sus labios. Por un momento, temió que el hombre hubiera perdido realmente la cabeza, pero entonces cayó en la cuenta.
—¡Ah! Es jazmín… —dijo.
—Lo sé.
—Todo huele a jazmín en el har... en la sala de las mujeres. Y también los perfumes y cremas que nos dan. La verdad, estoy tan acostumbrada a olerlo, que ya ni noto su fragancia.
El hombre no dijo nada y se quedaron en silencio unos segundos. Ella cogió otro trozo de carne y se lo dio.
—¿Le gusta este aroma, profesor?
Movió la cabeza afirmativamente en un gesto casi imperceptible y la joven suspiró aliviada. Quizá no se había vuelto loco, al fin y al cabo. Estaba preso en un lugar que apestaba de manera espantosa y su perfume debía resultar un cambio agradable para él, a pesar de que Iliana había llegado a aborrecerlo después de las dos primeras semanas en la fortaleza. Los mortífagos las querían limpias, bonitas y perfumadas, pero todas las chicas olían a lo mismo, como si fueran intercambiables, como si fuera lo mismo una que otra, sólo piezas de juego de un tablero, todas iguales; y al cabo de poco tiempo allí, las mujeres realmente parecían acabar perdiendo sus personalidades y se convertían en diferentes copias de un único modelo, hasta tal punto que muchas ya no sabían quienes eran. Pero si al profesor le gustaba ese olor, se rociaría bien de perfume antes de bajar al calabozo para inundar sus fosas nasales con él y hacerle olvidar por un rato el hedor y la inmundicia entre los que se consumía. Al fin y al cabo, ella todavía no había perdido su individualidad y, gracias a compartir aquellos momentos con Snape, ahora se sentía completamente diferente al resto.
Iliana continuó hablando mientras le alimentaba y, cuando se acabó la comida, en un impulso, la joven se llevó un trozo de túnica a la boca para humedecerlo y le frotó la cara a Snape con cuidado, intentando limpiar un poco la mugre acumulada de años.
—Cómo desearía tener una varita a mano —murmuró—, en un segundo estaría limpio del todo. Pero de momento tendremos que conformarnos con esto, ya que supongo que prefiere beberse el vaso de agua que le traigo antes que usarlo para el aseo.
El exprofesor no la miró ni dijo nada. De hecho, aquel día Snape no volvió a pronunciar palabra, y la joven abandonó los calabozos pensativa.
Por la tarde no tuvo tiempo ni fuerzas para cavilar sobre los diversos asuntos que la preocupaban, porque Carrow y Goyle habían pedido a cuatro chicas y le tocó ser una de ellas. Iliana odiaba las llamadas de esos dos mortífagos porque eran muy violentos y, tal como había anticipado, ella y sus compañeras regresaron al harén llenas de moratones y cortes.
Frente al espejo del baño, las mujeres se limpiaban y se aplicaban ungüento unas a otras, en silencio y con pocos ánimos. Como Iliana todavía estaba bajo la protección de Nadine, era ella quien le curaba las heridas, pero ni siquiera su protectora, que no había asistido a la orgía, parecía tener ganas de hablar. Mientras le frotaba el ungüento cicatrizante en un profundo arañazo que tenía en el costado, Iliana reparó en el pequeño cuenco con jazmines que estaba encima del lavamanos y que los elfos domésticos se encargaban de mantener frescos cada día. Esto le dio una idea y, al día siguiente, cuando faltaban cinco minutos para las doce, se dirigió al baño y, procurando que nadie la viera, cogió una de las pequeñas flores y se la puso tras la oreja, asegurándose de que quedase bien oculta por el pelo.
Cuando el centinela vino a buscarla su corazón latía a mil por hora, arrepentida de lo que había hecho, temiendo que la descubrieran, preguntándose en qué estaba pensando para cometer aquella locura. Si la pillaban bajando algo no autorizado la ejecutarían, así de sencillo. ¿Valía la pena arriesgarse tanto por una simple flor?
El centinela la entregó al carcelero y ella creyó que moriría de un ataque al corazón allí mismo por no poder soportar tanta tensión, pero nada más traspasar el umbral sin ser descubierta soltó un profundo suspiro y una sonrisa de oreja a oreja llegó a sus labios.
Bajó las escaleras mucho más apresuradamente que los días anteriores y nada más abrazarse al prisionero le susurró al oído:
—He traído algo para usted.
Se apartó un poco de él sin dejar de abrazarle, sacó la blanca florecilla y la pasó muy suavemente por debajo de la nariz del hombre. El roce de los pétalos le hizo cosquillas y su cara se contrajo, haciendo sonreír un poco a la joven.
—Lo siento —murmuró, y volvió a colocar la flor bajo su nariz, pero procurando no tocarle con ella esta vez.
Snape aspiró profundamente el agradable olor, cerrando los ojos para disfrutar mejor la sensación, intentando grabarla en su cerebro con todo detalle para rememorarla después.
Viendo el deleite del hombre, Iliana decidió que sí, que realmente había valido la pena el riesgo por verle disfrutar tanto de una cosa tan simple.
—Profesor… —murmuró, y el cautivo abrió los ojos—. Le admiro mucho — no sabía por qué había dicho eso y se sintió algo ridícula al hacerlo, casi como una de aquellas adolescentes que, cuando Celestina Warbeck entrevistaba al grupo Las Brujas de Macbeth, llamaban histéricas a la radio para declararle su amor al cantante. Pero lo cierto era que necesitaba que él lo supiera—. Es usted un héroe.
Al oír esto, Snape frunció levemente el ceño y se la quedó mirando de un modo extraño que la incomodó un poco, entonces ella apartó la mirada y se giró hacia la bandeja para empezar a darle la comida.
Aquel día, el prisionero no dijo ni una palabra. De vez en cuando, Iliana le daba a oler la flor, y cada vez que se la acercaba a la cara, él cerraba los ojos. Cuando la mujer escuchó los pasos del carcelero acercándose, se apresuró a esconderse la flor tras la oreja y él soltó un pequeño gemido.
—No puedo dejársela, profesor —se excusó ella—, si la descubrieran sabrían que se la he traído yo.
Snape agachó la cabeza y cerró los ojos definitivamente, sin volver a mirar a la mujer mientras esta se levantaba y se dirigía a la puerta, donde en aquel preciso momento apareció el carcelero.
OoOoOoO
Los días siguientes Iliana no pudo dejar de pensar en el prisionero que se marchitaba lentamente en aquel sótano putrefacto. Estaba claro que ella no estaba viviendo una vida de ensueño, pero él estaba mucho peor y no se le ocurría qué podía haber hecho para que el destino le deparase un castigo tan cruel. Bueno, no era ningún misterio, pensó para sí, simplemente había humillado públicamente al Lord Tenebroso espiando contra él durante años para el bando de la luz. Harry Potter lo había dejado muy claro durante su duelo con él: Snape siempre había sido de Albus Dumbledore y, aunque ella había estado muy lejos de Hogwarts cuando se produjo la batalla, el rumor de todo lo que ocurrió allí se esparció como la pólvora por la comunidad mágica del país.
—Nadine, quería preguntarte… ¿te acuerdas de cómo dijeron que había muerto Severus Snape? —Ante el fracaso anterior al intentar abordar el tema, había decidido probar con un enfoque más directo.
—¿Te has vuelto loca? —dijo la mujer, en un susurro furioso— ¡No debes hablar de ése! ¿Olvidas que traicionó al mismísimo Señor Tenebroso? Está prohibido mencionarle, como te oiga alguien te vas a encontrar en verdaderos apuros. Es el Innombrable.
—En el exterior le llaman simplemente el Traidor, pero yo creo que es un héroe.
—¿Cuándo se te va a meter en la cabeza que ya no estás en el exterior? Quizá fuera pudieras decir cosas como esa, pero aquí no. Hace tres meses que llegaste, ya deberías haberte acostumbrado a este lugar. Vas a conseguir que nos maten a las dos con tu actitud.
Seguramente Nadine hubiera seguido increpándola si no fuera porque la puerta del harén se abrió de golpe y un centinela empujó al interior a una joven de cabello castaño alborotado y unos ojos dulces y asustados de color miel que parecían estar mirando directamente a su pasado, que le acababa de ser arrebatado de manera brutal al cruzar la puerta.
Respiraba agitadamente, tenía el rostro contraído en un rictus de terror y las manos se mantenían crispadas a ambos lados de su cuerpo. Estaba llena de magulladuras y cortes, y la ropa desgarrada por varios sitios. Un silencio sobrecogedor inundó la sala. Siempre que entraba una chica nueva, las mujeres se quedaban mirando a la recién llegada en un silencio largo y casi amenazador. Había una buena razón para ello, y era que las normas del harén dictaban que la primera que hablase con la nueva se convertiría en su protectora y se comprometería a cuidarla, ayudarla y explicarle todo lo que necesitara durante cuatro meses.
El sistema de protectoras y protegidas llevaba siguiéndose desde el mismo momento en que se creó el harén, poco después de la guerra, y por lo que Nadine le había contado, al principio la duración del protectorado era mucho más corta, de sólo una o dos semanas, pero es que en aquellos tiempos las mujeres eran capturadas en grupos mucho más grandes y con más frecuencia, y no podían permitirse el lujo de preocuparse por cada una de ellas durante más tiempo. Una vez el período de protectorado concluía, el vínculo que unía a protectora y protegida se rompía, y aunque su amistad seguiría siendo más fuerte que con el resto de las mujeres, nunca volvería a ser igual.
En realidad era una idea buena y bien intencionada y, normalmente, cuando había una recién llegada, no tardaba en acercársele alguien para aceptar su protección. Las chicas estaban ansiosas por hacerlo, porque preocuparse por alguien más las distraía de sus propias miserias y rompía la rutina. Cuando trajeron a Iliana al harén, por ejemplo, Nadine se le acercó casi inmediatamente para pasarle un reconfortante brazo sobre los hombros y consolarla del trauma que acababa de vivir. Por eso no entendía aquella reticencia general, ni que todas mirasen con ojos gélidos a la temblorosa criatura que seguía de pie, en medio de la sala, sin atreverse a mover ni un músculo.
—¿Por qué nadie habla con ella? —le preguntó en susurros a Nadine tras unos segundos de aquel silencio insoportable.
—Tú no lo sabes, porque hace poco que llegaste, pero cuando sucede algo grave, como la ejecución doble de Hevia y Adele, se produce un efecto que yo llamo "miedo tardío": todas se retraen en sí mismas y se olvidan de lo demás, así que si por mala fortuna llega una chica nueva, ninguna se decide a dar el primer paso, porque de pronto una recién llegada se convierte en una carga demasiado grande cuando lo que cada una quiere hacer es mantener su propio cuello a salvo.
La recién llegada se acercó a hablar con la mujer que tenía más cerca, pero esta le giró la cara sin contemplaciones. Iliana la miró con compasión, la joven era como un cervatillo asustado.
—¿Y si al final no le habla ninguna? —preguntó, mientras veía cómo la muchacha intentaba acercarse a alguien más y obtenía el mismo resultado.
—Si nadie le habla en la próxima hora, no tendrá protectora. Eso quiere decir que tendrá que apañárselas sola. Puede trabar amistad con quién quiera, pero nadie la cuidará ni le enseñará las normas básicas. No establecerá un vínculo especial con ninguna y será siempre una desarraigada.
—¡Pero eso es injusto! ¿Cómo se puede ser tan cruel? Ella no tiene la culpa de haber llegado ahora, ni tampoco de lo que les pasó a Adele y a Hevia.
Nadine se encogió de hombros con una indiferencia pasmosa e Iliana volvió a observar a la aterrorizada joven, a la que todas parecían estudiar como Newt Scamander a uno de los animales fantásticos de su libro.
Entonces se giró hacia las dos mujeres con mayor antigüedad en el harén, Atenea y Pandora, pero ambas estaban concentradas en sus tareas, ignorando lo que sucedía.
La organización allí dentro era muy sencilla, todas las mujeres eran iguales, ninguna mandaba sobre las demás, aunque, debido a su mayor experiencia, esas dos mujeres eran respetadas por el resto y sus decisiones acostumbraban a ser siempre acatadas.
Ambas llevaban tanto tiempo allí, que quizás incluso habían sido ellas mismas las que instauraran aquel sistema de protección y enseñanza, pero las dos veteranas se mostraban últimamente distantes y poco comunicativas. Según le había explicado Nadine, en el último año apenas hablaban con el resto de mujeres, y por eso Iliana no les tenía suficiente confianza como para pedirles que ayudaran a la joven. Además, ellas ya no tomaban nunca a novatas bajo su protección y, de hecho, su actividad en las fiestas que organizaban los mortífagos se había reducido también notablemente desde hacía unos meses. Era habitual verlas sumidas en labores de costura, como en aquel momento, ajenas a todo excepto a ellas mismas. Las otras mujeres rumoreaban que quizá los mortífagos se habían cansado de ellas por tenerlas demasiado vistas.
De modo que a las veteranas no podía recurrir y a Nadine tampoco podía pedírselo, porque era su protectora y estaba prohibido acoger a dos chicas al mismo tiempo. Pero a cada terrible minuto que pasaba, a cada rechazo que recibía la joven, Iliana más deseaba ayudarla. Sólo le quedaba una opción.
—Pues lo haré yo —susurró, empezando a levantarse, pero Nadine la agarró por la manga.
—¿Dónde vas? ¡No puedes! Todavía estás bajo mi protectorado, te queda un mes para ir por tu cuenta y aún no lo sabes todo. Si la acoges a ella, tu vínculo conmigo se romperá.
Iliana vaciló. Era innegable lo mucho que la había ayudado su amiga desde que había llegado y lo reconfortada que se sentía las incontables veces que la mujer la abrazaba mientras ella lloraba su miseria. Y es que, cuando traían a una nueva mujer al harén, significaba que acababa de ser violada por sus captores; transportada como a un animal en uno de los carruajes de carga de prisioneros bajo varios hechizos para que quedase inmovilizada, enmudecida y cegada; introducida en la Fortaleza, de donde le advertían que no podría escapar jamás; y conducida hasta el harén mientras la informaban de cual sería su "trabajo" a partir de entonces. Y como si todo eso no fuese suficiente, aquella pobre muchacha tenía que soportar el miedo de las que serían sus compañeras convertido en crueldad, el recibimiento de un silencio atronador y todos aquellos brazos negándole el consuelo que tanto necesitaba.
IIliana no estaba segura de poder renunciar a la protección de Nadine tan pronto, pero ver a la joven indefensa le rompía el alma. Imaginaba lo que estaba sufriendo en aquel momento. Así que no se lo pensó más y se puso en pie, zafándose de Nadine e ignorando sus protestas susurradas, para acercarse a la desconocida, cosa que captó de golpe las asombradas miradas de las compañeras.
La recién llegada no reaccionó de inmediato, sólo siguió temblando y llorando sin hacer ruido, abrazada a sí misma; Iliana puso suavemente una mano sobre su hombro y le sonrió, pero ni así consiguió atenuar la mirada de pánico de la joven.
—Hola, me llamo Iliana —dijo en un susurro—. Mientras estés aquí dentro, estarás a salvo.
Algo parecido fue lo que le había dicho Nadine cuando llegó a aquel lugar y ahora le tocaba a ella ayudar a otra mujer en su misma situación.
La chica siguió temblando con violencia, pero Iliana la rodeó con sus brazos con suma delicadeza. La otra se dejó abrazar, permitió que las suaves manos recorrieran su espalda en una cariñosa caricia y finalmente se quebró, aferrándose con fuerza a la persona que ofrecía un leve consuelo a su dolor. Iliana pensó brevemente en Snape y de inmediato se lo quitó de la cabeza. Alguien la necesitaba con urgencia en aquel momento.
Un leve susurro sonó en la oreja de Iliana, pero al principio no entendió las palabras porque la voz salió muy débil. Le pidió a la joven que lo repitiera y entonces distinguió un suave:
—M-me llamo Hermione.
