Buenas.

Gracias por tu review, nina14j. Si hay fallas, tendrás que ser más específica para saber bien en qué parte.

Aquí el nuevo capítulo:


Capítulo 2

Pájaros enojados

Llegué de repente hacia el punto central del mundo de Pacificadores, en donde abundaban las criaturas vestidas de soldados, portando largas lanzas y hasta incluso cañones. Perdí de vista al buitre que me robó el huevo de dragón y no quería que se extendiera aún más la noticia del ladrón robado. No sabía bien dónde comenzar a buscar y se me cruzó por la mente quitarle su botín a uno de mis colegas, pero supongo que eso me traería más problemas. Pese a que no me gustaba la idea, tuve que recurrir a preguntarle a ese grupo de soldados que marchaban con pasos exagerados si habían visto o no mi preciado tesoro. Ellos reaccionaron sobresaltados cuando me vieron, incluso soltaron un grito, y me explicaron de inmediato que estaban alerta ante la llegada de cierto escupe-fuego que se hacía el héroe. También me comentaron que no esperaban ver a otro ladrón de azul que no fuera el que ya estaba designado a este lugar. No quise darles muchos detalles a esos seres por la pena que sentía, pero finalmente les revelé lo sucedido. Naturalmente se sorprendieron y luego la mayoría negó con la cabeza, demostrándome que no habían visto al vil pajarraco en cuestión.

—¡Ahí está! —exclamó uno de ellos, señalando con un dedo, el cual estaba detrás de un cañón.

Todos miramos como hipnotizados hacia donde aquel militar marcaba, y efectivamente ahí se encontraba el culpable, de nuevo empeñándose en taladrar el huevo. El ave de rapiña se hallaba en la seguridad de lo alto de una meseta y uno de los presentes sugirió la brillante idea de espantarlo con un cañonazo. Los detuve antes de que cometieran la locura de hacer tortilla de embrión de dragón, y salté de inmediato para llegar a estar cara a cara con el plumífero. Mientras que observaba desafiante al bicho, como en un duelo de en el lejano oeste, escuché que el grupo aplaudió como idiotas mi habilidad de semejante salto. Corrí con todo y esta vez pude atrapar al pájaro en pleno vuelo, enterrándole mis afiladas uñas en su cuerpo para que no escapara. Tomé el rosado trofeo con cuidado, volviendo a mí una sensación de tranquilidad, y solté con brutalidad al animalejo negro, que se alejaba con pasos torpes. Nuevamente, la tropa aplaudió por el show, con lo que con una sonrisa levanté el cuerpo ovalado con ambas manos. Ya basta de todo esto, me dije, así que tenía que volver a Ciudad Acantilados, antes de que descubran que me salí.

Bajé de un salto y me encaminé tranquilamente hacia el portal, aunque me distraje por un rato al ver cómo se distendía el ejército: los que estaban detrás de los cañones, los estaban probando y, los más aventurados se ponían en la línea de fuego con los pantalones abajo, enseñando desde luego el trasero. Ninguno resultaba lastimado pero había veces en que eran alcanzados por algunos cascotes arrancados de las laderas de las mesetas que había alrededor. Sin embargo, aquel momento fue interrumpido por una niebla oscura, que luego distinguí como una gran bandada de buitres que salían del portal de Cañón Árido. Los soldados corrieron por sus vidas y algunos de ellos se refugiaron en unas tiendas que había ahí cerca. Sentía que eso debía a mí, por atacar a uno de ellos, y efectivamente el animal que se apoderó por un instante de mi huevo, estaba liderando a los suyos. Me eché a correr con desesperación, porque eso sí era un auténtico batallón de garras y picos, pero tenía que esquivar de por medio los sectores con esa agua oscura. Durante la huida, vi a mi compañero de azul mostrándose sorprendido y yo me preguntaba por qué a él no lo persiguen.

—¡Déjenme en paz de una vez! —les grité, aunque las aves siguieron con su plan como si nada.

—¿Pero qué has hecho, Marel? —me preguntó a los gritos el de mi misma especie y su asombro pasó en tan sólo un segundo a espanto cuando me dirigía directo a él, enviándole la turba iracunda—. ¿Qué haces? ¡Aléjalos de aquí!

Mi socio empezó a correr a mi lado sin parar de insultarme, sin embargo, no podía hacerle caso porque estaba pensando en cómo deshacerme de nuestros perseguidores. Parece que aquel se inclinó por una idea más arriesgada, porque en un segundo se separó de mí y se fue derecho a zambullirse dentro de un agua más limpia, como si estuviera escapando de un enjambre. Quise imitarlo pero, al no mirar el camino, tropecé con un desnivel en la seca tierra y el huevo se me resbaló de las manos y fue a parar quién sabe dónde. Mientras que me ponía de pie, los feroces plumíferos desaparecieron como por arte de magia y no había señales de mi botín envuelto en cascarón. Busqué por todos los alrededores sin ningún resultado, con lo que comenzaba a sentir cierta desesperación, pero lo único que pasó fue que aquel otro ladrón de azul se me estaba acercando. Me dio un poco de gracia el hecho de que él estaba empapado de pies a cabeza y, puesto que teníamos la misma gruesa y ancha ropa oriental, él parecía un gato mojado. Además también me hacía reír porque se lo veía bastante molesto y por eso me exigió una explicación de todo lo sucedido, que lo llevó a bañarse inesperadamente.

—Siempre metiéndote en problemas, ¿no es así? —me dijo al final mientras que le ayudaba a escurrir su ropa mientras que él se secaba dentro de una tienda. Quería replicarle, que no era mi culpa, pero él siguió hablando—. Tienes que recuperar ese huevo. ¿Dónde está por cierto?

—No lo sé —le confesé con angustia y ya me imaginé su rostro disgustado. Sin embargo, el muy infeliz se echó a reír; ahora fue mi turno de indignarme—. ¿Pero qué te pasa o qué?

—Nada, sólo que no es mi problema. Ah, si el Doctor Shemp se enterara… —comentó él con tranquilidad, haciéndome visualizar las consecuencias—. Pero es mejor que no lo sepa, por el bien de todos nosotros. Será mejor que lo recuperes, para compensar los recientes fracasos.

Me alejé cuanto antes de este inútil para preguntarles a los soldados si habían visto a las aves; ellos me ayudaron una vez y supongo que podrían hacerlo de nuevo. Volvió más o menos la calma en aquel lugar árido, ya que la tropa marchaba como antes y, de vez en cuando, uno de ellos echaba un vistazo al cielo, por si la bandada volvía. Primero ellos me miraron con cara de pocos amigos y todo porque les había dado un susto de muerte, pero finalmente uno me contó que los pajarracos se fueron hacia Cañón Árido. Cuando les pregunté por el producto ovalado, estos respondieron que no lo vieron, así que supongo que los bichos se lo llevaron hacia dicho sitio. Sin más me fui hacia allí, esperando que ahí se terminara este asunto tan peculiar, así que me dirigí hacia el portal, ubicado cerca de un estrecho pasaje. Aparecí en medio de un cañón, rodeado por altas paredes de piedra tallada naturalmente, y comencé a caminar buscando al primer domador de buitres que viera. Al principio, sólo vi a sujetos armados y con escudos de metal y no tardé mucho en encontrarme con el roba-huevos de esta zona, quien se me acercó para saber qué demonios hacía allí.

Nuevamente tuve que contarle lo que pasó a este camarada pero, por lo menos, no se burló de mi desgracia, sólo negó con la cabeza y me indicó donde estaban esos gnorcs entrenadores. Seguí esas indicaciones y, luego de saltar para atravesar un arroyo de esas aguas violáceas, di con lo que buscaba, rodeado de unos pocos animales voladores. En el momento en que me reconocieron, los pájaros chillaron mas no intentaron atacarme de nuevo, aunque estaban preparados para hacerlo. Me aproximé despacio hacia el gran ser, que tenía uno de esos volátiles posado en uno de sus brazos protegidos con brazaletes de grueso cuero, y le daba de comer unas semillas. Esta vez no tuve que contar la historia otra vez, porque él ya sabía quién era yo, y todo porque sus mascotas se lo "dijeron". Primero tuve que oír sus sermones: que no debía molestar a sus criaturas cubiertas de plumas, que no tenía por qué presumir semejante botín ante el hambre y la miseria que pasaban ellas, y que no había ninguna razón para yo mostrara mi negra cara por esos lares. Cuando tuve la oportunidad, le narré la verdadera versión de los hechos y me enojé aún más con esos desgraciados por mentir de esa forma.

—Pero de seguro que todo esto se debe a un gran malentendido… —comentó después él pensativo, no muy convencido con todo lo que le acabo de decir—. Mis aves jamás me hicieron algo así antes. Ellas no serían capaces.

—Bueno, ya que puedes hablar con los buitres —le dije de una manera ya un poco harto de toda esta situación—, ¿por qué no les preguntas dónde está el condenado huevo?

Y ante eso, el obeso adiestrador llamó a todos esos seres carroñeros por medio de un fuerte silbido y el cielo se tiñó de negro por un rato ante demasiada multitud. La escena me recordó a cierta película y sentía que estaba en desventaja con semejante ejército en mi contra, con esas miradas de odio por todas partes. El practicante de cetrería, de piel verde amarillenta y sólo vestido con unos shorts y una gorra, lanzó una especie de graznidos iguales a los que hacían los pájaros, y ellos le respondieron de inmediato, con lo que se formó una conversación un tanto extraña. Cuando terminó, él me dijo que ellos no sabían nada al respecto, que dejaron de atacarme cuando no vieron más el trofeo y regresaron de inmediato a Cañón Árido porque ya era su hora de comer. Ahora fue mi turno de no creerle ni una sola palabra y, por más que discutiera el asunto, el resultado fue el mismo; no me quedó otra opción más que creer en este verso. Busqué el portal de regreso al centro de Pacificadores con los ánimos por el piso y con una furia encerrada en mis entrañas, sin saber qué hacer para solucionar este problema.

Ya estaba oscureciendo y regresé a Ciudad Acantilados sólo para ver si al día siguiente las cosas mejorarían, pero al principio solo llamaba la atención de los demás por mi ropa arañada, mi seria expresión, y por supuesto la falta del huevo. Nadie podía ayudarme, nadie podía arriesgar su pellejo y ausentarse un rato para efectuar la búsqueda conmigo; estaba en la más completa ruina. Al otro día, recorrí con toda calma el lugar de los hechos, como todo un detective, para ver si había alguna señal de mi valioso tesoro, sin embargo, no pude encontrar nada bueno. Durante la inspección, me estaba observando por ratos aquel ladrón que se sumergió en las aguas y, como supongo que aún estaba enojado conmigo, ni se acercó a echarme una mano. Me alejé de ese sitio porque ya sentía que no debía importarme nada y sólo tenía que esperar a que ese pequeño dragón o el sujeto que tenía como jefe se enteraran que había perdido el huevo. Creo que será lo mejor huir de ahí y para siempre aunque así no funcionan las cosas. Me senté a pensar en el borde de una plataforma hecha con maderos, pero pareciera que todo el mundo estaba en mi contra porque se acercaba un ruidoso globo.

A poca distancia de donde estaba, aterrizó el aeróstata y, luego de bajar y amarrar su transporte a una viga, me preguntó si yo era quien recibiría el pedido de varias cajas de municiones y de comida. Eso sí que me sorprendió, pero enseguida vinieron un par de soldados a recibir la mercadería y el viajero quiso que yo le ayudara a descargar las pesadas cajas. Bueno, no tenía ningún problema con ello y, además, me ayudaba a pensar en otra cosa, así que el aeronauta de gruesa bufanda que le tapaba la boca me las fue pasando. Mientras pasaba eso, el viajante comentaba que estaba más contento por estar trabajando más seguido, con todo este cambio de gobierno, pero también sostenía que no era necesario apartar a los reptiles de esa manera. No paraba de hablar este individuo, y lo único que me interesó de toda esa pesada conversación fue que, en una de sus entregas en el mundo Hechiceros, sus clientes comentaron acerca de un huevo de dragón que ellos no encargaron. Incluso los uniformados se dieron cuenta de que había una relación con lo sucedido y con eso se resolvía el misterio de aquel objeto perdido, así que quise saber un poco más, tratando de mantener la calma.

—¿Quién se lo llevó? —le pregunté con furia y desesperación, mandando al diablo lo que había pensado recién. Por su parte, el aeróstata parecía pasmado y asustado, y tardó en responder.

—No estoy muy seguro —dijo y de nuevo hizo una pausa para pensar—. Los druidas son los encargados de repartir la mercancía... No se puede saber qué hicieron ellos con exactitud.

Bueno, de esta manera no tendría que perder el tiempo buscando en un lugar donde no iba a estar, pero buscar en todo un mundo también iba a llevar su trabajo. Por suerte, el dueño del globo llamado Gosnold, podía llevarme hasta ahí, a cambio de ayudarle con la próxima entrega. Había una esperanza, aún tenía chances de recuperar mi botín, y todo podía salir más que bien si sólo alguno de mis compañeros aceptaba intercambiar lugares mientras que yo no estaba, por si el Doctor Shemp se le ocurría hacer una inspección. Antes de subir a bordo, le pedí el favor al colega que tenía más cerca, el que se rió de mi desgracia, y luego de refunfuñar aceptó, con lo que se fue de inmediato hacia Ciudad Acantilados. Luego de que el conductor tomara su lugar y de que echara el aire caliente para inflar el globo, subí dentro de la barquilla para así comenzar con el viaje. Durante el mismo, me armé de paciencia porque nuevamente tuve que soportar su larga charla aunque, menos mal, que no terminó siendo un metiche, y varias veces tuvimos que parar porque teníamos que recoger distintos productos que los diferentes brujos necesitaban.

—Bien, sólo resta recoger algunas piedras de las cumbres más altas —expresó el aeronauta al mismo tiempo de revisar por enésima vez una larga lista—. ¡Estos magos y sus raros pedidos!

Asentí con una sonrisa forzada porque me estaba muriendo de frío; estaba acostumbrando al calor del desierto y el aire helado entraba por los rasguños que habían hecho los buitres en mi ropa. No sé cómo se las arreglaban los ladrones de azul que se repartieron en ese mundo en el que nevaba constantemente, pero confío a que alguno quiera pasarse a Pacificadores, y así hacer de cuenta de que allí no pasó nada. Por suerte me distraía con los diferentes paisajes que fueron cambiando de a poco aunque tenía la sensación de que el viaje se estaba haciendo muy largo. A pesar de que para mí significaba algo malo, encontrarme con las primeras nevadas hizo de me sintiera aliviado: la travesía se estaba terminando. Por fin nos acercamos al suelo que estaba cubierto de una corta pastura, con lo que la aeronave aterrizó con brusquedad, haciendo que las cosas a bordo se agitaran. La llegada llamó la atención de unos hechiceros, vestidos totalmente de un verde llamativo, y con nubes de lluvia sobre sus cabezas, sin embargo, no se acercaron. Unos despeinados seres que portaban cetros y unas túnicas de tela metálica, fueron los que se aproximaron en busca de sus encargos, así como un druida con larga ropa verde.

Luego de que ellos nos saludaran haciendo una reverencia inclinando la cabeza, comenzaron a charlar con educación con el viajante, mientras que todos poníamos manos a la obra reubicando las cajas llenas de varios y curiosos objetos. Cuando terminamos eso, aquellos residentes de ese sitio volvieron a lo suyo mientras que yo tuve que ayudar a subir unas cosas antes de irme. Así eran los negocios, nada era gratis, pero luego de un rato me dejó en paz y era momento de iniciar la búsqueda en este mundo, aunque antes debía encontrar a alguien que reemplazara a mi reemplazo. Tenía el tiempo contado, como media hora, para poder convencer a uno de mis socios, antes de que el aeróstata emprendiera su viaje de regreso a Pacificadores.


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