FANFIC DE DOS CAPÍTULOS.
Participó en el quinesob de julio de 2009 y en el AI del argentum_alley.
Resumen: Sirius/James. En el Goldener Stern, pase lo que pase, la función debe continuar.
Advertencia: slash.
Agradecimientos: A mi querida Saiph, por ser la mejor beta del mundo mundial; a Maiteazul, Sol y Chefy por fomentar mi amor por esta pareja y hacerme más fácil escribirlo; a las chicas del argentum_alley por los ánimos y la confianza; y a Maijo, quien me dio consejos sobre el mundo del teatro. ¡Gracias por todo, chicas!
• La función debe continuar •
Sirius no esperó a que James terminara de descender del techo y llegara al estrecho callejón, para abrir la puerta y entrar a los vestidores de Goldener Stern. Él simplemente se adelantó, dejando detrás todo lo que había pasado sin la más mínima explicación, desprendiéndose de la actitud que había tenido hacia minutos como solamente puede hacerlo un actor al abrazar a su personaje.
Faltaba tan poco para el inicio de la función.
Dentro del teatro, el aire se volvía caliente y, al entrar tras Sirius, James recién se dio cuenta de que un frío —como el que decían que producían los dementores—, le había estado cocinando los pulmones.
Sirius caminó entre la gente y Alice se acercó para regañarlo. Extrañamente, él sólo sonrió al verla, lo mismo que a Frank y a la señora Potter.
Cerrando la puerta que daba al callejón tras de sí, James suspiró y se pasó nerviosamente una mano por el pelo. ¿Qué bicho le había picado a su amigo?, se preguntó. Lamentablemente en ese momento no tenía tiempo de averiguarlo, así que, sin más, fue a dejarle el resto de la utilería a su madre para que ella se encargara de terminar de preparar a Sirius mientras él iba a ocuparse de ver cómo estaban acomodados los espectadores.
Desde la parte superior del escenario, Peter le hizo señas a James, preguntándole si ya había dado con su amigo en común. James le respondió alzando un pulgar: un problema más solucionado. Faltaban un sinfín de imprevistos, pero la función estaba en marcha y solamente quedaban siete minutos para que el telón se levantara.
La primera escenografía era un bosque de veelas. La historia que Remus había escrito requería de tres cambios de escenografía y, aunque estos se hacían con magia, era necesario tener un estricto control de todo. Además, de que, en el teatro mágico los cambios de escenografía no requerían necesariamente que el telón se bajara, todo se hacía a la vista del público y los trucos eran la iluminación en el lugar correcto y el humo de colores para cubrir las transfiguraciones.
James observó a Madame McGonagall apurando a sus actrices a tomar sus puestos sobre los árboles —árboles de verdad, todos conjurados sobre el escenario— y también vio a su padre preguntarle al chico encargado de acomodar a los espectadores si todos se encontraban en su lugar.
Ansioso por ver cómo estaba la gente, James se asomó por uno de los costados del escenario. La sala estaba llena, como siempre pasaba en los primeros viernes de mes; los estrenos del Goldener Stern siempre habían tenido mucho éxito. Era muy interesante ver el crisol de magos que concurría a las funciones. Había muchas personas que James conocía del colegio o del simple trato, por ejemplo: cerca de una de las columnas de la izquierda, en la cuarta fila, estaba el señor Ollivander charlando amigablemente con el dueño de la heladería, y más allá podía verse al matrimonio Crunch con su hijo, quien era un poco más joven que el mismo James. Los palcos siempre eran reservados por las mismas familias, muchas incluso tenían membresías para asistir al teatro continuamente. En el segundo palco de la derecha —ese que tenía un comunicador camuflado como lámpara— se divisaban unas cabelleras rubias en la penumbra que comenzaba a reinar en el Goldener Stern, preludio de que el telón estaba por levantarse. Más allá, en otro de los palcos principales, James adivinó a varios empleados del Ministerio y al primer Ministro, Albus Dumbledore, quien estaba con su pareja y dueño de El Profeta, Grindeldore Gellert.
No era extraño que el Goldener Stern recibiera tantas personas importantes, después de todo, era tradición en el mundo mágico el cerrar los días viernes con algún espectáculo, y los primeros viernes del mes estaban destinados, sin duda, para el Goldener Stern.
James se fijó en como todos tomaban su lugar en el escenario y miró su reloj, faltaban solamente dos minutos para subir el telón y, siendo conciente de que ese era su trabajo, fue a tomar su posición. Todavía detrás de bambalinas, vio a Sirius leer el ejemplar del guión que Remus le había acerado para repasar. Remus parecía bastante nervioso porque, aunque su padre había escrito guiones para el Goldener Stern en varias ocasiones, esa era la primera vez que él escribía solo la obra. Lo había hecho bien, o eso creía James. La historia era un drama bastante fuerte con muchas cosas de tragedia, un éxito asegurado en un día tan lluvioso y frío como aquel.
—¡Todo el mundo tome su posición! —anunció Charlus Potter con un megáfono, cuyo retumbe solamente se escuchaba desde el telón hacia atrás. Las luces se apagaron por completo y James comenzó a hacer la cuenta regresiva de diez segundos como le correspondía, varita en mano y el corazón en el pecho.
Varias personas corrieron a través del escenario, llegando a sus puestos a último memento. La ansiedad de los actores se mezclaba con la expectativa del público. Cinco segundos. El mismo Goldener Stern bullía como un caldero al que están a punto de quitarle la tapa. James contó cuatro, tres, dos... y escuchó la señal de su padre. Agitando su varita, lanzó el hechizo que levantaba el telón azul marino, manteniéndolo flotando sobre el escenario como si fuera un cielo nocturno.
Todo el escenario estaba a oscuras, apenas dilucidándose las siluetas de los árboles en la noche. Pronto, y por obra y gracia de la varita de Peter, pequeñas estrellas comenzaron a pintar el telón con puntos de luz, y finalmente se conjuró una hermosa luna menguante. Una luna de plata que brilló e iluminó la figura de Alice con su traje de veela en medio de la escena.
James observó que todo pareciera estar en orden y, con todo el sigilo que se acostumbraba tener detrás de bambalinas, salió corriendo hacia el vestuario a terminar de ayudar a su madre con los actores que tenían que salir a continuación.
Dorea estaba terminando de maquillar a uno de los chicos cuando vio que su hijo iba hacia ella y le sonrió, para luego acercarse a él y polvearle la nariz.
—Mamá... —se quejó James, arrugando la nariz y simulando estornudar.
—Brillabas, hijo.
James bufó, era el problema de tener una madre encargada de vestuario, maquillaje y peinado. El día en que se descuidaba, terminaba con algún extraño hechizo en el cabello que le quitaba su atractivo natural. Pero bueno, aun así la quería.
—¿En qué te ayudo, má? —preguntó mirando alrededor. Extrañamente, para ser un estreno, las cosas parecían bastante controladas. Los actores estaban todos listos y Dorea solamente estaba terminando de quitarle el brillo a un Edgar con cara bastante apática.
—No es necesario que me ayudes en nada, por ahora —contestó Dorea, dando por terminada su tarea—. Pero recuerda que te quiero aquí entre la quinta y la sexta escena para ayudarme con los disfraces de troll.
James asintió. Si no se lo necesitaba allí, entonces iría a darle una mano a Peter con los efectos de las hadas.
En una de las puntas del escenario, fuera de la vista del público, James se encontró con que su padre observaba atentamente todo lo que ocurría en escena. Remus estaba con él, abrazándose a su copia del guión y luciendo bastante emocionado por ver su trabajo ser representado. Charlus Potter tenía esa actitud de absoluta concentración, siguiendo todo el tiempo cada palabra que decían sus actores y cada uno de sus movimientos.
En el centro del escenario, Alice y Sirius se estudiaban el uno al otro como dos mundos que se encuentran por primera vez. Sirius interpretaba a un enamoradizo muggle completamente ignorante de la magia que se encontraba y enamoraba de una veela.
—¿Eres un sueño? —preguntaba Sirius en escena, y James se tomó un segundo para observarlo. Su forma de moverse y de mirar a Alice lo dejó completamente maravillado. Por un segundo, James creyó ver que la mirada de Sirius dejaba a la actriz para cruzarse con la propia, pero fue solamente una ilusión de un segundo porque Black enseguida regresó a su interpretación—. ¿Eres real?
Alice sonrió como una niña. Su risa sonó amplificada como el murmullo de un arrollo y voló gracilmente alrededor de Sirius. James vio justo el momento en el cual Peter soltaba un poco de polvo brillante de hada en el escenario para que ella brillara. El efecto era tan real que la bruja de verdad parecía una veela genuina.
—Todo depende de lo que tú estés dispuesto a considerar real —dijo Alice, dejando que Sirius le tocara la punta de su vestido para luego escaparse volando de entre sus dedos, como si se tratara de aire.
James tragó saliva, no podía entretenerse viendo la obra en ese momento. Sin detenerse por más tiempo, comenzó a subir las escaleras que llevaban a "La Pandora", pronto habría más "veelas" en escena y Peter necesitaría de ayuda con las luces y los hechizos levitatorios. Ya se haría un momento para ver la representación cuando esta llegara a su parte favorita.
Por el escenario desfilaron veelas y trolls de montaña, armando entre ambos una épica batalla que acababa cuando el personaje interpretado por Alice fallecía, siendo traicionada por una veela amiga en la cual Sirius había confiado.
James se tomó un momento para mirar el público como si el verdadero show se realizara allí. Estaba todo oscuro, exceptuando la luz blanca que caía sobre el escenario como copos de nieve, pero algo se podía ver. En el palco donde estaban las personas del ministerio, James notó que todos prestaban completa atención a la obra, lo mismo que cada persona en los otros palcos y gradas. En la primera fila, el señor y la señora Lupin se tomaban de la mano visiblemente orgullosos del guión de su hijo y cerca de ellos estaba la familia de Alice. El padre de Alice, quien para James era siempre demasiado emotivo con las interpretaciones de su hija, parecía al borde de las lágrimas. Alice lo estaba haciendo muy bien, era una histérica rompe pelotas detrás de escena, pero tenía talento.
Cuando la veela dio su último respiro, pidiendo que alguien escuchara su canto por última vez, todas las luces se apagaron de golpe y comenzó a sonar la banda de músicos de detrás de escena. Peter agitó su varita conjurando unas burbujas rosadas que cayeron sobre el escenario, anunciando el último cambio de escenografía.
El público no lo veía, pero en la oscuridad James podía distinguir las figuras de Madame McGonagall y otros ayudantes volviendo a conjurar los árboles que conformaban el bosque inicial. De nuevo, entre Peter y él iluminaron el telón sujeto en el techo con pequeñas motas de luz que simulaban las estrellas de la noche.
Peter parecía cansado y James lo animó con un golpecito en el hombro.
—Vamos, Pet —murmuró—. Casi terminamos.
Peter asintió, pero dejó que James lanzara el conjuro que, desde la derecha, comenzó a cambiar el intenso azul del telón por una gran variedad de naranjas, amarillos y rojos, simulando el amanecer que empezaba a ganarle a la oscuridad de la noche. El bosque artificial se llenó de luces, pero parecía sin vida sin las actrices disfrazas de veelas por todas partes.
Finalmente, Sirius apareció en escena. Su vestimenta había cambiado por una más monocromática y cuando ocupó el centro del escenario James se preparó para observar su parte preferida de la obra.
Alice estaba muerta, pero Sirius no lo sabía. Primero la llamó, la llamó hada de la noche y Alice no apareció, la llamó hada del día y a las palabras de Sirius no le respondió siquiera el canto de los pájaros que antes llenaba el bosque inventado.
Angustiado por no encontrarse con su musa, Sirius comenzó a buscarla entre los árboles llamando a su amada y solo el silencio fue su respuesta. La desesperación que Sirius le transmitía al personaje era tan fuerte, que podía sentirse, era tan buen actor como la misma Alice, quien hacía solo minutos acababa de representar su propia muerte.
James se mordió el labio inferior ansioso, era adicto a la adrenalina de los finales. Hacía varios años, su madre, ex actriz para el Goldener Stern, había intentado que James representara un pequeño papel en una obra, pero no era lo mismo. Ser un actor no era lo mismo que ser parte del mismo teatro, aunque por cómo Sirius conmovía hablando de Alice en escena, parecía que él mismo llevaba el teatro en las venas.
Tímidamente, y desde detrás de uno de los árboles, la veela que había traicionado la confianza de Alice observaba a Sirius lamentar la pérdida de su amada. La veela comenzó a volar por encima del muggle representado por Black y, creyendo que el corazón humano se sanaba fácilmente, intentó seducirlo con su belleza igual a la de Alice.
Sirius al principio pareció caer en el hechizo, dejándose embrujar nuevamente y besando a la nueva veela hasta hacer que algunas de las personas del público suspiraran. Sin lugar a dudas, Sirius era pasión en el escenario y James sintió que su corazón se encogía al meterse en la historia y pensar en la desdicha de la veela muerta y enamorada. Pero cuando parecía que Christine, como se llamaba la otra actriz, había conseguido que Sirius cediera por completo, él se alejó dramáticamente.
La reacción del público fue la esperada y James simplemente dejó de pensar en nada que no fuera la escena, que no fuera su genuina fascinación por el teatro, por el drama y por las emociones que transmitían. Suspiró, recargándose en una de las vigas que sostenían la plataforma desde la cual Peter y él administraban los efectos especiales necesarios para la obra.
Sirius miró a Christine y guardó un silencio sepulcral. Sin que pareciera sobreexagerado, ambos comenzaron a moverse por el escenario, Sirius alejándose y Christine intentando acercarse.
—Tú no eres ella —murmuró Sirius, alejándose nuevamente cuando Christine intentó desaparecer otra vez la distancia—. ¿Dónde está ella? ¿Dónde está mi musa?
Christine se acomodó el largo cabello rubio y pareció flotar hacia Sirius nuevamente.
—Ese sueño ha terminado, mi hilador de quimeras —dijo Chistine coqueta y seductora como solamente una veela podría serlo. Sirius pareció estar por claudicar ante sus encantos, pero nuevamente recuperó la cordura.
—No —dijo Sirius y su incredulidad era completamente creíble, James no dejó de mirar la facilidad con la que cautivaba la audiencia y hacía del personaje parte de sí mismo. Algo dentro de James se volvió a preguntar qué le habría pasado antes de entrar a escena. Sirius había actuado tan extraño—. No, no, no... yo necesito de mí musa. ¿Qué es un soñador sin su sueño?
Una pajarita de papel se acercó a James y le tocó el hombro varias veces. Rápidamente la abrió para encontrar instrucciones de su padre de ir a ayudar a Madame McGonagall a destransformar a los trolls antes de que la obra terminara. Algo dentro de James lamentó el no poder quedarse para ver el final, pero después de preguntarle a Peter si estaría bien solo, volvió a bajar las escaleras que lo llevaban detrás del escenario y hacia los cambiadores.
Al llegar a los vestidores, James no pudo evitar el ataque de risa que le dio ver a Edgar y Archie con la cabeza destransformada, pero con el resto del cuerpo de un troll. Madame McGonagall estaba dedicada a destransformar a Archie y Edgar, así que James se acercó a Frank que todavía era un troll completo y empezó a ayudarlo a volver a ser lo que debía.
—¿Cómo le ha ido a Alice con su muerte? —preguntó Frank y su voz sonó extraña todavía por la transformación. James colocó su varita sobre la garganta de Frank y, tras murmurar unas rápidas palabras, consiguió que la voz se le aclarara completamente—. Eh, gracias. ¿Cómo le fue a Alice?
—Alice ha estado genial —respondió James mientras transformaba los pies de Frank en algo mucho más humano y este se desestabilizaba porque el resto de su cuerpo seguía siendo demasiado grande para sus pies. James se sonrió, lo había hecho a propósito—. Su padre está a un par de pasitos de las lágrimas. Si te acercas ahora y lo llamas "suegro", seguro que consigues hacerlo llorar.
Frank intentó golpear a James en la cabeza, pero como la parte superior de su cuerpo seguía siendo demasiado grande y sus pies pequeños, terminó desestabilizándose y cayendo sobre Edgar, quien a su vez cayó sobre Archie haciendo que Madame McGonagall tuviera que pegar un salto hacia atrás para no terminar en el suelo como la última ficha de un domino.
—¡James Potter! —chilló la mujer, pero James no pudo ni intentar lucir culpable porque la escena era demasiado cómica para tolerarla.
Atraído por el ruido, llegó Charlus y enseguida adivinó que aquello había sido obra de su James. Ni siquiera se molestó en retarlo, pero ayudó a los semi-trolls a ponerse de pie para que terminaran de regresarlos a la normalidad.
—En cinco terminamos, Sirius está por matar a Christine.
Esa era justo la escena que James quería ver, así que aprovechó la confusión de trolls destransformándose y veelas charlando en voz baja para colarse nuevamente a la vera del escenario.
Sirius tenía sus manos en el cuello de Christine y ella parecía estarse quedando sin aire.
—Matándome no la revivirás —murmuró la chica, su suave voz amplificada por la acústica del teatro.
—Dejándote vivir tampoco.
Christine sobreactuó el intentar respirar, cada vez más pausado y finalmente llevó sus manos a los brazos de Sirius quien simuló ejercer todavía más presión en su agarre hasta que el sonido de huesos quebrándose le heló la sangre a los espectadores de primera fila. El personaje de Christine dejó caer la cabeza, aparentemente muerta junto a las raíces de uno de los árboles. Cuando Sirius notó lo que había hecho, se alejó como si el cadáver quemara.
Sirius se puso de pie, completamente horrorizado de su propia obra. Él había amado a una veela y ella había muerto por causa de ese mismo amor. Aunque no había sangre en sus manos, Sirius se limpió en sus ropas como si sus manos estuvieran sucias, y así las sentía. Sirius permanecía dándole la espalda al público, y James —que estaba viendo desde uno de los costados del escenario— tenía una vista privilegiada de las expresiones que pasaban por su rostro en ese momento.
—¿Qué ocurre conmigo? —preguntó Sirius a la nada, desesperación y miedo en su voz—. ¡¿Qué me has hecho, musa de la noche?!
Cuando Sirius notó a James a un costado del escenario, le sonrió y le guiñó un ojo antes de girarse hacia el público para el gran final. James no pudo más que corresponder el gesto, dándole ánimos con palabras mudas y sintiendo que una sonrisa terminaba de formarse en sus labios. Un juego, el Goldener Stern era como un juego de Quidditch: adrenalina y jugadas impresionantes, todo el tiempo dependiendo del resto del equipo y con poco tiempo para los errores. La velocidad con la que las cosas ocurrían en el escenario —donde se podía envejecer cuarenta años en dos minutos y renacer en forma de fénix en la escena siguiente, donde se podía amar a una veela y enfrentar un basilisco con las manos desnudas— era magia pura, como la actuación final de su amigo que había comenzado a hablarle al público, lamentando su pesar.
—¿Qué me has hecho? —Sirius se dejó caer de rodillas, llevando las manos a su cabeza, cubriéndose el rostro entre lágrimas que se veían reales—. Acaso... ¿tu pérdida me ha hecho pasar de soñador a ilusión? No lo sé, solo sé que la única verdad aquí presente, ha sido mi traición y el dolor de mi corazón.
Fuera del campo visual de James, Remus revisaba su copia del guión siguiendo cada diálogo que Sirius decía. Por un momento se había asustado bastante, porque al inicio Sirius le había pedido el guión para saber qué tenía que representar y Remus hubiera jurado que acababa de aprenderse los diálogos conforme iba teniendo descansos de estar en escena. Increíblemente, había cometido muy pocos errores y sus improvisaciones respetaban siempre la historia principal. Lo más extraño es que Remus había estado en los ensayos y Sirius sabía bien sus partes, quizás fuera algún extraño gusto del actor por estudiar todo a último momento como si fuera la primera vez.
James observó como su padre le hacía a Peter una señal para que fuera bajando las luces paulatinamente, hasta que todo el teatro volvió a quedarse en la oscuridad. James, que prácticamente no había soltado su varita desde el inicio de la obra, apuntó hacia el telón murmurando el que sabía sería su último hechizo de la noche.
El telón comenzó a descender, terminando de ocultar el escenario al tiempo que se desteñía de los vivos rojos, amarillos y naranjas y regresaba a su intenso azul marino inicial.
La obra había terminado.
Charlus le puso la mano sobre el hombro a Remus, quien había estado con los nervios de punta toda la noche, y le sonrió.
—Buen debut, hijo.
Remus asintió agradecido por la oportunidad. De fondo se escuchaban los aplausos, ganando lentamente en intensidad.
—Todo ha sido gracias a usted —dijo Remus, y Charlus lo fue llevando hacia el escenario, donde todos los actores se congregaban en torno a Sirius. El actor principal, exultante de vida, recibió al escritor tomándolo de la mano derecha, y luego Alice lo tomó por la izquierda.
James le gritó a Peter que subiera el telón y también corrió al centro del escenario a ocupar su lugar junto a su padre.
Cuando el telón azul marino se levantó nuevamente, dejó al descubierto a toda la compañía. Los actores estaban delante, y Sirius y Alice dieron un paso al frente, arrastrando a Remus consigo para agradecer los aplausos con una reverencia.
Aquel era sin duda el momento preferido de James, no podía evitarlo. La gente poniéndose de pie para aplaudir, los actores agradeciendo, el trabajo bien hecho a la vista de todos. Era como si toda la vida que había tenido la compañía detrás de escena desde el comienzo hubiera contagiado a los espectadores y estos, a su vez, les regresaran esa energía multiplicada a él y a los actores. Era humano, era electrificante y producía un extraño escalofrío que le invadía las venas. Era magia y era maravilloso, aquello era su hogar, su mundo y su vida: aquello era teatro.
Cuando se adelantó para recibir los aplausos junto con el resto de los que se encargaban de los trabajos detrás de escena como el director de la pequeña orquesta en vivo, aplaudiendo también a sus compañeros, sintió algo extraño, y, al voltearse, se encontró con que Sirius lo estaba observando fijamente, de la misma forma en la cual lo había mirado cuando estaban sobre el techo hacía unas horas.
Pero… ¿qué diablos?
Los plausos del público, ahora exclusivamente para su padre que se adelantaba junto con Remus y Alice, hicieron que James rompiera el contacto visual, pero algo dentro suyo seguía diciendo que las cosas no estaban bien. Algo había pasado y, ahora que habían terminado con la obra, él se encargaría de averiguar qué había pasado y repararlo. Como siempre hacía.
Charlus Potter tomó su varita y, apuntando hacia el telón que pendía en el techo, murmuró un simbólico "Finite encantem" y luego lo hizo descender. Los actores se saludaban y felicitaban entre ellos haciendo bromas.
—¡Fuiste un asco en escena, Frank! ¡Hasta parecías un troll! —se burló Edgar, poniendo una mano sobre el hombro de Frank Longbottom y comenzando a molestarlo mientras se retiraban del escenario.
Dorea Potter los esperaba en los camerinos y apenas vio a su marido lo recibió con un abrazo y un beso.
—Felicitaciones, cariño —le dijo sonriendo y llevando sus manos al cabello de su esposo. Charlus era un hombre que pasaba los cuarenta, pero a pesar de todos sus años todavía no había encontrado la forma de domar su cabello por sí mismo, siempre era Dorea quien lo peinaba o arreglaba. Él, para ser sinceros, se terminaba dejando mimar.
—Chicos, ustedes también lo hicieron fabuloso —Cuando Dorea vio pasar a James, se alejó de su marido para felicitar a su hijo, que venía con Peter—. Peter, la muerte de Alice te quedó espectacular. Creo que muchos de los que estuvieron en el público hoy tendrán pesadillas.
Peter se quedó unos minutos más hablando con la señora Potter, contento de que valoraran su arduo trabajo, pero James se alejó de sus padres para buscar a Sirius y querer averiguar bien qué era lo que había pasado. El ambiente de algarabía se mezclaba con la relajación que daba el que la obra hubiera sido todo un éxito, y los actores no dejaban de molestar a Remus, quien había sido el que realmente acababa de debutar.
—Y dinos, Remus —escuchó que preguntaba Frank, pasándole un brazo por sobre los hombros a Lupin—. ¿Qué nos tendrás para la próxima obra? Nos dijeron que ya la tienes terminada.
—Algo así, falta un poco todavía —contestó Remus, no muy acostumbrado a tanta cercanía, pero sin incomodarse, porque Frank era de esas personas con las cuales era casi imposible sentirse incómodo. Frank era un buen tipo, pensó James al ver cómo seguía intentando sacarle a Remus la trama de la próxima obra.
James sonrió. Remus mentía, la obra estaba terminada y el manuscrito estaba sobre el escritorio de su padre. Él lo había visto y sabía que pronto podría echarle uno de los primeros vistazos al guión.
—¡Vamos, quiero saber de qué trata! —comenzó Edgar, molestando también—. Quiero saber si tendré oportunidad de quedarme con el protagónico o Sirius otra vez nos va a usar de trapeador.
—Como si tuvieras posibilidades de conseguirlo —dijo Sirius, y James se sorprendió de escucharlo. No lo había notado porque estaba en silencio y recargado en una pared, algo alejado. Nuevamente algo dentro de James le alertó que las cosas estaban extrañas. Sirius nunca estaba en silencio después de terminada una obra… Sirius no estaba en silencio nunca a decir verdad.
—No es necesario que se peleen por el principal —dijo Remus.
—Seguro que el protagónico es una princesa y se lo queda Alice —dijo Frank, consiguiendo que la chica le sonriera algo apenada—. Aunque de ser así, me encantaría que el papel del príncipe, aunque sea pequeño, sea para mí.
—Awwww, ¡qué tiernos! —se burló Edgar, pero después regresó su atención a Remus—. Ahora dinos, ¿por qué no tenemos que pelearnos por el protagónico? Ahora que Frank también lo quiere, la cosa se pondrá —hizo una dramática pausa—… sangrienta.
Remus le sonrió con cierto enigma que hizo que James recordaba por qué le caía tan bien ese chico.
—Porque la pareja protagonista es masculina —dijo Remus, sacando a relucir su habilidad de dejar a todos callados.
Edgar pareció sonreír y se acercó a Frank para molestarlo:
—Ohh, Frankie, ¿qué dices de que audicionemos juntos?
—Felicitaciones —dijo James a Frank—. Si audicionan juntos, podrán evitar quedar por debajo de Sirius, aunque alguno deberá quedar debajo del otro en algún momento.
Alice se cubrió la boca para no reírse demasiado fuerte y Frank se quedó en silencio unos segundos mientras los demás se reían de su expresión.
Remus sonrió con algo de vergüenza.
—No te preocupes, Frank, la obra apenas si tiene un solo beso.
—¿So-solo uno? —repitió Frank mirando luego a Edgar—. ¿Con él?
Entonces Edgar se le acercó por la espalda, pasando los brazos por su cintura y apoyando la cabeza en su hombro.
—Si uno te parece poco, seguro que podemos convencer al escritor de que agregue más —comentó Edgar, guiñándole un ojo a Lupin—. Y si no, nos quedan todos los ensayos, "cariño".
Ahora sí Alice no se aguantó más la risa y estalló en una gran carcajada.
—¡Me voy a comprar un boleto en primera fila para ver esos besos! —gritó otra de las chicas del elenco.
—Hace mucho que no tenemos una obra con contenido homosexual —dijo James en voz baja, haciendo recuento de las obras en las que recordaba haber participado. Por lo que pudo hacer memoria, hacia como dos años que no representaban una obra gay, eso era bastante tiempo. Pero nadie lo escuchó porque Frank estaba intentando alejarse de los labios de Edgar que intentaban posarse en su mejilla.
Ese fue el momento en el cual Sirius eligió alejarse un poco de la pared en la cual estaba recargado, rompiendo el contacto visual que James sabía que había estado manteniendo sobre él. Lo había sentido mirándolo. Mirándolo mientras los otros actores estaban en su mundo. Sirius lo observaba a él.
—¿Qué les hace pensar que no me quedaré con uno de los protagónicos?—preguntó Sirius, y Remus, que estaba bastante cerca de él, fue quien le contestó.
—¿Podrías con cuatro principales en las diferentes obras rotativas? —preguntó y James supo que Sirius se tomaría sus palabras como un reto personal. Conociendo a Remus, posiblemente lo fueran—, ¿más aún cuando la nueva requiere mucha más compenetración con las circunstancias dadas del personaje que todas las anteriores?
Sirius se encogió de hombros, quitándole importancia.
—Posiblemente tenga que practicar un poco —Y, acto seguido, tomó a Frank de la cintura y lo acercó fingiendo besarlo.
Edgar tomó también al shokeado Frankie, peleando por él con Sirius.
—¡Hey, Frankie es mío, degenerado roba hombres!
Frank iba y venía de las manos de uno al otro, cubriéndose el rostro rojo de la vergüenza.
—Chicos, por favor —pedía, tratando de evitar ser besado por Edgar y que Sirius no le desacomodara más la ropa.
Sin llamar la atención, Madame McGonagall apareció para controlar el alegre alboroto que se desarrollaba entre sus alumnos de actuación y se fijó en Alice, que permanecía sonriendo un poco alejada de la pelea. Ocultando bien sus intenciones, Minerva le dio un suave empujoncito a Alice para que se acercara, ella se giró y la observó. La profesora de actuación le susurró al oído, lo suficientemente bajo para que nadie la oyera: "Esta es tu oportunidad, niña" y Alice tragó saliva bastante nerviosa. James, que había visto la escena entre ella y la profesora, le hizo una seña con los pulgares arriba y la chica tomó aire, acercándose a los tres con su paso tranquilo y luciendo aún el atuendo de veela para la obra.
—Lo siento, chicos —dijo y agarró a Frank de la ropa, alejándolo de las manos de Sirius y Edgar—. Pero Frankie es mío.
Cuando Alice lo besó, James y todos los que estaban cerca aplaudieron. ¡Era el primer beso que se daban sin ser parte del guión!
—¡Ya era hora, Frankie! —se escuchó el grito de Charlus desde la otra punta y el vitoreo de todos los que se encontraban en los camerinos.
—¡Mira que eres maricón para que quien te bese sea ella! —se escuchó la pica de uno de los mejores amigos de Frank, frase a la cual éste respondió con un corte de manga sin dejar de besar a Alice, llevando su otra mano a su cintura para acercarla con bastante posesión. Ella se rió un poco y levantó la patita hacia arriba, como toda una actriz del cine de los años cincuenta.
Cuando James dejó de aplaudir y buscó nuevamente la mirada de Sirius, se dio cuenta de que él ya no estaba cerca. Frunció el seño y trató de encontrarlo en alguna esquina, pero directamente no estaba. Había desaparecido nuevamente.
En esta ocasión, no necesitó ser su mejor amigo para saber que Sirius había salido en busca de algo de aire. Sin pensar si convendría dejarlo un poco a solas, James se deslizó entre la gente de los vestidores dirigiéndose a la puerta de atrás, esa misma que llevaba al callejón que antes había visitado para subir al techo.
Los colores del interior eran vivos, con las paredes pintadas en su mayoría de púrpuras y rosados, pero apenas James salió del Goldener Stern todo eso desapareció. Afuera estaba cayendo una fina y fría llovizna, y la única persona en el oscuro callejón era Sirius, quien estaba maldiciendo por haberse olvidado la cajetilla de cigarrillos en sus pantalones, siendo que había salido con el vestuario de la obra.
—Mi madre te matará si llegas a arruinar el traje el mismo día del estreno —dijo James, saliendo del teatro y cerrando la puerta tras de sí, buscando en sus pantalones una cajetilla toda arrugada que le ofreció a Sirius—, otra vez —agregó.
Sirius tomó la cajetilla que su amigo le pasó y sacó uno de los últimos dos cigarrillos que quedaban, regresándola luego a James porque, aunque no llevaba nada suyo consigo, no necesitaba varita o encendedor para crear una chispa y encender el cigarrillo.
—No es culpa mía que algunas chicas no sepan tragar—dijo, sin poder estar cinco segundos sin llenarse la boca de alegorías sexuales.
James sacó el último cigarro de la caja y la abolló para volver a guardarla en uno de sus bolsillos. Chasqueando los dedos, encendió una pequeña flama con magia y con ella prendió el cigarrillo aspirando el humo caliente que contrastaba con el frío del aire de afuera. Se recargó en la misma pared en la cual Sirius estaba apoyado, debajo de una especie de alero que los protegía de la llovizna que prometía convertirse en tormenta más cerca de la madrugada. Tomó una profunda calada de su cigarrillo.
—Eres un caso perdido, Sirius —dijo exhalando un poco de humo con lentitud y llevando nuevamente el cigarrillo a su boca, cerrando sus labios en torno al filtro. Aunque James no lo estaba mirando, sabía que Sirius sí lo observaba a él.
El silencio se extendió entre los dos durante unos segundos. James esperaba que Sirius hablara y fingía estar concentrado en su cigarrillo y en las gotitas de cristalina agua que brillaban sobre el cuero de sus zapatos, pero en realidad su atención estaba en la mirada de Sirius que no se retiraba de su rostro.
Finalmente, Sirius soltó un suspiro, dejándose resbalar un poco por la pared en la cual estaba apoyado, quedando de cuclillas con los codos apoyados en sus rodillas y el rostro mirando al cielo. James hubiera preguntando qué le pasaba, pero sabía bien que Sirius era de los que se llevaban los secretos a la tumba. Si quería hablar, empezaría él.
Realmente había algo extraño en Sirius ese día, se dijo James analizando el comportamiento de su amigo. Durante la misma obra no había actuado como siempre lo hacía, normalmente las caracterizaciones de Sirius eran intensas —todo en él lo era—, pero en esta ocasión se había superado, era como si el dolor de la pérdida lo tocara con mucha más cercanía que antes. Era como si hubiera llevado al personaje a un nivel de comprensión mucho mayor, por eso había logrado conmover a la audiencia con más fuerza que nunca. Pero había algo raro, algo raro en la forma en la cual trataba a James, algo extraño en su forma de moverse, de hablar, de mirar.
Era Sirius, eso sin duda, pero parecía llevar cargas más pesadas de las habituales. Como el esperar a que la gente hablara nunca había sido la cualidad más destacable de James Potter, su mente buscó con qué entretener a la preocupación. Por ejemplo, cuando exhaló el humo del cigarrillo, intentó que este formara un aro perfecto sin utilizar magia. El primer intento no le salió, pero al segundo logró formar un aro y, llenando nuevamente su boca de humo, intentó meter otro círculo dentro del anterior.
Sirius no parecía estar por iniciar la conversación, así que James se decidió por dar el primer paso.
—Hoy actuaste horrible —comentó, y Sirius quitó la ceniza que se había formando en su cigarrillo mientras sonreía.
—Sí, tanto que se te cayeron las bragas.
James empujó un poco a Sirius que seguía en cuclillas con la espalda contra la pared, pero éste no perdió del todo el equilibrio y le respondió la pulla al de anteojos golpeándole la pierna sin mucha fuerza. Después, Sirius se llevó el cigarrillo a los labios y miró hacia la pared púrpura que tenían enfrente que, por la falta de luz, más que púrpura parecía de un negro borgoña muy oscuro.
—Así que el Goldener Stern —murmuró, hablando casi consigo mismo a pesar de tratar a James como interlocutor—… jamás me lo hubiera imaginado, Jimmy, jamás de los jamases.
James frunció el seño, con el cigarrillo entre los labios.
—¿Qué cosa nunca te hubieras imaginado? —preguntó James con bastante curiosidad. Sirius se puso de pie lentamente, estirando las piernas y hablando con el cigarrillo en la boca.
—Las vueltas que da la vida, eso.
James exhaló el humo, sintiéndose bastante desorientado. Normalmente con Sirius se entendían con extrema facilidad, pero sentía que le faltaba una parte de la historia.
Sirius continuó:
—Aunque, sin duda, un telón de teatro es mucho mejor —dijo, sin verlo.
—Sirius —llamó James, ahora dispuesto a averiguar lo que pasaba aunque tuviera que sacárselo de la forma que fuera—, ¿qué carajo te pasa?
La lluvia se había estado haciendo un poco más fuerte mientras hablaban —ya se podía hablar de lluvia y no de llovizna como cuando habían salido al finalizar la obra— y Sirius puso su cigarrillo entre sus dedos medio y anular, lanzándolo a un charco cercano.
—¿Quieres saberlo? —preguntó, y a James eso le pareció la pregunta más estúpida del mundo. Si preguntaba era porque quería saber.
—No, para nada —dijo James, tirando también su cigarrillo que se había consumido prácticamente en su totalidad y llevando las manos a sus bolsillos—.Me estoy congelando el culo aquí por puuuuuro amor al arte.
Sirius finalmente sonrió, una sonrisa no como las de la obra o las de desplegadas tras bambalinas, sino esa que era menos espectacular, esa sonrisa Sirius Black que te llegaba al alma pero que te daba un poco de miedo porque no presagiaba cosas buenas. Esa que James le conocía, la que se le contagiaba a sus propios labios cuando estaban planeando alguna de sus travesuras, esas que hacía tanto que no podían hacer.
—Pero, ¿estás realmente seguro, pequeño Jimmy? —La pregunta se hizo acortando la distancia, hasta que James vio que había más tormenta en los ojos de Sirius que en el cielo inglés.
Pero James no era de los que se dejaran amedrentar.
—Como te gusta hacerte de rogar, ¿no? —susurró, viéndolo a los ojos. El viento había comenzado a soplar y el alero que los cubría de la lluvia había dejado de servir, pues esta ahora caía de costado y James tenía gotitas de agua en los anteojos y el cabello humedecido—. ¡Vamos, suéltalo de una vez!
Sirius no pareció ni meditarlo, se encogió de hombros y pareció murmurar algo como "Si tú lo pides" que James no llegó a terminar de escuchar, porque sus sentidos se encontraron completamente saturados. Estaba siendo besado sin preámbulo alguno. Las manos de Sirius estaban a los costados de su cabeza y lo estaba reclamarlo en un beso exigente e impredecible para el de anteojos. James se quedó con los ojos abiertos durante un segundo, sintiendo el aire en sus pulmones clamando por escaparse en un suspiro que sabía significaría rendirse a lo que no estaba terminando de entender.
—¡¿Qué diab…?! —llegó a exclamar contra la otra boca, sintiendo cómo es que el beso se suavizaba y él mismo se descubría cerrando los ojos y dejando escapar un suspiro que le supo a lluvia, a cigarrillo y a Sirius, a mucho Sirius Black.
Las manos de Sirius estaban calientes y las mejillas de James, antes congeladas, se contagiaron de su calor al tiempo que se plegaba al beso con la interrogante de qué querría decir aquello. Como simplemente no iba a dejar que Sirius se burlara de él por besar mal cuando se separara, comenzó a responder al encuentro, buscando cambiar el orden de prioridades, y se encontró con que ninguno de los dos rendía territorio. Algo en el fondo de su mente le dijo a James que estaba besando a su mejor amigo y que encima estaba llevando las manos a su nuca para acercarlo más, obligándolo a entregar sus labios como si estuviera nevando y la única fuente de calor proviniera del cuerpo de Sirius presionando el suyo contra la húmeda pared. Algo en su mente trataba de explicarle eso, pero él no le prestó atención. Chupó de los labios de Sirius como lo haría con una fruta madura y sintió el otro aliento chocar contra el propio cuando el beso se prolongó con las bocas abiertas.
James tenía sus manos enredadas en el cabello mojado de Sirius y sentía las manos de su amigo jalar del propio por momentos para luego relajarse, relajarse y acariciar los rebeldes mechones negros entre sus dedos.
El beso había surgido como una tormenta de verano, totalmente impredecible y llena de calor y humedad, calando a James hasta hacerlo sentir que algo dentro de su estómago se agitaba en un temblor delicioso. Sirius retiró las manos del cabello de James conforme el beso languidecía y las colocó a ambos lados de su cabeza, recargándose en la pared y atrapándolo sin salida en un mar de sensaciones extrañas.
Cuando Sirius dejó de besarlo, James sintió que al fin podía respirar porque el aire frío de la noche le entró en los pulmones como un vendaval, pero por el contrario su cuello se estaba incendiando con el cálido aliento de Black. James tragó, tragó saliva porque sintió la voz de Sirius vibrar justo sobre su yugular.
—En otra vida —dijo Sirius con voz grave, y una de sus manos, caliente pero llena de lluvia y decisión, comenzó a colarse debajo de la camisa de James, tocando la piel de su costado llenando esa situación de realidad y de erotismo—… me quedé con ganas de hacer esto. No iba a dejar pasar otra oportunidad. No podía permitirme dejar pasar otra oportunidad.
James suspiró. El aire helado de la noche lo hizo darse cuenta de que estaba embriagado por el beso, por la cercanía y por la intriga de lo que le pasaba a su amigo.
—Sirius, no entiendo —susurró, cerrando los ojos y quedándose estático ante el toque que también se quedó detenido en el tiempo—… ¿de qué mierda hablas?
—De otra vida —murmuró Sirius, aspirando el aroma de la piel de James en ese lugar junto a su cuello, necesitando tenerlo cerca al hablar para poder finalmente creerse que estaba vivo—, de otro mundo. Un mundo donde había una guerra, una profecía y… donde Lily y Harry, por mi culpa —James sintió a Sirius tragar saliva y casi quebrarse. Sin darse cuenta de lo que hacía, llevó sus manos a la espalda de Black y lo abrazó, como si deseara protegerlo de la locura y acompañarlo en ella, todo al mismo tiempo. Sirius correspondió el abrazo, abrazándolo por debajo de la camisa… la aspereza de sus manos sobre la espalda de James haciéndolo sentir como si estuviera desnudo—, y también tú, James, tú también…
Sirius tragó saliva. Su mente llena de escenas que en ese universo no habían pasado. De la casa de los Potter destrozada, del cuerpo de James inerte entre sus brazos. Se aferró a James agradeciendo al borde de las lágrimas de tenerlo así, de tenerlo con vida de nuevo aunque fuera en una alucinación, en una locura, en lo que fuera, pero tenerlo con él.
—No pude hacer nada porque el hijo de puta de Colagusano —dijo y se quebró, no tenía derecho a pedir perdón, no se lo merecía—… pero fue mi culpa, James. Solo mía… y yo…
James no entendía, no sabía de qué o quién hablaba, pero algo le decía que no se trataba de una broma. Quizás fuera el tono de voz de Sirius, tal vez el latido de su corazón acelerado contra el propio, casi los dos igual de desbocados —aún más que durante el beso—, o el tenerlo entre sus brazos de esa manera. James acomodó la cabeza sobre el hombro de Sirius, hablándole al oído también.
—No fue tu culpa, Sirius —dijo, sin saber de qué estaba hablando, pero el sonido que a Sirius se le escapó de los labios le indicó que había encontrado las palabras perfectas. James, el bueno de James. No le importaba en el fondo de qué lo estaba exonerando, nada podía ser tan malo en otra vida como para no perdonárselo todo en aquella—. ¿Qué más? —preguntó en un murmullo, apenas un susurro temeroso de encontrarse con que Sirius no podía terminar de aclararle lo que había ocurrido.
Sirius relajó un poco el abrazo, sus manos resbalando apenas unos centímetros por la sudada espalda de James en casi una caricia entre amantes.
—La guerra… Harry y un velo, había un velo que —dijo Sirius y se alejó, buscando credibilidad en la mirada castaña—… que me trajo aquí.
Era complicado porque Sirius tenía los recuerdos de las dos vidas. Pero también era simple. Simplemente se había despertado así esa mañana, recordando la vida en un mundo donde nunca había concurrido a Hogwarts, y aún así la magia existía. Recordaba haber vivido en un mundo que lo obligó a hacerse de un lugar a fuerza de representar el papel que le asignaran —fuera de príncipe, de tirano o de muggle enamorado—. Un mundo donde James le sonreía desde fuera del escenario y le hacía caras para que se riera cuando estaba ensayando una escena de corte dramático. Pero también recordaba haber crecido en una familia de magia y sangre oscura, recordaba los años de Hogwarts —los mejores de su otra vida; llenos de risas, de bromas, de merodeos y de complicidad—. Recordaba los besos no dados, las miradas disimuladas y la boda de James sin nunca animarse a perderlo, porque a él no podía perderlo, eso jamás. Y también… también recordaba el dolor, el que multiplicaba mil veces el dolor de Azkaban, el que le cortaba la respiración y cercenaba un trozo del pecho. Él recordaba haber perdido a James sin posibilidad real de recuperarlo.
Recordaba el velo con el grito de Harry y la risa maníaca de su prima, pero también los ensayos de la obra, burlándose del traje de veela de Alice. En su mente se mezclaban escenas de Remus abrazándolo en la casa de los gritos después de doce años de no verlo y de Dorea Potter probándole el vestuario para la nueva obra. Era como tener dos corazones en un mismo cuerpo, dos recuerdos del mismo tiempo y momento, pero diferente universo.
James abrió la boca, pero no supo qué decir. Quizás si hubiera sabido del velo en el Departamento de Misterios hubiera podido opinar. Si hubiera pasado años en la Orden del Fénix podría tener las herramientas para teorizar sobre cómo es que el velo simplemente había trasladado la conciencia de su amigo a la dimensión más cercana y ésta había caído ahí, sin relación en el tiempo y en el espacio, pero ligado a su mismo ser y a las personas que lo rodearon por esos azares del destino. O quizás podría haber dicho que así se sentía morir y que la mente de Sirius simplemente había creado otro mundo al cual pertenecer. Pero como James nunca había estado en una guerra y nunca había sentido el impulso de explicarlo todo, solo se limitó a volver a besar a Sirius; era más fácil que hablar y tratar de entender lo que parecía fuera de su entendimiento.
—¿No-no vas a preguntarme más? —interrogó Sirius, pero la comprensión que siempre había compartido con James había regresado, sin necesidad de más, estaba ahí en la mirada.
James era James y aquello se sentía tan real. Su calor, sus besos —Sirius estaba seguro de que eso era real, porque nunca podría haber imaginado los besos de James siendo que nunca antes los había obtenido—, su sonrisa cuando le indicaba que iba a bromear, porque no le gustaba ponerse serio ni por cosas de vida o muerte.
—Sí —dijo James, bromeando para relajar la situación—, ¿ahora me vas a decir que te interesa audicionar para la nueva obra conmigo?
Sirius lo miró a los ojos y supo que, diablos, no importaba lo que aquello fuera, había caído en su hogar. Siempre que James estuviera ahí, que él se encontrara allí, habría llegado a casa.
—No —dijo, sintiendo su pecho extrañamente liberado de las pluralidades de sentimientos, porque por James siempre había sentido y sentiría igual—. Remus parece escribir o leer siempre sobre lo mismo... y yo ya estoy hasta las bolas de tragedias.
Fin
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