Capítulo Segundo – La luz
El reloj marca las nueve en punto y suena una alarma. Ese sonido le transporta a otro mundo, a otro lugar, a años de donde se encuentra ahora. Camina hacia el ascensor y decide que la lluvia será lo mejor para redimir sus pecados; necesita dejar su alma limpia. Cuando sale al tejado del edificio la lluvia es fuerte y parece que es de noche otra vez. Sabe que en algún lugar esta el sol, pero le parece imposible creerlo. Las espesas brumas que cubren su cabeza son lo único que le parece real ahora.
Camina despacio, con las manos en los bolsillos, triste y con un peso en su corazón que no le deja respirar con normalidad. Hace años que siente ese peso en él, pero hoy es más pesado que nunca, más pesado que cuando lo sintió por primera vez. Es tan pesado que no entiende cómo puede mantenerse en pie. Cuando la lluvia empieza a empaparle si siente algo más ligero. La lluvia siempre le lleva a un lugar mejor, a otra época.
Tiene casi siete años y ha pasado dos entrando y saliendo de hospitales y orfanatos. No habla nunca. No habla con nadie. Aún lucha por salir del silencio en el que se sumió tras el accidente. Lucha por encontrar un camino que le lleve de vuelta al mundo, pero no lo encuentra.
Autista le llaman sus compañeros mientras le pegan por ser diferente y él se deja pegar. Nunca hizo nada para defenderse, nunca levantó la mano, nunca lloró.
Hace dos años que no habla con nadie. Ni siquiera recuerda el sonido de su propia voz. De vez en cuando puede salir de ese mundo en el que vive sumido; cuando le ayudan, cuando las manos que están tirando de él lo hacen durante mucho tiempo. Pero nadie aguanta lo suficiente para tenerle en el mundo real, nada puede sacarle de su silencio para siempre. Sólo unos minutos.
Recuerda la primera vez que salió el tiempo suficiente para poder ver algo a su alrededor. Está sentado delante de una ventana. La luz del sol le abraza, pero él no la ve, él no la siente. Está encerrado en un mundo donde sólo hay silencio desgarrador, dolor y oscuridad. A lo lejos ve una mano; una mano que lleva días a su lado; una mano que le arropa mientras duerme, que no le deja solo y que le ofrece ayuda. Sólo la puede ver a veces, a ratos, cuando el silencio se despista y la oscuridad le olvida unos segundos. Cuando eso sucede, la mano le habla y le dice palabras dulces. Le habla de amor, de amistad, de ayuda y de cariño. Su siniestro mundo le quiere retener y no le deja salir, pero a veces se duerme y es entonces cuando él ve su oportunidad y corre. Corre con todas sus fuerzas hacia la mano que le habla. La roza con los dedos y siente calor dentro de él por primera vez en mucho tiempo.
Abre los ojos poco a poco y lo ve. Un hombre que le sonríe y le habla.
-No tengas miedo. Has vuelto. Estás a salvo.
Quillsh Wammy le dijo que se llamaba y no se apartó de su lado desde la primera vez que se vio reflejado en sus ojos.
Durante los siguientes meses entra y sale de su mundo muchas veces. Entra sin ayuda de nadie, pero sólo sale cuando es él quien le saca. Cuando sus palabras son más fuertes que el silencio que le envuelve, cuando sus gritos se abren paso a través de la oscuridad y le llaman por su nombre.
Cada vez tarda más en entrar y le cuesta menos salir. Dejar de lado ese mundo le hace sentir menos dolor. Allí sólo tiene silencio, oscuridad y dolor; allí sólo huele la sangre de su madre. Cuando sale huele dulce, huele a vida. Ese hombre se sienta con él y le lee. Le habla de la vida, de lo mucho que le espera fuera, de lo bonito que debe de ser escuchar su voz. Ese hombre le llama por su nombre, le peina, le calza, le viste, le limpia y le cuida. Se encarga de él como nadie nunca se ha encargado. Le trae juegos y le cuenta cuentos. Una tarde de invierno, mientras llueve y él es incapaz de apartar sus ojos del cristal de las ventanas, rompe su silencio.
-Llovía mucho aquel día, por eso no pudo frenar.
-¿Qué? –exclama sorprendido su cuidador.
-Que llovía mucho, como hoy.
Esa tarde que rompió el silencio, rompió las cadenas que le arrastraban a ese mundo de terror. Esa tarde triste de invierno, salió de su prisión y no volvió a entrar. Despertó de una pesadilla para encontrar otro mundo, duro y difícil, pero en donde alguien le brindaba la oportunidad de vivir.
-Elle, te voy a llevar a un lugar mejor.
Y sonrió; por primera vez desde el accidente, sonrió. No fue una sonrisa enorme. Cualquier otro que no le hubiera visto antes ni tan siquiera lo llamaría sonrisa; pero estaba sonriendo. Notaba su alma llenarse de luz y eso para él era una sonrisa.
Un trueno lo saca de sus recuerdos, le arrastra de nuevo a la realidad. Le hace despertar y le dice que ahora tiene otras cosas que hacer. Que debe darse prisa, que debe actuar bien. Que no tiene tiempo para pensar en el pasado. Que la lucha esta ahí y ahora y la muerte viene a por él. Puede olerla; echándole su fétido aliento a la cara. Sabe que, si concentra, podrá verla, a su espalda, de pie, esperándole, susurrándole al oído promesas de llevarle a un lugar mejor.
-¿Por qué yo?
Y su pregunta es mucho más profunda que cualquiera de las preguntas que nunca nadie se ha hecho. Sabe la respuesta: él es el único que puede hacerlo. Pero le duele saber el alto precio que tiene que pagar por ello.
