Disclaimer: Los personajes que protagonizan la historia así como el mundo en que esta se desarrolla, son obra de Masashi Kishimoto.

Gracias por llegar hasta este nuevo capitulo de Cuando en ella gime el viento.

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2

Gusanos

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El cielo brillaba con un clarísimo azul que casi hacía daño a la vista, lleno de blancas y esponjosas nubes que flotaban con tranquilidad.

Y ahí estaba él: encerrado en casa con la frente apoyada contra el cristal. Quería sonreír ante la visión, que su cuerpo se relajase bajo la somnolencia a la que invitaban tardes como esa. Quería relajarse, dormitar y olvidarse de todo. Pero no podía.

La decepción le carcomía por dentro, como las termitas a la madera. Lo roía despacio, alargando la agonía. Burbujeaba, disfrazada de enfado, en el interior de su cerebro.

Se lo había dicho y no le había importado. Había hecho el examen sólo por ella y no le había importado. Él podía vivir perfectamente con su anterior sueldo, con menos misiones y menos responsabilidad. Lo había preparado por ella. Era un estúpido. Ni siquiera lo había felicitado. Solo un "tenemos que hablar" que no presagiaba nada bueno.

Un carraspeo a su espalda le llamó la atención. Lo último que le apetecía ahora mismo era una discusión de pareja que lo llevará a dormir a casa de Chouji unos días. Otra vez.

Con un suspiro, dejó resbalar la vista por el cristal hasta enfocar su reflejo. No tenía ni ganas ni fuerza para encararla.

–Feliz ascenso, Instructor – pronunció con suavidad, recostada contra el borde del sofá y haciendo un fuerte hincapié en su nuevo rango.

Se volteó con violencia, golpeándose accidentalmente el brazo contra la estantería. Ella se rió y él se humedeció los labios.

Su piel desnuda resaltaba morena bajo la bandera verde de Konoha que sujetaba contra el pecho y que terminaba poco más abajo de sus caderas. Juguetona, pasó el dedo por el borde de la tela, bajando un poco más el escote. Shikamaru sonrió y avanzó hacia ella.

Ya vería las nubes otro día.

–¿Eso es la bandera, mujer?–preguntó divertido.

–Disfruta, disfruta. Que esto no lo me lo vuelvo a poner –río ella y la risa cristalina lo sacudió por dentro y por fuera. Le rodeó el cuello con los brazos y depositó un casto beso en la boca–. Sabía que lo lograrías, idiota.

–Bah –protestó– ya pensaba que te habías olvidado –le rodeó la cintura con los brazos y la apretó contra su pecho. La bandera cayó al suelo, quedando enrollada en torno a sus pies. Shikamaru la miró divertido – Deberías vestirte de verde más a menudo. Te favorece.

–¿Ah, sí? Bueno, si te portas bien, me lo pensaré.

La levantó con fuerza y la llevó hasta el sofá. Tumbado sobre ella, se deshizo de la bandera y de su propia ropa. La muy idiota. Darle ese susto. Si lo hubiera sabido, se habría dado prisa. Y no habría remoloneado de camino a casa. La besó apasionadamente, apretándose contra su cuerpo. Las uñas femeninas se clavaron en su espalda y algo húmedo y viscoso reptó en su boca.

Se incorporó de golpe, asqueado. Temari lo observaba confusa, con los labios hinchados. Se tocó la boca. Entre los dedos, sostuvo el pequeño gusano que serpenteaba nervioso intentando librarse de su agarre. Lo lanzó lejos, asqueado.

–¿Shikamaru? –lo llamó con suavidad– ¿Qué ocurre?

Él la miró confuso. Cuando sonrió, decidió ignorar todo lo demás.

–Nada. No te preocupes.

Volvió a su boca con precaución, sin que nada lo asaltara esta vez. Se concentró en sus labios, intentando arrancarse la sensación de la boca. La be só en las comisuras de los labios, las mejillas y las orejas. La sujetó del pelo y la forzó a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiéndole el cuello. Le mordió la barbilla y arañó su piel con los dientes, dibujando las venas de su cuello.

Temari ronroneaba bajito, mientras se esforzaba en arrancarle la coleta a ciegas. Arqueaba la espalda y se retorcía bajo él como una culebra. Ante ella, Shikamaru se divertía torturándola con pequeños mordiscos que no dejaban marca

Bajó hasta su ombligo con pequeños besos y siguiendo la linea de la cadera, dejó que se expandieran por los lados.

Cerró los ojos, relajado. No había nada malo en Temari. Su piel olía a almizcle y su carne despertaba el añorado calor del hogar.

Le besó la cadera izquierda y mordió con suavidad la carne. Hundió los dientes en ella, arrancando jirones de carne seca mientras la sangre le desbordaba la boca con su sabor metálico y chorreaba por su barbilla. Cuanto más la mordía, más de ella quería. Sus gemidos y su respiración se volvieron más audibles y frecuentes.

Se separó lo justó para tomar aire. Temari seguía tumbada entre sus piernas, gimiendo y retorciéndose. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano y la piel se manchó de sangre.

Shikamaru observó la mancha de sangre horrorizado. ¿De dónde había salido toda esa sangre? Se tocó la cara y descubrió la descubrió resbalando por su mentón.

Miró el vientre de Temari y descubrió en él la profunda herida que le había hecho. La carne estaba desgarrada y todo su cuerpo estaba empapado en sangre caliente y pegajosa, mientras la herida no dejaba de expandirse.

–¿Te... Temari?

Buscó sus ojos. Temari seguía retorciéndose, pero no de placer. Boqueaba en busca de un oxigeno que no le llegaba, con los ojos en blanco, y la sangre manando desde las comisuras de su boca, desde su nariz, sus oídos y sus ojos.

Nonononononononono. Las manos no le respondían. Debía taponar la herida. No te mueras, por favor, no te mueras. Sus dedos rozaron un trozo de tela que agarró y apretó contra la herida. La bandera de Konoha estaba ahora empapada en sangre. Debía buscar ayuda. Pero no podía dejarla sola. ¿Y si lo culpaban a él? Pero él no había hecho nada. ¿O sí?

Temari movió los labios, intentando decir algo. Shikamaru se acercó a ella, para intentar descifrar lo que ella decía.

Ella movió los labios, pero de su boca solo nacieron gusanos. Miles y miles de gusanos húmedos y viscosos, que se retorcían intentando salir de su interior, reptando hacia el exterior.

Shikamaru retrocedió aterrorizado. Soltó la bandera y de la herida, nacieron más gusanos. El cuerpo de Temari estaba siendo devorado desde dentro mientras se debatía entre temblores y convulsiones y extendía un brazo hacia él pidiendo socorro. Pero la escena era repugnante y Shikamaru solo podía retroceder de espaldas, temblando de pies a cabeza, con la piel de gallina y el pulso desbocado.

Se cayó del sillón y se golpeó la cabeza. El dolor le hizo cerrar los ojos un segundo, para poder centrar la visión.

Cuando los abrió, Temari había desaparecido. Le costó un poco situarse, pero acabo por reconocer la habitación de hotel en la que se había refugiado.

–Mierda...

Cerró los ojos intentando normalizar su respiración. Las náuseas le revolvían el estómago. Se arrastró hasta el baño y se recostó contra la puerta. El mundo parecía haberse vuelto mudo de repente, así que el sonido de su corazón retumbaba histérico en sus oídos. Se lavó la cara con agua fría, intentando calmarse. Sólo había sido un sueño. Un estúpido e irracional sueño.

Un crujido atronador sacudió el cielo. Asustado, Shikamaru salió corriendo del baño chocando con un Kankuro confuso y medio dormido.

–¿Estás bien? –preguntó el castaño con ojos enrojecidos.

–¿Qué demonios ha sido eso?

–¿El ruido? Ah... –Kankuro se recostó de nuevo sobre el sofá, cerrando los ojos antes de volver a hablar –. Gaara –explicó–. Se ha desmayado. Faltan un rato para el amanecer y mantener la cúpula toda la noche lo deja agotado.

Shikamaru recordaba vagamente que Temari le había contado algo sobre aquello, pero la vida con su hermano antes del examen de chunin era un tema que la incomodaba y entristecía.

Se arrastró hasta la cama y se dejó caer sobre los papeles.

–Kankuro... ¿Cuánto queda para el amanecer?

–Una hora. Hora y media quizás.

–Oye, en cuanto pueda... –comenzó Kankuro mirándose el brazo herido.

–Déjalo. Seguramente estén todas muertas.

Guardaron silencio sumidos en sus propios pensamientos.

Desde que la Hokage le había encargado la misión, el miedo y los nervios se habían asentado en su estómago por cuentagotas. No había dejado de pensar en su reacción al encontrarse, en la conversación que mantendrían, en los saludos formales que estarían obligados a compartir.

Debería haberle escrito. O haberla visitado. O haber forzado el encuentro durante alguna visión. Debería haber salido a buscarla en vez de recrearse en su papel de víctima. Pero, en vez de comportarse como un hombre, había elegido ser un niño: esconderse cobardemente para evitar que le volvieran a hacer daño. Y, por ello, la había detestado, la había odiado fingiendo no estar resentido.

Ojeó el informe. Las referencias de Sumire eran buenas y Temari era lo suficientemente buena. Si el nivel de peligrosidad que habían previsto era el correcto, era incluso demasiado buena. Miró la fecha de inicio: siete meses después de la última vez que se vieron.

–Kankuro... hay ciertas cosas que no me cuadran –el castaño se incorporó invitándole a continuar. Había leído tantas veces ese informe que se lo sabía de manera –. ¿Quién las enterró?

–Probablemente, los mismos que las mataron. O las supervivientes –Shikamaru lo miró confuso. Enterrar a tu enemigo era una pérdida de tiempo, sobre todo si juegas contrarreloj –Debes saber que en el desierto se guarda un fuerte respeto por la tradición y la fe. Y eso se vuelve bastante radical si estamos hablando de tribus antiguas como las Etarmi. Parte del exotismo que presentan radica en lo cerrado de su pueblo.

–¿Y por qué tardaron tanto en avanzar? Se tardan tres días de la Hoja aquí, arrastrando a seis mujeres cómo mucho tardarían diez días. Aquí pone que llevaban un mes vagando. ¿Por qué?

–Tradición. ¿Ves los puntos negros que hay diseminado por el mapa? Son templos de purificación Etarmi. Las mujeres los recorren para purificarse antes de un acontecimiento tan importante. ¿Ves el que está al noroeste de la aldea? A unos dos días de viaje. Intercéptalas allí. Con un poco de suerte, cuando llegues a un no hayan acabado su ritual y sigan por allí.

–Si las han secuestrado...

–Si las han secuestrado, las habrán purificado. Sin purificar no valen más que una mujer común. Purificadas... son una joya de colección.

Shikamaru observó el mapa, trazando una línea recta desde la aldea hasta el punto negro al que se refería Kankuro. Pasaba justo por encima de las cruces que marcaban las tumbas.

Si Kankuro estaba en lo cierto y se trataba de una red de tráfico de mujeres, sería la primera vez que se enfrentase a un enemigo de este tipo. Desde tiempos del Segundo, no acostumbraban a adentrarse en el País del Fuego. Y los siguientes Hokages los habían mantenido a raya. Aunque los compradores eran otra cosa. Muy de vez en cuando, detenían a alguno. Pero habitualmente era hombres de negocios o, incluso, señores feudales con suficiente poder cómo para escapar de la justicia.

Años antes de que se graduara como genin, la aldea había participado en una misión de estas misiones. Habían atrapado a un coleccionista. Pocas veces había visto al Sandaime tan enfadado, con una furia fría que lo desbordaba y que lo mantenía sereno y peligroso. Habían ingresado a las mujeres rescatas por la noche, para que no las viese toda la aldea, antes de escoltarlas a su país de origen nuevamente.

Algunas estaban tan malheridas que no llegaron vivas al amanecer. Otras se suicidaron al menor descuido médico. Shikamaru apenas había alcanzado a ver a unas cuantas entrando en el hospital antes de que su madre se lo llevase a casa. A pesar de que todas ellas eran diferentes, todas tenían en común una belleza doliente y etérea. En su agonía, tenían un poder sobrenatural que atraía y repelía con igual fuerza. El miedo y la vergüenza se habían apoderado de él cuando se dio cuenta de que entendía lo que veía el coleccionista al mirarlas. Su padre, exhausto tras la misión, había tenido que quedarse con él explicandole que eso no le convertía en un monstruo hasta que se durmió agotado.

–¿Tenéis noticias de alguna red de tráfico?

–Qué va. Fueron cayendo poco a poco y Gaara se encargó personalmente de la última que detuvimos. No nos volvieron a llegar rumores de ninguna otra.

Shikamaru asintió. Al menos ya tenía por dónde comenzar a buscar.