Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi y de sus respectivos autores y distribuidores.
As if in a dream
por Onmyuji
II.
La gente nunca está preparada para afrontar cosas nuevas, simplemente aprende en base a la experiencia. Pero por alguna extraña razón, aquello no aplicaba a Kagome en ese momento. Despertó por la mañana como absorta en un mundo paralelo, en un estado muy similar al de haber pasado la noche entera incapaz de dormir.
Nadie preguntó nada, aun cuando estaban preocupados por ella. No parecía que Kagome fuera a responder en algún momento. Era evidente que no se encontraba nada bien.
Hizo su rutina diaria: Caminó por la aldea, revisando a sus pacientes enfermos; cambió algunos sellos repartidos por algunas casitas y anduvo por el bosque recolectando hierbas medicinales en soledad. Recogió desde hierbas para suturar heridas como para curar la indigestión. Se olvidó, se perdió, y se sintió bien. Se sintió tan bien que incluso sonrió.
Anduvo, inquieta, como si fuera la primera vez que se lanzaba al bosque sola. Y mientras caminaba, admirando la belleza del paisaje, dio con un pequeño prado tapizado de florecillas silvestres.
Por alguna razón, las flores le recordaron su nueva condición. Y sobre su cuerpo se cernió una terrible y agridulce sensación, la misma que la hizo tumbarse en el pasto, sin ningún reparo, con la cesta y su arco a un lado. Recogió flores, se acarició el vientre. Tenía un problema. Tenía una preocupación. Tenía tantas preguntas. Recogió una florecilla y sonrió.
Decidió que, si era niña, la llamaría Himawari.
Se frotó el vientre.
Esto tenía que ser una mala broma.
Lo consideró. Ella no estaba en su mejor condición. Y no podía mentirse al respecto. Era su mujer, su esposa. Y, ciertamente, no lo habían hecho sólo una vez. Pero después de aquel repentino cambio del hanyou, luego de volver de un viaje que hizo con Miroku, alrededor de un par de meses, las cosas eran distintas, como si no la deseara. ¡Aunque claro! ¿Quién podía desear a alguien que no amaba?
... ¡Excepto claro, la noche que concibieron! Haciendo cuentas, la última vez que lo habían hecho fue alrededor de hacia un mes y medio, quizás un poco más. Se sonrojó de pensar en aquella noche que casi lucía lejana y nostálgica para ella, pero que al mismo tiempo le rompía el corazón.
Nostálgica y triste. Sonrió, desolada, recordando de pronto por qué evitaba recordarla.
En otro momento, esto habría sido diferente, pero no era así.
Kagome no quería al bebé.
Se recostó en el pasto y se olvidó. De alguna forma, eso alivió su angustia. Dejó de ser la Kagome que lloraba todas las noches, que en la madurez más oscura sonreía menos natural y más obligada y dejó salir a la mujer que realmente era. Estaba olvidando una parte importante de ella y eso no estaba bien. Le daría vergüenza a su madre si esta la viera.
Su mamá...
¡Cómo extrañaba a su mamá! Estaba completamente segura de que ella le daría respuesta a todas sus dudas y, probablemente, no estaría tan asustada de ser madre, ni siquiera estaría pensando en ese no-amor que le tenía a su bebé en estos momentos.
Es decir, sólo tenían qué verla. ¿Ella estaba lista para ser madre? ¡Para nada! Vale. Anteriormente se lo había pedido a Inuyasha, aunque poco habían hablado al respecto. La situación era que su relación con el hanyou no iba bien. Nada bien.
Por eso estaba convencida de que, aún si visitara a su madre (cosa que hacía muy poco); no podría verla a la cara: no cuando ella tomó esta decisión, cuando había preferido a Inuyasha, dejando a su familia atrás. Mucho menos cuando había una criatura creciendo en su vientre de la cual renegaba.
Sólo esperaba que Inuyasha no se enterara.
¿Por qué esto no podía ser un sueño también?
—Himawari-... chan... —Susurró la joven miko mientras sostenía una florecilla silvestre en su mano, alzándola como para cubrir su rostro del sol, que la cegaba a ratos.
Entonces fue que el sonido de los arbustos a lo lejos sonó despacio en sus oídos, alertándola de una nueva presencia en el claro. Pero ella no le prestó atención, ni siquiera al percatarse de que era un aura agresiva, excitada y violenta la que fluía en torno a su propia ubicación. Los ojos azulados no quitaron su vista de la florecilla que sostenía (y que, definitivamente, parecía lo más interesante del mundo) hasta que el cuerpo del recién llegado se posó justo por encima de ella, bloqueándole por completo el sol.
Ella no se movió.
—¿Qué carajo haces aquí, Kagome? ¿A quién se supone que le avisaste dónde estabas? ¿Por qué has tardado en volver? ¡Sabes que no puedes andar por ahí sola! —Los gritos de su pareja resonaron fuertemente contra su propio e impasible rostro. Un timbre ansioso impreso en su voz llamó la atención de la joven, quien no se atrevió a verlo a la cara y se concentró en su florecilla, para luego sentarse y ponerse a arrancarlas y entretejerlas en lo que parecía un collar.
Al fin había vuelto.
Su pareja.
Inuyasha.
—Lo siento. —Fue su pequeña y simple disculpa, musitó ella sin quitarle los ojos a las flores entre sus dedos, con una paciencia anormal. El bufido de su compañero no la inmutó, acostumbrada a este tipo de reclamos; ni siquiera cuando se sentó a su lado y le arrebató su trabajo de las manos—. ¡Oye!
—¡Mírame cuando te hablo, perra! —Exigió el hanyou de platinados cabellos, teniendo finalmente la atención absoluta de su mujer. Ella le observó con cierto recelo y rencor, lo cual no le extrañaba para nada. Ella lo veía así desde hacía algún tiempo sin tener consciencia de qué era lo que estaba haciendo mal para que ella lo viera de esa forma tan cruel y desagradable que casi la sentía fría; como...
No. Algo no estaba bien. Algo había cambiado en ella.
—Osuwari. —Dijo ella en voz queda y tranquila, inmovilizando en un golpe seco y rudo a su compañero en el suelo, a quien además le escuchó soltar una maldición—. Idiota. —Susurró la miko mientras se cruzaba de brazos y movía su rostro lejos del hanyou. ¿Quién se creía él para exigirle de esa manera? ¿Cómo se atrevía a tratarla así? Como un objeto, como si fuera de su propiedad y tuviera que cuidarla todo el tiempo para que no se arruinara. ¡Y además de eso! ¿Cómo tenía el descaro después de haberla herido de la forma en que lo había hecho?
Era evidente la tensión entre ellos. Y era obvio que esa no había sido un buen saludo de bienvenida. Para ninguno de los dos.
—¿Así me saludas después de estar tanto tiempo fuera de la aldea? ¿Acaso no me extrañaste? —Le reclamó él luego de que pudo levantarse, sumamente contrariado por el hosco trato de su esposa. Y diciendo esto, la tomó del brazo y la haló hacía su cuerpo, atrapándola en un férreo abrazo.
En otro tiempo, Kagome se había sentido mejor con aquella muestra de afecto, llena de amor y escalofríos agradables en señal de lo alegre y feliz que se sentía en compañía del hombre que más amaba en el mundo, pero no ahora. ¿Qué pasaba con Inuyasha?
¡Odiaba que fuera así! Quería odiarlo y reclamarle por todo el mal que le estaba haciendo en este momento. Odiarlo por darle un hijo que ella no quería.
Pero él estaba ahí, junto a ella, como si nada hubiese pasado, como si él fuera inocente y ella no supiera nada; rompiéndola por dentro, desatando un sinfín de emociones dentro de ella que se disparaban agresivamente por cada rincón de su cuerpo. Algunas de ellas incluso muy agradables, contrastando su enojo hacia él con el amor y la dicha de estar en sus brazos.
Sus hormonas estaban comenzando a hacer estragos con sus emociones.
Qué raro se sentía esto de ser mamá.
—¿Estás bien? Todos están muy preocupados por ti. Dicen que desde anoche andas muy rara. —Murmuró suavemente en su oído, provocando que su mujer se estremeciera a conciencia entre sus brazos. Inuyasha sonrió, extasiado por el agrado que su mujer mostraba ante sus actos—. ¿Qué pasa? Hace tiempo que no te estremecías así. —Masculló de nuevo, esta vez más ronco y profundo que antes, tratando de persuadirla—. ¿Quizás sea que me deseas?
—¡Pero qué idioteces dices, Inuyasha! ¡Perro tonto! ¡Deja de hacer eso! —Gritó Kagome mientras se soltaba de su abrazo, evidentemente sonrojada, para el entero agrado del hanyou, quien la escrutó, cada vez más intrigado.
No. Algo no andaba bien con ella.
—Entonces, ¿Por qué no me cuentas qué pasa? —Demandó él, cruzándose de brazos, a la espera de una respuesta, impasible y calmo como nunca.
Raro.
—No fue nada. Sólo tuve un mal sueño. —Respondió ella.
Cortante.
—Bueno, entonces cuéntame tu sueño. —Sonrió él, helando a la miko del futuro.
Maldición.
¿Qué carajo pasaba con él? Inuyasha nunca era así de atento con ella. Es decir... nunca usaba esos tonos amables y pacientes con ella. ¡Ni siquiera era tan paciente! ¿Acaso estaba jugando con ella? ¿Es que no entendía que esto la estaba lastimando? Y mientras él sonreía paciente, sentía que su corazón se hacía pedazos, imaginando que aquella sonrisa no iba dedicada a ella.
Él no la amaba. Él estaba con ella por... por...
Hasta imaginar la palabra dolía a su corazón.
Por eso no pudo contenerse y estalló.
—¡No me jodas! —Gritó ella mientras se levantaba del pasto y le gritaba, evidentemente dolida y lastimada. Inuyasha abrió los ojos mientras observaba atentamente a su mujer. Él no iba a saber lo que ocurría. Él podía largarse con su amada mujer muerta sin tener idea de su estado de embarazo—. Vete. —Dijo ella mientras tomaba su cesta de hierbas y su arco y caminaba resueltamente en sentido opuesto a la aldea.
El hanyou se levantó y la siguió, tomándola del brazo ferozmente, atajándola con violencia—. ¿Qué mierda te pasa, perra? ¿Cuál es tu problema?
—¡Tú eres mi problema! ¡Suéltame! ¡Me lastimas! —Forcejeó ella por soltarse en vano, puesto que Inuyasha reafirmó el agarre, más enojado que antes. Era evidente que no la soltaría sin hablar primero, sin descubrir lo que ella tenía. Pero ella no cedería así de fácil. Él no tendría lo que querría.
Lástima.
—¿Por qué no me dejas en paz? —Demandó ella mientras luchaba por soltarse sin remedio, pues él había hecho acopio de toda su fuerza de voluntad para no soltarla. Y por mucha batalla que dio, no lo consiguió.
—¡Porque eres mi hembra y me perteneces! —Aunque para Inuyasha ya era demasiado difícil poder retenerla sin lastimarla, apretó su mandíbula, listo para cometer alguna acción imprudente en contra de ella.
—¡No soy un objeto, Inuyasha! ¡Suéltame! —Repitió Kagome la orden, mordaz—. ¡Ya soy una mujer, no una niña! ¡Puedo cuidarme yo sola! —Inuyasha gruñó al escucharla, amenazante. Entonces la tomó por los hombros y la zarandeó violentamente.
Las cosas de Kagome cayeron al suelo.
—Oh, ¡Claro que ya eres una mujer! ¡Yo mismo te hice una! —Y entonces calló, soltándola como si hubiera de pronto tuviera lepra y con la sensación de haber hecho algo terrible—. Ka-... Kagome, yo...
La había lastimado.
Imbécil.
—Quiero-... quiero irme a casa. —Dijo ella encogiéndose de hombros, evidentemente turbada e incapaz de verle a la cara a su esposo, a quien dejó con las palabras en la boca. Era la primera vez que él la atajaba de esa manera y con tal violencia, a ella, la mujer que le daría un hijo. ¿Y así esperaba que ella le tratara bien? Eso no tenía sentido. Toda su existencia en ese lugar era una equivocación, así como lo era su amor por él... así como el cachorro que ya crecía en su vientre.
De pronto, sintió una terrible tristeza. Estaba triste... por su hijo.
Quiso caminar para marcharse de ahí, lejos de su esposo, pero las piernas le estaban fallando.
Se puso pálida.
Algo no andaba para nada bien.
Los pajarillos se agitaron violentamente de un momento a otro y un viento oscuro sopló en el claro. Los arboles se mecieron siniestramente, acompañados de unos gigantescos pasos que se balanceaban por el bosque en dirección a ellos. Una fuerte cantidad de energía demoniaca y maligna comenzó a llenar el bosque, colándose en los huesos de la joven pareja.
El aire fue lo bastante fuerte como para empujar y derrumbar a la miko, quien a duras penas consiguió permanecer consciente luego del golpe. Inuyasha apenas se acercó a socorrerla cuando la combinación de energía maligna y miasma le hicieron molesto su proceder. Un oni gigantesco se hizo paso entre los árboles, desafiante. Aunque esto no inmutó a Inuyasha para nada.
—¡Con que aquí estás, escoria sucia y maldita! —La criatura se balanceó en dirección a la pareja, agitando fieramente una enorme masa y buscando a duras penas enfocar a la joven muchacha protegida bajo la imponente presencia del semi-demonio.
—Estás en mis territorios, demonio. —Declaró Inuyasha con la voz grave y amenazante, dejando en evidencia que el oni no era bien recibido en ese bosque que era parte de sus territorios—. Largo. Continúa tu camino si no quieres morir.
—¡Perrucho! ¡Deshonras a los de nuestra especie con tus actos! ¡Keh! ¿Qué se podía esperar de un híbrido como tú? Tener una compañera humana y ensuciar tu sangre con... —Una flecha se clavó directo en su ojo, haciéndolo sangrar. Inuyasha desvió la vista hacia su mujer, poniendo especial atención en el aura oscura y naranja que la rodeaba.
Kagome aprovechó el momento de distracción en que ambos machos intercambiaban palabras para intentar alejarse, tomando sus cosas y moviéndose tan rápido como sus caóticos pasos se lo permitieran. Pero cuando escuchó que el demonio estaba a punto de descubrir su embarazo frente a Inuyasha, no pudo hacer otra cosa sino pensar rápido, cargó una flecha al arco, tensó y disparó.
Ese oni estaba ahí por ella. Por el bebé que crecía en su vientre.
Y no sería el único. Vendrían más y la buscarían hasta matarla.
Ahora tenía miedo.
Luego, se desplomó, desmayada.
El oni gruñó, molesto por la herida que llevaba en su rostro. Dio un paso, amenazante. Estaba decidido a matar a esa muchacha y el repugnante vástago que crecía dentro de ella—. Puta fea y asquerosa. Te mataré.
Aquellas palabras hicieron que la sangre de Inuyasha se calentara y comenzara a correr vertiginosa en su interior. Estaba muy, muy enojado. Nadie que insultara a su hembra viviría para contarlo. La idea de la clase de insulto que su mujer había recibido lo hizo enfurecer aún más.
Él defendería el honor de su Kagome.
Desenfundó a Tessaiga.
—Bastardo de mierda. Te arrepentirás de haber entrado en mi bosque. —Y, empuñando rudamente su espada, la blandió en un sólo movimiento y partido en dos al oni.
Inuyasha guardó su arma en su vaina y se giró en dirección a su mujer, profundamente preocupado. El miasma que la muerte del oni recién aniquilado había provocado era denso e irrespirable, también impresionante; sin embargo, eso no quitó concentración al inmenso descubrimiento que acababa de hacer. Había energía demoníaca auténtica y pura fluyendo del cuerpo de la miko. De su compañera.
Entonces comprendió lo que había ocurrido.
Habían venido a matarla.
Algo estaba ocurriendo, aunque aún no sabía si bueno o malo. Primero ella actuaba raro. Luego venía un oni a tratar de matarla. Después había una importante concentración de energía demoníaca en su cuerpo...
... Y entonces llevó a sus sentidos ese olor.
Abrió los ojos como platos y corrió a lado de Kagome, conmocionado. La olfateó de pies a cabeza y confirmó que algo no era normal en ella.
Kagome estaba cambiando. Preparándose para lo que estaba por venir.
Fue así que Inuyasha unió los cables y finalmente lo descubrió.
Kagome estaba preñada.
Fin del capítulo II.
PS. ¿Y bien? ¿Qué les parece este nuevo capítulo? Finalmente, Inuyasha ha descubierto que Kagome está embarazada. Si quieren saber cómo lo tomará, esperen la próxima semana el siguiente capítulo :) ¡Oh! Y ahora que sabemos que Kagome no quiere al bebé, no pierdan detalle, es algo muy importante para el desenvolvimiento del fanfic.
Espero que les haya gustado este capítulo y espero leerles pronto, en el próximo capítulo :) Si llegaron hasta aquí, ¡Gracias!(L)
Onmi.
