—¿Estás dónde?
—Estoy en Denny's con Castiel —le dice Dean a Sam a través del teléfono, encorvado en una esquina debido al tiesto de una planta—. Resulta, que es el algo así como… Gandhi. O si Gandhi tuviera un extraño hijo con Keanu Reeves.
—Dean. ¿Estás borracho?
—Es totalmente posible —admite Dean—. Pero estoy bastante seguro de que tengo resaca y justo ahora todo es jodidamente surrealista. Adivina por qué quería que quedáramos, Sam.
—¿Por qué?
—Quería perdonarme. Se enteró de que renuncié y decidió que quería perdonarme.
—…Wow.
—Sí, "wow". Así que de todos modos, quemamos su casa del lago y alquilamos un par de prostitutas…
—¡¿QUÉ?!
—… y ahora estamos en Denny's desayunando. Tengo que admitirlo, tengo curiosidad por saber qué vendrá a continuación.
—¡DEAN!
—¡Tengo que irme, Sammy! ¡Hablamos luego!
—¡DEAN! NO TE ATREVAS A…
Dean cuelga.
…
Dean come de Castiel por encima de la mesa, viendo al hombre rebañar sus huevos revueltos. Rayos de luz matinal brillan dorados a través de las persianas del restaurante e iluminan las motas de polvo suspendidas en el aire, descuidadas y sin seguir un objetivo. El reservado huele a plástico caliente y café diluido, pero no es un mal olor. De fondo el repiqueteó de los platos y el siseó del agua haciendo eco desde la cocina, pero el resto del restaurante está vacío y tranquilo.
Finalmente Castiel habla. —Sabes… no fue tan malo como pudo haber sido.
—¿Anoche? —pregunta Dean, mientras mira sus tortitas y clava un pedazo en su tenedor—. Tendré que creer en tu palabra, ya que sinceramente no recuerdo nada después de medianoche…
—Me refería a la cárcel —corrige Castiel en voz baja.
Dean se queda inmóvil a medio bocado. El hueco en su estomago se tensa.
—Estaba en aislamiento —continúa Castiel—. Fui afortunado en ese aspecto.
—Sí, eras bastante infame —dice Dean, masticando su bocado, el sabor a mantequilla pegándose a la parte posterior de sus dientes y enrareciéndose—. Tuviste suerte de que no fuiste asesinado por los otros reclusos.
Castiel baja su tenedor. —Fui golpeado por los guardias. A menudo.
Dean mastica más lentamente.
—A veces se… reían.
Jesus.
Una alegre camarera se para junto a la mesa con una sonrisa plastificada. —¿Puedo traeros algo más, chicos?
—Solamente la cuenta —dice Dean. Se limpia la cara con la servilleta.
Castiel saca un trozo de papel del bolsillo de su chaqueta. Es una bonita chaqueta, nota Dean, de ante azul marino y entallada, y por primera vez la reconoce como la chaqueta que llevó Castiel en la corte el día que su condena fue anulada.
—He escrito mi lista —le dice Castiel—. Mientras te duchabas —empieza a desdoblarla en la mesa.
—Hey —dice Dean, atrapando la lista bajo su mano—. Espera. Antes de que vayamos más lejos.
Castiel le mira con serenidad.
—¿Has pensado en… en hablar con alguien? —tartamudea Dean—. ¿Alguien profesional?
—Un terapeuta, quieres decir —los ojos de Castiel están fijos en él, negándose a flaquear—. Un psiquiatra.
—Entre otras opciones. Pero sí.
Castiel se encoge de hombros y levanta su taza. —Ya lo estoy haciendo. Ya he pasado por un amplio asesoramiento —Toma un trago de su café—. ¿Si no por qué crees que aún no te he pegado?
—Pensaba que era mi burbujeante encanto —bromea Dean—. Además, no querrías estropear esta cara bonita.
Castiel le mira a los ojos. —Tu cara es totalmente golpeable, Dean. Toma un montón de autocontrol resistirse.
Dean saca su tarjeta de crédito. —Mi oferta sigue ahí, sabes. Si quieres ir al aparcamiento y tomar tu libra de carne…
Una sonrisa estira de los labios de Castiel.
—¿Qué? —pregunta Dean.
Él no dice nada. Solamente desdobla su lista y la aplana sobre la mesa.
—¿Qué es lo siguiente? —pregunta Dean.
…
Caminan por la soleada avenida y comen sus helados.
—Sabes —dice Dean—, no tenías que traerme contigo para esto.
Castiel hunde su cuchara en su tarrina de sorbete de naranja. —Quería la compañía.
—Sí, pero. Soy lo más parecido que tienes a un archienemigo —Dean sorbe el derretido borde de su cono de helado lleno de Rocky Road—. O, lo sería, si no fueras el Martin Luther King de los encarcelados injustamente.
—Acabate tu helado —dice Castiel—. Tenemos mucho que conducir.
…
Dean sujeta con fuerza el envoltorio de plástico del ramo de flores en sus sudorosas manos. El último.
Castiel consulta el mapa. —Creo que es… más adelante bajando la colina…
Deambulan por la exuberantemente ladera verde, la abundante hierba bien recortada y prístina. Es el mejor césped de Hanneville. Las placas de bronce y mármol yacen pulcramente en ordenadas hileras, brillando bajo la luz del sol. Finalmente llegan a la que están buscando, y Dean piensa, es raro, como luce igual a todas las demás. Creerías que sería más pequeña, o estaría apartada de algún modo, pero la única cosa que diferencia a esta lápida de las otras es la brevedad de la fecha gravada en ella: 2 de abril de 2007 – 7 de julio de 2010.
—Kenny Whidbey —dice Cas, su voz y rostro pesados—. La última víctima.
Dean deposita las flores gentilmente en la tumba, y sus dedos y labios se sienten entumecidos.
Castiel inclina su cabeza, y se queda de pie silenciosamente ante la lápida.
Después de que el indeterminado momento de silencio pasa, los dos se alejan sin decir palabra, rumbo al camino por el cual llegaron al cementerio. No es hasta que están junto a un banco bajo un arce que Dean nota como Castiel está temblando, y en cuanto se sientan Castiel se desploma sobre los listones de madera y cierra los ojos.
—¿Estás bien? —pregunta Dean.
—No —murmura Castiel.
Dean titubea, y luego pone su mano sobre el hombro de Castiel. —¿Algo que yo pueda hacer?
Castiel aparta la cara de la mano de Dean, pero no se lo quita de encima.
Jenny. Olivia. Jake.
Elizabeth. Ben. Jesse… y Kenny.
Dean presiona su boca y entrecierra los ojos hacia el sol.
—¿Cuántos más crees que fueron? —pregunta Castiel—. ¿Cuántos más que nunca fueron encontrados?
—No lo sé —contesta Dean. Aún puede verlo, las encías abiertas y retorcidas, los huecos rojo oscuro donde deberían estar los ojos, los quebrados y puntiagudos huesos blancos y la pálida piel azulada—. Pienso mucho en ello. Barrimos el lago, pero… es imposible saber…
El rostro de Castiel está ensombrecido. —Mi propio hermano.
El sol brillando en el cielo se siente frío ahora, y el día un poco más sombrío.
—¿A dónde vamos ahora? —pregunta Dean.
Castiel se pone en pie, y la mano de Dean resbala de su hombro. —A un lugar al que preferiría no ir.
…
A Castiel no le gustan los muros grises. No le gusta el edificio, y no le gustan los empleados. Sobre todo, no le gusta estar encerrado dentro.
Desafortunadamente, era una condición para la visita.
Lucas se encorva en la silla frente a la mesa de aluminio, lánguido y despreocupado. El mono naranja y las cadenas cuelgan de él como accesorios naturales. Mira a Castiel con total indiferencia, sus ojos fijos en él como los ojos de un gato instintivamente fijos en un objeto en movimiento. Su rostro está vacío y desprovisto de emociones.
Ese hombre no es su hermano. Ese hombre es un extraño.
—He visitado sus tumbas —dice Castiel—. Los niños que asesinaste. He ido a mostrar mis respetos.
La ceja derecha de Lucas se eleva. —Así que —dice lentamente—, lo admites.
Castiel frunce el ceño. —¿Admitir el qué?
Lucas se inclina hacia delante, las cadenas repiqueteando al moverse. —Tu culpa.
—¿De qué estás hablando? —exige Castiel.
Los ojos de Lucas se centran en los de Castiel, su voz baja y afilada. —Sé exactamente por qué fuiste a la tumba de Kenny, Cas, y no tiene nada que ver con respeto.
Castiel aprieta sus puños y sus uñas se clavan en sus palmas. —¿Cómo te atreves…?
—Oh, por favor —se burla Lucas—. Ahórrame la rutina de soy un santo. Te conozco. Y tú y yo ambos sabemos que no eres el santo en el que te están convirtiendo.
La boca de Castiel se seca, y pierde las palabras en su lengua.
—Fuiste a la tumba de Kenny —continúa Lucas afiladamente—, porque hace dos años, cuando recibiste la llamada en este asqueroso agujero de mierda de que había aparecido otro niño muerto, lo primero que sentiste… fue alivio.
La nariz y la garganta de Castiel pican, y lucha por tragar contra el nudo en su garganta.
—Y luego has venido a aquí, para mirarme y sentirte mejor contigo mismo —Lucas se ríe entre dientes—. Eres patético, Cassie. Eres tan jodidamente patético.
—Cállate —gruñe Castiel—. Cállate, joder.
Lucas sacude su cabeza y chasquea la lengua —Oh Dios. ¿Dónde has aprendido ese lenguaje? —entonces sonríe lentamente para sí mismo, profunda y oscuramente entretenido.
—Eres un monstruo —insiste Castiel con voz ronca—. No te mereces vivir.
Lucas se encoge de hombros. —Monstruo es un término muy subjetivo.
Castiel contrae su mandíbula. —Mataste a niños y quitaste sus ojos y dientes.
Lucas le mira desapasionadamente. —Tú rezaste para que fueran asesinados.
El aire sale de Castiel como si hubiera sido golpeado en la barriga.
—Sé que lo hiciste. Probablemente más de una vez —Su voz es tan fría ahora, tan convencida—. Rezaste para que otro niño fuera asesinado y así tu nombre quedara limpio —ladea la cabeza y se muerde los labios—. Supongo que no mencionaste eso cuando Anderson Cooper te entrevistó.
Castiel se levanta y gesticula hacia el guardia mirando a través de la lámina de cristal de la ventana.
—Quizá estés guardándotelo para tu biografía —sugiere Lucas.
El guardia abre la puerta para Castiel y mira a Lucas muy cuidadosamente.
Lucas entrecierra los ojos. —O quizá solo seas un cobarde.
La puerta se cierra tras Castiel y él pasa a través de la seguridad sin pensar, caminando a través del vestíbulo y sin apenas notar cómo Dean le sigue.
—¿Has dicho lo que querías decir? —pregunta Dean.
Castiel sacude la cabeza y camina hacia el coche sin decir una palabra.
…
Dean aparca delante del apartamento de Castiel, un edificio de ladrillo marrón con una terraza. —¿Entonces esto es todo?
Castiela asiente.
—No voy a mentir, pensaba que habría más cosas por hacer en tu lista —admite Dean—. Creía que estaría llena, en plan película.
—Gracias por tu ayuda —dice Castiel—. Espero que puedas salir de esta experiencia con la consciencia limpia.
Dean lo considera y frunce los labios. —Bueno, lo haría, excepto por las prostitutas.
Castiel deja escapar una risilla.
Dean no puede apartar sus ojos de él, por alguna razón. Todo acerca de este hombre simplemente aturde su mente, y quiere decir… parte de él quiere decirle de encontrarse de nuevo. Preguntarle si le gusta el fútbol. Darle su dirección. Hacerse amigos.
Eso no es algo que puede preguntar. No es algo que deba preguntarle a alguien con quien se ha equivocado tanto como con Castiel.
—De todos modos, si alguna vez necesitas algo, ya sabes… llámame —ofrece Dean—. Y gracias por, eh, por todo… lo del perdón, incluso si sigo sin pensar que… lo, eh, merezca exactamente.
—De nada —dice Castiel.
—Bueno, entonces, supongo… que ha sido un placer —acaba Dean.
Castiel asiente.
Entonces Castiel sale del coche y camina hacia su edificio, y Dean le ve marcharse, preguntándose qué será de él ahora. Es un extraño final para un viaje difícil, y extrañamente decepcionante.
Dean sabe que sus caminos no se volverán a cruzar, y tiene razón. Después de ese día, no vuelve a escuchar de Castiel.
Hasta tres meses después.
…
—Dean los estás convirtiendo en carbón —insiste Sam—. Solo déjame a mí encargarme de los filetes.
Dean chasquea la lengua hacia él amenazadoramente. —¡Mi barbacoa, mis reglas!
—¿Queréis parar, idiotas? —se queja Bobby—. Aún no he bebido suficiente para aguantar este nivel de gilipolleces.
Dean abre su boca para soltar algún comentario sarcástico cuando los acordes de Smoke on the Water empiezan a retumbar en su bolsillo. Saca su móvil y comprueba el número, desconocido. Dean frunce el ceño y presiona para contestar. —¿Hola?
—Sherrriff —la voz es profunda y mal articulada, una que Dean no reconoce—. ¿Sheriff Winchester?
Y entonces la reconoce.
Dean agarra el móvil con fuerza. —¿Es…Castiel? ¿Eres tú?
Sam le mira sorprendido.
Y entonces la voz al otro lado dice,
—Sheriffff, he… he hecho algo malo…
