Había sido un día muy tedioso para ambos.
Cuatro reuniones en menos de cinco horas. Firmas de papeleo, video-conferencias, los teléfonos sonando cada minuto. Ninguno de los dos había tenido tiempo de tomar el teléfono; tuvieron que encerrar a Tony en la sala de juntas, con Rhodes a su lado para asegurarse de que no se escabullera con alguno de sus pretextos habituales.
Estaba harto de que consideraran su mejor invento como un arma, fastidiado de la cantidad de personas que había tenido que ver, diciendo frases sin sentido sólo para quedar bien y que lo dejaran salir pronto, cosa que logró una vez que accedió a asistir a reuniones periódicamente. Sabía de sobra que se arrepentiría, pero la necesidad de salir de ahí era mayor. El Sol se estaba ocultando cuando salió del edificio y maldijo las horas que pasó allí dentro.
Por su parte, Pepper sentía que le saldría una mano extra. Firmaba documentos, respondía las llamadas y ordenaba la creciente cantidad de citatorios para su jefe. Sentía que los más de tres mil kilómetros que los separaban se convertían en millones. Suspiró y le echó un vistazo a su reloj mientras le daba un sorbo a su taza de café. Estaban a punto de ser las doce.
Daría lo que fuera por que el tiempo avanzara más rápido. No tuvo mucho tiempo para terminar de formular su deseo en la mente cuando sintió una mano cálida que le cubría los ojos por detrás del respaldo de la silla.
-¿Quién soy?-le preguntó una voz ronca, aparentemente divertida.
Ella apartó el brazo de su cara y se volvió hacia él. Le daba un poco de vergüenza que la viera así; ojerosa y con varias horas de sueño menos. Pero lo había echado de menos esos dos días que no habían podido estar juntos.
Abrió la boca para decir algo, pero él no se lo permitió; sus manos le sujetaban el rostro y presionaban sus labios fríos contra los suyos. La levantó de su asiento y la sujetó con firmeza por la cintura.
-Te eché de menos...-le dijo ella cuando hubo un pequeño espacio que le permitiera articular palabra.
-¿Porque siempre tienes que poner todo en palabras?-le respondió él-Bien sabes que soy pésimo para hablar.
-Di lo primero que se te venga a la mente-esperaba escuchar alguna niñería; lo habitual en él.
-Conté cada segundo que pasé allí dentro para duplicarlos y compensarlos-le sujetó la barbilla y la vio directo a los ojos, ese gesto la hacía sentirse pequeña y a la vez, la mujer más fuerte del mundo. Eso era mucho, muchísimo más de lo que esperaba.
Sé que todo el día
he contado las horas
para tenerte cerca...
¿Soy sólo yo, o tardo una eternidad en actualizar? .-.
