CAPÍTULO DOS.
Trabajo.
Trabajo.
Trabajo y más trabajo.
Era todo lo que tenía en frente. Detestaba cuando se acumulaba y le impedía avanzar en cosas que podría hacer en la tarde. Suspiró con frustración y se acomodó los lentes. Resumir los informes que debía entregar junto a los trabajos que su jefe planteaba para los diferentes departamentos era tedioso y era la peor parte de su trabajo. Aún esperaba con ansias la respuesta al pase que había pedido.
Le agradaba trabajar para Edward. A pesar de ser tremendamente sexy, arrebatador y sensual, era una buena persona. Había luchado contra sus encantos desde el primer día, jamás sin fracasar. Él creía poder llevarse el mundo por delante con solo una sonrisa y eso era algo que ella detestaba. Tenía bella sonrisa, bellos ojos y bella forma de hablar. Pero eso no era suficiente, Isabella quería gente con carácter y él no era más que un niño jugando a ser grande.
Hacía diez minutos que había llegado y hacía cinco que oía por el pasillo los coros de "Hola, Edward ¿Cómo has estado?" Rodó los ojos. A veces detestaba trabajar en ese lugar. Si no fuera por…
-Estoy aquí de pie hace diez minutos.
Siguió anotando las fechas que debía modificar en su agenda junto a los horarios y cuando terminó le prestó atención sin levantar su vista. Edward podía ser encantador y ella podía fingir que no lo había oído llegado, pero ambas cosas eran inútiles. Ella era inmune a sus encantos, nunca había dejado de creerlo demasiado superficial y peligroso. Ella aspiraba a más y no iba a obtenerlo como las demás, acostándose con él.
Mientras todo fuera profesional, era fácil desviarlo de carril. Además él jamás se fijaría en ella. Isabella iba demasiado cubierta para su gusto, ella lo sabía y en parte, lo hacía por eso. No es que le desagradaba cómo iba vestida pero no se sentía ella misma. Sin embargo ella iba a ganarse su puesto trabajando duro y no enseñando su cuerpo.
Ni pensarlo.
Tener una agenda ocupada estaba sobrevalorado.
Su jefe tenía más tareas de las que ella podía manejar a veces pero terminaba por arreglárselas. Trabajaba hacía más de un año en eso y ya estaba acostumbrada, sin embargo, no era lo que ella quería.
Después de todo, le había enseñado disciplina, constancia y trabajo duro. Valores que venía recolectando.
Deslizó sus tacones hasta el escritorio de Edward y tras golpear sin obtener respuesta entró como solía hacerlo, con más noticias.
-Los ingenieros han estado reclamando por algo de tu atención, creo que sería buena idea darles un discurso inspirador, no te ven el rostro desde hace unos buenos meses. Creo que me conocen más a mí que a ti. Después de eso, podrías tomarte un descanso de un día, eso que me pediste la semana pasada para luego de la cena de presentación. ¿Crees que sería conveniente el lunes siguiente a…?
Levantó la vista de la agenda y lo vio con la mirada perdida en un punto lejano.
-¿Edward?
Nada.
-¿Estás escuchándome o debería regresar cuando terminen ese sueño despierto?
Nada. Tragó en seco antes de probar un último intento.
-¿Eddie?
Contuvo la respiración. Una vez había oído como lo llamaban de esa forma y él pasó todo el día enfurecido. Al parecer, un trauma de niño.
Pero no obtuvo nada.
-De acuerdo… creo que volveré luego.
Salió de la habitación totalmente confundida, no tenía idea de qué podría haber ocasionado ese estado de coma en su jefe. Jamás lo había visto tan perdido. Revisando los siguientes horarios notó una posible justificación, ese día obtendría lo que hacía un mes que esperaba. La reunión con Internacionales.
Suspiró.
Eso significaba el fin de su trabajo como secretaria. Cuando él se fuera no necesitaría más de su presencia, eso la hacía libre de tomar el trabajo en el departamento financiero. Ese gran trabajo que le aseguraba su felicidad.
Caminó hacia la máquina de café de la sala siguiente y antes de que pudiera avanzar más lejos de la fotocopiadora a medio camino. Grandes brazos la envolvieron por la cintura y la arrastraron hacia el cuarto de librería. Un grito se quedó atascado en su garganta. La puerta se serró y se quedó de pie, estática frente al oscuro de la habitación.
Las luces se encendieron y soltó un suspiro de alivio.
-Idiota ¿Cómo se te ocurre hacer eso? ¡Acaso quieres matarme de un susto!
Soltó el aire de sus pulmones con fastidio y él la miró en forma de disculpa.
-Lo siento, de verdad. Pero necesito pedirte algo.
-¿Qué? Por cierto ¿Qué haces aquí?
-Mi socio tenía que venir a dar una reunión privada con tu jefe.
Ella asintió, recordándolo. Debía apresurarse si no quería hacerlo perder esa reunión.
-¿Qué era lo que querías?
-Pedirte algo.
El moreno frente a ella sonrió peligrosamente y ella empequeñeció los ojos. Jacob Black era su mejor amigo desde la infancia. Ambos estaban en el mundo de los negocios, inevitablemente. Sus orígenes no les permitían otra cosa. Ella trabajaba para la compañía Masen-Cullen mientras que él trabajaba para el gobierno en el departamento de AIE, Asuntos Internacionales Empresariales.
-Eso no suena bien.
-Oh, pero podría.
-Jacob…
Amenazó y comenzó a retroceder hacia la puerta.
-Espera…
Le tomó la mano antes de que pudiera irse.
-De verdad te necesito. Quiero que me acompañes a la cena oficial de beneficencia.
Ella frunció el ceño. Su jefe también había sido invitado y él, respetuosamente declinó la oferta. Ella negó fácilmente.
-No lo haré, lo siento pero…
-¡Por favor, Bella, solo esta vez!
-Pero eso es mañana.
-Los sé, por favor…
Rogó casi de rodillas.
-¿Qué hay de Lea?
Jacob rodó los ojos y soltó su mano.
-¿Hay algo que no estás contándome?
Él le dio la espalda.
-Terminamos.
-¿Qué? ¿Cuándo?
-No es algo que quiera hablar ahora y necesito una respuesta.
No tenía idea de cuál era la urgencia de su amigo por asistir a esa fiesta. Tenían fama de ser aburridas pero la comida solía ser buena. Después de todo, ella le debía un solo favor que podía devolvérselo de aquella forma. Yendo a esa fiesta. Suspiró.
-Me debes una explicación.
Lo amenazó con el dedo en punta y él sonrió antes de que ella desapareciera del lugar.
-Reunión, cinco minutos.
Ella parpadeó sin aliento. Había corrido cinco centímetros sobre sus tacones, lo cual parecían una maratón cerca de una milla para poder alcanzarlo a tiempo para su siguiente evento.
No podía creerlo, la ansiedad era palpable en su ser.
Saludó primero al segundo jefe de Internacionales y les dejó los cafés. Le deseó buena suerte mentalmente y corrió por su bolso. Si no salía en dos segundos podría morir de hambre allí mismo.
Una vez en su coche, se quitó los zapatos y desató su cabello de ese odioso moño. Detestaba la formalidad del trabajo aunque al mismo tiempo le agradaba andar en tacones altos, ropa formal y lucir una figura respetable. Era como un juego.
-Al fin llegas.
Suspiró cansada y se dejó caer en el sofá de casa de su abuela.
-Pareces moribunda, cariño. Debería dejarle una carta de queja a tu jefe.
-Descuida, lo haré yo misma en persona.
Se levantó y tomó su bolso para cambiarse de ropa. Un vestido floreado iba perfecto para el único día cálido que estaba teniendo el otoño.
-¡Hasta estás más delgada!
Mery Swan estaba espantada. Bella rió mientras se sentaba frente a ella en el anual almuerzo de los jueves en casa de su abuela paterna. La única abuela que se encontraba con ella en Phoenix. La única familia también. Su madre era una amarga a la que detestaba junto con su padre y estaban en algún lugar muy lejano del suyo.
El único que estaba por ahí a veces, era Jasper Withlock, su medio hermano. Tenía varias profesiones, por lo tanto no tenía idea de a qué se dedicaba específica mente. Él y su hija, Emily, recorrían el mundo constantemente.
-De acuerdo, soluciónalo y dame tu mejor plato de pasta.
Frotó ambas manos y cruzó las piernas sobre el banco de madera para acomodarse frente a la mesa. La fantástica casa de Mery se encontraba a las afueras del centro, parecía un pequeño parque rodeado de verde. Era una auténtica casa familiar que había conseguido en una subasta.
-¿En qué piensas?
Ella se encogió de hombros y su abuela le arrebató el tenedor.
-Detesto cuando usas esa táctica con migo, de llenarte la boca para no tener que contestar. Dímelo y te lo devolveré.
Suspiró cansada y se hizo el largo cabello hacia un lado. Sus ojos no brillaban como solía hacerlo.
-¿No extrañas esos momentos de fantasía en los que toda la familia se reunía los jueves para almorzar? Esos ruidos de felicidad, las conversaciones sin sentido y las deliciosas comidas en abundancia.
-Aja… nostalgia.
Bella recordaba cuando era niña y era una tradición ir a la casa, o más bien, palacio de la madre de su padre. Aún estaba su abuelo y era una felicidad inigualable. Hasta que él falleció, sus padres parecieron empeorar la situación matrimonial con peleas, ella conoció la verdad acerca de su identidad, creció y la familia se separó por completo. Ella continuaba la tradición por que era lo único que la arraigaba a Mery estando allí.
-Cariño, ya tendrás tu propia familia con la que hacer ruido y tus propias tradiciones.
-Abuela, tengo veincinco años y una familia propia suena demasiado lejana.
-Para nada, yo a tú edad estaba casada y tenía un hijo de un año.
-Eran otros tiempos.
Murmuró arrebatándole el tenedor.
-Hablemos de algo más alegre, cariño. ¿Qué hay de Jacob? Hace siglos que no lo veo.
-Oh, creo que rompió con su novia.
-¡La perfecta Lea!
Eso dejó a Mery en una pieza. Llevaban dos años saliendo, estaban comprometidos y se rumoreaba que ella estaba embrazada, aunque claro. Jacob había desmentido aquello. Lo cierto es que la adinerada familia de su amigo deseaba que él sentara cabeza y querían que lo hiciera con ella. Ella era descripta como "perfecta para el puesto". Mejor dicho, perfecta para ocuparse de los millones de los Black.
Bella soltó una carcajada.
-Si, esa misma. Me pidió que lo acompañara mañana en la noche a la fiesta de beneficencia que organizaste, abuela.
-Pensé que me honrarías con tu ausencia, como lo haces cada año.
La joven clavó la mirada en su abuela.
-He ido millones de veces, ahora sabes por qué dejé de hacerlo.
-Lo sé, cariño. Lo sé. Entonces… ¿Vas a ir? Sabes que él declinó su oferta.
-Tal vez…
Se encogió un hombro y llenó su boca con comida. Marie soltó una profunda y salvaje carcajada, sin poder de reír.
-¡Irás!
Rodó los ojos con molestia. Tener familia podía fastidiarle, pero la adoraba.
