Vaya, no esperé que les gustara tanto ¡4 comentarios! para mí son muchos. Aquí va la segunda parte. Antes de continuar, dos cosas:
1.-Sí, ésta historia está basada en Romeo y Julieta. La obra original es la de William Shakespeare, que todos conocemos, pero también existe una obra musical del año 2001 llamada "Roméo et Juliette, de la haine a l'amour" y es maravillosa, búsquenla en YouTube, está completa y no se arrepentirán. De hecho, todos los capítulos de ésta historia iniciarán con un fragmento de alguna canción de esa obra. En su review Canaryboyness22 hizo una excelente aportación sobre la inspiración de los personajes (Canary, ¡se nota que te gusta la obra! a mi también me encanta y me emocionó leer tus referencias) si bien es cierto que Jack sería Julieta, Aster sería Romeo y Richard sería Teobaldo, mi intención es hacer algunos cambios, lo que me lleva al punto dos:
2.-Intentaré mantener toda la esencia de la obra original, pero vamos, ¡es Shakespeare! y yo soy una simple escritora amateur que hace esto para mí y para que ustedes pasen un buen rato, no tengo el mismo nivel de educación ni conocimiento lingüístico. Además, haré unos cambios, no les diré cuáles, pero pretendo extender más la trama (ésta no es una obra de teatro que debe durar dos horas aprox) darle mejor contexto, desarrollar un poco más los personajes, en fin, agregarle unos detalles que a mí se me ocurrieron mientras escribía.
GRACIAS a Guest, LyzergHRJ, Canaryboyness22 y Monroe 21 por sus reviews. También gracias a los favoritos, y a las alertas. Me animan mucho.
y GRACIAS a Nefertari Queen por ser mi beta ¡eres la mejor!
Disclaimer.-Nada es mío. Solo escribo para divertirme. No me demanden, no gano ni un centavo.
2
Odio
La haine, la haine...
Au nom du père, au nom du fils
La haine, la haine...
Qui fait de nous vos complices
La haine, la haine...
C'est le courage qui manque aux lâches
La haine, la haine...
La sœur de l'amour mais qu'on cache
El odio, el odio
En el nombre del padre, en nombre del hijo
El odio, el odio
Que hace de nosotros sus cómplices
El odio, el odio
Es el coraje que le falta a los cobardes
El odio, el odio,
El hermano del amor pero que uno oculta.
El filo de las espadas resonó metálico y causó el miedo de todos los que estaban en la Plaza Verde, quienes corrieron y gritaron buscando algún refugio. Aster y Sac reaccionaron rápido, siendo Sac quien cargó a su hermanita Cala para meterla rápido a la mansión, y Aster desenvainó su espada para ayudar a su hermano.
A pocos metros de distancia, Richard y Anturio peleaban fieramente, pero se notaba que Anturio llevaba la ventaja en esa pelea. Aster calculaba el momento exacto en que debía entrar a la batalla, procurando el mayor daño posible a Richard y evitando lastimar a su hermano, pero apenas alzó el brazo, cuando una mano fuerte lo detuvo, al voltear, frunció el ceño.
Era Sanderson, el sacerdote principal de Verona. Su mirada era totalmente reprobatoria, y le hizo señas a Aster para que detuviera la pelea.
—Pero ellos…
Con señas, Sanderson le comunicó que sabía cuáles fueron las indicaciones de Nick, y que ellos eran los únicos que saldrían perdiendo si alguien denunciaba algo. Aster bufó molesto, pero guardó la espada y de manera muy brusca separó a los dos contrincantes, procurando contener a su hermano.
Fue entonces cuando notaron la presencia de Sanderson, y eso de alguna forma los calmó. Como sacerdote principal, su testimonio era muy valioso, y sabían que si él mencionaba algo del sucedo al Gran Jefe Nick, las cosas no tendrían un buen desenlace para ellos.
—Disculpe, excelencia—dijo Anturio—¡Pero este Overland estaba espiando a mis hermanos! Yo solo los defendí.
—¡Yo no ataque a nadie, animal!—se defendió Richard, omitiendo que sí era su intención original atacarlos.
—¡Ganas no te faltaban, de seguro!
—¡Con animales como ustedes no, y…!
Sanderson aplaudió para que se callaran y lo mirasen. Había tomado votos de silencio muchos años atrás, pero se comunicaba excepcionalmente con señas y con miradas, sus ojos en particular eran muy expresivos. Conocía a todos los muchachos hijos de familias distinguidas desde que eran niños, y le dolía y molestaba cada vez que había esos enfrentamientos.
—Pero es que…
Fue inflexible: ambos tenían culpa, ambos tenían disculparse, y principalmente ambos debían reflexionar pues no podían actuar de esa forma toda la vida. Los muchachos suspiraron molestos.
—Te ofrezco una disculpa, Sanderson, porque no debiste presenciar nada de esto—dijo Richard, luego miró hacia los hermanos Bunnymund de forma desafiante, envainó su espada, y se marchó.
Sanderson hizo un gesto de frustración, ¡esos tercos! Al menos impidió que se matasen, o que lastimaran a otro tercero. Miró a Aster y Anturio, aún con mirada reprobatoria.
—No nos regañes sólo a nosotros—pidió Anturio—¡Él también peleó!
Pero eso no era el asunto, pensaba Sanderson, ¿cómo hacerles entender que todos tenían responsabilidad en eso? ¿cómo hacerles ver que ese odio estaba consumiéndolos, impidiendo que tuvieran la vida plena que todo joven merece? ¿cómo?
—Al menos peleaste mejor que él, hermano—comentó Anturio—Mi ayuda hubiera estado de más.
—Los entrenamientos rinden sus frutos, supongo.
—Sí, aunque a padre no le gustará… excelencia—dijo Aster, mirando a Sanderson con una sonrisa cómplice—No le dirá de esto a nuestro padre ¿verdad?
El sacerdote se cruzó de brazos y frunció el entrecejo, después de que prácticamente ignoraban sus consejos, ¿pretendía que los ayudase? ¿de verdad? ¡jóvenes tenían que ser!
—Por favor, excelencia—agregó Anturio en tono suplicante—Sabe cómo es él. No pasó nada. Y nadie salió lastimado, ¡por favor!
Por respuesta, Sanderson resopló y les dio la espalda, ellos estaban colmando con su paciencia y necesitaba rezar antes de que perdiera los estribos. Ambos hermanos sonrieron, sabiendo que de esa forma el sacerdote estaba confirmando su ayuda.
—¡Gracias!—dijeron, sin obtener respuesta.
Sanderson caminó por la calle en línea recta, unos minutos después, volteó y pudo ver a la distancia cómo la casa de los Bunnymund se veía imponente al fondo de su visión. Ahí seguían los dos hermanos, cerca de la fuente, platicando de forma tranquila, en uno de esos raros momentos en que el odio los dejaba libres de sus garras ¡qué espantoso para esos dos jóvenes no conocer nada más que el odio heredado y las peleas absurdas, con breves espacios de paz! Y Sanderson siempre se sentía un poco culpable por eso, ya que era de los pocos que recordaban cómo empezó el conflicto entre las dos grandes familias, tanto tiempo atrás.
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Veinte años atrás, Verona era una ciudad diferente, en cuyas calles se respiraba la armonía. Era dirigida por el Gran Jefe Manny, y no había mayores problemas que resolver más que los habituales (la administración de los recursos, la distribución de los cultivos en los campos, la aprobación de construcciones nuevas, etc.) Manny no era un Gran Jefe común, era el último descendiente de la familia Moon, humanos que se habían dedicado a la magia y conocían grandes encantamientos. El propio Manny sabía bastante de magia y todos se referían a él como un espléndido mago.
Su conocimiento en magia hizo que envejeciera lentamente, ya cuando tenía unos setenta años, convocó a los líderes familiares. Les hizo saber que sus poderes eran ya muy grandes, y que lo mejor sería retirarse a vivir en las montañas; ahí podría practicar sus habilidades de manera libre, y si alguien lo necesitaba, podrían acudir a él sin mayor problema. Los líderes familiares se entristecieron cuando Manny debió partir, pero votaron con toda la honestidad posible para elegir a un nuevo Gran Jefe.
El elegido fue el afable, paciente y muy apreciado Nicolás St. North, quien entonces rondaba los treinta años. Él y su esposa eran queridos por ser personas buenas y sencillas, y nadie dudaba que serían líderes extraordinarios para toda Verona. Elegido el nuevo Gran Jefe, Manny les dio su bendición y se marchó; muy poco después Sanderson tomó los votos sacerdotales y de silencio, dispuesto a ser una buena influencia en el pueblo.
Y así fue durante varios meses, hasta el Festival de la Primavera. Se trataba de una fiesta muy apreciada por toda Verona, pero más que nada por la familia Bunnymund. En aquél tiempo, el señor y la señora Bunnymund sólo tenían a sus cuatro hijos mayores, quienes eran niños muy pequeños (Anturio tenía sólo cinco años) y al ser los encargados del festival, se esmeraron mucho en que fuera lo suficientemente familiar para que sus hijos lo disfrutaran.
Al inicio el festival transcurrió con la misma alegría de siempre, pero en la tarde, poco antes de la función principal, una estampida de ganado arrasó el pueblo y ocasionó destrozos y medio. Muchas personas salieron heridas, y los que antes fueron puestos de diversiones se convirtieron en zonas de ayuda para los heridos. Los curanderos actuaron rápido, y los hombres más fuertes consiguieron controlar el ganado antes de que causara más problemas. Al anochecer, la mitad de las calles de Verona tenía listones rotos, maderas coloridas en el suelo, papeles de colores pisoteados y heridos recostados en las plazas tomando agua y medicamentos.
Los Bunnymund estaban iracundos, y nadie los culpaba, habían trabajado casi tres meses en que el festival fuera hermoso y todo había salido bien hasta la estampida. Nick y otro grupo de hombres buscaron hasta hallar el establo de donde provinieron los animales, que resultó ser uno de los establos de la familia Overland. Ése fue el inicio del conflicto.
Los Overland estaban recién casados, y durante la estampida, el señor resultó herido con un hombro dislocado. Tenían fama de ser personas alegres, responsables y con afinidad a la magia, pero más que nada, eran una de las familias más respetadas en Verona. Nadie dudaba que ellos fueran inocentes, pero sí se les acusó de no cuidar debidamente a sus animales, evitando así que alguien hiciera mal uso de ellos.
El señor Overland estaba sumamente indignado, y demandó que se continuara la investigación ¡no iba a permitir que mancharan su nombre por culpa de algún idiota! Tras un par de horas, se supo que un muchacho huérfano, que trabajaba en la caballeriza, bebió de más durante el festival y al regresar a su trabajo asustó tanto a los animales por sus gritos alcoholizados que dio origen a la estampida. El señor Overland apenas podía contener su enfado, despidió al muchacho y lo entregó a Nick para que hiciera el juicio que considerara pertinente.
Pero la cosa no acabó ahí, durante la estampida dos hijos de Bunnymund salieron heridos –nada muy serio, pero el susto casi le provoca un ataque a la señora Bunnymund– y todos sus esfuerzos creando una feria agradable se hicieron añicos en cuestión de minutos por un descuido del señor Overland, contratando a una persona que no estaba calificada para su trabajo. Exigían algún castigo, y los amigos y familiares de Bunnymund los apoyaron.
Nick era un Gran Jefe joven e inexperto, y tenía mucho aprecio a las dos familias, así que no podía ser tan neutral como hubiese querido. Aún hoy en día, él se arrepiente de no haber reaccionado de forma correcta, a la altura de esas circunstancias. Y Sanderson, silencioso espectador de todo, pensaba que en algo debió intervenir, en vez de sólo contemplar.
Aunque había muchas protestas, Nick se limitó a levantar una multa contra los Overland. Esto causó indignación en las dos familias, quienes estaban asustadas y molestas, incapaces de reaccionar de forma prudente. Lo peor fue que, desde ese día en adelante, no hubo manera de contener aquella falla.
Unos gritaron que los Overland debían hacerse responsables de lo ocurrido. Otros gritaron que los Bunnymund estaban exagerando, porque a final de cuentas, ya había un culpable y los heridos estaban bien atendidos. Los gritos aumentaron, los argumentos desaparecieron, las acusaciones aumentaron, y sin que nadie supiera quién lanzó la primera piedra, una gran pelea dio inicio.
Costó mucho separarlos y calmar a todos, Nick debió hacer uso de muchos soldados para que consiguieran despejar las calles. Aparecieron nuevos heridos y, lo que fue peor, dos muertos, nadie supo quién les arrebató la vida. La indignación aumentó, pero Nick no supo bien qué hacer y decidió ordenar un toque de queda, esperando que así se calmaran las cosas. No funcionó.
En la mañana, Verona aún estaba desordenada, así que Nick y algunos de sus criados se dedicaron a limpiar las plazas y darle a la ciudad una apariencia más digna. No levantó el toque de queda hasta que llegó la tarde, y cuando los ciudadanos salieron, él informó desde la plaza principal que todo lo ocurrido debía ser olvidado, pues era evidente que todos tenían algo de culpa. Los familiares de los dos fallecidos protestaron, y Nick levantó demandas aparte para ellos, intentando calmarlos, algo que tampoco funcionó, pues al final del día volvieron los reclamos.
Unos gritaban "¡Fueron los Bunnymund, ellos quisieron tomar la justicia por sus manos!" otros dijeron "¡No, todo fue culpa de los Overland desde un principio!" y así siguieron discutiendo toda la tarde y toda la noche. Al día siguiente, la tensión fue insostenible. Empezó una nueva pelea.
Ésta vez Nick quiso tomar el control del asunto, pero se percató entonces de que ya era demasiado tarde. Había odio, recelo y mucha indignación acumulada en las personas, y en los dos líderes de las familias. El señor Overland seguía sintiéndose ofendido, y el señor Bunnymund seguía enfadado y considerándose una víctima de la situación. No volvieron a dirigirse la palabra.
Y lo peor fue que se llevaron a toda Verona de encuentro. Nick nunca entendió cómo fue posible que todos tomaran algún partido, y es que no hay mayor explicación: la naturaleza humana es conflictiva. Reclamos, insultos y peleas siguieron siendo la orden del día a día, y no se veía cuándo llegaría el fin de tanta discordia. Los meses pasaron, hasta que aparecieron los Sullmen en el escenario.
Casi toda Verona había tomado algún partido en el enfrentamiento y posterior ley de hielo, excepto los Sullmen. Ellos eran humanos y pookas; de la parte humana descendían de los Hate, parientes cercanos de los Overland; mientras que del lado pooka eran familiares lejanos de los Bunnymund. Habían intentado mantenerse neutrales en todo el conflicto, y eso causó desprecio en Verona, pero iban soportándolo. La pareja tenía una sola hija, una niña cuyo nombre estaba tatuado en la memoria de Sanderson.
Sanderson también se mantuvo neutral en el conflicto, pero siendo él un sacerdote, nadie se sorprendió de eso. Visitaba a menudo a los Sullmen, porque pensaba que estando ellos emparentados de alguna forma con ambas familias rivales conseguirían ser un puente hacia el diálogo. Conoció bien a la niña, Iren Sullmen, una enérgica criatura de sólo diez años cumplidos, ansiosa por crecer, aprender magia y ser una mujer bella.
No cumplió ninguno de sus deseos, porque se inició una redada cerca de su casa. Se acusó a los Sullmen de traidores, y llegaron a la casa de dicha pareja exigiendo que tomaran partido. En el camino, las peleas violentas causaron gritos y disturbios, y nadie pudo notar a una niña llorando, en medio del cruce de espadas.
Los soldados de Nick dispersaron a la muchedumbre, pero era ya demasiado tarde, entre los muertos encontraron a la pequeña niña, que murió desangrada. Alguien debió lastimarla sin querer mientras manejaba la espada, o al menos eso pensaban. El dolor enloqueció a los Sullmen, quienes maldijeron a la ciudad y se fueron a la montaña, prometiendo jamás volver. Sanderson pensaba que algo de esa maldición debió surtir efecto, porque en veinte años, el conflicto aún seguía viéndose lejos de concluir.
La desgracia de los Sullmen hizo que toda Verona se llenase de más indignación, pero de repente, ya no importaba la causa original. Todos parecieron olvidar el festival, y cómo la estampida había sido el origen del enfrentamiento. Ahora, las dos facciones se echaban en cara cualquier acontecimiento reciente para seguir enfrentándose, y considerando que casa semana sucedía algo, el material aumentaba, lo mismo que las reclamaciones, y la situación parecía no tener fin.
Sanderson siempre pensaba que, de poder revivir aquél fatídico día, habría intervenido. Buscaría una forma en que ambas familias se sintiesen satisfechas con los acuerdos de Nick, evitando tantas muertes, tanto odio, tanta desgracia. Ahora los jóvenes habían crecido conociendo ese estilo de vida como el único, y todo era culpa de ellos, los que no supieron en su momento gobernar y dar buen consejo.
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Después de que Sanderson se fuera, Aster y sus hermanos regresaron a casa, convencidos de que lo mejor era no tentar más a su suerte ese día, conocían bien a su padre y sabían que si se enteraba de la pelea no tendría misericordia de ellos. Cada uno se fue a hacer diferentes actividades, buscando matar el tiempo muerto de la tarde, y Aster decidió entrenar un poco más, acostumbrado ya a las actividades físicas desde que era mucho más joven.
El patio de armas estaba solo y los mozos terminaban de ordenarlo, Aster los saludó mientras agarraba el arco y el carcaj con flechas, ordenándoles que colocaran el tiro a una buena distancia. Aster tenía muy buena vista, pero practicaba muy poco el tiro con arco, así que cuando lo hacía se retaba lo mejor que podía. Tensó la flecha, apuntó un buen rato, y la soltó. Se sintió muy satisfecho cuando ésta llegó al centro, pero por unos pocos milímetros no alcanzaba el aro central, era necesario practicar más.
Tensó una segunda flecha, y la contempló romper el aire hasta encajarse violentamente, más al centro. Ese tiro fue mucho mejor. Respiró profundo, mientras tensaba la tercera flecha. Los pookas siempre aprendían a pelear, eran una raza fuerte que se enorgullecía de ser guerreros milenarios. Aster siempre estuvo muy orgulloso de su linaje, de su raza, y de sus habilidades como el mejor guerrero Bunnymund, tal vez el mejor de Verona.
Era rápido, inteligente, muy fuerte y sagaz. A sus 21 años de edad, sabía que era orgullo de sus padres, no todos los pookas podían presumir de tener un hijo hábil y responsable como él. Aster sabía que sus hermanos también eran buenos, pero tenía la vanidad suficiente para reconocer que, al menos en habilidades de batalla, nadie podía ganarle.
Desde el corredor superior, el señor Bunnymund miraba con atención la práctica de su hijo, pero pensaba en otras cosas. Tenía cinco hijos varones ya crecidos, pero ninguno de ellos había considerado aún el matrimonio. El mayor, Anturio, era muy intrépido y ya se había hecho a la idea de que sería de los últimos en casarse. Los demás lo harían cuando notaran que sus padres lo presionaban, y estaba seguro de que encontrarían buenas parejas.
El único que le preocupaba era Aster, su hijo era muy orgulloso, pero no sólo eso, era bastante fuerte, tenía buena fama, y era apuesto. Tenía muchas cualidades que ofrecer, y sabía que varias familias deseaban que se casara con alguna de sus hijas. El señor Bunnymund deseaba fervientemente que su hijo consiguiera una buena esposa, y mientras más pronto mejor.
Era algo muy sencillo, los muchachos son atolondrados hasta que la madurez les llega de golpe, y una de las mejores formas en que ese golpe llegase era casándolos. El matrimonio siempre cambia a los involucrados, y el señor Bunnymund esperaba que hiciera lo propio de forma positiva para sus hijos mayores.
—Aster—le habló, el muchacho soltó la flecha, que llegó al centro del tiro de forma elegante, luego volteó y miró a su padre.
—Dime, padre.
—Sube, por favor, necesito hablar contigo.
Aster asintió, dejó el arco y el carcaj entre los materiales de entrenamiento, y subió al corredor. El señor Bunnymund esperó tranquilo a su hijo, y cuando lo tuvo enfrente, sus pensamientos solamente se volvieron más firmes.
El sudor causado por la breve práctica permitía que los músculos de Aster se dejaran ver a través de la chaqueta, revelando dos brazos fuertes y una espalda muy bien formada. Sus facciones, masculinas y firmes, detonaban fuerza en el carácter, pero sus ojos verdes eran cálidos y proyectaban un corazón lleno de buenos sentimientos. No era de extrañar que fuera popular entre las muchachas.
—Como sabes, no contamos ya con la misericordia del Gran Jefe—dijo—Y es importante que tú y tus hermanos se comporten. Ya no podemos seguir enfrascándonos en el odio, tenemos que empezar a ver por nuestro futuro… y el tuyo.
—Entiendo, padre.
—Sé que adoras las peleas, y que te será difícil conciliar la idea de la paz, pero deseo que tú y tus hermanos sufran lo menos posible en éste cambio que tendremos. Así pues, haré una fiesta el día de mañana.
—¿Ah, sí?
—Sí, y es importante que entiendas esto. La principal razón de éste baile, es que elijas a tu prometida.
La expresión serena de Aster de repente se crispó, y sus ojos, usualmente cálidos, se volvieron como el fuego.
—¿Mi qué?—se contuvo de gritar—Padre, ¡esto es inaudito! Anturio es el mayor, es él quien debe casarse primero.
—Sí, tienes razón en que ésa era la tradición, hijo. Pero seamos francos, tú eres más sensato que tu hermano, y cuando tu sientes cabeza, tus hermanos te seguirán en ejemplo.
—Pero…
—Además, de entre todos mis hijos, tú eres el que más pasiones despiertas entre todos los solteros.
Aster bajó los ojos un momento, esforzándose en encontrar las palabras adecuadas para hablar. El señor Bunnymund entendía lo que pensaba su hijo, y paternalmente colocó una mano sobre su hombro, antes de seguir hablando.
—Date gusto, hijo, no me importa si es doncella o varón. Pero elige bien.
—Padre, con todo respeto, no me siento nada cómodo con esto.
—Entiendo que tengas reservas, pero el día de mañana vístete alegre y diviértete. La juventud es poca, Aster, y debes pensar ya en tu futuro. Mañana, como mínimo, debes decirme quién te interesa ¿entendido?
Sabiendo que no podía objetar nada, Aster asintió. Se fue a su alcoba para asearse antes de la cena, y estando ya a solas, gritó de enfado y azotó la puerta de su ropero ¡esto no podía estar pasando! ¿y qué culpa tenía él de que su hermano, el mayor, fuera un idiota que peleaba a la menor provocación? ¿tenía que ser él quien pusiera el ejemplo solamente porque tenía mejores habilidades? ¿por ser más listo? ¿por ser más responsable?
Aster golpeó nuevamente la puerta del ropero y se recargó sobre él, aún molesto, no estaba nada conforme con esta situación. Pero sabía que su padre no iba a cambiar de idea pronto, lo malo era que él tampoco. Aster se mantendría firme, por una vez en su vida, tenía que pensar en él además de en su familia ¿no?
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Era casi la hora de la cena cuando Jack regresó a su casa, mucho más animado después de pasar una tarde con sus amigos. Los sirvientes le dijeron que debía asearse, porque el Gran Jefe Nick los visitaría en la cena. Jack fue a su alcoba, pensando que con lavarse el rostro y cambiarse la capa bastaría, pero se asustó cuando una sombra lo sorprendió sentado en su cama.
—¡Hey!
—Soy yo—dijo Richard—¿Dónde estuviste? Te busqué.
—Estuve con Tom y Jon.
—¿Cuentan algo interesante?
—No más de lo usual—Jack prendió una vela, pues ya estaba algo oscuro, y la usó para iluminar el buró en donde estaba el agua para asearse—¿Qué hiciste ahora que te escondes en mi cuarto?
—El señor Sanderson me vio peleando con unos Bunnymund.
—¿Es enserio?—gritó Jack—¡Padre nos regañó apenas hace unas horas por eso! Debes contenerte, tú…
—Ellos mataron a mis padres.
—Ya te dije que no podemos asegurarlo.
—¡Pero yo lo sé!
Jack suspiró, y se secó el rostro. Abrió el armario para cambiarse la capa, y de paso, la chaqueta. Pensó bien antes de hablar, consciente de que su primo estaba muy molesto.
—No quiero que pase algo de lo que debamos lamentarnos, Rick—luego lo miró fijamente—¿Y si mañana vamos a divertirnos? Hace rato que no salimos tú y yo. Debemos contenernos, al menos hasta que el Jefe Nick se le pase el enojo…y también a papá.
—En eso tienes razón.
—Bueno, ¿vas a venir a cenar?
—Sí—Richard se desplomó en la cama—En un momento.
Jack salió de su cuarto algo pensativo, debía ocurrírsele una distracción para su primo y pronto.
Bajó las escaleras y llegó al comedor, donde sus padres terminaban de preparar la mesa. Un poco después llegaron Nick y Tooth, encantadores como siempre, saludando de esa forma alegre que los caracterizaba.
—Bienvenidos sean—dijo el señor Overland—Pasen, saben que están en su casa.
—Gracias—respondió Tooth.
Todos tomaron asiento y platicaron ligeramente. Unos minutos después bajó Richard, componiendo la mejor de sus sonrisas, y entonces los sirvientes procedieron a servir la cena. Al inicio la plática fue tranquila, casi aburrida, con Jack y Richard platicando entre ellos y dejando que los adultos intercambiaran esas palabras que solamente a ellos les gustaban.
La situación cambió cuando Nick soltó una gran noticia.
—En dos días organizaré un gran baile donde todos en Verona serán bien recibidos—dijo Nick—Será para recibir al Rey de Hoer.
Los señores Overland intercambiaron miradas consternadas, mientras los jóvenes fruncieron el ceño.
—¿El rey de Hoer?—cuestionó Jack—¿Y qué viene él a hacer aquí?
—Es nuestro invitado—le respondió Tooth.
—Creo que a lo que primo se refiere, es a lo inusual de su visita—continuó Richard—Hasta donde sabía, el rey de Hoer no había bajado a Verona en décadas.
—Es cierto, pero el viejo rey ha muerto, y el nuevo monarca desea venir a renovar tratados comerciales. Como bien deben saber, muchachos, el Reino de Hoer es uno de nuestros pocos vecinos y aliados.
Los jóvenes miraron a Nick, conscientes de lo que él les explicaba. Verona estaba muy aislada por las montañas que la rodeaban, y el Reino de Hoer se encontraba en la ladera de una de ellas, donde el clima era frío y las minas abundantes. Estaba a tres días de viaje, si bien la distancia era corta (si la comparaban con la distancia a otros reinos, a más de cinco días de viaje) las relaciones entre el Reino y Verona nunca fueron muy estrechas. Eran aliados, simplemente.
—Es una ocasión singular, Nick—dijo la señora Overland—Dígame, ¿hay algo en lo que podamos ayudarles?
—De hecho, sí, y espero no abusar de su hospitalidad. La recepción será en el Palacio Gubernamental, me parece lo mejor. Pero quisiera que ustedes se encargasen del menú, es bien sabido que sus festines son los mejores, desde luego, yo lo pagaré.
—No es necesario, será todo un honor ayudarte con esto—respondió el señor Overland.
—Y una cosa más—ésta vez habló la suave voz de Tooth, cuya mirada podría ser intimidante cuando se mostraba firme—Es evidente que estarán todas las personalidades de Verona en ese evento, esperamos el mejor de los comportamientos.
Su mirada escaneó desde los señores hasta los jóvenes, solamente Richard bajó los ojos, incapaz de regresarle la mirada.
—Desde luego—dijo el señor Overland.
—Excelente, entonces brindemos—Nick alzó su copa, y los demás le imitaron—¡Por Verona!
—¡Por Verona!
Brindaron y bebieron, pero Jack no pudo contagiarse de la expectativa, porque un mal presentimiento se instaló en su mente apenas bebió del vino.
Yo entiendo que en la obra original no se sabe el porqué del odio de las dos familias para recalcar que es algo absurdo (y que probablemente no había tiempo de contar esa historia sin que fuera algo aburrido siendo teatro) pero aquí sí tengo tiempo, y esa fue la mejor explicación que se me ocurrió. Como se dieron cuenta, no es una mega causa, y es que intento demostrar que el odio entre ambas familias simplemente es ridículo. Ya sé que ustedes deben querer ver a Jack y Aster encontrándose, eso pasará en el próximo capítulo, pero no quiero que pase nada entre ellos a no ser que estén bien claros los términos de este fic.
Ahora ¿les gustó? espero que sí. Saludos.
