Disclaimer: Veamos, no soy inglesa, ni escribo para ganarme la vida (aunque sería completamente perfecto que así fuese), tampoco soy rubia, por lo que claramente no soy J. K. Rowling. Los personajes no me pertenecen, ni la historia en su totalidad. Sólo la he modificado un poco para mi propia conveniencia ;)

Ella no perdía las esperanzas. No quería, ni podía, ni debía perder las esperanzas.

Porque afuera hacía frío. Un frío extraño y a la vez un frío increíblemente familiar.

Porque la lluvia repiqueteaba con un ruido sordo en todas partes, y porque cada gota que caía la iba amarrando a él.

Porque él no estaba, y su ausencia le provocaba un dolor profundo, casi físico, y perfectamente remediable.

Porque la carpa se había vuelto repentinamente demasiado espaciosa, y porque el puesto que había dejado vacío lo esperaba cada noche, y ese puesto no podría ocuparlo nadie más que él.

Porque ella lo había llamado, le había suplicado que volviera, en medio de la melancólica melodía de la lluvia, y aunque ella sabía que no le sería fácil encontrarlos, de algún modo extraño intuía que tarde o temprano tendría que volver.

Porque las gotas de lluvia golpeaban la carpa, y las memorias de un tiempo pasado acudían a su mente como meras sombras, y de a poco la iban convenciendo: él volvería.

Porque era extraño estar refugiada en medio de la nada, era extraño sentirse sola a pesar de compartir tiempo con Harry, porque él no estaba ahí haciéndoles compañía con sus ironías y hasta con su malhumor. Era Ron, el mismo de siempre, el mismo de las tardes en la sala común es su butaca preferida. Seguía siendo él, y por lo mismo tendría que regresar.

Porque "el dúo de oro" sonaba ridículamente imposible. Porque precisamente para ese viaje habían comprado boletos los 3, y él no podía simplemente bajarse del tren. Porque había prometido acompañarlos, y Ronald Weasley era un hombre de palabra.

Porque le parecía completamente imposible que no quisiera, deseara o siquiera pensara regresar, porque era Ron, y ella lo conocía como la palma de su mano.

Porque lo extrañaba más de lo recomendado, y porque se esforzaba en aferrarse a la imagen casi nítida de verlo entrar por la carpa, con el pelo empapado por la lluvia y la sonrisa de complicidad en el rostro, y añoraba que él siquiera deseara volver.

Porque llovía, y la lluvia de alguna manera siempre la había infundado de optimismo.

Porque no podía marcharse, al menos no para siempre, y por sobretodo porque había una enorme cantidad de cosas que le faltaban por vivir junto a él. Situaciones cotidianas, libres del peligro inminente de la guerra, cosas tan simples como tardes junto al fuego, paseos al atardecer.

Porque habían cientos de motivos a los que podía aferrarse, algunos complicados y otros tan simples como que afuera llovía, y ella pensaba en él en silencio y con una amarga sonrisa.

Por eso, y simplemente porque lo amaba, Hermione Granger nunca perdió las esperanzas de verlo regresar, ni se sorprendió tanto cuando lo vió entrar a la carpa, porque había deseado fehacientemente que volviera, pero no esperó que lo hiciera tan repentinamente y en el momento más adecuado.

Porque una serie de sentimientos afloraron de su piel cuando lo vió en el umbral, pelo empapado y sonrisa cómplice, en una imagen tan nítida que era imposible que no estuviese sucediendo.

Porque no pudo hacer más que demostrarle que lo odiaba por hacerla sufrir, y lo odiaba tanto que a la vez le dolía.

Porque deseaba que en cada golpe pudiera encontrar una esperada caricia, una cálida mirada, una añorada sonrisa, un suave roce de manos (fuese este premeditado o no).

Porque se alegraba de verlo ahí con su cara de niño travieso arrepentido de su último error, pero por sobretodo porque ella nunca (nunca) perdió las esperanzas de que así fuese.