UNFORGETTABLE II
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La fotografía apareció ante sus ojos con la misma celeridad con que las gotas de sudor atravesaban la frente amplia y se alojaban en el nacimiento del cuello, las manos temblaron sobre el instrumento, presionó el mouse inalámbrico al tiempo que recorría con el puntero todos y cada uno de sus recovecos.
No era un montaje, tampoco una declaración terminante, Penélope no estaba muerta, tan solo dormida como la encantadora Ophelia, en las transparentes aguas de su lago.
Lynch pasó saliva por la seca garganta, después dio un par de clics para asegurarse de que el mensaje llegara a los destinatarios en el lapso de tiempo indicado, sabía que era su culpa, siempre lo había sabido, aunque claro está que ni en sus mas locos desvelos se habría atrevido a imaginar algo como eso. Los labios secos, los sentimientos a flor de piel, una suave melodía, recuerdo de sus noches juntos, aquellas en que se prometieron lo eterno o al menos así lo había imaginado él.
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"Inolvidable eso es lo que eres
Inolvidable, estés lejos o cerca"
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Si; inolvidable sería su historia, de la mano del sacrificio y también del olvido pues había sido más bien un acto de cobardía y no uno de amor el comprometerse a tan pocos meses de terminada su relación con la analista, él quería ser padre, todas las terminaciones nerviosas de su ser le indicaban que estaba en el momento oportuno para serlo, formar una familia alejarse de toda la violencia y depravación que día a día respiraban dentro de las paredes del FBI más cuando creyó que ella también lo quería, que sus caminos se habían unido no solo para bifurcar en el mimo punto sino para volver a unirse una y otra vez, Penélope García lo rechazó.
Con el ego herido y el alma ardiente, Lynch decidió seguir adelante, no era indiferente al trato que su amada tenía con el agente Morgan, el suave jugueteo que se transformaba en coqueteo y este a su vez en declaración de sentimientos que las mas de las veces creía identificar como de amor, aunque ambos negaran hacerlo, el juego seguía en pie, las llamadas a elevadas horas de la noche, los diminutos arranques de celos pues más de una vez la había sorprendido boicoteando las líneas de comunicación a fin de que Derek no corriera a manos de la cita en curso tan pronto terminaran una misión y se quedara junto con ellos a tomar un trago como hacían cada tres noches en la misma barra del bar.
Volvió a repasar la figura por noches ansiada, cerrar los ojos y dejar que no solo el sudor fuera lo que corriera por sus mejillas sino también un par de lágrimas saladas.
Comprometerse con Sussan Thompson, nunca había sido parte del plan, solo ser padre, antes de que sus propios padres murieran, darles ese sencillo placer a sus padres que por años enteros habían hecho sacrificio tras sacrificio para que él pudiera llegar a donde estaba, pensar en ellos, en lo que sería de ellos una vez cumpliera los designios del Rey instalaba una carga sumamente dolorosa en su corazón pero en nada comparable con lo que era para él ver a Penélope ahí, atada de piernas y manos a una silla de metal, absorta en la inconsciencia, el labio inferior sangrante, no tenía que ser perfilador para deducir que ese hombre la había besado y a la vez lastimado, el maquillaje embadurnado bajando por las mejillas, Penn era una mujer sobradamente hermosa y a la vez delicada, en más de una ocasión había terminado llorando a moco tendido mientras suplicaba a todos los Dioses del Olimpo que sus compañeros atraparan al ignoto que se había atrevido a asesinar, mutilar o torturar a un inocente.
El naipe virtual sobre la pantalla comenzó a parpadear, el contador se aproximaba al cero, 3, 2, 1, Lynch presionó el botón indicado, el mismo que tenía una única frase y que era la misma que meses atrás hubiera deseado escuchar de sus labios.
Si; acepto.
En esta invitación, no había medias tintas ni marchas atrás, el Rey había dado con su sistema de cómputo y extendido una invitación a él, el segundo de los amantes o por lo menos así fue como lo llamó. Acto seguido y tan pronto desapareciera el naipe, la fotografía de Penélope se cambio por otra.
Andrew Lewis, la pareja actoral de la analista. El hombre de color lucía de alguna manera sereno, horrorizado, eso estaba más que claro por la brutalidad con que fue asesinado pero sereno, la cabeza hacia abajo, la cabellera apelmazada sobre la frente, las mejillas delgadas, pómulos afilados y también, la ausencia de labios.
Lynch tenía que admitir que ese sencillo detalle, lo había hecho temblar de la cabeza a los pies atrayendo memorias de fotografías en blanco y negro tomadas por ahí de los años noventas por un célebre artista llamado: Joel Peter Witkin
La posición de su cuerpo, la difracción de luz y sombra, los poros de la piel, el sudor mezclándose con la sangre, las prendas desgarradas. Sí; el Rey también era un artista, eso tenía que aplaudirlo y a la vez reconocer que quizá ese fuera otro de los puntos de encuentro entre él y su por demás querido amor. Se llevó las manos a la alianza de oro que simbolizaba el compromiso que evidentemente ya nunca se llegaría a consumar, pensó en sus amigos, en sus padres y en la mujer a la que se entregó como una sombra del sentimiento que se dice, solo una vez en la vida se llega a conocer pero jamás poseer, luego se arrebató lo antes dicho, los instrumentos de rastreo háblese del comunicador en su oído, el teléfono móvil, la identificación con su nombre, lo metió todo en un cajón, apagó el monitor, suspiró para sus adentros y entregó un último pensamiento a la criatura de luz que indudablemente era para él Penélope García.
Las criaturas de luz, pensó con dolor ahora, constantemente se sienten atraídas por seres sin luz pues disfrutan de la creación de sombras resultado de la unión de sus cuerpos.
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Es por eso querida, que es increíble,
Que alguien tan inolvidable,
Piense que yo soy inolvidable también"
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García escuchó la tercer estrofa del vals, los zapatos sobre la duela deslizándose al compás, pensó en Andrew en el maravilloso bailarín que era y pronto sintió todas las punzadas ardientes que el beso de Shane le habían dejado en el labio inferior, intentó llevarse las manos al rostro, los músculos agarrotados, tensos e increíblemente dolosos debido a que llevaba sabrá Dios cuantas horas instalada en la misma penosa posición, probó humedecer sus labios, una descarga auténtica de dolor la obligó a frenar en su acción, soltó un siseo, los zapatos se detuvieron el tiempo necesario para describir una vuelta, recordaba la coreografía, la puesta en escena, su vestido de salón, los zapatos con la cinta alrededor del tobillo, los de Andrew eran bicolor, negros con la punta blanca, luego pensó su sonrisa, la luz de sus ojos y recordó.
Que ya nunca más volvería a verlo reír.
Despertó de súbito con un terrible dolor de cabeza y el horrible presentimiento de la escena que estaba por contemplar. Shane bailaba rítmicamente abrazado al cuerpo de Lewis, la cabeza caída, los músculos tiesos, la sangre aún cayendo por el largo de su esbelto cuerpo, ese que la abrazó durante sus noches sin consuelo, las mismas que había llorado hasta conciliar el sueño puesto que Kevin Lynch había tenido la poca decencia de ocultar a ella algo tan insignificante como el día de su boda.
Tres semanas, en tres semanas se casaría con Sussan Thompson y ella había pasado la mitad de ellas, bailando, abrazando y besando a un extraño.
—¡Suéltalo Shane! —el aludido ni se inmutó, la pieza estaba por llegar a su fin y cuando terminó, se tomó la molestia de abrazar el cuerpo marchito cual amante empedernido, rodear su rostro con manos diestras y mostrar a ella, la brutalidad de su acto—
Penélope gritó, hasta que el labio inferior una vez más sangró y Shane soltó el cuerpo de Andrew que se fue irremediable a la nada, un sonido hueco, pesado y que recordaría hasta el último día de su vida.
—¡Por qué estás haciendo esto! —preguntó la analista inmersa en llanto, la pregunta naturalmente llamó su atención—
—¿A caso no es obvio Mon petit, que lo hago por ti? —ella renegó en su asiento— intentando pegar su rostro lo más posible al respaldo puesto que el Rey había vuelto a caminar hacia ella.
—Ahh, no te pongas nerviosa amor mío, no le arrebaté los labios con un beso profano, esos —lo creas o no— aún los reservo para ti. —y acto seguido depositó un nuevo beso aunque para su fortuna, esta vez lo colocó en su frente—
—¿Te gusta esto, no es cierto?
—¿Qué? —respondió ella a media voz puesto que aun temblaba de miedo y rabia por el destino fatal de su amigo, Andrew era soltero, mayor de cuarenta y vivía con su pareja sentimental Eddy D amaba la actuación, ambos lo hacían aunque Eddy D era el encargado de vestuario y maquillaje, le obsequió una rosa blanca tras la primera puesta en escena y ella —aunque jamás no lo admitiría en alto— los había visto compartir un beso tras bambalinas con el corazón encogido aunque no sabría decir ahora si de ternura o de la más pura envidia.
—Dije que te gusta esto, mi adorada Reina, siempre te gustó y me disculpo ahora por haber estado tan ciego, de haber sabido lo fácil que era, créeme, jamás nos habrían separado.
Shane volvió a acariciar su rostro, ella tembló de repulsión pues sus manos aún se encontraban impregnadas de sangre, la sangre de Andrew, el hombre que conoció hace doce días en el Teatro comunitario, el mismo que no tenía familia puesto que sus padres y amigos le dieron la espalda al revelar sus tendencias homosexuales y que a pesar de ello había encontrado el amor. Uno que animaba sus pasiones, retaba su intelecto y que jamás le pediría algo que no estuviera dispuesto a otorgar.
Lloró a sobremanera a medida que recordaba sus interminables charlas entre los ensayos y tras bambalinas, ¿era posible conocer a una persona en tan solo unas horas? ella lo creía posible, lo había creído cuando sus padres murieron, la primera vez que lo pensó, fue cuando lo conoció a él.
En una sala de chat, tras el pseudónimo de: Reina Negra.
—Shane…—lo llamo sutilmente, sinceramente, sin máscaras o amenazas, lo llamó como lo hacia entonces, cuando compartían no solo la alcoba, sino la vida misma— el aludido la miró a los ojos, ese par de ojos que por tantos años había extrañado. ¿qué es lo que había en ellos aparte del dolor y arrepentimiento? nada.
En ese hermoso par de ojos llorosos, ya no quedaba nada, si acaso una nueva pregunta para la que él ya tenía respuesta.
—No entiendo lo que estás diciendo
—Pero yo sí, lo entendí cuando te vi en el escenario y supe que eras tú, tu perfume, sonrisa, sensualidad y cadencia bañadas de tristeza. Supe que habías amado a alguien y que ese alguien se había llevado lo que en su momento, podría haber mendigado de amor.
—Eso no es…
—No intentes protegerlo, sabes que te conozco mejor que eso, sabes que me olvidaste pues por días enteros me senté frente a ti y ni una sola vez me viste.
García tembló de nuevo puesto que sabía que lo que decía él era cierto, no lo notó, jamás notó a nadie, todo lo que había estado haciendo durante cinco días era llorar su pena, fundir sus miedos en una vida ajena, la persona inventada.
Protegerse a sí misma, fingiendo ser alguien que no es.
—Entiendes lo que digo, ¿no es cierto?—ella asintió aunque comprender esa parte no terminaba de explicar por qué Lewis estaba muerto— entiendes que no puedo permitirme ¿verte así? —y esto lo dijo volviendo a acariciar su rostro con ambas manos— ella cerró los ojos, el contacto ansiado, la caricia ajena, impersonal, indiferente, lo que había buscado en otros brazos pero jamás aceptado puesto que una parte de sí era consciente de que jamás lograría encontrar en otra persona lo que había hallado en él.
—Cierto —respondió al tiempo que nuevas lágrimas se vertían en sus ojos— Shane las besó como tiempo atrás había hecho, cuando la conoció en una plaza pública luego de noches enteras de charlas y mensajes de texto.
Era una revelación para él que la chica con la que llevaba el récord mundial en juegos de realidad virtual y conferencias sobre comandos, claves y técnicas de hackeo resultara ser una jovencita de tan solo dieciocho años. Ataviada con unos leggins totalmente adheridos a sus bien torneadas piernas, botas altas a la altura de las rodillas, vestido a medio muslo de corte victoriano y confeccionado por encajes, escote de corazón, mangas de campana, tocado a juego compuesto por una elaborada rosa negra, una piel pálida cual alabastro, unos rasgos fuertes y torturados por la asimilación de la tragedia que recientemente le había arrebatado a sus padres.
Si pudiera describirla ahora usando una sola palabra, usaría la misma que había ocupado entonces cuando la vio sentarse en una de las mesas de la zona del comedor, remover objetos en el interior de su bolso, tomar un teléfono móvil y enviar un mensaje de texto que naturalmente recibió él. Hermosa, ciertamente lo era, una personalidad atrayente, aguerrida, capturaba las miradas de los presentes pero apenas si era consciente de ello, nació para el espectáculo se atrevía a aventurar ahora pues era poesía encarnada.
Una musa vuelta mujer.
—Te cambiaste el nombre…—pronunció de pronto, rompiendo la magia del momento y recordándole a ella dónde y por qué es que estaba ahí—
—Traté de…
—No, nunca trataste, si lo hubieras hecho yo te habría encontrado
—Shane…—la mirada del Rey cambió a otra, ya no era la del hombre que en su momento amo, el que le recibió en su pecho, casa y lecho— ese ya había muerto, nueve años atrás, cuando el agente federal Aaron Hotchner hizo del conocimiento público que la Reina Negra había caído.
Oh cuánto sufrió entonces.
Destruyó su casa, sus ropas, todo lo que en cuatro años habían construido lo destrozó y también quemó. Si ella había perecido, lo natural era que pereciera él, pero no podía hacerlo, atentar contra su vida, profanar su nombre, era demasiado orgulloso para hacerlo y en su defecto, la buscó. En multitud de amantes y vidas prestadas puesto que cierto es que si su amada tenía cierta debilidad por la escena, él la tenía por el arte.
—Ya no me apetece escuchar ese nombre, ¿sabes? desde que te vi en ese escenario, usando otras ropas y por supuesto nombre, decidí que los dos deberíamos jugar a lo mismo y de hecho, es un enorme placer para mi saber cuales son los juegos que ahora te gusta jugar
—No…—respondió su amada comenzando a seguir la misma línea de pensamiento—
—Esto es lo que haces a diario, ¿no es cierto? entré en tu computador personal, debo aplaudir el enorme esfuerzo y la sobrada entrega con que protegiste tus datos pero ya sabes lo que dicen, maestro que no aprende a su vez del alumno mejor que se tire a un pozo y volviendo al punto.
Tienes mas muertos en tu base de datos que el mismísimo anfiteatro, de modo que, entre más los veía y leía tus notas refiriéndote a la maestría con que tus colegas atraparon al asesino, la forma en que se les dio justicia o la misma quedó impune, una idea se me vino a la mente. ¿Cómo hacer que otra vez me amaras? ¿Que una vez más en mi te fijaras? Difícil, ¿cierto? más cuando aparte de muertos, todo lo que haces es rodearte de ellos.
—Shane, no
—Oh si, amor mío, claro que sí
—Kevin Lynch, en este momento debe venir hacia aquí, bueno no específicamente aquí, si lo hiciera venir me tendría por un condenado estúpido, pero tú entiendes lo que digo, eventualmente terminará aquí.
—No, por favor…
—Ahh, ¿ya comenzamos con favores? eso me gusta pero lamentablemente nos quedamos sin tiempo, no solo yo sino Lewis, debo apresurarme o literalmente, aquí apestará a muerto.
—Shane…
—¡QUE NO QUIERO ESCUCHAR ESE NOMBRE! —gritó el asesino— sintiéndose ligeramente ofendido, ella lo había asesinado con su frialdad e indiferencia, podía comprender que el FBI le hubiera tendido una trampa, que le ofreciera otra vida, incluso podría intentar comprender que ya no lo quisiera en su vida pero el simple hecho de que lo olvidara sin más.
No, eso jamás se lo podría perdonar.
Ella murió para él ese mismo día, ya no la vería, escucharía, ni sentiría, ya no le daría los buenos días, ya no se contarían las trivialidades de la vida. Ella se había convertido en su mundo y de repente, un buen día simple y llanamente decidía que dejaría de existir para él.
—Reina de corazones, una vez maldita por siempre maldita —y dicho esto, volvió a tomar la cinta con la que previamente había cubierto su rostro y la ató—
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—Si le hicieron creer al Rey que su Reina cayó debe estar más que furioso —comentó JJ—
—Cuenta con ello —respondió Hotch— tal y como apunta Rossi este crimen, aparte de nivel pasional, es solo un ensayo
—Significa que se ensañará más con Andrew Lewis —agregó Blake—
—Y con el que siga de él —prosiguió Derek—
—Correcto —continuó Hotch— tenemos que adelantarnos a sus movimientos, llama a Lynch, haber si tiene más información que pueda acercarnos al ignoto, Blake, tú y Reid vayan junto con los forenses a la morgue puede que el cuerpo…
—¡Pero qué demonios!—comentó Morgan al tiempo que interrumpía a Hotch y llamaba la atención de todos, su teléfono móvil de pronto se había vuelto loco.
—Condenado hijo de…—el agente, soltó un improperio al tiempo que todo su cuerpo temblaba y contemplaba la imagen de Penélope García en su pantalla— se la mostró al resto, ese mensaje venía de parte de Kevin Lynch junto con la leyenda: "Encuentra a la Reina"
—Nos está retando —comentó Rossi—
—Yo no solo me preocuparía por eso —prosiguió Blake— ¿Cómo fue que te la envió? —sobre la diminuta pantalla una vez más aparecía el naipe virtual "Rey de espadas" por ambas caras.
—Ya no la está incluyendo en el juego —comentó JJ—
—Se volvió más osado —confirmó Derek—
—Y no solo eso —Reid presionó el Naipe, acto seguido la fotografía de García desapareció mostrando la de Andrew Lewis—
—Muerto, jodidamente muerto —comentó Morgan sintiéndose aparte de furioso, impotente—
—¿Y que pasa con Lynch? —insistió Alex Blake—
—Cuando quise llamarlo recibí ese mensaje
—Inténtalo de nuevo —el agente lo hizo y la llamada lo envió directamente al buzón: "Hola, estás llamando al número personal de Kevin Lynch, si estás escuchando esto quiero decir que lo siento. Penn, yo de verdad lo siento"
—¡No puede ser! ¡Maldición! —Morgan volvió a perder los estribos, Hotch se comunicó a la oficina, una asistente le dijo que Kevin salió hace poco más de media hora, dijo que iba a reunirse con ellos a fin de ayudar a la localización de García, ¿por qué preguntaba? ¿aún no se había reunido con ellos? el agente negó, explico la situación y extendió una nueva orden de búsqueda, esta vez para él.
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—Llegas a tiempo
—¿Ella está bien? —el asesino sonrió— le gustaba ese tipo, desde el ángulo correcto hasta podría decirse que se parecía a él, caucásico, arriba de los treinta, experto en comunicaciones y sistemas, Si; Kevin Lynch era un buen "sustituto" lástima que fuera a durar tan poco.
—¿Dudas de la palabra de un Rey? —Lynch estremeció por dentro y asintió— si ya iba a morirse lo menos que podía hacer era dejar todas las cartas sobre la mesa.
—Correcto, te dejaré verla pero primero me vas a tener que ayudar con esto.
El Rey abrió la puerta trasera de su camioneta, ambos se encontraban a las afueras de un edificio abandonado, elegante, antiguo y mortuorio, Lynch se dio un poco de tiempo para admirar los detalles de la arquitectura pertenecientes con mucha seguridad al periodo neoclásico, columnas largas y bien trabajadas con detalles neutros y naturales, su atención solo se vio truncada por el sonido de un peso muerto al caer.
Lewis estaba en el piso, lo reconocía por las fotos del archivo y eso fue todo lo que alcanzó a hacer antes de que el Rey le sacara de combate con un arma de choque.
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"Inolvidable eso es lo que eres
Inolvidable, estés lejos o cerca"
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El asesino tarareo esta pieza y movió tanto sus dedos como sus brazos al compás de la canción, excelente tema, magnífica escena, esa en la que la chica a la que interpretaba Penn, caía en la cuenta de que estaba perdida de amor por un hombre que al primer batir de pestañas le correspondió.
—No, no, no, no me mires así chico bonito, yo la tuve por cuatro años, ¿cuantos la tuviste tú? creo que casi la misma cantidad de tiempo, sabes su diario electrónico no es exactamente preciso pero qué te podría decir yo, si solo tuve un par de horas para leerlo, solo el tiempo suficiente para saber que le rompiste el corazón a mi amor. Y eso debería bastar para justificar esta acción.
El Rey tomó un escalpelo, no es como si realmente supiera utilizar uno, tan solo lo había visto en programas de televisión y tampoco podría decirse que la instrucción médica o forense fuera algo que en algún momento le interesara averiguar, nada de eso. Mas bien le gustaba la idea, siempre había querido saber lo que se sentía, abrir un cuerpo con la bien conocida, incisión en Y
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Como una canción de amor que se aferra a mi
¿Cómo pensar en ti me hace cosas que
Nunca nadie había logrado antes?
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Inolvidable en cada forma
Y para siempre, así te quedarás
Es por eso, querida, que es increíble
Que alguien tan inolvidable
Piense que yo soy inolvidable también
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Mmmh y con esto, el FBI creería que él es inolvidable también.
Depositó los cuerpos desnudos en el interior del edificio sobre un lienzo blanco emulando la posición del Rey de espadas, uno hacia arriba el otro hacia abajo a manera de espejo, la sangre como distintivo rojo, un brazo recto, el otro doblado, las piernas estorbaban pero se las arregló para cortar en el punto indicado y emular la muy necesaria espada. Acto seguido se deleitó con su obra, besó la pieza y a su vez la fotografió, el FBI no podría encontrar nada, si bien en este momento no estaba pecando de ser un santo en el pasado lo había sido. Ni una sola infracción, multa de la biblioteca o videoteca, ¡por dios! que lo único que le gustaba hacer era bajar secretos de estado del gobierno americano y venderlos, al mejor postor.
Para eso, no se necesitaba quebrantar las reglas, solo entrar sin ser visto. Justo como ahora que se desprendía de las prendas ensangrentadas, las metía en una bolsa negra, se colocaba unas nuevas y volvía a salir con paso elegante para entrar en su muy flamante y sumamente común camioneta familiar.
—Ahh, recuerdos familiares, Penn iba a amar esto.
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Continuará...
