Capítulo I: La invitación del Aniversario.

Se levantó de la cama tras despertar de su sueño. Observó por la ventana de su habitación, aunque aún era oscuro. Algo le inquietó increíblemente y decidió salir. El frio era terrible, aunque no tanto como en los inviernos. Aun contando con el verano, no pudo evitar estremecerse un poco.

Subió a la cumbre de la montaña de Hebra, a duras penas, que era cerca de donde vivía, y observó como Hyrule era tocado por los suaves rayos de la mañana. Este dio a parar directo a sus ojos y con cuidado deslizó una mano para que se interpusiera entre estos y evitara lastimárselos.

Posteriormente su mirada penetró directo al centro del reino.

Se alzaba un imponente castillo que hace diez años estaba en totales ruinas, y se veía una enorme y pintoresca ciudadela con el mismo caso de antes. Pero ahora todo era prosperidad. La chica sonrió para sus adentros. Imaginaba estar presente en esa capital, y caminar entre el meollo. Sueños imposibles.

Pero su razón más intensa no era la de ser parte de ese lugar, si no servir lado al lado de los más bravos guerreros y ser la representante de todos los hylianos. Portar una espada capaz de subyugar a la oscuridad…

Ser el caballero más bravo de todos los tiempos, sin importar el costo.

Sin embargo los sueños no se hacían realidad solo porque si, y era más que imposible llegar a Hyrule y enlistarte en el ejército. Sin contar que era una mujer. Dos de cada diez aspirantes mujeres podían ser caballero, y más si tenían influencias. De lo contrario eran rechazadas.

¡Malditas palancas! Esas mujeres ni siquiera eran la mitad de su potencial, y sólo querían prestigio para atraer jóvenes soldados con talento, pensaba para sus adentros a menudo.

Una vez cuando fue a la primera convocatoria, en las etapas primarias de la reconstrucción de la ciudadela, le negaron el paso por ser joven y por ser una muchacha. Muchos hasta comentaban entre risas qué iba a hacer una jovencita tan hermosa ahí, que seguro causaría problemas entre los chicos por disputas de "quien se quedaba con la chica"

Absurdo, total y absolutamente absurdo. En fin.

Daba igual de todas formas. Soñar no vale de nada si no cumples tus sueños, es hipócrita siquiera desearlos sin intentarlo, esas eran las enseñanzas de su padre.

"Padre… ojala estuvieras aquí" pensó llevándose una mano a los brazos. Aún seguía en la cumbre, admirando el amanecer. El estómago le rugió de repente y se sonrojó con una sonrisa. Echó un último vistazo a la capital y luego se dispuso a bajar intrépidamente de la cumbre.

Una vez abajo entró a su cabaña rápidamente, no sin antes tener en brazos unas cuantas maderas para la leña. Las había tomado de un pequeño espacio debajo de un techo para caballos.

Prendió la chimenea de la pequeña cabaña. Ahí mismo tenía su cama, un pequeño escritorio donde se dedicaba a "ciertas actividades secretas", una estufa –la cual había sido regalo de la reina Zelda para su "tutora", Selmie– que era un lugar donde se hacía comida, pero no era una cacerola ni nada parecido y estaba hecho con material ancestral. Además tenía un pequeño librero, una mesa para comer, un pequeño armario con tocador compacto y había otra habitación donde tenía el baño y la bañera. De igual forma, esta última siendo un regalo de la reina. Pese a ser inventos tan útiles, Selmie nunca los usaba puesto que le hacían la vida fácil, cosa que ella "detestaba" pero en realidad un baño caliente a media tarde en un lugar tan frio como Hebra, y más si en tan solo cinco minutos se calentaba agua, de verdad era un gran invento.

Lo segundo después de poner la cabaña a una temperatura agradable fue ducharse. Como antes dicho, cinco minutos y estaría a una temperatura casi termal.

– Gracias Selmie, por odiar la tecnología – Comentó la castaña con alegría en el tono.

Entró al baño en compañía de una toalla y ropa. Dentro del baño estaría mucho mejor cambiarse que afuera.

Al cabo de unos veinte minutos de una tina cálida, la joven había salido con su ropa habitual puesta. Un conjunto de la tribu orni y una toalla en la cabeza, sujetando su corto y mojado cabello.

Colgó su toalla del cuerpo entero en una silla de su pequeño comedor y la colocó junto a la chimenea, que aun humeaba unas cuantas leñas. Comenzó a retirar su toalla de la cabeza, y también la acomodo junto a la otra. Cepilló su cabello, ni siquiera necesitaba peinarlo de alguna forma, igualmente hacia lo que quería, o eso argumentaba ella.

Después de terminar con su imagen pasó a hacerse un desayuno. Unas crepas con miel de abeja, que le aportarían una buena cantidad de energía. Un vaso de leche con té de violetas saltarinas, que le llenaría de ánimo y, finalmente, un coctel de frutas, más bien de moras y algunas nueces del bosque.

Hoy iría a ver a Selmie, una joven mujer adulta que era famosa por deslizarse sobre escudos. Para Selmie, Faith era su ayudante que se encargaba de pulir sus escudos y también a recoger leña.

Por más mujer que fuese o la vieran, era fuerte y atrevida. No le importaba absolutamente nada. Salía a cazar cada que tenía oportunidad, tal y como vivía antes de que el mal del castillo terminara. Se podía decir que había vivido salvajemente, pero no le apenaba. Incluso lo veía como un orgullo. A pesar de su escasa estatura, un promedio, tenía piernas bien fuertes al igual que sus brazos, casi todo le salía en un PLIZ-PLAZ. Y ni así perdía la gracia femenina.

Entró a la cabaña de la deslizante y se encontró con una pequeña sorpresa. La mujer admiraba una fotografía que Faith jamás había visto. Se acercó con cuidado y Selmie alzó la mirada a la castaña.

– ¡Oh…! – Expresó sorprendida – No te vi llegar – Dejó la foto a un lado, pero al ver a Faith tan curiosa, volvió a sostenerla entre en sus manos.

– ¿Quiénes son? –Cuestionó Faith con curiosidad. Sobre todo, admiraba a uno de los muchachos en la fotografía que parecía estar orgulloso. Junto a este se encontraba una mujer muy hermosa de cabello rubio que lo sostenía en una trenza debido al largo, los dos con ropas del poblado Orni. Esa mujer estaba muy unida al otro joven, cabe resaltar.

– Si te lo digo, es posible que no me llegues a creer –Comentó con mirada alegre – Pero como eres tú, pequeña Faith, supongo que podrías tomarme en serio – Impaciente por saber la verdad, Selmie le hizo un espacio en la cama, donde estaba sentada, y luego suspiro profundo –Aquella hermosa mujer es nada más y nada menos que ¡la princesa Zelda! – Gritó emocionada – Y el joven a su lado ¡es el Campeón Hyliano! – Volvió a gritar Selmie.

Faith se conmocionó. Con razón le llamaba mucho la atención. Aunque sus sueños eran muy claros, parte de los rostros de quienes ese día salvaron Hyrule comenzaban a borrarse.

– Antes de tu llegada, la princesa supo de este lugar por Link. Así se llama el caballero – "¿Link, eh?" Pensó con interés la de ojos miel – Y por si fuera poco, ¡fue uno de mis pupilos! Y yo ni sabía quién era. Cuando Link trajo a Su Majestad, hizo oficial el deslizamiento de escudo como un deporte competitivo al quedar anonadada después de ver a Link competir contra otros chicos. Ella misma mandó a construir la pista para evitar accidentes – Selmie parecía casi llorar de la emoción por aquello – En tres días se cumplen ya diez años desde entonces y me invitaron a celebrar en el castillo. Pero…

Faith bajo la mirada. Ahora suponía que le diría que "por favor cuidara la pista", seguro que también la cabaña y otras cosas. Era así, la vida no iba a darle frutos gratis.

– Pero no tengo con quien ir… o a menos que tú quieras a acompañarme ¿Qué dices? Después de todo, la pista es más alegre y más limpia gracias a ti.

Faith se arrojó a los brazos de Selmie con emoción y agradecimiento. Ni siquiera podía creer que algo se le cumpliría justo después de pensar lo contrario. ¿Acaso soñaba? Pero es que el destino al final estaba volteando las cartas. Primero irían a Hyrule, y lo segundo, a raíz de todo, sería con el mismo caballero de aquel recuerdo, el tal Link.

– ¡Claro que iré! – Gritoneó incrédulamente, a la vez que con inmenso y absoluto gozo.

Tal vez la suerte le iría cambiando poco a poco…

Transcurrió uno de los días mencionados por Selmie, cada vez podía sentir más y más ansias. Selmie le dijo que llevara sus cosas más importantes, porque aunque hubiera seguridad y paz, a veces unos ladrones, de un tipo de organización nefasta al que llamaban "Clan Yiga", habían estado merodeando en Hebra.

– Aunque parezca poco convincente, siguen siendo unos ladrones. Les conocíamos por robar en Gerudo a grandes cantidades y matar a sangre fría, pero ahora son nada más que payasos.

– Lo sé, mi padre y yo los conocimos muy bien hace muchos –Comentó Faith con una mueca de desagrado. Y es que si les tuviese enfrente, no vivirían para contarlo. Tal vez medía el promedio de la mujer hyliana, pero los viajes con su padre le enseñaron a llevar el instinto a un grado de defensa, por no decir que enteramente salvaje, bastante peligroso para una persona.

La única desventaja contra algunos, era que ella no estaba precisamente preparada para los combates. Su forma de luchar era más como si estuviera enfrentando osos y no a un hyliano entrenado.

Por aviso de Selmie, la joven metió algunas mudas de ropa a su equipaje, pues le comentaba que estarían ahí una semana entera. Además de sus tesoros. Tomó un tipo de libreta que al parecer era bastante vieja, estaba cerrada con un candado y lo peculiar de esta es que en el cerrojo había una marca muy vieja, parecida a un escudo pero el desgaste dejaba poco claro que era. La metió entre sus cosas. Otra pertenencia más había sido un brazalete que le pertenecía a su madre. Había desaparecido un día, según palabras de su padre, y sólo le dejó eso y una nota que ella jamás pudo leer.

Además de ansiosa, Faith también estaba intrigada de la decisión de su amiga. Y no porque fuese mala, sino porque ella era como la seguridad y mantenimiento de la montaña. Era como dejar a un niño pequeño sin su madre. La montaña de Hebra estaría desprotegida mientras ella no estaba. Si Selmie aceptaba eso, seguramente era porque no se preocupa demasiado, seguro alguien se quedaría cuidando. Posiblemente una brigada de caballeros hylianos, y algunos ornis.

Con las manos ocupadas en la leña, suspiró hondo y pensó en algo más importante. Si la ciudadela resultaba ser tan hermosa como Selmie le contaba tantas veces, entonces no habría marcha atrás, y una vez que todo terminara, se decidiría a estar en Hyrule. Aunque tuviese que hacer trabajos de limpieza o de ayudante. ¿Qué más daba?

Se miró al espejo y sintió que algo no estaba bien. Su ropa… ¿no era demasiado informal? Tomó carrera hasta la cabaña de Selmie nuevamente.

– ¡No tengo absolutamente nada formal que ponerme! –Gritoneó Faith con suma preocupación. Selmie se echó a reír con alegría. Parecía preocuparse demasiado por tonterías.

De un pequeño armario sacó una prenda larga y muy bonita, y unos zapatos, aunque unos eran botas. Era un vestido de alta calidad. ¿De dónde los había sacado? Selmie, como si pudiera leer su mente, contestó su pregunta.

– Resulta que la princesa sabe que por mi vocación no uso ropa formal, y como el evento si es de etiqueta, pues nos ha mandado dos hermosos vestidos como obsequio. Y si, uno es para ti. Le he dado tus tallas. Las botas son para ti, consideré que siempre me has negado la idea de que uses esas cosas que te incomodan tanto – Ante la respuesta, Faith esbozó una ligera sonrisa; era verdad que usar tacones nunca había sido la idea, y teniendo en cuenta el largo del vestido, eso le favorecería la comodidad.

Ahora que recordaba, Selmie había parecido fuera de sí hacía un tiempo, hasta le abrazaba sin razón aparente. Y ahora entendía que esos no eran abrazos. Tomó medidas sin que ella lo supiese. Era una pilla, una pilla muy considerada.

– Recuerda que mañana a primera hora nos vamos a la posta de los Orni y luego esperamos ahí para que nos recojan. Tengo entendido que también están reuniendo a un grupo de jóvenes para algo de los campeones. ¿Cómo ves esto? Es un detalle increíble de Su Alteza.

Faith sabía perfectamente el "asunto de los campeones" Eran los que perdieron la vida en combate. Era obvio que habría nuevos domadores de las bestias divinas.

Con lo del vestido, Selmie lo alzó para sobreponerlo como una medida. El problema con este, veía Faith, era demasiado grande de las caderas y la cintura.

– ¿Qué medida pediste a Su Majestad? – Cuestionó la castaña interesada al ver el vestido.

– Cuando te medí el cuerpo, parecía que medias demasiado. ¿Me equivoque? – Faith asintió con la cabeza. No había remedio con ella.

– La única ventaja de estos es que usan corsé. Así que no te preocupes – Comentó la castaña examinando el vestido.

Selmie pensaba que a pesar de haber tenido una vida de nómada, casi salvaje, tenía bastantes conocimientos. No le dio demasiada importancia.

– Ya es algo tarde. En mi opinión no hay mejor que madrugar – Faith asintió y así como sugirió la rubia y se fue a su casa, dejó el vestido en la cabaña de Selmie, donde se verían la mañana siguiente.

El tiempo transcurrió y entonces se hizo de mañana. Faith salió de su cabaña con la misma ropa invernal de siempre, y se encontró con Selmie en la cabaña como anoche acordaron. Tomaron los vestidos y sus equipajes, y luego salieron.

Además de la pista, la princesa, o al menos cuando aún lo era, había resuelto el problema de los deslizantes, instalando un tipo transportador de personas que ella llamo "El elevador ancestral" con la misma tecnología y algunos materiales comunes. Aquello de "tecnología ancestral", todo había sido sacado de los mismos restos de guardianes y refinado para otro tipo de usos. Con una soberana tan inteligente, era obvio que aquello no iba a tardar demasiado.

Ahora sí, venía lo más cansado. Caminar hasta la posta desde atrás de la villa Orni. Aun hacía frio en el sitio, cerca de la Zona de Entrenamiento. Había que dar toda la vuelta, pero no pasaba nada.

Siguieron el camino a paso normal. Ambas mujeres conversaban un poquito sobre lo que ellas creían que podría pasar durante su efímera estancia en Hyrule. Selmie aseguraba que quizá iba a enamorarse de algún joven hyliano que le doblara la estatura, o sin exagerar, que fuese más alto que ella. Quién sabe. O que tal vez se terminaba quedando en Hyrule. Selmie decía que a pesar de lo bueno que era vivir en la ciudadela, ella siempre había amado la tranquilidad de Hebra, y por ello nunca se había atrevido a quedarse en la capital.

Pero al contrario de Selmie, Faith siempre deseó una vida atareada. Estaba acostumbrada a ella.

No paso demasiado tiempo para tener a solo unos metros la posta, y como no podía ser de otra forma, un carruaje con un trío de soldados, uno de ellos soldado de la guardia, parado justo al lado de la posta, ya las esperaban. El guardia real se distinguía por su armadura que era negra y las de los otros una armadura muy sencilla plateada y con el escudo de la familia real.

El hombre de la armadura negra se levantó al verles y luego saludo con su mano sin quitarse el casco.

– Bienvenidas, señoritas – Comentó galantemente y ofreció tanto ayuda, como el entrar al abrirles la puerta de la carroza.

Selmie comenzó a reírse con picardía mientras que Faith adoptaba más un rol de "señorita" y aceptaba con cortesía la invitación.

– Podrán cambiarse mientras nos preparamos para salir – Las dos agradecieron con un gesto y comenzaron a hacer aquello.

Selmie, por su rubio cabello y sus facciones, fue preparada con un elegante vestido anaranjado, un color que le gustaba bastante, con los hombros tapados pero de una tela transparente.

Faith había sido "bendecida" con una prenda muy cómoda, a pesar de ser un ostentoso vestido de pliegues princesa. El color era un azul intenso y a la castaña le había quedado excelente. De verla todos los días con unas fachas por el frio intenso, a verla vestida de manera tan formal, no tenía palabras. Su vestido no tenía mangas

Anunciaron que estaban listas y el carruaje salió hacía las vías principales para el campo de Hyrule. Un escalofrió recorrió el cuerpo de Faith al sentir que pronto iba a llegar a su destino. Después de cambiarse habían abierto un poco las cortinas para virar mejor el paisaje. Vaya que había cambiado. Hyrule no era lo mismo antes que el día de hoy, y se mostraba por la calidez de lo que había. La gente transcurría más los caminos y tenían sus mercancías a la vista. El crimen había bajado desde el regreso de la princesa y la familia real.

No tardaron mucho tiempo antes de tener algunas cuantas localidades cerca del castillo. Eran pequeñas villas antes de llegar a la ciudadela. Algunas hasta de comercio y turismo.

Pasaron por el reconstruido Altar Ceremonial, de la zona Centro de Hyrule. A simpe vista, era hermoso. Con sus alrededores llenos de una pequeña fuente natural, sus pilares blancos y el piso de piedra con impresiones de símbolos sagrados. Incluso había restos de guardianes, decorados ya por la naturaleza y su impulso a sobresalir entre lo construido por seres inteligentes.

Nuevamente sintió la emoción de ese instante. Ya estaba de nuevo poniendo pie donde todo comenzó para ella. Ahí donde vio al mismísimo héroe hyliano de las leyendas. Un campeón centenario que no era ni de lejos un viejo, sino un joven espadachín. Siempre le dio una enorme intriga saber cómo es que había permanecido tan joven tanto tiempo.

No tardaron en escuchar el atareado ritmo de la ciudadela a las afueras del carruaje. La gente corriendo de aquí allá, y claro, no faltaba menos, adornos del festival para la elección de los nuevos campeones de las cuatro regiones, exceptuando a Hyrule Central, además del décimo aniversario de un deporte ya nacional.

Debido a ello, tuvieron que salir del carruaje, pues no podía atravesar el pasaje, a pesar de la robustez de este. Aunque aquello no molesto a las mujeres, pues de esa manera apreciaban de primera mano lo que les rodeaba.

Selmie estaba total y absolutamente maravillada con la decoración para lo que llamaba "su deporte" mientras hacía el recorrido tomando uno de los brazos de Faith.

Sin embargo, ante tales distracciones no se dieron cuenta ni cuándo ni cómo es que fueron arrebatadas de algunas de sus pertenencias. El meollo también hacia difícil la concentración. Selmie casi sollozaba por el jaloneo hacia su cuello, pues encima había traído consigo un collar de perlas. Ni siquiera los soldados enviados por la reina se habían percatado de la escena, sólo alguien entre ellos.

La castaña salió hecha furia y con uno de sus oídos ensangrentados. Uno de los imbéciles le había intentado arrebatar uno de los aretes que colgaban de sus orejas, pero al hacerlo también provocó que el pendiente bien aferrado a la parte blanda de esta se trozara en dos e inevitablemente sangrara.

La persecución comenzaba a cansarle; a pesar de las botas, el vestido le era un enorme estorbo. Corría sin parar tras del ladrón y en cuanto vio la oportunidad trozó parte del vestido, lanzando lejos la tela en medio del correteo. De esta manera, la joven se sentía más libre.

El hombre, poco astuto, terminó en medio de un callejón. O eso creyó Faith. El desgraciado había ido al sitio a propósito.

De repente comenzaron a salir más hombres con un porte similar: el de un sucio ladrón. Acorralaron a la jovencita, mientras la miraban atentos a sus piernas que estaban descubiertas. Si, sus miradas eran lujuriosas. Una chica tan bella y en esas circunstancias.

Antes de lanzarse a la jovencita, alguien les cayó del techo. Un joven que tenía una mirada amenazante ante la situación y que había presenciado la persecución segundos antes de terminar en ese callejón hediondo.

Los que se habían lanzado de primera instancia hacia Faith habían sido detenidos por el muchacho con un par de golpes sobre el rostro, y algunos sobre el estómago.

Pronto comenzaron a arremolinarse más. En medio de una pequeña distracción estuvieron a punto de clavarle una daga al joven, pero Faith se les adelanto atacándolos con sus manos de una forma sumamente salvaje, en contraste a la elegancia y técnica del muchacho.

Lanzando tanto mordidas como golpes bajos y poco controlados, la joven se deshizo del resto. Los ocho ladrones que los habían atacado estaban tirados sobre el suelo. Mientras que de la parte del misterioso extraño parecían estar fuera de combate, del lado de Faith casi parecían muertos, e incluso se habían aterrado por su forma de contraatacarles. Uno de ellos que aún seguía consiente estaba siendo acechado por ella. Sus ojos tenían una manera de expresarse única. Se veía bien reflejada la ira sobre ellos.

– Fuiste tú… – Comentó la joven con los ojos inundados de furia – Tú hiciste esto – Señaló su oreja ensangrentada – Vas a pagarlo caro, gusano.

Antes de que esta se atreviese a golpearlo, el joven de antes le detuvo una de las manos. El hombre a medio morir terminó desmayado de la impresión. Por otra parte, por fin pudo apreciar bien a su compañero en esa lucha.

Su cabello le llegaba a los hombros, era rubio y alborotado. Sus ojos eran de un color azul poco común. Eran como si del tono ultramarino bajaran al cian. Su tez era lo que se catalogaría como un estándar, mientras que sus facciones eran las de un joven más o menos de su edad, ni muy adulteradas o demasiado jóvenes. Si ese joven tenía su misma edad estaba bastante alto, le adelantaba por unos cuantos centímetros.

No podía dejar de mirarlo, sobre todo por esa expresión en su rostro. Era como si estuviera malhumorado pero a la vez no. Eso le causó un gran interés a la jovencita de cabello castaño. Tanto que no pudo evitar ver un gran parecido del muchacho en el Campeón Hyliano de la leyenda.

De su bolsillo sacó un pañuelo que le colocó a la joven con mucha delicadeza, soltando su mano que había detenido minutos antes de que concluyera su venganza contra el idiota tirado sobre el suelo.

– No se ve muy bien – dijo con una voz un poco ronca. Como si no la utilizara seguido – Además tienes el vestido roto y se puede ver, bueno… – Sus mejillas se coloraron un poco por esto último, como si apenas se diera cuenta del estado de la muchacha.

Como por autor reflejo el joven comenzó a desabotonarse su camisa blanca de mangas largas. Faith estaba entrando en la defensiva, de no ser por qué sintió que sus intenciones no eran con ningún rastro de maldad. El muchacho ni siquiera la observaba. Al terminar extendió su enorme camisa, arropando a la joven con esta. Sorprendentemente le quedaba como vestido, tapándole exactamente partes del cuerpo que saltaban a la vista y este quedándose en una ligera camisa de tirantes, que dejaba expuesta su marcada musculatura. Lo que hiciera el joven le dejaba marcas claras: no se trataba de alguien cualquiera. Faith volvió a pensar en el tal "Link" de la fotografía de Selmie. Incluso por su cabeza llegó la pequeña posibilidad de que fuese algún familiar o parecido.

Faith no se atrevió a decir nada, pero su mirada decía sinceramente "gracias", cosa que el joven entendió perfectamente al sonreír de manera tan discreta que ni él mismo lo notó. No sabía ni siquiera como hablar con un chico tan joven y encima que le parecía bastante atractivo. Se quedó en silencio hasta que unos soldados llegaron acompañados de Selmie.

– ¡Santa diosa Hylia! – pronuncio al ver a Faith en tal estado deplorable. Esta incluso quiso patear a uno de los idiotas que estaba sobre el suelo, pero los guardias le detuvieron. Además de que veían acompañados de otros más para poder llevarse a los ladrones fuera de combate.

Posteriormente la rubia se echó en brazos de Faith con un pequeño sollozo de preocupación. Luego observó que no estaba sola sino, en sus propias palabras, "bien acompañada"

– Me alegró muchísimo lo que hizo por mi querida – dijo Selmie con picardía, tomándole un brazo al muchacho. Este se mantuvo callado y por su expresión Faith dedujo que aquella muestra de afecto de su amiga le estaba incomodando.

Es como un libro abierto – Pensó la joven con una sonrisa en el rostro. Al verla sonreír el joven le prestó atención a ella, mirándole de una forma indescriptible – O tal vez es una portada que aparenta una cosa… y el contenido es muy diferente. – Volvió a pensar la castaña dejando de sonreír de golpe y alejando sus ojos de los de él. Sabía perfectamente que juzgar a la gente no era ni por asomo algo que le gustara, así que se retractó.

– Yo… debo irme – comentó con una sonrisa cortes dedicada a las dos señoritas. Sonrisa que se borró al darse la vuelta para continuar con su expresión seria de antes.

Antes de irse por completo Faith se atrevió a tomarle de un brazo – ¡Espera…! Es… esto… ¿cómo te llamas? – comentó apenas. Ni siquiera sabía qué estaba haciendo sintiéndose inmediatamente como una idiota. El muchacho no pudo evitar sorprenderse por su atrevimiento a detener su paso.

– Me llamo Kain Highwind, señorita – hizo una reverencia y luego continuó su rumbo.

El muchacho con pinta de noble se marchó sin más. Aunque sin que se diera cuenta con la misma duda que Faith en sí misma "¿Qué estoy haciendo?" a medio camino se dio cuenta de una cosa… "Yo no le pregunté su nombre…" suspiró resignado "No importa, dudo mucho que la vuelva a ver así que…" continuó su camino sin mirar atrás.

Que equivocado estaba…