I: LIKE TOY SOLDIERS
Por mi sexto cumpleaños, mi tía Lorraine me regaló un reloj de arena. Al principio lo encontré un artilugio muy…curioso. Ella lo había comprado bajo el pretexto de que adornara nuestra nueva casa de San Francisco, y eso se debía a que sus proporciones no eran diminutas. Lo coloqué en uno de los estantes de la repisa de mi habitación, y allí se quedó. Lo encontraba curioso por la forma en que los granos de arena se iban segmentando y emprendían una marcha cuesta abajo. Siempre era en esa dirección. Entonces no le hallé sentido, pero, unos años más tarde, sí. Nuestras experiencias tienden a ir en el mismo sentido que un reloj de arena. Pueden hallarse en la cúspide, pero tarde o temprano rozan el suelo.
Y, entonces, no hay nada que puedas hacer. Sólo dejarte llevar por la corriente y aguardar hasta que las aguas vuelvan a su curso.
El teléfono móvil sonó en el bolsillo de mis pantalones y, extrañada, acepté la llamada.
-Hola, soy Abby, en este momento puedo atenderte. Sé breve. ¿Quién eres?
La pregunta era lógica. La llamada se realizaba desde un número desconocido, oculto.
- ¿Es que no piensas cambiar nunca ese mensaje de bienvenida, nena? De veras, me pregunto constantemente de quién has heredado la genética.
No hacía falta rebuscar en el cajón clasificador de gente que conocía para lograr dar en la diana con la persona que se había dignado a telefonearme después de media vida sin hacerlo. Aunque suene extraño, a mí no me agradaba tener a mi madre incordiándome por teléfono. No era porque nos llevásemos mal…, sino porque cada minuto que pasaba en Boston con Jacques se volvía aún más majareta. O lo que es lo mismo, creía que los aniversarios de nacimiento consistían en restarse años y no sumarlos.
-Yo tampoco he sabido resolver ese enigma, mamá. Y mira que me esfuerzo –le respondí con un leve sarcasmo en la voz-. ¿Os habéis peleado ya?
-Desde luego, que huraña eres. No, no hemos discutido. Jacques y yo seguimos igual que el primer día.
-O sea, revolcándoos en cualquier zona plana y estable, ¿no?
Rosalie Bradshaw resopló.
-Nena… ¿Por qué me hablas así? ¿No puedes ser un poco agradable con tu madre? Iba a proponerte que cogieras el avión y vinieras aquí para tu cumpleaños…Me gustaría que lo pasásemos juntas.
Sopesé la idea unos segundos. En realidad me moría por ir a Boston. Justin había tenido el privilegio de estar varias noches allí, con motivo de la apertura de un restaurante de la cadena de su padre, y envolvía la ciudad en elogios. Sin embargo, la simple y vaga idea de permanecer anclada a una pareja de cuarenta y nueve años que aún soñaban con tener quince, restaba puntos a Boston.
-Qué va…, no puedo. Los chicos van a hacerme una fiesta sorpresa.
- ¿Y cómo es que la sabes si es sorpresa? –se extrañó mi madre.
Me incorporé de la silla con la función de dirigirme hacia uno de los ventanales del edificio, contemplar la ciudad que se abría bajo mi mirada y distinguir las playas a lo lejos.
-Porque nadie es capaz de esconder un secreto en California, mamá.
Unos días antes, quizá, la cosa se veía más clara y menos confusa que después de los acontecimientos. En ese instante, los relojes de arena de mis amigos estaban quietos, en paz. Pero ese sosiego no iba a tener demasiada duración. Pronto alguien volcaría el reloj y los gránulos caerían de nuevo. Y, mientras tanto, la caída libre seguiría en alza.
Todos los martes después de las clases nos reuníamos para almorzar en Dunkane, el restaurante del padre de Justin. El primero en llegar tenía que coger mesa y pedir la comida de los demás, a modo de juego y atrevimiento. Cuando aterricé en el restaurante, vi en la puerta a Rachel, la novia de Alex, uno de mis mejores amigos.
Y, al verla tan asustada, quise confiar mi instinto a un leve retraso o despiste.
- ¿A qué viene esa cara? –la saludé, tras despojarme de las gafas de sol.
Rachel esbozó una sonrisa nerviosa y ligera antes de pasarme una carta doblada en cuatro partes.
-Es de Alex. La ha dejado en la mesita de noche esta mañana.
- ¿Así que ya habéis dado el paso, eh? –dije para romper el hielo- Vaya, pues sí que estáis compenetrados.
Puse énfasis en la última palabra, con la intención de arrancarle una carcajada a Rachel, aunque fuera embarazosa la situación. No obstante, lo único que logré fue desestabilizarla aún más y hacer que se apoyase con los brazos cruzados en el alféizar de una de las ventanas.
-Léela.
Le hice caso. Y fue el peor de mis errores. Alex decía que se marchaba una temporada a Australia. Que necesitaba descansar y relajarse. Que la vida que llevaba se le echaba encima y le venía grande. Que quería huir. Y lo que más subrayó fue una frase, escrita con otro color.
"No me llaméis. Y…, perdonadme."
-Australia, Alex, canguros. No me pegan nada. –opiné para quitarle baza al asunto.
A ojos de Rachel yo me lo había tomado muy bien, e incluso supe que pensaba que lo veía normal. El caso era que se trataba de Alex. Y, entonces, me pertenecía.
- ¿Ha llegado alguien más? –quise saber, mirándola con curiosidad.
Rachel negó. Me extrañó que ninguno de mis amigos apareciera en el Dunkane. A pesar de todo, eran diez minutos más tarde que la hora habitual. Decidí entrar con ella y pedir nuestras comidas, rompiendo cualquier costumbre que tuviésemos en mente.
Aunque parezca estúpido, las decisiones más inesperadas nos generan una sorpresa irrevocable. Sin embargo, quizá ese sobresalto se deba traducir en el poco conocimiento que tenemos de una persona cercana. Esa sensación experimenté en cuánto les comuniqué al resto de amigos la noticia. Alex y yo éramos uña y carne. Amigos hasta la muerte. Y no existía forma alguna de corromper esa unión. Hasta entonces.
-No me lo termino de creer, que quieres que te diga.
Catherine y yo proseguíamos con el tema la noche siguiente a que nos enterásemos. La tradición de reunirse en los apartamentos ajenos para cotillear todavía no había sido exterminada por el paso de los años. Continuábamos parloteando de lo que nos sucedía, a ritmo de soul y con la comida asiática entre manos. Una diferencia principal era el menú. Ella prefería la comida japonesa y yo la china.
-Es que…Dioses, Alex, es tan… ¡Alex! –gritaba a pleno pulmón, con la función de sobresalir por encima del volumen de la música.
-Vale, me quedó claro. –le recriminé, bajando el volumen y acudiendo con ella al sofá, echándole un ojo al reloj de cuándo en cuándo, ya que habíamos preparado tarta de queso-. Es que…de veras, no se me ocurre ningún motivo por el que pueda haberse ido.
Cat arrugó la nariz. Le pellizqué el hombro para que me lo contara y me indicó el plato de sushi que tenía entre las manos.
- ¿Frío? –dije al azar.
Asintió, dejando reposar el sushi en la mesa y centrándose en la música que sonaba. Joss Stone, You had me.
-Oye, esto…, Abby. ¿Qué es eso de You had me? ¿No deberías escuchar algo así como No one de Alycia Keys? ¿James Blunt?
Hice una mueca y le tiré el mando al costado.
- ¿Por qué dices eso? –le contesté, riendo entre dientes- Venga, vamos…, suéltalo.
-No sé, Abigail… ¿Quizá porque estás saliendo con alguien y ya van más de seis meses?
Definitivamente, el cojín me resultó lo más apropiado para dar en la diana de su cara. Ella se quejó, pero yo empecé a reírme. Estábamos inquietas por Alex y, de pronto, me saltaba con un tema totalmente diferente. Una mezcla de protección desinteresada que le agradecí con una respuesta que estuvo cargada de burla.
-Sí, pero eso no implica que esté enamorada. William es un buen tipo, nada más.
El sushi se quedó en el aire. Catherine iba a cogerlo y se detuvo.
- ¡Pero si es el mejor tío que has conocido, Abigail! ¡Con el que más estás durando! Cuando se está tanto tiempo, es por una razón fuerte. Y a nuestra edad, eso se llama amor.
-O sexo.
Aunque ella no iba a darse por vencida con mi respuesta. Cat, a veces, era tan cabezota que no cesaba de argumentar y explicarse, hasta que viese que su interlocutor retrocedía en su versión original.
-Abby, créeme, por el sexo nadie dura seis meses. Abundan los tíos que se dedican al sexo y lo valen.
-Pues que llamen a mi puerta, que les abro encantada. –resumí, queriendo zanjar la conversación.
No obstante, esa noche era para las sorpresas. Al decir esa frase un revoltijo de adrenalina movió mi estómago hasta que me di cuenta de lo que había sucedido realmente. Alguien había llamado al timbre. Y esperaba al otro lado.
- ¿Te imaginas? Ahora aparece el sexo esperado. Buf, no sé qué haría. Dejártelo a ti sería demasiado duro.
-Hola, preciosa. –saludó William, dándome un sonoro beso en los labios-. No sabía si estarías en casa a estas horas.
Hice un aspaviento con la mano, invitándole a pasar mientras entrelazaba nuestros dedos. Catherine seguía en el sofá, curiosa de nuestros movimientos, y no dudó en incorporarse cuando nos adentramos de pleno en la casa. Sus rizos dorados se movieron al alzarse bruscamente, y sus labios esbozaron una sonrisa llena de burla al vernos de esa guisa.
- ¡Desde luego! ¡Aunque acabábamos de cenar…! –saludó, besándole en la mejilla.
-Hola, Cat. Hacía un montón que no te veía.
William pasó la mano por su cabello con la intención de despeinarlo, amoldando sus mechones azabaches. Le besé en el cuello y noté como aumentaba el brillo de sus ojos verdes.
-Pero ella ya se iba, ¿no es así? Tiene que hacer una tesis y todavía le queda.
Creí haber resultado poco convincente, pero me dio igual. Sólo buscaba un rato a solas con mi novio oficial. A expensas de los contenidos que iban a existir dentro de esa condición.
-Oh, vale. Sí, es verdad. Tengo una tesis sobre la pintura barroca y, sinceramente, no tengo ni la más remota idea. ¡Nos vemos mañana!
Casi escapó por la puerta de casa, y me dio lástima dejarla ir de esa forma. Con Will no había soul ni risas, ni cojines, ni mandos a distancia. Sólo sexo. Y más sexo. Hasta que se agotaba el repertorio de sábanas y, entonces, huíamos a la ducha. Siempre el mismo plato. Y no lo aborrecíamos.
Will me enroscó con sus brazos, adhiriendo nuestros cuerpos. Fijó sus dulces ojos verdes en mi boca, imaginando las caricias que nos dedicaríamos con los labios minutos más tarde. Enterré mis manos en su cabello azabache, atrayendo su boca hacia la mía para fundirlas en un beso pasional, atrevido, salvaje. Ardiente. Todos nuestros besos eran de la misma forma, nunca se tornaban dulces ni tiernos.
- ¿Probamos en el suelo? Dicen que estimula la espalda… -ronroneé en su cuello.
Will soltó una risita, obligándome a separarnos.
-Podríamos terminar esa comida china antes, ¿no? Y luego…lo que surja.
Ya. Eso era una típica señal en los tíos. Lo que surja. Y una porra. William estaba tan cansado de pasarse el día entero encerrado en la universidad, dibujando planos y geometrías, que lo que más le apetecía era ponerse ciego de comida y dormir la mona. Acepté, a regañadientes, pero con un efecto con el que él quizá no contaba. Algo que realmente ayudaba a conseguir los propósitos. El perfecto aliado de una mujer: vodka. La mejor importación realizaba de los confines rusos, la mágica combinación para una noche caótica y sexual. Un toque exótico, sumado a la cena, que iba a concebirse como el mejor de los placeres.
- ¿Cómo puede gustarte esta especie de…pollo? –gruñó Will, fulminando al trozo de comida que tenía clavado en el tenedor-Es totalmente…desproporcionado.
-Bueno, ya sé que no es una figura asimétrica con respecto al eje, pero al menos es algo. Deja ya de buscar los siete errores a cada cosa.
Encendió la tele. Un partido de baloncesto. Me serví Vodka en un vaso e hice lo mismo que hacía siempre: enseñar el envoltorio y esconder el caramelo. Bebí delante de él, obligándole a que se viera tentado por el alcohol. Le tuve que servir una copa a los pocos segundos. Finalmente, apagué la televisión y encendí el equipo de música. Falling, de Alycia Keys, sonó en el estéreo.
- ¿Por qué lo quitas? Estaban retransmitiendo un partido de los Raptors…
-Porque me apetece más el soul con un poco de Vodka y comida china. ¿No te resulta… -me aproximé suavemente a su cuerpo, desviando la mirada a sendas zonas de su anatomía-…exótico y…afrodisíaco?
La naturaleza del hombre no está habituada para evitar las tentaciones. Resulta extraño. No fue Adán quien mordió la manzana, sino Eva. Y míranos. La mujer está en la cúspide de la escala de las especies, mientras que el hombre se sitúa por debajo. ¿Inteligencia frente a instinto? Todas las razas poseen al eslabón más débil. Amo mi género. Y también a los hombres. El hecho de la manzana me da que pensar en que todavía queda algún hombre inteligente en la tierra, capaz de retraerse frente a las tentaciones.
-Eres increíble. –siseó Will en mi cuello, besándolo-. Acepto tu proposición…, aunque sea indecente.
Oh, oh I've never felt this way. How do you give me so much pleasure...
No vi a Rachel el día siguiente. Y tampoco los demás. Sabía que estaba preocupada por Alex, pero no contestaba ni a mis mensajes. Quizá fue eso lo que me alentó a ir a su casa. Tuve que salir aprisa de mi edificio de apartamentos para tomar el metro hasta la zona norte de San Francisco. Alex había mencionado más de una vez lo lujosos que eran esos adosados que presidían la playa con ahínco. A pesar de que nos encontrábamos en el mes de marzo, el buen olor a sal marina se intuía en cada recoveco de Los Ángeles.
El adosado de Rachel estaba adornado por unos cuantos rosales y jazmines. Al parecer había alguien en la familia al que le gustaba la jardinería. La casita, de dos plantas y jardín exterior, se presentó como el rincón de la nostalgia.
Me extrañó que, a pesar de ser por la mañana, no me abriese Rachel. Una chica de unos pocos años más que yo fue la encargada de notificarme que no estaba en casa.
-Habrá salido a airearse por el paseo marítimo o qué se yo. Tengo mejores cosas que hacer que vigilar a una niña.
- ¿La única neurona que tienes se ha ido a hacer la permanente, o qué?
Lancé un bufido. No esperaba a la típica superficial de hermana de alguien tan noble y amable como lo era Rachel. Simplemente, no pegaban.
Me marché con mal sabor de boca. Lo que menos quería era volver a casa y no conseguir tener noticias de ella. Estaba preocupada. Decidí llamar a Justin por si había recibido algún que otro mensaje de Alex, pero sus palabras eran contrarias a mis pensamientos.
-Oye, ¿sabes algo de Rachel? –le interrogué, por si acaso.
-No…pero estoy inquieto por Helena. No la veo desde el martes ni responde a mis llamadas. La verdad es que no sé donde puede haberse metido.
Percibí la preocupación de Justin por su novia y sentí un nudo en el estómago. Si William desapareciera de inmediato, ¿me sentiría de la misma forma? ¿Llamaría a mis amigos por si tienen noticias de él o buscaría un sustituto?
-A lo mejor está en un cásting.
Helena era muy dada a las pruebas de acceso para actuar en cualquier serie o película. En Los Ángeles se trataba de un trabajo muy solicitado y, casi siempre, asegurado. Ella gozaba de un buen físico y si ponía algo de su parte, probablemente la contratarían para cada papel.
-Sí, tienes razón. Quizá por eso me sale que está apagado. A lo mejor no tiene cobertura.
-No te preocupes…Oh, y si ves a Rachel o sabes algo de ella…, por favor, llámame.
Le colgué. Descendí hacia el paseo marítimo y encontré una imagen que me devolvió las ganas de marcharme. El sol encaramado entre las montañas ocupaba una imponente posición frente a las turbulentas y cálidas aguas del Pacífico. La idea era acercarme y acomodarme en la arena durante un tiempo, con la música en los oídos proveniente de mi mp4. Esa mañana sólo tenía dos clases y ya me habían ocupado la mitad de la mañana.
Sin embargo, mientras mis pies accedían al movimiento, descubrí algo inquietante. Una pareja, a lo lejos, se entregaban mutuamente con los labios. Él le acariciaba el cabello mientras ella le sostenía la cintura y ascendía hasta que sus dedos rozaron sus hombros. Sonreí. El amor parecía estar en todas partes. Iba a volverme, pero un desliz me hizo quedarme allí. El teléfono móvil se me resbaló de las manos en el instante en que fui consciente de las dos personas que se hallaban frente a mí.
Mis ojos se adaptaron a la situación y fueron capaces de divisar a un conocido y a un extraño dándose el lote en medio de la arena, bajo un sol abrasador, mientras que alguien les observaba y rompía la burbuja.
Noté como la respiración se me aceleraba al ver que se trataba de William. Le reconocí por el característico brillo de sus ojos verdes, el azabache cabello contrastando con su pálida piel. Tragué saliva y me convencí de que lo que estaba viendo eran solo alucinaciones. Deseé estar ciega, borrar cualquier visión y hacer oídos sordos de lo que veía. Pero no pude. Los dos se separaron y entonces pude ver quién era la otra persona. Deshicieron la unión entre las bocas para romper mi vida.
Sí…, debía tratarse de un efecto óptico.
Un efecto óptico me anunció que ese chico era mi novio, con el que llevaba seis meses acostándome y compartiendo vivencias.
Un efecto óptico hizo que nuestras miradas se encontrasen por un segundo, y que la culpabilidad brillase en el ambiente.
Un efecto óptico me susurró que esa chica era Rachel, la novia de Alex.
Y, una ira sobrenatural, me obligó a golpear el primer bidón de basura que encontré. Al cabo de unos pocos segundos comenzó a dolerme la pierna y tuve que eliminar esa forma de desahogo. Vi cómo William se levantaba de la arena y corría hacia el paseo marítimo. No, no podría soportar sus palabras. Ha sido un error, te juro que no quería que pasara.
- ¡No querías pero bien que le metías la lengua hasta la campanilla, imbécil! –grité, a pesar de que él estaba a varios metros de distancia.
Huí hacia la boca de metro. No quería entablar una conversación con él. A veces me gustaba estar sola por el simple hecho de que así me dedicaba un tiempo a pensar con claridad. Si mantenía una conversación telefónica con alguien y le contaba mis experiencias, tendían a aumentar el índice de preocupación. Quizá por esa razón me gustaba coger el metro para cualquier tipo de transporte y no solía molestar a nadie con mis problemas. Era una norma de rigor para mantenerte estable en el mundo.
Llamé a Alex. Estaba segura de que le gustaría oír más de una cosa. Pero no lo cogió. Quizá yo también debería huir a Australia, con los canguros.
Catherine dijo que tenía que enamorarme de William, que era un tío legal. Lo irónico del caso es que no sentí dolor, sino más bien rabia. Como cuando tienes un objeto que te pertenece y, de buenas a primeras, se te rompe. Cuando eres una cría, lloras. Cuando eres mayor, comprendes los hechos y los aceptas, aunque sientes furia por no haberlo sabido manejar. Algo semejante me ocurría. Sentía rabia de no haberle aportado lo necesario. O quizás de haber dado más cosas de lo que él pretendía.
Sí…, nunca estuve enamorada de él. Sólo del sexo.
Y no era muy difícil encontrar a alguien que me lo aportara si se trataba de una chica guapa, atrevida y sensual como yo.
Supe que iban a hacerme una fiesta sorpresa por mi cumpleaños por culpa de Catherine. Al enterarse de lo que había hecho William, quiso quedarse en mi apartamento. No supo que, su fallo, estaba en ser la organizadora principal de la dichosa fiesta. Le llegó el estúpido mensaje de confirmación de Justin, diciendo que estaba todo listo para el sábado. No era muy difícil averiguar si el motivo era ése o no.
Quiso que saliéramos de copas, y no me opuse. Más que nada porque necesitaba a alguien que me alegrara la vista…y el cuerpo.
-Oye, Abby, vamos en tu coche. El mío lleva siglos estropeado y en el garaje.
Le puse una mueca.
- ¿Qué ocurre? –inquirió, arrugando el ceño.
-Alguien tiene que revisarle el motor.
Catherine se llevó las manos a la cabeza y miró el reloj, acto seguido, para asegurarse de que íbamos a llegar tarde a nuestra cita con los amigos universitarios.
-Bueno, no pasa nada, llamaré a mi hermano a ver si su amigo puede acogerte mañana en su taller. Pero de mañana que no pase, ¿eh, Abby? ¿Cuántos siglos hace que no coges el coche? Si tu mini es lo más precioso que existe…
-Ya, pero el mantenimiento es muy caro.
Catherine frunció el ceño.
-Siempre igual de quisquillosa. Bueno, venga, vamos. ¿Lista para comerte el mundo?
-Nací preparada. –argüí, tomando mi abrigo y saliendo de la casa.
Llegamos a The Blond Moon, un bar de copas donde dejaban entrar a cualquiera que midiese más de un metro y tuviese apariencia adulta. Más de una vez me había tropezado con niños que debían estar en primero de instituto y me miraban con ganas de marcha. A mí me encantaba el sexo, no obstante tenía mis límites. Mis amantes no podían tener menos de diecisiete años. Era una regla sagrada, intocable.
- ¿A quién le has dicho de venir? –le pregunté, entre el gentío y las voces, cruzando los dedos para que no fuesen los risueños de Historia del Arte.
-Richard, Harry y Chris.
Estupendo. Los tres que estaban colgados por ella, como no.
-Oh, y creo que van a traer a un tal…Trent Sparks. No tengo ni idea de quien es, ¿te suena el nombre?
Negué. Vaya, eso sí que era una sorpresa. Sólo esperaba que fuera buena. Nos dirigimos hacia la zona más apartada de la pista de baile y de la barra. Un rincón bordeado de cortinas que discernían a cada mesa con su respectivo sofá. Catherine y yo nos amoldamos, pendientes de aquéllos que estaban por venir.
-Les dije que vinieran a las doce para ganar nosotras un poco de tiempo. Son menos diez, así que… ¿Te pido algo?
-No, prefiero que venga el camarero con la carta.
Catherine hizo una mueca.
-Abby, parece que no has venido nunca a un bar de copas de San Francisco. No va a venir ningún camarero. Tienes que moverte. ¿Adónde ha quedado esa independencia de la mujer con respecto al hombre?
Le terminé haciendo caso y le pedí un Vodka. Me estaba aficionando a esa bebida rusa y no lo quería admitir. Aunque hacía daño recordar la noche pasional que tuvimos Will y yo. Todo para que el mejor sexo de mi vida quedase hecho añicos. Era joven, y me merecía un poco de sufrimiento. A fin de cuentas, no estaba ni un poco enamorada de él.
William era sólo un año mayor, aunque aparentaba más. Quizás solo buscaba cobijo y se refugió en mis brazos. Y Rachel era un plato fresco. Niña que recién acaba de cortar con su chico cae en manos del novio de la amiga de su chico. Un divertido trabalenguas donde yo, desgraciadamente, formaba parte.
-Mira a quién me he encontrado, Abby. –exclamó Cat, riendo entre dientes.
Alcé la mirada y me tropecé con los cuatro chicos. Debían ser Richard, Harry, Chris y el tal TrentSparks. No sabía identificar a cada uno con los nombres, así que opté por presentarme como si Catherine no me hubiese mencionado nada.
Descubrí que Richard y Harry eran los dos rubios, Chris era el moreno de piel con el cabello oscuro –parecía hindú-, y Trent Sparks era un tipo sencillo, corriente, de cabellos castaños y ojos marrones. Nos acomodamos en el sofá, y vi que éstos ya traían bebidas.
- ¿A qué universidad vais? –interrogué, queriendo sacar conversación.
Richard fue el primero en contestar.
-Yo estoy en tercero de Arquitectura. Voy a algunas clases con William, tu novio.
Deseé haber cerrado el pico. ¿Por qué tenía que estar siempre en mi cabeza, si ni siquiera estaba preocupada por lo que había sucedido, ni dolida, ni triste? ¿Por qué el mundo se empeñaba en recordármelo a cada instante?
-Yo me metí en Empresariales, pero luego me pasé a Económicas. Son dos carreras muy distintas, aunque parecen iguales. –dijo Harry, el otro rubio.
El chico que se asemejaba a un hindú no quiso responder, negando con la cabeza, y entendí que era porque estaba asimilando el alcohol.
-A mí siempre me han gustado las artes plásticas, así que me metí en Bellas Artes. Creía que no haríamos nada práctico, pero me asombra la cantidad de cuadros que llevamos.
-Sí…, Chris es un mago con la pintura. –apuntó Catherine.
-No sabía que conocías tan bien a estos chicos, Cat –le piqué, enarcando una ceja-. Y bueno, George, ¿tú?
En cuánto formulé la pregunta, vi cómo jugueteaba con la sombrilla que le habían colocado en su cóctel, y cómo desviaba la mirada de una zona a otra de la discoteca. Fingía no haberme escuchado. Le piqué al hombro, recordándole mis palabras, y finalmente accedió.
-No estudio; soy mecánico. –musitó, con timidez.
Quizás pensaba que nos llevaríamos las manos a la cabeza, o que nos echaríamos a reír porque no estudiaba ninguna carrera. No obstante no conocía las ganas que yo tenía de arreglar mi coche y acabar con el ruido que generaba el motor.
- ¡Estupendo! ¡Necesito alguien que entienda de coches! ¿Podrías, dentro de un rato, salir conmigo a echarle una ojeada al motor?
El rostro de Trent se iluminó, como si hubiera dicho las palabras mágicas.
-Sí, sí, claro. Pero antes quiero beber un poco más.
Me dedicó una sonrisa pícara. Oh, la, la. Abigail Spence ya había capturado a su nuevo objetivo, con nombre masculino y rasgos aniñados.
¿Estaba Trent Sparks listo para la erupción del volcán Spence?
-A ver, prueba a arrancar de nuevo.
El ruido atronador espantó a la muchedumbre que se agrupaba en torno a la placita donde nos hallábamos, justo donde aparqué el mini azul. Salí del mismo debido a las indicaciones que Trent me hizo.
Pocos segundos más tarde, se quitó la camiseta, empapada en aceite. Me mordí el labio, y comprendí por qué Eva sucumbió a la manzana. ¿Quién no iba a hacerlo, teniendo semejante escultura enfrente? El mecánico lucía un pectoral espectacular, de eso no cabía la menor duda, y no vacilaba en demostrarlo. Varias chicas se aproximaron hacia donde nos hallábamos. Trent maquinaba con una llave inglesa en alguna zona del motor; por suerte llevaba conmigo en el maletero la caja de herramientas que mi antiguo novio, George, se dejó olvidada mientras arreglaba su moto.
Apoyé mi mano en su hombro, queriendo conocer los detalles de su inspección. Y, si él lo deseaba, me ofrecía a contarle los de la mía.
-Parece que es problema del generador, así que no te preocupes. Sólo tienes que pasarte por el taller y así te lo arreglan mejor. Es que…sólo puedo prolongar la vida del generador.
Nuestras miradas se enfrentaron y en sus labios vi la sorpresa de no entrever una distancia tan nimia, tan suave, de tan pocos centímetros. Noté como el corazón se me aceleraba. Estaba roto, destrozado. William había sido un simple polvo, pero formó parte de mi vida y dolía hacerlo desaparecer como si nada. A pesar de sentirme muy atraída por él y de leer en sus ojos el ferviente deseo que recíprocamente nos comunicábamos, no le besé.
Volteé mi cuerpo y agaché la cabeza, avergonzada. Me estaba dejando llevar por los impulsos y, por lo general, eso no debía ser malo. No iba a tener remordimientos de conciencia porque William y yo ya no estábamos juntos. Así que no existía impedimento para ese beso. Sólo que, en mi cabeza, no había cabida para alguien como él.
Se veía tan bueno, tan amable, tan…
- ¿Quieres entrar? –me sugirió, colocándose de nuevo la camiseta-Yo creo que me voy.
-Adiós. –musité, sin girarme a verle.
Había una punzada en el estómago que me obligaba a perecer de espaldas, quieta, sin voltearme para despedirme en condiciones del chico que acababa de conocer. Sin embargo, mi corazón latía frenéticamente porque mi fuero interno se moría por fundirse con ese chico. Por entrelazar nuestros cuerpos y avanzar hasta el éxtasis.
Pero en sus ojos no vi lujuria, sólo bondad. Y aunque los demonios no solían tener piedad con los humanos, yo la tuve.
No…, Trent no merecía que alguien como yo le utilizara de kleenex. Quizá Richard, el gilipollas que se atrevió a nombrar a Will. O Harry, el economista que nunca usa un coche sino que va en bici a todas partes. Chris, el casi hindú, amante de la comida picante y los bailes. Todos ellos merecían un hueco en mi cama porque no eran dignos de estar en mi lista de personas aceptables a conocer.
Y Trent Sparks era un chico atrayente para conocer.
La diferencia entre una fiesta sorpresa y una cena de cumpleaños era simple. En la primera tu cara es un completo cruce entre el personaje de Nelson de Los Simpsons y el abuelo de Heidi. Para empezar, optas por soltar la carcajada más nerviosa y absurda que existe en el repertorio de tus cuerdas vocales. Y, para finalizar, te enfadas con los allí presentes porque el dinero gastado en tu nombre es desconsiderado.
Una cena de cumpleaños organizada por ti es simplemente una llamada telefónica al primer restaurante que encuentres en la guía. Lo máximo gastado son treinta euros. Y disfrutas de una velada con la gente que quieres ver en ese día tan especial.
Sin embargo, en mi veintiún cumpleaños no supe qué estaría mejor.
Catherine me puso una venda blanca en los ojos, a modo de súper broma típica de la amiga que quiere tomar protagonismo en la fiesta mediante un chiste sin gracia alguna. Me tropecé con varias mesas y predije que, a lo sumo, diez hematomas me saldrían en diversas zonas del cuerpo. Sin embargo, a Cat le hacía demasiada gracia.
- ¡Sorpresa! –gritó, rebosante de felicidad.
Había algo que no cuadraba. ¿Por qué aquella habitación continuaba estando blanca?
-Catherine, ¿no crees que mi blanca e impoluta visión impide que vea la preciosa estampa de cumpleaños que habéis estado organizando? –en seguida me la quitó, dejándome un pleno de todas las personas, desconocidas y no tanto, que se hallaban en el Dunkane-. Guau, esto sí que es un festín.
Justin fue el primero que vino para abrazarme y felicitarme. A pesar de que no éramos los más amigos, siempre nos teníamos el uno al otro. Agradecí el gesto de hacerlo en su restaurante. A fin de cuentas, comenzaba a formar parte de nuestro pequeño grupo de amigos. El emblema que nos caracterizaba.
-Felicidades, pequeña –saludó en mi oreja-. Tengo una sorpresa en la cocina, ¿quieres verla?
-Oh, dioses, los regalos todavía no. ¡Deja que pase el tiempo!
Justin enarcó una ceja e ipso facto rompió a reír.
-Bueno, bueno, como quieras. Luego no te quejes, ¿eh?
Hice caso omiso a sus palabras y me dispuse a dar una vuelta por el local. A medida que iba caminando, me encontraba a personas que se me presentaban y me felicitaban. Otros me daban la enhorabuena, como si se tratase de una boda. Agradecí que vinieran tantos a mi fiesta, aunque hubo una excepción. ¿Cómo se atrevía? Después de...eso.
- ¡Hola, Abigail! –me saludó Helena, la novia de Justin, del cual venía agarrada- Espero que te guste nuestro regalo. Te espera en la cocina.
-No le deis tanto bombo que al final me lo voy a terminar creyendo.
- ¿El qué? ¿Qué tenemos regalo? –discutió Justin.
Hice un aspaviento con la mano. A él nunca se le olvidaban esos compromisos.
-No, que realmente sea bueno.
Los aparté con una sonrisa y me dirigí hacia mi punto clave. Dioses, se merecía un buen discurso. Oh, mierda, ¿qué le iba a decir? Más de una cosa, por supuesto…
- ¡Abby, ven aquí! –me arrastró Catherine a la otra punta del restaurante-¿Cómo es eso de que te vas por tu cuenta? Valiente cumpleañera. Mira, voy a presentarte a un tío loco por los animes y los juegos de rol. ¿Tú crees que tendré oportunidades con él?
Arrugué el ceño, confusa.
-Catherine, ¿tú a quién has invitado a mi fiesta? ¿Y sabes lo que significa "anime" o "juegos de rol"? Dudo que te dieses cuenta de que Gokku no era un dulce japonés, sino un personaje de unos dibujos animados.
-Joder, que sí lo sé. Hay un juego muy divertido que se llama "Tótem" y…
-Vale, vale, lo siento. ¿Cuál de ésos es? –me interesé, intentando arreglar la solución.
Me lo susurró al oído. "El de negro".
-Cariño, hay decenas de personas masculinas que van de negro esta noche. ¿Podrías ser más explícita?
-Calla ya, que siempre me pones nerviosa. –cuchicheó, dándome un codazo en el costado-. Espero que te haya dolido.
Nos arrastramos hasta la zona donde un conjunto de personas que vestían de negro –en su plenitud- conversaban a cerca de unos términos que yo no alcanzaba a comprender.
-Hola, chicos. Ésta es la cumpleañera, Abby. –presentó Cat, lanzando una mirada al que intuí que era el que le gustaba.
Uno normal y corriente: cabello oscuro y ojos marrones, que llevaba una camiseta poco común de HIM. Dioses, ¿de dónde se había sacado Catherine a esos personajes? Vale, sí, había escuchado un poco de ese grupo, pero no era tan fanática como para adquirir una camiseta de veinte pavos vía Internet. Aunque respetaba a los freaks.
-Estos son: Mark, Albert, David, Rose y Michelle.
-Encantada. ¿De qué hablábais?
Los chicos se dirigieron una mirada entre ellos y las chicas rieron por lo bajo. No comprendía la razón de esas risas. ¿Acaso había dicho algo fuera de lugar?
-De Kaname-sama. –se atrevió a decir una de las chicas.
Fruncí el ceño, soltando un bufido.
- ¿Qué es eso, una postura del kamasutra?
Uno de los chicos se subió la montura de las gafas, que ya le rozaban la punta de la nariz, y se dedicó a informarme de manera intelectual.
-No, es un personaje del anime Vampire Knight, cuyo personaje principal es ése, Kaname, pero los japoneses les añaden sufijos a los nombres. Y como Kaname es un adulto, se le apoda –sama al final.
Estaba en el mismo ajo que antes, sin pajolera idea de lo que hablaban esos chicos. Me acordé de que tenía aún algo entre manos y me marché a la barra. Aquel momento me había desestabilizado, aunque también despejado. Dejé a Catherine y a los freaks solos a su libre albedrío. Reprimí una carcajada mientras caía en la cuenta de que quizá estuvieran manteniendo la misma conversación. Y, entonces, Catherine debía hacer uso de su ingenio para sobrevivir. Sentí curiosidad, aunque la palié en un vaso de Vodka. Bendito Vodka.
-Hola, Abigail.
Antes de voltearme y terminar golpeándole la mejilla, decidí controlarme y expulsar a mi parte demoníaca de mi cuerpo. A ver, éramos humanos. Lo habitual es ser perros en el amor y no practicar la fidelidad. Es un hecho. Los humanos estamos para fabricar errores y cometerlos hasta la saciedad.
Sin embargo no pude controlar mi ira al verle. Esbozaba una sonrisa y mis puños desearon que se torcieran sus labios. No quería verle feliz.
-Will, ¿qué se te ha perdido por aquí? –increpé- ¿No deberías estar en brazos de ésa que decía ser novia de mi amigo?
-Abby, espera, déjame que te cuente.
- ¡No quiero saber nada! –me esforcé en no alzar mucho la voz, aunque con la música no era una tarea imposible-Más te vale hacer desaparecer tus cosas de mi apartamento sin que tenga verte.
Intenté bajar del taburete con el vaso de Vodka en la mano para luego huir en medio de la pista, pero él me aferró del antebrazo y me obligó a voltearme. Estaba enfadado. Lo olía. Los hombres no suelen perder el control de esa manera frente a una mujer. O debía estar sumamente arrepentido o había en su interior un secreto que se moría por exteriorizar.
El giro provocó que el contenido del vaso se volcara en mi vestido blanco.
- ¿Ahora esto quien lo lava? Tú no, desde luego, porque ya no pisas mi apartamento ni en pintura.
-Abby, ¿quieres hacer el favor de escuchar a alguien que no sea tu propia cabeza por una vez en tu vida?
El tono de su voz me indicó que estaba explotando. El huracán William salía a flote. Él, que siempre parecía un tipo paciente y amable, calmado, ahora se mostraba como el peor de los hombres. ¿Realmente éramos para el género masculino una auténtica perdición?
-Suéltalo. –murmuré.
-Lo que has visto hoy no tiene sentido –rodé los ojos al escucharlo-. Sí, ya sé que todos dicen lo mismo, pero es verdad. Besé a Rachel porque la vi mal y…Pero, me confesó algo. Y quiero que lo sepas. Vamos, creo que es conveniente que…
- ¡Al grano, William! –le espeté, perdiendo los nervios.
No quería continuar mirando a la cara a ese gusano que un día se coló dentro de mi cuerpo y me hizo temblar de dulzura, de caricias prohibidas, de lujuria.
-Rachel ha recibido una llamada de Alex.
- ¡¿Qué?!
Se me desencajó la mandíbula. ¿Alex?
-Fue hace cinco días. Cuando nos viste, ella…, ella me confesó que la llamada había sido muy dura. Alex se mostró poco receptivo a responder a sus preguntas. No está en Australia, sino en otro sitio. No ha querido decírselo a Rachel. La ha dejado, Abby. Dice que nunca ha estado enamorado de ella y que no tiene tiempo para relaciones a distancia.
-No…, eso no puede ser verdad. Alex nunca diría eso…No…
-Rachel me pidió que llevara el caso a mi padre. Nunca te lo he dicho, pero se supone que estos oficios son secretos. Ella quiere que un detective privado indague en la desaparición repentina de Alex, e intente ubicarle. Se conformaría con saber que está bien.
Se suponía que yo debía ser el soldado que nunca perdía la compostura, que siempre era el líder y mantenía a raya los problemas. Se suponía que era una chica fuerte. Pero a veces tenemos puntos débiles que rompen en trizas aquello que hemos forjado. Y, mi pieza clave en el rompecabezas, era Alex.
-Dile a tu padre que averigüe todo lo que pueda…, por favor. Alex es la persona más importante y no quiero perderla. Tampoco quiero estar a un lado si le ocurre algo.
William asintió.
-Entonces… ¿por qué la besaste?
No predije esa cuestión, ni tampoco la planeé. Fluyó de mis labios y me descubrí con la mirada de Will detenida en mi rostro.
-Vi a Rachel tan frágil, tan inofensiva…y ella se dejó probar. Te lo juro, Abby, no fue nada. Sólo una simple muestra de cariño. Estaba realmente mal por lo de Alex.
Era un soldado fuerte que cumplía años. Un soldado en la guerra de la vida. Pero eso no indicaba que estuviera incapacitada para llorar cuando sentía miedo, o para dejarme caer en los brazos de la persona de la que me descubrí enloquecida, o para permitir que nuestros labios se mezclaran suavemente en un beso.
No sabía si estaba haciendo lo correcto, si me estaba dejando llevar por una emoción frágil y humana. Pero sé que en el momento en que sus brazos fuertes se enroscaron en mi cuerpo, me sentí a salvo. En esos instantes era la única persona que podía darme un poco de confort y no estaba dispuesta a perderla.
Todos cometemos errores, grandes o pequeños, y como ése reloj de arena que a veces desecha granos desde la cúspide, nuestros hechos se encuentran atormentados por ese vaivén de patrones.
-Feliz cumpleaños. –siseó, besándome en el cuello.
