Capítulo 2: Reencuentro
- Kates…
Esa voz… No, no había cambiado en nada. Su acento escocés seguía siendo igual que siempre; su tono grave, serio, tan propio.
Ese apodo… Él era el único que me llamaba 'Kates'. El único desde que mi madre murió, cuando yo tenía apenas dos años.
Oliver…
Debido al estado de letargo en que me encontraba, mis lágrimas dejaron de caer. Las sentí secarse rápidamente con el calor que irradiaba la piel de mis mejillas, y subí las manos a mi cara, secándola.
- Ho... Hola. – Brillante Bell. La primera vez que se dirige a ti en 2 años, y tartamudeas un 'hola', me retó la parte de mi mente que aún funcionaba correctamente.
Lo sentí empequeñecerse al tiempo que apretaba sus labios. Entre tanto yo trataba de calmar el temblor que había seguido a mi fase de parálisis.
Se rascó la nuca, notablemente nervioso. ¡¿Y quién no lo estaría, Merlín? ¿Qué se suponía que debíamos hacer ahora? ¿Ignorarnos? ¿Estrecharnos la mano? ¿Lo mismo que la última vez que nos habíamos visto?
Me las arreglé para sonreírle, y obtuve como recompensa un brillo fugaz en sus ojos y una cortina de blancos dientes dejándose ver entre sus labios, a la vez que su cuerpo se relajaba.
- ¿Levantada tan temprano un sábado, Bell? Creí que te quejabas cuando yo disponía de una práctica matutina los fines de semana. – Me provocó, con una media sonrisa.
Mi corazón comenzó a bombear enérgicamente, no sólo porque Oliver había comenzado a caminar hacia mí, sino también porque sus palabras habían sonado tan… bueno, ¡tan desgarradoramente Oliver! Luché por hablar con su mismo tono casual.
- Tus prácticas no comenzaban a las 8, comenzaban a las 4. Y eso no es matutino, ¡es despótico! – Reí.
A pesar de todo, había sido increíblemente fácil emitir esos sonidos, como si no fuera en verdad mas que una de nuestras típicas peleas por el dominio de la razón.
Oliver rió conmigo. Y ya se encontraba a un paso de distancia de mí. Demasiado cerca. Insoportablemente cerca. Dolorosamente cerca. Tan cerca estaba que pude ver el torbellino de sentimientos en sus ojos, arremolinándose temerariamente en sus pupilas, amenazando con estallar en torrentes de lágrimas ante el mínimo estímulo. Pude sentir el aroma a césped, madera, viento, rocío y mañana que desprendía su cuerpo. Pude incluso escuchar su respiración lenta, y sentir los latidos pesados de su corazón, martillando en su pecho.
No dejó de sonreír al pasar por mi lado y caminar hacia los vestuarios. Dio unos pocos pasos antes de girarse hacia mí nuevamente.
- ¿Planeas quedarte en medio de la pista todo el día?
- Sinceramente, no tengo nada mejor que hacer. –Respondí, volteando hacia él y encogiendo los hombros. Mi corazón se salteó un 'bum' cuando Oliver estiró su mano izquierda hacia mí, invitándome a sujetarla, invitándome a ir con él.
- Déjame cambiarme esta túnica y ya pensaremos en algo. -
Se me ocurren miles de cosas que podríamos hacer. La primera, ¡que me expliques por qué diantres me has ignorado completamente estos últimos dos años, tú, idiota!
Pero no, no se lo dije, claro. Simplemente tomé su mano, sin más, y lo seguí hasta los vestuarios y recién allí, sonriendo aún, me soltó. Mientras lo esperaba, trataba de figurarme qué vendría luego. No era posible que el malnacido hiciera de cuenta que nada había pasado, cuando yo había sufrido como una magdalena el largo período de su ausencia. No podía simplemente pretender que ciertas palabras no se habían dicho, que ciertas cosas no habían sucedido, y que ciertas actitudes eran normales.
¡Yo quería explicaciones!
Salió de los vestuarios con un jean y un sweater azul oscuro, que me recordaba vagamente a uno que yo le había regalado cuando todavía estaba en Hogwarts. Sonreí.
Caminamos en silencio hasta el centro de la pista de Quidditch – yo tratando de no recordar lo que había pasado la última vez que habíamos estado juntos allí- y, sin previo aviso, se sentó en el punto de saque, de cara al Sol, que ascendía suavemente, Rey del Cielo. Me senté a su lado.
Las gotas de rocío ya se habían desvanecido del césped y los cálidos rayos del Sol entibiaban el aire. Ninguno de los dos dijo nada durante unos minutos. Cuando me atreví a mirarlo, el dolor en mi pecho volvió. Otra vez percibí la sombra que lo rodeaba, el sufrimiento que lo subyugaba, la amargura en sus ojos, el peso en los hombros caídos.
- Oliver… - Dije su nombre por primera vez. Costó, pero, por nimiedad que parezca, me hizo sentir un leve cosquilleo en el estómago. ¡Estaba ahí! Al lado mío. Había sujetado mi mano, y me había guiado hasta donde estábamos ahora. No podía irse, ahora no podía ignorarme. ¿O sí?
- Oliver – repetí. Su mirada se perdía en algún lugar al que yo no podía acceder. Puse mi mano en su hombro, y esto lo trajo de vuelta al mundo material. Me miró, pese a que yo habría deseado que no lo hiciera. Nunca antes había visto a Oliver llorar. Ni siquiera quejarse por algo. Sí, lo había visto molesto. Sí, lo había visto lastimado. Pero nunca tan débil, tan vulnerable, como lo estaba viendo en ese momento. Siempre había sido tan fuerte, tan decidido, tan firme, que no pude encontrar una justificación a esas lágrimas que se amontonaron de golpe en sus ojos, empañando el chocolate, haciéndolos de un color más claro, más hermosos.
- Yo… Yo lo siento tanto, Kates. – Y no supe exactamente qué era lo que sentía, pero sí supe que le perdonaría todo y más, en ese momento y siempre. Bajó su cabeza y peleó contra las lágrimas: como siempre que luchaba por algo, ganó. Cuando volvió a mirarme, largos minutos después, estaba sonriendo nuevamente. Una sonrisa suave, no feliz, pero… aliviada, tal vez.
Acarició mi mejilla, secando unas rebeldes gotas de agua salada que habían escapado de mis ojos no sé bien en qué momento. Rió. Y allí estaba yo, de rodillas, a su lado, en el campo de Quidditch, un sábado a las nueve de la mañana, cuando un loco, loco impulso me ganó y me lancé a abrazar a mi mejor amigo, a la persona de quien estaba enamorada hacía cuatro años. A él, que había hecho caso omiso de mi existencia desde que se había ido del Colegio para convertirse en una súper estrella del Quidditch, olvidándose de sus amigos y de su familia, preocupándose solo por mejorar en cada entrenamiento, en cada partido, en destacarse entre todos sus pares…
A Oliver, que ahora me abrazaba también, fuerte, presionándome contra su cuerpo, sujetándome como si la vida se le fuese en ello.
¡Merlín!
Entre el dolor que traspasaba su piel para adentrarse en mi cuerpo y la dicha de comprobar que seguíamos encajando a la perfección uno en los brazos del otro, sólo atiné a aferrarme más a su figura. Minutos – ¿u horas?- después, sentí los brazos de Oliver aflojarse entorno a mi cintura, y me recosté en él, con mi cabeza perdida entre su hombro y su cuello, con los ojos cerrados, ahora si simplemente disfrutando el momento. Después de todo, hacía tiempo que anhelaba estar así, enredada en Oliver Wood, sintiendo su cuerpo tibio junto al mío, su mano acariciar mi espalda, su nariz hurgando en mi cuello…
Abrí los ojos abruptamente y me incorporé. Había olvidado cuán… placenteros podían ser los brazos de mi antiguo capitán, pero más importante, había olvidado lo peligroso que podía ser la cercanía de nuestros cuerpos.
- Lo lamento, Kates, no sé…-
- ¿Por qué estás aquí, Ol? – lo frené. No quería que me dijera que se arrepentía de haberme abrazado. No lo hubiera podido soportar otra vez. Y, además, en verdad me interesaba saber qué había hecho que abandonara el mundo de la fama y la gloria para venir a suplantar a la vieja profesora Hooch.
Me miró, un tanto sorprendido.
- Dumbledore necesitaba un reemplazo…-
-No. – lo corté nuevamente. - ¿Por qué estás aquí? – Silencio - ¿Por qué renunciar a la fama, a las fans…? ¡¿Por qué renunciar al Quidditch para venir a enseñarles a unos niños cómo levitar su escoba?- Juro que traté de mantener el tono desinteresado. En verdad lo intenté. – Lo tenías todo, Oliver, todo aquello que siempre anhelaste. ¿Por qué estás aquí? –
Sus ojos se entrecerraron con asombro y duda.
- En serio no lo sabes, ¿o sí? – Dolor. En su voz había dolor.
- ¿Qué es lo que no sé? -
Volvió a mirar hacia ese punto inalcanzable para mí, y su voz sonó estrangulada cuando volvió a hablar. Una vez más, habría deseado que no lo hiciera.
- Ellos… Ellos le han matado, Kates. -
Y yo sentí como si alguien me hubiera clavado una daga en el pecho y la estuviera removiendo dolosamente; no luché por contener el llanto. No quise hacerlo. Fui apenas consciente de mis sonoros sollozos, mientras me abalanzaba otra vez a abrazar a Oliver.
No necesitaba que dijera más. Todos en el mundo mágico sabían quiénes eran 'ellos'.
Y cualquiera que conociera a Oliver Wood sabía que sólo tenía a una persona en todo el mundo: Samuel Wood, padre de su padre, quien lo crió luego que un grupo de seguidores del que no debe ser nombrado asesinara a sus padres cuando él tenía sólo cinco años de edad.
Yo había pasado navidades, vacaciones, días, noches, mil y una historias con el buen Samuel. Era el abuelo que nunca tuve. Siempre atento, siempre dispuesto a ayudar. Siempre con una sabia respuesta, siempre de conducta firme. De grandes ideales, pobre Samuel. Creía fervientemente en la igualdad entre todos los hombres del mundo, magos o no magos. Siempre lo admiré por ello. Cuando comencé a tomar conciencia de las cosas, también me sentí identificada con él. Ambos habíamos perdido a alguien a manos del Lord Oscuro. El a su hijo y a su nuera. Yo a mis abuelos y a mi madre. Si bien no tenía recuerdos de ella, mi padre jamás me permitió olvidarla. Entre fotos, historias y cartas, aquella mujer desconocida que me había dado vida cobraba forma. Se llenaba de colores e ideas, con un presente, un pasado y un futuro. Mi padre siempre decía que yo era igual a ella. Es por eso que fue siempre muy sobre protector conmigo. Mi padre… Gracias al cielo yo lo tenía a él. Oliver… Ahora Oliver estaba solo.
…
- De haberlo sabido habría asistido al… al… a la despedida final, ¿sabes? Fue muy egoísta de tu parte no decírmelo. Entiendo que no quieras saber nada de mí, en serio, lo respeto – sollozo- pero sabes que lo quier… quería. – Más sollozos.
-Yo… - Estaba siendo egoísta al recriminarle cosas sinsentido, pero no podía evitarlo. A mí también me dolía.
- No, Ol, lo siento. No debo reprocharte nada. Debes sentirte inmensamente mal. Y yo debería haberlo sabido. ¡Debería haber estado ahí, contigo! -
- Te esperé. – Mi alma cayó al suelo. – Estaba ahí, sólo, y… esperaba verte entrar a la casa en cualquier momento. -
- ¿Sólo? ¡Oh, Ollie! Si no hubiera cancelado mi suscripción a 'El Profeta'–
- Completamente sólo. Pero no te culpes, Kates, por favor. – Tomó mis manos con firmeza. Yo estaba temblando. - Y en lugar de ti, llegó una lechuza. – Sonrió de lado.- Dumbledore es un gran hombre. Sospecho que sabe más de lo que admite. Creo que él sabía que yo estaba so…
- No estabas tan solo, Oliver. Tenías a tu equipo, tus amigos, tus seguidores. El Puddlemere debe de haber estado contigo.
- El Puddlemere tenía un partido demasiado importante como para perder el tiempo en mí. Eso no… No es un Equipo. – Su semblante se ensombreció al rememorar al Puddlemere. - La casa de mi abuelo estaba tan grande, tan vacía… Yo… yo no estuve con él las dos últimas navidades. Yo… no estuve con él en su último cumpleaños. ¡Y yo no estuve con él cuando esos cobardes…! -
Nuevas lágrimas rodaron por mis mejillas, mientras Oliver hacía lo imposible por no llorar o golpear algo. Estrujó mis manos hasta que se calmó.
- Ya no me sentía como en casa. Ese lugar, sin el buen Sam, era un lugar oscuro, carente de todo significado. Sólo me traía dolor. Durante una semana entera anduve como un zombie, de un lado al otro de la vivienda, tratando de encontrar mi lugar otra vez. Fue en vano.
Al fin, volvió a caer en mis manos la carta de Dumbledore, en la cual me ofrecía el puesto de Profesor de Vuelo, con todas las implicancias que ser Profesor de Hogwarts tiene.
Por eso estoy aquí, Kates. Necesitaba sentirme como en casa otra vez. Y el único lugar en el cual recordaba haberme sentido así, además de la casa donde mi abuelo me crió, es este. Hogwarts.
- Es nuestro segundo hogar, Hogwarts… - secundé.
Me miró largamente, directo a los ojos, mientras parecía debatirse en su interior. Al cabo de unos pocos segundos pareció darse por vencido, puesto que negó cansinamente con la cabeza y bajó la vista.
- Eso creía yo también. Llegué al Castillo una semana antes de que empezara el año escolar, lo recorrí en su totalidad, desde las Mazmorras hasta el despacho del Director… Y seguía sintiéndome vacío. Vine aquí mismo, al campo de Quidditch, y si bien trae buenos recuerdos – evitó descaradamente mirarme al decir eso -, tampoco pudo hacerme sentir bienvenido.
- Oh, Oliver. Lo lamento mucho. – Sonrió, y ahora sí me miró.
- Entonces se abrieron las puertas del Gran Comedor, Katie, y tú entraste, malhumorada, refunfuñando. Y te volteaste hacia mí. Y en ese momento sentí que tal vez no todo era vacío y oscuridad. – Sus ojos no abandonaron los míos ni un instante. El aire volvió a condensarse, pero poco me importó. – Después de esa primera noche – continuó en tono de reproche – no te apareciste en el Gran Comedor, ni en los terrenos de Hogwarts, ni mucho menos por la cancha de Quidditch, a pesar de que cada año te mueres de ganas de alzar vuelo la misma noche que entras al colegio. – Me sonrojé. – Supuse que estarías molesta. Tenías –tienes- todo el derecho de estarlo. Y ni siquiera voy a tratar de justificar mi actitud de estos años. No tengo excusa… Pero… -
Seguía acariciando mis manos. Bajó los ojos un instante, para luego volver a clavar sus orbes chocolate en las mías.
- Hace un momento, Kates, cuando te tuve nuevamente en mis brazos, recién entonces me sentí en casa. Sólo contigo siento que estoy en donde debo estar.
Después de semejante confesión, Oliver se levantó y me levantó con él.
Caminamos por los terrenos de Hogwarts largo rato, recordando los buenos y viejos tiempos, cuando él aún estaba en el colegio. Conversamos de nuestros compañeros de Equipo. Le narré la grandiosa despedida de los gemelos y le conté cuánto Angelina y Alicia los habían extrañado esos meses que pasaron hasta las vacaciones. Le hablé de Sortilegios Weasley, y él me prometió que iríamos a visitar el local en vacaciones.
Se alteró cuando le dije que habíamos pasado todo un año sin Quidditch. Se enojó cuando le dije que había ido al Baile de Navidad con Randolph Burrow. "¡¿Fraternizando con el enemigo? ¡Jamás me lo habría esperado de ti, Bell!". Su ceño permaneció fruncido hasta que comencé a relatar la grandiosa hazaña de Harry durante la Primer Prueba del Torneo de los Tres Magos. Ello nos llevó a recordar a Cedric, e inmediatamente a todos a quienes perdimos a manos de Lord Voldemort.
- ¿Cómo está tu padre?
- Feliz de que este sea mi último año fuera de casa. –Sonreí. Habíamos parado en la orilla del Lago. Nos recostamos sobre un árbol, admirando las aguas cambiar de color.
- Hace bien en cuidarte tanto. Aquí, con Dumbledore, nada puede pasarte. Pero… -
- No hemos estado dando motivos para disgustar a nadie. Por ahora nada puede suceder.-
- ¿Por ahora? –
- Ol, está matando otra vez. No esperarás quedarte sentado viendo eso. ¡No después de lo que han hecho!
- No espero poner mi vida en peligro, eso es seguro. Y tampoco pienso dejar que tú lo hagas –
- ¿Tú no piensas dejarme a mí qué? No, Oliver… Mi madre, mis abuelos, tus padres y también tu abuelo. ¡Cedric y cientos más! Papá está asustado, y se mantiene neutro. ¡Es como si hubiera olvidado! Pero yo no olvido. ¡Cómo si fuera posible! No necesito el Profeta, que de hecho, dice poco. ¿No te das cuenta? Puentes derrumbados, sismos, tornados. ¡Son ellos! Gente desaparecida. ¡Muertos! ¡Muertos por los delirios de un loco! ¡Muertos porque sus padres son muggles! ¡Por ser muggles! ¡Muertos por creer que todos somos iguales! -
- ¡¿Y entonces quieres morir tú también? – Quise golpearlo. Esta conversación no podía estar pasando. No podía ser que Oliver Wood me dijera que haría Oídos Sordos Ojos Ciegos a las atrocidades que estaban ocurriendo.
- Una guerra se avecina, Oliver. ¿Lo sabes? –
- No tenemos por qué tomar un bando en la lucha, Kates. -
- ¡Claro que tenemos que! ¿En verdad planeas sentarte a ver cómo un grupo de sicarios arrasa con todo lo que tienes? –
- ¡Es justamente por eso que quiero que te quedes a un lado! – Me sujetó fuertemente por los hombros, supongo que debido a que en algún momento de la plática yo había empezado a agitar nerviosamente los brazos, y prácticamente lo golpeaba. – Si a ti no te sucede nada, entonces yo estaré bien.
¿Este es Oliver Wood, verdad? ¿Seguro? ¿Entonces puedo desmayarme? De no conocerme mejor, habría pensado que alguien estaba practicando hechizos aturdidores y uno me había dado de lleno. Pero no, era bastante consciente del efecto que el escocés tenía sobre mí. Más aún cuando decía cosas como esa.
- ¿Crees que a Logan le agradará perderte a ti también? Hazlo por tu padre, Katie. Mantente a salvo. – Ahora acariciaba mis brazos.
Bendito Oliver Wood y sus caricias convencedoras. Afirmé con la cabeza. Pero sólo para complacerlo. Ya podría hacerle entrar en razón. Habría tiempo. Todo un año escolar. Eso si la guerra no comenzaba antes.
- Bien. ¡Merlín, Kates! ¿No hablamos hace años y vamos a discutir? –
Si quieres discutir, déjame decirte que no hablamos hace años sólo porque tú no has querido…
- No, tienes razón. Cuéntame algo tú. Hasta ahora sólo he hablado yo. –
Comenzamos a caminar hacia el castillo, y de golpe sentí a Oliver demasiado nervioso.
No fue hasta que una muy pomposa chica Hufflepuff con ojos muy azules y labios muy rojos "chocó" con Oliver que me di cuenta: La gente comenzaba a despertarse, y salía a disfrutar los últimos días soleados del año. Y claro, también disfrutaban de ver a la superestrella del Quidditch.
- Yo... creo que es mejor que vuelva al campo, Katie. –
- Pero… -
- Fue realmente bueno verte. ¡Y ya nos veremos otra vez! – Comenzó a caminar. - ¡Hasta luego, Kates! –
Lo miré alejarse de mí. Sentí ganas de llorar y de golpear algo. O a alguien. Si era una Hufflepuff de ojos azules mejor. Y si no podía ser ella, me conformaba con cualquiera de todas esas que estaban mirando también cómo Oliver Wood se adentraba en la pista de Quidditch. Golpeé el suelo con el pie, y cerré los ojos con furia. Cuando logré calmarme, me encaminé hacia el Gran Comedor en busca de un buen desayuno y de Leanne.
Muchos de los ojos que se ocupaban de Oliver, centraron su atención en mi andar cuando el susodicho se perdió de vista.
Mientras buscaba al Leanne con la mirada entre la gente que terminaba de desayunar, podía sentir más que oír los murmullos: "¿Es la cazadora de Gryffindor la que estaba con el Profesor Wood?"; "Oí que ellos eran muy buenos amigos cuando él todavía estudiaba aquí"; "¿Qué ve en ella? ¡Es tan insulsa!".
Mis nervios se crisparon aún más. Cuando divisé la melena rizada de mi amiga, me refugié a su lado. La muy graciosa aún sonreía, pero la expresión de dicha se esfumó de su rostro al ver la mía, de fatal enojo.
- Oh, no... – Dijo, preocupada.
- Oh, sí. – retruqué. – Te juro, Lee, que si no fuera una maldición imperdonable, hubiera diezmado a la mitad del alumnado femenino de Hogwarts, mediante Avadas, en el camino de la orilla del lago hasta aquí.
- ¿Tan mal se ha portado Oliver? Con lo que te tardaste, pensé que…
- ¿Oliver? Oh, Merlín, Lee. Casi hago una locura, otra vez. Lo juro, fue como si no hubiesen pasado dos años, parecía una mañana normal para nosotros, excepto por… - La imagen de Samuel Wood apareció de pronto ante mí, y me abofeteé mentalmente por haberme dejado afectar por cosas con tan poca importancia como lo eran las fans de mi Oliver.
- ¿Katie, estás bien? – Leanne ya estaba sujetándome y empezaba a sacudirme por el brazo. Pobre, perdí la cuenta de cuántas veces me hizo esa pregunta ya.
- Han matado a Sam, Lee. Por eso es que Oliver ha vuelto. Le han quitado lo único que tenía.
El silencio que siguió fue todo menos extraño. Fue un momento de recuerdos, de respeto, de dolor, de entendimiento. De realización. Supe por la manera en que ella apretó los dientes, que pasaba por su cabeza lo mismo que pasó por la mía cuando me enteré: Ya era suficiente.
Sabíamos que la guerra se acercaba, pero esperábamos estar todos combatiendo en ella. Cuando los últimos pilares en los que nos sosteníamos comenzaban a desaparecer, sentimos la voz de alarma que nos indicaba que era el momento de pelear. Era ahora, debíamos enfrentarlos. No había manera de quedarnos a esperar a que vinieran por nosotros.
Pese a que Oliver, en un arrebato, me había hecho prometer que me quedaría al margen, desde siempre tuvo que haber sabido que eso no iba a ser así.
