Disclaimer: La historia y el personaje de Mark Radley son propiedad de Reid Michelle y los personajes de Harry Potter pertenecen a la gran J. K. Rowling, a mi solo me pertenece el tiempo invertido para adaptar la historia.
Advertencias: Contiene lenguaje explicito y muerte de un personaje
CAPITULO 2
UNA hora. Había estado sentada allí durante una hora, desde que le informaron que Theo había muerto y todavía no captaba el peso aplastante de la noticia. Una interminable fila de enfermeras entraba en la habitación para acompañarla durante algu nos minutos. No hablaban mucho; ni tampoco ella, consciente de que observaban su estado mientras la consolaban en medio de esa espera larga y sombría.
Alzó la cabeza, sostenida por un cuello que no parecía capaz de soportar el peso y contempló sin ver la pared. El dolor de su hombro izquierdo la taladró e hizo un gesto.
La enfermera sentada a su lado la observaba con atención…
— ¿Qué le duele, señora Malfoy?
Hermione negó con la cabeza
.
—Nada —mintió porque no quería que la tocaran, que la curaran, que la examinaran... no en ese hospital donde Theo...
Las lágrimas le cerraron la garganta, abriendo unos centímetros el pozo donde encerraba sus emociones, como si una banda de acero las mantuviera apresadas en su pecho. Debía enfrentar otra batalla antes de irse.
Contra Draco.
El estaba en camino. Una enfermera entró para anunciarle su llegada hacía unos minutos... ¿había pasado más tiempo? No recordaba. El tiempo parecía carecer de sentido desde que Theo...
Pasó saliva, esforzándose por mantener el control. Theo, tan diferente de Draco... no en lo físico, sino en el carácter, a tal grado que no parecían hermanos.
Si los ponía en la misma habitación, Theo atraía, en tanto que Draco intimidaba. Su presencia y su estatura dominaban la habitación y Theo se retraía con un brillo divertido en los ojos para observar a hombres y mujeres que competían por atraer la atención de su hermano, diciendo estupideces porque estaban nerviosos y regodeándose si lograban arrancarle una de sus raras sonrisas o tartamudeando si él fruncía el ceño.
—Con ese carisma, debió ser actor —le había comentado Theo una vez, contemplando el gentío que rodeaba a Draco—. Ya habría ganado cien millones de dólares con sus películas.
—Un Rodolfo Valentino cualquiera —musitó ella, luchando por evitar la ironía en su voz.
—O un Rambo segundo —sonrió Theo —No has visto su cuer po. Yo mataría para tener la estructura ósea de Draco.
Hermione se sonrojó y Theo se rió, golpeándole con suavidad en la barbilla porque interpretó ese rubor como un signo de tímida inocencia. Su futuro marido ignoraba que ella conocía el cuerpo de Draco mejor que el de cualquier otro.
La joven se estremeció al evocar la escena que Draco preparó con toda intención. Se trataba de una cena en su apartamento... con el propósito de celebrar la próxima boda de su hermano; la habitación de huéspedes estaba destinada para el uso exclusivo de la futura cuñada porque debía viajar a Londres luego de separarse de su madre enferma, quien se encontraba internada en la clínica de Devonshire, y necesitaba un lugar para bañarse y cambiarse de vestido; la fingida indiferencia con que entró en el dormitorio, cubierto tan sólo con una bata azul marino y llevando dos copas en las manos...
—Theo llegará un poco tarde —anunció, mientras ella se ataba el cinturón de su propia bata, ruborizada por la furia porque la sor prendía acabando de salir de la tina y sin preocuparse por cubrir su desnudez —Así que pensé que podríamos compartir una copa de champaña antes de que te vistas. ten— extendió el brazo, observándola con sus fríos ojos grises, retándola a que se acercara. Sabía que ella evitaba aproximarse siquiera a un metro de distancia de él, si podía. Era consciente de cuánto la asustaba y la intimidaba y cuan nerviosa la ponía con sólo mirarla.
Hermione tomó la copa, y los largos y fuertes dedos de Draco la rozaron.
—No te simpatizo mucho, ¿eh, Hermione? —preguntó con sequedad.
—Yo...— la simpatía no formaba parte de las emociones que ese tipo le provocaba —Yo... te tengo desconfianza, es todo— murmuró ronca, y le arrebató la copa porque no soportaba que la tocara.
— ¿Y sabes por qué desconfías de mí?— se rió desafiándola. Sus crueles pupilas también se burlaban del modo tan revelador, en que se apartó de él—. Porque adivinas que veo a través de tu disfraz, ¿verdad?
— ¿Disfraz?— indagó temblorosa, ya no con desconfianza sino aterrada—. ¿Qué... qué disfraz?
—Ese, con el que finges ser un ángel inocente para atraer a mi hermano, mientras que debajo de la máscara no dejas de verme con ansia.
— ¡Mentira! —gritó, pero aun al negarlo sintió que la culpa le quemaba las mejillas.
Draco también lo notó y sonrió con crueldad.
— ¿Mentira?— repitió tocándole con un dedo el pulso que latía en el cuello. Hermione retrocedió de un salto, jadeando. El leve contacto despertaba olas de pasión en su cuerpo... así como un nerviosismo con tra el cual luchaba desde que lo vio por primera vez, hacía dos larguísimas semanas... un nerviosismo que ella le achacaba al miedo.
La carcajada resonó de nuevo, aumentando el color que bañaba sus mejillas.
—Me pregunto, Hermione— continuó Draco con un tono seductor y perezoso — ¿qué harías si yo desbarato ese nudo que tanto trabajo te costó atar, para exponer tu hermoso cuerpo a la curiosidad de mi mirada y después tú hicieras lo mismo conmigo?¿Qué sucedería, inocente Hermione —murmuró, retándola— si te tomara entre mis brazos y moldeara nuestros cuerpos desnudos, apretándonos? ¿Si invadiera con mi lengua esos labios deliciosos?
— ¡Basta! —jadeó, caminando hacia atrás, con los ojos muy abiertos por el temor—. ¡Basta, Draco! Te prohíbo que...
— ¿Qué?— se mofó, arqueando las cejas—. ¿Que no trate de darte lo que has estado pidiéndome desde hace días? No seas tonta, muñeca. Sabes bien que quieres esto... que estás enferma de deseo...
Entonces se acercó para atraparla y en un último intento por defenderse, Hermione le arrojó el contenido de su copa a la cara, tomándolo por sorpresa.
Todavía recordaba el silencio atónito que siguió; Draco permaneció inmóvil, con las mejillas mojadas por el champaña, apretando la boca y con la mandíbula como tallada en roca. La ira lo sacudió y Hermione retrocedió otro paso, acosada por el terror.
—¡Sal de aquí, Draco! —ordenó temblando.
— ¿Y desperdiciar este exquisito champaña? —la tomó del brazo y la aplastó contra él—. Lámelo —exigió, ronco de pasión—. Es tu champaña, así que lámelo.
— ¡No!
La protesta fue sofocada por un beso. Y que Dios la protegiera, pero todavía recordaba la dulzura del vino que saboreó en los labios de su agresor, que le transmitió con la lengua, mientras dominaba con facilidad la intención de combatirlo.
Hermione se estremeció ahora, avergonzándose de su debilidad.
Volvió a escuchar el suave ruido de la copa de Draco al caer sobre la alfombra color crema. Después él le había arrebatado la suya y también la descartó para oprimir a la joven contra sí. Con la antipatía que palpitaba entre ambos, el beso se convirtió en un duelo de voluntades que sólo incrementó la pasión, en lugar de apagarla.
— ¿Quién es Mark? —preguntó Draco de pronto contra sus labios.
—¿Mark? —apenas era capaz de pensar en alguien que no fuera Draco... en lo que despertaba.
—Ya sabes —murmuró con sensualidad, sin apartar la boca de la de ella—. Ese Mark con quien te encuentras en secreto varias veces por semana, en un pequeño restaurante no lejos de tu casa.
Hermione, azorada por haber permitido que eso sucediera, lo contempló con horror.
— ¡Me seguiste! —lo acusó.
El cerró el cerco de sus brazos para que sintiera la potencia de su fuerza. Asintió serio.
—Yo no soy Theo, Hermmione. Las apariencias no me engañan y tú, querida, te pareces demasiado a los ángeles para que me trague esta farsa. Tienes a mi hermano flotando en el quinto cielo, a mi abuelo babeando por ti, y a tu padre haciendo malabarismos para que el idilio desemboque ante un altar. Contemplas a mi hermano con la clase de amor que estremece de éxtasis a los presentes; sin embargo, allá, en el fondo, está Mark. Alto, poéticamente bello, per tenece a la misma clase que mi hermano. Pasan horas tomados de la mano, ante tazas de café que nunca beben, contemplándose a los ojos con miradas amorosas que empequeñecen las que le lanzas a Theo.
—Es... es un amigo. Sólo un amigo —insistió, esforzándose por pensar, por pensar con rapidez y eficiencia. No podía permitir que Draco revelara la existencia de Mark, pues arruinaría todo—. Ha teni do una época di... difícil últimamente. Se... enamoró de...
— ¿De ti?
— ¡No! —negó al instante, pero el rubor que le invadió ante esa posibilidad la convirtió en mentirosa y la boca de Draco se frunció por el desprecio.
—Te lo advierto —asentó seco—, no dejaré que lastimes a mi hermano. Theo es demasiado confiado para mi gusto, pero no puedo cambiarlo y haré todo... todo lo que sea necesario, ¿entiendes?, para impedir que alguien lo hiera.
— ¡Déjanos en paz! —exclamó y quiso agregar: "y deja en paz también a Mark". Pero no se atrevió. Ese ruego revelaría demasiado —Mira... —cambió de táctica tratando con desesperación de obligar a su cerebro a funcionar de manera adecuada, mas no resultaba fácil. A pesar de la molesta discusión que sostenían, Draco no la había soltado y su proximidad la intoxicaba, estrujándola por dentro, de modo que le costaba un trabajo tremendo pensar en algo más —Theo sabe lo de Mark. El... él sabe lo de nuestra amistad y los pro... problemas de... Mark. El... entiende.
—Pues yo no —gruñó —ni tampoco entiendo... esto.
La cubrió de nuevo con los labios y esa vez ninguno de los dos fingió desconocer la meta de ese beso. Draco la besaba con la inten ción rabiosa de derrotarla. Y ella cedió; sintió que se quebraba en mil fragmentos pequeñitos cargados de electricidad pura y cuando su verdugo murmuró: "¡Me deseas!", sólo pudo gemir de angustia aferrándose a Draco mientras él metía la mano entre sus cuerpos para desatar los cinturones de un tirón. Hermione gritó cuando el calor de ese hombre se fundió con el suyo.
—Lo sabía —exhaló triunfante, y presionó su boca ardorosa contra el sedoso arco de su cuello—. Desde el primer momento en que nuestros ojos se encontraron supe que el deseo brillaba en tus pupilas, no el asco que pretendías.
—Te odio —susurró y no mentía., aún sentía ese odio, pues Draco convertía su vida en un infierno; cuando podía, ser hermosa. La obligó a ser consciente de las necesidades de su propio cuerpo, de la tumultuosa ansiedad sexual que enardecía las puntas de sus nervios convirtiéndolos en una pulpa cosquillante y dolorosa...
—Hermione.
Hermione levantó la vista; la desolación de su viaje al pasado se mezcló con el dolor del presente al descubrir que se enfrentaba al duro rostro de Draco. Por instinto, en un acto de autodefensa, se puso de pie.
— ¡Dios bendito —gruñó él —mira el estado en que te hallas!
Debía ser pésimo. Se estudió a sí misma y observó por primera vez sus medias: rotas, que revelaban los rasguños en sus rodillas, la blusa desgarrada manchada de sangre... de la sangre de Theo...
—¡Oh, Dios! —se ahogó sintió que se caía.
Algo cruzó el rostro de Draco al estirarse para atraparla. Cualquiera que fuera el antagonismo que experimentaba hacia esa hipócrita, lo hizo a un lado por la compasión que le inspiraba la patética figura de Hermione. La joven se estremeció cuando él la tomó por los hombros para observarla.
—Estás herida —siseó. Entonces su mirada revisó la pequeña sala de espera y se clavó en la enfermera, acusándola—. ¿Por qué no la han curado?— exigió impaciente —Maldición de Lucifer... ¿aquí sólo atienden a los muertos?
La explosión desconcertó a la enfermera. No se necesitaba de mucha perspicacia para comprender que ese hombre reaccionaba al impacto de la pérdida de su hermano. Sin embargo, la empleada se defendió:
—La señora Malfoy nos impidió examinarla —explicó con seque dad.
Gruñendo un epíteto no muy agradable, Draco sentó a Hermione sobre la silla y luego se acuclilló ante ella para mirarla con detenimiento. Palideció al ver el verdugón y la hinchazón de un lado de la cara. Su brazo izquierdo colgaba sin fuerza, provocando un segundo estallido de indignación en Draco.
— ¿Qué demonios pasa?— la regañó con dureza—. ¿Por qué no los dejaste examinarte?
—Theo —murmuró ausente —Theo necesitaba...
— ¡Por amor del cielo! —su temperamento hirvió —Theodore está muerto, Hermione. ¡Muerto! Ya no necesita de los cuidados de nadie.
—¡No! —gritó y la negación le desgarró la garganta, mientras se apartaba de él, contemplándolo con horror—. No —sollozó—. ¡No!
La enfermera lo fulminó con la mirada y después colocó un brazo protector sobre la espalda de Hermione. Draco hizo un gesto, aceptando que merecía esa clase de mirada. Se comportaba como un patán. Reaccionaba... reaccionaba a muchas cosas, pero como si no fuera suficiente haber encontrado a su hermano tendido en ese cuarto he lado y antiséptico, ahora se topaba con Hermione sufriendo lo indecible, y eso derramó la gota de agua, ¡la maldita gota de agua! Parecía una niña confundida y engañada, a quien dejaron en un rincón y olvida ron.
—Hermione —con un esfuerzo inyectó cierta dulzura en su voz. La chica temblaba con violencia, con el rostro escondido entre sus manos. Entonces se le ocurrió que su cuñada aún no entendía la verdad por completo, que el desconcierto se lo impedía.
Con un esfuerzo supremo sofocó sus propias emociones y la liberó del brazo de la enfermera.
—No se preocupe —le dijo a la empleada que se negaba a soltar a Hermione —Yo me encargo de ella. Vaya y busque a alguien que pueda curar sus heridas. ¿Hermione?... —con suavidad hizo que apoyara la cabeza sobre su hombro.
La enfermera obedeció y él adivinó, con traviesa ironía, que pregonaría, a diestra y siniestra, que la pobre señora Malfoy tenía a un bastardo por cuñado.
Y no se equivocaba... él era un bastardo cruel.
Los temblores disminuían y la fatiga obligó a Hermione a apoyar su peso en Draco.
Después de unos minutos, el millonario le levantó la barbilla para inspeccionar las contusiones. No parecían tan graves como temió. Tenía la boca hinchada, igual que si la hubieran golpeado. Apretando los dientes para dominar la violencia que le quemaba, Draco sacó un pañuelo y le limpió la herida con delicadeza, mientras ella permanecía quieta, cediendo a sus atenciones. No la miró a los ojos; no se atrevió. Había observado a Hermione bajo muchos aspectos, pero nunca débil y vulnerable como en ese momento.
Y él tampoco se había sentido tan vulnerable antes. Theodore era su único hermano. Primero murieron sus padres, luego el abuelo y ahora... ahora Theo…
—El brazo —musitó—. ¿En dónde te duele?
—En el hombro —contestó —Me lo torcí cuando Theo... —se interrumpió, cerrando los ojos para no evocar la escena que amenazaba repetirse en su cerebro. No, se ordenó con desesperación, no...
— ¿Puedes moverlo?
Ella abrió los ojos, sobresaltada, para mirar de frente el pálido rostro de Draco. Apretaba la boca y la tensión distendía sus labios.
La joven asintió, levantando el brazo para hacerlo girar, aunque le dolía.
—Bien... perfecto —la alentó —Pero supongo que deben tomarte una radiografía antes de que nos vayamos...
— ¡No!— exclamó Hermione —No, no quiero quedarme aquí más tiempo— un estremecimiento la sacudió al recorrer la habitación que se había convertido en una cámara de torturas en las últimas horas —Yo... quiero irme a casa, ahora... a casa...— las lágrimas fluyeron y Draco suspiró tomándola en sus brazos.
—De acuerdo, Hermione, de acuerdo. Regresaremos a casa en cuanto creas que puedas ponerte de pie.
—Ahora— dijo al instante. Y con lo que tuvo que ser un esfuerzo monumental se enderezó, sosteniéndose sobre sus dos pies sin ayuda —Quiero irme ahora.
Con otro suspiro, Draco se le acercó para protegerla con su brazo. Caminaron despacio, igual que dos ancianos para dirigirse hacia la puerta. Ya allí, Draco se detuvo apoyándose en él.
— ¿De... debo firmar algo? ¿Debo hacer algo... algo por Theo?
—No —la voz sonó cortante y fría aun a los oídos de Draco; le dolía hablar de las formalidades que debió efectuar antes de que le permitieran ver a Hermione —.Ya me encargué de todo. ten— cerró el tema quitándose la chaqueta para ponérsela sobre los hombros. No fue sino hasta que ella se acurrucó contra el calor de la prenda que se dio cuenta de que tenía frío, aunque Draco no se la dio por esa razón, sino para ocultar la blusa manchada de sangre de la mirada de los curiosos.
De la sangre de Theo, pensó, y casi vomita...
—Vamonos —le pidió ronco—. Salgamos de este sitio de inmediato.
Doby los esperaba justo al otro lado de la puerta, paseando de un lado a otro como león enjaulado. Al verlos salir corrió hacia ellos.
—Pensé que me necesitarían —comentó explicando su presencia.
Draco asintió, agradeciendo en silencio la intuición de ese hombre.
—Trae el auto; estaciónalo frente a la entrada.
—Ya lo hice —la eficiencia del oriental obligó a Draco a sonreír por unos segundos. Después acomodó a Hermione bajo la curva de su brazo y avanzó.
La sala de espera estaba atestada. Las personas los observaban en silencio, pues adivinaban una tragedia. La enfermera que acompañaba a Hermione cuando Draco llegó los vio e hizo un movimiento como si intentara abordarlos, luego cambió de opinión al distinguir el gesto sombrío de Draco.
Cobarde, pensó el magnate mientras conducía a Hermione al exterior, en medio de una noche clara y tibia. Y otra vez la breve sonrisa distendió los labios pálidos.
El trayecto hacia su apartamento lo efectuaron en silencio. Una vez dentro del enorme automóvil, con Doby al volante, Hermione pareció encogerse en sí misma, arrebujándose en la chaqueta de Draco y se refugió en un rincón del asiento posterior. No se movió de ahí sino hasta que se estacionaron y su anfitrión la ayudó a bajar del vehículo.
Sólo cuando subían en el ascensor al quinto piso, la joven empezó a darse cuenta de dónde estaban.
—Aquí vives —observó asombrada.
—Sí —admitió él en voz baja, sin agregar más.
—Pero yo quiero ir a mi casa.
—No —contestó de manera seca, para negarse —No tienes nada que hacer allí en este momento, Hermione— opinó sin andarse con rodeos —Así que te quedas conmigo.
Nada que hacer. Las palabras rebotaron en el vacío de su mente al apoyarse en el hombro de su cuñado, sin ofrecer más resistencia.
Las puertas del ascensor se abrieron y Doby salió primero para desactivar la alarma de seguridad del apartamento, mientras Draco ayudaba a Hermione.
Cuando se reunieron con el sirviente, en el vestíbulo, les fue fácil descubrir por qué reinaba un tenso silencio.
—Vaya, vaya, vaya, el corre caminos regresa a su dulce hogar— se mofó una voz sarcástica y ácida.
—Te dije que te fueras— declaró Draco cortante.
— ¿En serio, querido?— Pansy se encogió de hombros moviendo el lujoso vestido de seda dorada que al fin se había puesto —No te oí.
—Me oíste muy bien —la atajó Draco.
Hermione alzó la vista al escuchar la voz ronca, con un tono tan familiar que llamó la atención de su mente atontada, justo cuando Pansy notó que se encogía bajo el brazo de Draco.
— ¡Dios bendito, Hermione!— exclamó Pansy — ¿Qué te pasó? Parece que acaba de atropellarte un camión.
La joven palideció, trastabillando. Draco maldijo y la alzó en vilo para impedir que cayera al suelo porque las piernas se le doblaron.
— ¡Lárgate en este instante! —le ladró a Pansy.
— ¡Dios, lo siento, jefe!— intervino Doby; acompañó a su patrón y casi golpeó a Pansy al pasar frente a ella —Me olvidé de esta señorita...
—Sácala del apartamento en este instante— siseó Draco y cerró de golpe la puerta del dormitorio, ante el azorado rostro de los otros dos.
—No eres muy amable, Draco— murmuró Hermione cuando él la colocó sobre la cama—. Pansy no podía saber que casi da en el clavo.
—Esto no le incumbe —objetó.
—Cierto —concedió ella, empezando a temblar con violencia— ¡Dios, tengo mucho frío! —susurró.
—Por lo que has sufrido —diagnosticó Draco.
—Por lo que ambos hemos sufrido— agregó Hermione, reconociendo en esas explosiones de ira la descarga de muchas emociones.
—Sí, yo también estoy temblando— le confió— ¡Cielos santos, mírate, Hermione!— añadió después—. Esa tonta tiene razón: estás hecha un desastre. Necesitas un baño, que te cure esas heridas y meterte en la cama. Después te daré algo fuerte para tranquilizarte.
—Me siento usada —confesó y, de manera inesperada, las lágrimas le nublaron la vista.
—No me extraña —suspiró, soltando un poco de la tensión que guardaba en el pecho—. Has vivido una experiencia horrorosa. Recibiste golpes, rasguños y estás exhausta.
—Gracias por preocuparte por mí —murmuró.
—Tendría que ser un bruto para tratarte como una leprosa en este momento— repuso, comprendiendo que a ella le sorprendía que no la agrediera como acostumbraba.
—Por lo general no te portas así de amable conmigo— corroboró ella, todavía cubriéndose con la chaqueta de Draco. Sentado a su lado, él también parecía exhausto.
—Lo siento, Hermione —musitó sombrío—. No eres una leprosa, ni nunca lo has sido.
—Lo hice feliz, ¿sabes? A pesar de todas esas cosas horribles que crees de mí, hice feliz a Theo.
—Lo sé —se puso de pie, titubeante —Quítate la ropa, si puedes. Yo te prepararé el baño— y desapareció en el cuarto de baño antes de que la presión en su pecho estallara.
Cuando regresó, la joven se sentaba sobre el borde de la cama, luchando con la manga de la blusa sobre su brazo lastimado. La observó durante varios segundos, luego se le acercó y se acuclilló ante ella.
—Permíteme —le pidió.
Despacio, le quitó la blusa y luego observó los verdugones en el hombro.
—Estás peor de lo que pensé —murmuró—. Quizá deba insistir en que te tomen una radiografía.
—No, se curará solo —le prometió.
Consciente de su desnudez, se puso de pie, intentando pasar frente a él para refugiarse en la intimidad del baño, antes de que Draco intentara quitarle otra parte de sus ropas rotas y sucias. Pero el simple esfuerzo de apoyarse en sus pies la mareó y su anfitrión tuvo que sostenerla para que recobrara el equilibrio.
Draco refunfuñó algo al ponerse de pie, sin soltarle el brazo lastimado.
—Maldición, Hermione, ¿por qué te esfuerzas en que resulte obvio que odias que te toque?
—No es eso —se defendió; la fatiga la obligaba a hablar con sinceridad—. Sólo que... me parece que no debería estar aquí, contigo, medio desnuda...
— ¿Por lo que pasó la última vez? Ven, apóyate en mí— con dulzura la acercó a su cuerpo hasta que la mejilla de la joven descansó sobre la camisa tibia que cubría el torso de Draco. Y ella no tuvo fuer zas para impedir que le desabrochara la falda de un rojo oscuro, para después deslizar la cremallera.
—No —movió la cabeza objetando—. Porque somos cuñados. No está bien —repitió en voz baja.
—Saca las piernas de la falda —le ordenó y la tomó de la cintura cuando lo obedeció — ¿Y qué importa nuestro parentesco?
—Soy la esposa de tu hermano —se escandalizó.
—La esposa de mi hermano que acaba de morir —la corrigió.
Esa crueldad provocó un temblor a lo largo del cuerpo de Hermione.
—Por favor —susurró mirándolo suplicante, con ojos llorosos —por favor, no lo digas Draco, todavía no. No estoy preparada para aceptarlo y...
— ¿Y tú crees que a mí me gusta recordarlo? — Inquirió y sus ojos se cerraron para sofocar un brillo sospechoso —Quédate quieta mientras me encargo de esto— serio, abrió el broche que mantenía el breve sostén en su sitio. Un momento después sus senos se aplastaban contra la tibieza del pecho masculino y ella tuvo que con tener el aliento o un gemido de placer —Lo vi, Hermione —le confió con movido—. Lo vi y tengo que aceptarlo.
— ¡Oh, Dios! — empezó a estremecerse y escondió la cara en el cuello de Draco cuando las lágrimas hicieron su aparición—. Lo sien to. Siento mucho que hayas tenido que ser tú.
—¿Y quién más podía ser? — indagó —Sólo me reconforta que tú... —se detuvo, con la garganta cerrada por un cúmulo de emociones—. Vamos —refunfuñó —tienes razón; no es el momento para esto. Te meteré en la tina y...
—Puedo arreglármelas sin tu ayuda, gracias —advirtió ella con petulancia.
— ¿Eso crees? — Draco se rió, ronco —Hermione, no puedes llegar a la puerta del baño, mucho menos meterte en la tina; así que deja de actuar como una tímida virgen, que ese papel ya no te queda. Y de cualquier manera tu cuerpo, aunque hermoso, ya lo he visto… todo— puntualizó sin rodeos —Por lo tanto, verlo de nuevo no será ninguna revelación.
Con eso y mientras ella se tragaba la manera humillante en que la ponía en su lugar, Draco la llevó en brazos al baño. Después, en silencio y con eficiencia, descartó el resto de la ropa y la ayudó a me terse en la tina llena de agua tibia.
Hermione suspiró al sentir el líquido perfumado y jabonoso sobre su piel, cerró los ojos y se recostó con una inmensa sensación de alivio.
—Te dejo para que goces relajándote.
Ella asintió; apenas oyó cuando él cerró la puerta con cautela. El cuerpo le dolía, la mente le dolía, los horrores de esa noche se agazapaban como sombras, aguardando el momento de asaltarla, el momento en que se debilitara el dominio de sus emociones.
Cuánto tiempo se quedó allí, flotando adormilada, borrando todo, excepto esa agua tibia y tranquilizadora, no lo sabía. Pero el sonido de un suspiro impaciente la obligó a abrir los ojos para encontrar a Draco observándola con expresión traviesa.
— ¿No puedes hacer nada por ti misma? — se burló, con seque dad.
—No— sonrió y cerró los ojos otra vez, borrándolo igual que borraba lo demás, rezando para que se fuera y la dejara en paz.
Desde luego, Draco no lo hizo. El nunca hacía lo que ella deseaba. En lugar de ello acomodó un banquillo y se sentó, para empezar a enjabonarla. La bañó como lo haría con una niña y ella se lo permitió ya que no tenía la energía para oponerse... ni siquiera la intención de oponerse.
—Nunca creí que fueras una buena enfermera —murmuró ella, en medio del silencio y el vapor que los rodeaba.
—Yo tampoco creí pertenecer a esa clase— hizo una mueca y entonces, sin venir al caso, indagó — ¿Y qué pasó con Mark Radley... también les pediste que lo llamaran?
Segundo capitulo Arriba!
Espero les haya gustado (*w*)/ por favor comenten...
Se aceptan opiniones criticas tomatazos zanahorias XD
