II
Sumatra Mandheling
Había habido cierta resistencia de su parte. Había encontrado, no muy sorprendido con su proeza, cerca de diez razones para no retomar sobre la conversación que había sostenido la mañana anterior, especialmente no la interlocutora.
—Sr. Taisho, el Sr. Murakami está en la línea dos —la voz de su secretaria a través del intercomunicador lo alejó de sus divagues.
—No —fue su llana respuesta.
—Dice que es una emergencia.
Sesshomaru cerró los ojos un momento y finalmente tomó el teléfono.
—¿Sí?
—¿Viste a Kagome Higurashi y no me dijiste nada?
Su silencio debió sugerir cuantiosas cantidades de frustración, porque el Sr. Murakami prosiguió:
—Oh, vamos, ¿de verdad me harás averiguar por mi cuenta?
Sesshomaru colgó.
La excelsa alta sociedad de Tokio era silenciosa y discreta pero no. Debió suponer que algunos de los presentes en el Café Shiruku reconocerían a quien fuera la novia del tempestuoso Inuyasha Taisho durante tres años. Su patético medio hermano había hecho de Kagome Higurashi un trofeo para exhibir en cuanta reunión social surgiese, vanagloriándose de su conquista.
Ella, a su vez, había sido el foco de la discordia durante mucho tiempo. Cómo una joven de orígenes no tan opulentos se había convertido en la envidia de muchos personajes, en el centro de escándalos y rumores que acabaron arruinando su sensacionalista relación.
Escuchó la voz de su secretaria elevarse del otro lado de las puertas, peticionando a quien asumió era el Sr. Murakami que no osara cruzaras.
Pero Murakami raras veces se atenía a códigos básicos de decoro y se atribuía facultades que no le competían ni eran propias para con una persona de un rango como el suyo. En aquella empresa todos eran sus subordinados pero Murakami parecía no procesar esa información nunca.
—No se preocupe, señorita Sara —decía, a medio cuerpo de ingresar a la oficina—, yo me responsabilizaré de todo.
—Tu insistencia en provocarle arritmias a mi secretaria es positivamente homicida.
El Sr. Murakami cerró la ancha puerta tras de sí y sonrió. Sin más, comenzó a caminar hacia él y Sesshomaru advirtió por vez primera lo que traía en la mano. Un paquete sugerente que rápidamente lo distrajo de la intromisión de su asesor legal. Misericordia sería lo que le ofrecería más tarde cuando comprobó de qué se trataba.
No emitió sonido alguno pero sus ojos debieron brillar de emoción porque Murakami sonrió por él.
—Me pareció propicio.
—Mm —lo miró filosamente a los ojos.
—El Mandheling de Sumatra es uno de los cafés menos ácidos del mercado —informó con alegría.
—Sé qué características posee.
—Me gusta pensarte como este café poco ácido, que después de un encuentro más que feliz siente las proverbiales notas frutales y dulces y herbales de este magnífico varietal.
—Me pregunto qué actos delictivos habrás llevado a cabo para adquirirlo.
—Soy abogado, Sesshomaru, un representante de la ley. De más está decir que fue todo bajo las normas de los hombres. No me niegues el presente, sé que te gusta.
—Es un espléndido café —accedió.
—Casualmente esa es la misma palabra que habría utilizado para describir tu encuentro de ayer.
El Director General se reclinó en su silla de cuero y se cruzó holgadamente de brazos. A esa altura de la tarde el saco ya no delineaba su geometría, sino que se mostraba colgado en un apartado perchero, y las mangas de la camisa llegaban enrolladas hasta sus codos, dando cuenta de las horas que había transcurrido dentro de ese edificio.
—La invité a tomar té. Fue una conversación escueta.
—Quisiera asumir que concertaste una reunión futura.
—No.
—Tal vez no te merezcas el Mandheling después de todo —sonrió divertido.
—No fue algo que tuviese tiempo a pensar en el momento.
Esa es la clase de emociones que despertó siempre en ti, pensó el amigo.
—Ojalá el destino intervenga —comenzó a caminar rumbo a la puerta.
—Miroku —pronunció su nombre con una implícita advertencia de anexo.
—No he dicho que yo fuese a tomar las riendas de la situación —y agregó, hostigándolo:—, ciertamente no me concierne.
Y el abogado se fue, dejándolo con la compañía única del Mandheling de Sumatra, su perfecto aroma y un tumulto de pensamientos en la cabeza; el desorden en su estructura lógica suponía terreno foráneo y su inusitada incapacidad de apelar a sistemas de clasificación le supo a lección.
Por mucho que su repentina reaparición lo sacudiese, nada lo había hecho cambiar sus modelos, ni siquiera ella, tan ideal y competente para una empresa semejante. Es por eso que eventualmente logró reorganizarse y proseguir con sus actividades que sólo demandaban de él el uso exhaustivo de su intelecto, para eso él era ideal y competente.
Sólo que había más que aquello que podía ser controlado por él, algo tal vez superior, incorpóreo, autónomo y soberano. Eso era posiblemente el cosmos que simplemente obraba. Por eso horas más tarde, cuando ya tenía el saco puesto para marchar a su hogar, el Presidente ingresó a su silenciosa oficina.
—Qué suerte que te encuentro —su respiración laboriosa daba cuenta de que se había apresurado para llegar allí.
—Padre —dijo a modo de saludo mientras guardaba billetera, celular, documentos en su portafolios y reajustaba su reloj de muñeca.
El Presidente no habló inmediatamente y eso sólo alimentó recelo en el más joven. Su padre, advirtiendo lo que estaba ocurriendo, optó por distraerlo con algo más antes:
—¿Asistirás a la cena de hoy?
—Ciertamente no —cerró el portafolios y lo miró—. Pero ya tenías mi respuesta.
—Pensé que tal vez lo reconsiderarías.
—Raras veces cambio de opinión.
—Lo sé —sonrió—. Hijo…
Taisho padre lo pensó otra vez, titubeando. La reticencia a hablar le hizo pensar por qué consideraba ese tópico tan sensible, por qué tenía la firme creencia de que detrás de lo que había acontecido el día anterior había un significado de peso, trascendente.
Sesshomaru sabía que quería preguntar por Kagome pero él no le haría el momento más sencillo.
—Debo irme.
—Primero —finalmente se hizo de coraje—, dime cómo estaba. ¿La viste feliz?
—Sí —le concedió—. Preguntó por ti.
—Kagome siempre me pareció… frutal, llena de colores y dulzura —comentó, aunque parecía un soliloquio, una melancólica sonrisa en el rostro.
—Inició con sus prácticas, está muy cerca de terminar.
—Esas son magníficas noticias —su rostro cansado se iluminó—. Gracias, hijo.
Asintió como toda respuesta y esperó a que se fuera para hacerlo él posteriormente.
—Sr. Taisho, tiene una reserva para las nueve —le anunció su secretaria antes de partir.
—¿Reserva?
—La señorita Rin me ha pedido que la haga, señor.
La mención de aquel nombre lo sosegó sobremanera. Recibió los datos del restaurante y fue al sitio en cuestión. A Rin le agradaría escuchar sobre Kagome. Y a él hacer mención de ella nuevamente.
Fecha de publicación: Mayo 28, 2017
Palabras: 1,122
NA: ¡AAAAAHHHHH! ¡Rostros conocidos! ¡Gracias infinitas por todavía estar! Esta vuelta voy a contestar los reviews.
A saber, esta historia no está catalogada como Humor. Estoy incursionando en terrenos más propios del Drama y viendo qué sale, que por ahora está resultando ser de mi agrado. Y de paso ahondar en un Sesshomaru aristocrático que me parece muy sexy. La idea de que él y Miroku tengan una amistad vieja me encanta, como se habrá percatado quien haya leído algo mío antes.
En fin, en la medida que se vayan dando ciertas cuestiones, las socializaré. Creo que me van a echar de FF si ven esta nota de autor tan larga. Me retiro, gracias por los bellos comentarios y nos vemos muy pronto :*
J.
