Capitulo 2: "Impide que te quiera cerca"
POV Inuyasha
—¡mátenlo! ¡mátenlo! —oía como decían esos idiotas que nos rodeaban. Sonreí con burla y con mi puño saqué la sangre que salía de mi boca. El imbécil frente a mí no iba a aguantar mucho tiempo en esta lucha.
—¡Ritsuke, acaba con ese engreído! —cuando se abalanzó contra mí, salté hacia un lado y le di el golpe de gracia en su descuidada mandíbula. Un segundo después, el idiota estaba fuera.
Sonreí y escupí un poco de sangre, desdeñosamente. Todos los que nos rodeaban me miraban entre asustados y admirados. Recogí mi mochila y la chaqueta de la escuela, yéndome de ahí sin mirar hacia atrás, mirando el cielo oscuro. Fruncí el ceño al pensar que si mi padre estaba en casa me iba a dar un sermón por verme lastimado y llegar tarde, pero daba igual.
Siempre me metía en peleas, nunca las evitaba. Necesitaba golpear algo, siempre. Sobre todo hoy.
Me detuve en mi camino cuando recordé a Kagome caminando con Chitose. Ella me había visto y como siempre me sonrió y levantó su pequeña mano para saludarme. No pude hacer otra cosa que responder su saludo y seguir mi camino para dejarla en paz.
Hoy no la había ido a buscar porque me había dicho por un mensaje que él iba a ir por ella. Suponía que era porque necesitaba su ayuda con algo del comité estudiantil, pero… cuando leí el mensaje no pude evitar imaginarme lo feliz que ella debía estar porque él fuera por ella.
Así que como el idiota que soy fingí felicidad por ella y acumulé mi rabia y mis celos cuando los vi caminando juntos. Cada vez que ella sonreia me mataba un poco más… el único consuelo fue que ella le daba sus sonrisas discretas, no esas sonrisas alegres y espontaneas que solo me daba a mí… por lo menos eso aún era mío.
—¿te encuentras bien? —di un respingo al escuchar la voz de Kagome frente a mí. La miré sorprendido y me fijé que todavía estaba con el uniforme de la escuela.
—¿qué demonios haces aquí? ¿te das cuenta de la hora que es? —me acerqué a ella lo más rápido posible, mirándola completamente para asegurarme que no le había pasado nada.
—lo mismo puedo decirte… —la quedé mirando con el ceño fruncido y ella me sonrió— eres tú el que está herido Inuyasha… no yo. He estado aquí desde que comenzaste a pelearte y me escondí para que nadie me viera y no tuvieras que preocuparte… pero quería estar contigo —ella me abrazó suavemente, evitando tocarme donde me dolía. Cuando ella se ajustó a mi cuerpo sentí como mi corazón comenzaba su loca carrera.
—no deberías haberme esperado… sabes que odio que me veas pelear —le dije, estrechándola contra mí.
—pero si tú peleas, sabes que voy a estar ahí contigo, siempre—besé la coronilla de su cabeza y sonreí. Toda la furia que sentía desaparecía al más mínimo roce con ella— vayamos a casa, tengo que curarte —me sonrojé cuando dijo aquello. Sonaba tan bien que ella hablara en plural y seguidamente dijera casa. Lo que no daría porque ella viviera conmigo para siempre.
Kagome se salió de mi abrazo y me sonrió al tomarme de la mano, apretándomela para que la siguiera. Como el idiota que estaba seguro que era sonreí y le devolví el apretón, siguiéndola sin decir nada.
Por suerte para mí, mi padre no estaba. Mi hermano hace bastante tiempo se había mudado, así que agradecía la soledad que me brindaba. Dejamos nuestros zapatos en la entrada y Kagome me dejó sentado en el sillón, yéndose rápidamente al baño por el botiquín de primeros auxilios que ella me había obligado a tener cuando descubrió que era un peleonero.
—Kag… no te molestes. Además ya es muy tarde, tienes que irte a casa…—lo menos que quería era que se fuera, pero eran más de las diez, así que su madre debía estar preocupada.
—por supuesto que me molesto y no, no tengo que ir casa. Mientras tu peleabas yo le escribí a mi madre diciéndole que me quedaría hoy aquí contigo. Así que no hay problema —mi corazón se saltó un latido al escucharla.
—"se va a quedar… conmigo" —se arrodilló frente a mí y comenzó a curarme los cortes de la cara. Cerré mis ojos disfrutando de la suavidad de sus manos en mi cara.
Hoy parece que era mi día de suerte.
Como Kagome y yo nos conocíamos desde hace mucho y siempre nos quedábamos en la casa del otro, a ninguno de nuestros padres les daba problema —incluso cuando éramos más grandes— a que nos quedáramos a dormir en nuestras casas, ellos no veían problema porque siempre estábamos juntos. El único problema surgió cuando me di cuenta que estábamos solos.
Solos en la casa.
Completamente solos.
Kagome siempre se quedaba a dormir en mi habitación, en mi cama conmigo adentro.
Cuando estaba mi padre no había problema porque su presencia hacia que cualquiera se comportara. Tenía esa aura de autoridad que a pesar de que hubiera habitaciones a distancia se sentía su advertencia de: "compórtate como un caballero o azotaré tu triste culo por la casa".
Era evidente para mi padre que a mi desde siempre me había gustado Kagome, pero la seguridad que él tenía de que yo me comportaba era que Kagome era demasiado tímida y correcta para hacer algo impropio, sobre todo en una casa ajena, a pesar de que era prácticamente su otra casa.
Me sonrojé cuando Kagome había terminado de curarme y se iba a dejar el botiquín a su lugar. Sin poderlo evitar —ni aunque se me fuera la vida en ello—, miré como se movían sus caderas y sus piernas. Su falda dejaba al descubierto una buena cantidad de piel, lo cual me hacía amar al trozo de tela y odiarlo, porque en la escuela más de algún idiota se había fijado en lo mismo que yo.
Me sonrojé más fuerte cuando ella vino hacia mí dando saltitos que hacían que sus pechos rebotaran. Me estremecí. Desde los doce años era dolorosamente consiente de cómo el cuerpo de Kagome se fue desarrollando. Kagome, ignorando mis pensamientos, se sentó en mis piernas como siempre que estábamos en la casa y me abrazó por el cuello escondiendo su nariz ahí. Por un instante me pregunté si era muy joven para morir de un infarto.
—no quisiera que siguieras peleando —me dijo de repente. Me tensé cuando sentí una lagrima suya contra mi piel.
—Kagome… —intenté mirarla, pero ella estaba bien sujeta a mi cuello.
—pero entiendo el porqué de que lo hagas —suspiré abrazándola y sintiéndome desnudo. Por alguna razón extraña Kagome siempre sabía lo que yo sentía y el porque hacía lo que hacía. No me causaba mucha alegría que supiera que era un idiota violento redomado, pero… se sentía bien que alguien te comprendiera y no te juzgara por ello. Kagome siempre me entiende y me acoge sin preguntarme nada, confiando en que cuando yo esté listo iré y le contaré— sé que algo te pasó hoy, Inuyasha… y sé que por eso te volviste a pelear… cuando estés listo y me quieras decir… —Kagome me tomó con delicadeza de las mejillas y me beso la nariz— yo te voy a estar esperando —me sonrió y volvió a esconderse en mi cuello. Un nudo se me formó en la garganta y me negué en balde a hablar. No podía decirle que era porque estaba celoso y porque estaba enojado por el curso que estaban tomando las cosas… no podía decirle que me sentía furioso y dolido porque Chitoge la estaba alejando de mí.
—enana entrometida —fue lo único que dije. Ella soltó una risita y me sentí un bastardo al prestar atención a cómo su cuerpo rebotaba contra el mío— vas a estar siempre conmigo, ¿verdad?
—claro que sí —me dijo sin dudarlo un instante—. Te quiero más que a nada en el mundo, Inuyasha…
—yo también —apreté los ojos con fuerza, intentando no ponerme a llorar como una niña. Estaba aterrorizado y ahora me venía a dar cuenta de cuánto. No quería perderla… no quería que se fuera con otro… no quería que se alejara de mí y que mirara a otro como me miraba a mí… no quería que otro fuera consolado y comprendido por ella… era mía. Yo la había conocido primero, yo estuve con ella cada vez que tenía miedo… yo era el que sabía cada detalle de su vida… yo era el que la amaba desde siempre— quédate conmigo, Kagome…
—siempre… —sentí las pequeñas gotas de lagrimas de Kagome contra mí y me pregunté si extrañamente tenía el mismo miedo que yo a separarnos. Porque estaba seguro de que este miedo que sentía no se iría jamás y menos cuando existiera la amenaza de Chitoge.
Continuara…
