Capítulo II

"Irene Adler"

Yo me quedé en una pieza: acababa de pelear con la sobrina del inspector Lestrade. De pronto recordé que a mí eso no me tenía que importar, porque no era mi jefe, pero las consecuencias para Sherlock podían ser graves…

-Disculpe a mi compañero-dije a la joven, tendiéndole la mano-. ¿Iniciamos de nuevo? Desde cero: hola, mi nombre es John Watson, soy doctor y vivo aquí, en la ciudad.

Ella me tendió la mano, sonriente.

-Lo sé, doctor. Debo decir que soy una gran seguidora de su blog.

-¿En serio?-atiné a decir, porque toda aquella situación se antojaba tan ridícula que no sabía qué hacer.

-Sí… Y el del señor Holmes, podría añadir. Sin embargo estoy considerando dejarlo a partir de ahora… -y miró a Holmes, apoyando la boca en sus manos cerradas, con los codos sobre la mesa. Él puso los brazos sobre la superficie, mirándola fijamente. Para mi desgracia, ambos quedaron en frente del otro.

-Mi sobrina es policía, y gran admiradora de tu técnica, Sherlock-explicó Lestrade, seco-. Consentí esta cita sólo porque ella quería conocerte, pero no permitiré que esto continúe más. Irene, vámonos. –y se dispuso a levantarse, con el orgullo herido. La muchacha (porque ciertamente parecía mucho más joven de la edad que debía tener) lo detuvo con el gesto, sin embargo.

Gracias a Dios, en ese instante el mesero llegó con los menús para preguntar nuestra orden.

-No te ocupes, tío. Tenía un par de preguntas que hacer y no creo que el señor Holmes tenga algún inconveniente en responder.-explicó ella, mientras leía la cartelera de pastas.

-No voy a dejar que este hombre te falte más el respeto…-insistió su tío.

-No lo hará, créeme. No me ofenden las personas que utilizan champú para rizos-y miró a mi amigo por encima del menú.

Sherlock dio una media sonrisa. Ordenamos y el mesero, algo confundido, se retiró. Entonces mi amigo interrumpió el silencio… Otra vez.

-Veo que Lestrade le contó de mí, señorita. Dígame, Irene…

-Adler.

-… Adler, ¿por qué su tío quiere tanto alardear de usted?

-¡Un minuto!-dijo Lestrade, poniéndose en pie- Sherlock…

-¡Por favor, Lestrade!-se quejó Sherlock, exaltándose- Me ofende, en serio.

-Sherlock… -empecé, sumamente nervioso. No sabía qué estaba pasando y la cara de mi amigo no me ayudaba en nada. No sabía qué quería decir, pero, aparentemente, Irene Adler sí. Estaba tranquila, incluso se puede decir que sonreía.

-Posee cuatro pares de zapatos, por lo menos, dos de guantes, detesta el látex, ama el vino francés, pero el queso suizo. Sólo viste calcetines de algodón y usa betún Woly…

Me sonreí: ¡la chica seguía la técnica de Holmes!

Me volteé para ver su reacción, pero mi amigo no estaba muy emocionado. Me decepcioné un poco, entonces.

-Me halaga que intente seguir los métodos, querida, pero todo eso es bastante superficial-y Holmes hizo un gesto para darle énfasis a su intento de amabilidad. Lestrade echó una mirada a su sobrina.

-Lo sé-respondió ella-. Tiene sólo un hermano, tuvo un gato de niño, porque no le gustan los perros. Le encantan las aves asadas, detesta las camisetas y el desodorante en barra. Creció en una zona rural pero prefiere la ciudad, obviamente. Ama jugar al Scrabble y es un experto en el Bridge. Descuida un tanto su aseo personal pero mantiene compulsivamente limpias sus manos, con gel de alcohol con humectante. No fuma y no bebe, pero ingiere una gran cantidad de nicotina…-aquí, la chica se volteó a verme por un instante, y regresó a Holmes- Así que usa parches.

Le sonreí a Holmes. Sus ojos brillaban con ése característico destello de cuando encontraba algo que excitaba su curiosidad.

-¡Ja!-interrumpió Lestrade, orgulloso de su sobrina- ¿Es buena o qué? ¿Qué opinas de eso, Sherlock? ¡Te dije que te gustaría! ¡Es asombrosa! Puede que hasta mejor que tú…

El alarde del inspector hizo cambiar la actitud de mi amigo. Su rostro se ensombreció y tuve la mala sensación de que la joven era quien iba a pagar. Me fijé en ella un instante, con más lástima que otra cosa, y estuve a punto de detener a Sherlock, para que no fuera cruel, como solía ser… La muchacha simplemente inspiraba mi simpatía.

-Todo eso está muy bien, señorita-le dijo Holmes, volviendo la cabeza hacia mí y abriendo mucho los ojos, para calmarme-, pero hay uno o dos puntos que son incorrectos: no detesto el látex, me molesta; no me limpio las manos compulsivamente, es para mantener limpio algo que últimamente he manipulado; y, ciertamente, no juego a ningún juego de mesa, menos al Scrabble. No sé cómo se le ha ocurrido que "amo"-e hizo el gesto con las manos- el juego-y se rió, burlándose de la observación-. Sin embargo, ha sido interesante….

-Es que usted no lo sabe-objetó la joven, con calma. Sherlock se sonrió.

-¿Qué, perdón?

-No sabe que ama el juego, porque no lo ha jugado-aclaró Irene, cruzándose de brazos.

-¿En serio?-rió Holmes.

-Así es. Inténtelo y verá.

Lestrade y yo parecíamos estar en el abierto de Wimbledon. Dirigíamos la mirada a quien le tocara el turno, sumamente intrigados en lo que ocurría; yo porque no tenía idea de lo que pasaba, y el inspector porque contaba cada punto de su sobrina como un triunfo enorme sobre el hombre al que no le gustaba tener que pedir ayuda.

-Eso estuvo muy bien-me atreví a decir, sonriéndole a la señorita Adler-. Eso explica, entonces, por qué me llamó "doctor" cuando me vio por primera vez-añadí, recordando aquel pequeño detalle que se me había olvidado.

-Obviamente-interrumpió Sherlock.

-No le preste atención-le dije a la chica-. Suele ponerse así cuando está en algún caso…

Sherlock me miró ofendido. Yo sabía que lo estaba obligando a hablar pero no sabía qué más hacer. En ése momento, la comida llegó. Aliviados, dimos cuenta de la cena, hasta que Irene rompió el silencio… Otra vez.

-Por cierto, señor Holmes…-le dijo Irene.

-Sherlock, por favor-murmuró él, molesto.

-… Sherlock. No he utilizado mi computadora en varias horas, ¿qué tal el caso? ¿Resuelto? ¡Excelente! ¿Y el culpable era… Hardy? Sí, me lo supuse. ¿Lo delató su… lunar? Sí, bastante curioso, ¿no cree?

Me sorprendió que Sherlock respondiera ante el interrogatorio sólo con la mirada, sin dejar de beber su sopa. Me sorprendió más aún que Irene pudiera leer el significado de todo aquello en los ojos de mi compañero, quien parecía no darle mucha importancia al evidente talento de la chica. Me enfadé con él por esa estúpida indiferencia que tenía y me dediqué a pedir explicaciones a la joven sobre el camino que tomó para descubrir lo que había dicho. Ella se rió.

-Ya lo sabrá, de alguna forma u otra. Por ahora, dedíquele toda su atención a su plato, doctor.

-John, por favor-le dije. Lestrade alzó una ceja, y yo traté de evitar la familiaridad desde ese momento- Y, dígame, señorita, ¿qué hace en Londres?

-Trabajo-respondió Sherlock, tosiendo una batata.

-Exacto-corroboró la joven-, y como el señor Holmes va a decir, trabajo para Scotland Yard. Nueva y entrando, reclutada por mi tío, por supuesto. Estoy bajo sus órdenes y para servirle a esta patria.

Nos sonreímos y ella me pareció bastante más agradable que mi amigo, como suele suceder aún. Su tío se mostró muy orgulloso de ella durante el poco tiempo que nos quedamos y no dejaba de dirigirle miradas escudriñadoras a Holmes, para ver qué actitud tomaba, pero Sherlock sólo me apresuró para que nos marcháramos, porque se sentía cansado y había olvidado sus llaves, y deseaba reponer fuerzas lo antes posible.

-No creo que la señora Hudson se sienta muy feliz de abrirme la puerta otra vez-añadió.

Terminé mi cena y me despedí entonces de Irene Adler y el inspector, agradeciendo la comida y disculpándome por cualquier malentendido, mientras que Sherlock se limitó a pedir un taxi. Le deseé suerte en su nuevo trabajo y nos fuimos de ahí.

No pude dejar de pensar en la joven maravilla que había conocido. Se veía delgada, ciertamente. Sus pómulos casi hundidos, seguramente por una mala dieta, recordaban la cara alargada de mi amigo, que miraba hacia afuera, por la ventana del taxi. Ella, sin embargo, tenía los ojos castaños, y el cabello también. Estaba despeinada esa noche, con una coleta descuidada, y su ropa era tan poco elegante como la mochila que había iniciado todo. Y aunque llevaba puesto una chaqueta más grande de lo que debía, se notaba que era atlética. Recordé el comentario de mi nariz, y pensé en la de ella… Bastante bonita, debo decir. Sólo que se notaba que se había roto, por lo menos una vez. Los dientes blancos y la sonrisa de labios finos eran tranquilizadores, de ésos que causan buena impresión en la gente, tal vez por eso me había sentido cómodo con ella… Tal vez era sólo el exceso de "Sherlock" que había manejado hasta hacía una semana.

-¿Se fijó en sus manos, John?-me dijo, de pronto, Sherlock.

-¿Cómo?

-Sus manos, las de la señorita Adler. Agente Adler, deberíamos decir.

-No, no me fijé. ¿Qué hay con ellas?

-Cicatrices, John. Eso es lo que pasa con ellas. De perro.

-Me sorprende que no se lo hicieras notar hace un momento. Estuviste de un humor terrible.

-Siempre, sobre todo cuando alguien intenta rebajar mi profesión, y lo sabes. Pueden decirme lo que sea a mí pero mi trabajo… Es intocable-se arrellanó en el asiento y cerró los ojos, juntando ambas manos.

-¿Y bien? ¿Qué tal ella?-inquirí, todavía molesto- Una admiradora y la desechas como la basura del jueves.

-Ella no me quería ver, ¡no te engañes!-exclamó, enojado- Su tío quería alardear. Además, ella no ha hecho nada sobresaliente, honestamente. Creo que muchos detalles fueron tiros al aire.

-¿Crees? ¿No lo supiste? ¿Cómo es eso?

Holmes abrió los ojos para mirarme.

-Eso sí debo reconocérselo, John: tiene un umbral bastante amplio.

-¿Umbral de qué?

-De lectura. Todas las personas son "legibles", "analizables", como quieras verlo, en distintas medidas. La mayor parte de lo que ves circulando en la calle no posee ni un pequeño corredor en lugar de un umbral, pero ella sí… Eso la hace interesante.

-Ya veo-le dije-… ¿Y todo lo que ha dicho?

-Exceptuando lo del Scrabble fue bastante exacta, pero aún no sabe cómo interpretar ciertas cosas. Soy un libro abierto cuando quiero, John, usualmente lo soy, si la persona sabe ver con propiedad, pero a esta chica le han costado algunas observaciones…

-Lo que me intrigó fue lo de tu hermano. Dijo que sólo tienes uno, ¿cómo hizo para saberlo? En mi…

-Psicología barata, John. Tengo toda la pinta de un hermano menor único.

-¿En serio?

-Como dije-me miró y me sonrió-: soy un libro abierto.

Entonces se acomodó mejor en su asiento, cerró los ojos de nuevo, y se negó a decir algo más hasta que llegamos al 221B de Baker Street y se encerró en su cuarto a dormir.

N/A: Hola. Aquí vamos… No sé qué tan largo o aburrido fue este cap, pero creo que fue necesario. Ahí vamos, reviews, comentarios y sugerencias siempre bien recibidos, ¡gracias y bendiciones!