Primero que nada… esta historia NO me pertenece… es una adaptación de un libro llamado Marido y amante de Jacqueline Baird… hehehe… Y en segunda los personajes de Sailor Moon, tampoco me pertenecen… son de la grandiosa Naoko Takeuchi…


Capítulo 2

Serena permaneció de pie en la cocina intentando pensar con claridad mientras preparaba el café. Darien Chiba estaba allí, en su casa, y sabía de la existencia de Alexander, aunque podía ser peor, se dijo a sí misma. Estaba al corriente de que Mina tenía un hijo ilegítimo y, desde luego, de que Serena lo cuidaba. Era posible que Mina se lo hubiera dicho finalmente a su padre, y quizás éste había consultado la situación con un abogado, quien, a su vez, se lo habría comunicado a Darien. Pero todo era muy extraño y había demasiados cabos sueltos.

Al menos Mina podía haberla avisado, pensó, molesta con su amiga por haberla puesto en semejante posición. Sacó el teléfono móvil del bolso que estaba en la mesa de la cocina y volvió a marcar el número de Mina. Seguía apagado.

Cinco minutos más tarde, tras subir una toalla del baño del sótano, entró de nuevo al salón llevando una bandeja con el café.

—Siento haber tardado tanto —colocó la bandeja en la mesa y le dio la toalla a Darien. Este la aceptó con un lacónico «gracias» y, tras enjugarse velozmente la cara, comenzó a secarse el espeso pelo negro. Despeinado como se encontraba, el parecido con Alexander resultaba asombroso—. ¿Solo o con leche, señor Chiba? —preguntó sin demasiado entusiasmo.

—Solo, con una cucharadita de azúcar. Y llámame Darien, no me trates de usted. Al fin y al cabo, somos viejos amigos.

—Si tú lo dices —susurró, y sirvió el café. En cuanto a lo de «viejos amigos», debía de estar bromeando, pensó Serena. Le pasó la taza, y cuando los dedos de él rozaron los suyos sintió un ligero estremecimiento. Sus miradas se encontraron y durante un instante ella percibió algo siniestro.

Extrañamente nerviosa, pero dispuesta a que no se le notara, Serena se sirvió una taza de café.

—¿Quizás ahora puedas explicarme por qué un abogado te reveló lo de Alexander? ¿Le contó Mina a vuestro padre finalmente la verdad y éste contactó con un abogado? —le inquirió a Darien.

El apuró el café y puso la taza en la mesa. Sus ojos oscuros la contemplaban con descaro.

—¿La verdad?; imagino que con esa palabra quieres decir que mi trastornada hermana tuvo un hijo fuera del matrimonio, un hijo del que su familia no sabía nada. Un hijo del que tú te has hecho cargo desde que nació… ¿Es ésa la verdad a la que te refieres?

Su fría mirada advirtió el gesto de culpa que fugazmente se había dibujado en el rostro de Serena.

—Que mi propia hermana pudiera ser tan retorcida como para privar a su padre de un nieto, es increíble, pero que tú, en connivencia con tu abuelo, fueras cómplice de todo ello, resulta sencillamente vergonzoso, si no criminal.

—Espera un momento —le interrumpió Serena—. Mi abuelo falleció varios meses antes de que Alexander naciera.

—Lo lamento. Discúlpame por lo que he dicho de tu abuelo, pero en todo caso eso no justifica lo innoble de tu actuación —afirmó resueltamente.

—Por lo que a mí respecta —replicó Serena con firmeza—, lo único vergonzoso en todo esto es que tu padre obligase a Mina a comprometerse con un primo lejano cuando volvió a Grecia el pasado verano. Un pretendiente elegido por él con objeto de mantener el patrimonio dentro de la familia. Tu hermana no está trastornada, muy al contrario. Mina siempre supo que su padre tarde o temprano intentaría casarla, y se preparó para ello. Intentó postergarlo lo más posible. Por eso cambió las clases que estaba tomando en la universidad después del primer curso. De ese modo podría prolongar sus estudios un año más. Y por la misma razón, una vez graduada, decidió prepararse como profesora durante otro curso más.

Serena no puedo evitar salir en defensa de su amiga. No sentía ninguna simpatía por Darien Chiba y, desde luego, tampoco le había gustado el despectivo comentario que había hecho sobre Mina.

—Parece que sabes más que yo —declaró Darien con ironía mientras clavaba su mirada en el pequeño rostro de Serena. Ella se sintió inexplicablemente amenazada.

Confusa, cerró un instante los párpados para ocultar aquellos ojos demasiado expresivos. No era propio de ella hablar sin pensar lo que decía. Tenía la perturbadora sensación de que iba a necesitar de todo su auto control para plantarle cara a Darien Chiba.

—Ignoro lo que sabes o dejas de saber —dijo con un leve encogimiento de hombros—. Pero obviamente Mina ha cambiado de idea sobre Alexander o no estarías aquí —prosiguió—. Hablé con ella hace algunas semanas y en ningún momento me dijo nada. Por lo que sé, aún no tiene intención de casarse con ese hombre y únicamente accedió al noviazgo como una forma de tener contento a su padre hasta cumplir los veinticinco años en mayo y poder heredar entonces lo que su madre le dejó. Será entonces, cuando su padre no pueda ejercer ningún control sobre ella, cuando haga pública la existencia de su hijo.

—Nunca tendrá ocasión de hacerlo.

—¡Dios, Mina tenía razón con respecto a ti! —exclamó—. Eres un…

—Mina ha muerto, al igual que mi padre —la interrumpió de forma brutal—. Estaban en la isla y Mina conducía el coche en dirección al puerto cuando se salieron de la carretera y se precipitaron por un barranco —dijo sin emoción alguna, como si lo hubiera repetido mil veces—. Mi padre murió en el acto, y Mina unas horas más tarde en el hospital, sin haber llegado nunca a recobrar la consciencia —Serena se quedó contemplándolo en el más absoluto silencio. No podía creerlo. No quería creerlo.

—Muerta… Mina está muerta —susurró con apenas un hilo de voz—. No puede ser —acertó a decir, horrorizada, mirando a Darien con los ojos abiertos como platos—. Tiene que ser una broma de mal gusto —hacía tan sólo media hora, estaba preocupada porque Mina no había llamado, y ahora se suponía que tenía que aceptar su muerte.

—El accidente tuvo lugar el quince de enero. El doble funeral se celebró tres días después.

De pronto, como si de una ola gigante y brutal se tratara, la inundó todo el horror de la noticia. En ese instante supo que Chiba decía la verdad. Destrozada, con un nudo en el corazón, cerró los ojos en un gesto inútil mientras trataba de contener las lágrimas.

Mina… hermosa, valiente y testaruda Mina, su amiga y confidente. Muerta. Su memoria se llenó de recuerdos, como cuando se conocieron. La suya había sido una amistad improbable entre dos polos opuestos: la extroversión griega y la introversión inglesa.

Cuando Serena tenía dieciséis años había perdido muchas clases a causa del accidente en el que ella resultó gravemente herida y sus padres fallecieron. Su padre trabajaba como consultor informático para un banco suizo en Ginebra y los tres habían ido a pasar un fin de semana esquiando en los Alpes. Un alud de nieve sepultó a sus padres y a ella la arrojó violentamente contra un árbol. Cuando transcurridas unas horas la rescataron, tenía la pelvis fracturada y, lo que aún era peor, había perdido la visión. Bien se tratase de una ceguera producida por la nieve o de una reacción psicológica tras presenciar la muerte de sus padres, el hecho era que le llevó mucho tiempo recuperar la vista.

Regresó a Inglaterra a vivir con su abuelo, donde lentamente se fue restableciendo. Al final retomó su educación como alumna externa en un internado que se encontraba en el campo, cerca de la casa de su abuelo. Serena coincidió con Mina en la misma clase, aunque era dos años mayor que el resto de sus compañeras. Mina salió en su defensa cuando otras chicas de la clase se burlaron de ella por las poco agraciadas gafas de cristal tintado que llevaba entonces. A partir de ese momento se hicieron grandes amigas, y Serena la invitaba a menudo a su casa durante los fines de semana. El abuelo de Mina había sido profesor de Clásicas y dominaba el griego, y la dirección de la escuela no tuvo inconveniente en dar el visto bueno a aquellas salidas.

Cuando Serena debió dejar la escuela para cuidar de su abuelo, que se había quedado en silla de ruedas por culpa de un infarto, Mina había seguido con las visitas hasta que se fue a Londres para estudiar en la universidad. Se habían mantenido en contacto por medio del teléfono y el correo electrónico, pero no se vieron durante dos años. Hasta que un fin de semana Mina reapareció de forma inesperada, con un aspecto pálido y sombrío, algo poco habitual en ella.

—Sé que esto es una noticia terrible para ti y no quiero entrometerme en tu dolor —la voz oscura y enérgica de Darien la sacó de su ensimismamiento—, pero vine aquí para ver a mi sobrino y hablar de su futuro.

Sin decir nada y con los dientes apretados en un intento de controlar su dolor, Serena miró con los ojos llenos de lágrimas a Darien Chiba, y se estremeció al ver una expresión glacial en su rostro. Si aquel hombre estaba afligido por la pérdida de su padre y de su hermana, la verdad era que lo disimulaba muy bien; era tan duro como un bloque de granito. De pronto, el miedo por el incierto futuro de Alexander le hizo olvidar su propio sufrimiento.

—Alexander está durmiendo arriba. Va a preescolar por las mañanas y después de la comida suele echarse la siesta —dijo con sinceridad, luchando por ordenar sus pensamientos—. No creo que sea aconsejable despertarle para contarle que su madre ha muerto —continuó Serena, así incapaz de pronunciar aquella última palabra.

—No era ésa mi intención —repuso él mientras se llevaba la mano a su negro cabello.

Por un momento, ella creyó ver un atisbo de angustia en sus ojos oscuros.

A Serena se le ocurrió que tal vez Darien Chiba estaba más alterado de lo que parecía. De repente, recordó que Mina le había contado que la esposa y el hijo recién nacido de Darien habían muerto en un accidente de coche. Aquello debía de ser un terrible golpe para él. Ella había perdido a su mejor amiga, pero él había perdido a su padre y a su hermana, pensó compasiva.

—Aunque más tarde tendrá que enterarse; mientras tanto, quisiera ver alguna prueba de que el niño realmente existe y de que está aquí —afirmó con un sarcástico arqueamiento de cejas.

Al escuchar aquel cínico comentario, Serena se mordió la lengua al tiempo que se esfumaba toda posible simpatía por él.

—Claro —ella se dio cuenta al levantarse de que lo tenía demasiado cerca, por lo que se apartó un poco—. Sígueme —murmuró mientras se dirigía a la puerta.

Las cortinas estaban echadas, y una pequeña lámpara con forma de coche que Alexander adoraba iluminaba la habitación. Alexander estaba acostado boca arriba, en una cama que también representaba un coche. Llevaba unos calzoncillos blancos y una camiseta. Se hallaba profundamente dormido, con el pelo negro y rizado cayéndole sobre la frente y sus largas y negras pestañas reposando sobre las mejillas. Serena le sonrió y, con mucha suavidad, le apartó el pelo de la frente. A continuación miró a Chiba. Pudo sentir la tensión en cada uno de los músculos del poderoso cuerpo del griego mientras éste contemplaba cómo dormía el niño.

Aquel hombre le parecía a Serena cínico e insensible. Además, se sentía intimidada; No sólo era alto, sino también fuerte, de espaldas anchas y poderosos pectorales, glúteos bien formados y piernas atléticas. Sin embargo, justo en aquel instante tenía un aspecto tan vulnerable como el del niño al que estaba dedicando toda su atención.

En silencio, ella retrocedió unos pasos hacia la puerta. Pensó que debía concederle algo de privacidad. Desde luego, tenía derecho a conocer a su sobrino, aunque el tema de la custodia era cuestión aparte, se dijo Serena con determinación.

Con los ojos borrosos por las lágrimas, le vino a la memoria el rostro de Mina cuando se presentó sin previo aviso un día de febrero similar a aquél cuatro años antes. Mina estaba nerviosa pero decidida, y nada de lo que le dijo Serena le había hecho cambiar de opinión.

Mina se había quedado embarazada estando soltera a la edad de veinte años, y por nada del mundo se lo pensaba contar a su padre, así que le pidió a Serena que la ayudase a cuidar del bebé hasta heredar su propia fortuna. Cuando ese momento llegara, podría mandar a su padre a hacer gárgaras y educar a su hijo tal como ella quería.

Personalmente, Serena pensaba que era la idea más disparatada que había oído nunca, y así se lo hizo saber a su amiga. No creía que Mina pudiera mantener el embarazo en secreto, por no mencionar lo de ocultar la existencia de su hijo. Además, ¿qué había del padre? Este, un compañero de universidad, había fallecido en un accidente de tren ocurrido en Londres que había sido portada de todos los periódicos unas semanas antes. Pero Mina lo tenía todo pensado. Como siempre, se iría a casa a pasar la Semana Santa y después regresaría universidad en Londres. Su padre, feliz al enterarse de que la mujer de Darien se había quedado embarazada, le prestaba aún menos atención que de costumbre.

Mina estaba convencida de que nadie se daría cuenta de su embarazo durante esas cortas vacaciones. El bebé iba a nacer la primera semana de julio y no sería difícil reservar una habitación en una clínica privada londinense para que le practicaran una cesárea a mediados de junio. Después podría dejar al niño con Serena y aún tendría tiempo para volver a Grecia para el verano sin que su familia sospechase nada. Como Serena consideraba que el plan era una locura, había intentado convencerla con ayuda de su abuelo de que lo mejor era decirle su familia la verdad. De hecho, Serena pensó que la había persuadido cuando Mina se marchó dos días más tarde, pero Mina estaba resuelta a seguir adelante.

Una mano poderosa la asió por el brazo sacándola de sus pensamientos.

—Es todo un Chiba —dijo Darien en voz baja volviéndose hacia ella—. Tú y yo tenemos que hablar seriamente —la presión de la mano y su proximidad le aceleró el pulso a Serena—. ¿Estamos solos? —inquirió Darien.

Con la respiración entrecortada y la boca completamente seca, ella echó la cabeza un poco para atrás para ver mejor aquellos intensos ojos negros. Al darse cuenta de la reacción de Serena, él clavó la mirada primero en su boca, ligeramente entreabierta, y después, provocativamente, en los pechos que se marcaban a través de la fina lana de su suéter.

—Eres una mujer muy atractiva. ¿Acaso vives aquí con tu pareja?

—De ninguna manera —contestó ella, ruborizada, con brusquedad.

—Eso lo hace todo más fácil —murmuró él, y puso un dedo sobre los labios de Serena—. Pero no hagamos ruido, no queremos despertar al niño.

Ella sintió un extraño hormigueo en los labios a causa del roce de aquel dedo. Antes de que pudiera darse cuenta, ya estaba fuera de la habitación, descendiendo por las escaleras.

—Ya puedes soltarme el brazo —dijo Serena cuando por fin reunió energía suficiente para hablar. La mirada y el roce, intencionadamente sensuales, de Darien Chiba la habían dejado aturdida.

Le soltó el brazo sin decir palabra y, esperando que ella le siguiera, bajó las escaleras hasta el salón. Ella se detuvo un instante al pie de las escaleras para poner algo de orden en su mente, pero el resentimiento no la ayudaba. Quién narices se creía ese hombre que era para comportarse como si estuviera en su propia casa, pensó Serena.

Ya en el salón, él se había dejado caer en el sofá, había reclinado la cabeza y cerrado los ojos. Se había desabrochado la chaqueta y aflojado la corbata. Suelto el último botón de la camisa, dejaba ver un cuello robusto y bronceado. Las piernas estiradas habían tensado la tela de los pantalones, dibujando así la forma de su sexo. Serena sintió un estremecimiento al contemplar semejante físico. Darien Chiba podría ser un banquero muy conservador, pero desde luego era todo un hombre. Sus ojos celestes recorrieron fascinados aquel cuerpo formidable. Al ocurrírsele que debía de ser un magnífico amante, un ligero rubor asomó en sus mejillas.

Serena se sintió como una Voyeur, sorprendida por esos pensamientos eróticos que nunca antes había tenido. ¿Qué demonios la estaba pasando?, se preguntó. Se frotó las palmas de las manos, súbitamente húmedas, contra los muslos, y, tragando saliva, retrocedió de forma involuntaria. Levantó la cabeza y se encontró con aquellos ojos oscuros y astutos clavados en ella.

¡Dios mío! ¿Había adivinado lo que había estado penando?, se preguntó, y rápidamente comenzó a hablar.

—¿Te apetece otro café o alguna otra cosa?

—Alguna otra cosa…

La examinó con calma en un gesto indisimuladamente masculino. De pronto, Serena se dio cuenta de los viejos vaqueros y del suéter gastado que ella llevaba. Pero aún peor era la peculiar erección de sus pechos al ser contemplada de aquella manera.

—Sí, me apetece más alguna otra cosa —dijo él despacio y con voz ronca—. ¿Qué sugieres? —preguntó sonriendo.

La mirada de ella dejó de recrearse en sus ojos oscuros para centrarse en la curva de sus labios; labios que revelaban unos dientes blancos relucientes. Durante un instante, dejó de respirar, hipnotizada por el inesperado brillo de su sonrisa. Al advertir que de nuevo estaba observándolo fijamente, se apresuró a apartar la vista y a decir lo primero que se le cruzó por la cabeza.

—¿Prefieres té o mejor vino? Cuando vivía, mi abuelo guardaba bastantes botellas de vino tinto y como yo no bebo mucho, todavía quedan algunas —jamás le había sucedido algo así, pero Serena estaba otra vez balbuceando.

Ella no era ninguna ingenua y conocía los pormenores de la atracción sexual. Había salido con Kenneth Markham durante casi un año, hasta que él decidió marcharse con una ONG a África. Pero esto era distinto, era algo instantáneo, automático, y la hacía parecer estúpida.

—Iré por el vino —dijo ella, y salió corriendo de la habitación.

Ya en la seguridad de la cocina, respiró a fondo e intentó tranquilizarse. Todavía se encontraba conmocionada por la noticia de la muerte de Mina, pensó. Eso explicaría por qué su cuerpo había reaccionado de aquella manera tan particular ante Darien Chiba. Después de todo, ni siquiera le gustaba, y desde luego tampoco se sentía atraída por hombres que hacían ostentación de su masculinidad. Prefería a los sensibles y cariñosos, como Kenneth, aquéllos con los que se podía hablar sin sentirse intimidada. No había duda, las trágicas noticias recibidas debían de haber revolucionado sus hormonas; una anomalía física causada por la tensión del momento. Convencida de su explicación, tomó dos copas de un armario antes de dirigirse al botellero.

—Permíteme, eres bajita —casi se muere del susto cuando vio aquel brazo sobre su cabeza. Serena se giró para encontrarse con aquel maldito hombre a tan sólo unos pocos centímetros de ella.

—Ya lo hago yo —repuso con una voz algo nerviosa, molesta por la facilidad con la que su cercanía la alteraba.

—Ya está —dijo él encogiéndose de hombros y sujetando una botella de vino—. Pero puedes dejarme el sacacorchos y, de paso, ¿qué tal algo para picar? He estado demasiado ocupado buscando este lugar y no me ha dado tiempo de comer nada. Unos sándwiches no estarían mal —sugirió con la mayor tranquilidad.

Que la llamara «bajita» y su pretenciosa asunción de que le iba a dar de comer la enfureció, pero prefirió no discutir. Después de todo, era un alivio alejarse de él. Serena buscó el sacacorchos, lo dejó al lado de Darien y se dirigió al frigorífico.

—¿Qué te parece algo de queso? —le preguntó. Serena se molestó al verlo sentado a la mesa de la cocina con una copa de vino en la mano.

—Perfecto —contestó él antes de tomar un sorbo de vino.

Concentrándose en lo que tenía que hacer, Serena preparó dos sándwiches sin perderle de vista.

—Tu abuelo entendía de vino —aprobó—. De hecho, según el informe que mi padre tenía de él, tu abuelo era un profesor muy respetado, de gran inteligencia y moral intachable.

—¡Informe! —exclamó Serena, volviéndose hacia él y mirándolo con asombro mientras sostenía temblorosa el plato con los sándwiches.

—Déjame ayudarte con eso —Darien le arrebató el plato de las manos y lo colocó en la mesa, tomó un sándwich y comenzó a comer con evidente apetito.

Otra vez la estaba dando órdenes, y durante un largo segundo ella, confusa, se quedó mirándolo fijamente.

—¡Tu padre investigó a mi abuelo! —su mirada indignada se posó en aquellas duras facciones.

—Sí, por supuesto —afirmó como si fuera la cosa más natural del mundo—. Antes de dar permiso a mi hermana para visitar tu casa, mi padre había comprobado en la escuela y por otros medios que tanto tú como tu abuelo erais personas adecuadas y de confianza. Obviamente, con el paso del tiempo las circunstancias cambiaron, pero ni mi padre ni yo nos llegamos a enterar de nada. Mina tenía una portentosa inventiva.

Él tomó otro sorbo de vino antes de proseguir.

—Recuerdo con claridad que hace tres años enviaste a Mina una tarjeta navideña que agradó especialmente a mi padre. Él preguntó por vosotros y sugirió que Mina te invitase a pasar otras vacaciones en la isla. La respuesta de Mina, tal como la recuerdo, fue que tu abuelo había sufrido un ataque hacía algunos años y que tú te habías quedado con él en la casa cuidándolo. Mina dijo que, por desgracia, no te había visto desde que se había ido a Londres a la universidad, y aparte de las ocasionales tarjetas de felicitación por Navidad o de cumpleaños la amistad se había ido diluyendo.

Darien levantó una ceja con aire burlón.

—Estoy empezando a darme cuenta de que mi inocente hermanita era como todas las mujeres: una perfecta mentirosa y tan taimada como el demonio —espetó, y tomó otro sándwich.

Serena abrió la boca para defender a su amiga, pero se calló. ¿Qué podía decir? Desde el momento en que acogió a Alexander en su casa, se había hecho cómplice de cualquier historia que Mina hubiera contado a su familia. El hecho de que Mina hubiera mentido acerca de la amistad que las unía se lo hizo ver con toda claridad. Pero entonces, ¿por qué se sorprendía tanto? En los primeros meses tras el nacimiento de Alexander, Serena había estado esperando que Mina recobrase el sentido común y hablase a su familia del niño; sin embargo, Mina se había dedicado a borrar las huellas que pudieran conducirlos hacia Serena.

—Siéntate y toma algo. Pareces muy tensa —comentó él.

Ella apartó la silla, se sentó y agarró la copa con una mano vacilante. Se la llevó a los labios y tomó un gran sorbo. Serena apenas bebía, y el alcohol se le subió directamente a la cabeza. Pero Chiba estaba en lo cierto: era tal el engaño en que ella había colaborado que ahora estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. A pesar de lo mucho que había querido a Mina y de lo que había deseado ayudarla, Serena sabía en su interior que los motivos que la habían movido a actuar como actuó no eran puramente altruistas.

Antes de la muerte de sus padres, ella había sido una adolescente feliz y segura de sí misma. Había tenido todas las esperanzas y sueños de una chica de su edad. El colegio, la universidad, el trabajo y luego el amor, el matrimonio y los hijos. Pero todo cambió el día del accidente. Su vida, casi idílica, se hizo pedazos y, aunque ella quería mucho a su abuelo, éste no pudo reemplazar lo que había perdido.

La negativa de Serena a secundar los planes de Mina cambió de raíz con la súbita muerte de su abuelo a finales de abril. Mina, sin que su familia supiese que estaba embarazada, había acudido al funeral. Para Serena, llena de dolor y completamente sola por primera vez en su vida, hacerse cargo del bebé mientras continuaba sus estudios tal como le pidió su amiga, ya no parecía horrible; en realidad, era un sueño hecho realidad.

—¿Más vino? —preguntó él interrumpiendo sus pensamientos.

Ella lo miró a los ojos, y supo que aquel sueño estaba a punto de convertirse en su peor pesadilla. Apartó la vista de su penetrante mirada y se dio cuenta de que se había bebido la copa entera. También era consciente de que tenía que conservar toda su presencia de ánimo para lo que se le venía encima.

—No, no, gracias —dijo ella con educación.

—Como quieras —replicó él. Se sirvió más y dejó la botella en la mesa, no sin antes dirigirle una mirada burlona mientras se llevaba la copa a los labios. Inconscientemente, ella observó su boca y el movimiento que aquella poderosa garganta hacía al tragar. Fascinada, lo siguió con la mirada hasta donde el cuello abierto de la camisa mostraba algo de vello negro sobre la piel aceitunada de su pecho. De repente, sintió que un golpe de calor le recorría las venas y le hacía sentir mariposas en el estómago. «¡Oh, no!, está ocurriendo de nuevo», pensó horrorizada.

Lo miró y abrió la boca en un intento de decir algo, cualquier cosa, pero era incapaz de respirar. Ella simplemente estaba allí sentada, mientras el color se le subía a las mejillas, con los labios ligeramente entreabiertos, paralizada por la tensión sexual que atenazaba hasta el último músculo de su cuerpo. Él dejó la copa sobre la mesa y observó cómo ella se ruborizaba. Sabía lo que le estaba pasando y por qué. Por su parte, Serena vio una señal de satisfacción en la leve sonrisa que Darien esbozó. De pronto, el aire entre ellos estaba cargado de tensión sexual.


Bueno acá tenemos el segundo capítulo espero y les haya gustado...

les deseo feliz navidad... espero que lo hayan disfrutado con sus familiares y seres queridos...

saluditos y besitos con sabor chocolate...

nos vemos el viernes...

Sayo.. OwO!


(((¯`•.¸(* )¸.•´¯)))ו«¤´¯`•.»¤Etsuko Ai ¤«.•´¯`¤»•×(((¯`•.¸(* )¸.•´¯)))