Saludos de fin de semana, lectores / víctimas

Espero que estén disfrutando de las fiestas de fin de año, y que el 2013 les traiga mucha inspiración, sueños cumplidos y salud. Dejo a su consideración este segundo capítulo del fic regalo-de-mí-para-mí por cumplir un año en esta linda página, a la cual soy ya adicta.

Tot12: sí, poeta maldito, se supone que eran artistas incomprendidos, mal portados (creo que lo correcto sería decir no adaptados a su entorno) y melancólicos, no sé si a Edgar Allan Poe se le pueda considerar uno, pero está por ejemplo Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Paul Verlaine… Espero te agrade este segundo capítulo.

SakuraK Li: Muchas gracias por comentar. Pobre Shun, la tristeza no es buena consejera para este tierno caballero. Y aunada a la soledad y a sentirse que en ningún lado cabe… No es que sea débil, sólo está deprimido. Y en este capítulo sufrirá y sufrirá y sufrirá (me sentí el lobo feroz "soplaré y soplaré y soplaré, jajaja).

Carito357: ¡Gracias por comentar! Por ahí anda el asunto, pero no diré nada. Ikki está muy lejos y dulce Shun está triste, perdido, casi desamparado… Verás lo que le espera en esta nueva entrega.

InatZiggy-Stardust: Muchísimas gracias por leer (mi propia malvadez me asusta, ya verás por qué en este nuevo capítulo). ¿El que lo asustó? Muajajajaj… aún no diré nada, pero no hay que esperar mucho, si mis exactos cálculos no me fallan, serán otros dos capítulos y ya.

Alyshaluz: La tristeza es mala consejera, y aumenta lo indefenso del dulce angelito alias dueño de mis quincenas. Espero te agrade esta segunda entrega. ¿Quién llegó a asustarlo? Aún no lo diré, pero será corta la espera. Y sí, dale oportunidad a Baudelaire, ahora estoy leyendo, para efectos de esta historia, lo que escribió sobre Edgar Allan Poe, no sé, quizá pueda ayudarme.

Ahora sí, después del copyright a Kurumada por su dulce personaje, que nada más nos presta para imaginar, ya pueden pasar a leer. Buen provecho… Si les gusta lo amargo.

Ficus macrophylla

II

Me observa.

La tristeza pelea por deformar su rostro.

Presiento en él la piedad

que se da en ofrenda a todos los desdichados

–a veces por convicción,

a veces para comprar la llave del Paraíso.

De tal virtud está hecha su alma.

.

.

Para él

soy ese que limpia el lodo de sus mejillas

con un pañuelo nuevo –regalo suyo–,

ese que acomoda sus ropas

intentando disimular el más reciente remiendo.

.

.

Y pregunta a su dios, adivino,

por qué nadie tuvo compasión

de la existencia de este desposeído,

qué enorme mano sembró de tumbas

sus senderos, de pena.

.

.

Y llora, no puede evitar llorar.

Y yo sonrío

con la sonrisa de la hiena.

Capítulo 2

Para desahogarse

–No era nada, no fue nada, estuve solo afuera del departamento de Seiya. Esto lo traje conmigo de la mansión, lo encontré junto a la reja.

Shun repite cada palabra remarcando el "no", el "nada", para cambiar la procedencia de ese objeto fino y alargado que guarda en el bolsillo derecho. Camina, se observa el dedo índice, manchado de tinta oscura, como el blanco de su pantalón. No se trata de tinta azul o negra; sus pigmentos guardan el color de las fotografías viejas.

Aun sin quererlo saca ese objeto. Es una pluma de metal negro, y justo a la mitad tiene un cintillo dorado. Parece costosa, demasiado, más que las que la señorita Saori usaba para firmar documentos cuando Shun regresó de su entrenamiento y le entregó su armadura, antes del torneo.

–Es de ella–, decide al fin. No quiere volver a pensar en la sombra de anoche.

El caballero avanza por la avenida, al fin se acerca a la reja. El vigilante levanta la mano al reconocerlo, asiente, lo saluda con una sonrisa. Shun se sonroja un poco, piensa en su aspecto desaliñado, en su salida por la noche y su regreso a la mañana siguiente; seguro el hombre de la caseta creerá que fue a divertirse a algún bar y ahora vuelve con el cerebro inundado de ron, de whisky. El caballero decide darle como única explicación una mano en alto, saludo silencioso que se prolonga sólo mientras se acerca al pasillo que conduce a la entrada de la mansión.

Andrómeda sigue caminando, luego observa el recibidor, amplio e iluminado a las ocho de la mañana. Casi sonríe; así, bajo el amarillo del sol, inundada de turquesa y de las sombras provenientes de la arboleda, la mansión no parece tan triste y amenazadora como durante la noche. Podría quedarse ahí siempre, solo, imaginando a Hyoga en una de las últimas habitaciones, a su hermano en el gimnasio mientras él corre en el patio, a Shiryu en la biblioteca del señor Kido y a Seiya paseando al interior del bosque, en su andar el ritmo lento de los pasos de la señorita. Sí; podría quedarse solo mucho tiempo más. Solo y al mismo tiempo acompañado de sus amigos.

¿Y Tatsumi? La claridad del día le ofrece una esperanza: el mayordomo de los Kido terminará aceptándolo. Shun acaba sonriendo como no lo hizo allá afuera, la mansión ante su vista. Sí, todo irá bien.

De pronto una especie de relámpago lo obliga a volver el rostro hacia la izquierda. Es una bofetada. El caballero alcanza a levantar el brazo para detener la que viene.

–¿Dónde estabas, imbécil?

Shun deja de escuchar los insultos del mayordomo. Se lleva la mano a la mejilla derecha, siente la sangre en la comisura de sus labios.

–No vuelvas a hacerlo–, dice, interrumpiendo algo acerca de una llamada de larga distancia desde Grecia, de un regaño por no saber responder a dónde fue el único habitante de la mansión.

–No voy a permitir que me golpees de nuevo, Tatsumi, ya no soy un niño del que puedas abusar nada más por gusto…

–Eres un arrimado aquí, no tienes ningún derecho y yo puedo hacer lo que me venga en gana–, grita el calvo, provocando que el caballero de bronce apriete los puños y salga al patio para calmarse. Si su estadía en ese lugar se prolonga indefinidamente lo mejor será llenarla de tranquilidad. Así los días no se harán tan pesados, tan semejantes a un lapso de cincuenta horas en vez de veinticuatro.

/ – / – / – /

Este es el sitio, pero Shun no lo sabe. Quiso tan sólo buscar una habitación alejada de la casa, del eterno sirviente de la señorita y su abuelo muerto al año de enviarlos a entrenar. El muchacho jala aire y lo retiene unos segundos antes de soltarlo con lentitud, se mesa los cabellos. Sentado en el suelo, la espalda contra la pared, piensa en la crueldad del Tatsumi anterior a su viaje a la Isla de Andrómeda. Es la misma, murmura, la diferencia es que nosotros no podíamos defendernos. Parecía un gigante, un ogro.

Recorre el cuarto con la vista. Es amplio, pero varias cajas de cartón lo hacen pequeño, casi una tortura para un claustrofóbico. Un recuerdo llega a la mente del caballero de bronce. Es algo que pasó días antes de sacar el papel con el nombre de la Isla de la Reina Muerte en el sorteo. Hasta entonces los entrenamientos se trataban de saltar la cuerda y correr, de abdominales, sentadillas y algo de pesas. Pero ahora debía golpear a uno de sus amigos. A Shiryu. No puedo, no puedo pegarle, dijo, repitió cuando le ordenaron subir a esa plataforma elevada, rodeada por cuerdas. ¿Ah, no? Entonces vas a acompañarme, ¡vamos, bueno para nada!, le ordenó el mayordomo, jalándole un brazo, la playera. Ikki, cerca como siempre, llegó para ayudarlo. Tatsumi llamó a dos de los empleados para que encerraran al mayor de los hermanos mientras él se encargaba de Shun.

Tarde o temprano deberás hacerlo, no siempre podrás negarte, si no te defiendes morirás, casi enumeraba sus frases el mayordomo al tiempo de arrastrar al pequeño hasta uno de los cuartos de mantenimiento, de aprisionarle ambas manos con una de las suyas, de atar sus muñecas con el nudo corredizo de una soga. El futuro caballero de Andrómeda lloraba, suplicaba por su hermano. Por favor, señor, que no le hagan nada a Ikki, perdónelo, él no se portó mal, dijo sin que el mayordomo diera muestras de escucharlo. Señor, repitió Shun; Tatsumi ni siquiera respondió, se limitó a aventar el otro extremo de la soga por encima de la viga, a atarla a una columna cercana, dejando al niño casi colgado de los brazos.

–Estarás castigado aquí hasta mañana–, sentenció el mayor ante las lágrimas silenciosas de Shun. –Y no llores si no quieres que te vaya peor, mocoso–, agregó quitándose el cinturón y amenazando a su víctima con la hebilla. El futuro caballero de bronce apretó los ojos.

Tatsumi salió sin descargar ni un golpe y Shun rogó a sus padres muertos para que le ablandaran el alma y lo liberara antes; empezaban a dolerle los hombros y los brazos, las fibrillas de la soga se le enterraban en las muñecas, además no podía aguantar mucho tiempo parado de puntitas. El mayordomo no regresó; en cambio las horas se le hicieron eternas y la mañana se asomó a la ventila para encontrarlo con un persistente hormigueo en las manos, con el rostro sucio y ojeroso y el pantalón húmedo de orina, todavía sollozando.

¿Por qué esa imagen aquí?, se pregunta el caballero de Andrómeda, frotándose las muñecas sin notarlo. Porque cada habitación desprovista del mármol en los pisos y del terciopelo frente a la ventana es el cuarto de los castigos. No importa si está en el patio, al final del corredor en la planta baja o en la parte de atrás, esas habitaciones son la misma. Y todas guardan los mismos gritos, los mismos golpes, idénticas lágrimas.

/ – / – / – /

Después Ikki llegó a desatar la cuerda de la columna. Me derrumbé sobre el polvo de la habitación. Los hombros más que adoloridos y en las muñecas un par de marcas que empezaban a ser violetas. Me volví, no quería ver su rostro preocupado, sucio de llanto, como el mío. Lo habría ofendido, quizá. También sentí vergüenza por mi pantalón, y me entristeció no poder corresponder a su abrazo gracias al dolor, resultado de la posición que la soga me obligó a mantener desde el mediodía anterior.

Vamos, Shun, creí escuchar debajo de algo con el tono agudo de una burla: debería ir al baño antes, ¿no crees?, ¡qué pena!, mira que mearse encima, ¡já! Yo apreté las piernas, mi hermano los puños. Vamos, repitió al deshacer el nudo en torno a mis manos, ¿puedes levantarte? Busqué mi voz; nada, sólo lamentos, sólo lágrimas contenidas. Negué en silencio, los ojos cerrados mientras sentía cómo Ikki me alzaba en brazos. Perdóname, le dije cuando al fin logré hablar, en el pasillo, mi rostro metido en el hueco de mi hombro, siempre te doy problemas. No es tu culpa, respondió, y yo quise morirme en ese momento. La burla del mayordomo, sus risas antes de que mi hermano me liberara, serían el preámbulo para las de Jabu quien, seguro, pediría me revisaran el pañal justo antes de la comida o por la noche, luego de cenar.

/ – / – / – /

Shun abre una de las cajas más pequeñas para dejar de pensar en la bofetada del mayordomo. Tiene fotografías con defectos de enfoque o de impresión. El muchacho sonríe ante la imagen de una niña pequeña sentada en las piernas de su abuelo, ante la de un grupo de niños que detuvieron el partido de fútbol para posar delante de una cámara.

–Recuerdo eso–, susurra, frente a sus ojos se desarrollan las acciones: sus pases fallidos, la molestia porque sin él Ikki se niega a jugar, los empujones al final porque el más pequeño de los huérfanos les regaló una derrota…

La sonrisa de Shun cambia de significado; se dirige de la nostalgia a la comprobación de que en su niñez no hay momentos libres de lágrimas. Juegos, comidas, su hermano, el entrenamiento, sus amigos… Siempre el nido de llanto a media garganta.

Las dos últimas fotografías convierten su sangre en hilos de magma. Están atoradas al fondo de la caja y el caballero debe forzarlas un poco nada más, con cuidado para no romperlas. Tan pronto las ve se arrepiente de haber cedido a su curiosidad.

En los gruesos rectángulos de papel distingue el cuarto en el que se encuentra, la pintura azul índigo menos descascarada, las vigas, las tarimas de madera y las cajas. Pero eso no es lo que le llama la atención, sino el cuerpo que aparece en ambas, una lágrima de penumbras cabeza abajo en una, en la siguiente una madeja de heridas.

–Es…

Shun hace una pequeña pelota blanca con las fotografías, las arroja al suelo para después recogerlas y alisarlas. Aún son las mismas imágenes, de contornos un poco difuminados, como los de las demás. Andrómeda golpea la pared con el puño. No, no puede ser, ¿cuándo demonios sucedió esto? Cierra los ojos con fuerza, se asoma una vez más al pedazo de tiempo que la cámara aprisionó en dos espacios de celulosa y sales de plata. Y como en la entrada del departamento de Seiya, vuelve a llorar.

–…Ikki.

Las deja a un lado, no quiere verlas de nuevo. Pero es imposible; esas imágenes se han grabado al interior de su mente, y ahora aunque lo desee no abandonarán sus recuerdos. Se trata de dos momentos diferentes del mismo suceso: Ikki colgando de una viga, mucho más alto que él cuando la rutina de entrenamientos cambió, con las manos atadas por la espalda y un nudo corredizo aprisionando sus tobillos, Ikki inconsciente, los labios entreabiertos, un hilo de saliva seca y las mejillas pálidas debajo de los innumerables moretones y arañazos, los párpados hinchados, Ikki torturado como Hyoga en el cuarto oscuro, como Seiya y Jabu durante los juegos de la señorita de la casa. Eso en la primera; en la segunda fotografía Ikki permanece inconsciente, vuelto de espaldas, ahora en el suelo. Shun distingue la huella de los golpes de Tatsumi debajo de la playera rota de su hermano, marcas color escarlata que se le clavan en la piel como se le clavaron entonces a Ikki, a solas con el mayordomo.

/ – / – / – /

Pero eras tú, hermano. ¿Cuándo fue que…? No es necesario preguntarme quién, nada más una persona en la mansión es capaz de hacer algo semejante: la sombra enorme, el mayordomo de eterno negro. ¿Por qué, Ikki? ¿Por qué tuviste que estar a su merced? Seguro pasó después de irnos.

Recuerdo que me despediste, que yo forcejeaba para liberarme del agarre de aquellos dos hombres, rogándote que no me dejaras, que no me abandonaras. Y fui yo quien te dejó. Lo siento muchísimo, perdóname, ¿podrás hacerlo? Ahora me hubiera gustado cumplir con lo que el destino escribió para mí en ese trozo de papel sacado al azar. Yo a la Isla de la Reina Muerte; Ikki, si no te hubieras ofrecido a ir en mi lugar, si no le hubieras arrebatado esa tira blanca a Tatsumi, si no lo hubieras retado con los ojos delante de los otros niños, tal vez… No, seguramente nadie te habría golpeado de esta manera. Y es mi culpa.

Si por lo menos te hubiera acompañado. Lo sé; mi presencia no habría sido de gran ayuda, pero… Ahora es tarde, muchos años tarde. Y nada más puedo ver la fotografía y pedirte perdón por dejarte solo.

No, no nada más. Tatsumi va a pagarlo. Él, él, no lo comprendo, ¿por qué? Su corazón es una roca, siempre lo ha sido y siempre lo será, pero eso no alcanza para explicarlo. En cuanto a mí, Ikki, yo te causaba problemas y tú venías a ayudarme siempre; y a cambio de eso te abandoné, y entonces no hubo nadie que te defendiera, nadie que llegara a abrazarte y preguntarte si podías caminar.

/ – / – / – /

Se frena, respira. La violencia no es la respuesta, dice, aunque las imágenes de un Ikki inconsciente luego de la golpiza le aconsejan hundir al verdugo en el vórtice de su verdadero poder, oculto por letal, en consideración a la vida de los otros.

–No.

La violencia de su cosmos se concentra en sus puños, que acometen de nuevo la pared, en sus ojos, cuyas lágrimas de rabia le abren las mejillas a la manera de una daga, de un cortapapeles.

–Responder con violencia a la violencia…

Sigue sonando tentador, maldito sea ese mayordomo.

–Para desahogarse, fueron esas las exactas palabras de aquella sombra.

El caballero se palpa el bolsillo con la mano derecha mientras seca lágrimas nuevas con el dorso de la izquierda. Después de todo, si tuviera que vengarse de los causantes del sufrimiento de su hermano acabaría suicidándose sin remedio.

Ya con el pulso calmo, Shun toma la segunda fotografía y le da vuelta. Te ayudará, es bueno para desahogarte, escribe con esto, escucha, es lo que susurraron cerca de su hombro por la noche, cuando buscó sin suerte al caballero de Pegaso.

–Tal vez tenga razón–, intenta sonreír, empuña la pluma que, decidió, es de Saori.

Y escribe un "Lo siento, hermano, perdóname por favor" de letras firmes y grandes, resumen de la larga disculpa que el dolor despliega en sus pensamientos:

.

"No sé si algún día me gane tu perdón, Ikki. Siento ser un lastre, siento que hayas tenido que ayudarme siempre, siento causarte problemas un día sí y otro también. Eso lo sabes ya.

Pero ahora siento, además de que tuvieras que soportar el castigo que me muestran estas odiosas fotografías, el hecho de no saberlo hasta ahora. Las heridas de cada combate, las del odio que cundió tu alma cuando regresaste convertido en el Fénix, ocultaron las que Tatsumi dejó sobre tu piel ese día, cuando los demás habíamos partido a nuestros lugares de entrenamiento. Lo lamento mucho, debí verlas antes, sin necesidad de que tu propio verdugo me las mostrara.

Son también mi culpa. Y aunque se trate de palabras con años de distancia, vacías o inútiles, si así quieres nombrarlas, pues ya nada pueden resolver, repito que me perdones, que me hubiera gustado recibir ese castigo tan salvaje en tu lugar, si es que ello sirve para aligerar el peso que llevas al hombro, peso enorme del cual soy responsable".

.

Sin embargo ahí sigue, como una palpitación. El deseo de vengar violencia con violencia. Para contrarrestarlo se clava la pluma en la palma. Y sin querer, nada más al pensarlo, forma sobre su piel un enunciado de letras pequeñas, partido en cinco, hecho con pigmentos, sangre, lágrimas y rencor:

Púdrete, asno viejo,

deja de inundar el aire

con tu mierda.

Nadie va a ponerte flores,

ninguno te llorará.

Asustado, aprieta la mano en un puño y observa la viga en la que Tatsumi colgó a Ikki. Parpadea, regresa los ojos a su palma, ahora extendida. Intenta releer las cinco líneas sin suerte; un aleteo continuo en la ventila lo interrumpe. Voltea: es una mariposa nocturna rebotando contra el vidrio, fuera de su horario natural. Quizá creyó que aquí aún no amanecía, se dice, sin hacerle demasiado caso. Relee, piensa: ¿cuándo aprendió a escribir así? Un nuevo rumor en el cristal siembra otra vez las alas negras de la mariposa en su mente.

.

Continúa…

La autora siente una mirada de plomo a sus espaldas. No quiere voltear, intuye quién es pero no quiere ver sus ojos, la cicatriz entre sus cejas. Sabe que se pasó de mala... Y con eso peligra su salud.