¡Ey señoritas!
Ya estoy aquí con el primer capítulo. Primero, mil mil gracias por la aceptación de esta locura. Le estoy muy agradecida y bueno, espero no defraudarlas.
Así que aquí les dejo el primer capítulo. Como siempre, mi eterno agradecimiento a Gaby por ser beta y amiga maravillosa y a Manu por los hermosos banners que pueden ver en mi perfil de facebook.
Lea y disfrute, y ya saben que nos vemos los jueves.
Besotes!
Como saben, pueden encontrarme en Facebook como Catalina Lina y en Twiter como Cata_lina_lina
1.
Dos chiquillas de diecisiete años cada una, se sentaron en la barra del bar arreglándose el cabello muy coquetamente, esperando a que el guapo y sexy bartender se dignara a prestarles atención, pero el sexy hombre tras la barra estaba secando hacía ya unos cinco minutos el mismo vaso de vidrio, mientras su vista estaba clavada en la forma tan desvergonzada con que la chica que a él le gustaba coqueteaba con otro tipo.
Él suspiraba como un estúpido y se torturaba con esa escena que se repetía día tras día frente a sus ojos, aquella en donde esa mujer a quien él quería y por quien no era correspondido, desataba su hermosura, sensualidad y carisma con tipos desconocidos, ignorándolo completamente desde que él se atrevió a declarársele hacía un año y medio atrás.
―¡¿Edward?! ―canturreó una de las adolecentes en ebullición sentadas frente a la barra― ¡Yuju!
Pero el aludido ni aun así desvía su vista de la hermosa Jane, mujer de piel tan blanca que parecía iluminarse por sí misma, además de sus alegres y seductores ojos azul calipso, sus labios de cereza que él alcanzó a probar una vez y su cabello rubio que caía en ondas sobre su espalda.
"Dios, es maravillosa" pensaba, mirándola embobado, sin dejar de secar el vaso, que dicho sea de paso ya estaba bastante seco y que por la presión que ejercía sobre este, seguro lo quebraría en cualquier minuto.
Lo hizo finalmente despabilarse una fuerte palmada en su nuca, cortesía de su jefe, amigo y casi hermano, Sam Uley.
―¡Demonios, Galeno! ―exclamó Sam, llamando a Edward con el apodoque le puso desde que este ingresó a estudiar medicina― El maldito bar está lleno y tú con la cabeza y los ojos en otro lado, ¡Concéntrate, maldita sea! ―urgió el dueño de "El bar de Sam", nombre que finalmente le puso a su "negocito", inspirándose en el personaje de Moe, de su serie favorita "Los Simpson"
―Lo siento ―dijo el joven trabajador soltando por fin el dichoso vaso, quien estaba allí cubriendo los turnos de noche para costear sus estudios de medicina de cuarto año.
Mientras se ponía las pilas atendiendo a un par de comensales e ignorando a las dos chiquillas que seguían allí esperando que él las atendiera, vertía sobre los vasos la justa medida de vodka para preparar dos Kamikaze, pensando mientras tanto en el alto de materia que debía estudiar para los exámenes parciales que se avecinaban con más rapidez de la que él deseaba.
Cada día, después de sus clases, viaja en tren desde La Capital en donde se asentaban las universidades de la región, hasta El Pueblo en donde residía. Cuarenta y cinco minutos diarios de viaje le servían para descansar un poco, antes de ir directamente al bar y cubrir su turno hasta pasadas las cuatro de la mañana, esto cuando no tenía horas de práctica en el hospital.
De ahí, se iba a su departamento que compartía con su amigo Jacob Black y con su gato León, en donde se ubicaba en la mesa de la cocina, después de poner agua a hervir para acompañar su estudio con café bien cargado. Cuando tenía mucha suerte y sus materias habían sido cubiertas con una buena dosis de estudio en la biblioteca de la universidad, lograba llegar desde el bar derechito a su cama y dormir hasta las nueve de la mañana. Pero eso rara vez pasaba.
Esa era su vida diaria. Un poco agotadora ciertamente, pero no se quejaba; valía la pena el sacrificio por cubrir sus gastos universitarios de cuarto año, pues las becas no eran tantas ni tan generosas como para cubrirlas al cien por ciento y él solo no podían suplir el resto.
Su familia no era acomodada como para pagar sin problemas la universidad. Carlisle, su padre, era paramédico del consultorio del pueblo con quien él llevaba una nula relación; y Esme, su madre, era ama de llaves en el hogar de los Uley. El hermano que le seguía, Emmett, era Policía en el pueblo y su hermana más pequeña Alice se dedicaba a ayudar en casa mientras decidía qué hacer con su vida.
La familia de doña Carmen Uley, madre de Sam, quería a Esme y a su familia como si fuesen parte de la suya propia, insistiendo varias veces incluso en pagar las mensualidades de la universidad de Edward, pero este era tan orgulloso y terco, que se negó tajantemente a aceptar la ayuda de la señora Carmen. A regañadientes recibía una ayuda económica de su madre, pero fuera de eso, no aceptaba ayuda de nadie más.
De cualquier forma, Sam se las arregló para ayudarlo sin interferir en sus estudios, y lo más importante para Edward: obteniendo dinero mediante trabajo. Por eso, él trabajaba para Sam en su bar como barman, mesero e incluso la hacía de chofer cuando el galán dueño del bar tenía alguna cita en la capital u otro lugar.
―¡Demonios, Edward! ¡Tú sí sabes cómo hacer bien un trago! ―comentó uno de los muchachos cuando el barman aludido puso su baso de Kamikaze frente a ellos.
―¿Será que ahora nos puedes atender a nosotras, Edward? ―preguntó con coquetería Leah Uley, hermana menor de Sam, que aún estaba esperando, incluso después que su hermano le gruñera por estar allí. Pero para él ya era caso perdido, pues casi todas las noches su hermanita y su amiga Jessica llegaban ahí con dos claras intenciones: beber un trago y flirtear con Edward. Ninguna de las dos intenciones había sido cubierta, nunca.
―No tengo leche, chicas. Lo siento ―les dijo Edward, haciendo que los dos hombres a quienes él había atendido recién se carcajearan de la risa. Leah miró a los hombres con ira y luego a Edward con desaprobación.
―No queremos leche, queremos cerveza ―indicó con su mandíbula apretada.
―Eso, hermanita, cuando cumplan la edad legal y lo harán delante de mis narices, ya saben ―advirtió Sam― Ahora, les daremos un nutritivo jugo de durazno y luego, como niñitas buenas, se irán a casa, se pondrán sus pijamitas rosa y se dormirán, ¿entendido? Mañana deben madrugar para ir al colegio ―agregó, ignorando la furia de las niñas.
En aquel momento y medio del gentío, vieron a dos nuevos clientes que venían ingresando. Un hombre y una mujer. Él la llevaba a ella sujeta por la espalda baja, guiándola hacia una de las pocas mesas que había desocupada en esa tan atiborrada noche de público en el bar. Hablaban de algo, él muy cerca del oído de ella diciéndole algo que la hizo ruborizar y sonreír. Mientras eso ocurría, Jane llegó diligente hacia ellos para ofrecerles la carta y tomarles luego su pedido. El joven miraba la carta y decía algo, mientras su acompañante, Bella Swan, observaba con desaprobación de pies a cabeza a la mesera, que estaba concentrada en decirle algo sobre lo que hojeaba.
Todos en la barra miraban a la pareja. Los dos varones se miraron entre ellos alzándose de cejas, mientras las dos jovencitas hacían comentarios sobre ellos, o más bien cuchicheaban:
―Esta es su tercera cita en la semana ―decía Jésica, mirando de reojo a la pareja por sobre su hombro― Ese es el nuevo del pueblo, hijo del nuevo director de la escuela, se llama Michael Newton. Es de una buena y acomodada familia, estudia literatura y tiene un auto. El perfil idóneo de Bella… ¡Esperemos que esta vez le atine! ―concluyó, exclamando entre risitas.
―¡Basta de cuchichear, niñitas! ―se apresuró a increpar Sam a las chiquillas, antes que el cabizbajo Jacob Black se acercara a la barra, vestido con su traje de servicio policial, que era en donde trabajaba, con la pena y el pesar sobre sus hombros como cada vez que su amada Bella Swan entraba al bar acompañada de alguien, un hombre que no era él.
―Lo de siempre, Edward ―dijo Jacob, sentándose en el taburete, dejando su gorra a un lado y apoyando su cabeza en ambas manos.
―Lo siento, pero no queda leche, Jake ―indicó Edward, rascándose la cabeza y torciendo su boca como en una disculpa.
―¡Maldición!
Jacob Black era un humilde oficial de primer rango de policía, de veintidós años, proveniente de una humilde familia y que trabajaba en una humilde estación de policía con un humilde cargo que ayudaba a cubrir sus gastos básicos.
Sí, humilde era su vida y eso precisamente lo hacía estar fuera de la lista de candidatos a salir con Isabella Swan. Como bien habían dicho las dos chiquillas fisgonas, Jacob no encajaba en el perfil de citas para Bella.
La hermosa chica de veintiún años, dueña de unos grandes y castaños ojos, labios carnosos, piel de seda y cabello marrón rojizo que caía hasta su cintura, lo ignoraba exactamente desde hace tres años, desde el mismísimo día de su graduación a la que ella nunca llegó. Bella formó desde siempre, parte de su círculo de amigos cercanos, pero desde ese día ella cambio del cielo a la tierra. Nunca más volvió a salir ni con él ni con ninguno de sus amigos, apenas les dirigía la palabra y estaba más bien preocupada de atrapar a un buen hombre para casarse. Y entiéndase por buen hombre, a un chico, mínimo con coche y una gorda billetera.
Nadie entendía qué demonios le había pasado a esa chica, que de la noche a la mañana se convirtió en alguien aparentemente tan frívola.
―¡¿Me puedes decir qué demonios te ocurrió, Bella?! ¡Éramos amigos, y de pronto ya ni siquiera me hablabas! ―le dijo una vez Jacob, interceptándola después de una cita, antes que entrara en su casa.
―¡Porque con amigos como tú, nunca podré surgir, nunca podré salir de este pueblucho! ―exclamó ella.
―Dios, Bella… si supieras cuanto te extraño y lo mucho que te quiero…
―No me basta con tu amistad, no para mis propósitos.
Ese fue el día que Bella Swan rompió el corazón de Jacob Black. Un chico alto, moreno, fornido, sano, amigable, pero humilde.
―Vete a casa, Jacob. Y dale de comer a León por mí… ―le propuso Edward, apretando su hombro de forma amigable.
―¡Ese jodido gato tuyo me odia, Edward! ―refunfuñó refiriéndose al endemoniado felino que Edward tenía como mascota, sin levantar la vista de la barra.
―¡Claro que no! ―insistió Edward― Ve y descansa, Jake.
―Vale, vale, me largo ―dijo, levantándose de su taburete― Y déjenme decirles que es una vergüenza que no tengan leche ―criticó , mirando alternadamente a Edward y Sam antes de salir con su cabeza gacha del local, para evitar encontrarse con la mujer que rompió su corazón, coqueteando con otro tipo que no era él.
―¿Sabes qué? ―cuchicheó Sam a Edward cuando Jacob estuvo lejos y cuando su hermana y su mejor amiga se habían ido ya― Me cuesta creer que Bella tenga citas día por medio con hombres diferentes y después acabe con ellos… tú ya sabes dónde.
―¿Derechito a follar, dices? Pues me cuesta creerlo también ―meditó, poniendo un poco de orden en su lugar de trabajo― Me cuesta creerlo, pero por Charlie, él no lo permitiría.
―¡Edward! ―lo llamó Jane que era para él como sintiera a un coro de los ángeles catando su nombre― Necesito un Jack Daniel's de 18 años con dos cubos de hielo y una margarita sin alcohol ―indicó ella, tomando nota de algo en su libreta, ante de quitar la hoja y dejarla sobre la mesa, para que el cocinero tomara la orden de comida. Edward la miró mientras hizo todo eso y antes de arrepentirse, la jaló por la cintura, atrayéndola muy cerca de él.
―¡Oye! ―exclamó Jane con un dejo de diversión en su voz― Estoy trabajando, ¿no me ves?
―Te veo, claro que te veo… ―dijo él como en un ronroneo sensual, llevando su nariz hasta el cuello de Jane que olía malditamente sensual, provocándole cosquillas, riéndose luego como una colegiala.
―Entonces, dame lo que te he pedido y…
―Te doy lo que quieras cariño, ¿pero cuándo vas a darme tú lo que yo te he pedido? ―susurró, jaloneando el lóbulo de su oreja.
―No, Edward. Es suficiente ―dijo ella, apartándose y girándose para alejarse de las manos largas de Edward, quien soltó el aire de sus pulmones, como desinflándose, agarrando luego las botellas para hacer los tragos que Jane pidió. La vio de reojo cuchichear con Victoria y mirarlo a él a la vez que reían por algo. No sabía si debía sentirse halagado o avergonzado, pues no tenía claro qué era lo que esas dos mujeres hablaban tanto.
―¿No te cansas de perder el tiempo jadeando detrás de Jane? ―reprochó Sam, preparando una bandeja para una de las mesas.
―Sólo quisiera entender por qué yo no ―dijo Edward, sonando frustrado, mientras miraba a Jane.
―Porque te considera su amigo y todo ese cuento de que cuando te metes a la cama con tu amigo, la amistad se rompe y toda esa cantaleta… ―recordó Sam despreocupadamente, mientras revisaba unas facturas y sacaba cuentas con su vieja calculadora.
Pero Edward no se tragaba ese cuento. Él sabía que de insistir un poco más con acercamientos como el que acababa de tener, ella cedería, pero sólo para una noche de sexo, pero él no se conformaría sólo con eso. Él quería algo más con ella, un compromiso mucho más formal y definitivo. ¿Sería eso acaso a lo que ella le hacía el quite? Pensaba distraídamente, otra vez mirando a la hermosa mesera hablando y riéndose con unos clientes…
―¡Ey! ―un golpe de mano seco sobre la base caoba de la barra, proferido por la castaña mujer que hace unos momentos había entrado en compañía de su tercera cita semanal. La mismísima hija de Charlie Swan, miraba con disgusto a Edward, dejando previamente un vaso de margarita que hace un momento envió para ella con Jane― No sé si tienes claridad sobre cuál es la diferencia entre una Margarita con alcohol, que es esta que me mandaste, y una sin alcohol que es la que yo pedí.
―Uhm… ¿lo siento? ―dijo Edward confundido, agarrando el vaso y sacando otro para preparar el trago una vez más, sin ni siquiera detenerse a comprobar que lo que alegaba la fierecita esa, era cierto.
―¡Para la próxima vez podrías estar más concentrado en tu trabajo, en vez de andar flirteando descaradamente delante de todo el mundo! ―acusó, dándose media vuelta y regresando a su mesa.
Jane, Victoria, Sam y él miraron anonadados el arranque de rabia de la clienta contra Edward, no entendiendo bien si tan sólo se debía a que preparó mal el dichoso coctel.
Sam enseguida sacudió su cabeza, y volvió a proferir un palmetazo en la nuca de Edward. Este reaccionó, sobándose en el lugar del golpe y mirando a Sam con un "¡¿Por qué haces eso?!" a Sam, quien simplemente dijo, en tono de reprensión:
―¡Concéntrate en tu maldito trabajo, Edward, que para eso te pago! ―exclamó escondiendo su diversión, yéndose con los libros de contabilidad hacia su oficina. Edward rodó los ojos y se concentró en preparar el trago de la dama, como ella había pedido, para evitar problemas a futuro.
Horas más tarde, cuando el local estaba desocupado y cerrado, los trabajadores tomaban su café y comían su habitual dona antes de marchar, haciendo comentarios sobre el movimiento del día.
―Antes que lo olvide― dijo Sam en general para sus colaboradores ―el viernes nos honra con su visita el hijo ilustre del pueblo ―dijo, usando todo el sarcasmo que fue capaz. Victoria frunció sus cejas y desató la coleta que recogía su pelo rojo, mientras respondía:
―¿Jasper Whitlock? ¿El loco Whitlock?
―El mismísimo ―asintió Sam― Digamos que va a bajar desde el Olimpo de las estrellas del rock y vendrá a su pueblo natal a grabar un documental de su vida o algo así…
―Por supuesto, ¿para qué otra cosa iba a querer venir? ―dijo Jane, rodando sus ojos y bufando a continuación.
―Como sea, el hombre es un cliente importante y debemos atenderlo y preparar el local para una conferencia o algo así. Su agente enviará un itinerario y quiere contar con este local para un par de reuniones, una fiesta privada, tomas para el documental y no sé qué otra mierda ―informó Sam, echándose hacia atrás en su asiento y cruzando sus pies por los tobillos, en una actitud de relajo.
―Bueno, entonces tendremos show para unas cuantas semanas en este pueblo ―dijo Edward, acabándose su café y calzándose su chaqueta de cuero que yacía colgada en el respaldo de su asiento― Ahora me voy, dentro de unas horas tengo clases y quiero dormir un poco.
―No te envidio ni un poco en este momento ―admitió Jane, levantándose también, seguida de Victoria― Iré a dormir y despertaré cuando mi cuerpo lo pida.
―Somos dos ―acotó Victoria, quien era compañera de piso con Jane. Eran amigas desde pequeñas y era lo obvio que ambas terminaran viviendo juntas y trabajando en el mismo lugar.
―Toda esto de Whitlock arruinó mi cita del viernes, ¡Maldita sea! ―exclamó Sam a Edward, sacando un cigarro de la cajetilla que guardaba en el bolsillo del pantalón, cuando las muchachas y el resto de los colaboradores se había ido.
―¿Lo dices por… cómo se llama… Maggie?
―Sí. Pensaba llevarla a cenar a un lugar lujoso en La Capital, y por supuesto tendrías que haber sido mi chofer… pero ahora con toda esta mierda…
―Hablando de todo eso de ser tu chofer, ¿me podrías explicar por qué me necesitas como chofer cuando puedes manejar perfectamente? ―preguntó Edward, recordando ese cuestionamiento que tuvo desde la primera vez que Sam comenzó a salir con esa mujer.
―Maggie adora esos libros donde las mujeres son como Cenicientas, y donde los galanes son ricos y tienen autos lujosos y choferes fieles y dispuestos a dar la vida por sus jefes ―explicó― y pues, yo soy un galán como el de los libros, y pues si puedo darle todo eso que a ella le gusta, ¿qué problema hay?
Edward rodó sus ojos y no hizo ningún comentario sarcástico a eso, así que sólo comentó:
―Pues sobre la cita del viernes, tráela y has que conozca el bar y de paso a Jasper, ya sabes, a ellas les encanta esto de sacarse fotitos con las estrellas…
―Ella es diferente, Edward. La invitaré a venir claro, pues este sitio es mi orgullo, y quiero que lo vea. Lleva poco viviendo aquí y nunca ha venido ―comentó muy seriamente. Edward sonrió socarronamente a su amigo y palmeó su hombro.
―Te tiene bien agarrado esa mujer, ¿eh? Lo digo porque te veo tan preocupado.
―Te lo dije, ella es diferente. Es diferente como mujer y es diferente lo que me hace sentir, como nunca antes con ninguna otra, Cullen.
―Vaya ―exclamó Edward, alzando las cejas. Enseguida tapó su boca para esconder el bostezo y se abrochó finalmente su cazadora, ahora sí para largarse― Bueno, mañana estaré aquí a las ocho. Tengo clases hasta las cuatro y luego cubro un turno de pasantía en el Hospital Universitario hasta las siete.
―Edward, tomate la noche mañana y ven hasta el viernes que tendremos más movimiento. Descansa hombre, no quiero que te enfermes y que Esme me culpe que no te cuido…
Edward soltó aire vaciando sus pulmones y asintió.
―Vale, tomaré la tarde libre mañana entonces y aprovecharé de visitar a mamá.
―Nos vemos el viernes entonces ―dijo Sam, despidiéndose de su amigo mientras este salía y se despedía de él con su mano alzada.
Al llegar a su apartamento y fue recibido como cada día por el fiel León, quien se paseó por entre sus piernas y corriendo hasta su plato de comida vacío. Edward lanzó las llaves hasta el sillón y caminó hasta la cocina, abriendo el mueble y sacando la bolsa de alimento para gato, vertiendo una buena porción para León, mientras este se desesperaba por probar bocado y su amo acariciaba su lomo gris con ternura.
―Así que Jake no te alimentó, ¿eh? Pues debemos entenderlo, no tuvo un buen término de día ―habló Edward a su gato, que ronroneaba mientras comía su alimento. Lo dejó en paz para retirarse finalmente a su cama, la que estaba hecha y no por obra divina, sino porque seguro su madre había ido a hacer aseo.
Mientras se quitaba la ropa y se metía bajo las colchas, pensaba en que una de las primeras cosa que haría cuando tuviera un buen trabajo como médico, eso en no más de dos años, haría que por fin su madre dejara de trabajar como ama de llaves y se dedicara a descansar y disfrutar. Estaba agradecido por como la familia Uley había sido con ella y con el resto de su familia, pero era ya momento que su madre disfrutara de cosas que postergó por sus hijos. Esme, su madre, merecía lo mejor y él se encargaría de dárselo.
Bostezó largo y sonoro antes de reubicarse, con León sobre sus piernas, apagar la luz de su mesa de noche, cerrar los ojos y dejarse llevar por el cansancio de ese día.
***S.D***
Entró a su cuarto iluminado por la tenue luz de su lámpara de noche, se sentó sobre la cama, quitó sus bailarinas negras y gateó hasta el cajón de su velador, desde donde sacó su libreta ―que era como un diario de vida, pero no le diría así, pues sonaba muy infantil―. Abrió hasta la última página donde estaba anotado el nombre de Michael Newton y lo tachó con la fuerza de su impotencia. Desvió su vista hacia los nombres escritos antes que este, los que también estaban tachados. Suspiró y cerró la libreta con fuerza, lanzándola a un lado para a continuación recostarse en su cama boca arriba y pensar.
¿Cuánto se demoraría en encontrar a alguien, un hombre adecuado para ella? Ojalá las cosa fueran más fáciles, ojalá los astros se alinearan para ella y pusieran en su camino al hombre ideal, de quien enamorarse y con quien pudiese casarse de una vez por todas… para acabar con todo pesar.
Realmente, le importaba un comino lo que la demás gente pensara, los chismes que su actitud incomprendida dejaban a su paso y a los que hacía oídos sordos. Para ella, lo que dijera el resto no importaba. Sus propósitos estaban claros y nada ni nadie la sacarían del camino que había trazado para llegar a ellos.
Bella Swan suspiró profundamente allí en la penumbra de su habitación sobre su última cita y lo defraudada que estaba. Michael Newton no había demorado en invitarla a salir en una cita y ella aceptó enseguida aquel día cuando se conocieron en la fila del banco. Mientras esperaban su turno, él le contó que era hijo del director del colegio, que estudiaba literatura y que estaba allí de paso, pues necesitaba apartarse de la urbe para escribir un libro que le quitaba el sueño. Galanteó con ella enseguida, diciéndole lo hermosos que eran sus ojos y lo mucho que le recordaban al color de un delicioso chocolate y lo suertudo que sería si ella aceptara en salir con él.
Cuando lo hicieron aquella noche, ella le contó sobre sus ilusiones del matrimonio y sobre lo importante que era para ella el sagrado vínculo aquel, viendo como a él se le desfiguraba la cara, pues el asunto del matrimonio no estaba en sus planes ―ni cercanos ni lejanos― ya que él ahora estaba concentrado en su carrera como literato. Y de tener una mujer, sería en un compromiso libre con ninguna atadura que los amarrara. Él era un espíritu nómade y necesitaba la libertad para moverse a sus anchas, en todos los sentidos. A esas alturas de la conversación, Bella ya estaba bostezando y preguntándose por qué no bebió sin chistar el trago que por error Edward preparó para ella…
"Edward… si las cosas fueran diferentes…"
Sacudió la cabeza y se levantó de la cama de un salto de su cama, moviéndose al baño para lavarse la cara y sacar su maquillaje, quitarse su vestido verde oliva y ponerse su ropa de dormir. Mañana sería otro día y con el nuevo día, seguro llegaban nuevas oportunidades de conseguir su sueño, pensó, mientras se metía bajo las colchas de la cama y apagaba la luz de su mesita de noche, para dormir.
―¿Tienes planes con Ángela, cielito? ―preguntó Charlie Swan a su hija, mientras tomaban el desayuno en la mesa de la cocina a la mañana siguiente. Ella terminó de masticar los cereales y tragar antes de responderle a su papá.
―Sí, papá, haremos arreglos florales para la boda del sábado…
―La boda de Embry.
―Sí. Además, necesitan preparar el Bar para el viernes, porque viene Jasper a no sé qué cosa. Hay que decorar un espacio privado para eso, y pidieron ayuda ―explicó.
Ella trabajaba medio tiempo en el negocio familiar de su mejor amiga Ángela; una floristería que en realidad era dentro del pueblo como una empresa de producción de eventos, pues fuera de los arreglos florales ―la especialidad de la casa― contaban con lo necesario para cubrir cualquier tipo de eventos, desde manteles hasta la más fina vajilla. Así que cualquier ceremonia en el pueblo era cubierta en todo sus detalles logísticos por la "La Casa de Ángela", que tenía muy buena fama allí.
―Sí ―asintió Charlie, terminándose de beber su tazón de café mañanero― Nos pidieron resguardo policial para la estrella ―refunfuñó con disgusto el jefe de policía refiriéndose a Jasper, haciendo sonreír a Bella.
―Espero que no haga tanto revuelo como la última vez ―comentó ella, recordando cuando años atrás su carrera de músico se disparó, las mujeres dejaban como regalo de su eterno amor a Jasper su ropa interior colgada en la entrada de la casa de sus padres, quienes por suerte ya no residían allí.
―¿Y qué tal tu salida de anoche? ¿Te la pasaste bien?
―Si… ―respondió ella, no dejando convencido a su padre, quien cruzó sus brazos, alzó sus cejas y esperó a que ella fuera más explícita. Ella carraspeó y agregó― Es simpático… y lindo… pero no es para mí. Pero la pasé bien al menos ―dijo, alzando sus hombros, sin darle mayor importancia.
―Muy bien ―respondió Charlie, limpiando su boca con la servilleta― ¿Alguna vez me contarás por qué te alejaste del resto de tus amigos, de Jake por ejemplo?
―Simplemente nos comenzaron a gustar cosas diferentes, papá, es todo.
Charlie sólo asintió, no queriendo ahondar más en el tema. Sabía que algo escondía su hija sobre su decisión de alejarse de Jacob, pues ni el mismo Jake lo entendía. Simplemente, contaba el joven, ella decidió de la noche a la mañana no ser más su amiga, sin más excusas. Eso partió el corazón del pobre Jacob, pues ya sabía él lo ilusionado que estaba de cortejarla… pero ella puso un muro tan grande entre ambos que apenas y cruzaban el saludo en la calle. Además, eso de que anduviera saliendo con otros muchachos en busca de su "hombre ideal" mientras la demás gente soltaba chismes sobre ella, le disgustaba. Pero confiaba en su hija y sabía que a sus veintiún años ella era muy madura y que no haría nada que pusiera en tela de juicio su dignidad, aunque la demás gente pensara lo contrario.
Caminó hasta el cuarto de baño después de terminar el desayuno con su hija, y sacó de su escondite el frasco con sus medicamentos, tomándose la píldora correspondiente a esa hora. La tragó con un buen poco de agua, mientras se contemplaba al espejo y rogaba a Dios que cuidara de él y su hijita, antes de salir de casa y comenzar su día.
Bella se fue caminando hacia la floristería y entró cuando aún no era hora para la atención a público. Aun así encontró a su amiga del alma, Ángela, con quien aprovechó de tomarse un café antes de abrir el negocio.
―Fue tan decepcionante ― reconoció Bella entre suspiros― A la media hora ya estaba bostezando. Me encanta la literatura ¿sabes?, pero él simplemente hablaba como en otro idioma. Y lo más importante, no quiere compromisos de ningún tipo.
―Bella ―le dijo Ángela con tono de suave reproche― Por qué simplemente no dejas estar esta idea de casarte, y buscas otro medio…
―¡No, Ángela! ―exclamó Bella a su amiga, impidiendo que siguiera con la cantaleta de siempre― Es mi única chance, no tengo más opciones…
―Las tienes, Bella...
―¡Basta, en serio! ―dijo, levantándose de la mesa plegable donde solían tomar el café en las horas de descanso― Mejor será que nos pongamos a trabajar. Además ―dijo, desviando su vista al reloj de muro― Esme debe estar por llegar a por las flores de doña Carmen ―recordó, caminando hacia la puerta, para girar el cartel que colgaba de la puerta de "Cerrado" a "Abierto".
―No te enfades conmigo, Bella, yo sólo quiero lo mejor para ti ―dijo suavemente Ángela, ganándose frente a Bella, quien suspiró y torció su cabeza antes de acercarse a su amiga y abrazarla en agradecimiento por su preocupación. Estaban en eso, cuando las campanillas de la puerta sonaron, entrando como cada día la primera clienta: Esme Cullen.
Con su siempre sonrisa hermosa y radiante engalanándole el rostro, entró esta amable mujer, envuelta en un vestido de lino azul que estilizaban su figura y unos zapatos negros de medio taco que se veían cómodos. Su rostro estaba suavemente maquillado y su pelo marrón oscuro iba tomado aquella mañana por una moña baja. Con su monedero sujeto entre las manos entró directo hacia las dos chicas para saludar con un amoroso beso en la mejilla a cada una.
―Esme, se ve radiante esta mañana ―comentó Ángela.
―Eres muy amable, cariño ―sonrió la madre de los hermanos Cullen.
―Anoche trajimos desde el vivero unas rosas hermosas, que seguro a doña Carmen van a encantarle ―comentó Bella, después que Esme la saludara a ella.
Estaban apartando las rosas para que Esme las llevara a casa de la señora Uley, cuando las campanillas de la puerta volvieron a sonar.
Un hombre bajo de estatura y tostada piel, vestido de traje y corbata color café, además de un sombrero de ala pasado de moda que escondía bajo su sombra un par de ojos amplios y de un extraño color verde, entró al negocio, quitándose su sombrero y saludando con caballerosidad a las dos damas que atendían, sacando a su vez un pañuelo del bolsillo para secar el sudor que hacía brillar su cabeza desprovista de cabello.
―Damas… este… yo quisiera llevarme… un ramo de… esas flores ―dijo con algo de nerviosismo, indicando con su dedo índice las primeras que estuvieron en su campo visual. Bella y Ángela fruncieron su entrecejo ante la nerviosa actitud de aquel raro hombre.
―¡Margaritas! ―exclamó Esme al hombre, indicándole que era ese el nombre de las flores que él había elegido― Son hermosas…
―Si me lo permite ―dijo el hombre, girándose hacia Esme, que era un par de centímetros más alta que él― creo que en comparación a esas margaritas, es usted mucho más hermosa.
La boca de Ángela y Bella se abrió de sorpresa por el piropo tan romántico que ese extraño hombre hizo a Esme, mientras la aludida cambiaba el color de su rostro pálido, a un tono rojo carmesí. Definitivamente, Esme Cullen no estaba acostumbrada a recibir ese tipo de piropos, menos de alguien que no fuera su marido, aunque este casi nunca hacía aquello.
―Ejem… ―carraspeó ella con incomodidad, bajando la cabeza y abriendo su monedero para pagar el pedido― Ya me voy, niñas. Nos vemos mañana ―dijo, dejando el billete sobre el mesón y tomando presurosa el ramo de rosas que Bella preparó para ella. Sin más, salió casi corriendo del local, dejando al pobre hombre mendigando de su presencia hasta que ella desapareció de la visión desde dentro del local.
El hombre volvió a mirar a las señoritas, viendo en ellas una clara muestra de extrañeza en su rostro.
―¿Le gustarán a ella las margaritas? ―preguntó el hombre.
―Esme es casada ―advirtió Bella con algo de rudeza, dejando en claro ese punto, que al parecer al hombre aquel no le importó mucho.
―¿Se llama Esme? ―preguntó con ensoñación, volviendo a desviar la vista hacia la puerta, por donde Esme se fue hacia unos minutos.
―Esmerald, aunque todo mundo la conoce como Esme ―corrigió Ángela, llevándose un golpe de codo en su brazo, proferido por Bella, quien la miraba con disgusto.
El hombre soltó un suspiro fuerte y volvió su vista a las chicas. Sacudió la cabeza como recordando algo, lo que lo llevaba hasta allí, y miró a las chicas. Ángela había tomado el pedido del hombre, mientras Bella seguía con atención puesta en ese extraño hombre.
―¿Es nuevo usted por aquí?
―¿Por qué lo dice?
―Es un pueblo pequeño, todo el mundo conoce a todo el mundo ―"además, todo el mundo aquí sabe que Esme está casada y totalmente enamorada de su marido" quiso agregar Bella a su repuesta.
―Digamos que vengo de paso.
―¿Qué quiere ponerle a la tarjeta? ―preguntó Ángela al extraño hombre, indicando el trozo de cartón rectangular que iba con el ramo.
―Nada, nada… ¿dígame una cosa, ambas son las dueñas de este local?
―Uhm… sólo Ángela. ―indicó Bella, torciendo su cabeza hasta Ángela, quien le daba el último toque al ramo.
―Aha… ―dijo, mirando el entorno del florido local― ¿y usted es…?
―Soy Bella, y ayudo a Ángela, trabajo para ella…
―Mi colaboradora. Este negocio no sería nada sin Bella ―dijo con orgullo, extendiendo el ramo de margaritas hasta el hombre, quien sacó un billete de su bolsillo y lo dejó sobre el mostrador, para luego poner el gorro de regreso sobre su cabeza y despedirse de las jóvenes tocando el ala del sombrero.
―¡¿Y su nombre?! ―se apresuró a preguntar Ángela antes que el hombre saliera del local. El giró medio cuerpo y miró a las damas:
―Jason Jenks, para servir a las damas ―torció su boca en una sonrisa y salió del local. Ambas muchachas quedaron mirando con extrañeza al hombre, y sin decir palabra se miraron y alzaron sus hombros.
Afuera, el señor Jenks caminó y se sentó en el primer banco que encontró, quitando el sombrero y volviendo a secar su frente. Dejó el ramo de flores a un lado, sacó luego su teléfono móvil y marcó. Cuando respondieron del otro lado, se apresuró a decir con voz seria y profesional:
―Señor, tengo la información que necesitaba. En una hora estoy en su despacho ―y sin más colgó la llamada. Se levantó y caminó hasta su carro, poniéndose en marcha hacia La Capital donde le esperaban, dejando olvidado sobre la banqueta el ramo de margaritas.
