Capítulo II:
"El Gran Brócoli Deku"
He sobrevivido a demasiadas cosas. No podría contar cada riesgo, peligro, decisión que me orilló al vacío, junto a mis aliados, mis amigos. No podría describir todas las veces que he estado cerca de perecer, de que mi vida rozara el umbral del más allá. No puedo recordar cada ocasión en la que todo el sendero se ha visto tan sombrío que he olvidado cómo es la luz, cuando dudo que podré sentir una vez más la paz, o siquiera si experimentaré de nuevo el simple placer de vivir. Pero en cada suplicio, he podido extender mi mano a un lado, y sentirlo, sentir su reconfortante palma cálida, mientras nuestros fragmentos brillan. La respuesta a cómo y por qué sigo aquí y puedo dejar constancia de aquello, es por él. Sentir su mirada de mar, su reconfortante aura como el fuerte viento del bosque, silencioso pero jamás ausente. Sus labios de manjar que me llenan de éxtasis mientras mis dedos acarician la suavidad de sus cabellos como el sol.
Solo hay una cosa a la que he sobrevivido y ni siquiera sé el cómo, ni el porqué. Un abismo que amenazó con devorar mi corazón, y luego de destrozarlo, sin razón aparente, continuó latiendo. Perderla fue y será mi más intensa lucha, una en la que nunca triunfaré. Cada día desde entonces, cuando levanto mi semblante en el momento en el que el amanecer hace suyo a la noche, encuentro mi corazón desgarrado y engullido por mi sufrimiento. Sigue latiendo, aunque a veces ha amenazado con parar, aunque a veces ha estado cerca de colapsar. Cada día es desfigurado por esa bestia del abismo llamado dolor, y cada día reanuda su latir. No sabía si era masoquismo, si era negación o si era ya demencia. Pero seguía. Y agradezco que así haya sido. Hoy y ahora, hermana mía, he sobrevivido otro día sin tenerte aquí, sin saber de ti, sin poder mirarte a tus luceros, sin poder decirte cuanto te amo la veces que necesito ni cuanto te extraño las veces que lo demanda mi alma. He sobrevivido a otro día. Ahora solo falta sobrevivir el resto de mi vida...
Otro día, misma rutina, y eso era costumbre para las hermanas. Y no había mejor manera de iniciar la jornada que con el placer que ambas compartían: La lectura.
—"... Prosélitos de lo que alguna vez fue el legado de un paladín, que era poseedor del poder del tiempo, repetían un pensamiento y filosofía que tiene interpretaciones sin fin. Lo pasado ha huido, lo que esperas no puede ser percibido, pero el presente te pertenece. El ayer ya fue un suceso, el mañana es un misterio, pero el hoy, es un obsequio. El destino es la mayor incógnita de todas, fuente de dudas e inquietantes preguntas que cualquier otra cosa. Para muchos una intriga con un final de concordia, o un caos que aproxima todo tipo de discordias. El destino es un libro virgen, enlomado por la vida, y sus páginas no son más que nuestros días, en el cual debemos escribir su inicio, su desarrollo, y él mismo escribirá el desenlace que merece el autor que lo inspiró..."—relataba con voz grácil y pausada Zelda, leyendo de un grueso y algo harapiento libro restaurado, sentada en un sillón, y usando unos delgados lentes de lectura. Sus finos labios sonrosados se abrieron para continuar la lectura, pero...
—Entremos por favor en materia, a la parte en la que se habla del origen de la princesa, que esto no podría estar más hundido en aburrimiento y miseria... Necesito escuchar ya, como el héroe del tiempo comienza a patear culos en su valiente batallar. Llega ya a la parte en la que El Gran Brócoli Deku le comisiona eso al duende, ir al castillo de Hyrule pidiendo a las Diosas a ver como resuelve. Y lee por favor, cuando el niño hada, luego de colarse en los jardines cual acosador, encontró a la Princesa del destino espiando por una ventana a cierto adulador...—interrumpió Zylia parodiando el verso con un solemne tono burlón, aguantando la risa.
—Muy graciosa. No sé por qué te burlas, tú fuiste la que me pidió que te leyera estos relatos mitológicos—Se quejó Zelda levantando una ceja, no pudiendo reservar una sonrisa divertida y traicionera por las ocurrencias de su hermana en su improvisada rima. Zylia se encontraba reclinada en su camilla, ya sin asistencia respiratoria desde los últimos doce meses, y Zelda a su lado en el cómodo mueble.
—Pero no te pedí que la leyeras a ritmo de testamento en funeral—replicó Zylia irónica, y ambas comenzaron a reírse en complicidad.—¡Y por millonésima vez, que no son mitos, son leyendas!—repitió algo irritada la joven princesa.
—Una leyenda es una composición narrativa que puede ser algún suceso poco creíble influenciado por elementos fantasiosos, en cambio un mito es directamente un relato imaginario encarnad...—Pero Zelda fue interrumpida por los ronquidos fingidos de Zylia. La rubia inmediatamente frunció el ceño, y entrecerró los ojos mirando con divertida amenaza a su hermana. Al ver la mirada, Zylia no pudo evitar reírse.
Se quedaron mirándose una a la otra, en silencio mientras que sus carcajadas finas y sonrisas amplias fueron menguando. La rubia contempló con atención a su hermana, sus ojos de color celeste, su cabello ahora recogido en una trenza. Se veía radiante, pese a la palidez de su piel, a las marcadas ojeras que arropaban sus parpados, y sin mencionar las marcas de piel desgarrada y roja que ya comenzaba a alcanzar sus mejillas. Eso le dio una sensación tan agridulce... Era como contemplar una flor de valle torrencial plantada en medio de un desierto árido y abrasador que no hacía nada más que dañar sus pétalos y consumir su vitalidad. Vio sus dedos, ahora totalmente recubiertos de vendajes, ya que recientemente se le había hecho una intervención para extirpar tejidos muertos de su piel antes de que se propagaran, lo sabía, porque Zelda había sido la que tomó el bisturí, liderando el quirófano.
El solo pensar en lo que tuvo que hacerle a los delicados y ágiles dedos de dibujante de Zylia. Le causaba un revoltijo en el estómago, un sentimiento de martirio, mientras de nuevo las lágrimas empujaban sus ojos, insistían en salir, tal como en ese momento en el que estaba rodeada de asistentes de cirugía, en donde tuvo que recobrar su profesionalismo médico, y proceder. No demostrar duda por el bien de quien amaba.
Ya había pasado un año desde esa discusión con el concejo por los recursos del proyecto de investigación para el tratamiento de los afectados por el síndrome de Hinom. Y la situación seguía inmóvil, nuevos ingresos con Hinom positivo llegaban a ese centro de atención en el que ahora estaban para terapia intensiva. Zylia se había recuperado de su última recaída, de hecho, ese era su última semana en observación antes de que la trasladaran de nuevo a centro privado real en el palacio.
—Oye... ¿Qué sucede?—preguntó Zylia mirando a Zelda, sacándola de ese momentáneo trance, y preocupándose por cómo su gesto repentinamente se había vuelto tan sombrío. La rubia sintió un grueso nudo en su garganta; carraspeó discreta, contuvo las amenazantes gotas de sus lagrimales, y sonrió algo débil pero genuino.
—Es que... había olvidado decirte que me tomaré el resto de la semana para atenderte personalmente y acompañarte, hasta que te lleven de regreso a casa—respondió Zelda con un tono entusiasmado. Y aunque no era del todo sincera, eso sí era cierto, había hecho arreglos para deshacerse de sus responsabilidades políticas por unos días, aunque eso le había costado algunos trasnochos con tal de despachar todos los pendientes. Pero había valido la pena; estar lejos de su atosigante puesto y estar con su familia era el paraíso para ella. Sin embargo, Zylia se vio dudosa.
—Pero ¿No hay ninguna junta o tienes alguna ocupación? Ya es bastante que estés cumpliendo con mis obligaciones como princesa, no quiero ser una carga más pesada para ti—dijo angustiada la castaña negando con la cabeza y con un gesto de pena. Zelda solo ensanchó más su sonrisa.
—No te preocupes, arreglé todo. Estaremos juntas todos estos días. Y sabes que no permito que digas eso, no eres una carga. —contestó la rubia acercándose más a Zylia y acariciando delicadamente su antebrazo.—Además, debo tenerte vigilada, eres un peligro sin supervisión—comentó Zelda con tono bromista. Era el único momento, el único lugar y la única persona con la que podía ser como le nacía.
—Ja. Haz fama y échate a dormir. Pero en serio, ¿Cómo lograste librarte del concejo? Dudo estén a gusto con tu ausencia—cuestionó Zylia realmente preocupada, no quería ser una molestia.
—Te dije que no te angusties por eso. Digamos que aquí se hace lo que yo diga—contestó Zelda con fingida arrogancia y altanería, solo por bromear. Zylia le hizo gracia eso.
—La monarca de este reino está sumida en el nepotismo...—La acusó Zylia "profundamente indignada".
—No, eso es despotismo. Nepotismo es otra cosa—corrigió Zelda divertida.
—Ay, ya empezaste, profesora de cátedra. ¡Tú me entiendes!—reclamó Zylia de forma escandalosa, como solo ella podía serlo. A la rubia solo se le salió otra risotada mientras le hacía seña de que bajara la voz, estaban en el centro de investigación después de todo. Mejor evitar antes de que vinieran las enfermeras a solicitarles guardar silencio. Pero ambas se pusieron alertas al escuchar como tocaban la puerta repetidas veces.
— ¿¡Ves?! Te dije que te callaras—Le reprochó Zelda a Zylia mientras se levantaba del sillón a ir a la puerta para responder al llamado. Aunque en el fondo, a la hermana mayor le dio un extraño presentimiento mientras se arreglaba tenuemente el cabello dando pasos hacia el marco.
—Todas esas enfermeras son unas amargadas... ¿No has pensando en mi propuesta de poner enfermeros, preferiblemente guapos?—Zelda solo puso los ojos en blanco por los comentarios de Zylia, mientras se acercaba a la puerta. La abrió a medias, solo para ver quién se encontraba al otro lado. Lo reconoció de inmediato, se trataba del doctor que se estaba encargando de los más recientes análisis de Zylia. No tuvieron que intercambiar palabra alguna, ni Zelda escuchar algo de boca del hombre entrado en edad y vestido de bata, su solo gesto aunque serio, mostraba un reflejo apenado...
—Zylia... ya regreso—Fue lo único que pudo modular Zelda, tratando de que su voz no delatara su angustia. Sin apartar la mirada de los ojos del médico, abrió más la puerta y salió de la habitación.
— ¡Piensa en la propuesta, enfermeros sexys...!—dijo Zylia desde su cama mientras veía que la puerta se cerraba, quedando sola. Suspiró inquieta, hiperactiva como siempre, miró a los lados, contemplando los muebles donde estaban la enorme cantidad de marcos, dibujos y retratos de ambas. Era toda una mudanza la que debían hacer cuando tenía que ser transferida al centro intensivo desde el palacio, o viceversa. Zylia ya le había tomado cierto cariño a ese lugar; podía relacionarse con otros como ella. Para cualquiera eso podría ser deprimente, incluso Zelda no se sentía del todo a gusto de que Zylia se relacionara demasiado con otros afectados, pero era la naturaleza de su hermana, siempre buscaba conversación, siempre quería entender a las personas, interpretarlas como lo haría con cualquier obra de arte que contemplara en una galería. Ese centro era su galería, y los enfermos atendidos en ella eran las obras de arte. Todas las personas tenían una historia detrás de sí, otras perspectivas, múltiples maneras diferentes de ver y enfrentar ese infierno que tenían en común, el síndrome. Y ese era su pasatiempo, compartir ideas con cualquiera. Era una forma de sentirse normal, como una persona corriente.
Zylia volvió a exhalar, y miró al sillón a su lado, en donde estaba el libro de las leyendas de ese héroe viajero del tiempo. Con lentitud se removió por la cama acercándose un poco a la orilla, extendió su temblorosa mano envuelta, y tomó el libro para leer un poco, apoyándolo en sus rodillas flexionadas porque sostener cualquier cosa con sus dedos le dolía. Una vez abierto el tomo, continuó a gusto con la lectura.
En el pasillo, algo alejados de la habitación, Zelda hacía lo posible por contener el llanto; sus ojos estaban enrojecidos, en pocos segundos su semblante se había destrozado, gimoteando y exhalando copiosamente mientras que sus manos iban a su boca tratando de que no saliera un quejido, ya que seguían en el pasillo del centro médico. Por fortuna no había nadie que la viera en ese repentino estado de tristeza al enterarse de la desgarradora verdad. Solo la acompañaba ese doctor que le había mostrado los resultados del examen.
—Lo lamento, Alteza... Pero, las úlceras que presenta la princesa y las muestras de piel de su espalda muestran muerte celular... necesitará una nueva intervención—informó el médico, tratando de ser lo más claro posible, pero con empatía al hablar.
Eso no podría significar otra cosa para Zelda, todas sus esperanzas a corto plazo dejaron de volar, les cercenaron las alas. Ya esperaban con emoción poder regresar al palacio, lo más cercano que tenían a un hogar para terminar con su recuperación, pero con el nuevo resultado, ese pequeño sueño se vio estancado. Otra vez tendrían que quedarse, y ni siquiera había terminado de sanar de la anterior intervención cuando ya debían iniciar los preparativos para un nuevo y doloroso procedimiento. Sus esperanzas cayeron en picada, y se habían estrellado sin piedad contra el suelo.
A veces se preguntaba en qué momento todo había entrado a un interminable y tortuoso declive. Trataba de recordar cuando fue la última vez que la angustia no era parte de su ser. Cuando el dolor no era una de sus sensaciones más constantes en su corazón, a tal punto que se había robado todo rastro de calma, había barrido cada resquicio de alegría. El tiempo corría, a su indiferente e imperturbable ritmo, sin interesarle las desgracias o las dichas, borrando todo júbilo, o sufrimiento, sin parcialidades, ni contemplaciones.
Zylia se encontraba de nuevo de reposo ese centro de investigación, luego de que le extirparan la mayoría de la piel de su espalda, dejando marcas permanentes en la misma. Con las heridas frescas y vendadas, esa noche en específico como las anteriores y las futuras durante un mes como se le indicó, tendría que dormir de lado, apoyándose del lateral de su torso, o boca abajo, con tal de no ejercer presión sobre las suturas de su ahora sensible espalda.
Ya sabía cómo moverse en la cama, acomodarse si se sentía inquieta, rascarse si le daba comezón, o también retener un involuntario estornudo que le haría doler más las zonas en las que eliminaron esas úlceras que tenía. Había sido un procedimiento muy largo, y fue demasiado tejido el que retiraron; hasta tuvieron que escarbar con tal de prevenir que no quedara ningún rastro del tejido muerto y potencialmente contaminante. Pero la temporal solución era igual de infernal que la misma enfermedad. Era tortuoso, incómodo y doloroso. Y todo para llegar a un círculo vicioso. No importaba cuanto se esforzara Zelda y su equipo, no importaba cuantas medidas aparentemente eficaces tomaran con tal de retrasar lo más posible la evolución del síndrome, todo era condicional, temporal, efímero, esa maldición siempre regresaba con más fuerzas, con algo peor, arrancando lo que pudiera de sus víctimas, física y espiritualmente.
La joven castaña se encontraba ahora acostada en su cama, boca abajo como se le había ordenado. Respiraba suavemente, inhalar y exhalar con demasiada fuerza le causaba molestia por sus heridas, sin importar que ya estaban más cicatrizadas y que en poco tiempo le quitarían los puntos. Su cabeza estaba apoyada sobre una de sus mejillas en la almohada, y sus ojos no se cerraban. Las enfermeras habían terminado un par de horas antes sus quehaceres y rondas nocturnas, porque ya era cerca de la madrugada. Zylia observó a Zelda, totalmente rendida, en una cama junto a la suya. Era imposible que estuviera alejadas una de la otra.
No podía descansar, sus curiosos ojos celestes se enfocaban en todo lo que la rodeaba, sin lograr encontrar la calma necesaria para dormirse. No hubo nada que no analizara con la mirada en todo ese rato, especialmente a Zelda, la ropa cómoda que tenía, ese maldito delineador que ni con alcohol pudo sacarse, sus labios un poco resecos por el frío. Cerró los ojos de nuevo, tratando de pensar en otra cosa, en lo que fuera, tal vez en porqué el cucco cruzó la calle. Pero si se ponía a pensar sería más difícil conciliar el sueño. Hizo de todo, contar cabras ordonianas, imaginar que miraba el infinito en tierras flotantes. De todo.
Se puso a pensar otra vez. Las conversaciones que entabló con otros enfermos de ese centro intensivos para afectados del Hinom, niños, adultos, ancianos. Uno que conoció mientras le sacaban sangre, una chica ya sin brazos en la sala de espera del terapeuta, y el nene de la habitación junto a la suya. Con cada uno intercambió palabras; era una habilidad natural que tenía la joven, lograr que cualquiera y quien fuera se abriera con ella como no lo haría con nadie más. Era extraño. Pero extraño era su segundo nombre. Sentía una sensación peculiar al cambiar vivencias con quien pudiera, con quien la comprendiera de verdad, y era una mezcla de calma, algo agria. Todos tenían algo en común, la inminencia de sus desenlaces prematuros.
Bufó ya harta. Se descobijó lo más silenciosa que pudo con tal de no perturbar el ambiente, Zelda tenía un sueño extremadamente ligero, si es que lograba en primer lugar pegar un ojo, por milagro de las Diosas esa noche logró dormirse. Zylia se sentó sobre la orilla de la cama con lentitud para evitar maltratarse. Se puso las pantuflas de conejo de pradera hyruleana y en bata se levantó. No iba a quedarse ahí toda la noche como roca en el fondo del mar, tal vez caminar un poco sin llamar la atención de nadie lograrían quitarle esa extraña ansiedad que ahora la estaba inundando. Se aseguró de que su hermana estuviera totalmente rendida, y comenzó a caminar hasta la puerta. La abrió en silencio, y salió rápido. Como se lo esperaba, los pasillos de ese centro hospitalario estaban en su totalidad desértico siendo alumbrado por unas pocas luces. Se abrazó a sí misma, comenzando a caminar arrastrando los pies. Ahí se dio cuenta que no tenía idea de a dónde iría en primer lugar.
Pero no iba a detenerse, y fijó su mirada a la vía de escape, la puerta rotulada con esas palabras que daban acceso a las amplias escaleras que podrían usarse en caso de una urgente evacuación. Ese sería un buen lugar para estar a salvo y lejos de las enfermeras que cada cierto rato daban una vuelta por allí. Con el rumbo elegido, alcanzó la amplia puerta, y la abrió, para acceder a esa sección. Hasta sus suaves pisadas hacían eco por todo ese inmenso lugar. Ya sin muchos planes o ideas, Zylia simplemente se acercó al primer escalón de las escaleras ascendentes junto a ella, con cuidado se sentó ahí, abrazándose las piernas y apoyando su mentón en sus rodillas. Y de nuevo, ya no supo qué hacer. Se puso a hurgar un poco sus vendajes, mirar hacia el vacío de las escaleras, tararear la melodía de cuna que le colocaban a ella y a su hermana de niñas...
Pasaron unos cuantos minutos, hasta que algo llamó su atención, pisadas por las escaleras detrás de ella. Zylia se giró un poco nerviosa, pensando en que Zelda o alguna enfermera la habían atrapado; no obstante se llevó una sorpresa más impredecible. No era ninguno de las que ella creía, más bien, era un chico de aproximadamente su misma edad, tal vez un poco más. No podía definirlo claramente, ya que el joven tenía cubierto los ojos por dos parches de algodón, que protegían sus ojos.
El chico también estaba en bata, la misma que todos los pacientes del centro de investigación tenían. Venía bajando las escaleras sin ninguna dificultad y de forma coordinada. Su cabello no obstruía su rostro, ya que sus cabellos grises estaban recogidos en una cola, su piel ligeramente bronceada se veía pálida, por anemia probablemente, era un síntoma común en los afectados de Hinom. Al igual que Zylia, tenía dolorosas rejaduras en su piel, principalmente en sus mejillas y frente. Venía silbando animado, o eso parecía, precedido del olor y humo de la nicotina. En sus labios llevaba un cigarrillo encendido y en una de sus manos la caja. Zylia se concentró en mirarlo con curiosidad, descender por las escaleras de emergencia de ese sofisticado y lujoso centro como si estuviera en su casa, o en la calle. Pero le llamó la atención que cuando estaba cerca de llegar hasta ella, el joven se frenó en seco, como si la hubiera sentido, y así fue.
—Parece que alguien encontró mi escondite—dijo de buen humor el chico, rompiendo el hielo del momento. Sonrió, ladeando un poco la cabeza para orientarse con su deficiencia visual. Bajó las escaleras con algo de calma, acercándose hasta donde estaba Zylia. Ella lo observaba con intriga, nunca lo había visto por allí, y eso era mucho decir viniendo de ella. La princesa probablemente conocía a todos los pacientes y sus historias mejor que los mismos médicos.
—Yo ya me iba—murmuró Zylia. Ni supo por qué le salió la voz tan débil. Lo atribuyó inmediatamente al humo, ignorando otra posible razón. Aunque era una realidad, el olor le molestaba, mucho. ¿Cómo infiernos había metido ese chico una caja de cigarros? Con la seguridad que había en ese sitio y lo estricto que eran. Hizo ademán de intentar levantarse...
—Oh no, Alteza. No tiene que irse por mí—contestó el joven de forma apresurada, como si le divirtiera la situación. Pese al respeto de sus palabras, se le oyó un toque juguetón por allí.
— ¿Y cómo sabes quién soy?—preguntó curiosa y recelosa Zylia, levantando una ceja y mirando a donde deberían estar los ojos del joven.
—Ese perfume de vainilla fermentada. Es una fragancia digna de la realeza—Se explicó el joven, sonriendo más ampliamente, sin necesidad de verla sabía que su interlocutora tenía en ese instante un gesto que no tenía precio. —Además, soy ciego, no sordo. Que la princesa tiene Hinom y que está internada aquí es un chisme que corre muy rápido—
Y mientras hablaba, su cigarrillo seguía entre sus dedos, consumiéndose lentamente. Zylia solo lo contemplaba de pies a cabeza, algo curiosa. Era alto, mínimo le sacaba una cabeza a ella, su cabello era extremadamente liso, aunque opaco. Se veía bastante delgado además. Incluso con sus ojos vendados no pasaba desapercibido para la noble que era un chico bastante... agradable a la vista, por no decir algo más halagador.
—En serio... ¿Y corre por allí algún otro chisme de mí?—preguntó Zylia con un dejo de ironía y fingido desinterés. Continuaba analizando cada detalle de él, era una manía que tenía con cualquiera que conocía, tratar de conocerlos de esa manera. Pero nunca podía hacerlo si estaba frente a frente con ese alguien, por buena educación. Era extraño poder hacerlo sin incomodar al chico, a fin de cuentas, no podía saber si ella lo miraba o no. Luego de pensarlo de esa forma, Zylia se sintió cruel, pero le dio igual, el sujeto parecía ser de los que no se sentían acomplejado por su limitación.
—Varios. Que eres preciosa, por ejemplo. Aunque eso no lo puedo confirmar de forma convencional—contestó el joven de forma traviesa. No supo cómo tomarlo, pero algo cálido se encendió en su vientre, junto con un ligero dejo de bochorno. Y ni se dio cuenta del pequeño detalle de que el osado chico hasta comenzó a tutearla.
— ¿Y cómo es esa "forma no convencional"?—preguntó temeraria Zylia. Inmediatamente se dio una palamada mental, al darse cuenta que le estaba continuando la conversación a un extraño. No es como si fuera la primera vez que hablara con alguien que ni había visto en su vida, pero en particular este sujeto le daba una extraña sensación, no incómoda pero tampoco confiable. Era confuso.
—Para llegar a eso necesitaremos un poco más que una charla—dijo con clara malicia, aunque dentro del tono jocoso no sonaba en lo absoluto desagradado a tomar en serio sus palabras. Zylia le sorprendió un poco esa respuesta, pero en lugar de pena le causó diversión—Me llamo Sasha—Se presentó el joven finalmente, sentándose un par de escalones debajo de su acompañante.
—Zylia... Pero eso ya lo sabes ¿No?—dijo la joven mirando al chico. —Oye, disculpa pero ¿A dónde te miro? Mis maestros de etiqueta me traumaron con mirar a los ojos de las personas—comentó Zylia con sorna. Sasha solo soltó una atropellada carcajada con el cigarro en los labios, casi se ahoga con el humo. Tosió un poco y respondió.
—Mira a donde quieras. No te acusaré con nadie por maleducada—Luego de eso Sasha le dio una larga inhalación a su cigarrillo y sopló el humo hacia arriba apoyando sus codos sobre sus rodillas con algo de pereza. Otra vez se quedaron mirándose uno al otro. Por alguna extraña razón, Zylia comenzaba a sentirse aliviada de un gran peso de sus hombros, uno que siempre había tenido y nunca se había dado cuenta que lo tenía. Se sentía extrañamente libre, y eso era desconcertante; no era solo por hablar con el chico, sino la extraña atmosfera que la rodeaba. Siempre se había jactado de ser bastante independiente y capaz de decir cualquier ocurrencia sin importarle las consecuencias de sus palabras, ya que por lo general las reacciones eran risas de quienes la oían o rabias de otros malhumorados que solo la hacían sentir satisfecha por hacerlos enojar. Pero con el pasar de los años y las circunstancias cambiantes, había tenido que aprender por las malas que no todo en el mundo podía resolverse con buen humor. Al igual que su hermana, había tenido que desarrollar una muy gruesa y convincente careta de hielo que solo podía arrancarse del rostro y lanzarla cuando estaba a solas con Zelda.
Cuando la diagnosticaron, una vez más se había decidido a no reprimir una sonrisa jocosa, una carcajada escandalosa y poco apropiada por una señorita o cualquier estupidez y palabrota que se le viniera decir. Estaba al borde de un sombrío abismo, y no tenía garantías de poder dar un paso atrás para salvarse de esa oscuridad. En medio de esa incertidumbre y a la expectativa de que el desenlace fuera el peor, ya daba igual todo. Por primera vez desde que era una niña se sentía sin cadenas. Pero ahora, se sentía librada de algo más grande e imperceptible.
Seguía mirándolo mientras repetía su nombre en su mente, volviendo a repasar los detalles de su aspecto que ya había enlistado anteriormente. Sentía cierto... nexo, tanto con él como con cualquier otra persona del centro, al entender muy bien lo que se sentían los síntomas, pero unas cuantas úlceras no era como no poder ver, ni se le acercaba.
— ¿Te ofenderías si pregunto?—cuestionó Zylia de imprevisto, rompiendo ese silencio y tranquilidad que se había formado entre los dos. Sasha solo sopló el humo de la nicotina otra vez, eso sí, hacia la dirección opuesta de donde estaba la princesa. Ya se había dado cuenta que a ella le disgustaba el olor, por como resoplaba por su nariz con tal de alejar el olor.
—A ver...—respondió Sasha riendo ante la el sarcasmo de su contestación. Era evidente a lo que se refería la noble, quería preguntar sobre su vista. Sinceramente, ni él mismo sabía cómo reaccionaría, y la mejor manera era permitirle preguntar.
— ¿Desde cuándo no puedes ver?—finalmente lo soltó. Y era una duda que le daba demasiada curiosidad, lo veía muy sereno y acostumbrado a su condición. Por su parte, el mismo Sasha se sorprendió al no sentirse incómodo con el cuestionamiento, por primera vez en su vida.
—Desde siempre. Nací ciego. El Hinom simplemente comenzó a comerse los ojos que nunca me sirvieron para una mierda y tuvieron que sacarlos antes de se extendiera a mi cerebro. Tengo segunda fase del síndrome, dos más y me regalan el boleto sin retorno que nadie quiere—respondió Sasha, de una forma rápida pero clara, para luego exhalar con algo de resignación y soltar una extraña carcajada, antes de continuar fumando lo poco que le quedaba a la colilla encendida entre sus dedos. Zylia guardó silencio, algo consternada al oír su respuesta.
— ¿Lástima?—preguntó Sasha, con un tono indescifrable. La joven princesa solo exhaló por la nariz ignorando por un instante el fastidioso olor del cigarrillo.
—No, para nada. Pero sí te comprendo, te comprendo de verdad, al menos en los síntomas—dijo, y era la verdad, no sentía ninguna lástima por el chico, esa reacción natural de ella había cambiado en esas circunstancias, al darse cuenta que las personas no necesitaban en lo absoluto pena, era algo que los hacía sentir peor. Requerían más bien de comprensión y aliento. Algo que no muy popular, considerando que había todavía estratos que los trataba de plagas por su condición.
—Bien. ¿Y qué hay de ti, Alteza?—preguntó el joven tirando finalmente la colilla del cigarrillo que se le terminó de extinguir entre los dedos. Con rapidez sacó otro de la cajita, mientras buscaba en su bata el encendedor. Sin dificultad alguna ya tenía otra vez un cigarrillo en sus labios. Pero al parecer su pregunta quedó en el aire, porque Zylia no parecía tener iniciativa alguna en responder.
—De lo que sea—replicó Sasha, tratando de incentivar la plática. Y es que ella no sabía qué responderle, o relatarle. Siempre había pensado que su vida como miembro de la realeza era ridículamente aburrida, detalles que no tenía la intensión de recordar, mucho menos contar. Se le agotaban las opciones, y a la final optó por abordar al tema que había originado toda esa charla improvisada.
—Estoy en la primera fase del síndrome. Muerte de tejido en la epidermis. Adiós a los bikinis—contestó Zylia con un tono jocoso que intentaba camuflar su evidente melancolía por hablar del tema.
—Que tragedia, yo daría lo que fuera por ver eso—mencionó Sasha de forma juguetona, refiriéndose claramente a las prendas playeras. No necesitaba ver para saber que algún pequeño rubor le había causado a la chica con sus palabras, y justo ese era el objetivo. No hizo nada más que ampliar su sonrisa al oír un bufido agudo y un ronquido tierno de Zylia tratando de conservar la compostura.
¿Qué tan normal era iniciar una extraña conversación a mitad de la noche en unas escaleras con un chico ciego? No importaba. El tiempo se le fue bastante rápido, entre preguntas y respuestas, bromas tontas e infantiles, mientras se ordenaban uno al otro bajar la voz cuando ya hacían mucho escándalo, o incluso en esos momentos de tensión cuando habían creído oír alguna pisada cerca. Solo se tapaban la boca tratando con todas sus fuerzas de retener la risa ante el suspenso de ser descubiertos. Los temas giraron como ruleta, hablaron de todo lo que se les ocurriera. Edades –Zylia tenía diecinueve recién cumplidos, Sasha veinte–, lugares que habían conocido, aunque ese historial era corto para la princesa, era la heredera a toda una nación y no conocía nada mas allá de los muros del palacio. Sasha por su parte había conocido todo tipo de lugares y zonas de Hyrule y otros reinos extranjeros. Sobre sus familias, Zylia solo tenía a su hermana, y ni tuvo la menor intensión de mencionar a sus padres, y Sasha tampoco tuvo la estupidez de curiosear en ese límite. Trató de desviar el tema hablando de la suya, era huérfano, y estaba en ese centro porque sus padres adoptivos e indiferentes lo tenían prácticamente obligado a estar ahí, solo por cubrir las apariencias como supuestas personas altruistas. Sasha no quería atenciones, tratamientos, solo deseaba seguir como si nada. No parecía importarle el encontrar una solución a su condición como todos los demás, o la mayoría, al menos. Era algo que la noble notaba cada vez con mayor claridad, ese aire y actitud pesimista en el chico, y que llevara ya su sexto cigarrillo en todo lo que iba de conversación era un indicativo de esa deducción.
—Dilo o vas a explotar—indicó el chico al sentir que Zylia estaba tentada a decir algo, abría la boca y boqueaba un poco, pero guardaba silencio al no saber cómo decirlo. Resignada y también por curiosidad, simplemente lo soltó.
— ¿No son muchas molestias para contrabandear cigarrillos?—preguntó Zylia, expresando finalmente su incomodidad respecto a eso. Sinceramente le sorprendía que hubiera metido eso al centro, con lo necios que eran con la seguridad en el ingreso.
—Lo vale, me ayuda con la ansiedad—Se excusó encogiéndose de brazos tirando el cigarrillo ya que se le había agotado, y rápidamente sacó otro. Ahí fue cuando se dio cuenta que no había tenido la "cortesía" de ofrecerle uno a Zylia, y así lo hizo, extendiéndole la caja para que tomara uno si quería.
—No fumo—dijo sin dudarlo, negando con la cabeza, sin recordar que eso era inútil, él no podía verla.
—Como quieras—murmuró Sasha guardando la caja y encendiendo el cigarrillo que ahora tenía en los labios.
—¿Sabes? Nada vale que vuelvas a los que estén cerca de ti fumadores pasivos, ni que te hagas daño de esa manera—Zylia lo dijo con las palabras en la punta de la lengua, y con buena razón. De una extraña manera sentía preocupación por él, porque le daba la impresión que nunca nadie se había detenido a preocuparse por su bienestar de forma desinteresada. Sasha solo levantó una ceja, no muy complacido por las palabras.
—Por algo vengo hasta acá para hacerlo—Se defendió el chico, incomodado por el rumbo que tomaba la situación.
—Pero eso no evita que te haga daño a ti mismo—replicó Zylia, con un tono algo más firme. Incluso al hablar se sentó un escalón mas abajo para acercarse más, mirándolo fijamente.
—¿Y? Todos aquí estamos condenados. Incluso si de milagro encuentran una cura y no nos mata esta maldición, vamos a morir tarde o temprano—Sus palabras salieron con dureza y con una reprimida frustración, mientras respiraba agitado y daba bufidos de molestia. Se quedó quieto, tratando de serenarse; la situación se quedó así en silencio, mientras Sasha trataba de descifrar la reacción de Zylia a sus palabras. Pero no tenía forma de saberlo.
—En parte tienes razón, todos igual vamos a morir. Lo que importa en realidad es qué vamos a hacer mientras esa cuenta regresiva avanza. Yo sé lo que quiero, tener todo el tiempo posible con mi hermana, encontrar la felicidad, no lo sé, tal vez casarme y formar mi propia familia, por muy cliché que sea. Es una meta que deseo cumplir. Necesito todo el tiempo posible que tenga en este mundo, y es por eso que no veo mi vida con tan poco valor como tú—dijo Zylia con una misteriosa serenidad, una tranquilidad expresada en su habla pausada. Tal vez era indignación, o incluso enfado por la respuesta de Sasha.
—No me asusta morir, eso es lo que pasa—replicó el joven de forma altanera y claramente disgustado, tirando su último cigarrillo.
—Si no te asusta morir significa que no tienes una razón para vivir, y eso es muy triste ¿No crees?—contestó finalmente Zylia, dejando sin ninguna defensa a su acompañante. Sasha dio un respingo, y las pocas facciones de su rostro que podían visualizarse mostraron una expresión de disgusto. Abrió la boca para decir algo, pero no emitió sonido alguno, solo se quedó paralizado, para luego cerrar los labios y gruñir de forma muy suave con cierto dejo de ira, suspirando mientras apoyaba su cabeza en la baranda de la escalera. Definitivamente le habían dado un golpe, y quien se lo propinó no movió ni un dedo.
Ese ambiente incómodo reinó por varios minutos entre ambos jóvenes, meditando en lo que había dicho y oído. De repente, las orejas puntiagudas de Sasha se movieron ligeramente.
—Alguien viene... Las enfermeras ya comenzarán a hacer rondas. Es hora de irnos—dijo Sasha. Zylia solo se mantuvo callada, pensativa y meditabunda; salió del trance al sentir la mano de Sasha tantear con cuidado una de las suyas, tocando con sus dedos la textura de los vendajes que recubrían los dedos de ella. Su mano fue subiendo, hasta tocar la piel de su antebrazo, rozándola lentamente. La situación no se detuvo, ya que Sasha se levantó ligeramente, aproximándose hacia Zylia al mismo tiempo que sus dedos ascendían por su hombro, hasta llegar al suave mentón de ella, evitando tocar sus irritaciones.
Al no recibir ninguna reacción que le indicara que se detuviera, Sasha continuó aproximándose no solo escuchando la respiración un poco agitada de Zylia, sino que también comenzó a sentirla al estar tan cerca. Se orientaba al tenerla tomada de la quijada con cuidado. La distancia se hacía cada vez menos notable mientras los ojos de la noble se perdían en las facciones del chico que ahora estaba intentando lo que nunca nadie había hecho, y ella no tenía intenciones de detenerlo.
Sus labios se unieron finalmente, de forma sinuosa, pausada. Poco a poco el placentero contacto fue fluyeron con mayor armonía, delicadeza, a un ritmo suave e hipnotizante para ambos. Sin entenderlo, hasta sintieron un efecto embriagante, el saborear los labios del otro. Aunque debían apresurarse, el tiempo sencillamente dejó de correr, o les valió un bledo. Cuando parecía que el inocente beso iba a subir de tono se detuvieron al oír que encendían las luces de un pasillo cercano, alertándolos.
Sasha solo retrocedió un poco para luego exhalar de forma sonora. Sin decir palabra alguna se levantó finalmente bajo la mirada perpleja y distraída de Zylia, obnubilada por lo que acababa de pasar. Seguía preguntándose si realmente había pasado, o si el analgésico que le habían dado antes de dormir era mejor de lo que pensaba. El joven no pudo percatarse de la expresión de la princesa, aunque no debía ser adivino para hacerse una idea mental. Igual, él siguió subiendo los escalones, dispuesto a volver a su habitación y quedarse ahí como si nada hubiera sucedido.
—Oye...—susurró Zylia en un tono ronroneante, casi inaudible, pero Sasha logró oírla. Y prueba de eso fue que se detuvo para esperar a que ella dijera lo que fuera a decirle.—¿Por qué fue el beso?—preguntó la joven, mirando de reojo a Sasha, quien estaba varios escalones arriba. El chico solo sonrió ladino.
—Ni idea. Tal vez para que comience a asustarme la muerte—admitió, con voz baja, casi murmurante, antes de seguir subiendo los escalones teniendo el mismo revoltijo de sensaciones que la noble, sensaciones que de seguro no iban a dejarlos dormir lo que quedara de la madrugada. Al parecer la luna los acompañaría a cada uno en el resto de sus veladas.
El brillo del universo no sería nada si fuera comparado con la luz emanada de su preciosa alma. Su aura celestial alcanzaba los significados desconocidos de la sublimidad. Ni una obra de soberbia afinación podría aspirar siquiera compararse con la belleza de su alma.
Link solo podía contemplarla como si viera un ser divino, una diosa. Le inspiraba fascinación, embeleso, y deseo. No hacía más que acariciar con delicadeza la suavidad de su terso mentón, acostados y juntos en su lecho sin que nada los separara, mientras que su pulgar rozaba la dulzura de su labio inferior, mirándola directamente a sus ojos de cautivante belleza, dulzura, e inocencia. Sonrosados y apetecibles que deseaba devorar en apasionados besos hasta que se le extinguiera el aliento. Y así lo hizo. Con hambre y una ansiosa pasión comenzó a sentirla, intercambiar sus respiraciones en tan afín vaivén mientras que sus caricias se hacían indetenibles.
Deseosos de confirmar que se pertenecían, uno al otro, y a nadie más, con sed de éxtasis. Una desesperada necesidad de perpetuar sus sentimientos sin importar nada. Y sin poder más, sus bocas se separaron con tal de obtener algo de aire, manteniendo sus miradas y sus frentes unidas. No pasó mucho antes de que impulsados por esa placentero deseo, volvieron uno por el otro, reanudando lo que tanto anhelaban.
Pero solo sentía un sabor a hierro, una sensación espesa en sus labios, mientras chorreaba por sus bocas algo viscoso. Sin entenderlo se separó de ella, solo para horrorizarse al verla. Sonriente, con una mirada llena de ternura, pero de sus labios chorreaba sangre, como una fuente indetenible que comenzaba a llenar su desnudez. No parecía notarlo, solo miraba con fascinación a su amado, llena de dicha, mientras su cuerpo y parte del lecho estaba impregnado de olor ferroso y el carmín de su fluido...
Y con desesperación el rubio comenzó a respirar de forma urgida, tal como si le hubieran apuñalado los pulmones, como si le aplastaran el vientre y le estrangularan sin piedad. Se levantó, quedando sentado en su cama perlado de sudor frío y pegajoso, temblando sin control al punto que sus dientes chocaban y tener sus ojos brotados en rojo. Su torso marcado y desnudo subía y bajaba a un ritmo irregular y errático por el aberrante sueño. Eso era lo que Link se trataba de repetir, había sido una pesadilla, solo una pesadilla. Una que había experimentado muchísimas veces, y cada vez se hacía más vivida, real, macabra y cruda. Ella estaba bien, todo estaba bien, por muy hipócrita que era repetirse eso a sí mismo.
Tomó su rostro con sus manos pálidas y convulsas, mientras respiraba únicamente por su boca. Su cabeza martillaba, como si le dieran garrotazos en sus sienes al mismo tiempo con la misma frecuencia con la que su corazón bombeaba en frenesí. Su garganta ardía, sus párpados pesaban, y sus articulaciones sufrían de calambres. Su estómago se sentía como si tuviera en su interior clavos que buscaban enterrarse desde dentro hacia afuera. Seguía quieto, mientras su mano izquierda iba directo a su pecho, para agarrar el preciado objeto que siempre estaba ahí, su collar con el símbolo de la Diosa.
Estaba desorientado. No estaba perdido en espacio, tenía claro que estaba en su camarote, luego de haber salido del estupor. Pero sí lo estaba en tiempo, como siempre le sucedía. Luego de recuperar ligeramente la calma, se quitó de encima las sábanas, tratando de levantarse.
Ahora caminaba por el misterioso lugar en el que estaba, uno que conocía a la perfección, andando por pasillos en esa edificación sombría pero cálida, de irradiante halo consagrado y bendito. Pero ni de esa forma su tribulación menguaba en lo absoluto ni sus inquietudes mermaban. Nada podía hacerlo.
Conociendo perfectamente por donde andaba, notó que el sitio estaba solo; más de lo usual. Atravesó un camino bastante extenso, con un destino en específico, y durante todo el recorrido no vio ni escuchó a nadie. Ni a Lana, Izak, Hilda, ni siquiera a Ravio. Normalmente desearía con todas sus fuerzas que esa calma y sepulcral silencio fuera permanente, pero en ese momento tal quietud lo estaba desesperando más, si es que eso era posible. Por fin accedió a donde iba, atravesando una umbral amplio de ornamento de piedra y escalones de caliza, abriendo paso a un paradisíaco y astral jardín, de exóticas e infrecuentes variedades de flora y fauna a toda dirección que se mirara de tan precioso vergel coronado por el manto estrellado del cielo. Una inmensa sombra arropaba de paz todo el lugar, una esfinge de colosal estatura justo en el corazón del paraíso, el ancestral monumento de Hylia de Neburia. Ahí estaba el jardín que contemplaba Link, en lo que alguna vez fue las tierras celestiales en un pasado remoto, hogar del Héroe de los cielos, y que milenios después, seguía siendo un espacio sagrado y oculto que existía para unos pocos deseosos de encontrar la verdadera paz del alma.
Era una vista que había contemplado demasiadas veces como para darle alguna especial atención a esa ocasión. El guerrero solo continuó su andar, atravesando un pequeño rumbo que había por ese espacio boscoso, con la mirada fija a la base de la esfinge, a algo que captaba claramente su atención, o específicamente, a alguien. Como sospechaba, ella estaba allí.
Salió del espacio forestal, para acercarse a una zona de estanques, alumbrado por la luz de las estrellas en contraste con una tenue neblina que recubría el suelo. Frente a los cimientos del monumento estaba una mujer sentada, meditando. Era notablemente alta pese a estar sentada sobre sus piernas en esa especie de pedestal rodeado de monolitos con runas grabadas. Sus facciones relajadas parecían sin vida, tenía en su rostro varios tatuajes, encima de uno de sus parpados, y justo debajo del mismo, el símbolo de una gota teñida de rojo, la lágrima sangrienta. Su piel bronceada resaltaba por sus cabellos blancos, peinados en una ajustada trenza. No obstante, tenía rapado un lateral de su cabeza, en la cual tenía otras marcas perpetuas en su piel, justo en su cuero cabelludo, lo que evidenciaba su raza como perteneciente al ya extinto clan de los sheikahs, y su linaje privilegiado en el mismo. Su edad aparente no debía oscilar más de los cincuenta.
Vestía de forma similar que el guerrero, con un ajustado batín, pantalones de tela holgados, y sin nada que cubriera sus pies. Solo se diferenciaban porque los tonos del vestuario de él eran de verde oscuro, la de la sheikah eran blancos. Tenía un colgante tal como el del rubio, la Diosa del destino, Hylia. Sus manos estaban con los dedos entrelazados, llenos de anillos y joyas, colocados sobre sus tobillos.
La dama se mantuvo en esa condición, abstraída y concentrada en la meditación, sin que pareciera percatarse de la presencia del recién llegado. A Link no le sorprendió esa reacción –O más bien la ausencia de esta–, simplemente se aproximó al pedestal de piedra que estaba justo en frente de Impa, como la costumbre lo dictaba con tal de tener una audiencia con su maestra. El guerrero se acomodó en la misma posición de la sheikah, respirando lentamente, y mirando a la superficie del agua que había en los llanos estanques alrededor de las plataformas circulares en las que estaban; la superficie transparente de la misma se veía templada, apacible. Pero cuando Link intentó ver su reflejo, inmediatamente las ondas de agua obstruyeron su visión.
—Dormiste por diez días—dijo la hechicera de cabellos platinos delante de él, con una voz monocorde, vibrante. No necesitaba tener un tono elevado para recibir en respuesta temor y respeto. Pese a la finura de su voz, imponía y lograba hacer valer su posición autoritaria. Siguió con sus ojos cerrados, y su gesto inexpresivo.
Link la escuchó, pero continuó en silencio, pensando en lo que había experimentado en su pesadilla. No le perturbó en lo absoluto la cantidad de tiempo que estuvo en ese letargo. Pero sí explicaba el porqué estaba tan sediento y hambriento. Comenzó a recordar las turbulentas circunstancias en las que estaban antes de despertar. Maldijo, todo eso solo estaba evidenciando su claro problema con el insomnio. Esas extensas vigilias lo estaban consumiendo lentamente.
— ¿En dónde están los demás?—preguntó Link, hablando por primera vez desde que había despertado. Comenzaba a impacientarse, al solo contemplar a su superiora que permanecía imperturbable. Sus palabras denotaban más una exigencia que una sencilla pregunta.
—En sus asuetos—respondió Impa con simplicidad, sin abrir todavía sus ojos, ni variar su expresión. Pero con solo sentir el aura de Link y su respuesta no verbal, supo de inmediato lo que su antiguo pupilo estaba pensando, en desacuerdo del descanso que tenían sus compañeros.
—Son jóvenes, al igual que tú. Lo necesitan, despejarse y crecer fuera de estos muros. Somos mortales, no dioses—Y así terminaron las palabras Impa, conociendo mejor que cualquiera al guerrero, especialmente su tozudez.
—Pero él no—replicó Link de inmediato, refiriéndose justo a quien ni Impa ni ningún hechicero se atrevería a nombrar. Por primera vez, Impa abrió sus ojos mostrando su imponente mirada carmesí, fijamente enfocada en los ojos del rubio. Entrecerró sus ojos con clara frustración por la respuesta recibida.
—Entonces, entrenemos hasta que no sintamos los miembros, luchemos hasta que no nos quede alma que de vida a nuestro cuerpo, y arranquemos de nosotros la paz hasta que ni el sueño nos concilie. ¿Qué ganaremos? El exceso es el veneno de la razón. Eso desea él, exterminarnos, sin siquiera dar una estocada—Sus palabras sonaron certeras, aunque más reflexivas que reprochantes, aludiendo claramente a su pupilo. Link solo cerró los ojos, tratando de que obstruir su vista, exhalar con fuerza a tal punto que sus oídos se comprimieran e intentar ignorar lo que sentía, pidiendo que eso difuminara al menos un poco su sentir. Fue inútil.
—Ya ha pasado un invierno desde la deserción de Cya. Fue un golpe duro para todos nosotros, especialmente para ti, que fue tu maestra. Pero cada quien hace lo posible por superarlo, y seguir adelante, incluida Lana. En cambio, sigues atribulado, como un navío con velas izadas pero sin haber desanclado. Hay una cura para las culpas, reconocerlas. —aconsejó Impa, ablandando ligeramente su mirada, y aunque sus expresiones mostraban su empatía, no dejaba de hablar de forma clara, directa.
—No siento culpa. Por mucho que me costara aceptar que se había ido, la aniquilé. Aunque la luz que quedaba en ella renació como una nueva vida, lo hice, porque era mi deber, porque todo lo que intentamos para regresarla al camino no sirvió de nada. Asesiné a mi maestra, y no siento remordimiento alguno—Lo confesó sin titubear, como si quisiera sacarse una sensación punzante lo más rápido posible. Ese era su angustia, el no sentir algún peso por lo que hizo.
—Intentamos lo posible, y solo nos quedó una opción. Pero lo cierto es que ella sucumbió ante los deseos que todos tenemos. Ninguna luz es absoluta, pero está en nuestras manos elegir. De innumerables vidas, en esta encarnación ella eligió mancillar el juramento de lealtad que hizo. No sientes culpa, porque los ojos que viste antes de dar el golpe de gracia no eran los de tu maestra, sino los de él. Hiciste lo posible por ayudarla antes de recurrir a la última medida—declaró Impa como una clara explicación, o intento de calmar el dilema del rubio. Creía comprenderlo.
—Aun así no fue suficiente—Volvió a recordar Link, sin que su habla o su aura cambiara de su estado lúgubre.
—Pero tu temor de no tener corazón no es lo único que te inquieta ¿Me equivoco? ¿Cuándo fue la últimas vez que dormiste con normalidad, sin que pesadillas perturbaran tu descanso?—inquirió Impa. Y había acertado justo en la cuestión, aunque la sorpresa no era algo que pudiera notarse en Link al oírla. Se quedó callado unos instantes, hasta que por fin tomó un poco de aire.
—No lo recuerdo...—susurró con un sentimiento plasmado muy similar a la resignación. Otra vez hizo una pausa, quedándose mudo, y volviendo a contemplar la superficie del agua que estaba justo en frente de él. Y decía la verdad, no lograba memorizar la última ocasión en la que había podido tener un sueño verdaderamente reparador. Todas las noches las pasaba en vela, pensando en demasiadas cosas, enlazado experiencias y vivencias pasadas, especulando y teorizando las futuras, pero ignorando totalmente el presente. Por muy tétrico que sonara, la última vez que recordaba haber visto la oscuridad y sentir un poco la calma, fue al morir en su anterior vida, y la anterior a esa. Al pensarlo así, solo pudo recordar a la persona que esporádicamente invadía sus pensamientos. Y con un simple ademán de su mano izquierda revestida de anillos y con la marca de la trifuerza en el dorso, el agua frente a ambos comenzó a reflejar una imagen más nítida, a la protagonista de sus pensamientos. A la que ahora era la Reina de un territorio que tomaba el nombre de lo que alguna vez fue la tierra bendecida por las Diosas, Hyrule. Podía contemplarla, a su adorada desde la primera vida, tal como estaba en esos instantes, sumida en un sueño particularmente tranquilo, en el lugar en el que atendían a su hermana. Impa y Link miraron esa visión con suma atención, aunque el hechicero de una forma más distraída, soñadora.
—No recuerda nada de sus vidas pasadas, su esencia sigue aletargada. No me añora en lo absoluto... Y por primera vez en tantas eras, deseo que siga así. Externa de todo esto, sin ninguna carga, alejada de mí—dictó Link, reprimiendo su pesar y decaimiento. Una sensación de desilusión, y una extraña nostalgia lo invadió, mientras que se fijaba en las facciones de ella; identificar las diferencias que ella tenía comparada con sus vidas pasadas. Había encontrado demasiadas en todos los años que había estado velándola; el tono de sus ojos, la palidez de su piel, las proporciones de su agraciado cuerpo, el color de sus cabellos, las longitudes de las facciones de su rostro. Y aun así, seguía igual de divina, con la misma mirada, su mismo ser, pero marchitado de dolor, y sepultado en desgracias.
—El destino es concebido por el instinto, y la voluntad. Nada ni nadie cambiará lo que ella es y lo que será, porque no está predestinada, sino que en cada vida sus decisiones siempre la llevarán a esto por elección propia, ser una luz que nos ilumine, una sabia que nos oriente, una diosa que nos guíe—Sus palabras volvían a recordar los proverbios más antiguos de su filosofía. Impa intentaba persuadir a su antiguo alumno de entender lo innegable.
—No permitiré que vuelva a ser una víctima—dictaminó Link, encarando de forma inamovible a su superiora, con algo de irrespeto.
—En ocasiones, encontramos nuestro verdadero destino al elegir caminos contrarios con la obstinada intensión de evitarlo—contestó Impa, sin ninguna demostración de ser amedrentada, ni mucho menos reducida con el repentino alzamiento de Link, por el contrario, también subió la severidad de sus palabras. El guerrero solo se levantó luego de impulsarse ligeramente hacia arriba con una suave ráfaga de aire, para quedar de pie, y comenzar a andar en dirección contraria para retirarse.
—Nuestro destino me pertenece—aclaró él con sequedad, alejándose sin intensiones de detenerse, perdiéndose entre el espeso follaje de los jardines.
Comentarios finales:
Hola!
Pues, como les aseguré, les traigo el capítulo correspondiente para esta ocasión. Como dije la actualización será una semana sí, otra no. O sea, en un aproximado de 14-16 días. Éste en específico pude haberlo terminado y publicarlo bastante antes, pero como le comenté a algunos, se me presentaron varias cosas, principalmente a nivel académico en la redacción de un proyecto de investigación que estoy elaborando y tuve que concentrarme exclusivamente en eso durante cuatro días, y en ese lapso no toqué el archivo de word donde estaba este cap. Aun así lo pude acabar justito a tiempo, y la verdad, a mí me encantó como quedó, disfruté mucho escribiéndolo. ¿Qué hay de ustedes? ¡Espero sus comentarios!
Como habrán visto, hice un poco de énfasis en lo que es el diario vivir cotidiano de Zelda y su hermana, con tal de expresar lo más realista posible el cómo deben superar día a día lo que enfrentan. ¿Les agradó Sasha? Es un personaje que tuve archivado por bastante tiempo, y estaba ansioso de darle su aparición.
También, sucedió lo que varios pedían: El debut de Impa. Espero haya sido de su agrado.
Vamos con los agradecimientos a quienes comentaron el anterior capítulo :D Muchas gracias a:
Akiresita :3
Fox McCloude
Egrett Williams
IA99
SakuraXD
Yahab
LinkAnd0606
Goddess Artemiss
Sin más nada que decir, nos vemos cpor acá a finales de este mes. Saludos!
