Capitulo 2.
La cabaña que Caleb tenía en Montana estaba en un bosque, en mitad de casi ninguna parte. Sam tuvo que bajar solo a comprar provisiones cuando pararon en la gasolinera, porque Dean no se atrevía por culpa del hechizo.
Al pequeño le parecía que su hermano exageraba un poco las cosas, pero cuando volvió se encontró con el Impala rodeado por tres tíos que intentaban convencer a Dean de que bajara con piropos de lo más variopintos y cambió de idea. Tal vez no exageraba tanto…
Se vio obligado a espantar a los tipos para poder volver al coche y Dean salió del lugar como si Lucifer le estuviera pisando los talones. Llegaron a la cabaña en un tiempo record.
La casita era pequeña y llevaba mucho tiempo sin usarse. Caleb casi no pasaba por allí cuando vivía, ahora que estaba muerto nadie la había pisado desde hacia un par de años.
Al menos estaba limpia. Olia a cerrado y habia algo de polvo, pero estaba relativamente limpia. Dean soltó su mochila en el sillón y abrió las ventanas para que se ventilara.
Sam dejo su portátil en la mesa de la cocina y se quedo observando como su hermano se quitaba la chaqueta y abría las ventanas.
Estuvo embobado durante un buen rato mirándole. Viendo como los músculos de su espalda y brazos se estiraban y contraían.
No era porque no se hubiera fijado antes en el cuerpo de su hermano, pero ahora… si, era como si lo viera de verdad por primera vez.
Y, dios… vaya cuerpo… Bajó la mirada hacia su trasero y la desvió rápidamente al notar que se estaba empalmando. ¿Se estaba poniendo cachondo por mirarle el culo a Dean? Uh… puede que si le estuviera afectando algo el hechizo ese…
- Sam… ¿me estas escuchando? – uh… se le había ido la pinza mirándole el culo a su hermano… definitivamente, el hechizo le estaba afectando.
- Er… no. ¿Qué me decías? – Dean resopló y empezó a guardar las provisiones en la nevera.
- Te decía… que luego hay que llamar a Bobby para decirle lo que ha pasado, y ver si él sabe de algo para romper el hechizo. Y tú deberías buscar también. ¿Estas bien? Andas de un distraído que no hay quien te aguante.
- En serio, estoy bien.
- Uh… vale. Voy a llamar a Bobby, pero ya. Tú termina de sacar las cosas.
- Eres un mandón. – gruñó el pequeño cogiendo las mochilas.
- Soy el mayor, así que a callar. – Dean salió al porche y empezó a marcar en su móvil. Un minuto después, el viejo cazador contestaba. - ¿Bobby? Soy yo, Dean. Tengo un problema…
Quince minutos y varias explicaciones después…
- Bobby… ¡deja de reírte ya, joder! ¡No tiene maldita la gracia! – él Winchester hizo una pausa y se aparto un poco el móvil del oído desde el que se podía oír con claridad las carcajadas del viejo cazador. – Ya, claro… como no te ha pasado a ti… Estoy en la cabaña de Caleb con Sam, pero me da que a este también le esta afectando el hechizo. – otra pausa. – Si, Bobby. Ya se que mi hermano también es un tío, gracias por la información. Pero pensaba que… no, no se me ocurrió eso. - una pausa mas y los gruñidos de Bobby. Dean puso los ojos en blanco. – Ya, pero… ¿Qué hago? A Sam no le echó ni con agua hirviendo, ya sabes como es. - suspiró el Winchester y una pausa mas mientras escuchaba con atención. – Ok… ok, tú solo… busca algo para parar esto, ¿vale? Gracias, Bobby. – Dean cerró el móvil y se apoyó en la barandilla del porche, tapándose la cara con una mano. – Joder… en vaya lio me ha metido el demonio ese de mierda.
Dean suspiro de gusto mientras el agua caliente caía sobre su rostro y sobre su cuerpo, relajándolo. Habían sido dos días muy estresantes para él y la ducha le estaba sentando de maravilla.
Cogió el champú con los ojos cerrados y empezó a enjabonarse el pelo, mientras pensaba en como iba a salir de ese lio. Porque si sus sospechas eran ciertas y Sam también estaba afectado… tenia un serio problema.
¿Cómo demonios iba a evitar que su hermano se le echara encima? ¡Joder, mierda de hechizos! Podían hacer una distinción con la familia.
Tan ensimismado estaba buscando la solución al problema, que no se dio cuenta de que el problema en cuestión estaba entrando en el baño. Solo lo noto cuando oyó cerrar la puerta y a Sam trasteando en el lavabo.
- ¿Sam? ¿Qué coño haces? ¡Que me estoy duchando!
- ¡Te jodes! Tardas demasiado y quería afeitarme. – Dean gruñó y empezó a aclararse el pelo.
- Aféitate cuando termine. ¡Sal!
- ¡No me da la gana!
- ¡Que te salgas!
- ¡Que no! – Dean no pensó. Le pasaba siempre que discutía con Sam, dejaba de pensar. Se dejaba llevar por la rabieta de crio de cinco años. Abrió la cortina de la ducha sin acordarse de que estaba desnudo y del problemita que tenía con cierto hechizo.
- ¡Que salgas he dicho! – Sam se quedo mirándole atontado a través del espejo.
Dean, desnudo. Vale, a Sam se le había cortocircuitado algo en su cerebro porque no podía ni hablar. Dean, desnudo. Con cara de mala leche, empapado y con un poco de espuma aun resbalando por su cuerpo. Desnudo.
Casi sin darse cuenta, soltó la maquinilla de afeitar y se acerco a su hermano sin dejar de mirarle. Dean retrocedió hasta volver a entrar en la ducha sin poder articular palabra. Se quedo sin aire cuando su espalda choco con los fríos azulejos.
- ¿Sam? ¿Qué… que estas haciendo? – preguntó tartamudeando cuando vio al pequeño lamerse los labios, avanzando hasta acorralarlo contra la pared. Sam apoyó ambas manos en los azulejos, a cada lado de la cabeza de Dean.
- ¿A ti que te parece, Dean? – la voz ronca, los ojos oscurecidos y una sonrisa torcida en los labios. Pues si, si parecía lo que parecía.
- Sam… - le advirtió, poniendo las manos en el pecho de su hermano, cuya camisa se estaba empapando por el agua de la ducha y tratando de apartarle sin demasiado éxito. La actitud de "voy a comerte vivo" del pequeño le tenia medio paralizado. – Joder, Sam. Me dijiste que no te afectaba. Me lo juraste por el portátil.
- Mentí. Pero tranquilo, tengo un antivirus cojonudo. – se rió el pequeño bajando la cabeza lo justo para besar a un alucinado Dean.
El mayor estaba que no se lo creía. ¿Sam le estaba besando? ¡Sam le estaba besando! Joder… jodido hechizo, jodidos demonios, jodido Sam que le mintió, jodido… lo que fuera. Iba a seguir despotricando y quejándose mentalmente (tenia la boca ocupada), pero cuando la lengua del pequeño le delineo el labio inferior y se lo mordisqueo, no pudo evitar un débil gemido de gusto. El pequeño interpretó eso como una invitación y la acepto gustoso, invadiendo la boca de su hermano.
Dean dio un respingo al notar la lengua intrusa acariciarle, pero era un beso tan suave, tan dulce que se dejo hacer sin oponer resistencia.
Cuando por fin se separaron, más por necesidad de respirar que por otra cosa, Dean miro a su hermano, jadeando. El pequeño tenía los ojos brillantes de deseo, los labios levemente hinchados por el beso y las mejillas irritadas por la barba que Dean no tuvo tiempo de afeitarse. Suspiró y le apartó de si, esta vez con firmeza.
- Tenemos que hablar. Ahora. – Sam hizo amago de acercarse a él otra vez, pero le volvió a empujar más fuerte. – Sal y ponte algo seco. Yo voy en cinco minutos. Y vamos a hablar. – el pequeño gruñó, pero obedeció, dejándole solo en la ducha.
Terminó de ducharse y se vistió y secó en tiempo record. No quería que Sam le volviera a pillar sin pantalones, por si las moscas.
Cuando salio, lo vio sentado en el sillón, todo carita de inocencia y de no haber roto un plato en su vida. Le dieron unas ganas enormes de darle una colleja. Le picaba la mano y todo. ¡Que coño! No iba a quedarse con las ganas. Se acercó y le dio una sonora y dolorosa colleja en la nuca, que hizo al pequeño bajar la cabeza y gemir.
- ¡Au! ¿A que coño viene eso? – protestó.
- ¡Por mentirme! – cogió una silla y se sentó frente al pequeño, fulminándole con la mirada. – Vale. Bien. Ahora vamos a hablar del tema. No vas a volver a tocarme. Ya hemos hablado del tema. – ladró. Sam parpadeó, sorprendido.
- Pe… pero… ¡Dean! ¿Por qué?
- ¡Ni peros, ni manzanas, Sam! Se acabó la charla. – intentó levantarse para irse a dormir, pero la mano del pequeño le retuvo y le obligo a volver a sentarse.
- Dean, tú no lo entiendes. No puedo evitarlo. No es algo que pueda controlar así como así y cuanto mas me lo niegas, más ganas tengo de hacerlo. Y eso podría ser peor…
El mayor se estremeció.
- ¿Y que sugieres? – Sam se cruzó de brazos.
- Negociemos. – el mayor parpadeó.
- ¿¿Qué?? ¿Estas majara? No pienso negociar si te dejo meterme mano o no.
- No seas nena, Dean. Hablo de besos, no de follar.
- ¿¿Qué?? – el pequeño se recostó en el sillón, con absoluta tranquilidad.
- Si, hombre. Tu me dejas besarte de vez en cuando y ya esta. Con eso me conformo. – Dean se paso una mano por el pelo, agobiado.
- Tú te has dado algún golpe en la cabeza o algo… - Sam le ignoró.
- Digamos… ¿diez?
- Ninguno.
- Eso no es negociar, Dean. Vale, ¿mejor siete?. – el mayor resopló, sonriendo.
- Uno y vas que te sales, vamos.
- Cinco. – contraatacó el pequeño, riendo.
- Dos. – Dean estaba cediendo y ni se daba cuenta.
- Ni para ti, ni para mí. Tres y es mi ultima oferta. – ofreció, tendiéndole la mano. El mayor se la estrecho a regañadientes.
- Vale. Tres. Pero como hagas algo de más o te pases de listo, te parto la mano con la que te haces las pajas, pervertido. – el otro sonrió complacido.
- No me pasare hasta que tú quieras que me pase. – Dean se levantó y se dirigió a su cuarto.
- Tú alucinas.
- Ya veremos…
Continuara…
