Capítulo 2

Yaten estaba encerrado en su habitación, leyendo un libro. Siempre se había mostrado como un chico reservado y solitario de muy mal carácter que había hecho ver su suerte a su padre.

No es que no le gustara convivir con la gente, pero odiaba esa insistencia de todos por reconfortarle debido a la ausencia materna y que la gente le tuviera lástima, como si fuera el primer chico huérfano en la faz de la Tierra.

El carácter de Yaten se agravó cuando su padre comenzó a salir con diferentes mujeres, en un afán, pensaba el platinado, de que tuviera la madre que la hacía falta.

Por si fuera poco, Kunzite había sustituido el tiempo que pasaba al lado de su hijo con institutrices, delegándoles la responsabilidad de educar al muchacho.

Todas y cada una de las institutrices que su padre había conseguido, no habían aguantado ni un mes cerca de él, por lo que Kunzite, fastidiado, decidió que lo mejor sería que el platinado conviviera con chicos de su edad, por lo que lo inscribió en el Instituto Stars, el más prestigiado de Escocia.

A pesar de tener 15 años, Yaten nunca había tenido novia, ni mucho menos había besado a alguna chica, lo que había despertado el estúpido rumor entre sus compañeros de clase de que podría tener tendencias homosexuales. Hasta sus mejores amigos, Seiya y Taiki en algún momento lo creyeron.

Lo que no sabían era que el platinado si había estado interesado en dos chicas de la escuela, resultando ser todo un fracaso.

La primera niña en la que se había fijado era en una hermosa señorita, compañera de clase, cuyo cabello era color aguamarina llamada Michiru Kaiou.

Michiru era la chica más elegante y de gustos refinados que asistía a Stars y que, por la manera en la que se comportaba, daba señas de que se convertiría una de las más finas y delicadas damas aristócratas de Escocia; además, Michiru tocaba el violín como los mismos ángeles.

Así pues, el día que Yaten había decidido declarársele, la encontró besándose escondida en el huerto del instituto con Haruka Tenou, estudiante un año mayor que él y que, por cierto, a pesar de su vestimenta masculina, era mujer. Si, dos chicas besándose "y el gay era yo…" pensó.

La segunda desilusión amorosa del joven platinado había sido con la hermosa Kakyuu, chiquilla pelirroja un año menor que él e hija de Lady Esmeralda.

Yaten logró declarársele, pero la respuesta de Kakyuu había sido que lo quería solo como amigo, mandándolo a la friendzone.

Después de eso, el platinado había decidido no interesarse en ninguna otra chica, y más viendo todos los problemas que las mujeres traían, como se los habían ocasionado a su padre todas esas fulanas con las que había salido; ninguna le llegaba a los talones a Lady Nezu, su madre.

Cuando supo que su padre al fin había encontrado una mujer decente y que contraería nupcias con ella, tuvo que aguantarse la ira que se apoderó de su juvenil cuerpo. Sin embargo, deseaba y esperaba que esta vez, su padre fuera feliz, "se lo merece", pensaba él, por lo que no tuvo más remedio que resignarse.

Y ahora estaba ahí, leyendo, cuando el sonido del motor del automóvil de su padre lo había interrumpido.

Con una mueca, el muchacho dejó su libro en una mesilla y se dirigió al ventanal, observando el lujoso automóvil aparcando en la entrada principal de la mansión, y detrás de él, varias camionetas que seguramente traían las pertenencias de su madrastra.

- Joven Yaten, su padre ha llegado – se escuchó la voz a través de la puerta.

- Si ya sé Mary, muchas gracias. En un momento bajo.

Dejando escapar un suspiro, Yaten se asomó al espejo para arreglarse un poco el flequillo que caía desordenado sobre su rostro, abotonarse la camisa y atar el largo cabello en una cola de caballo baja. Resignado, se decidió a bajar y conocer por fin, después de un largo año, a la intrusa que vendría a perturbar su hogar.

E.I.

Mina descendió del automóvil de Kunzite maravillada con la hermosa vista que tenía enfrente; era como si hubiera retrocedido en el tiempo, ya que aquella mansión era del siglo XIX; ella también hubiera podido tener una mansión como esa si lo hubiera querido, pero la verdad era que siempre prefirió vivir en la vorágine moderna que la ciudad cosmopolita le brindaba.

- ¿Te gusta, preciosa? – le preguntó Kunzite al bajar del automóvil.

- ¡Me encanta! Es maravillosa – le contestó, esbozando una gran sorisa.

- Sé que amas la modernidad y todo eso, pero no te preocupes, la mansión está equipada con la última tecnología del siglo, además, Edimburgo está a 15 minutos de aquí.

- Es… perfecto – respondió ella con un brillo en los ojos.

- Bien, entremos – la invitó el platinado general.

La servidumbre había salido a recibir a su patrón y a la hermosa dama que lo acompañaba, dejando el paso franco.

Al entrar en la mansión, lo primero que Mina vio fue a un apuesto jovencito que se encontraba parado en la escalera, a unos metros de distancia de ella.

"Así debió de haber sido Kunzite en su adolescencia" pensó. El muchacho tenía unas hermosas y perfectas facciones varoniles y su cuerpo se adivinaba exquisito debajo de sus ropas. El flequillo le adornaba desordenadamente el rostro, dándole un aire rebelde y coqueto, y el largo pelo lo llevaba atado en una cola baja. Pero lo que más había impactado a la rubia eran esos hermosos ojos verdes de mirada penetrante y cautivadora.

Mina se quitó los lentes de sol para apreciar al hermoso Adonis que se encontraba frente a ella, sintiendo como un ligero rubor coloreaba sus mejillas.

Por su parte, lo primero que había visto Yaten al descender de las escaleras era a la escultural mujer rubia que entraba desinhibida a su casa. El cadencioso movimiento de sus caderas y la seguridad que irradiaba lo había impactado. Se movía con tal gracia y delicadeza que más que caminar, flotaba.

Ni Michiru le llegaba a los talones a esa dama que iba vestida con una falda blanca entubada de peto alto y cintilla dorada que acentuaba su cintura, una blusa coqueta rosa que dejaba ver la turgencia de sus senos, lo que hizo que el muchacho sintiera como el color se apoderaba de él y un lindo sombrero.

La abundante melena rubia se agitaba con gracioso vaivén, dándole un aire muy juvenil; El platinado chico tuvo que reconocer que su padre tenía buen gusto.

Cuando ella se quitó los lentes de sol para observarlo mejor, sintió que enrojecía violentamente, pues esos hermosos y vivaces ojos azules lo miraban con la inocencia de una chiquilla, cosa que lo había vuelto loco.

- Yaten, hijo, acércate – la voz de Kunzite lo había sacado de su estado de ensoñación.

Yaten volvió a fruncir el ceño, adoptando el aire arrogante de siempre, tratando de enmascarar las emociones de las cuáles minutos antes había sido presa.

- Hijo, te presento a Mina. Querida, él se mi Yaten – Kunzite hizo las presentaciones correspondientes.

- Mucho gusto Yaten, soy Mina Aino – la rubia extendió la mano.

- Mucho gusto, señorita Aino, soy Yaten Kou – el platinado estrechó la mano de la mujer.

Mina sintió un violento mareo al estrechar aquella mano que, aunque era juvenil, era bastante fuerte, y no pudo más que disimular sus sensaciones con una amplia sonrisa.

Por otro lado, Yaten quedó fascinado ante aquella sonrisa que la mujer le brindaba, la cual era completamente diferente a todas aquellas que le habían obsequiado alguna vez las ex mujeres de su padre.

La sonrisa de la rubia era totalmente sincera, lo que hizo que un nuevo sonrojo se apoderara el muchacho.

- Disculpe Señor – Mary había hecho acto de presencia, rompiendo el encanto.

- Dime Mary – dijo el general.

- La comida ya está servida

- Vamos para allá.


Hola!

Bueno pues aquí está el segundo capítulo de esta historia, más pronto de lo que imaginé jaja :p

Muchas gracias a quienes se han tomado la molestia de leerme y gracias a Aynat Dreams y a Invento Fantasioso por dejarme sus reviews!

Los invito a leer mis otros fics Amor de las estrellas, Sweet love, Demasiado tarde y La fuerza del destino, el cual por cierto mañana subo nuevo capítulo! :D

No se olviden de pasar a mi página en Facebook Gabiusa Kou! Besos estelares Bombones :*