Capítulo 2:
El agente de la CIA se llamaba Inuyasha. Era el hombre más endiabladamente atractivo que había visto en toda su vida. No era el típico guaperas por el que suspiraban las adolescentes, ni mucho menos un hombre de portada de revista. Sin embargo, había algo en él, un sensual y salvaje atractivo que llamaba su atención. La clase de hombre que destilaba adrenalina y testosterona, quien podría hacer que una mujer se sintiera segura y protegida. Todas ellas cualidades de un marido de ensueño.
Le sacaba más de una cabeza, lo que le hacía sentirse diminuta a su lado. También era como cuatro veces más ancho que ella, puro músculo recubierto de armamento letal. A ella le costaba levantar uno solo de los fusiles que él cargaba, tendría que arrastrarlo por el suelo para transportarlo. Su cabello plateado caía corto y despeinado alrededor de su rostro. Parecía que llevara semanas sin peinarse y no le importaba porque le daba un aspecto de lo más sexi. Sus ojos eran los ojos más hermosos que había visto en toda su vida. Jamás creyó que pudieran existir unos ojos dorados ni mucho menos tan hermosos. Además, tenía la mirada de un hombre que sabía lo que quería.
En cuanto ella se había calmado, le arrebató el arma, la apartó de los cadáveres y le prohibió volver a tocar nada de armamento. Juró protegerla, que la llevaría hasta el campamento base que habían levantado a las afueras. Desde entonces, tras darle un nombre por el que podía llamarlo, no dijo ni una sola palabra más. Desearía un compañero de viaje más hablador. Tras aquellos fatídicos días sola, necesitaba contactar con otro ser humano que no supusiera una amenaza para ella. En la CIA deberían trabajar un poco más la empatía y las habilidades sociales de los agentes.
Llevaban un ritmo de marcha que la estaba machacando. Su pierna aún le molestaba mucho por la herida, pero no se atrevía a decirle que no podía seguir su ritmo. Inuyasha parecía tener mucha prisa por avanzar y alejarse de esa zona. Además, como se había ofrecido a protegerla, no quería resultar una carga para él. O, al menos, esa era su intención hasta que tropezó con una roca en mitad del camino. Fue inevitable que se cayera al suelo de bruces de forma muy poco elegante. El golpe le dolió en el estómago especialmente y se sintió muy avergonzada ante él. Seguro que pensaba que era otra niñata idiota con ganas de fiesta y sin cerebro.
― ¿Estás bien?
¡Por supuesto que no! Aunque eso no iba a decírselo a él. Sentía ganas de llorar, las lágrimas le escocían en las cuencas de los ojos y no quería que él presenciara aquel espectáculo. Si estaba tan decidido a comportarse como que ella no existía, que así fuera.
― Deberías tener más cuidado.
¡Ya tenía cuidado! ¿Acaso no era consciente de que ella no estaba entrenada para enfrentarse a una situación tan extrema como aquella? No era más que una triste y aburrida bibliotecaria que vivía con un gato como única compañía. ¿Qué iba a saber ella de supervivencia? El que hubiera aguantado tanto tiempo viva era fruto de la buena suerte, no de sus dotes y conocimientos para la supervivencia.
Se incorporó poniéndose a cuatro patas y se sentó sobre el camino lleno de piedras con toda la dignidad que pudo reunir. Cuando se miró el pie, vio que estaba sangrando. ¡Estupendo, otra herida más! Aquello era justo lo que necesitaba para completar su cupo de heridas del año. Si la herida del muslo ya le dolía y entorpecía sus movimientos, una herida en el pie convertiría la marcha en un auténtico suplicio. ¿Por qué tenía tan mala suerte con sus piernas? ¿No podía haberse hecho daño en un brazo o en una mano? Sería más llevadero para lo que le esperaba.
Escuchó dar un largo suspiro de frustración procedente de Inuyasha, y, en seguida, estuvo acuclillado frente a ella. Intentó evitar que examinara su pie, no quería su compasión ni que la mirara como si fuera una molestia. Ella sola se bastaba para crucificarse. Él la agarró antes de que pudiera hacer el menor movimiento para evitarlo y le quitó la chancla para evaluar la gravedad de la herida. Aunque había mucha sangre, parecía una herida superficial.
― Préstame tu botiquín.
Se quitó la mochila de los hombros, la abrió y empezó a sacar todo lo necesario para curar la herida. Quería procurarse las curas necesarias ella misma, pero él empezó a trabajar sin pedirle permiso. Primero, le limpió la herida con agua abundante de la cantimplora. Por el agua era por lo único por lo que no debían preocuparse, ya que en el río tenían mucha agua potable. Después, le aplicó desinfectante, un rápido cicatrizante, y le vendó el pie formando una almohadilla en la planta para que no le resultara doloroso caminar. Cuando terminó, agarró su chancla naranja de goma espuma destrozada y la miró con el ceño fruncido.
― Este calzado no es adecuado para andar por aquí.
Su tono era reprobatorio; eso la enfadó. ¿Acaso creía que ella había escogido salir así vestida a una guerra civil?
― ¿A quién se le ocurre? ― le reprochó ― No me extraña que te tropieces con todo…
― ¡Ya lo sé! ― gritó en respuesta, perdiendo el control ― ¡No es mi culpa!
Dejó caer su chancla en ese momento, impresionado por su explosión y le mantuvo la mirada durante un largo minuto. Aquella fue una pelea que ella perdió. No pudo soportar sostenerle la mirada, por lo que agachó la cabeza, avergonzada de sí misma. ¡Cobarde! — se llamó a sí misma — Ni siquiera puedes mantenerte firme durante más de un minuto.
― ¿Cómo te hiciste la herida en el muslo?
Aquel repentino cambio de tema le sorprendió. De repente, Inuyasha conversaba con ella, como si no le hubiera aplicado la ley del silencio durante un día entero.
― Cuando empezaron a caer las primeras bombas, yo estaba en una tienda comprando unos recuerdos para mis padres y mi hermano.
― Debiste asustarte mucho…
― Todos estábamos asustados. Había niños dentro de esa tienda, ¿sabes? ― recordó con horror aquel fatídico día en que comenzó la pesadilla ― Yo salí de la tienda en cuanto vi que el fuego empezaba a disminuir. Me alejé un poco y vi una avioneta disponiéndose a lanzar una bomba justo sobre aquella tienda.
― Es una suerte que salieras, entonces.
― Sí, pero los demás se quedaron dentro. Les grité, les hice todo tipo de señas para que salieran, pero ninguno quiso hacerlo, estaban aterrorizados. La bomba cayó, y la onda expansiva me lanzó lejos. Creo que quedé inconsciente durante unos minutos… — esa parte se había difuminado en su cabeza — Cuando desperté, estaba sangrando y casi no podía andar.
Se quedó callado, meditando durante unos minutos sobre lo que ella le había relatado y lanzándole miradas furtivas que le indicaban que ella era el foco de sus pensamientos.
― ¿Puedo ver esa herida?
Al principio, se planteó decirle que no. No quería enseñárselo a nadie, no tenía por qué enseñarlo. Al final, sin ser plenamente consciente de sus propios actos, estiró la pierna para darle permiso. El agente apartó la venda con manos expertas mientras que ella no podía apartar los ojos de dichas manos. Sus manos eran muy grandes, el doble que las de ella y fuertes. Notaba su toque en la piel áspero y muy masculino. Hacía tanto que no la tocaba un hombre de verdad; un hombre que no se echara crema hidratante en las manos. Habría permitido que acariciara todo su cuerpo con esas manos. Esa sensación la asustó. Ojalá él no se diera cuenta de cómo su cuerpo reaccionaba ante su contacto.
― Tiene buen aspecto, la verdad. La has cuidado bien. ― le hizo flexionar la pierna ― Ya casi no debe costarte andar, ¿no?
Sacudió la cabeza en una negativa en respuesta.
― Pero esta herida necesitaba ser cosida. ― la examinó más detenidamente ― Te quedará una cicatriz un poco fea.
― Eso no me preocupa.
― ¿Ah, no? ― sonrió ― Pensaba que a las chicas como tú solo les preocupaba su aspecto.
¿Las chicas como ella? ¿A qué se refería con las chicas como ella? No entendía nada. ¿Qué imagen se habría hecho de ella? A lo mejor se pensaba que era una vividora que solo se preocupaba por su aspecto, que pasaba cada noche con un hombre distinto. Debía admitir que esa fue su intención al ir de vacaciones a ese lugar, pero ya nada de eso tenía sentido. Prefería su vida solitaria y aburrida si ese era el otro extremo.
― Lo que me importa es seguir con vida. Además… ― sintió arder sus mejillas ― no suelo enseñar las piernas…
― ¿En serio? ¡No me lo creo!
― ¡Es verdad! ― sin saber por qué quería que la creyera ― Solo llevo pantalones cortos porque aquí hace mucho calor. — se justificó — Estoy de vacaciones o lo estaba al menos…
― Es una pena, entonces. ― sonrió ― Con esas piernas tan bonitas…
Se levantó y le dio la espalda antes de que pudiera buscar su mirada para descubrir si en verdad pensaba lo que acababa de decir o si solo estaba intentando ser amable. ¿Y por qué iba a necesitar ser amable con ella? No eran amigos. Asimismo, debía recordar que tampoco habían empezado lo que se dice con buen pie. Ella primero lo había dejado inconsciente con una roca y, luego, le apuntó con una pistola. La verdad era que, pensándolo en frío, tenía buenas razones para estar enfadado con ella. No le extrañaba que no le dirigiera la palabra.
Volvió a vendarse la herida del muslo y se puso en pie. Su chancla rota era inservible. No obstante, no tenía nada más que ponerse en el pie así que la usó como pudo, ya que pisar las piedras del suelo sería mucho peor. Inuyasha no aminoró ni un poquito el ritmo por ella. Ese hombre no tenía ninguna consideración. Caminaron bajo el ardiente sol sin pausa. Hacia las doce del mediodía según su reloj, se gastó definitivamente su último bote de crema solar. No había de donde rascar. ¡Maldita fuera su estampa! Necesitaría conseguir otro de esos o se iba a poner como un cangrejo. Inuyasha llevaba toda la piel cubierta por la ropa y el armamento y se cubría la cabeza con un turbante cuando no estaban bajo ningún techo. Se le ocurrió que podría usar su única tolla de la misma forma para evitar un golpe de calor. Sin embargo, su cuerpo apenas cubierto se quemaría por completo.
Eran casi las tres de la tarde y le ardía todo el cuerpo cuando se cruzaron con una cabaña. Inuyasha le ordenó esconderse entre unas rocas e inspeccionó el perímetro. Tardó casi media hora en decidir que era una zona segura y le pidió con un gesto que se acercara. Abrió la puerta de la cabaña de un puntapié. La encontraron tan vacía como todas las anteriores. No había ni soldados ni muertos.
― Tú busca comida. ― le dijo ― Yo voy a revisar los armarios.
Obedeció sin rechistar. ¡Tenía mucha hambre! Comieron la noche anterior lo poco que había quedado en la cabaña anterior. Esa mañana dieron cuenta de las sobras para el desayuno. El resultado era que no tenían nada para comer. No le echaba la culpa a Inuyasha por haber racionado mal la comida. En realidad, comieron lo justo para no caer desmayados. Los dos estaban hambrientos y necesitaban mucha energía para avanzar bajo aquel sol.
Abrió un armario tras otro, sintiendo que le faltaba la respiración. Estaban todos vacíos, no había nada. Quiso desfallecer. ¿Por qué no había comida?
― ¿Has encontrado algo, Kagome?
― ¡No hay nada! ― se quejó.
Inuyasha se acercó a la cocina con algo en la mano y echó un vistazo a los armarios abiertos.
― Un grupo de soldados ha debido pasar por aquí.
Eso era más que evidente. ¡Malditos saqueadores! Por su culpa, ella se iba a morir de hambre, y ni siquiera sabían si encontrarían comida ese mismo día o el día siguiente.
― Pero yo tengo hambre…
― No puedo hacer que la comida caiga del cielo como maná, Kagome.
― ¿No te da rabia?
― Claro que me da rabia, yo también estoy hambriento. Lo que tenemos que hacer ahora es seguir avanzando hasta encontrar otro sitio.
Sí, aquella idea parecía la más inteligente, pero no la animaba particularmente. Quería sentarse en su sofá junto a su gato, preparar una bandeja con berenjenas rellenas, lubina al horno y una copa con buen vino y cenar viendo su programa favorito. Pensó que eso sonaba realmente aburrido poco después. Era una suerte no haberlo dicho en voz alta porque Inuyasha pensaría que era una mujer muy sosa.
― Ponte esto.
Le ofreció unas botas que ella miró con incredulidad.
― ¿Pretendes que me ponga unas botas con este calor?
Debía llevar el turbante tan prieto que no le llegaba el riego sanguíneo al cerebro.
― No me mires así, están preparadas para el calor. ¿Te crees que esta gente las llevaría si fueran malas?
― Pero…
― Póntelas y, luego, te quejas si no te gustan. Es una suerte que las hubiera de tu número.
¿Él sabía su número? Si apenas le había mirado el pie durante unos minutos. Se sentó sobre un cojín, agradeciendo el mullido tejido por darle un descanso a su trasero y se puso las botas. Por dentro estaban forradas con una tela que hacía de calcetín y mantenían su pie cómodo. Caminó con ellas descubriendo no solo lo bien que andaba sino también lo acertado que había estado Inuyasha al decir que estaban preparadas para el calor. Casi no sentía su herida en la planta del pie. Aquellas botas respiraban como los zapatos de Geox.
― ¿Y bien?
El agente de la CIA quería un aplauso y una palmadita en la espalda. ¿Se habría ofendido?
― Tenías razón, ¿estás contento?
― No sabes cuánto. ― se rio ― Ponte también esto.
― ¿Qué es?
Agarró una tela negra enorme sin saber qué hacer con ella.
― Una túnica, supongo. Te protegerá del calor ahora que tu crema se ha acabado.
― ¡Oh, vaya! ― se burló ― Perderé mi perfecto bronceado….
― Si prefieres quemarte…
― Nadie se estaba quejando.
Se colocó frente a un espejo y estudió el tejido intentando desvelar el secreto de cómo se usaba. Hizo varias pruebas hasta que al final dio con un sistema que le cubría el cuerpo y, además, le permitía cubrirse la cabeza. A decir verdad, se trataba de un tejido muy cómodo que traspiraba bien. Seguro que por la noche estaría muy calentito.
En el espejo se vio como si fuera una princesa árabe, ¡qué curioso! Sacó un cepillo de la mochila y se peinó la ondulada melena azabache antes de guardarla dentro de la túnica. Cerró los ojos intentando relajarse para olvidar que se moría de hambre sin éxito. Cuando volvió a abrirlos, se encontró con los de Inuyasha en el espejo. Él la estaba mirando fijamente desde su lugar en la barra que separaba la cocina del resto de la casa. ¿Qué estaría mirando? Parecía muy concentrado. Seguro que estaba sacando todos sus defectos, más ensalzados gracias a las condiciones extremas.
― Debemos continuar. No podemos quedarnos aquí más tiempo.
¿Por qué parecía tan enfadado de repente? Fue muy frío y distante al decir aquellas palabras y, cuando se levantó, cogió sus cosas bruscamente y salió dando un portazo en la cabaña. ¿Qué le sucedía? Ella no había hecho nada malo, ¿no? Si le había obedecido en todo; solo se había mostrado un poco molesta porque no tuvieran comida. Debería comprenderla. Al fin y al cabo, los dos llevaban el mismo tiempo sin comer. Nunca pensó que podría pasar tanta hambre por estar ocho horas sin comer.
Transcurrieron mucho más que ocho horas sin comer. Caminaron durante toda la tarde sin descanso, sin encontrar nada para comer. Cuando al fin Inuyasha hizo un alto para pasar la noche, eran casi las nueve de la noche y ella se sentía desfallecer. Le dolían las piernas de tanto caminar sin tomar un respiro. Debía dar gracias a contar con esas botas y con esa túnica porque de otra forma no habría aguantado ni el esfuerzo físico ni el sol. También le dolía la cabeza por el calor; los analgésicos que había tomado no le hacían ningún efecto. Su estómago no hacía más que gruñir gritando por algo de comida y ella ya se sentía en las últimas. ¿Y si al día siguiente tampoco conseguían comida?
Solo una vez le propuso a Inuyasha entrar en la ciudad y colarse en un supermercado o en la cocina de algún restaurante. Él se puso furioso. Decía que todo había sido tomado, que sería un suicidio entrar allí adentro. Sin embargo, ella pensaba que cuando uno se estaba muriendo de hambre, el verdadero suicidio era no hacer nada para salvarse a sí mismo. No volvió a mencionar el tema porque él se enfadó mucho, pero seguía queriendo ir a buscar comida.
Se sentó sobre una dura roca que no ayudó para nada a que su musculatura se relajara y se quedó mirando el horizonte, donde el sol empezaba a desaparecer lentamente. Aquello era como un maldito desierto.
― No hará falta que montemos guardia porque no encenderemos ningún fuego. ― le dijo Inuyasha ― Dormiremos entre las rocas y prepararé algunas trampas para estar avisados si alguien se acerca al perímetro.
Hablaba como un auténtico soldado. Una vez más, se olvidaba de la comida.
― Tengo hambre… ― musitó.
― Repitiéndolo continuamente no conseguirás soportarlo.
― Pero es que no puedo olvidarme de que tengo hambre… — se quejó.
― Bebe agua.
Prácticamente le tiró la cantimplora que acababan de rellenar. Los dedos le picaron en ese instante por las ganas de estrangularlo.
― El agua no quita el hambre, ¿sabes? Solo lo disfraza durante unos minutos y te engaña…
― ¡Perfecto! ― celebró él ― Bebe cada cinco minutos y, así, yo tendré un poco de paz.
― ¡Serás idiota!
Dio un largo trago de la cantimplora y se la volvió a lanzar de la misma mala manera en la que él se la tiró a ella. Lamentablemente, Inuyasha tenía más reflejos que ella y la cogió al vuelo sin la menor dificultad. ¡Cabrón con suerte! — pensó.
Inuyasha se desarmó por completo a excepción de sus cuchillos y sus dos pistolas bajo las axilas y se sentó al fin para descansar. El día no había sido mucho más duro que cualquier otro que hubiera pasado en el Sahara o en Túnez investigando, pero esa mujer lo complicaba todo. No hacía más que quejarse de que tenía hambre, llevaba una ropa inadecuada para ese sitio y, encima, estaba herida por doble partida en una pierna. Andaba muy dificultosamente, lo suficiente como para que se sintiera mal por comportarse como si no le importara y exigirle que siguiera su ritmo. Temía que si flojeaba por su condición, se volviera aún más quejica. Tenía que ayudarla, ya que era ciudadana estadounidense, aunque, en el fondo, sabía que la ayudaría de todas formas.
¿Por qué tenía que ser tan condenadamente bonita? Solo era una distracción para él. Cuando le revisó la pierna y se demoró más de la cuenta acariciándola, ella debía haberlo descubierto. Por si fuera poco, él tuvo que decirle que sus piernas eran bonitas. ¡Tenía unas piernas estupendas! Más tarde, se había quedado embobado observándola peinarse delante del espejo. ¿Acaso se había vuelto loco? Si esa mujer descubría que quería acariciar su cabello, que sus ojos lo cautivaban, que sus labios lo tentaban y que todo su cuerpo lo incitaba a hacer cosas realmente placenteras, lo tendría bajo su control. Una mujer como esa debía ser la clase de mujer que conseguía de un hombre cuanto quisiera. No era muy diferente a cualquier otra estadounidense.
Intentó cerrar los ojos para relajarse y dormitar. No pudo hacerlo. En lugar de eso, se apoyó en el tronco de un árbol y la contempló con discreción. Estaba agotada aunque no se quejaba de lo poco considerado que estaba siendo. Su mayor queja era la comida; no comprendía que no podían entrar en la ciudad. Sabía que ella seguía pensando en eso aunque diera por terminada la discusión. Él también tenía hambre, comprendía cómo se sentía. La diferencia era que él estaba entrenado para soportar el hambre, ella no. Nada le agradaría más que conseguirle algo de comida para que dejara de fruncir el ceño y de quejarse. Si en ese maldito río hubiera podido pescar, sus problemas estarían solucionados.
Lo enviaron allí junto a todo un equipo para inspeccionar la zona, medir la gravedad de la situación y rescatar a los ciudadanos estadounidenses que no regresaron. En sus manos estaba decidir si Estados Unidos debía intervenir en ese lugar o no, ya que uno no se podía fiar de la efectividad de la ONU. Él todavía no estaba del todo decidido. Respecto a los ciudadanos estadounidenses, podía decir que tenía a una, pero aún faltaban unos treinta de la lista que le entregaron. Por lo que le contó Kagome sobre cómo se hirió, probablemente quedaban muchos menos por rescatar. Odiaba tener que informar a las familias.
Se cruzó de brazos con aquel pensamiento en mente cuando vio tambalearse a Kagome en el sitio. La miró, pensando que se habría quedado dormida, pero, entonces, ella se cayó y se golpeó la cabeza. Estuvo a su lado en seguida. ¡Se había desmayado!
― ¡Kagome! ― la llamó ― ¡Kagome, mírame!
Le asustó percatarse de que no reaccionaba a los estímulos. Abrió la mochila bien preparada de la muchacha, recordando lo impresionado que había quedado la primera vez que le vio abrirla para curar la herida que ella misma le hizo en la cabeza y rebuscó hasta encontrar su toalla. Mojó la toalla con el agua de la cantimplora y le frotó la piel de la cara y el cuello. Gimió y, al cabo de un minuto, abrió los ojos. Parecía muy mareada. Intentó sentarla, mas tuvo que volver a tumbarla porque todo le daba vueltas.
― Estoy bien… ― musitó.
No, no lo estaba y él no se perdonaría que muriera por culpa de su cabezonería. Estaba claro que necesitaba comida.
― Kagome, voy a tumbarte entre esas rocas para que descanses. No quiero que hagas ningún ruido y que me esperes.
― ¿A dónde vas? ― preguntó débilmente.
― Buscaré comida, ¿vale? Te prometo que volveré y que te sentirás mucho mejor.
Kagome apenas pudo entender lo que Inuyasha le estaba diciendo. Solo sintió que era alzada del suelo. Quiso quejarse y decirle que pesaba mucho, tal y como haría cualquier otra mujer, pero no le salieron las palabras. Estaba totalmente bloqueada. Poco después fue depositaba de nuevo sobre el suelo. Le pusieron algo mullido bajo la cabeza que le incitó a cerró los ojos. Tuvo pesadillas. Soñó con la bomba cayendo sobre la tienda otra vez, su pierna herida, vio cadáveres, soldados masacrando la ciudad…
― ¡No! ― gritó ― ¡Basta! ¡Deteneros! ¡No!
― ¡Kagome!
Esa era la voz de Inuyasha. Él apareció en su pesadilla como un caballero de brillante armadura y la sacó de allí, la arrastró fuera de su sueño. Abrió los ojos de golpe. Inuyasha fue lo primero que vio. Ya era de noche, diría que debía ser por lo menos media noche. ¿Cuántas horas habían pasado desde que se durmió?
― ¿Ocurre algo? ― preguntó ― ¿Llevo mucho dormida?
― ¿Dormida? ― la ayudó a incorporarse ― Te has desmayado.
¿Se había desmayado? ¡Qué vergüenza! Recordó fugazmente el momento en que todo se había nublado hasta volverse oscuro, algo húmedo en su rostro, Inuyasha llamándola y cargándola en sus brazos. Había estado sola allí, lo presentía. El hombre volvía a estar cargado hasta los dientes con sus armas y parecía haber estado bien lejos. ¿La había dejado sola? ¿Cómo podía ser tan insensible? Estaba a punto de gritarle por su poca consideración cuando él dijo las palabras mágicas.
― He conseguido comida.
Esa simple frase sirvió para arreglarlo todo. Inuyasha estaba perdonado. Apoyó la espalda contra una roca alta y lo vio dejar una pesada mochila en el suelo. Se escuchó el sonido de las latas al impactar contra el suelo. Él se disculpó con la mirada por su brusquedad. Abrió la mochila y sacó una lata de aceitunas y una lata de alubias.
― Necesitas tomar sal para recuperarte.
Abrió las dos latas con su navaja y le dio una cuchara. Ni lo dudó antes de empezar a comer. Las alubias frías de lata estaban asquerosas, pero, en ese momento, le supieron a gloria. También tomó varias aceitunas y le ofreció a Inuyasha. Él también comió y se abrió otra lata de alubias algo más grande que la suya para él mismo. En su cara se notaba que a él tampoco le agradaban mucho las alubias frías aunque comió sin queja alguna.
― ¿Cómo has conseguido toda esta comida?
No había nada a los alrededores. ¿De dónde podía haberlo sacado?
― Fui a la ciudad cuando te desmayaste.
¿Había hecho eso por ella? No podía creerlo…
― ¿No estaban los soldados allí? ― preguntó preocupada.
― Me crucé con algunos, la verdad.
Notó el pulso en su propia garganta al oírlo. ¿Le habían atacado? ¿Tuvo que luchar? ¿Le habrían herido?
― ¿Y qué hiciste?
― En verdad, no quieres saberlo.
Lo vio sacar sus puñales manchados de sangre para limpiarlos en una silenciosa respuesta que acallaría cualquier demanda. Entendió el mensaje a la perfección. Nada de preguntas. Inuyasha pertenecía a un mundo totalmente ajeno al suyo.
Limpió los cuchillos mientras comía. Nunca había sido escrupuloso en tiempos de guerra y no le gustaba que sus armas estuvieran sucias. Kagome tenía mejor aspecto desde que había empezado a comer, ya no estaba tan pálida. Dejarla allí sola le había costado muchísimo, pero lo había hecho para poder ayudarla. Se coló en una tienda de ultramarinos a las afueras y agarró todas las latas en conservas y productos con una buena fecha de caducidad que pudo cargar. Fue todo un alivio volver y descubrir que nadie se había acercado a la bella durmiente.
Buscó en la mochila y sacó un pack de cuatro yogures. A Kagome se le iluminó la mirada al verlos. A él también le encantaban los yogures.
― Disfrútalo. ― le dijo ― Solo tenemos yogures para esta noche y para desayunar mañana. Aunque tienen una buena fecha de caducidad, se estropearían con el calor. Para el mediodía estarían malos.
Asintió con la cabeza, entendiendo, y comió en silencio. Él se sintió cada vez más interesado por la mujer. Apenas sabía nada de ella.
― ¿De dónde eres? — preguntó.
― De Omaha, en Nebraska, pero ahora vivo en Washington D.C.
Descubrió dos cosas de esa frase. La primera de todas era el porqué de su acento tan raro. Se debía haber mezclado su acento de Nebraska con el de Washington D.C, por lo que algunas palabras sonaban un poco extrañas. La segunda cosa que descubrió era que vivían en la misma ciudad aunque nunca se habían cruzado.
― ¿A qué te dedicas?
Dudó unos instantes antes de decirlo, como si desconfiara de él o le diera vergüenza esa confesión.
― Trabajo en la biblioteca nacional, soy la directora administrativa.
Al fin entendía por qué nunca se cruzaron. Jamás había entrado en esa biblioteca. De hecho, él había entrado en muy pocas bibliotecas a lo largo de su vida. ¿Quién iba a decir que ese bombón era una bibliotecaria? Nunca se lo habría imaginado y eso le hizo pensar que a lo mejor no era mentira aquello de que no solía mostrar las piernas.
― ¿Tienes novio?
A ambos les pareció una pregunta extraña después de que él la hubiera soltado. Era evidente que no estaba casada, pues no llevaba alianza ni tenía la marca de haberla llevado. No obstante, nada le aseguraba que no tuviera novio, excepto el hecho de que estaba sola en un lugar paradisíaco. Una mujer con pareja no habría ido sola allí, ¿no? Quizás, no debió preguntar.
― No, no tengo novio. El único hombre de mi vida es mi gato.
Sin saber por qué, eso lo alegró de sobre manera.
Continuará…
