II.
Peter Pettigrew
El baúl era pesado, Peter tuvo que hacer un gran esfuerzo para cargarlo desde casa a la estación. Su madre le acompañaba pero no podía dejar que llevara ella. Su madre, que a duras penas se había levantado para acompañarle a estación de King's Cross para comenzar su primer año en Hogwarts, no iba a prestarse voluntaria para llevarle el baúl, así que lo cogió él mismo dejando salir un suspiro de resignación. No quería pensar así de ella, no quería ser cruel después de todo lo que ella hacía por él.
Habían cogido transporte muggle para llegar a la estación y durante todo el viaje, Peter se mantuvo en silencio mientras observaba el rostro de su madre por el rabillo del ojo. Estaba cansada, sus mejillas apenas tenían luz y sus ojos estaban enrojecidos. Peter dedujo que ella y su padre habrían discutido aquella mañana antes de salir de casa. Que raro, pensó con ironía. No había día en el que el borracho de su padre no tuviera una discusión pendiente con su madre. Cada día era por algo diferente, cada día era un nuevo problema que se solucionaba con gritos, golpes y lágrimas. La ebria mente de su padre no podía funcionar demasiado bien bajo los efectos del alcohol muggle y sus nublados sentidos le volvían las ideas turbias. Pero el alcohol ya no era escusa para que el hombre actuara de esa manera, sino que formaba parte de su forma de ser.
Peter había aprendido a temerle pero sabía convivir con él. A veces, con tal de no recibir algún que otro golpe se posicionaba en contra de su madre a favor del hombre. Y se quedaba quieto, inmóvil mientras veía lo que su padre le hacía sin hacer nada, sin mover un dedo. Era un cobarde, se decía muchas veces. Pero el miedo a ese hombre era mucho mayor al miedo a que le hiciera daño a su madre. Esa era su única manera de subsistir en aquella casa. Día tras día, en llegar, se encontraba con el mismo circo de siempre. Su padre tirado en el sofá con una cerveza de alguna marca muggle y gritando a su madre que esta en la cocina. Pero cuando los días pasan y siempre es lo mismo, uno empieza a acostumbrarse y aceptar con resignación que esa es la vida que te ha tocado vivir.
En llegar a la estación sintió un nudo en el pecho. Estaba muy nervioso y tenía mucho miedo. Le temblaban manos y piernas. Miró a su madre, que se dio cuenta de la expresión de nerviosismo en el rostro de su hijo e intentó alentarle con una sonrisa. La mujer apenas recordaba lo que era sonreír, lo había olvidado a base de palabras crueles y golpes llenos de odio. Pero intento hacerlo y Peter lo agradeció en silencio.
Tenía mucho miedo. El imponente edificio se extendía monumental sobre su cabeza y el corazón le latía con fuerza. El simple hecho de pensar en que tenía que conocer a gente nueva y hacer amigos le provocó una repentina parálisis en las piernas que le impidió andar. Sintió los pies pegados al suelo. No podía avanzar.
La verdad, es que nunca se le había dado demasiado bien hacer nuevos amigos y desde siempre había sido el protagonista de todas las burlas de los niños del barrio. Él era el centro de la diana en la partida de ¡Vamos todos a por Peter! Supo que ahora tampoco sería diferente. Captaría la atención de todos aquellos matones que estuvieran aburridos y él volvería a ser la clave para sacarles de su fatigoso aburrimiento.
Aturdido por la idea de lo que se le venía encima, se quedó parado frente a estación sin atreverse a entrar. Su madre vio que Peter se paraba confuso por sus emociones y lo ánimo, nuevamente, a que siguiera caminando.
—Peter, Hogwarts es el mejor lugar en el que puedes estar ahora —dijo su madre, acercándose a él—. No debes temer, allí no hay nada ni nadie que pueda hacerte daño ¿entiendes?
Las palabras de su madre calaron e hicieron efecto positivo en Peter, que reanudó su marcha y pronto estuvo dentro del andén 9 y ¾.
La gente corría de arriba a abajo y pasaba delante de sus ojos sin dejar rastro. Veía cientos de rostros cada vez que giraba sus ojos hacía la derecha y cientos de rostros más cuando miraba hacía izquierda. Abrumado y mentalmente colapsado, Peter casi no podía ni respirar. Estaba confuso y asustado y no tenía las fuerzas suficientes como para subir al tren. Fue entonces cuando la locomotora pitó haciendo saber que ya era la hora. Después del estruendo, se despidió de su madre y se embarcó hacía lo desconocido.
Esa fue la primera y última vez que Peter fue valiente en toda su vida.
Con los nervios y las prisas, no se dio cuenta de que había subido por la entrada equivocada. El vagón al que subió no era el que pertenecía a los alumnos de primer año y no se dio cuenta de su error hasta que alguien se lo hizo saber.
La niña se paró frente a él cuando lo encontró deambulando por el vagón de compartimentos cerrados. El tren todavía no había dado comienzo a su marcha, pero muchos alumnos ya se encontraban sentados en sus respectivos compartimentos y esperando ansiosos su salida de la estación de Londres.
—No deberías estar aquí —mientras la niña le hablaba burlona y con un toque de soberbia, se dio cuenta de que alguien se acercaba pasillo a través hacía ellos.
Aquel niño no podía ser mayor que él, pero inspiró un miedo espantoso a Peter, que se alejó unos centímetros de la conversación que estaba teniendo aquel chico con la niña que le había parado alimentando su soberbia a base de darle ordenes a Peter.
La forma de hablar, la manera de moverse y gesticular que tenía aquel niño era la más común en aquellos que se metían con Peter. La soberbia denotó en la voz del niño, muy parecida a la de niña pelirroja, y provocó en Peter un escalofrío. Tuvo miedo de que aquel niño, después de echar a la niña de allí, fuera a por él y empezaran las burlas. Pero no. Su miedo paso en cuanto el chico le sonrió y le tendió la mano como a un igual queriendo saber su nombre. Peter confió en aquel acto de benevolencia y ambos se encaminaron a buscar un compartimento juntos.
—Menuda esa Lily Evans, ¿no crees? —dijo James mientras caminaban hacía el otro vagón—. Va de listilla y tiene un mal genio que asusta…
—Ya ves… —dijo Peter, sintiéndose acogido por aquel niño.
Caminaba a su lado y no podía dejar de pensar en lo bien que se sentía caminando a su lado. Caminando al lado de James, él mismo se veía más apuesto y más temible para aquellos que quisieran meterse con él. Caminar al lado de James Potter iba a beneficiarle en muchos sentidos. Lo mejor de todo aquello es que había conseguido encontrar a alguien que le acompañara en su primer día y en el viaje de camino a la escuela, y ese ya era un gran paso para el joven Peter.
En adentrarse en el vagón continuo, en dirección contraría al vagón de los de primer año, caminaron hasta la figura de un niño que rugía furioso. Se acercaron a él y esperaron a que el niño se diera cuenta del acercamiento de Peter y James.
—¿Qué estáis mirando? —dijo el niño con una arrogancia que a Peter le recordó al tono que James había empleado para hablar con la niña del otro vagón—. ¿Acaso tengo algo en la cara?
—¿Por qué eres tan borde? —preguntó James al niño. Peter se asombró por el drástico cambio que James había sufrido en el tono de voz. Había aparcado a un lado aquella arrogancia utilizada con Evans y ahora hablaba con un tono más calmado, mas pasivo y cercano. Había tratado a Peter del mismo modo y ahora estaba tratando a aquel arrogante desconocido de la misma forma—. Soy James Potter —dijo el chico, tendiéndole de la mano de la misma manera que lo había hecho con Peter.
El niño de cabello oscuro dudó por un momento si estrechar la mano que James le tendía. Y Peter temió por un segundo que aquello acabará mal. Pero no. El niño extendió su mano y la estrechó contra la de James, provocando un sutil vaivén durante la conexión.
—Soy Sirius —dijo el niño—. Sirius Black.
