Capítulo 2: Duelo de voluntades.
Lunes, a un mes y tres semanas de la boda entre Draco y Ginny.
Harry esperaba con impaciencia al lado de la puerta en su casa del Valle de Godric, a que Hermione terminase de prepararse y se reuniese con él para ir juntos a la sede central de la Corporación Malfoy, donde ella comenzaría su trabajo de auditoria de la citada empresa y él se reuniría con Draco Malfoy, quien le acompañaría a recoger a Ginevra Weasley al hospital, comenzando así con su lenta tortura.
El joven todavía no era capaz de creer que, por una cruel casualidad del destino, pasados tantos años se viese obligado a relacionarse de nuevo con la mujer que lo echó de su lado a patadas, y mucho menos como si esta fuese la primera vez que se viesen en toda la vida. Para ella seguramente, pero para él tan sólo era un modo de hurgar más profundamente si cabe en las supurantes heridas que aún llevaba en carne viva. Había pasado la noche en vela imaginando el momento en que volviese a verla, temblando como una hoja arrastrada por un caprichoso vendaval. Su corazón, encogido y huidizo a sus vanos intentos de tranquilizarse, latía desbocado hacia un encuentro que se acercaba segundo a segundo con implacable crueldad.
No tenía intención alguna de interferir en el Obliviate voluntario al que ella se sometió. No existía sentido alguno en ello. Así pues, había decidido que se limitaría a cumplir con su cometido del modo más profesional e impersonal posible, y luego, pasado todo, se tomaría las vacaciones que se había visto obligado a postergar. Y se marcharía lejos, quizá para no volver jamás. Alguna vez se había planteado la posibilidad de pedir el traslado al Cuartel General de Aurores de algún otro país situado en un continente lejano. Aunque nunca lo había pensado seriamente, de pronto la idea le resultaba tentadora. Pero Herms… ¿qué pensaría ella sobre el tema? ¿Decidiría acompañarlo o le plantearía el hecho de tener que separarse? Ella era su única amiga, su hermana, su familia… Decididamente, separarse de su lado era lo último que deseaba.
De pronto recordó porqué se hallaba de pie junto a la puerta, a modo de estatua. Herms… Esa adorable mujer tenía la capacidad de descubrir en el último momento que el mundo se movía al margen de sus femeninos deseos. Su pelo no lucía suficientemente hermoso, su traje de falda y chaqueta se había arrugado de forma poco estética, el carmín de sus labios se había corrido horrorosamente, las llaves de la casa se ocultaban de ella con intenciones sigilosas y maquiavélicas… En fin, todo se confabulaba contra ella justo antes de marchar. Como siempre, sospechosamente. Sonriendo para sus adentros, la llamó.
- ¡Herms! ¡Llegamos tarde!
- ¡Sólo un segundo! – le pidió con un grito casi histérico, mientras aparecía frente a él saltando a la pata coja y colocándose uno de los altos zapatos de tacón con la mano que no sostenía su austero pero coqueto bolso.
Cuando por fin terminó de ponerse el zapato y pudo dedicar su atención a observar a su amigo, su semblante nervioso pero jovial se transformó en una seria cara que mezclaba sorpresa y preocupación.
- Harry… parece que vayas a un velatorio. O peor aún, con ese traje y corbata negros, esa camisa tan blanca y tus gafas tan oscuras, pareces un agente secreto, duro y agresivo, o un asesino a sueldo. Incluso das miedo…
- No digas tonterías, Herms. Sólo me he vestido con lo más impersonal y sobrio que he encontrado. Sabes que deseo mantener las distancias al máximo posible.
- No sé si ese traje mantendrá las distancias, pero desde luego, intimida un montón. – le acarició la mejilla con ternura, para luego depositar en ella un rápido beso - ¿Por qué no te limitas a ser tú mismo, Harry? ¿Por qué simplemente no actúas como si nada hubiese sucedido? Creo que sería más fácil que crearte todo un personaje de película policíaca muggle para mantenerla alejada. Recuerda que ella no te va a reconocer, al menos no al margen de lo que se empeñan en contar los periódicos sobre ti y tu lucha contra Voldemort.
- Porque sabes perfectamente que para mí todo sucedió. No hay nada en este mundo capaz de hacerme olvidar a mí cuánto nos amamos. Aún lo llevo grabado a fuego en mi alma, y lo llevaré siempre, por muchos años que viva. ¿Ser yo mismo, dices? ¡Yo la estrecharía entre mis brazos como un adolescente preso de su locura de amor! ¡O la zarandearía sin piedad hasta que consiguiese recordarme! ¡O le gritaría cuánto la odio por lo que me hizo! – la miró con amargura – Pero no puedo hacerlo, Herms. Es más, no quiero hacerlo. Aunque no soy un cobarde. Cumpliré mi misión de la forma más profesional posible y luego me marcharé tal y como llegaré a su vida: siendo nadie para ella, y ella todo para mí.
- ¿Por qué, a pesar de los años, todo lo relacionado con ella sigue siendo tan duro para ti? – le apretó el brazo para animarle.
- Porque la amo, Herms. Porque siempre he creído que ella es mi destino, y lo sigo creyendo. Aunque ella tuviese tan claro que yo jamás seré el suyo. Porque nací para amarla, tonto de mí.
- Pero para mí el paso de los años ha conseguido que cicatricen mis heridas. No te digo que no me duelan todavía, pero casi no las siento en comparación con todo lo que sufrí en un principio. En cambio tú… Daría lo que fuera para que no sufrieses más. – lo miró, compungida.
- Si existe algún rastro de alegría en mi vida, es gracias a ti. Eso jamás lo dudes. Mi dulce hermanita – le revolvió el pelo de forma traviesa, a lo que ella respondió apartándose rápidamente y dándole una suave patada en la espinilla.
- ¡Harry! ¡Mi pelo! ¡Me ha costado una eternidad poderlo dominar!
- Serías la más bella aún llevando un pelo de estropajo, unos harapos por vestido y unos platos por zapatos. Y quien no pueda ver eso, es que está ciego. Vamos ya. No quiero llegar tarde en mi primer día de misión, y menos en este caso.
- Sí, vamos – dijo ella tristemente. No podía evitar sentirse muy preocupada por el estado de ánimo de su mejor amigo.
Una vez hubieron salido a la calle y Harry hubo sellado la puerta de la casa con un poderoso encantamientoColloportus que él mismo había personalizado, él se apresuró a abrir la puerta del acompañante de su espectacular Aston Martin, un "pequeño" caprichito que él mismo se había permitido poco después de la dramática separación de Ginny. Al conducirlo era uno de los pocos momentos en que sus recuerdos se difuminaban ante él, aunque no el dolor, al parecer todavía más rápido que el espectacular vehículo. Hermione se lo agradeció con una sonrisa y se subió al coche. Después lo hizo él por la puerta del conductor. Y ambos se marcharon en busca de sus nuevos retos.
Veinte minutos después, los dos jóvenes esperaban de pie en la antesala del despacho de Draco Malfoy, con cara de circunstancias. Desde que los tres fuesen compañeros en Hogwarts, aunque en casas distintas y con una feroz rivalidad entre ellos que iba mucho más allá del reflejo de la propia rivalidad entre las dos casas a las que pertenecían, nunca más se habían encontrado. Hermione, Ron y Harry no testificaron a favor del rubio ante el Wizengamot cuando este celebró un juicio contra la familia al completo del Slytherin, aunque tampoco lo acusaron, limitándose a mantenerse al margen del asunto alegando que habían permanecido lejos de Hogwarts el tiempo suficiente como para no conocer las andanzas del joven durante los últimos y peores meses de la Segunda Guerra. Aunque tuvieron que admitir que permanecieron prisioneros en su mansión durante un breve lapso de tiempo, no culparon a él ni a sus padres directamente, lo que hizo aparecer a estos ante el jurado más bien como víctimas de las circunstancias, en vez de verdugos. Probablemente su neutro testimonio fue una razón de peso para salvar al joven, a quien absolvieron de todos los cargos que pesaban contra él. Aún así, sus padres necesitaron un indulto para salvarse de Azkaban. Y este provino seguramente de su sincero arrepentimiento. No era un secreto que los chicos no se llevaban bien con la familia Malfoy pero, terminada la guerra y Voldemort vencido, prefirieron no crear más heridas para que todos pudiesen superar aquello con más facilidad. Al fin y al cabo, todo había terminado por fin. Y para siempre. Y tan sólo restaba olvidar.
A pesar de todo, Harry y Hermione no tenían ni idea de cómo iban a ser recibidos. Lo cierto es que Draco a esas alturas debía ser perfectamente consciente de que ellos dos habían sido asignados para "resolver" sus mareos de cabeza, y era igual de cierto que el rico magnate de las finanzas no se había pronunciado negativamente al respecto. Pero no esperaban un "caluroso" reencuentro, aunque no estaría de más que fuese al menos cordial.
Se miraron, impacientes e incapaces de pronunciar palabra, cada cual sumido en sus propios pensamientos.
Cinco minutos exactos después apareció Draco tras la puerta de su despacho, que acababa de abrirse con parsimonia. El chico caminó hasta ellos con una sonrisa cordial en el rostro. Por el momento, todo iba tan bien como hubiese podido esperarse, pensaron los dos. Malfoy se paró a escasos pasos de Hermione, quien permanecía delante de Harry. Este último no se había aclarado las gafas oscuras y seguía cuadrado tras ella, casi marcial.
- Caramba, Hermione Granger. – Le sonrió de forma arrebatadora, mientras la observaba con evidente curiosidad – Veo que los años te han tratado bien. Estás muy hermosa.
Ella le devolvió una torpe sonrisa, sonrojada, pues no había esperado un recibimiento de aquel calibre. Desde luego, Malfoy también había madurado de forma muy… espectacular. Pero inmediatamente después pensó que el rubio estaba empleando con ella sus dotes de persuasión empresarial. No por nada Draco era considerado uno de los ejecutivos con más éxito del momento. Y de hecho, seguro que estaba convencido de que debía camelársela desde el principio si deseaba obtener la subvención. Este hecho la puso furiosa, lo que hizo que mantuviese las distancias frente a él adoptando una pose alerta.
- Pero bueno, veo que llegas con guardaespaldas – continuó él como si nada hubiese notado en el cambio de actitud de ella. Evidentemente, no había reconocido a Harry - ¡Era completamente innecesario! ¡Puedo asegurarte que velaremos por tu completa seguridad mientras te encuentres dentro de nuestras instalaciones!
- Hola, Draco. – le saludó Harry mientras eliminaba el hechizo que había oscurecido sus gafas – He venido para proteger a otra persona, según se me ha encomendado en el Ministerio. Hermione es perfectamente capaz de protegerse sola.
- ¡Por Merlín! ¡Harry! ¡Tú sí que has cambiado! ¡Cualquiera se atreve a meterse contigo con esas pintas! – le alargó la mano, que Harry le estrechó sin convicción y con cierta suspicacia. - ¡Me alegro de verte!
- Yo también me alegro de verte – tuvo que admitir el moreno, pues en el fondo así era, muy a su pesar.
Aunque ninguno de ambos estuviese dispuesto a aceptarlo, incluso en sus peores momentos como rivales habían sentido respeto el uno por el otro por la inteligencia y capacidad de ambos para liderar, cada cual a su manera, sus propios bandos. La diferencia entre ellos era que Draco siempre deseó ser líder de masas, en cambio a Harry este liderazgo le vino impuesto en parte por su condición de "elegido" y en parte por su propia personalidad, fuerte y decisiva, cualidades que compartía con el rubio.
- Y ¿cómo es que habéis venido juntos? ¿Os habéis encontrado en la entrada?
- Sin duda debes saber que vivimos juntos desde hace años – le indicó Harry con medida cortesía.
- Oh, sí. Algo de ese tema había oído. – admitió el otro, distraídamente. – Qué coincidencia que los dos empecéis a trabajar para mí en el mismo momento, después de tantos años sin vernos.
- Ninguno de ambos trabajamos para ti, Malfoy – contraatacó Hermione cada vez más furiosa con ese hombre que mostraba su prepotencia y egocentrismo nada más pronunciar un par de frases – Ten bien presente que Harry y yo trabajamos para el Ministerio y sólo ante él rendiremos cuentas.
- Cierto, cierto. Bien, bien… Comencemos cada cual con nuestras obligaciones. Hermione, ponte en contacto con mi secretaria, que te está esperando en el cuarto de al lado. Ella te indicará de dónde extraer toda la información que necesitas para realizar tu auditoria. Yo voy a marcharme con Harry en busca de Ginny, para "presentarlos" y dejarla a ella bajo la protección de él. Así yo seré capaz de una vez por todas de volver aquí y continuar con mi trabajo. Y si necesitas ayuda, no dudes en pedírmela – sonrió a la chica con cierta picardía que a ella le supo a engreimiento. - ¿Vamos en mi coche, Potter?
- Ve tú si quieres, o puedes venir en el mío, que tengo aparcado abajo, y luego yo te traigo cuando tome bajo mi custodia a la señorita Weasley.
- ¿Señorita Weasley? ¡Creía que conocías bien a Ginny! – trató de hacerse el sorprendido, aunque estaba claro que se estaba divirtiendo con la situación.
- Puede que la conociera bien, Draco, pero ahora la única mujer que ocupa toda su vida y sus pensamientos soy yo – le advirtió Hermione con suficiencia.
Sin pensarlo dos veces, la chica se pegó al auror con descaro y le estampó en los labios un fuerte y apasionado beso que dejó a los dos hombres sorprendidos por igual. Aunque Harry trató de disimular su estupor lo mejor que pudo.
- ¿No sabías que Harry es mi novio? – Continuó ella después que hubo concluido la tórrida escenita – Nos casaremos dentro de poco, al igual que tu novia y tú.
- Vaya, Potter, te felicito sinceramente. Has conquistado a todo un carácter.
- Y que lo digas –afirmó el otro, todavía descolocado.
- Bien, permitidme esperar un momento más. Voy a mi despacho a coger las llaves de mi coche y salgo enseguida.
Dicho esto, desapareció de nuevo dentro de su despacho, dejando a Hermione y a Harry otra vez solos.
- ¿Por qué has hecho eso? – increpó el joven moreno a la chica, todavía incrédulo, sin comprender nada de lo que acababa de suceder.
- Draco no ha cambiado nada, Harry. Sigue tan petulante y engreído como siempre. Me pone de los nervios – se estremeció, con los puños cerrados – Además, no te quejes. Si él piensa que tú eres mi novio, seguramente se lo contará a Ginny y eso te servirá para distanciarte de ella todavía más, si cabe. Además, ¿no has notado que intentaba provocarte con sus insinuaciones? Le he cortado el jueguecito de raíz.
- Eso es cierto. Pero no creo que fuese necesario llegar hasta ese extremo. Yo también sé protegerme solito – objetó él, sonriéndole con cierto reproche.
- No le des más vueltas. Lo hecho, hecho está. Ha sido un impulso.
- Bien – suspiró él, vencido por el impulsivo carácter de su amiga, que tanto se parecía a él mismo en ese aspecto.
En ese momento, Draco volvió junto a ellos, todavía esgrimiendo su media sonrisa.
- ¿Nos vamos pues, Harry? – indicó a su ex compañero con un ademán.
- Sí, vámonos – asintió – Hasta luego, cariño, nos vemos en casa – guiñó un ojo a Hermione con burla, cuando el otro no pudo verlo.
- Hasta luego, Hermione – se despidió también Draco.
- Hasta luego – les despidió igualmente, tratando de no hacerles notar su creciente irritación.
&&&&&&&
El viaje fue rápido para los dos chicos. Si el Aston Martin de Harry era una joya, no menos lo era el Lamborghini de Draco. Nada más reencontrarse, parecía ser que la rivalidad de ambos por sobresalir frente al otro había superado con creces los envites del tiempo.
Una vez llegaron a San Mungo y se apearon de sus llamativos coches, se reunieron frente a la puerta del recinto. Harry hizo ademán de entrar sin más preámbulos, pero el rubio le cogió del brazo para retenerlo.
- Antes de reunirnos con Ginny, tenemos que hablar – su forma seria y directa de dirigirse al moreno confirmó a este que se avecinaba tormenta.
- Si es por la señorita Weasley, no te preocupes. Estoy aquí como auror enviado por el Ministerio para protegerla. Ella demostró sobradamente que no quiere saber nada de mí, y te aseguro que tampoco yo quiero saber nada de ella. Si no me hubiesen obligado, jamás me habría vuelto a cruzar en su camino. Tengo más ganas que tú de que os caséis de una vez y acabe todo esto.
El otro lo miró, sorprendido. Pensó que desde luego debió haber sido fuerte la causa que los separó, cuando ella se había sometido a un Obliviate para olvidarlo y él ni siquiera quería oírla nombrar.
- ¿Por qué os separasteis, Harry? – le preguntó sin tapujos.
- Eso no es asunto tuyo, - le increpó - ni mío, al parecer.
- ¿Qué? – el otro no dejaba de mirarle con los ojos desorbitados por la sorpresa.
- Confórmate con saber que no soy rival para ti ni pretendo serlo. – el auror cortó la conversación de forma tajante.
- Bien – aceptó Draco – pero no sólo de eso quería hablarte – A pesar de todo, estoy seguro de que sabes que Ginny es la mujer más testaruda de este mundo. Cuando se le mete algo en la cabeza no hay forma de hacerle cambiar de parecer – Harry asintió, conforme – Pues bien. Muy a mi pesar, ha decidido que quiere seguir viviendo en su apartamento, lo que te obliga a ti a trasladarte a su casa y convivir con ella.
- ¿Qué? ¡Ni lo sueñes! – gritó el otro, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
- ¡A mi no me grites, imbécil! – se enervó Draco al sentirse provocado - ¡Ya sé que es una locura! ¡Pero ya me dirás cómo lo hacemos entonces! ¡Yo no puedo estar pendiente de ella! ¡Y menos por la noche! ¡Siempre tengo cenas de negocios y reuniones que me impiden volver a casa hasta bien entrada la madrugada! ¡Si no fuese en su piso, sería en mi casa! ¡Pero sobre todo debes acompañarla por las noches! ¡Para eso he pedido protección al Ministerio! ¡Para que alguien la acompañe las veinticuatro horas del día!
- ¿Y su familia?
- Ella ni siquiera quiere oír hablar de eso. Sus padres y hermanos son súper protectores con ella y l hacen sentir agobiada. No está dispuesta a darles pie para que la agobien aún más.
- ¿Estáis todos locos? – bufó Harry, cada vez más enfadado - ¿Pretendéis que yo viva en su piso? ¡Que cualquier hombre esté a solas con ella por las noches ya es más que reprochable! ¡Pero que sea yo! ¿Qué dirán las habladurías sobre ella? ¿Es que acaso no te importa?
- ¡Claro que me importa! ¡Pero a ella no! ¡Nada ni nadie hará que se mude ni a mi casa ni a la de sus padres! ¡Ha jurado que por nada del mundo perderá su independencia hasta el día de nuestra boda! ¡O eres tú o es otro de tus compañeros! ¡Pero es lo que hay! Y sinceramente, prefiero que seas tú, que ya sé de qué pie cojeas.
- ¡Pues oblígala a que entre en razón!
- ¿Cómo? ¿La hipnotizo? ¿La amenazo? ¡La respeto demasiado como para obligarla a hacer algo en contra de su voluntad!
- Definitivamente estáis todos locos – se lamentó Harry, negando con la cabeza, con una sonrisa agria que acentuaba la incredulidad de su semblante – Está bien. Lo haré. Pero ya puedes casarte pronto, porque esta situación demencial no debe durar.
- La boda está programada para una fecha fija y no se cambiará. Mientras tanto, tú serás responsable de su seguridad. – le amenazó.
- Vete al infierno – respondió el auror, soltándose del agarrón del otro y entrando al hospital como un tornado.
Caminaron en silencio hasta la habitación donde Ginny había estado ingresada, y donde debía esperarles desde hace rato para marcharse. Unos metros antes de llegar al cuarto, la familia Weasley al completo los estaba aguardando. Al darse cuenta de que quien acompañaba a Draco no era otro que Harry Potter, todos ellos se pusieron en tensión, aunque ya habían sido avisados por el otro. Harry los encaró, más que harto de todo aquel asunto.
- Este no es lugar para conversaciones. Draco, ve en busca de Ginevra y esperadme allí – no fue una petición, sino una orden – Y ustedes, síganme a una de las salas de espera para familiares.
Impresionados, y conscientes del hecho de que era uno de los aurores con más rango del Ministerio quien les hablaba, los Weasley fueron en pos de Harry hasta que este encontró una sala de espera completamente vacía y les hizo pasar dentro, cerrando después la puerta tras él.
- Sé a lo que vienen. Van a pedirme que deje en paz a su hija y que no me inmiscuya en su vida. – comenzó, con una frialdad que helaba la sangre.
Todos guardaron silencio, en parte avergonzados por la situación, aunque los más jóvenes se mostraban a la defensiva.
- Bien. Veo que por una vez, van a escucharme. Eso es más de lo que esperaba de ustedes – afirmó, aludiendo a la última vez que se encontraron, cuando le echaron de su hogar sin atender a razones – Créanme cuando les digo que yo no he pedido esta misión y que la aborrezco tanto como ustedes aborrecen el hecho de que sea yo el elegido para cumplirla. No me interesa en absoluto volver a la vida de su hija, y mucho menos que ella perturbe la mía. Por mí puede casarse con Draco, hacerse budista y raparse el pelo o dar la vuelta al mundo en monopatín. Pero el Ministerio me ha obligado a hacerme cargo de este caso y, como profesional que soy, responderé con mi vida de su seguridad. ¿Ha quedado suficientemente claro? Y dos cosas más. Si alguno de ustedes ha pensado en pedir al Ministerio que me releve de esta misión, le deseo suerte. Yo no he podido conseguirlo. Y si consiguen disuadir a su hija de continuar viviendo en su piso de soltera, obligándome a mí a convivir con ella, se lo agradeceré en el alma.
- Harry – Arthur Weasley se dirigió a él con voz apaciguadora – Todos sabemos que Ginny no puede estar en mejores manos que las tuyas. Conocemos tus hazañas como auror. Es cierto que no nos gusta que vayáis a convivir en la misma casa, pero también sabemos perfectamente cómo se las gasta ella. ¿Me harás el favor de escucharme tú ahora?
- Sea breve. Me están esperando.
- Sé que, con nuestra actitud súper protectora de padres aterrorizados te causamos mucho daño…
- No puede imaginar cuánto. Ninguno de ustedes puede.
- Es cierto, no podemos imaginarlo. Pero sí sabemos de pérdidas, hijo. En el momento en que sucedió la separación entre Ginny y tú nuestro corazón sangraba por la muerte de Fred. El miedo a que nuestros demás hijos sufrieran era tanto que Molly y yo mismo pagamos contigo nuestra desesperación. Jamás un padre tendría que sobrevivir a ninguno de sus hijos. – se tomó un segundo para tranquilizarse. Recordar todo aquello ahondaba sus heridas - Y nuestros hijos creyeron estar defendiendo a su hermana querida. No intento disculpar lo que hicimos, sólo te pido que nos perdones. Sólo puedo hablar por mí, pero sé que todos estamos arrepentidos por cómo te tratamos. Da igual lo que sucediese realmente entre Ginny y tú. No supimos ver que tú también eras miembro de nuestra familia.
- Bonitas palabras, pero llegan casi cinco años tarde, Sr. Weasley. Durante mucho tiempo cada noche soñé con que alguno de ustedes viniera a buscarme, a buscarnos, pues Hermione quedó tan sola y desamparada como yo a pesar de tener sus propios padres, porque los adorábamos; para darnos ese abrazo que tanto necesitábamos, para decirnos que seguían queriéndonos, para sentir ese apoyo que tan huérfanos nos había dejado al perderlo. Pero las noches pasaban, y con ellas muchos días, y ese abrazo nunca llegó. Para mí todos ustedes eran mi familia, los quería de verdad. Y yo jamás dañaría a mi familia.
- Trata de entender, Harry – le pidió Molly con tristeza – Nosotros también hemos pagado con sufrimiento esos cinco años de distancia.
- ¿Y por qué no nos buscaron, entonces?
- Temíamos que Ginny sufriese más si volvíamos a relacionarnos con vosotros. Aunque no ha servido para nada, pues ha sido el tiempo el que se ha empeñado en reuniros de nuevo sin que nosotros podamos opinar al respecto – concluyó Arthur.
- Yo me porté como un idiota, Harry. Tú eras mi mejor amigo. – se culpó Ron.
- ¿De veras lo era? – Harry le miró fijamente – Ya no sé qué pensar.
- Por favor, Harry – le pidió George, desinflando su orgullo por fin – Danos otra oportunidad. Danos tiempo para recuperarte.
- No sé si es cuestión de tiempo, quizá ya no puedao volver a sentiros como parte de mi familia. Además, no es necesario en absoluto para que yo proteja a Ginevra con la misma profesionalidad con la que protegería a cualquier persona a mi cargo.
- No te lo pedimos por eso, Harry. Realmente deseamos hacernos perdonar, por Hermione y por ti. – Le aseguró Charlie en un arrebato de sinceridad. – No estuvo bien lo que hicimos y somos perfectamente conscientes de ello.
- Dadme tiempo vosotros a mí y veremos qué se puede hacer. Os he dado mi palabra de que jamás trataré de influir en la vida de Ginevra y así lo haré. En ese sentido no tenéis nada que temer. Ella decidió su futuro y yo siempre lo he respetado y continuaré haciéndolo.
- Te lo agradecemos de todo corazón.
- Ah, una cosa más – se dirigió a Ron, su viejo amigo – Ronald, quizá escuches que Hermine y yo somos novios. Quiero que sepas que, al menos a efectos oficiales, así es.- Ron lo miró con los ojos como platos – Es una historia complicada, pero de todos modos no sé de qué te asombras. – No pudo evitar hablarle con dureza al recordar cuánto dolor había causado a su amiga. – Debo marcharme ya. Seguramente tendremos oportunidades de volvernos a encontrar, ya que debo ser la sombra de Ginevra. Hasta entonces.
- Hasta pronto, Harry – le saludaron los Sres. Weasley. – Y por favor, habla con Hermione sobre esta conversación - Sus hijos guardaron silencio de nuevo.
El joven moreno se encaminó por fin hacia la habitación donde Draco y Ginny debían estar esperándolo con impaciencia. Su ánimo se ensombrecía por momentos. Sus piernas comenzaron a temblar de nuevo y su corazón latía con tanta fuerza y rapidez que tuvo que detenerse durante unos pocos segundos para intentar controlar la hiperventilación que le estaba provocando un peligroso mareo. Con un toque de su varita oscureció de nuevo sus gafas. Un poco más dueño de sí mismo por fin, y armado de un valor que no sabía de dónde había sacado, recorrió los pocos metros que le separaban de la pareja.
Al entrar en el cuarto se encontró a Ginny sentada en la cama, con la maleta hecha, esperando con fastidio. Y a Draco junto a ella, tratando de tranquilizarla.
- Buenos días, Sr. Malfoy, Srta. Weasley. Disculpen las molestias, pero los padres de la Srta. estaban ansiosos por conocer ciertos detalles de mi misión para protegerla.
- ¡Por fin! Llámame Ginny. Vamos a compartir muchas horas desde hoy, así que es mejor que nos vayamos conociendo. – le dirigió una sonrisa amable – Tengo mucho gusto en conocerte, Harry.
- Sr. Potter, si no le molesta. Y yo continuaré llamándola Srta. Weasley. Esta no va a ser una relación de amistad, sino de vigilancia. Conviene que no lo olvide. – La congeló con el tono de sus palabras.
La furia de Ginny no se hizo esperar. No estaba acostumbrada a que nadie le dijese lo que tenía que hacer cuando ella había dejado bien claro que deseaba lo contrario, ni siquiera Draco, aunque con este solía hacer ciertas concesiones muy de vez en cuando.
- Si es lo que quieres, eso tendrás. Que sepas que yo no he pedido la protección de un auror engreído y estirado – trató de herirlo con fiereza.
- Entendido. Y sepa usted que yo no he pedido proteger a una niñata rica y mimada que se evitaría todos los problemas quitándose del cuello un maldito collar. Así pues, estamos a la par. Ni yo le agrado, ni usted me agrada a mí, hecho que no impedirá en absoluto concluir mi misión con éxito. ¿Nos marchamos?
Ella hervía de indignación. Iba a tener que dar una lección a aquel tipo tan pagado de sí mismo.
- Un momento. Antes quiero ver los ojos de la persona que me trata con tanto desdén, para no olvidarlos jamás. Sr. Potter, quítese las gafas. – Le ordenó, cosa que sabía que más molestaba a un buen auror.
Armado de una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, Harry se quitó lentamente las gafas y posó sus ojos fijos en ella. En aquel instante, un duelo de voluntades se entabló entre ellos: él con un fuego glacial en su mirada que intimidaba; ella con una ardiente y excitante sorpresa que pugnaba por ocultar.
"¡Merlín!" – pensó Ginny – "¡Es el hombre más guapo y apuesto que he visto jamás! Quítate eso de la cabeza, tonta. Te ha tratado como basura. Y lo va a pagar. Todavía no sé cómo, pero lo va a pagar".
"¡Maldición! – pensó Harry – "¡Qué hermosa está! Es toda una mujer. ¡Y qué mujer! ¡Es infinitamente más bella de lo que yo la recordaba! Y tan arrebatadora como siempre cuando se enfada… Merlín, dame fuerzas, o me ahogaré en sus encantos".
Draco los observaba con cierta sorpresa, consciente de que ambos habían olvidado su presencia. Cansado de la situación, se decidió a actuar.
- Bien. Ya que habéis intercambiado tan "cordiales" saludos, puedo marcharme ya. La señorita Granger, que por cierto es la novia del Sr. Potter, me espera para que le ayude con la auditoria de nuestras empresas. Y tengo muchos más asuntos importantes que resolver. Veo que ambos estáis en buenas manos – les sonrió con sarcasmo.
- Sí, cariño, márchate. El Sr. Potter y yo tenemos grandes planes para hoy – afirmó ella con ladina sonrisa. De pronto había decidido cómo comenzar a fastidiar a aquel hombre tan desagradable.
- Perfecto, amor – le dio un beso tan sensual como el que Harry había recibido hace poco de Hermione, cosa que Ginny disfrutó salvajemente por el hecho de que su estirado guardaespaldas tenía que soportar la escena. No sabía porqué, pero pensar en la posibilidad de que a él pudiera molestarle aquel beso, le satisfizo enormemente. – Nos vemos, Harry – se despidió del auror – Cuida bien de ella. Es mi mayor tesoro.
- Para eso estoy aquí – le respondió el otro secamente.
Harry y Ginny quedaron solos finalmente. Se observaron el uno al otro con aparente desdén y frialdad.
- Ya que al parecer nadie de su familia va a oponerse a su loco empeño de permanecer viviendo sola en su piso y que con ello va a arrastrarme a mí a acompañarla durante el tiempo que dure mi misión, le agradecería que me acompañase a mi casa a recoger todo lo necesario para trasladarme con usted – se decidió a pedirle él con evidente disgusto – Nadie me avisó con tiempo de que mis obligaciones llegarían tan lejos y no he podido prepararme.
- ¿Acabamos de conocernos y ya me invitas a tu casa? – le provocó ella maliciosamente.
- Le ruego que tome muy en serio su seguridad. No puedo dejarla sola ni siquiera un momento si no está acompañada por alguien de su entera confianza. Se lo aseguro, yo tampoco disfruto con esta situación.
- ¿Siempre eres tan soso? – continuó ella disfrutando al tratar de ponerlo nervioso.
- Es lo que hay – Harry se encogió de hombros.
El auror caminó hacia donde estaba ella y antes de que la chica pudiera evitarlo, cogió su maleta, le dio la espalda y se fue fuera del cuarto. Ella no tuvo más remedio que seguirlo, más y más enfadada por momentos. Había decidido que bajaría los humos a aquel hombre, y no iba a parar hasta conseguirlo.
Pasaron la mayor parte de la mañana en el piso de Ginny. Ella se sentía más cansada de lo que estaba dispuesta a aceptar y aprovechó la excusa de que Harry debía instalarse en su nuevo cuarto para recostarse un par de horas. El chico tan sólo había cargado con una maleta que contenía su ropa indispensable, unos cuantos libros y un par de pociones, pero hizo ver que le costaba un buen rato acomodarse, perfectamente consciente del agotamiento que mostraba la pelirroja.
Él en su cuarto, pegado al de ella, y ella en el suyo, aprovecharon el tiempo para intentar serenarse. Los dos habían causado un fuerte impacto el uno en el otro, mucho más fuerte de lo que habrían podido imaginar y, frustrados, intentaron dominarse para poderse mostrar ante el otro completamente dueños de sí mismos y perfectamente capaces de doblegar a su contrincante a su propia voluntad. Ninguno de ambos estaba dispuesto a rendirse, lucharían hasta el final.
Llegada la hora de comer, Harry golpeó la puerta de la habitación de Ginny con los nudillos.
- Srta. Weasley. No encuentro nada que cocinar. ¿Puede decirme dónde se encuentra todo o tendremos que ir al supermercado a comprar?
- ¿Vas a cocinar para mí? – preguntó ella desde dentro con aires de superioridad.
- Negativo. Yo cocinaré para mí y usted para usted misma. Y ahora dígame dónde puedo encontrar los ingredientes.
Ginny se levantó de la cama rápidamente y abrió la puerta de malos modos. Al intentar salir, casi se topó de frente con él, quien la tuvo que sujetar para que no cayese al suelo. Todavía más airada se liberó de su contacto de un tirón y lo enfrentó.
- Aquí no hay nada que se pueda cocinar. Yo no cocino jamás.
- ¿Es que acaso usted no ha aprendido nada de su madre? – no puedo evitar reprocharle él, también enfadado.
- ¿Cómo sabes que mi madre cocina muy bien? – lo miró con suspicacia, sorprendida.
- Por favor… todas las madres cocinan bien. No sé qué es lo que ha aprendido la siguiente generación. – respondió con desprecio, tratando de disimular.
- Ya veo, tampoco tu novia sabe cocinar para ti – lo miró con sorna.
- Mi novia no es mi esclava. Ella y yo nos turnamos en la cocina.
- Sea como sea, aquí no hay nada. Además, tengo otros planes. Ahora mismo nos vamos al centro comercial. Comeremos allí y pasaré la tarde comprándome ropa y complementos. ¿Está claro?
Ese era el plan que la chica había tramado: agobiar al auror obligándole a aguantar montones de visitas a innumerables tiendas donde ella se probaría todo lo que le gustase por el mero hecho de fastidiarle a él. Ella tenía claro que a ningún hombre le gusta acompañar a una mujer de compras, y mucho menos toda una tarde entera. Y estaba segura de que, cuando volviesen al piso, él estaría tan agotado y frustrado que comería de su mano.
- Está diáfano. Vamos, entonces.
Pasaron la tarde tal y como ella la había concebido. Visitaron más de veinte tiendas de ropa, donde Ginny se probó para él más de cien vestidos, tratando de provocarle y arrancar de él aunque fuese una mirada de admiración, consciente como era ella de su propio atractivo que normalmente conquistaba a los hombres con tan sólo un coqueto contoneo. Iba a hacerlo su esclavo por haberla tratado con semejante desprecio.
Pero Harry aguantó estoico. Resultó ser un excelente crítico de moda, y al verse obligado a opinar por la constante insistencia de ella, no tuvo reparo en aconsejarle de la forma más objetiva y desinteresada posible los conjuntos que más podían favorecerla, lo que creó cierta admiración en la mujer, que incrementó su odio hacia él. En cambio, ni una mirada de admiración, ni un breve vistazo observando su hermosa figura, ni un suspiro por verla tan arrebatadora. La mujer pensó que, decididamente, o era un soso de mucho cuidado o ella no le interesaba en lo más mínimo, ni siquiera físicamente. Frustrada y agriado su carácter, después de varias horas decidió que volverían a casa. Se sintió derrotada, pero no vencida.
Nada más llegar al piso sonó el timbre. Fue Harry quien abrió e inmediatamente después Ginny se vio rodeada de innumerables bolsas de supermercado repletas hasta los topes de todo tipo de alimentos. Su sorpresa fue mayúscula. El joven pagó la cuenta y entregó una generosa propina al empleado del establecimiento que les había llevado la compra.
- ¿Qué es esto? – le preguntó ella, con evidente sorpresa.
- Comida, obviamente. – él le sonrió por primera vez desde que se habían conocido – No creerá que voy a vivir del aire y mucho menos que comeré algo precocinado que usted compre de cualquier restaurante de barrio. Mientras yo esté aquí, comeremos cocina casera. Odio ver cómo la gente descuida su salud comiendo mal.
- ¿Y cómo…?
- He aprovechado una de las veces que usted se cambiaba de vestido en el probador para llamar al supermercado y encargar todo lo necesario para cocinar – le mostró cándidamente un pequeño móvil.
- Ja, pues habrás de cocinar tú, porque yo no pienso hacerlo.
- Eso ya ha quedado claro antes. Yo cocinaré, y usted comerá. Sin problemas.
De nuevo le dio la espalda y comenzó a llevar a la cocina todas aquellas bolsas, para después colocarlas en los armarios a su propio criterio. Ginny ya no cabía en sí de indignación. Aquel hombre no sólo la desafiaba constantemente, sino que se había apropiado de su casa e intentaba instaurar sus propias normas. Con mucho éxito, tuvo que reconocer. En tan sólo un día le había infringido dos derrotas, no lo podía creer. Pero la guerra sólo acababa de empezar, se dijo para sí. Y al final sería ella quien saldría vencedora. Soñando con su victoria le dejó hacer. "Que se esfuerce cocinando para mí. Será mi nuevo cocinero. Mi esclavo." pensó, y se dedicó a ver la televisión despreocupadamente.
- La cena está servida – escuchó media hora después.
Harry había dispuesto la mesa de la cocina para dos comensales y ya la comida humeaba en varias fuentes sobre ella. El olor era delicioso. Tranquilamente se trasladó desde el sofá a una de las sillas y mientras se sentaba, pudo observar que el chico había cocinado spaghetti a la carbonara y después filetes de tierna y jugosa carne. Según le dijo, también un sabroso sorbete de limón les aguardaba en la nevera. Se decidió a probarla tratando de no parecer ansiosa.
- Mmmm… Esta pasta está sabrosísima. Va a resultar que eres un buen cocinero. – le sonrió.
- Me halaga. Así, cuando termine de cenar, usted fregará los platos con mayor alegría – él le devolvió la sonrisa de forma beatífica.
- ¿Quién ha dicho que yo fregaré los platos? – volvió a ponerse a la defensiva.
- Señorita, no creería usted que yo iba a ser la chacha en esta casa. Lo justo es que, si yo cocino, usted friega. Que aproveche. – el moreno comenzó a comer con gran deleite, mientras ella lo miraba con la cara enrojecida de rabia.
Nuevamente, el auror se la había pegado. De tonto no tenía un pelo, lo que hizo mucho más interesante el reto de someterle. Ginny disfrutó de la comida como hacía mucho que no lo había hecho, prefiriendo no pensar en lo que vendría después.
Cuando ambos hubieron terminado, Harry le dio un "buenas noches" y se retiró a su cuarto. Nada más entrar en él, se quitó el traje que tanto le oprimía y se lo cambió por un pantalón de deporte, dejando su torso desnudo. Inmediatamente se dejó caer de cara al suelo y, tan sólo sosteniendo el peso de su cuerpo con una única mano, comenzó a hacer flexiones. Era probable que le sentase mal la cena recién comida, pero algo debía hacer para bajar el calor que se había apoderado de todo su cuerpo al pasar la tarde observándola entrar y salir del probador con vestidos que le sentaban divinamente, a veces escasísimos de tela, tan sólo para él. Le había costado una enfermedad mantener la compostura, no decirle lo arrebatadora que estaba con todos y cada uno de ellos, no expresarle su infinita admiración y no declararse su devoto siervo para siempre. Mientras su cuerpo subía y bajaba al ritmo de su brazo, que intercambiaba con el otro brazo al notarse cansado, sintió cómo por fin ciertas partes de su físico "comenzaban" a relajarse, pero su mente continuó vagando por ese cuerpo de diosa, esos ojos y esa sonrisa que le dejaban sin respiración. Cuando ya no pudo aguantar más flexiones, se sentó en el suelo y comenzó a llorar como un niño abandonado. Sintió que toda aquella situación iba a acabar con él. Y no habían hecho más que comenzar.
A la mañana siguiente, cuando Harry se hubo duchado y salió del cuarto de nuevo ataviado con otro de sus negros trajes, ya ella le estaba esperando con el desayuno preparado. Al verle, le dedicó una seductora sonrisa y después dejó caer a bocajarro:
- Hoy pasaremos el día en el club de campo, con mis amigas. Todas se mueren por conocerte.
- El club de campo. Entendido. – asintió, sentándose al lado de ella para tomar su desayuno.
COMENTARIOS DE LA AUTORA.
¿Qué tal? Aquí estoy de nuevo, con un capítulo bastante emotivo, fuerte, cruel y triste en algunos aspectos, como habréis comprobado. Pero no es más que el principio. Comprobaréis que me he permitido ciertos caprichitos, como que los dos chicos guapos tengan dos coches de infarto o que Harry lleve móvil. Yo pienso que los magos también pueden aprovechar avances tecnológicos muggles que pueden hacer sus vidas más fáciles. Y además, adoro los coches deportivos, sobre todo el Aston Martín (que tanto luce James Bond).
Infintas gracias a Nat Potter W, a Ninnypotter (no pude responder tu review, así que te lo respondo ahora: Siento que te pusiera triste el primer capítulo y me temo que este no te va ayudar mucho a mejorar ese sentimiento, pero ten paciencia. Te aseguro que no va a ser siempre así), a Lady Mab, a YaniitaPotter y a ginalore28, quienes me habéis dejado unos revies que me han hecho tan feliz que no soy capaz de expresarlo con palabras. Espero no decepcionaros con este nuevo capítulo.
E infinitas gracias también a todos los que habéis leído el primer capítulo y no hayáis dejado reviews. Saber que estáis ahí me hace también muy, pero que muy feliz. Ojalá leáis este también y os guste.
Nos vemos pronto.
Rose.
