Salí de la ducha tratando de secar algo mi cabello y no mojar tanto el piso.

- Temeeee… ¿terminaste de ducharte ya? – me gritaron desde afuera del baño.

Naruto, como siempre, iba saliendo tarde y me apuraba a mí. Rodeé la toalla en mis caderas y salí seguido de una pequeña cantidad de vapor. Mi rubio amigo entró a toda velocidad al baño, con cara de desesperación.

- Voy tarde ¡joder! – y cerró de un portazo.

Entré a mi habitación y pude ver el cuerpo de Karin enredado entre las sábanas. Me reí autosuficiente… anoche la habíamos pasado bien.

Abrí mi closet, saqué una polera y unos jeans, para comenzar a vestirme. En un par de horas debía estar en la universidad.

La vi rodar su cuerpo en dirección hacia mí y mirarme con atención. La verdad, no soy bueno para dar discursos después de éstas cosas, pero al parecer Karin ya sabía aquello, así que como lo hacía siempre últimamente, se levantó para comenzar a vestirse. Éramos amigos desde hace tiempo. Nos conocimos en un bar y comenzamos a salir, nada formal, pero nos llevábamos bien.

Escuché el sonido de mi celular desde el living. Lo había dejado encima de la mesa de centro. Al alzarlo pude ver un número desconocido.

- ¿Diga? – contesté.

- Hola… - era la voz de una chica – habló con… ¿Sasuke Uchiha?

Rogué por un par de segundos que no fuera alguna chica que me había pillado en algún bar y le había dado erróneamente mi número.

- Sí… con él – solté dudoso.

- ¡Qué bien! – su voz parecía entusiasmada – te llamo por lo del anuncio…

- ¿Anuncio? – traté de entender de que podría estar hablando.

- Si… necesito un jardinero – dijo con voz de súplica.

¡Jardinero! Que idiota… había olvidado por completo aquel trabajo de verano que había tomado el año pasado. Lo había dejado, porque había encontrado un trabajo de medio tiempo en un restaurant de la ciudad, que si bien me tenía más ocupado, era más estable y me daban mejor paga.

- La verdad… - me expliqué – ya no estoy en ese rubro.

- ¡No! – dijo con inquietud.

Que chica más extraña, no entendía como a alguien podía afectarle tanto que las plantas crecieran. Quizás era de esas personas extravagantes fanáticas de la botánica.

- Lo siento… estoy con otro trabajo y con la universidad no…

- Si es por el dinero… te puedo pagar bien – parecía desesperada - ¿te parece 200 dólares al mes?

200 dólares…

Abrí los ojos de par en par… eso era lo que me pagaban en el restaurant incluyendo las propinas. Como jardinero tendría que ir tan solo una vez a la semana a podar y si era muy excéntrica, los regadíos no me quitarían demasiado tiempo. Era una buena oportunidad, no lo podía negar.

- Mira… la verdad… estoy bastante ocupado – hablé con tranquilidad – pero al parecer necesitas ayuda con ese jardín, así que…

- ¡¿Aceptas?! – preguntó entusiasmada.

Su excentricidad me comenzó a parecer divertida.

- Sí… - reí.

- Mira… vivo en las colinas por la salida norte, mi casa es una grande de dos pisos, color blanco y tiene el número 773 en mosaico.

Era obvio, tenía dinero. En las colinas sólo vivía gente rica, que se podía dar el lujo de convertir un terreno que hace algunos años era un bosque desolado, en un lujoso y exclusivo barrio.

- Me pasaré por la tarde o mañana ¿te parece?

- ¡Sí! – suspiró – cuanto antes mejor…

- Y tú nombre ¿cuál es?

- Sakura… Sakuna Haruno – la excéntrica parecía feliz.

- Bien Sakura, te veo mañana – corté.

Me giré para ir por mi bolso y las llaves de mi amor. Karin, se encontraba afirmada en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados. Parecía algo fastidiada.

- Sakura… - rió - ¿es la nueva?

- Karin… - bufé molesto negando con la cabeza.

Caminé hacia ella y le di un beso de despedida.

- Es una clienta…

- ¿Clienta? – preguntó con asombro.

- Necesita que le corte el jardín.

- ¿La conoces?

- Aún no…

Me rodeó el cuello con sus brazos y la miré con diversión.

- Apuesto que es una viejita fanática de las plantas… - se rio.

- Apuesto que sí – me reí. Darle detalles no daba al caso.

La vi salir del departamento no sin antes hacerme un gesto con la mano para que la llamara. Me agradaba su compañía, era relajada y no demasiado demandante como el resto de las mujeres.

Pasé a la cocina y saqué la caja de jugo del refrigerador, para servirme un vaso grande. Había despertado con sed y como no había almorzado, quería llenarme el estómago con algo momentáneo.

- Sasukeeee – gritó mi compañero de apartamento desde el baño - ¿me prestas 10 dólares?

- Bakaaaaaaaaaaaaaa – salí hacia el subterráneo dándole un portazo.

Caminé, entre medio de las luces automáticas. El departamento era pequeño y el edificio viejo, pero suficiente para un par de estudiantes universitarios que se solventaban solos con trabajos de medio tiempo y que no necesitaban tantas comodidades. Me paré y le di un vistazo antes de subirme a ella. Mi moto era mi único amor y mi único orgullo. Había tardado años en ahorrar para comprarme esa Yamaha negra, que si bien era de segunda mano, mantenía ese aspecto deportivo e indomable que me fascinaba.

El rugido del motor hizo que mi sonrisa infantil se dibujara de lado a lado en mis labios… sólo mi moto era capaz de lograr esa expresión en mi rostro. No digo que mi vida sea una desgracia, que soy un infeliz, ni dedicaré páginas a relatar mi drama familiar, pero la verdad no me tocó fácil. Mi padre era un bruto bastardo alcohólico que golpeaba a mi madre cuando se le pasaba la cuota de la bebida. Lo lógico, para cualquiera que lo viera por fuera, era que mi madre lo denunciara y lo botara, pero para alguien que lo vive sabe que no es tan fácil como suena. Mamá fue desarrollando una especie de amor enfermo, por lo que nunca fue capaz de echarlo de casa. Con el tiempo, el drama se volvió repetitivo y agotador, pero agradezco de cierta forma la condición que me rodeaba, porque me hizo trabajar de pequeño y esforzarme lo suficiente para salir de ese agujero en el que estaba metido.

Cuando me vine a la ciudad, le dije a mi madre que se viniera conmigo, pero ella se negó a abandonar a mi padre, así que con un río de lágrimas se despidió de mi a mis 17 años y me vine a la ciudad, para hacer un futuro y buscar oportunidades. Fue grande mi sorpresa cuando me llegó la carta con el resultado de mi solicitud y me habían aceptado en una de las universidades más importantes de la ciudad.

Yo vivía en un sucucho de un callejón, en un barrio de mala muerte, pero quería ahorrar lo suficiente para darme algún gusto en mi vida y comprar a la negra (así le decía a mi moto), así que la comida algo pasada, el estudio arduo y los trabajos explotadores, eran parte de mi diario vivir y no me molestaba.

A Naruto, mi compañero de apartamento, lo conocí el segundo semestre de mi primer año de universidad. Al principio no comprendía su carácter excesivamente alegre y esa sonrisa que lleva plantada todo el día, de hecho pensaba que era uno de esos tipejos con dinero que venían a la universidad así como las chicas van al centro comercial, pero estaba equivocado. Bastó una fiesta y un par de copas para que me contara su vida, que estaba bastante lejana a esa sonrisa enorme que le veía a diario en el campus. Finalmente, sacamos un par de cuentas y fuimos en búsqueda de un apartamento, hasta que llegamos a éste edificio viejo en el que estamos viviendo. Tenía las dos "B" que yo necesitaba: bueno y barato. La tercera "B", bonito, me daba igual.

- ¡Hey Sasuke! – me gritó Temari desde la entrada de la facultad cuando me terminaba de estacionar.

- Wow… - la miré de arriba hacia abajo con una sonrisa mientras caminaba hacia la entrada.

Se acercó a mí y me golpeó en el brazo.

- ¡¿Quéee?! – pregunté incrédulo - ¿acaso no puedo piropear a mi mejor amiga?

- No tienes remedio – negó con la cabeza.

- ¿Y el idiota de tu novio? – pregunté divertido.

- Aquí viene el idiota… - habló Shikamaru por detrás.

Nos saludamos con cordialidad y entramos a la facultad. Subimos hasta el tercer piso, donde nos tocaba la clase de cálculo y nos sentamos en los puestos de siempre… ni muy adelante a lo ñoño, ni muy atrás a lo flojo.

En eso, entró la profesora, una mujer canosa bastante respetada entre los docentes y comenzó la clase. Shikamaru dio un bostezo y Temari lo miró con reprobación.

- No pongas esa cara que me pegas la pereza… no somos todos tan lumbreras como tú… - Shikamaru rió – hey Sasuke… - murmuró por lo bajo - ¿qué harás ésta tarde? Mi madre me ha dicho que los invite a ti y a Naruto a cenar.

- ¿Y qué yo estoy pintado? – bufó Shikamaru.

- Tú... – le indicó mi amiga divertida – eres el encargado de las compras.

- Sabía que sería problemático conocer a la suegra… - me miró con aburrimiento y Temari le pellizcó la mano - ¡que duele mujer! – habló algo fuerte.

La canosa mujer, que anotaba cosas en la pizarra se giró hacia nosotros y miró a Shikamaru a través de los gruesos lentes que usaba.

- Nara… fuera de mi clase… - le indicó a mi amigo sin ningún grado de compasión.

- ¡Joder! – bufó Shikamaru – les veo a la salida.

Y caminó entre medio de la gente, hasta la puerta.

- Idiota… - suspiró Temari – a veces envidio lo poco que le cuesta aprender cálculo sin siquiera atender la clase.

Yo simplemente reí y recordé de pronto mi compromiso laboral.

- Te vas a cabrear, pero me saltaré la cena… - dije mirando la pizarra y copiando los ejercicios.

- ¿De nuevo con lo de Karin? – sabía que a ella no le agradaba nada mi peliroja amiga.

- No… - seguí anotando – tengo trabajo.

- A mí no me mientes… el restaurant lo atiendes día por medio y hoy no te toca – podía sentir que me miraba inquisitivamente.

- Voy a volver a lo de la jardinería – dije despreocupado.

- ¿Otra anciana obsesionada con el pasto y las flores? – me preguntó divertida.

- Algo así… - reí.

Al terminar la tarde, luego de 2 horas de cálculo y 2 más de álgebra, salí para encaminarme hacia la casa de la excéntrica chica amante del jardín.

A medida que avanzaba, los edificios y sitios comerciales se iban perdiendo, para dar paso a la vegetación, que comenzaba a abundar a medida que te introducías por la calle única que subía por la colina. Recordé el número… 773, en mosaico. Ese detalle debía ser algo importante. Avancé, entre medio de enormes casas, que más que casas parecían mansiones, hasta que vi en coloreada cerámica, el número que había dicho la chica. La verdad, era difícil no notarlo.

Me estacioné a un costado de la calle y bajé de mi moto. Pude ver a través del casco que alguien se encontraba viéndome parado frente a una ventana, pero el reflejo del sol a esa hora sobre el vidrio, me impedía vislumbrar con claridad la silueta. Caminé, observando con atención el entorno hacia la imponente puerta de aquella enorme casa. Estaba pronto a tocar el timbre, cuando sentí como el picaporte de la puerta se giraba y la puerta se abría.

Una chica, de altura bastante menor a la mía, me miraba con una enorme sonrisa. Mentiría si no digo que me llamo la atención, sobretodo porque su cabello era rosa y tenía unos ojos verdes como la esmeralda.

- ¡Hola! – sonaba amable - ¿eres Sasuke?

Yo asentí y me miró extrañada. Ahí frente a mí tenía a la excéntrica chica amante de la clorofila o, mejor dicho, la hermosa y excéntrica amante de la clorofila. Su cabello era rosa y sería un sínico de mierda si dijera que no me había llamado la atención.

- Pensé que eras algo… - dudó si continuar - ¿mayor? – me reí y la seguí observando.

- ¿Hay que tener edad para podar un jardín? – solté algo irónico y ella hizo una mueca dándome la razón.

Permanecí parado viéndola por unos momentos hasta que se dio la vuelta y entró.

- ¿No pasas? – me preguntó extrañada.

- Claro… - atravesé el enorme umbral que daba la bienvenida a la casa.

Si por fuera, parecía enorme, por dentro era aún peor. Al entrar, una enorme y ancha escalera se imponía dando la bienvenida e indicando la subida al segundo piso, en medio de un enorme hall.

La seguí, hacia lo que parecía ser la cocina. Digo que parecía, porque esa cocina era del tamaño de mi departamento entero o quizás hasta más grande. La quedé viendo un par de segundos desde atrás, y si bien era delgada, tenía curvas bien marcadas. No podía negar que era un placer a la vista de cualquiera.

- Bien… - se sentó en una silla y me senté frente a ella – antes que todo ¡me alegro que vinieras hoy! – simplemente le sonreí – la verdad el jardín es amplio y tendrás bastante trabajo… ¿te parece bien el dinero?

- Es suficiente… eso sí, tengo una duda – me miró esperando que continuara - ¿tus padres me contrataran o trataré siempre contigo?

- ¿Mis padres? – rió pero pude notar algo de melancolía en sus ojos – mis padres ya no están

- Lo siento – la había jodido sin mala intención, pero parecía demasiado joven para ser la dueña de esa enorme casa…

- No te preocupes… - se levantó - ¿quieres un vaso de agua? – asentí y me lo entregó.

Bebió un sorbo del suyo y continuó.

- ¿Cuándo comenzarás? – preguntó.

- El viernes… ¿te parece bien? – asintió y bebí de mi vaso.

- ¿Cuántas veces vendrás? – la miré con detenimiento antes de responder.

- Día por medio y podaré una vez por semana – me sonrió.

- Es un trato – extendió su mano para sellar lo conversado.

Fue entonces cuando pude notar la enorme piedra de diamante que se imponía en su mano izquierda. Esa casa claramente no era de sus padres, era de ella y su marido.

- Un trato… - sonreí agitando su mano.


Toi escribiendo la conti de mal pronóstico... asi k en la noxe si me dejan trankila en mi casa un rato... respondo todos los reviews

muac!