Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y a la Saga Crepúsculo, sólo me adjudico la historia y algunos personajes.
Capítulo II: "Periodista personal vs Primera Dama"
"Los que niegan la libertad a los demás no se la merecen ellos mismos."
Abraham Lincoln.
Capítulo beteado por Zaida Gutiérrez Verdad
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Bella POV
Unos agradables e insistentes besos recorren mi nuca. No puedo evitar sentir el cosquilleo que se extiende desde esa zona hasta mi vientre, haciéndome sonreír y protestar a la vez.
Carlisle se detiene al oír mi "Uhm", pero me rodea con sus brazos y planta su barbilla en mi hombro derecho. Es una posición comodísima, pero el recuerdo de que tengo que ir a clases me invade y me sobresalto. ¡De seguro voy tarde! Y es la razón por la que mi maridito no se ha levantado y me distrae. Siempre busca la manera de hacerme llegar tarde, no es la primera vez que lo hace y apuesto a que no será la última.
—Sé lo que haces y desde ya… ¡No! —murmuro con voz ronca mientras reparte besos en el lóbulo de mi oreja.
Se ríe sin un poco de humor, quizá está siendo sarcástico. Él siempre logra lo que quiere, sin importar si estoy de acuerdo o no. Apostaría mi vida a que hoy ha decidido que no iré a la universidad y está tratando de evitar la inminente pelea que tendremos, como siempre, saldré dando un portazo y, llegue tarde o no,terminaré yéndome derechita a clases.
—No irás, Isabella. Hoy es un día poco atareado y quiero disfrutar contigo. —Me sobresalto al escuchar su voz y me volteo rápidamente para encararlo.
Enarco una ceja en su dirección, mi mirada aún soñolienta, pero decidida.
Él suspira con resignación al notar mi expresión.
—Bella… —Comienza.
—Lo siento, Carl, pero sabes muy bien que debo ir. —Le interrumpo—. Ocúpate de lo que tengas que hacer y nos vemos en la tarde, ¿quieres? —Él asiente sin mucha convicción—. ¿Eso significa, a: sí quiero verte o b: no me queda de otra?
Esta vez suelta una carcajada real y me mira negando con la cabeza.
—Significa sí. ¿Cenamos en Evolutions? —Por cada palabra planta un pequeño beso en mis labios, después con más pasión y alarga el beso, haciendo que el vello de mi cuerpo se erice.
Sonrío, ha sido fácil. Por primera vez no hemos tenido una discusión épica, a lo mejor se ha retractado o tiene demasiadas cosas por hacer como para tenerme vagando en casa todo el día. Sinceramente, creo que no quiere tenerme en casa vagando a sabiendas de que no va a poder atenderme hasta la noche.
Cuando termina de besarme se levanta de un salto y me sonríe con timidez. Esa sonrisita que tanto aprecio, puedo tomarla como un "Buena suerte hoy". Pero al enfocar mi vista en un lugar específico de sus pantalones, lo entiendo. Tiene un pequeñísimo problemaallí.
Me río y le guiño un ojo. Con un descaro que creía inexistente en mí, me deshago de mis bragas y mi sujetador. Carlisle me mira sorprendido por mi arrebato, en estas ocasiones siempre le mando a darse una duchita fría, pero me siento especialmente motivada y estoy por atribuírselo al hecho de que me ha dejado ir a clases en paz.
Miro el reloj de mi mesita de noche y marca seis menos quince de la mañana.
"Tenemos tiempo". Pienso.
—Vaya, ¿quién iba a decir que después de lo de anoche ibas a repetir hoy? —dice animado y con una sonrisa en sus labios.
—Te sorprenderías de cuán insaciable soy —añado.
Sin esperar más, me abalanzo sobre él,que sigue de pie a un lado de la cama, y le beso con mucha ansiedad. Aún siento cierta molestia por lo rudos que fuimos anoche, ¿pero qué más da? Apenas y puedo tener algo de sexo durante la semana.
Rápidamente se deshace de sus pantalones de pijama y su virilidad salta hacia mí. Enrollo con agilidad mis piernas en su cintura y puedo sentirlo en mi entrada.
—¿Sigues tomando la píldora? —pregunta mientras me apoya sobre las sábanas.
Y sé que lo pregunta porque ayer lo obligué a usar protección… Sí, soy algo malvada.
—Uhum —murmuro con los ojos cerrados, anticipando su próximo movimiento.
Sin perder tiempo entra en mí y comienza el vaivén de caderas. Sólo se escucha el roce de nuestros cuerpos, solemos ser muy silenciosos, pero bastante salvajes. A medida que me dilato aumenta sus acometidas, su rostro está sudado, al igual que el mí pienso que no podría verse más perfecto. Sus labios están hinchados por mis besos. Me llena una y otra vez. Acaricia mi mandíbula con su nariz mientras reparte besos por mis pechos, sin parar de entrar y salir. Me siento cada vez más cerca…Una burbuja se arremolina en mi vientre y, por la expresión en el rostro de Carl, sé que también está cerca.
En ese momento abre sus ojos azulados y me mira con intensidad, siempre en el tiempo justo. Empuja una vez más y exploto, seguida de él. Ambos gemimos y apretamos los labios para no gritar. Cuando logro volver a la realidad, le regalo un casto beso en los labios y él me sonríe sin salir de mí.
—Eso fue… —Intenta hablar, pero su respiración sigue irregular.
—Sí. —Concuerdo.
Me humedezco los labios y suspiro.
El sexo siempre ha sido asípara nosotros, salvaje y sin preliminares. Nunca hemos hecho el amor, nos basta con esto. ¿Para qué mentirnos? Tal vez nos queremos mucho y tal vez nos necesitamos el uno al otro, pero estoy cien por ciento segura de que no le amo. No es el hombre de mi vida, ni por asomo. Aun cuando es mi gran compañero, mi mejor amigo, mi confidente y por supuesto, mi esposo.
. . . . . . .
—¿Cómo te fue en DDGF1? —pregunta Kat mientras nos dirigimos al aula noventa y ocho.
"Como una mierda". Quiero decir, pero sé que iría en contra de mi vocabulario decente.
Le cuento que el profesor se pasó toda la hora lanzándome miradas seductoras, lo que fue bastante incómodo. Ese hombre no sabe lo que es respetar, desde un principio lo supe y Carlisle también. Él me lo advirtió.
. . . . . . .
—Así que es tu primer día hoy, ¿eh? —preguntó sonriente. Feliz y orgulloso de mí a pesar de que no estaba de acuerdo.
—Sí, Carl. Estoy emocionada. —Sonreí—. Gracias por acompañarme —murmuré.
Él me sonrió cálidamente y me pidió que no me preocupara.
La universidad pública era un caos, pero, desde luego, había sido mi idea. Y aunque me habían llamado cabezota millones de veces, estoy segura de que fue una buena decisión.
—Tu aula de hoy es la noventa y cinco, área de Derecho —dijo una mujer de al menos cuarenta años, pero muy amargada.
—Gracias.
Ella ni se inmutó por mi amabilidad y tampoco por quién era, pero estaba bien. Yo quería ser tratada como a una más del estudiantado. Si me iba a una universidad privada, todos estarían queriendo besarme el trasero a cada minuto. No era lo mío, estaba cansada de eso.
Cuando creí que hasta aquí me acompañaría mi marido, me equivoqué. Él y sus veinte hombres nos escoltaron hasta el aula. Todos nos miraban asombrados, lo que significaba que la única en no darse cuenta de quiénes éramos fue la amargada mujer.
No tardaron en aparecer las cámaras, y con ellas, los flashes. Añadiéndose también las incesantes preguntas de los periodistas, nuestro equipo de seguridad logró evadirlos a todos, pero no pudimos seguir sin siquiera darles un pequeño saludo con la mano, sería muy grosero de nuestra parte.
En el aula nos esperaban todos los alumnos boquiabiertos.
—Buenos días, chicos. Soy Bella. —Carlisle gruñó en voz baja, no quería que usara mi diminutivo, pero era más cómodo para mí—. Soy su nueva compañera.
En cuanto lo dije una oleada de murmullos se disparó, volviendo un caos la clase, que anteriormente se mostraba tranquila.
El profesor me echó una mirada rápida, había algo extraño en él. No sabía qué. Luego sonrió con hipocresía hacia Carlisle.
—¡Cálmense! —gritó y todos se callaron—. Pasa, siéntate donde gustes.
Carlisle enarcó una ceja con incredulidad, no le había gustado ni un poquito el tono con el que el profesor me había hablado.
Le susurré un "compórtate" al oído y bufó rodando los ojos. Cosa que no pasó desapercibida, el profesor sonrió y me indicó que pasara.
Tragué saliva y le regalé a mi gruñón marido un besito corto en los labios.
—Adiós cariño. Nos vemos.
—Adiós Isabella. —Se despidió—. Ten cuidado con ciertas personas —susurró, lanzándole una mirada de advertencia al hombre parado detrás del escritorio.
. . . . . . .
Y cuánta razón tenía Carlisle. Ese profesor se desvivía en guiñarme el ojo, en sonreírme y, sobretodo, en querer darme tutorías personales. ¿Para qué iba a necesitar tutorías si era una alumna promedio?
—Oigan, chicas, desabrochen su bra, que llegó su queridísimo Matt. Quieran o no a mí me van a chupary sus bragas se van a querer quitar… —Anuncia en una pésima rima el hermano de Kat.
Ella le mira con una sonrisa burlona en sus labios, pero sin soltar la carcajada que contiene. Matt es una persona muy creída, galante y todas las chicas universitarias están tras él. Hasta las profesoras, podría decirse.
Suelto una risita y sus ojos viajan hacia mí, brillantes y llenos de felicidad.
—Hey, Bella, ¿tú te quitarías el bra por mí? —pregunta mientras mueve sus cejas de arriba abajo, sugestivamente.
Le guiño un ojo y frunzo los labios para lanzarle un pequeño beso.
Su expresión me causa una risa estridente.
Abre los ojos con escepticismo y su mano viaja hasta su pecho, justo por encima de su corazón. Su rostro empalidece y se queda atónito. Mi gesto le ha robado las palabras.
Parece que me pasé. No debí siquiera jugar con eso, nunca le había respondido a sus peticiones, pero hoy me he levantado evidentemente juguetona… Y me fue imposible evitarlo.
—Mierda ¡Matt, vuelve! —Le grita Kat, chasqueando los dedos frente a sus ojos.
Él sacude la cabeza y me sonríe tímidamente.
—Era sólo un juego. —Me defiendo.
Suspira aliviado.
—Pensé que iba a tener un problema del tamaño de China con ya sabes quién… —susurra.
Kat rueda los ojos con fastidio ante las palabras de su hermano.
—¿Con el presidente? —pregunta.
Matt entrecierra los ojos y le palmea la frente. Van a entrar en una discusión…
—Ya basta —exijo—. ¿Un problema con quién, Matt?
—Con el FBI. —Sisea como si alguien pudiera escucharlo.
Antes de que termine de pronunciar la última "I", ya estoy soltando una en el pasillo se voltean a verme, algunos con sus teléfonos preparados, mis "gorilas" les exigen que los guarden y ellos, temerosos, lo hacen.
Matt me mira enfadado y entra en el aula, seguido de una risueña Kat.
La clase de Metodología de Derecho pasa volando, es la segunda en el día… Y la última.
¡Gracias al cielo! Por más que me guste estar en el público con tranquilidad, extraño y añoro la Casa Blanca.
—Nos vemos el viernes. —Se despide Kat.
Le sonrío con dulzura y le doy un abrazo sincero.
Mat aún me mira con recelo, pero finalmente se acerca y me estrecha entre sus enormes y fornidos brazos. Le regalo un besito en la mejilla y se sonroja mientras chasquea la lengua.
—Me tienes… De nuevo —dice con fingido fastidio.
Le regalo una sonrisita de suficiencia y me retiro en la limo.
Washington es un tanto aburrido si lo miras con lupa y anteojos de nerd. Todo siempre tan callado y pacífico, no como New York, por ejemplo. Las veinticuatro horas la gente está movilizándose de allá para acá, atareados, sumidos en sus pensamientos. Por algo le dicen La capital del mundo. Es grandioso, si me dieran a elegir dónde quiero vivir para siempre, sería allí. En un departamento situado en Manhattan, entre todo el ajetreo, donde se escucha cada auto que pasa, niños corriendo en el Central Park, qué sé yo. Algo divertido, lleno de vida.
La Casa Blanca es especialmente callada, aislada de todo. ¡Pero con tanto trabajo por hacer! Mi vida después de la presidencia de Carlisle está planeada. Soy muy joven como para quedarme por siempre como la ex Primera Dama. Tengo una carrera de periodismo que sacar adelante y una de derecho en curso. Sé que nos queda poco para irnos, aunque C se empeña en alargar su tiempo… Quiere reelegirse.
Sacudo la cabeza con frustración.
No soportaría otro período más, me siento como una vieja de cincuenta años y apenas tengo la mitad. Tantas cosas por hacer, tantos viajes… Nada de descanso.
—Llegamos, señora —informa el chofer Watson.
—Gracias W. —Le sonrío cortésmente.
—A la orden, señora.
Camino hacia el Jacqueline Kennedy Garden2 y entro en la planta baja de la Casa Blanca. Necesito ir directo a mi oficina, había olvidado por completo la cita con el ginecólogo y me temo que tendré que posponerla, sino Carlisle si se cabreará en serio.
Cojo el ascensor y marco el piso tres. Detrás de mí entran Josh, mi guardaespaldas, y la señora Keppleing, ama de llaves. Me pregunto qué hacen aquí.
—¡Jasper Hale! —exclamo.
Su oficina está justo frente a la mía.
Sale dando un traspié en cuanto mis labios pronuncian su nombre.
—¿Sí, señora?
—¿Cuántas veces tengo que pedirte que me digas Bella? —protesto y frunzo el ceño.
Dios, ¿cuántas veces al día tengo que hacer esto? Él asiente, no muy convencido.
—Dime, Bella —repite.
Sonrío feliz de la vida. ¡Al fin! Llevo aproximadamente dos años tratando de hacer que deje de llamarme señora. ¡Que no soy una jodida vieja!
—Necesito que hagas todo lo que te envié al e-mail. —Él asiente—. Lo más importante, Jas, llama a mi ginecóloga y pospón mi cita. ¡Ah! Y pospón la entrevista con CNN que tenía programada para las cuatro y treinta de la tarde —añado.
El aludido teclea en su móvil, anotando cada palabra mía… Supongo. Luego mira hacia mí, esperando por más instrucciones. Pero desde luego, no hay más.
Bastante raro, creía imposibleque llegara el día en que sólo tuviera un par de cosas por hacer. Y más imposible todavía, el día en el que pudiera posponerlas con libertad y sin preocuparme. Por supuesto, este día no se ha parecido ni de cerca a los normales. ¿Será que alguna entidad especial está compadeciéndose de mí? Eso espero.
—Disculpe, se… —Le frunzo el seño—. Bella, ¿sabes dónde está Alice? —pregunta.
—Con mi sobrina —respondo—. De otro modo estaría en esa oficina, trabajando —señalo.
. . . . . . .
—¡Tita, tita!
—Hola, cariño. Estás preciosa —digo.
Annalise es la hija de Alice y, desde luego, mi sobrina. Como se esperaba, es una brujita igual a su madre. Tiene cuatro años y es bastante traviesa, está en su etapa de toco todo, hablo todo lo que escucho y ensucio la recámara de la tita Bella.
—Ann, ¿por qué tienes las manos tan sucias? —pregunto.
Ella las mira, completamente horrorizada. Es una obsesiva de la pulcritud y suelo jugar con ella de esa manera.
—No le creas a la tía, es una mentirosa, ¿de acuerdo? —dice Alice, fulminándome con la mirada.
Cuando la pequeña se enfurruña no hay quien la pare.
—Tita mala. —Se cruza de brazos enojada—. Mis manitas están limpiecitas. La maedtra siempre nos dice… —Comienza—. Mami, ¿qué es do que nos dice?
Alice me guiña un ojo.
—Siempre te dice que aprendas a pronunciar bien las palabras y que vayas en este instante con tu tito Carlisle.
La niña sonríe con inocencia ante las palabras de su madre. Es una parlanchina, pero aún tiene bastantes fallas al momento de hablar, aunque vaya si le ha servido ese colegio, lo mejor que tiene Ann es que, por muy traviesa y juguetona que sea, es obediente. Palabra que suelta Alice, palabra que ella cumple.
—Nos vemos, tita. Te quiedo mucho, de aquí hadta Francia.
Mis ojos se cristalizan. Es una niña cariñosa y muy dulce, siempre nos llena de alegría, desde el momento en que llegó.
Tal vez no tenga hijos y aún no me sienta capaz de tenerlos, pero si hay alguien por quien daría la vida, esa es Ann. Mi pequeñita Annalise Marie.
A pesar de no saber quién es su padre, es alegre. Y es la mejor amiga de Alice, no pueden vivir sin la otra. Todavía me pregunto cómo alguien podría abandonarla así como así.
Cuando nació su bastardo padre huyó, lo que causó la depresión de Alice por un largo periodo de tiempo, apenas y podía dormir bien, pero con la ayuda de su hija y con nuestro apoyo, logró salir adelante.
Ann se queda con su abuela mientras Al trabaja. Nunca le hemos prohibido que la traiga, pero es una niña de mucho cuidado y no podemos mantener los ojos en ella.
—Y yo a ti, hermosa. —Le contesto sonriente—. Ahora ve con el tito Carl.
La pequeña asiente y corre en dirección al despacho.
Alice me observa con detenimiento. Buscando algo en mí.
Le enarco una ceja y gesticulo te pillé con los labios. Ella sonríe con malicia y se ríe entre dientes.
—Señora Cullen —dice.
—¿Uh?
—Le veo más… Gordita —señala.
Mis ojos se abren como platos, asustada.
¿Qué? ¿Cómo que más gordita?
—¿Tú crees? —cuestiono horrorizada.
Sin dejarle contestar camino a grandes zancadas hacia la habitación Lincoln, la más cercana a donde estamos, quito la sábana que está sobre el gran espejo de la recámara y me levanto rápidamente la camisa a cuadros que llevo.
La bruja madre suelta una risita.
—A lo mejor seré tita en unos meses. —Canturrea feliz.
Me observo unas diez veces más, pasando la palma de mi mano sobre mi vientre, moviéndome de costado, de izquierda a derecha. Inspecciono de cerca qué tan apretada me queda la falda y… Nada. Sigo siendo talla tres, incluso puedo apostar a que estoy más delgada.
—¡Oh, cállate enana! —Espeto furiosa—. Me has pegado un susto de muerte.
Alice vuelve a reírse a carcajadas, aunque esta vez son más sonoras.
—Al que le quede el saco… —murmura, pero no termina la frase.
Le fulmino con la mirada. No es la primera vez que se gasta este tipo de bromas,Alice Cullen es una tonta, siempre trata de conseguir lo que quiere a toda costa. ¡Si quiere saber si estás embarazada, lo consigue a como dé lugar! Y debe estar pensando que he descuidado de mis anticonceptivos. ¡Ja! ¡Cómo si fuera posible! Tengo programada una alarma en mi móvil para no olvidarlo.
… Y es cuando empiezo a dudar y el miedo se apodera de mí. Comienzo una cuenta mental en la que coloco palomas a los días de la semana que tomé la píldora.
Veamos… Lunes, palomita. Martes, palomita. Miércoles… ¿Miércoles? ¡Palomita! Jueves, palomita. Viernes… ¡Mierda, el viernes!
Ese día salí de paseo con Ann, fuimos a Seattle por unos helados… Mi hora de la píldora es exactamente a las cinco de la tarde. Recuerdo que la alarma sonó y la pospuse unos minutos. Ann se cayó, lloró, se raspó la rodilla y tuvimos que correr alarmadas hacia el hospital más cercano, dieron las seis en emergencias, volvió a repiquetear el aparato y… ¡Lo pospuse! ¡Claro! Lo había olvidado por completo. Se me hizo imposible tomármela ese día. El sábado y el domingo fueron un ganchito, pero no el viernes.
Respiro profundo… Tal vez no sea tan malo. No podría caer en tan mala suerte como para quedar embarazada así como así, ¿por sólo un día? ¡No, qué va!
—No me queda, no me lo pongo —añado aun cuando me siento temblorosa e insegura.
En ese momento Carlisle entra en la habitación, con Ann acomodada en sus brazos.
—Hoy tenemos una cena en Evolutions —informa Carlisle—. Ann, ve a arreglarte, ¿vale? —Ordena.
Ann rueda los ojos con gracia y hace un puchero. Odia bañarse.
—Annalise Marie Cullen, ¿qué te dije antes de venir? —replica su madre.
A la niña se le enciende el bombillo del recuerdo, porque da un respingo y corre escaleras arriba, hacia mi habitación. No sin antes darme un fuerte abrazo y besar a su tito Carl en la mejilla.
—Bella tiene que decirte algo… Adiós. —Canturrea Alice y sale por la puerta.
Abro los ojos asombrada. La pequeña duende me las pagará…
Carlisle asiente en mi dirección, esperando una explicación.
—Sabes cómo es Alice. —Me encojo de hombros y salgo disparada del lugar.
—¡Isabella! —Escucho que grita.
Freno mis pies inmediatamente, como en las caricaturas que solía ver. Sólo falta el polvo disparándose en varias direcciones debajo de mis pies y el bajo rechinar de los zapatos contra el suelo.
De esta no me salvo.
Carlisle me toma del brazo y me arrastra hacia la habitación Lincoln de nuevo, encerrándonos y comenzando una pelea… pelea que no tuvimos en la mañana, pero el día no podía ser tan perfecto.
. . . . . . .
—La comida está deliciosa —murmura Alice mientras devora unos espaguetis.
Y la secundo. Evolutions es uno de los mejores restaurantes de Washington, nada se compara con él. Yo me limité a pedir algo sencillo, un poco de pavo, ensalada y una bebida sin alcohol. No sé si por el asunto en el que desconfío de mi no-maternidad, o porque quiero estar sobria para el segundo round de esta noche con C.
—¿A qué se refería Alice? Sabes que odio que me escondas cosas —dice mientras pellizca con desesperación el puente de su nariz.
—Carlisle… —Comienzo.
—¡Ni Carlisle ni nadie! Dímelo —exige—, ¿qué anda mal?
—Carl, yo… —Titubeé.
Y como si Dios estuviera de mi parte…
—¡Chicos, estamos listas! —anunció Alice desde la puerta.
Estaba acompañada de Ann y ambas llevaban unos vestidos casuales floreados, eran exactamente iguales, sólo que el de Alice era rosa, su color favorito, y el de Ann celeste. Se veían estupendas. Era una costumbre adoptada por la primera, a quien le gustaba vestir igual que su hija.
Carlisle gruñó por la interrupción, pero no dijo nada. Nunca lo había visto pelear con Alice, me temo que ella saldría ganando, por eso él no tocaba aguas peligrosas. Ni siquiera yo podía con esa enana y eso era mucho que decir.
Con lo pesadita que me ponía cuando quería lograr algo…
—Bien, vamos —dijo, acomodando su corbata.
Me acerqué con sigilo hasta él y le ayudé en la tarea. No me dio ni un "pero" y lo atribuí a que estábamos acompañados y Carlisle no era de los que le gustaba dar shows. Menos delante de su familia.
Cuando terminé, me lanzó una mirada cargada de "no se quedará así" y se marchó en busca del chofer y el equipo de seguridad.
… Todo un dilema.
Carlisle gime al probar su hervido de carne de res y murmura un delicioso. Si me hubieran dicho que a este hombre se calma con la carne y los hervidos…
Alice sonríe y yo le miro con frustración, echándole toda la culpa de este embrollo a ella y sólo a ella.
Y lo único que hace es encogerse de hombros. ¡Cómo le gusta enfadar a su hermano!
Le pido que se disculpe y ella asiente, sabe la culpa que lleva en todo esto.
Se aclara la garganta y obtiene la atención de mi marido.
—Carlisle… —Comienza.
—¿Uh? —responde mientras engulle la sopa.
—Señor Presidente —exclama alguien desde la entrada.
Carlisle se voltea rápidamente y asiente en esa dirección, como saludo. Desde luego no tiene ni idea de quién es… Y yo tampoco.
Alice gruñe por ser interrumpida y Carlisle le guiña un ojo, encogiéndose de hombros. A veces son tan niños, me sorprende lo maduros que parecen ser. ¡Ah! Y ese carácter de mierda… Ambos son insoportables. Son amables, pero cuando se proponen ser pesaditos no hay quién los aguante. Ya decía yo que la sangre Cullen algo tenía, porque Ann es idéntica. Siempre he creído que los padres tendrían ese gen de la obstinación en recesivo, porque Anne y Garrett son unos suegros de lo más… guay, como diría mi parlanchina sobrina.
—¿Es que no me reconoces? —pregunta el alguien de la entrada una vez que se acerca hasta nuestra mesa.
El servicio de seguridad se tensa y tratan de obstruirle el paso.
Carlisle niega apenado. ¿¡Apenado!? ¿Desde cuándo, señor Presidente?
—Déjenle seguir. —Ordena C.
Ellos le miran dubitativos, no muy seguros, pero finalmente, tras darle una revisión disimulada, le dejan acercarse a nosotros.
Siempre tan paranoicos.
El gerente del lugar se acerca a nuestra mesa.
—Disculpe la molestia, señor Presidente —dice, refiriéndose al hombre que nos ha interrumpido la cena.
El susodicho sigue de pie al lado de Carlisle, con una sonrisa en su rostro, pero sin decir una palabra.
Carlisle le tiende la mano al gerente y la estrecha, diciéndole que no se preocupe. La curiosidad hace mella en mí, mi marido ya no tiene el mismo temperamento de hace unos minutos. Ahora está más frívolo con respecto al hombre desconocido,¿será que ya le reconoció? No puedo imaginar de dónde le conoce y me rindo.
—Sí, ya te recuerdo —afirma.
El hombre se carcajea disimuladamente, pero yo logro notarlo y le enarco una ceja. Él nota mi presencia y entrecierra los ojos, estudiándome.
C carraspea para llamar nuestra atención y para llamarme a la reflexión. No me había percatado de que estaba lanzándole miradas fulminantes.
—Así que… ¿Cómo te ha ido? —pregunta.
—Siéntate, por favor —pide Carlisle.
El hombre asiente y coge una silla a mi lado para ponerse cómodo. Le miro a los ojos,pero hay algo entre odio y decepción en ellos. Me regala una sonrisa ladeada y devuelve su atención a Carlisle.
Durante la siguiente hora se enfrascan en una conversación sobre negocios y la situación económica del país.
Alice y yo hablamos sobre cosas que nos hacen falta para comprar y eventos sociales. Sale a colación la dichosa conferencia en Europa. Me quejo un par de veces por el giro que le dieron a la fecha, entre más lejos sea, más faltará para poder ayudar a otras mujeres.
—¿Ya está instalada la "Segunda Dama"? —Curiosea.
Niego lentamente y le explico que no se ha podido, hemos tenido reales inconvenientes para el traslado. La chica es joven, vive en Texas. Pero está bastante necesitada y hay que equipar bien los suplementos que se llevará a su hogar cuando regrese. No puedo traerla sin tener todo listo, los gastos harían que Carlisle me pidiera el divorcio automáticamente, ya el propio traslado es bastante costoso, así que una cosa a la vez. Tampoco quiero matarle de un infarto.
Cuando, aparentemente, se nos acaban los temas de conversación, la duda que tenía hace unos minutos regresa. ¿Quién es ese jodido hombre que habla amenamente con Carlisle y por qué él no se ha molestado en presentarlo?
—Cariño, nos vamos —dice luego de tomarse un vaso de cerveza con el hombre.
—¿No presentas a tu compañía? —susurro para que sólo él pueda escucharme.
Carlisle me mira, con esa mirada de yo sé algo que tú no, y se vuelve hacia el extraño, que nos mira con atención. Mi esposo asiente y él lo capta, me mira directamente y suspira.
—Vulturi. —Suelta. Me tiende la mano para que la coja y lo hago, la sacude varias veces y me sonríe como si de un comercial se tratara.
Y es cuando le recuerdo… El tipo de la rueda de prensa.
Respiro profundamente, con bastante incomodidad.
—Bella, este hombre ha venido a pedirme que le deje acompañarte como tu periodista personal a la conferencia en Europa… —anuncia Carlisle.
¡Dios mío! Ni más ni menos.
—Con su permiso, señora —murmura—. Sería un gran honor para mí acompañarle y cubrir la noticia. —Frunzo el ceño y él lo capta—. Entiendo que hemos tenido encuentros bastante… Interesantes. Pero le pido disculpas por ello, me he retractado de lo que le he dicho, se lo aseguro.
Te tengo Vulturi.
C y yo llevamos unos días buscando un periodista personal para que cubra la noticia. El hecho fue publicado en nuestra página oficial y se nos han acercado bastante buenas opciones. ¿Por qué declinar aquellas por este señor tan imprudente? Algo en la mirada de mi maridito me dice que está de acuerdo, ¿por qué? Si sabe perfectamente lo incómoda que me ha puesto ese hombre en varias ocasiones…
Por no declinarlo desde ya, y con una indecisión que raya en la desconfianza, respondo:
—Te veo el viernes en mi despacho.
Vulturi se percata de mi seca respuesta, pero no se desanima, sigue sonriente y triunfante.
Y un presentimiento se apodera de mí…
Este hombre va a traerme bastantes líos. Si no es que ya los está acarreando.
N/A:
1DDGF: Derechos, Deberes y Garantías Fundamentales.Es una materia de la carrera, es fundamental para los abogados y está arraigada a la constitución de la Nación.
2 Jacqueline Kennedy Garden: jardín situado en la Casa Blanca. Frente a La Columnata.
Bueno, bueno… ¿Qué les ha parecido este capítulo? Para mí fue bastante divertido escribirlo. Ya estoy incorporando a los personajes más importantes. Estén atentas, tomen nota y… ¿ya? Gracias por sus Reviews, le respondí a todas (creo) y a las que no, pues, gracias por leer. Un abrazo fuerte. (¿Pueden comentarme qué les ha parecido Ann? Y no, no soy la hija de Alice)
PD: Muchas me preguntan si me crearé grupo para FB y respondo… ¡Sí! Pero no quiero aún, siento que es muy pronto. ¿Qué creen ustedes?
PD2: Las actualizaciones no son fijas, por los momentos tuve listo el cap rápido. Fijos, fijos, fiiiiijoooos… los domingos. Son días de descanso, uno se levanta con pereza y todo eso, ¿qué mejor que leer?
PD3: Ahora sí me voy. Escríbanme al privado de FF o comenten para enviarles mi FB y agregarnos. O… síganme en mi cuenta personal de twitter (sí, aún no tengo cuenta para FF) robstenftbizzle. Les sigo de vuelta.
PD4: No me pregunten cosas que sean spoilers, a muchas no les gustan. A mí tampoco. Pregunten sobre el capi, eso sí (?
PD5: Gracias Zaida por betear esta locura… Eres un sol.
A x.
