Me tarde como siglos, pero, lo continúe. Nada bueno sale del café, la coca y los cigarrillos de mentol. Gracias a mi beta por revisarlo. A las jóvenes hermosas que comentaron. Y aquellos que leyeron y les dio pereza apedrearme.
Mucho OCC de mi parte. Aparición de una pareja que nunca había manejado. Y por supuesto de Antonio —España—
Recuerden: Personajes a Hidekaz Himaruya. México —alias Pedro— a varios autores.
Adelante. Leed.
Capitulo Dos.
Aquel día que te recordé.
———
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó.
—¿Qué crees que hago?
—Me desnudas —le dijo Pedro secamente, y Antonio asintió mientras le dedicaba una sonrisa despreocupada. El moreno le miró con un tenue sonrojo, paseó la vista por la habitación queriendo encontrar alguna excusa para querer quitárselo de encima. Clavó su vista en la suya al no encontrarla—. ¿No crees que eres muy viejo para pensar sólo en eso?
—¿Y tú muy insolente al decírmelo tan despreocupadamente? —contraatacó Antonio después de unos minutos de silencio.
—¿Hm...? No lo creo —contestó Pedro, quien le sonrió de lado y le besó la mandíbula con cierta picardía—. Si realmente quisiera ser insolente, simplemente te habría rechazado directamente…
—Entonces… —Antonio hizo una pausa y le tomó las manos con fuerza, poniéndoselas encima de la cabeza—. Tendría que haberte recordado quién es el más fuerte de los dos, ¿no te parece?
—¿Cómo debo tomar tus palabras? ¿Es una advertencia?
—Como tú desees tomarlas, mi querido Pedrito.
Antonio volvió a callar, se acercó a sus labios y se los besó fugazmente, pasando por su cuello hasta llegar a su tetilla descubierta.
—Sí, ya decía yo que era una advertencia —Pedro alzó los ojos hacia el techo de la habitación—. Algún día de estos… terminaré dejándote —confesó. De no haber sido por la expresión tan inocente en su rostro, Antonio hubiese jurado que aquella oración tenía algún motivo oculto. Sonrió abiertamente mientras bajada hacia más allá de su ombligo.
El moreno, sin oponer resistencia, le dejó hacer lo que quisiese con él. Realmente había aprendido de mala forma lo extrañamente desgraciado que podía ser Antonio Fernández Carriedo cuando se lo proponía. Sintió cómo el español le mordió el abdomen cerca de su ombligo con posesividad, haciéndole ronronear erótica y sugestivamente. ¡Maldito Antonio que conocía su punto erógeno! Y sin saber qué hacer más para detener todo aquello, se permitió perderse en la locura del momento.
———
Se metió al baño del pasillo y presuroso abrió la llave del lavabo. Debía refrescarse al haber recordado aquella situación que hacía tiempo no veía en su mente; todo por ver los ojos jade de Antonio. Aquellas místicas y magníficas orbes que le habían enamorado desde el primer momento en que las había visto.
Pedro se miró al el espejo directamente, recargando su cabeza en el lavabo de mármol, tomando de vez en cuando alguna bocanada de aire por haber salido disparado ante el mandato de Lovino (quien no solamente le había enseñado todo el departamento completo donde trabajaría, sino que inclusive había sido muy amable al mostrarle todo el edificio).
El novio actual de Antonio de verdad que era muy amable, y su singular carácter explosivo le pareció "lindo"… Sonrió un poco al recordar la forma de llamarle "idiota" desde el primer momento en que se conocieron. Lovino era, sin lugar a dudas, fabulosamente sincero, cualidad que él mismo no tenía y que le atraía del joven italiano.
Se quitó la corbata al sentir como si le estuviera asfixiando. Su cabeza nunca se había atrevido a imaginar aquella situación tan extraña. Cuando había tomado la decisión de separarse del español, lo había hecho consciente de todo lo que le esperaría después de esa situación.
En aquellos momentos era un jovenzuelo con poca experiencia, que apenas y conocía el mundo fuera del pueblo en donde se había criado, y cuando conoció al ojiverde y le mostró todo su mundo, le enseñó a leer, a escribir y a aprender otro idioma diferente, pensó que podría solo.
Su cruel realidad había sido otra. Tan dura y angustiante que en muchos momentos quiso borrar el hecho de que Antonio no se encontraba a su lado. Si no hubiese sido por la admiración y el ejemplo de Alfred F. Jones, quien a su joven edad era todo un hombre de mundo que poco a poco prosperaba, probablemente no hubiese llegado a donde se encontraba.
Bufó con cansancio y sin pararse a pensar se apoyó en una de las puertas de los retretes. Recargó su cabeza en ella y suspiró con angustia. Debía de calmarse. Debía dejar de pensar en que en breves momentos vería de nuevo al joven Antonio. Sacó el móvil de su bolsillo con la mano temblándole, marcando un número sin ni quiera dudar.
—¿Bueno…? ¿Te interrumpo? —preguntó.
———
—¿Y esta vez sí me vas a permitir que te bese, o me pondrás la excusa de que estamos en el trabajo, Arthur?
—¿A qué viene eso tan de repente? —exclamó Arthur de forma enojada, quien apenas entraba en la oficina del americano. De alguna forma, el inicio de semana del mes de diciembre siempre era mucho más laborioso que los demás meses. Los artículos de las investigaciones llegaban al por mayor y "mágicamente" se atiborraban en su escritorio. Arthur se masajeó la sien. Realmente deseaba en ese momento una fragante taza té.
—Bueno, es que siempre me pones esa excusa. Voy a creer que en realidad no sabes besar…
—¿¡Qué!? —ladró el inglés, y le señaló—. ¿¡Cómo te atreves a decir que no sé besar!? —gritó. Le lanzó los papeles que sostenía en los brazos con todo su enfado—. De verdad, hay ocasiones en que me pregunto dónde fue que me equivoqué —dijo mientras le miraba con cansancio.
Alfred le miró con una sonrisa, entrelazó sus brazos y agitó la cabeza.
—Estoy en lo correcto, ¿verdad? —se acercó a su mentor; le tomó de los hombros—. En verdad eres más pequeño que yo… —agregó
—¿Por qué dices eso? —preguntó Arthur frunciendo el ceño. Le contempló con expresión dubitativa, viró su vista al ventanal que adornaba la oficina del americano buscando alguna forma de zafarse de su agarre.
Las blancas cortinas le parecieron mágicas y elegantes, meciéndose al compás del suave viento que se colaba por la espaciosa habitación. El gran librero que tenía su joven compañero estaba repleto de libros con toda clase de idiomas. Sin lugar a dudas, Arthur sabía que le había educado de la forma más esplendida que había sabido hacer. Alfred, a sus ojos, era todo aquello de lo cual se sentía orgulloso… Era todo lo que él carecía, comprendía perfectamente que admitir aquello era como confirmar que él era un hombre débil… Un hombre pequeño… y débil…
—¿Qué estás tratando de decir, Alfred? ¿Que soy débil? ¿¡Qué soy un enano debilucho!? —exclamó al tiempo de parar su acercamiento con sus manos rudamente.
—Pero el que seas pequeño no quiere decir que seas débil… ¿De dónde sacas esas ideas?
—¡Aléjate! ¡Aléjate de mí, Alfred F. Jones! Quieres besarme después de haberme dicho debilucho… —gritó el inglés mientras poco a poco era acorralado contra la pared.
—Ya te lo he dicho, el que seas pequeño no quiere decir que te considere débil… Es más… Te me haces muy lindo, Arthur —admitió al final antes de darle una sonrisa alegre. Le tomó fuertemente y sin darle tiempo a reclamar, besó a un sorprendido inglés quien lo único que pudo hacer fue abrir los ojos desmesuradamente.
Arthur aferró su mano al saco del mayor, dejándose llevar por la lengua jovial y coqueta de su pareja. Alfred le tomó de la cintura y le hizo mirarle a los ojos. El ojiverde le rehuyó la mirada en un vil intento de sentirse menos idiota de lo que de por sí ya se sentía. Y entonces fue cuando lo notó. Los hermosos y radiantes iris azules tenían un indescifrable brillo que nunca imaginó ver.
El sonido del celular de Alfred le hizo ensanchar los ojos de forma apresurada. Vio cómo el chico de lentes le retenía en aquella embarazosa situación.
—¿Bueno…? ¡Oh, eres tú! ¿Qué paso? —dijo alejándose del inglés con lentitud.
Arthur se quedó en silencio, tratando de poder escuchar la voz del otro lado del aparato. Se quedó recargado en la pared y miró la espalda de su amante. Porque eso era Alfred, ¿no? Su amante. Su pareja. Sólo suyo y de nadie más. Tenía todo el derecho de saber quién demonios le hablaba a su oficina y a SU celular.
El hecho de no haberse entregado por completo a Alfred no quería decir que tuviera que ser tan desconsiderado como para restregarle sus aventuras en las narices. Torció la boca con enfado y le miró con odio contenido. ¿Quién demonios se creía Jones para coquetear con otro en su presencia? Chasqueó la lengua y dejó el lugar en silencio. Estaba claro, Alfred era un gran idiota… Eso se lo pagaría, ¡y con creces! Tomó el pomo de la puerta y se fue, dando un fuerte portazo.
El sonido de la puerta hizo que Alfred se girara. Le echó una sonrisa triste, afligida. De nueva cuenta, Kirkland le dejaba sin ni siquiera decirle algo de despedida. Arqueó una ceja y dejó escapar un suspiro.
—¿Es algo muy urgente? —respondió con cansancio a la persona del otro lado del aparato.
—Sólo quería darte las gracias
—Oh, ya veo. Siempre tan educado —comentó—. Pero para la otra llamada que realices, que sea a la hora acordada, ¿de acuerdo? —Alfred quiso suponer que aquellos segundos sin ruido eran una respuesta afirmativa.
—¡Hey! Ya podrás verle luego —le dijo riendo ante la forma tan cortante en que el americano se había dirigido a él.
—¿Cómo sabes que me encontraba con alguien? —preguntó el otro con cierta sorpresa—. Voy a creer que también te enamoraste de mí al conocerme, Pedro.
—¿De ti? —respondió—. Podría ser. Podría ser, mi estimado gringuito… —finalizó mordazmente.
—¿A qué vino ese tono? —rebatió Alfred, haciendo que ambos guardaron un inusual silencio. Alfred caminó hacia su escritorio, se sentó en su cómoda silla y empezó a mecerse pausadamente. Recargó su cabeza en el respaldo y miró hacia el techo, tratando de encontrar alguna figura. Se sacó los lentes que comúnmente llevaba, y suspiró, cansado.
—Cálmate un poco, Arthur te quiere más de lo que aparenta. Déjale ir a su ritmo, o terminarás agotándole.
Alfred dejó escapar una gran risa estruendosa haciendo que el otro joven se tapase un poco su oído.
—Realmente, eres la segunda persona que me lo dice… —volvió a callar—. Bueno, ¿entonces me paso por tu casa en la noche? —preguntó un poco más relajado.
—Supongo. Si lo deseas, aunque por ahora… —contestó el otro de forma tímida.
—¿Por ahora? ¿Por ahora qué? ¿Ya tan rápido me has cambiado por ese español? —preguntó con acento enfado.
—¿A qué viene eso? —respondió Pedro con voz apagada—. No tengo por qué cambiar algo que nunca ha sido mío, ¿no te parece? —declaró receloso.
Alfred simplemente ladeó su cabeza, cerró los ojos y miró por la ventana de su oficina.
—Es un reclamo. ¿Estás celoso?
—¿Por qué estaría celoso?
—No lo sé. Tal vez por que soy el héroe que todo mundo desea tener a su lado —admitió el americano.
—Claro, claro. Lo que digas, gringuito —musito el de los ojos negros—. Te veo luego. Y deja de pensar en cosas que no son… —finalizó.
Pedro cerró el aparato con fuerza. Respiró hondamente antes de limpiarse el agua que le escurría por su rostro. Necesitaba hacer que su corazón dejara de latir tan estruendosamente como lo hacía en esos momentos. El saber que trabajaría con Antonio, aquel joven que pensó que nunca más volvería a ver en su vida, le hacía transpirar de la emoción. Una sensación de vacío se acrecentó en su estomago.
¡Eso debía ser una gran broma! ¿Por qué, de todas las personas del mundo, de todos los sujetos que había en el arte de cultura, era precisamente el español con quien debía toparse en su primer empleo?
Pedro maldijo a su suerte, al destino y a su estúpido corazón que no dejaba de palpitar tan fuerte que sintió que se le saldría del pecho.
—Esto no está bien —se dijo a sí mismo para calmarse. Apretó con fuerza los papeles en su mano y se apresuró a llevarlos al departamento de Comida Mundial, esperanzado en que todo eso que le distraía no fuera más que simples ganas enfermas por hablar con el ojiverde como en los viejos tiempos.
———
"La comida mexica es mucho más que platillos típicos de nuestro país, es el reflejo de toda una cultura basada en rituales religiosos, en la magia y el arte. El maíz es su máximo representante, con más de siete milenios de antigüedad y que según los mayas es la creación de los dioses y a partir del cual crearon la humanidad. El origen y cultivo de este nutritivo y rico elemento ha sido base de la alimentación de todas las culturas de nuestro país, por lo que es un símbolo de creencias y de identidad cultural…"
Tachó.
Marco y volvió a releer aquel párrafo una y otra vez, queriendo encontrar miles de errores que sabía que el escrito no tenía.
Volvió a leerlo. Lentamente. Pausadamente, como si las vocales y consonantes tuviera vida y se moviesen de un lugar a otro, cambiando el sentido de la idea principal.
Se sintió un completo estúpido por pensar aquello.
Antonio dejó caer los documentos de su mano sin ganas y enfocó su vista en la pequeña puerta que le separaba del pasillo principal. Se dejó caer en el respaldo de su silla tratando de ocultar su evidente nerviosismo al saber que en cualquier momento su nuevo asistente podría entrar por ella.
Sus ojos olivos se volvieron sutilmente fieros al recordar la manera en que el otro joven le había hablado.
Tan cordial.
Tan educado. De una forma tan común que juraría que ese chiquillo le había olvidado por completo de verdad; que su encuentro en aquellos días en que vagabundeaba por el mundo, no hubiesen significado nada; ¡que su inexplicable compatibilidad nunca hubiese existido! Ahí fue cuando comprendió que, de alguna forma… de alguna forma retorcida y cruel, deseó que aquel salvaje y frágil muchachito de sus recuerdos fuese quien había estrechado su mano momentos antes. Porque de esa forma, seguramente, él podría dominarle como lo había hecho en el pasado.
El castaño se quedó mirando al vacío, queriendo encontrar alguna buena razón para que Pedro le hubiera mirado como a un extraño. Y sin saber, no pudo evitar recordar aquellos ojos oscuros que le miraban de forma llorosa al decirle adiós. Y supo, también, que de alguna forma el joven moreno había actuado de la forma más correcta y prudente que hubiese podido. Porque, ¿qué demonios hubiese hecho él si Lovino se hubiera enterado de la relación tan estrecha que había tenido con el recién llegado?
Un gesto horror apareció en sus facciones. ¡Bendito sea el cielo por que Pedrito haya sido mucho más calculador en ese sentido!, pensó.
Exhaló aire y nuevamente tomó los documentos que se encontraban regados debajo de sus manos. Pensar mucho le hacía cansarse demasiado, y por ahora lo único que debía hacer era terminar con las maquiavélicas pilas de documentos que el idiota–de–Arthur le había llevado.
—Joder, quiero un tomate… —murmuró.
———
El camino hacia su oficina le pareció demasiado corto y transitado. Llegó a grandes zancadas. El enfado por aquel descarado acto de infidelidad, le hacía comprender lo que realmente sentía hacia Alfred.
Él le amaba. Le adoraba hasta la locura. Sabía que su enorme ego había quedado destrozado al habérsele confesado a regañadientes. Y todo, claro estaba, por comprender que Alfred era el idiota número uno que pensaba que todo—mundo—quería—hacerse—uno—con—él—por—que—era— genial.
Había sido paciente.
Había decidido hacerse el sordo.
Inclusive había caído tan bajo como para pedir consejos al pervertido de Francis, quien había salido con una frase que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
"Bueno, cariño… Ya han pasado seis meses, y tú no quieres hacer cosas placenteras con él. Alfred es joven, vigoroso y con un físico que… ¿Acaso no le quieres, Arthur?".
¿Por qué todo el mundo le cuestionaba su amor por Alfred? ¿Acaso no acostarse con él conllevaba el que no le quisiese? ¡Claramente no era de esa forma! Para Arthur, amar a Alfred iba mucho más allá de algo físico y tan frívolo como el sexo. ¿Cómo demonios se atrevían a pensar que podría lastimar a su adorado y pequeño Alfred? ¡No concebía la sola de idea de acostarse con alguien a quien había cuidado, alimentando y sobre todo, querido como a un hijo! ¡Simplemente no podía! No podría.
Se detuvo, incómodo, en el pasillo, dejando salir un sonoro y marcado suspiro, tratando de que todo el estrés que sentía en ese momento se marchara junto al aire que exhalaba de su boca.
"Sólo espero que Alfred no busque en otros brazos lo que no tiene contigo", había dicho Francis.
Eso ya lo sabía. Lo comprendía. Y aun sabiéndolo, no dejaba de retener las ganas por abalanzarse a sus brazos y entregársele por completo. Él era Arthur Kirkland. El fabuloso, genial y fuerte Arthur Kirkland no caería tan bajo como todos los estúpidos sujetos que posiblemente pasaban por la cama del norteamericano.
—Me duele la cabeza —se quejó.
Se adentró hacia el baño para refrescarte un poco, esperando que se encontrara vacío. Debía pensar y ordenar sus ideas o terminaría golpeando al primer idiota que se cruzara por su camino (y entre ellos se encontraba el amante de los tomates y el bueno para nada de Francis).
—Disculpe —escuchó que le dijeron. Se volteó a mirar al dueño de la voz y se quedó en silencio, mirándolo con escrutinio. Reconoció al instante esos ojos oscuros. ¿Qué hacía ese joven en aquel lugar?
—¿Qué haces aquí, Pedro? —preguntó el inglés. Nunca había sabido por qué, pero siempre que ese chico sonreía, pensaba en la sonrisa desesperante que le daba Antonio cuando se atrasaba con su trabajo de redacción.
—Pues… Creo que empezaré a trabajar en este lugar… —confesó el otro sin pena.
—Mmm… Vaya, pues me alegro por ti… —comentó de forma escueta—. ¿Te has perdido?
Pedro le miró con alegría y negó con la cabeza. Se acomodó su saco, la corbata, y se viró hacia el espejo.
—No. Simplemente necesitaba tomar un poco de aire. Demasiadas emociones para mí. Este mundo es mucho más agotador de lo que pensaba; me pregunto cómo Alfred puede andar siempre con tanta energía —declaró.
Un simultáneo tic apareció en una de las cejas del europeo ante el nombre del otro americano. Bufó, molesto, y se miró también en el espejo. Se encontró con los ojos del mexicano y su sonrisa amigable. Arthur, siempre que le veía, de alguna forma comenzaba a sentirse incómodo. Y no porque el joven le pareciera arrogante o altanero, no señor. Era una forma extraña de sentir que ese muchacho le estuviese robando algo… Tal vez en el fondo era que envidaba que Pedro viviese en el mismo edificio que Alfred. O simplemente sentía celos por la relación tan estrecha que mantenía con Jones. Él no lograba comprender por qué siempre que se lo encontraba se sentía extrañamente amenazado.
—Arthur, ¿te encuentras bien? —preguntó.
Pedro se acercó al chico rubio y le tocó la frente con una de sus manos al notar cómo las mejillas del mayor se encontraban sonrojadas. A lo mejor el joven inglés había pescado un resfriado. Le miró con preocupación.
—¿Quieres algo de beber? Alfred siempre se recupera cuando toma alguna bebida fría. Qué extraño, ¿no?
Arthur le miró, sorprendido. Pedro conocía algunos gustos que él mismo desconocía de su pareja. Y entonces el mismo sentimiento de enojo apareció en su pecho. Quitó la mano del joven de forma educada y con acento áspero pregunto:
—¿Te gusta Alfred?
—¿Qué?
—Dije que si te gusta Alfred.
—¿A qué viene eso? —el de ojos oscuros sonrió torpemente, bajó la cabeza y miró al rubio con cierta incomodidad—. Es mejor no preguntar algo… que simplemente no deseas saber… —rebatió—. Tengo que llevar estos documentos. Nos vemos luego —agregó.
Pedro salió disparado del baño sin voltear a mirar al chico de cejas abundantes. Movió la cabeza de forma negativa y suspiró pesadamente. Él jamás amaría a alguien como Alfred, o por lo menos no de la forma que seguramente el joven europeo pensaba. De eso estaba completamente seguro, y sabía perfectamente que tampoco quería entrar en aquel juego extraño que llevaban Alfred y Arthur. ¿Por qué no se confesaba como era correcto?, pensó antes de correr presuroso hacia la oficina del español.
"Sólo deja de latir como idiota", pensó al tocarse el corazón.
Arthur se quedó en silencio. Abrió el grifo de la llave del agua y la dejó correr… El sonido le hizo comprender cuáles eran sus verdaderos sentimientos… No sólo con Pedro, eran Kiku e inclusive Iván. Todos. Absolutamente todas las personas que se la acercaban le provocaban aquello… El rubio se sintió un completo estúpido por no percatarse de ello… ¡Estúpido, infantil y trastornado!
—Estoy celoso —confesó. Tomó con fuerza sus cabellos y dio un sonoro golpe en el mármol del lavado. Todo, como siempre, era culpa de Alfred…
El idiota de Alfred.
Continuará…
Aquí me explicación. Soy torpe. Y no que cosa apreté la primera vez que publique. Había tres hermosos comentarios que perdí, pero, que tengo en mi cabeza. Gracias a ellos. Se agradece que comenten. En verdad. Los leí. Y gracias a la chica que me mando el cuarto… Si. Lo continúe. Gracias por querer que lo hiciera.
No se que más decir… Mucho Occ. Muchas cosas sin sentido. Espero mejorar con el paso del tiempo.
