Les publico nuevo capitulo antes de que realice un viaje fuera de la ciudad y en el cual quizá no tenga un espacio libre para escribir, dado que será un viaje de ciertas cosas que decidirán algo importante en mi vida, por lo que espero que este capitulo les satisfaga. Intente hacerlo un poco más largo, así que espero les agrade el desarrollo de esta historia.


-2-

Tragicomedia.


Su aliento, perfumado y vaporoso, sus manos, cuan garras bestiales, sus ojos, cuan demonio infernal. Ahí pues, se encontraba ella, de rodillas temblorosa y cuya sangre emergía de su boca sin poderla detener junto a aquel dolor apretante, devastador y ardoroso. Sus manos, inquietas y revoltosas se arremolinaban contra su boca, incapaz de gritar para satisfacer su suplicio, incapaz de morder o rasguñar para saldar su necesidad.

Pues entonces, antes de que pudiera ahogarse no sólo en la desesperación y la agonía, el sonido de una carcajada inmunda la atormentaría por siempre.

—Mi pequeña… - esas horribles palabras vagabundearon sin cesar. —Ni una palabra, ¿Lo entiendes? Si llegas a decir algo más… - y no terminó su frase, en lugar de eso se lamió los labios y volvió a reír.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, su corazón de pena, su mente de pesadillas y su rostro de marcas que jamás se borrarían.

—Llegamos. – dio un respingo cuando la voz firme y característica del conde le llamó como si se tratara de una sicofonía. Abrió los ojos pávida y rápidamente se aferró a lo primero que tenía a la mano, es decir, el asiento de cuero. Respiró azorada e inmediatamente se giró para verse atrapada en aquel coche de madera frente a un imponente señor. Tragó saliva y rápidamente bajó la cabeza, en sumisión y temor.

—¡Mi señor! – lo recibió amablemente su mayordomo. La puertezuela se abrió rápidamente y en lugar se proseguir con su característica algarabía se detuvo en seco al contemplar a la joven al otro lado de su amo.

—Kabuto. – Sasuke fue el primero en salir. —Ella será nuestra nueva adquisición. – comenzó a caminar hacia la puerta de la casona. El sirviente se llevó una mano a sus gafas y las acomodó para poderla apreciar mejor.

—¿Una esclava, mi señor?

—Sí, llévala con las demás, que le asignen un lugar de trabajo, ropa nueva y que esté en funcionamiento cuanto antes. – dio otro paso y un ruido gracioso y característico lo hizo detenerse. —Y dale algo de comer. – sin más, terminó de entrar.

La chica miró al mayordomo, expectante. El hombre, sin ninguna clase de miramientos la tomó de un brazo, cerrando perfectamente su mano en su circunferencia y la haló hacia él para sacarla del carro.

—Andando, mancharás el carruaje. – ella opuso un poco de resistencia, pero tras darse cuenta que era claramente más fuerte desistió.

La llevó, tras la vista de los pocos sirvientes que ahí moraban, al patio trasero, no esperaba una fiesta de bienvenida o algo, pero tampoco que tuvieran algún tipo de consideración con ella, después de todo. Kabuto la condujo en silencio y tras una inesperada risa dejó de sentir la presión de su mano sobre ella para decir ser bañada por un balde de agua helada. Reprimió un grito y toda ella tembló de pies a cabeza.

—Estás muy sucia. – le dijo para volver a mojarla. —Bien, ahora necesitaré que esperes aquí. – la pobre muchacha tiritó un poco y se apresuró a quitarse el agua de encima.

—¿Quién es ella? – mencionó una voz femenina desconocida. Kabuto veía acompañado de una mujer de mediana edad, de cabellos castaños y mirada desafiante.

—Será la nueva esclava, el amo la compró hace un rato. Dijo que se le diera un trabajo y nuevas ropas. ¿Podrás hacerte cargo, Anko? – en la mirada del chico de cabello plateado tan sólo se podía reflejar burla, pero ella lo ignoró por completo, se fijó mejor en la mujer que tenía al frente.

—Veré que puedo hacer. – se cruzó de brazos. —¿Cómo te llamas? – ella le regresó una mirada recelosa y furtiva. —¿Qué, acaso no tienes nombre? – se burló Anko.

—Parece que no. Hace un momento acabo de bañarla con agua helada y no dijo ni pío.

—Pues será muda. – concluyó la mujer. Se acercó a ella y le alzó la barbilla sin ninguna clase de cuidado, apreció su rostro, encontrando el moretón y la reacción de dolor de la chica ante su contacto rudo. —No te ha ido muy bien, eh. – también le palpó los brazos y las caderas. —Estás tan delgada que parece que vas a quebrarte con la más fina brisa.

—Me iré, Anko. – Kabuto dio media vuelta. —Espero que la incorpores con las demás cuanto antes.

—Sí, sí, ya deja de molestar. – rodó los ojos ante la insistencia del mayordomo. Nuevamente, una vez que se fue, volvió a examinarla. —Está bien, dado que no puedes hablar y no sé cómo te llamas supongo que te bautizaré. – guardó silencio un momento y después de escanearla concluyó en algo. —Tienes una linda cara, lástima por tus heridas. Tu cabello es algo exótico y tus ojos también. ¿Qué tal si te llamo Hana? – ella no se quejó. —Perfecto, Hana serás.- la instó a seguirla. —Creo que Kabuto se me adelantó y te dio un baño, pero aún no terminamos. Necesitamos cambiarte de ropa y buscar un trabajo que puedas hacer.

Hana no dijo nada al respecto, tan sólo asintió y se resignó a caminar tras Anko. La vida de una esclava siempre era difícil, por no decir un calvario.

Se llevó a los labios la copa de vino y bebió con parsimonia pero ansioso. Suspiró tranquilo mientras cerraba los ojos tras disfrutar de su robusto sabor. Se encontraba sentado en su estudio, tal y como era costumbre en él, después de comer y de revisar sus pendientes. Una vez que terminó su copa sacó de unas carpetas de cuero varios documentos, entre ellos algunos recientes de la corona que le invitaban a diferentes conferencias y reuniones diplomáticas como el noble que era. En otros, sobre sus socios de negocios, cartas y estados de cuenta, en los cuales fluctuaban sus ganancias.

Sasuke llevó su mano derecha hacia un tintero y comenzó lentamente a remojar una pluma, después escribió tranquilamente, hizo cálculos en silencio y releyó los papeles.

—¿Amo? – alguien llamaba a la puerta lo cual lo distrajo más no respondió. —¿Amo, puedo entrar?

—Hazlo. – dijo con voz seca.

—Con su permiso. – entró Kabuto con la clara intención de recoger su copa. —Veo que está trabajando, no lo molestaré tan sólo…

—¿Ya le asignaste un trabajo? – preguntó Sasuke, interrumpiéndolo.

—¿Señor?

—La joven. – aclaró.

—Ah, sí, en estos momentos Anko se encarga de sus tareas, ¿O es que quieres asignárselas usted mismo?

—No. – sus respuestas eran tan serias y monosilábicas que siempre lo hacía sentir incómodo. —Toma. – le dio la copa. —No me molesten hasta que sea la hora de cenar.

—Sí, señor. – cerró de nuevo en silencio. Sasuke quedó solo otra vez, pero en ya no regresó al trabajo. Giró con cuidado y buscó entre un librero una pequeña apertura, quitó varios libros y luego se encontró con un pequeño cajón secreto, ahí dentro yacía un trozo de papel casi carbonizado, Sasuke lo sacó de su posición y lo apreció con cuidado, era una foto familiar; él tenía siete años y estaba en compañía de su familia, según podía recordar ese día habían hecho una fiesta, era el cumpleaños de Itachi, quien por cierto acababa de graduarse en una carrera comercial prestigiosa y además había sido aceptado en un prestigioso colegio militar, en el cual haría historial para ingresar a la guardia real.

Dejó salir el aire de sus pulmones y guardó la foto. Recordar el pasado tan sólo le daba dolor de cabeza. Sacudió la cabeza y regresó al escritorio, pero, en vez de revisar los documentos gastó su tiempo apreciando la pequeña flama de una vela que había durado encendida toda la tarde.

No se dio cuenta, pero su mente lentamente viajaba a un lugar no muy lejano, un lugar oscuro y horripilante; y casi como si de un agujero de gusano se tratara escuchó los grito horridos de su madre y padre, después mucha sangre, el rostro de Itachi con gruesas lágrimas que brotaban mientras intentaba decirle algo, pero que simplemente no podía escuchar.

Sasuke…

Sasuke…

Sasuke-sama…

—Sasuke-sama. – reaccionó entonces cuando tras los toques de la puerta y la voz de una de las criadas. Parpadeó un par de veces y se levantó, la vela estaba apagada. Abrió la puerta de golpe y la chica que estaba al otro lado, a la cual no le conocía el nombre se encogió por la forma tan inesperada de su audiencia. El rostro de Sasuke era serio y tenía el ceño fruncido.

—¿Qué? – dijo de golpe, la chica tragó saliva.

—La cena, mi señor. – se inclinó ante él.

—Estaré allí. – cerró la puerta entonces y la chica abandonó rápidamente el sitio. Una vez del otro lado de la puerta sobó entre sus cejas y respiró para tranquilizar su corazón, el cual latía demasiado rápido.

Las tareas que Anko le había asignado eran un poco más de lo que anteriormente había hecho con el posadero. Como la casa era muy grande y eran pocos los empleados, debían hacer el doble de esfuerzo por mantener la mansión funcional. Ese día no había parado en absoluto. Eran en total cinco criadas, contándola a ella más Anko. La mujer de ojos castaños era la asesora, ella era la jefa en estatus y era la única que no fungía como esclava. En sí, de hecho, la única que parecía una esclava era ella, puesto que su estado de salud e higiene eran muy inferiores que las otras.

Pero eso cambiaría, o al menos eso le había dicho Anko, mas dado las cantidades de tareas que tenía que hacer lo dudaba. A penas le había dado tiempo de presentarla hacia las demás y vestirla ya la había mandado a hacer quehaceres. Su primera tarea era ir al huerto y recoger algunos frutos para preparar la cena. La mansión estaba ubicada en las afueras del pueblo, y tenía un huerto modesto con gran variedad de frutas, así como un establo para algunos animales y una cochera en donde reparaban los carruajes.

Trabajaban ahí también algunos hombres, ellos se dedicaban al mantenimiento de los jardines, los animales y los árboles frutales. Pero lo que más le llamó la atención fue un apartado especial del sitio que tenía viñedos. Metros y metros cuadrados de deliciosas uvas, así como un almacén especial. Comprendió que la casona estaba dividida en dos grandes rubros. Lo que podría considerarse una "hacienda" en donde se encargaban de cosechar y cuidar a los animales para la manutención de la misma, y la otra, que consistía prácticamente en la vivienda del conde.

En retrospectiva el sitio era enorme y los empleados que trabajaban en la cosecha vivían modestamente a los alrededores, dependiendo prácticamente de un salario proporcionado por el mismo noble. Así pues, la casa parecía ser otro universo interrelacionado. Pues aunque ahí hubiera pocos empleados dedicados a las tareas domésticas como la limpieza, la cocina, lavandería y demás, se trataban de las mismas personas que trabajaban en el campo.

Como verán, ella era sumamente analítica e inteligente, demasiado para alguien de su clase. No obstante, a pesar de ser tan brillante y lista, se limitaba a cumplir con lo suyo sin molestar a nadie. Así que, siguiendo dócilmente las órdenes de Anko, tal y como solía hacerlo desde una corta edad hizo todo lo que le pidió. Lavó la ropa, remendó otra, sacudió algunas alfombras y acomodó trastos en la cocina.

Hubiera podido hacer más, pero deliberadamente no pudo terminar. Fingió que no pasaba nada, pero cuando el resto de las mujeres no la veía se recostó en una de las paredes resistiendo todo el agotamiento y el hambre que no la dejaba continuar. No quejarse, era la principal regla, pero su fatigado cuerpo no parecía estar de acuerdo. Caminó lentamente, aferrándose a las paredes. Las mujeres estaban muy ocupadas terminando sus pendientes y acomodando la mesa, que no quiso molestarlas.

—Ah, Hana. – Anko la vio de pie en la cocina, sin hacer nada y tras fruncir el ceño se acercó a ella para sacudirla por los hombros. —Deja de haraganear, toma, lleva el vino, el Conde Uchiha no come sin su vino. Después de todo es lo que lo mantiene rico. – le dio la botella abierta y una copa ya servida en una bandeja de plata. Ella asintió, resistiendo los calambres que su insistente estómago le daba en protesta por no haber comido.

Al parecer Kabuto jamás obedeció la orden que el mismo conde le había dado, pues tras entregarla con Anko no había visto nada de comida, al menos no para ella. Por lo que, resignada y cooperadora asintió mientras tomaba la charola y caminaba lentamente hasta la mesa.

Pero, por cada paso que daba, sentía que todo su cuerpo temblaba y se tambaleaba pesadamente. Su vista llegó a borrársele a ratos, mientras intentaba continuar y llegar a la mesa. No fue hasta que pasó el arco que daba al comedor que ya no pudo avanzar más. Resbaló sin querer y al sentir que caía sus sentidos despertaron, lamentablemente no lo suficientemente rápido. La botella cayó al suelo y se rompió, la copa por otro lado se derramó por completo a los pies de alguien.

No pudo frenar su caída y atinó a meter los brazos para proteger su rostro. Se levantó lentamente y lo primero que escuchó, además del cristal quebrándose, fue una exclamación asustada por parte del personal y entonces vio frente a ella un par de pies envestidos en finas botas de piel, ahora manchadas por el licor. Alzó su cabeza para encontrarse con los ojos negros y reprobatorios de su patrón.

—¿Hana, te hiciste daño? – interrumpió una de las más jóvenes de las sirvientas, su nombre era Megumi.

—¿Hana? – Sasuke habló para sorpresa e intimidación de todos. —¿Te llamas Hana? – reiteró.

—N-No lo sabemos, amo. – Anko se atrevió a interrumpir la conversación. —Ella es muda, no puede hablar.

—¿Muda? – en ningún momento despegó su mirada de ella, quien para sorpresa del conde tampoco retiró la suya. —Y torpe.- miró sus botas y la alfombra. —Levántate. Hazlo ya. – lo dijo con más fuerza y la muchacha obedeció, se alzó lentamente hasta posarse completa. El hombre era visiblemente más alto. —Me gustaban este par. – dijo refiriéndose a sus botas. —No descansarás hasta que le saques cada gota, también limpiarás el tapete. ¿Tienes algo que decir? – desafió cínico. Ella, por supuesto, no dijo nada. —Bien, eres sumida, me parece correcto. – inesperadamente la tomó del cuello y despertó el miedo en la joven, quien parpadeó y se removió inquieta en la gran mano del Conde, que no le ahorcaba, pero si le apretaba. —Que no se repita. – la soltó con un leve empujón y volvió a caer sin fuerzas para frenarse. Todos miraron la escena con tensión. Uchiha alzó una ceja. —Sí que eres torpe. – tras esto se sentó en la mesa y esperó a que le sirvieran.

—Señor, si gusta podemos retirarla de su vista para que no se incomode...

—Kabuto. – era una costumbre muy arraigada la suya, pero el interrumpirlo sólo le daba diversión. —¿Le diste de comer, como te pedí?

—¿A quién, mi señor? – tras decir esto se ganó una mirada furibunda por su parte.

—¿Eres sordo acaso? – gruñó, todos volvieron a paralizarse. —¿O sólo tonto?

—Disculpe, amo. – inclinó su frente, Sasuke miró a la chica, quien ya había empezado su labor de limpiar con suma lentitud. —Lo olvidé.

—Si hubieses hecho lo que te dije, cuando te lo dije, esto no habría pasado. – reprochó Sasuke. —Dale algo de comer y todos fuera de aquí, que continúe limpiando cuando acabe. – sus órdenes se cumplieron al pie de la letra esa noche.

Sasuke comió tan rápido que al cabo de quince minutos el resto de los criados ya estaba recogiendo los trastos sucios. Generalmente las actividades fuertes terminaban cuando el amo se iba a dormir, por lo que restaba de la noche era hacer los últimos ajustes para continuar el día de mañana. Por ello, todos se fueron a dormir, todos excepto Sakura y el velador, que caminaba por toda la mansión en silencio, pero que generalmente lo único que buscaba era un lugar en donde dormir cuando nadie lo estaba viendo.

Y ahí estaba Sakura, tallando sin parar con una cubeta de jabón al lado y un cepillo duro y maltrecho por tanto esfuerzo. Estaba sumamente sudorosa, sentía que la mugre se le pegaba a la piel y sus cabellos le estorbaban para mirar. Al menos ya había comido. Después del incidente el mayordomo la había llevado a la cocina a regañadientes, la había dejado de pie mientras le pedía al cocinero que le entregara algo de comer. El hombre, de edad avanzada miró a Sakura con un gesto paternal y le entregó un vaso con leche, unas cuantas uvas, dos hogazas de pan untadas con un poco de mantequilla.

Mentiría si no dijera que era de las mejores cosas que había probado en su vida. Las comió tan a gusto y tan agradecida, que la chica lloró en silencio mientras le daba una mordida a las rebanadas de pan. Luego de eso, Kabuto volvió a emerger para decirle que no perdiera tiempo y que limpiara el desastre que había hecho. Así que hela ahí, arrodillada y trastabillando sin parar. Ya estaba entrada la noche, quizá un poco más de las doce horas y continuaba su labor sin replicar.

Sin embargo, aunque era muy perseverante su cuerpo exigía el descanso prometido y, tal como durante la cena, su visión no era nada buena. La pequeña vela que le adornaba para que durante la penumbra pudiese ver lo que hacía se apagó tras una pequeña ráfaga de viento fresco. La chica se detuvo inmediatamente, percatándose de la ausencia de luz y deseo tener algo con que encenderla.

—¿Aun no has terminado? – cada poro y folículo de su cuerpo se erizó al escuchar la voz del amo. Volteó a todas partes y no logró ver a nadie, entonces se levantó y retrocedió para chocar con un cuerpo mucho mayor al suyo. Se giró tan rápido como pudo y estaba tan mojada, jabonosa y sudada que, de nuevo y para su mala suerte resbaló.

El golpe sería directo en la parte posterior de su cabeza si no fuese porque un brazo ajena la sujetó firmemente y con suma facilidad.

—Enserio que eres torpe, tu antiguo amo no mentía. – Sasuke se inclinó levemente, por una de las ventanas los rayos lunares les permitieron verse. Ella le miraba desconcertada y por una extraña razón, aquello le fascinó. Acercó su rostro peligrosamente al de la chica hasta recibir su cálida respiración y escuchar su desbocado corazón. La chica tragó saliva y vanamente hizo amago por liberarse.

Sasuke sonrió en la comisura de su labio.

—Está bien, no te golpearé. – su mirada viajó a la mejilla amoratada que tenía. —Te han dado una buena paliza, eh. – la liberó, Hana mantuvo el equilibrio esta vez. —No has sacado la mancha de mis botas. – recriminó Sasuke. —Y ya es muy tarde. – respiró, bañándole de sus aliento. Entonces repentinamente sintió que la tomaban desde la raíz del cabello y lo halaban hasta postrarla ante sus pies. —Tu nombre no es Hana. – gruñó Sasuke, con odio acumulado. —No puedo asegurarlo, pero sé que no te llamas así. – apretó sus dedos y ella gimió un poco por el dolor. —Muda o no, lo averiguaré. – entonces, de la misma forma que la hizo arrodillarse la obligó a levantarse. —¿Nos conocíamos antes no? – preguntó en un murmullo, pero como era habitual, ella no respondió. —Tus ojos son hermosos. – susurró Sasuke, lo cual la sorprendió y la reflejó perfectamente. —Tus labios son apetecible, tus caderas se ven firmes, pese a tu desnutrición. – pasó la lengua por sus labios. —Tu cabello… huele diferente, es un aroma exótico, como tú. – la acercó a su cuerpo y bajó el rostro hasta llegar a su oído en donde continuó monologando. —Yo sé que sólo eres una esclava, pero recuerda esto, tu vida me pertenece y me interesa, así como sé que tu verdadero nombre no es Hana. – de improviso sus labios se posaron sobre la piel de su cuello, ella sintió un escalofrió. Acto seguido, tal y como había llegado la soltó y dio media vuelta.

Si el corazón de Hana había latido por encima de la normalidad, ahora sentía como si jamás fuese a normalizarse. Fue así que el resto de la noche y la madrugada se dedicó a limpiar lo que había ensuciado. El Conde le había dejado sus botas a un lado de la cubeta y ahora que había terminado de limpiarlas las dejó audazmente a la puerta de su alcoba. Corrió entonces en donde sería su sitio para dormir y durmió una mísera cantidad de tres horas.

Anko la levantó, como al resto de las criadas les asignó labores. Como era de esperarse le preguntó cuánto tiempo había tardado, pero Hana simplemente se encogió de hombros y se dedicó a hacer lo que le habían pedido. Cada destacar, que el resto del día intentó ignorar al amo lo más posible, cuestión que no fue del todo difícil, pues Sasuke salió muy temprano a dar una vuelta por los campos, se reunió con unos socios y no regresó hasta ya muy tarde.

Ceno solo otra vez y al término pidió que se retirase los trastos sucios. Hana no quería ir, en serio que no, pero Anko le asignó esa consigna y tuvo que ir donde el amo y comenzar a recoger todo.

—Los zapatos. – dijo Sasuke, deteniendo la caminata de la esclava y viéndola esperar por el resto de sus palabras. —Han quedado bien. – dijo Uchiha. —Pero has tardado demasiado. – su ceño se frunció. —Por tal motivo… - Anko estaba cerca de ellos. —Anko, a partir de ahora le asignaré una tarea especial, ella será quien limpie las alfombras… sola. – generalmente esa tarea se hacía entre dos, pues los tapetes de la casa eran muy extensos y juntaban demasiado polvo, por lo que hacer esa tarea sola le llevaría más tiempo y esfuerzo aún.

—Como ordene, amo. – se inclinó y con la mirada le indicó a Hana que se diera prisa. —Comenzarás mañana, Hana. – la chica, sin voz ni voto simplemente asintió.

¿Qué más daba? Si después de toda su vida no era una tragicomedia.

Sasuke se encontraba sentado en su estudio, para variar. Ahí, cerca de su escritorio y del candelabro triple de mano que tenía sobre el mismo, había un libro que continuamente leía. Se trataba de un árbol genealógico, la historia de la familia Uchiha y sus orígenes. Tenía una página a la vista, pero no estaba leyendo nada en particular, sólo observaba.

Se levantó y caminó un par de metros al interior de su estudio, ahí había una sillón de terciopelo y una chimenea que comúnmente apagaba en estas fechas por el comienzo del calor. Pero ese día en especial tenía frio, demasiado. Así que lanzó algunos leños y una chispa, el fuego creció rápidamente y en cuestión de segundos sus ojos reflejaron las flamas que iban y venían de aquí para allá.

No pudo evitar recordar el fuego de aquel entonces, los gritos, el olor, el color… era como regresar en el tiempo. Parpadeó un par de veces, no es que tuviera pirofobia, pero recientemente su mente divagaba cada que veía las llamas y, por alguna extraña razón recordaba aquellos sucesos de hacía diez años. Se pasó una mano por el cabello y respiró frustrado. Se sentó en el sillón y cerró los ojos para dormitar.

Tal como era de esperarse, su mente lo llevó a una horripilante pesadilla. Las visiones eran claras, el dolor era real, su sueño no era un producto de su imaginación, era un recuerdo.

A donde quiera que mirara era un mar de fuego, sus brazos doloridos arrastrando las cenizas de lo que antes fue un piso de madera. Todo en su cuerpo parecía hervir. Tomó entonces un tablón y lo arrancó, cortándose la piel en el proceso; y tras lanzarlo lejos sintió que alguien caía a su lado y lloraba. Su visión estaba borrosa, pero pudo distinguir un cuerpo pequeño a su lado, quiso ponerse de pie, quiso ayudarle a escapar y cuando logró hacerlo una viga al rojo vivo le azotó desde arriba, quemándole y tatuando algo más que la piel.

Sasuke abrió los ojos azorado. Tosió un par de veces y se percató que el fuego ya estaba extinto. Se frotó la cara un par de veces y emergió, dispuesto a tomar un vaso con agua. Caminó, tan silencioso como era habitual y al pasar por el comedor, pues era necesario para llegar a la cocina, logró distinguir a lo lejos una silueta que vagaba, de la misma forma que él, por la casa. Por un momento pensó que era el velador, pero al comprobar que andaba sin lámpara se tensó y frunció el ceño.

Si había algo que no toleraba eran los ladrones. Así que se apresuró a llegar donde aquella silueta y sin darle tiempo a responder la tomó de la parte trasera de la cabeza y la sacudió con fuerza pura. Lanzó su cuerpo contra una mesa de la cocina y escuchó un gemido doloroso conocido. Sasuke parpadeó un par de veces y se acercó a verificar su acción. Ahí estaba la chica de antes, la misma esclava que había conseguido en la calle, tenía en el rostro algunas migajas y en el suelo se visualizaba perfectamente una rebana de pan de caja.

Comprendió entonces lo que hacía.

—No me gustan los ladrones, pequeña. – se acercó a ella y le tomó del brazo, mas la chica no reaccionó. Se tensó y se apresuró a comprobar su pulso, estaba viva, pero del susto la había hecho perder la conciencia. —Chica torpe. – dado que era realmente delgada la alzó sin dificultad, la pegó a su pecho y después la acomodó sobre su hombro, tomó el vaso de agua que en un principio había buscado y se fue con ella a cuesta.

Llegó a la sala y se apresuró a acomodar el cuerpo sobre una de las alfombras. Aunque estaba muy oscuro era capaz de verla. Analizó su rostro unos segundos y, de repente, como si fuese una vorágine que se extendía desde lo más profundo de su corazón sintió una punzada en su bajo vientre y apetito, mucho apetito. Miró la comisura de sus pechos, el borde de su vestido, sin notarlo demasiado llevó una de sus manos hasta uno de sus muslos y acarició lentamente. La chica tenía cicatrices exiguas, pero casi imperceptibles. Por otro lado, existía el hecho de tener una piel sumamente tersa y cálida.

Registró entonces sus pechos, no eran pequeños, pero tampoco muy grandes, estaban bien, para una mujer de su edad, de la cual no parecía salir de la segunda década de la vida aún. Estaban solos y él era un hombre, además de que ella su esclava, nadie podría recriminarlo. Bajó su boca con lentitud, un calor agradable se despedía de la chica, demasiado adictivo. Cuando llegó a la piel la besó tranquilo y después hundió su cabeza entre sus pechos. No fue hasta que sintió los latidos de su corazón bajo su mentón que alzó la cara y sintió como ella jadeaba asustada.

Estaba despierta, era seguro. Sasuke la miró a los ojos aún en plena oscuridad y no necesitó más que su imaginación para darse cuenta que la chica estaba asustada.

—Shh… - la tomó de la mandíbula con una de sus manos y le cubrió la boca, pese a que la chica no podía hablar. —¿Qué hacías robando comida a estas horas? – le dijo sumamente calmado. Ella pasó saliva, por lo que pudo sentir los movimientos tenues de sus músculos. Sasuke sonrió, nunca nada le había dado más satisfacción y era enfermo si lo pensaba bien. No es que no conociera el placer tan inmenso que el sexo opuesto puede ser capaz de dar, así como tampoco era un pervertido, pero sin duda el sentir a su pequeña esclava agitada, indolente, sumida y algo desafiante al mismo tiempo, lo emocionaba a tal grado que le causaba una extraña sensación en su bajo vientre que subía por todo su abdomen hasta la garganta.

Dado que ella no dijo nada, decidió retroceder un poco para darle espacio. Por Dios que cuando lo hizo sintió las irrefutables ganas de lanzarse sobre su cuerpo y tocarlo a su antojo, como si fuera un bárbaro. Pero se contuvo por una simple razón que nació entonces en su cabeza al darse cuenta de aquellos sentimientos tan lascivos: ella era una esclava y una mujer, simplemente por orgullo no debía ponerle las manos encima.

El cuerpecillo de ella se alzó hasta colocarse de pie y Sasuke le siguió, intimidándola un poco por la diferencia de tamaños. La chica pensaría que Sasuke era así todo el tiempo, pero en realidad no, Uchiha yacía desconcertado por dentro, pues jamás, aunque ya había experimentado la excitación sexual antes, pensó que una simple chiquilla, de cuerpo escuálido y malnutrido, con heridas casi borradas por el paso del tiempo y sin ser capaz de siguiera decir una palabra en defensa propia le causara tal malestar.

—Regresa a tu cuarto, ahora. – ordenó al ver que nadie concertaba ninguna clase de comunicación. Ella asintió y salió de ahí lo más rápido posible. Sasuke por otra parte, permaneció de pie en la penumbra, en una lucha consigo mismo.

Para cuando Hana llegó a su cuarto se abrazó a sí misma y dejó salir un sollozo. Se llevó una mano a la boca y la mordió lo suficientemente fuerte como para no gritar. Miró al resto de sus compañeras que dormitaban sin hacer un solo ruido y un tanto avergonzada caminó lentamente hasta el catre que le tocaba a ella. Se recostó en silencio y miró el techo por incontables minutos, pensando una y otra vez en lo sucedido.

Tomó la sabana maltrecha que cubriría su cuerpo en aquella noche fresca y cerró los ojos intentando pensar a algo feliz, encontrándose a sí misma como una niña pequeña de cinco años, siendo cobijaba por los brazos de su madre quien le acariciaba la cabeza y la espalda lentamente, tarareando una cancioncilla que a estas alturas no había olvidado, repitiendo su nombre una y otra vez.

Mi pequeña Sakura.

Entonces sonrió y su mente se perdió nuevamente en un mundo de sueños.

Continuará…

Sí, Sasuke y Sakura comienzan a interactuar de una forma más cercana, siendo Sasuke el principal interesado en la chica. Vemos un poco más del subconciente de Sakura, pero aún no se explica por qué no puede hablar. Espero que esto les cause mucha intriga, pues yo estoy emocionada por el desarrollo que va tomando. En fin, espero les guste.

¿Merece un comentario?

Yume no Kaze.