SALMO DEL ÁNGEL CAUTIVO
¿De qué me sirve que hayas creado hermoso el mundo?
¿De qué me sirve que semejante a la miel tu luz se filtre por los espesos pinares?
¿De qué me sirve que los ríos me inviten a la delicia solitaria del baño
y que todas las cosas, en radiante oleada de hermosura, me circunden¿De qué me sirve
todo, si estás callado, si vuelves
el rostro de mí, si no me oyes,
si me apagan tu voz, si a mi alma te nublan?
¿De qué me sirven todas las cosas,
si has puesto cautivo, Dios mío, un ángel ciego en mi alma
y van cantando mis labios (sus ojos llorosos, sus tristes pupilas en sombra)
y mis ojos (sus manos celestes) van acariciando, besando las bocas,
como pétalos de viento suave?
(Ricardo Molina, A orillas del tiempo)
CAPÍTULO II
No sabía cómo había empezado todo. Era como si su mente hubiese extraído de él aquellos recuerdos, aquellas vivencias, su génesis, y se hubiera limitado a evolucionar su cuerpo, sin memoria, sin conciencia de sí mismo. Sí, desconocía cómo había comenzado su maldición, cómo había enmudecido su alma y cómo había perdido la llave de su corazón. Como si aquel infernal tormento suyo lo hubiera acompañado toda la vida, hubiera sido su idiosincrasia desde antes de nacer, su fugaz estrella cuando aún era no más que una criatura asexuada. Volvía la mirada atrás y el pasado le rehuía; sólo doradas hojas de otoño y lágrimas de nieve que empañaban los cristales blandos de su mundo; cristales aquellos que lo alejaban, que lo separaban de los verdes campos, del azul del cielo, de las risas inocentes. Hojas de otoño y lágrimas de nieve que el silencio devoraba en infinitos parlamentos interiores, en disputas consigo mismo, en voraces amenazas de muerte. No, por más que se esforzase era incapaz de devolver al presente aquellos primeros recuerdos, primeros y amargos, que la mente había solapado en la sabiduría infinita de su bienestar.
Ya jamás volvería a ser niño. La posibilidad de reír francamente, despreocupado, dejando para mañana cuanto le pudiera pesar, había sucumbido. Ese mañana que se le antojaba infinito e imperecedero, aquel mañana abstracto, aquél que apenas conseguía ya recordar, aquél, había llegado. El niño, dondequiera que hubiese sido enterrado, ya no reía. Jugaba entonces indiferente al mundo y sus ambiciones, a su corazón, pues no era momento aún de amar. ¿Qué importaba que él fuese diferente? Para él quedaba. ¿Qué importaba que no existiese valentía bastante para afrontar la verdad? El niño no viviría el mañana; reiría el presente.
Tempus fugit.
El joven no sonreía ya. ¿Dónde está el niño?... ¿Volvería a serlo algún día?... Ya no sonreía. El mañana lo había asaltado, lo había envuelto, pero él vivía aún en la esperanza de que un día sucediese a otro, de que el «hoy» fuese sin tribulaciones y el «mañana» callara para siempre en el sueño infinito de una noche sin despertar. Pero despertaba... y el «mañana» se postergaba nuevamente.
¡Cuántas veces el ángel me decía/ «Alma, asómate agora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía»¡Y cuántas, hermosura soberana/ «mañana le abriremos», respondía/ para lo mismo responder mañana!
Para lo mismo responder mañana...
Se angostaba, se encogía, la llave perdida de su corazón senil, de lento latido, colocado en pecho equivocado, joven y lozano. Vivir quería el presente, sin conciencia del mañana. Carpe diem, al levantarse; tempus fugit, al irse a la cama.
Para lo mismo responder mañana...
Sirius, frente a él, miraba al pobre licántropo con ojos de cordero degollado. Extendió la mano sobre el hombro de su tierno amigo, por ver si así cesaba el llanto de éste; pero, en lugar de conseguirlo, las lágrimas arreciaron en las mejillas del muchacho. El animago estaba francamente preocupado, pero lo más que conseguía hacer era intercambiar preocupadas miradas con James, quien se las devolvía no menos intranquilo que él. Fue éste quien propuso que subiesen al dormitorio, a la intimidad de los dinteles, para conversar. Pero Remus se opuso con un sencillo cabeceo: allí estaría Peter y no quería que éste se enterara todavía; no, al menos, hasta que sus otros dos amigos, los cruciales, lo respaldaran o lo crucificasen: ellos echarían su suerte. Tras esto, Sirius abrazó a su amigo para ocultar sus lágrimas de los curiosos compañeros que se habían ido acercado. El gesto había sorprendido a Remus, quien abandonó por un momento sus hipidos y gimoteos. ¿El último abrazo, acaso?... ¿El atisbo del Cielo antes de precipitarse en los Infiernos?...
–Si no me cuentas dentro de un segundo lo que te pasa, Lunático –le dijo en tono cariñoso y de chanza–, te saco la verdad a golpe de puños. –Y se rio, provocando en el cabizbajo híbrido una incipiente sonrisa. Éste, no muy convencido de cuanto debía de hacer, les indicó con un gesto de cabeza, pues las palabras le faltaban, que lo acompañaran. Salió en primer lugar, seguido inmediatamente por los intrigados y no menos inquietos James y Sirius, que lo siguieron un rato en silencio. Remus no parecía dispuesto a entablar conversación alguna antes de llegar al sitio que, interiormente, hubiera convenido, con lo que las constantes preguntas de uno y otro fueron infructíferas. Sólo cuando se aproximaron al Sauce Boxeador comprendieron cuál era el lugar por éste escogido, y supieron que pronto conocerían lo que inquietaba el corazón de su amigo. ¿Cómo iban a imaginar, ni tan siquiera, que su corazón era más híbrido de lo que imaginaban?
–¿Nos lo vas a contar ya, Remus? –inquirió James nada más alcanzaron la Casa de los Gritos–. ¡Joder¿era necesaria esta intriga?...
Sirius, más instintivo que acertado, le dio a su amigo un codazo en el costado que dejó a éste unos segundos medio postrado en el polvoriento suelo. Remus se percató, pero no dijo nada. Se sentó en el desvencijado escritorio y miró, por vez primera, a sus amigos a los ojos.
–No es tan fácil como te imaginas confesar al fin lo que tanto tiempo llevas callando –dijo–. Ni lo es tampoco desconocer si, gracias a ello, os perderé para siempre.
–Pero ¿qué tonterías dices? –lo interrumpió James.
–¿Tonterías? –se burló el licántropo con una amarga sonrisa–. ¡Aún no he dicho nada! Aún no sabes nada... Creéis conocerme... Pero no es así. –Sirius parecía dispuesto a apuntar algo, pero Remus no le dio cuartel. Había comenzado a inflarse como una gaita con los vientos de la valentía, y nadie, nadie, intervendría hasta que la bolsa de fuelle se hubiese vaciado con la última nota temblorosa–. He sido un cantamañanas todo este tiempo, un embustero: por miedo no os he dejado que me conozcáis, no me he dejado conocer. He pretendido vivir una vida que no era la mía, una vida impuesta, una vida que los demás querían para mí sin consultarme. Esto... –Resopló–. ¿Por qué tiene que ser tan complicado? –Sonrió con amargura–. Vosotros no habéis tenido que pasar por esto. ¿Por qué ha de darse todo por supuesto?... Ojalá me entendieseis. –Sus ojos, sin querer, se clavaron en la negra mirada de Sirius, que apenas pestañeaba–. Ojalá me entendiese yo mismo, la verdad. Muchos días me levanto por las mañanas preguntándome, preguntándole a Dios, por qué yo, y me burlo de mí mismo concluyendo que Dios me odia y que a Él le gusta joderme. Las noches de esas mañanas, en cambio, al irme a dormir, le ruego que, por la mañana, al despertar, sea diferente, que nada recuerde, que sea... simplemente normal. Normal, sí, normal. Como tú y como tú. Dios me pone a prueba. Dios... A veces me pregunto si no seré un desecho de la corrupción humana, si mi mísero cuerpo no habrá recibido siquiera la bendición de recibir un alma, si no soy la cumbre del pecado, si...
Sonrió meneando la cabeza
–Perdonad, que estoy desvariando. Por supuesto, no era de esto de lo que os quería hablar. No... A ver, por dónde empezaré. Por ejemplo, James¿no recuerdas la de veces que, entre tonterías y veras, te he dicho que no me iba a casar nunca, que no iba a encontrar nadie que me amase, que temía la soledad futura?... –Rio–. Tú me consolabas tildándome de excesivo pesimista y de que, algún día –el tono de este segmento era claramente irónico–, alguna chica se enamoraría de mí. Y alguna lo ha hecho, me consta. Y yo he sentido más pena por ellas que admiración. ¡Qué ruin soy! –después de una breve pausa–. Si conocieran de qué pasta estoy hecho, no me habrían dedicado tantos pensamientos.
Hundió el rostro en las palmas de su mano y cerró los ojos un instante. La oscuridad, por supuesto, se hizo absoluta en su ser ni nada rompía aquel mortífero silencio apaciguador. Sonrió el pobre licántropo nostálgico, consciente de lo respetuosos que podían llegar a ser los cafres de sus amigos. Elevó los ojos y les devolvió una mirada cándida. La de Sirius era tranquila, seria, mientras que la de James, ansiosa, pero callaba no obstante.
–A veces creo que es... que es sólo que se me está yendo la cabeza –confesó riendo–, que estoy perdiendo el norte. ¿Sabéis?, hubo un tiempo en que no sentía nada de esto. Pero llega un momento en que, lentamente, empiezas a experimentarlo, sin saber cómo sí ni cómo no. Simplemente, ahí está. ¡Dios!... –riendo amargamente–. Qué sensación más horrible. Está ahí, ahí hondo dentro de ti –dándose pequeños golpecitos en el pecho–, pero sabes que no es así, que así no es el mundo. Miras a tu alrededor y observas que eso no es lo común. Te asustas. ¡Joder que si te asustas!... Temes buscar ayuda, temes hacer preguntas, temes decir tal o cual... Hasta que callas. Y, lentamente, empiezas a sentenciarte. Te propones vivir una falacia y huir de la realidad: como he dicho antes, vivir de puertas afuera. ¿Sabéis?, en verdad a nadie le importa lo que tú pienses. ¡Ni a uno mismo tampoco! Importa, y no os hacéis una idea de cuánto, importa lo que los demás opinen de ti. Empiezas a plantearte esa idea, a convivir con ella. Pero... –Las palabras se ahogaron un momento en su boca. Una lágrima peregrina besó el polvoriento suelo–. Pero ¿para qué vivimos entonces¿Para qué?... Si ni siquiera podemos satisfacer nuestras necesidades, nuestros anhelos, si pretendo no ser feliz porque lo sean las personas de mi entorno¿cuál es el sentido último de la vida, de mi vida? Y eso me remite a una pregunta fundamental¿por qué yo¿Por qué yo y no otro¿Es que la Rueda de la Fortuna no estaba de mi lado cuando se dispuso a repartir la suerte en el mundo?
Hizo una pequeña pausa para tomar aire.
–Tu alma, encadenada, se te rebela a diario. La has sometido, lo sabes, pero ella trata de hacerte entrar en razón. Tan sólo te han entregado el don de una vida y tú vas a vivirla de cara a los demás, no para ti. Una vida que agoniza desde dentro. Y piensas, no sé si con acierto o no, que qué sentido tiene alargarla más innecesariamente. ¡Ni una idea os hacéis de lo que te llegan a asombrar tus propios pensamientos!... Fantaseas que lo haces y que todos lloran tu ausencia, que tú revoloteas por encima de ellos y te burlas de sus lágrimas; pero, en cualquier caso, ya sería tarde para su falso arrepentimiento, para que me diesen la oportunidad que nunca les deje que me diesen. Pero, cuando abandonas esa fantasía, tu alma sigue encadenada, y tú has llorado hasta quedarte seco. Te echas a dormir con el consuelo de que mañana te levantarás con más ánimo, más corajudo. Pero Dios nunca escucha tus plegarias.
Suspiró profundamente. Estuvo largo rato en silencio, rato que, por fortuna, ni Sirius ni James interrumpieron. Pasaron algunos minutos así, inmóviles, con estos dos con la mirada fija en aquél. Parecía dispuesto a callar hasta que terminó confesando con voz quebrada:
–Mi alma está a punto de estallar –dijo al tiempo que estallaba él en lágrimas–. Y, aunque no entiendo nada de lo que me está pasando, no voy a callar por más tiempo lo que me devora por dentro. Mirad... Es que... –No podía devolverles la mirada–. Yo... –Insuflando aire–: Perdón por haberos mentido todo este tiempo, que yo no soy quien creéis que soy, o como creéis que soy. Soy... Soy... –Armándose de valor–: Soy... homosexual.
James ahogó un grito. Los ojos de Sirius se abrieron como platos. El suelo de madera mismo pareció rechinar de asombrado. Remus, sin poderlo soportar, extrajo la varita de su bolsillo y, apuntándose con ella, se desapareció. Se desapareció lo suficientemente rápido como para escuchar que Sirius le pedía que no lo hiciera.
xoxoxoxoxoxoxoxoxo
Vaya, al final Remus ha demostrado tener más valor del que yo tendría en mi vida. Bueno, en verdad lo he escrito un poco aprisa, sobre todo el final porque tenía ganas de actualizar, pero... necesitaba hacerlo. Quizá no me entendáis, pero es la única forma que tengo de hablar "más o menos libremente" de este tema que tanto me incumbe, aunque sea ocultándome bajo la máscara del licántropo. Tampoco sé si sus palabras serían las mismas que las mías, no lo sé, pero su pensamiento es exactamente el mismo, pues él lo ha sacado de mi cabeza, y yo de la suya, nos debemos mucho mutuamente, y por eso, lentamente, le estoy cogiendo algo de cariño a este fic que tanto odié en un principio por nacer su inspiración de instantes tan tristes. En cualquier caso, espero que el fin de Remus en la historia no sea mi fin.
OCEAN LADY. Hola, qué tal. Lo cierto es que tus palabras me hicieron especialmente feliz porque fue el primer "review" que recibí, y eso se agradece. Gracias por todos los elogios que me has dedicado, pero, como suelo decir, son injustificados: no es para tanto. Me alegra que te gusten los relatos psicológicos; a mí también. De lo contrario se deshumanizan los personajes y entonces ni gusta ni deja gustar. Por otra parte, cuanto lees, como ya sabrás, cuanto siente y padece Remus, no es más que una extensión de lo que yo siento y padezco, por eso que todos sus pensamientos y sentimientos que expreso sean en forma de poesía, para que entendáis el terrible sufrimiento que una situación tan incomprendida como ésta origina. Muchísimas gracias, de verdad, me animaste a seguir escribiendo, aunque tuviese que esperar a un momento de bajón para hacerlo. Besos.
PACE HALLIWELL. Hola, qué tal. Muchísimas gracias también a ti por tomarte la molestia de leer, dejar "review" y hablarme un pelín acerca de tu opinión. Sabes, he tomado en cuenta tu invitación para que lea tus relatos, pero tendré que esperar a tener un poco más de tiempo, que últimamente no me sobra. Sin embargo, últimamente no leo muchos slash porque siempre suelen defraudarme, no saben ni por asomo lo que es una relación homosexual, lo que supone, lo que cuesta, la profunda interrogación interior de uno hasta que se acepta (algo que puede no llegar a ocurrir jamás), pero muchos de ellos se quedan en el chiste y en el entramado pornográfico (más que erótico). Pero en fin, te doy mi palabra de que cuando pueda me pasaré. Muchas gracias también por unirme a favoritos, aunque no creo que sea para tanto: sólo tengo este relatillo de nada que espero concluir algún día y no dejar a la mitad (no me gusta dejar los fics inacabados). En fin, muchas gracias por todo. Besos.
