Mis niñas queridas,
Gracias a mi veloz Beta Jo, ya está listo el segundo capítulo que espero les guste.
Un besote inmenso y muchas gracias por sus review y visitar mi historia.
Cariños,
Karen
Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Beta FFAD
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Capítulo II
Mejor que en los viejos tiempos
Comencé a observarlo. Sus manos lánguidas y blancas se comunicaban pausadamente y sus ojos de miel titilaban emocionados. Sonreía desde la comisura de sus labios hasta el fondo de su alma. Podía reconocer cuando le gustaba a un hombre. Y yo le atraía. La tradición de infancia y adolescencia se sostenía en el tiempo, aún podía dominarlo con mi sola presencia.
Me deseaba y yo a él. Sin embargo, había una atracción por sobre lo normal. Una emoción adictiva que se formaba lentamente dentro de mí. Amaba ser su centro de atención. Era fabulosamente hermoso, pero más allá de lo que yo sintiese por él, me gustaba la forma en que me miraba, en que me deseaba. Yo era su trofeo y lo mejor, él pensaba que estaba ad portas de alcanzarlo, cuando en realidad, estaba a años luz.
Observé mi reflejo en la ventana a mi costado, a un par de mesas de distancia. Me agradaba bastante lo que veía. Mi cabello, largo y ondulado, caí en cascada sobre mi espalda, demarcando mi figura y volviéndola muy sensual. Deslumbraba mi cuello largo y la curva casi perfecta de mi nariz respingada. Incluso mi mandíbula se veía bien, muy femenina. Él me contemplaba con delicia y yo también, a mí misma.
Nunca antes había puesto tanta atención en mí: mis emociones, mi cuerpo, mis deseos. De ahora en adelante me validaría, yo estaría por encima de los "otros" y no al revés. Quería saber qué era lo que veía en mí el resto. Sentía curiosidad del porqué les resultaba atractiva. Cogí la copa de vino blanco y la envolví entre mis manos de uñas rojas, deleitándome de la visión que ofrecían mis dedos acariciando el cristal. Me estaba convirtiendo en una narcisista.
Me concentré en su boca. Sus dientes perfectos y blancos que sonreían, como esculpidos en mármol. En medio de sus delineados labios rojos, cuando se separaban, dejaban al descubierto su lengua rosada y húmeda, sutilmente brillante: un molusco humano y atrozmente delicioso. Incluso sus encías pálidas hacían deseable su boca. Quise besarlo, deseé abalanzarme sobre él y extasiarme de la dulzura de su esencia. Mientras Edward, completamente ignorante de mis pensamientos, sonreía con naturalidad. Era bello y cautivador.
Calló y ni siquiera lo noté. En verdad no estaba tomando mucho en cuenta su historia. Platicaba sobre el trabajo y sus turnos agotadores. Mi mente buceaba en sus ojos ambarinos, enmarcados en pestañas castañas claras que se curvaban hacia arriba sobre sus cejas espesas del mismo tono. Tenía la nariz recta y delgada. Sin embargo, a pesar de sus rasgos finos era tremendamente masculino, de mandíbula cuadrada y mirada seductora. Además de un tono de voz grave, pero juvenil.
Se me comenzó a acelerar el corazón, pero las maripositas en la barriga no llegaron. Después de Alex era muy difícil conseguir que alguien me alertara todos los sentidos. Mi ex novio se encargó de matar la fantasía de él y todos los hombres sobre la faz de la tierra. Pero Edward me atraía, existía una química potente entre nosotros, lo sentía.
Coloqué la tercera copa sobre la mesa, pero no reparé en que la zona era irregular. Se tendió a volcar, pero Edward y sus reflejos rápidos la cogieron de inmediato. Los míos, algo más lentos, tardaron en tomarla y mis yemas sólo llegaron a tocar los nudillos rosados de sus dedos de pianista. Tenía la piel suave y, en cuanto hicimos contacto, su mirada se posó en la mía. Extendió una sonrisa sincera y la miel en sus ojos pareció licuarse.
—Disculpa —musité de inmediato.
—No importa —respondió e inconscientemente se lamió los labios rojos como el carmesí.
Quise morderlos, apoderarme de la deliciosa sensación que prometía la carne de su boca sensual. Mantuvimos contacto visual, pero acabó cuando el camarero llegó con su segundo trago.
—Y, ¿cómo va el periódico?
—Bastante bien —rio—. La paga no es muy buena, pero al menos hago lo que me gusta.
—Eso es fantástico. Yo aún no he concluido mis estudios y créeme, es algo que me pesa día a día.
—Si no es mucha indiscreción porqué no los terminaste…
La sola idea de recordar los motivos me provocaba una ola de rabia que se proyectaba de inmediato en mis ojos. Mi padre se había farreado todos nuestros ahorros en el juego y mi mamá carecía de auto-valencia, lo que nos dejó a mí y mi hermano en el completo desconcierto cuando Charlie se fue. Una historia de mierda a decir verdad.
—Problemas familiares. Eso es todo. Espero retomarlos pronto —reí nada convencida.
Sus ojos se llenaron de comprensión.
—No quieres hablar del tema. Está bien —se irguió y le dio un sorbo a su vaso.
Un silencio incómodo de interpuso entre ambos.
—El trabajo de periodista es muy sacrificado, pero dudo que exista una profesión más gratificante —arguyó con ojos de enamorado. Y lo estaba, de su profesión.
— ¡Maravilloso! —agregué.
— ¿Y qué tienes planificado hacer?
Cogió el vaso y comenzó a darle vueltas en medio de sus dedos blancos y elegantes. Sonrió vagamente y me miró, como si estuviese avergonzado, porque las mejillas se le colocaron rojas.
—Estoy haciendo un curso de corresponsal de guerra. Me encantaría cubrir Medio Oriente.
— ¿Estás de broma? —exclamé sorprendida—. ¿Quieres convertirte un Ryszard Kapuscinski del siglo XXI?
Con un vaivén de derecha a izquierda me dejó claro que hablaba muy en serio.
—Pero ¿por qué?, ¿eres adicto a la adrenalina o algo así? Si ese es el problema puedes visitar un parque de juegos —musité en tono de broma.
Soltó una sonora carcajada.
—No me preguntes porqué, pero me apasiona el mundo árabe… y qué mejor manera de conocerlos que cubriendo sus conflictos.
— ¿Y el riesgo?
Se apoyó sobre el respaldo de la silla y bufó.
— ¡Uf! Sí, no es nada despreciable, pero creo que es una experiencia de vida que no puedes zafar. Y si existe la posibilidad de tomarla ¡bienvenida! —señaló, levantando su vaso para un brindis.
Repetí su movimiento con mi copa y choqué su vaso. Brindamos, aunque no sabía bien la razón. Sostuvimos la mirada con tal intensidad que tuve que desviarla para no sentirme cohibida, ¡demonios! Eso significaba que, aunque se tratara de un segundo, ejerció un efecto espontáneo que me colocó en desventaja.
— ¿Y qué dicen tus padres? —pregunté en tono curioso, dudaba que su postura fuese indiferente.
Elevó ambas cejas y se cargó en el respaldo de la silla, mientras jugaba con el vaso en medio de sus dedos y observaba el líquido oscuro, como si allí encontrara la respuesta a al esencia de la vida.
—Mi madre se colocó como loca e intentó obligarme a desistir.
Negó con un vaivén de cabeza confuso y volvió a fijarse en mí.
—Le dije que bueno, sólo se enterará de la verdad cuando me envíen a algún destino de esos…
—Querrá matarte —le aseguré.
Extendió una sonrisa traviesa y los ojos se le iluminaron.
—A veces las madres no te dejan otra opción —musitó en tono divertido.
Y estaba completamente de acuerdo con él.
— ¿Y tu padre? —insistí.
—Bueno… él se puso del lado de mi mamá, como era de esperar. Pero después hablamos solos y llegamos a un acuerdo: en cuanto supiera de un destino que significara cubrir una guerra, tenía que avisarle mi madre.
—Es lo más justo, ¿no lo crees?
Me correspondió con una media sonrisa y levantó la mano para pedir otro vaso de ron.
— ¿Quieres algo más?
Lo pensé bien, porque después de todo ya había demasiado alcohol circulando por mis venas, pero acepté.
—Claro. Otra igual.
Terminamos medios ebrios y la brisa tibia nos pegó como un sopló de frescura sobre los rostros cuando abandonamos el "café". Entre recuerdos del pasado y ya bastante más en sintonía, se paró debajo del semáforo en verde y dejó de hablar. Estaba dudando de lo que decía, por lo que continué yo.
— ¿Vives cerca?
—A un par de cuadras —sonrió aliviado.
—Tengo una botella de vino bien refrigerada, por si me quieres acompañar.
Esbocé una media sonrisa y asentí. Por supuesto, era la propuesta que esperé toda la velada. La luz del semáforo se puso en verde y me dispuse a caminar. Di un paso sobre la avenida y al concretar el segundo, noté que Edward seguía en la vereda. Me contemplaba perplejo.
—Vamos —le indiqué moviendo mi mano de adelante hacia atrás.
Dudó un segundo y luego extendió una sonrisa radiante que le iluminó los ojos. Me alcanzó con apenas una zancada de sus largas piernas atléticas. Caminamos al unísono sin decirnos nada hasta llegar a la puerta de su edificio.
Era un departamento antiguo refaccionado de tipo europeo, ubicado en el cuarto piso, sin ascensor. Sacó las llaves del bolsillo de su casaca de cuero y un poco torpe la introdujo sobre la cerradura. Empujó y nada. Negó con la cabeza, riendo avergonzado.
— ¿Estás seguro que éste es tu apartamento? —sugerí para romper la tensión.
—Lo era, hasta antes de reunirnos —esbozó otra risita nerviosa y lo siguió intentando.
Junté el entrecejo y al ver cómo luchaba con abrir la puerta, asumí que quizá estaba al revés. Hice un gesto técnico con la mano y la boca, para indicarle mi apreciación. Me miró, aún más abochornado, por sobre sus cejas castañas, quitó la llave, la giró y la volvió a introducir. ¡Bingo! La puerta se abrió sin más forcejeo innecesario. Ahora su piel había adquirido la tonalidad de un tomate maduro.
—Es primera vez que me pasa —aseguró, encogiéndose de hombros.
Incliné el rostro y torcí la boca en una mueca que le demostraba mis serías dudas al respecto.
— ¡En serio! —soltó una carcajada.
— ¿Hace mucho que vives aquí? —pregunté, cruzándome de brazos.
—Seis meses. Más o menos.
Se giró hacia la cocina y abrió la nevera. Aproveché ese momento y eché un vistazo a su living. Estaba algo desordenado y el pared lateral había una docena de cubículos de madera y dentro de ellos cientos de libros, de todos tamaños, colores y diseños. Encima de la mesa de centro había más, arrumbados uno sobre otros y en el sofá central un par, donde se evidenciaba claramente que eran los escogido del momento, porque estaban con las separadores de páginas a la vista. En una mesita lateral había un par de envases vacíos de cerveza individual y una taza de café a medio beber.
Era un sitio acogedor, con piso de parqué y uno que otro cuadro de diseño vanguardista, que daban vida a las paredes blancas.
—Lindos cuadros.
—Gracias —dijo desde la cocina—. Me los regaló mi madre.
Se oía como abría y cerraba las puertas de los muebles de cocina. Luego, corrió el agua de la llave del lavaplatos. De seguro no tenía un par de copas limpias y la estaba enjuagando rápidamente. Y acerté. Volvió con un par de copas en la mano derecha, a medio secar, con un poco de pelusas de un paño viejo y en la izquierda traía la botella de vino. Me acerqué a ayudarlo. Caminó hacia la izquierda donde tenía ubicado una mesa de vidrio con cuatro sillas. Encima de ésta, había un atlas y un par de mapas a medio colorear, con lápices de palo. Los corrió hacia un lado y dejó las copas. Lo observé extrañada.
— ¿Estrategias militares? —pregunté irónica.
Soltó una risita, en tanto descorchaba la botella con cierta expertiz. El salió intacto desde el estrecho cuello de botella.
—Algo así… geografía básica. —Vació el líquido amarillento pálido en una de las copas—. Ya sabes... corresponsal de guerra. Al menos tengo que saber dónde quiero ir.
— ¡Ah, muy bien! Sintiéndome una ignorante —reí.
Rellenó la segunda copa y me pasó una.
— ¡Salud! —Añadió—. Por el rencuentro.
— ¡Salud! —respondí con una sonrisa y sin dejar de mirarlo a los ojos, sino unos cuantos años de mal sexo.
Le di el primer sorbo al vino —que a esas alturas era como beber agua, pero un poco más ácida— y me fijé que tanto el living como el comedor tenían unos hermosos ventanales, con puertecitas de cuadros de madera color blanco, que daban hacia el Parque Central. Se notaban los árboles lúgubres, bañados por las luces mortecinas de los faroles clásicos. El Museo de Bellas Artes, un par de pistas y al fondo, un sinnúmero de cafés y bar de estilo.
—Me encantó tu apartamento.
—Es cómodo y práctico —añadió.
Nos quedamos junto a la ventana, observando la pequeña vida a nuestros pies. Cientos de jóvenes, y no tanto, artistas, gente, naturaleza e incluso un par de perros vagos. Tuve que preguntarle por su actitud al no querer cruzar la calle.
— ¿Por qué te quedaste en la calzada cuando veníamos para acá?
Esbozó una risita y las mejillas se le volvieron a poner coloradas. Sentía vergüenza, ¿eso le provocaba yo? ¿Tan tímido era que ya perdí la cuenta de cuántas veces se colocó de tono fucsia?
— ¿La verdad? —aseguró con los ojos iluminados.
—Claro —agregué divertida.
—No podía creer que tuviese una cita con la popular "Bella Swan" —musitó entre risas.
¡Ajá!, efectivamente se sentía un bendecido por estar conmigo, ¡fabuloso! No podía mostrar que estaba tan pagada de mí misma con aquella respuesta. Reí.
—Ya no tengo mucho de popular.
Esa aseveración era cierta.
—Bueno, quizá no como cuando éramos niños, pero sin duda en la secundaria jamás hubieses salido conmigo —espetó.
— ¿Cómo sabes? —mentí.
Edward alzó las cejas como para que lo contrariara.
— ¿O acaso lo hubieses hecho? —torció la boca en un gesto increpador.
No venía al caso mentir, eso ya era pasado.
—Probablemente, no —reí—. Siempre tuve "amigos" mayores, al menos en dos o tres años.
— ¡Una lástima! —balbuceó—. Durante toda la secundaria quise invitarte a salir —susurró.
Dejó su copa sobre la mesa y luego, cogió la mía para hacer lo mismo. Sus ojos ambarinos, derramaban fuego ardiente. La piel se me erizó sólo con la forma en que me observaba. Había tanto deseo, ambición y tal vez, un poco de triunfo en ellos.
Acercó sus labios a los míos y me los separó con dos toques sutiles, tiernos y enérgicos al mismo tiempo. Sus brazos pasaron por detrás de mi espalda y me aferró a su cuerpo. Respondí a sus caricias, pasando mis manos por encima de su cuello níveo, acariciándole el hermoso cabello cobrizo y casual.
Su lengua se dio paso con delicadeza hasta encontrar la mía. Era un beso tibio, joven, incitante y prometedor. El ritmo de su boca era un tanto ansioso, pero el alcohol la había mitigado en cierto sentido. Solo continuó mirándome. Posó sus manos sobre mi quijada y volvió a besarme. Esta vez con más necesidad, más lujuria y deseo.
Sus manos descendieron por la curva de mi cintura hasta acariciar la parte externa de mis glúteos. Y a medida que recorría mi cuerpo, me besaba con más fuerza. Su deliciosa y húmeda boca se instaló bajo el lóbulo de mi oreja y comenzó a succionar y morder, sutil y eficazmente. Miles de cosquilleos se expandieron desde esa zona, por hombros, vientre hasta explotar en mis entrañas. Le acaricié el cabello y ahora fui yo quien lo besó en el cuello. Él soltó un gemido triunfal y excitante. Volvió a besarme y me cogió por debajo de los glúteos para que me acomodara en sus caderas.
Con su ayuda, lo rodeé a la altura de sus caderas con mis piernas. Mientras me sostenía con fuerza imperiosa y me transportaba por la sala hasta su sofá principal, bastante blando y amplio. Me depositó boca arriba y sus manos se fueron al borde de mi top, pasando sus dedos hábiles por debajo, dejando mi piel libre al directo contacto con sus manos.
De pronto brotó una risita de su rostro, muy sexi, pero a la vez bastante misteriosa. Se apoyó sobre sus palmas, ambas a cada costado de mis hombros. Le seguí el juego y sonreí también. Comencé a desabotonar su camisa a cuadros, dejándole la piel blanca con vellos rubios, al descubierto. Era hermoso y muy, muy fibroso.
— ¿Vas al gimnasio? —pregunté curiosa, fruto también de las copas demás.
—Tres a cuatro veces por semana —señaló e inclinó sus brazos para besarme.
— ¡Uau! ¿Y esos son los resultados? ¡Debes darme la receta! —exclamé.
—No necesitas nada más… eres —miró el techo y extendió sus labios— ¡perfecta!
Claro que no, pero ¿cómo se notaba que estaba ebrio y no me había visto desnuda por completo aún! Quizá se llevaría tremenda desilusión.
— ¿Algún problema? —preguntó intrigado.
—No, ninguno… —susurré y le pasé la camisa por los hombros para deshacerme de ella.
Los jeans se le afirmaban sobre las caderas, incluso después de quitarle el cinturón. Caían de manera holgada sobre el borde de sus caderas bien definidas, como si hubiese sido esculpido por parte. Nada mal. Suspiré, ¡Vaya espectáculo!
Me besó en los hombros y enrolló mi top para quitármelo, mientras mordisqueaba y lamía cada centímetro de mi piel, hasta enredarse en mi corpiño. Arqueé la espalda y le facilité el trabajo para desabrocharlo. Ya más holgado, un tirante cedió y él lo mordió en medio de su sabrosa boca roja y lo arrastró hasta un poco antes del antebrazo. La tela cedió por completo y sus manos pasaron por debajo de una de las copas, pellizcando un poco mi pezón rosado que, a esas alturas, se erizó tanto que resultaba vergonzoso. Repitió su movimiento con el otro pecho, pero siguió su caricia posando sus labios sobre ellos. Descendió por el centro de mi vientre hasta el ombligo, mientras una de sus manos se desvió hacia el interior de mis muslos. Sus yemas, daban leves y sensuales apretoncitos que me colocaban a mil, pero fue diez veces más intenso cuando apoyó la base de la palma de su mano contra mi monte de venus. ¡Cómo cambió el chico deslavado de la secundaria! ¿Cuántas sorpresas más guardaría?
Le cogí el cabello y se alboroté aún más. Sus caricias comenzaban a causar estragos en mis nervios y comencé a mover mis caderas para encontrarme con él. La intensidad se incrementó más y más, hasta abandonarme al placer máximo. Jadeé casi perdiendo el conocimiento, sólo con la idea de que esto recién comenzaba.
En medio de mi viaje extrasensorial lo vi sonreír satisfecho, pero su alegría se vio nublada por una voz femenina que irrumpió de pronto y se oí furiosa.
—Edward, ¡Qué mierda significa esto! —exclamó la voz cargada de rencor.
Recién alcanzaba a sopesar la realidad, pero como un balde de agua fría, noté que la función había terminado. Una verdadera lástima a decir verdad.
¿Les gustó?
¡Besos inmensos!
Karen
