Inglaterra se detuvo en el umbral de la puerta únicamente abrigado por una sábana blanca y observó a Francia ordenar sus pinturas y su lienzo. Con un gesto, Francia le indicó que entrara. Inglaterra se sentó en el piso de madera frente al amplio ventanal, sobre parte de la tela.
Cambió su posición a libre albedrío frente a Francia, luciéndose, como coqueteándole. Estiró su cuerpo en el piso, con las piernas recogidas, las rodillas apuntando hacía el techo, se estiró como si recién se estuviese despertando, con los brazos flexionados hacia él. Volvió a incorporarse mientras la tela resbalaba por su espalda y se abrazó a sus rodillas, mirando a Francia con unos ojitos tristes. Ladeó su torso y, levemente, también su piernas, adelantando aquella mano que más alejada estaba del pintor, como si intentase arrastrarse hacia él sin perder su porte. Deslizó aquella mano por su brazo, sin soltar en ningún momento la tela blanca que en ese instante lo tapaba como una túnica, mirando hacia abajo con una sonrisa, llevó su mano hasta su cuello.
Apoyó ambas manos detrás suyo y suspiró, sin comprender como satisfacer el ojo del francés. Francia le dijo que se detuviera. Sentado, con la cabeza echada hacia atrás, el cabello atravesado por la luz del sol, apoyado en sus brazos estirados, con ambas piernas flexionadas, su regazo sosteniendo la mayor parte de la sábana, la que además se enredaba en sus manos y sus pies, uno de ellos un poco por delante del otro, su suspiro todavía sintiéndose en el tiempo.
Mientras Inglaterra dejaba que el sol lo acariciara, el pincel de Francia bailó sobre el lienzo.
El pintor deseaba ser un rayo del astro rey.
