Había algo que no iba bien. No sabía decir lo que era exactamente, pero ahí estaba.

"sí, algo no encaja", pensé mientras me paraba frente a la puerta del autobús y bajaba a la acera frente al instituto Hollywood Arts High School. El lugar tenía el mismo aspecto que cualquier otro día, con sus ladrillos rojos, sus banderolas de vivos colores colgando por todas partes y el batiburrillo de estudiantes, dando vueltas por delante de las puertas principales. El centro educativo llevaba allí más de un siglo y desprendía ese aire del viejo Nueva York. No había nada fuera de lo normal.

Sin embargo, las nubes negras que se acercaban presagiaban algo, traían consigo un sentimiento de sospecha y de.. tristeza. Una tristeza casi sofocante, Nueva York era la ciudad que nunca dormía, el lugar de las mil caras. Pero nunca antes la había visto cómo la veía hoy.

"Vamos, Tori, estás en medio. "

Me desplacé rápidamente a un lado cuando Cat Valentine, mi mejor amiga, bajó del autobús.

La primera vez que vi a Cat fue durante el periodo de orientación para nuevos estudiantes, mientras yo me dedicaba a recorrer los pasillos a solas en busca del aula que me tocaba. De ahí en adelante, ella había decidido tomarme bajo su protección porqué las dos llevábamos la misma camiseta de American Apparel, y también sería quién me enseñara todo lo que ya sabía sobre el panorama social en el instituto. Sin ella, hubiera estado perdida del todo (literalmente, de manera figurada y desde luego socialmente). Ahora, después de dos años, seguíamos siendo amigas, y yo continuaba tan feliz a la sombra de Cat, una persona que, socialmente, era de las que iban de flor en flor.

—¿Por qué tienes esa mirada tan extraña?—me preguntó mientras las dos seguíamos a la masa de estudiantes para cruzar las puertas principales.

Miré hacia un grupo de profesores que estaban reunidos en el pasillo frente a administración, todos con las cabezas juntas, susurrando, y fruncí el ceño al mirar a Cat.

—¿Qué mirada?

Volvió los ojos y me dio un codazo.

—No importa, ¿estás preparada para el examen de Gobierno de los Estados Unidos? Con trabajo puedo entender lo que dice la profesora Monroe la mitad de las veces, y, además, no sirve para nada que nos sepamos incluso cuántos miembros hay en el gabinete o lo que sea, y yo... ¿Tori, me estás escuchando?

Estaba concentrada en una pareja de policías de uniforme que se encontraban en el pasillo dónde estaba mi taquilla, de pic, hablando con la directora, la señora Greene. Por lo rígido y severo de la cara que ponían podía adivinarse que habían estado hablando de algo muy desagradable. Pero, ¿qué habría traído a la policía hasta el instituto?

—Lo siento, Cat, es solo que...—Era incapaz de articular palabras para expresar cómo me sentía. — No sé, supongo que estoy preocupada por el examen.

Cat soltó una carcajada mientras yo buscaba el libro de química en mi casillero.

— ¿Qué te preocupa, Vic? De hecho, tú eres la única que se las arregla para no dormirse en la clase de la profesora Monroe.

—Creo que no es más que suerte. — "Suerte o que tenía un padre abogado al que le daría un ataque si no sacaba una nota decente en Gobierno." pensé.

Dejé a Cat y me encaminé hacia la clase, ahora sintiéndome como si alguien me estuviera pisando los talones, respirándome en el cuello. Me senté en un sitio que estaba en las primeras filas del aula y centré la atenión en mantener la respiración regular, algo que conseguí hasta que sonó el primer timbre y nuestra profesora no apareció. La señora Anderson, la profesora de alemán, era probablemente la persona más amable con la que jamás me hubiera topado. Casi siempre hablaba tan bajo que lo único que se oía era su respiración y siempre sonreía a cualquiera que se cruzara en su camino. Yo no tenía suficiente paciencia para aprender alemán (me había costado muchísimo superar los dos años obligatorios de español), pero la señora Anderson era cómo que hablara, y hacía soportable la clase a pesar de que fuera a una hora tan ridículamente temprana.

El hecho de que la señora Anderson hubiera llegado tarde no hacía más que añadir inquietud a lo que ya sentía. Mi amiga Trina estaba convencida de que la profesora vivía en una cafeteria, porqué siempre estaba en alguna parte del edificio con un café y una dona, y atendía a todas las funciones escolares y el fútbol. Así que, ¿dónde había estado? Ella nunca llegaba tarde.

Pasaron más de cinco minutos antes de que la puerta abriera y apareciera la señora Anderson entrando en clase. Tenía una mancha de café en el delantero del jersey y llevaba las gafas un poco torcidas. Dejó un montón de carpetas sobre su escritorio al tiempo que decía:

—Disculpen, he llegado tarde, lo siento, es que ha habido...—Se le quebró la voz y se mordió un labio, al tiempo que se frotaba la mancha del jersey con una servilleta—. Ha sucedido algo... bastante desafortunado.

En los segundos que pasaron entre palabra y palabra, el corazón empezó a latirme con un ritmo acelerado. No había manera de saber qué era ese algo "desafortunado que había sucedido", pero por la manera en que se me retorcieron las tripas, me dije a mí misma que tenía que ser algo malo.

La seňora Anderson sonrió al tiempo que lanzó la servilleta en la papelera y se apoyó en su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho.

— Anoche, una de las alumnas de HA se suicidó.

Me senté en mi asiento, sintiéndome desinflada al tiempo que dejaba escapar un jadeo agudo.

"¿Qué acaba de decir?"

Desde el momento en que bajé del autobús hacía ahora veinte minutos sabía que algo había sucedido. Pero...¿Qué?

Quería preguntar quién se había quitado la vida, pero me di cuenta de que era incapaz de hablar. De repente, tenía la boca más seca que el desierto del Sáhara y la lengua cómo si fuera papel de lija.

— ¿Quién ha sido? —preguntó un chico que se sentaba unas cuantas filas más atrás que yo pasados los primeros momentos de silencio tenso.

La señora Anderson jugueteó con el bajo del jersey.

—Jadelyn West.

Ese nombre me resultaba... muy familiar. Lo había oído antes, pero no era capaz de recodar a la chica.

«Espera un momento», me dijo una vocecilla interior. La chica nueva de la clase de inglés, eso es. La clase de inglés para nuevos alumnos de la señora Casey. Jade West era la chica con quien me senté durante el primer semestre. De momento, al decirlo la señora Anderson, no me había dado cuenta porqué Jade no había pronunciado más de tres palabras en todo el año.

La voz de la señora Anderson despareció en el fondo mientras mencionaba que los consejeros de la escuela estarían a nuestra disposición durante el resto de la semana, por si queríamos hablar de lo que había sucedido. Pronto, me resultó imposible oírla, nada, tratando de recordar cualquier cosa relativa a Jade West.

Había sido una chica muy silenciosa que siempre iba con la cabeza gacha, o casi siempre, y seguía con diligencia cualquier texto que estuviéramos leyendo. La única vez que le había visto bien la cara fue cuando nos obligaron a contestar una batería de preguntas sobre Frankenstein.

Puede que hubiera sido fácil olvidar a una muchacha que rara vez hablaba, pero es que esta chica era la persona que más me distraía, nunca había conocido a nadie así. Me quedé casi sin poder decir palabra el segundo en que me miró con aquellos brillantes ojos de color azul cielo, que hacían que me sintiera cómo si me estuviera atravesando con rayos x.

Ahora que recordaba aquella clase, me daba cuenta de que había tratado de olvidar todo lo sucedido porqué durante todo el tiempo en que trabajamos juntas, en aquella cara tan atractiva nunca vi otra cosa que no fuera una expresión de disgusto. ¿A qué persona le gustaría recordar el momento en que una muchacha dejaba claro que le apeteceria hacer cualquier cosa menos mirarla?

Ahora que lo pensaba, así habia sido Jade West, esa habia sido su actitud con respecto a todo. Hollywood Arts era un instituto grande, pero yo la veia de vez en cuando por los pasillos, y era fácil localizarla, porqué era alta y tenía el pelo de un tono negro, con algo de ondas y mechones teñidos. Siempre se las arreglaba para estar sola, por lo que todo el mundo le daba Ia espalda.

Jade era 0, mejor dicho, «habia sido», una marginada social en el instituto. Y ahora se había ido.

Me volvi y me enderecé en mi asiento cuando sonó Ia sirena que marcaba el final de la primera clase, sacándome de mi ensoñación. Los demás ya habían abandonado sus pupitres y estaban saliendo, hablando en tono serio los unos con los otros en lugar de charlar y reírse cómo solian hacer. El cambio de atmósfera era ahora incluso más obvio. Me abri camino con trabajo por los pasillos hasta el aula de Química, aturdida, incapaz de dejar de pensar en que una de mis compañeras de clase estaba muerta.

No es que yo conociera mucho a Jadelyn West. Ni siquiera se nos podia llamar amigas, de ninguna manera. Ella no había sido más que una extraña para mí. Entonces, ¿por qué tenía esa sensación de haber fracasado?

x

Para cuando salimos del instituto, la temperatura exterior habia bajado, lo que hacia que el aire estuviera frio y resultara incómodo cuando me encaminé hacia uno de los autobúses de la parada. Lo que de verdad me hacia falta era meterme en la cama, hacerme un ovillo y olvidarme de que este dia hubiera existido.

Me senté en uno de los asientos vacíos de atrás y apoyé la cabeza en la ventanilla, cerrando los ojos. Por suerte, gracias

a Dios que Cat había decidido ese día dejarme plantada para pasar tiempo con su último amor. Ninguno de los chicos, de mi grupo de amigos, iba en el mismo autobús, así que tendría la oportunidad de pensar en silencio. El movimiento del vehículo resultaba tranquilizador, me distraía un poco de los pensamientos que me sacudían como un huracán, pero el trayecto acabó pronto, casi sin que me enterase.

Me levanté el cuello del abrigo y crucé los brazos sobre el pecho, al tiempo que empezaba a caminar hacia el edificio de

apartamentos donde había vivido casi toda mi vida. El complejo estaba justo en el límite del Upper East Side, así que era un poco más ostentoso que otros edificios de manhattan.

A menudo me sentía sola, encerrada en casa mientras mis padres trabajaban con horarios imposibles, pero jamas me había dado tanto miedo llegar a un apartamento vacío como

aquella tarde. La familiaridad de mi habitación, tan desordenada, y la seguridad de las mantas y sábanas de mi cama nunca me habían apetecido tanto.

—Buenas tardes, señorita Victoria. — dijo Hanson, el portero, según me acercaba al edificio de cristal gris. — ¿Qué tal el instituto?

Por unos instantes me planteé contarle lo que había pasado. Hanson era un hombre amable y siempre parecía de verdad interesado en cómo me había ido en el día. Pero no quería hablar de lo sucedido en voz alta, no quería decir que una de mis compañeras de clase se había suicidado, porqué todavía no quería creerme que eso había sucedido.

—Fantástico. — dije al fin, mientras él me sujetaba la puerta para que entrase.

— Recuerdo cuando yo iba al instituto. — dijo Hanson mientras yo atravesaba el umbral de la puerta—. En el momento en que dejes ese lugar, el mundo te parecerá un lugar mucho mejor.

Tenía mis dudas, pero me gustó que me dijera aquello.

Crucé por el vestíbulo, revestido de mármol y con una fuente en dirección a los ascensores, y subí hasta la séptima planta.

Caminé por el pasillo, fastuosamente decorado, saqué las llaves del bolso y abrí la puerta que decía "7E" en el centro.

Mi padres nunca habían sido lo que podría llamarse "humildes".

Nuestra casa estaba llena de muebles de piel brillantes, alfombras de color crema y fotos de buen gusto de la ciudad colgadas en las paredes, que complementaban los ventanales

que iban del suelo al techo que perfilaban el salón y el comedor. La cocina, a la última, era de color cromo y casi era una obra de arte en sí misma. Mi madre pasaba muy poco

tiempo en ella, así que resultaba increíble que hubiera tenido el suficiente para decorarla, eso para empezar.

Mi padre era abogado, y mi madre asistente de un director financiero, así que mis padres tenían unos horarios de trabajo muy exigentes y rara vez se lo pensaban cuando dejaban la

ciudad en viaje de negocios y yo me quedaba atrás sola, a veces una semana entera o incluso más. Cuando eso sucedía, mi vecina de ochenta y siete años, la señora Ellis, venía de vez en cuando para asegurarse de que yo estaba bien, pero eso no era lo mismo que tener a tu madre y a tu padre contigo.

Sabía que era más que afortunada por vivir en un sitio tan bonito y tener tanto dinero a mi disposición, pero todo eso de ser «rica» me hacía sentir un poco incómoda, de verdad,

incluso aunque fuera algo que había sabido desde siempre.

Mis padres no habían ganado siempre unos sueldos estelares.

A veces echaba de menos la sencilla casita donde vivíamos en Chelsea antes de que promocionaran a mamá y de que papá se

encargara de la dirección de su empresa. Al menos entonces pasábamos tiempo cómo una familia y cenábamos juntos cada noche.

Suspiré aliviada una vez entré en mi habitación y cerré la puerta con llave.

Me gustaba mi habitación, era alegre. Las luces de navidad se encendían en el balcón, las paredes estaban decoradas con entradas de espectáculos de Broadway y con un panel de

corcho, colgado sobre el escritorio, en el que estaban clavadas las fotos de Cat y de nuestro grupo. Tenía hileras e hileras de DVDs y CDs que había ido coleccionando a lo largo de los años...Mi habitación era el perfecto escape por contraposición al sofocante mobiliario de piel y las fotografías profesionales de la ciudad, que mis padres habían comprado en alguna galería del SolHo, que dominaban en el salón.

Medio descorazonada intenté memorizar algunas fórmulas de la asignatura de Química, pero pasados cinco minutos lo dejé, tiré el libro de texto contra la pared y me eché bocabajo

en la cama.

Me sentía como si una parte de mí me faltara, ahora que Jade West estaba muerta y había desaparecido de la faz de la tierra. Eso hacía que deseara desesperadamente que todavía estuviera aquí, a pesar del hecho de que ella y yo sólo habíamos intercambiado unas cuantas palabras. De alguna manera no podía entender por qué estaba ayer y hoy ya no...Se había ido para siempre. De nuevo, no tenía mucha

familiaridad con la muerte. Había ido al funeral de mi abuela Louise cuando tenía seis años, pero esa había sido la única vez que había vivido el hecho de que una persona a la que conocía, al menos un poco, se hubiera ido. Recuerdo que no me gustó nada ver su cuerpo en el ataúd de la misma manera que no me gustaba la idea de que Jade estuviera ahora mismo yacente en algún sitio frío.

Me metí en la cama y enterré la cara en la almohada, para luego ponerme a llorar.