-2-
Despertó sudando, sediento y con el miembro como pináculo. Tenía los ojos bien abiertos y todo parecía indicar que estaba alerta, pero seguía soñando. Frente a sus ojos aún se sucedían groseras imágenes de todo lo que se había aguantado para hacerle al Acuario y que lo habían llevado a aliviar su deseo por su propia cuenta al menos tres veces antes de caer dormido. Pero parecía que el frenesí se negaba a abandonarlo, recordándole que fantasear no le era precisamente satisfactorio.
Sonidos discretos de pasos en el pasillo lo devolvieron a la realidad, seguramente era su sirvienta que siempre llegaba de madrugada, antes que él despertara, para iniciar sus tareas. Parpadeó varias veces, bajó la mirada a su erección y gruñó algún improperio que sólo el entendió, negándose a aliviarla aún con la visión del Acuario en sus pensamientos. No merecía ese fantoche tantas atenciones de su parte. Se sentó en la cama cuando Leptina, la sirvienta, entró a la habitación a prepararle el baño; acarreaba baldes de agua caliente desde el fuego de la cocina con premura. El Santo la miró proceder con seriedad, sin parecer notar cuando su piel añil se tornó ligeramente rojiza en las mejillas en cuanto ella le notó la erección.
Leptina era prácticamente la única mujer con la que Milo había tenido contacto desde que llegara al Santuario, hacía ya poco más de once años. En ese entonces Leptina tenía ocho y ya servía al antiguo Santo de Escorpión, su maestro, dentro del templo. El oficio lo había aprendido sobre la marcha y con mucho esfuerzo, pero no era su habilidad la razón que la llevó hasta la octava Casa: su mayor cualidad era que había nacido muda y si algo apreciaba su maestro era la discreción absoluta de su servidumbre. Eso último se lo había enseñado muy bien a su discípulo.
La mujer se colocó al lado de la cama cuando terminó de templar el agua en la bañera. Él se levantó sin pena alguna de su desnudez ni de su erección, pensó en jalarla consigo para aliviarse la excitación, pero hacía tiempo que descubriera que no eran las formas femeninas, ni de ella ni de otra mujer, lo que necesitaba para saciarse. De todas formas le acarició un hombro antes de entrar al baño como muestra de aprecio. Aunque desairada y medio abatida, Leptina se apuró a ordenar la cama y prepararle la ropa.
Milo siempre había sido un niño precoz que descubrió la satisfacción sexual a temprana edad y había sido la sirvienta negra la primera persona que se había llevado a la cama, pero no tardó mucho en descubrir que las primerizas, torpes y nerviosas atenciones de Leptina no le satisfacían. Pero la muchacha había terminado por enamorarse de él. Habían perdido la virginidad juntos, y ella atesoraba el recuerdo, tomándolo por una señal de predestinación o algo similar; Milo lo sabía perfectamente aunque no pudiera hablar, se lo había notado en los ojos, en la expresión, y le daba algo de lástima. De vez en cuando todavía se acostaba con ella, pero siempre había algo extrañamente insoportable en el par de horas que pasaban juntos, así que la frecuencia había comenzado a disminuir paulatinamente.
Sumergido en el agua de la bañera y negándose aún en aliviar su excitación pensando en cierto strategós, se dedicó a mirar el techo de la habitación mientras efectuaba ejercicios de respiración aprendidos hacía tiempo de su dáskalos, un hombre absolutamente aburrido para ser Escorpión, pero lleno de efectivos ejercicios de autocontrol.
Así como estaba, comenzó a guiar sus pensamientos hacia su rutina del día. Y fue entonces que se dio cuenta de que aquel funesto viernes, tocaba su skholé. Aquello bastó para acabar con todo su buen humor y para ponerle flácido el miembro. Gruñó y se sumergió en el agua tibia, encendiendo su cosmos hasta hacerla hervir sin importarle lo sensible y roja que se le puso la piel.
De todos los días en la vida de Milo de Escorpión, era ese, su único día del ocio en todo el año, el peor. Él era un hombre que vivía para el cumplimiento de su deber, para la constante actividad y el ocio forzado de sus descansos le crispaba los nervios. Odiaba esa adiáfora a la que se le sometía tan deliberadamente y ya antes había intentado evadir aquello pidiendo, primero a su maestro y después al propio Patriarca, que se le suprimiera la skholé de su itinerario, petición que le fue negada en rotundo. Se suponía que ese día tenía que consagrarlo a alguna actividad recreativa, al estudio académico o al deporte; y no que a él le disgustara hacer cualquiera de esas actividades, de cualquier forma las hacía todos los días, era el simple hecho de que se aburría horrores porque no podía trabajar, ni hacer ninguna de las cosas de los hombres libres, de los verdaderos griegos.
Refunfuñando, Milo acabó con su baño y no encontró mejor forma de empezar su día del ocio que molestando a Leptina con mordaces comentarios y negrísimo humor. La sirvienta lo había soportado con extraordinaria paciencia, esporádicamente arrugando la frente o resoplando con furia ante alguna de las palabras de su señor, pero lo que finalmente la instó a largarse fue un comentario sobre si lo que le había arrebatado la voz había sido el gran miembro de Giorgos, el maestro de Milo, en su boca.
Y mientras pretendía sobrevivir las primeras tres horas de la jornada tumbado en su kline e intentando leer una novela que llevaba queriendo de terminar hacía varios meses, sus pensamientos se desviaban continuamente hacia el Santo de Acuario. Entre un párrafo y otro, de repente lo asaltaba el recuerdo de la noche anterior, de la mirada azul de Camus y su voz grave que le hacía cosquillas en la piel. De no haberse acordado que para esa hora ya se habría ido de regreso a Siberia, hasta habría sonreído.
Cuando finalmente se hartó de estar ahí sin hacer nada más que divagar entre palabras que no entendía y el Santo que entendía aún menos, se levantó, salió de su templo y se buscó algo para hacer.
Así era como había terminado en el Coliseo, presenciando una grotesca exhibición de egos. Era un entrenamiento colectivo, cientos de alumnos se habían congregado al lado de sus maestros para enfrentarse en largas rondas de combate y Milo había pasado gran parte de la mañana en la platea del anfiteatro mirando aquella munera sin demasiado entusiasmo.
Odiaba ese tipo de exhibiciones, casi blasfemas hibris que sin duda la infanta Atenea desaprobaría en cuanto tuviera la edad suficiente para salir de su adytón. Pero, aun cuando le parecía grosero e irreverente, era una oportunidad única de evaluar el nivel de los aprendices y fijarse en qué tan decadente estaba la Orden desde aquel fatídico día de la traición de Sagitario. Una decadencia que casi parecía una enfermedad. Y, por lo que observaba, nada estaba mejorando, al contrario.
Entre las mujeres que vio pelear, ninguna era digna de mención, pero tras aquel decepcionante momento, se sucedieron las peleas más interesantes a las que Milo les prestó un poco de atención, pero no mucha.
Eran los alumnos más jóvenes, los que llevaban menos de cuatro años en entrenamiento y, para juicio de Milo, la última esperanza de una alineación de Bronce y Plata más o menos decente. En poco menos de una hora, todo a su alrededor era una tormenta de gritos, vítores, maldiciones y aplausos. Un griterío vociferante, entusiasta, giraba alrededor del anfiteatro y se concentraba en los combatientes en la arena de duelo. Todo aquello provocado por un muchacho enclenque, de estatura y complexión insignificante y, por si fuera poco: meteco.
Milo miraba el combate y no, a la vez que escuchaba y no, los gritos que le empezaban a provocar un zumbido de oídos. Aunque el aprendiz japonés luchaba con extraordinaria habilidad y su cosmos prometía un aspirante a Santo de Plata; el Escorpión no le había tomado la simpatía que el resto. De hecho, le había chocado su actitud infantil e inmadura, aborreció la pedante sonrisa y le dieron ganas de ir y soltarle dos puñetazos para que dejara de hablar tanto, de presumir poder que no poseía y se dedicara exclusivamente a pelear. Pero debía de admitir, aunque fuera sólo para sí, que era el mejor de su grupo, prometedor si se le guiaba adecuadamente e incluso más inteligente que aquel bruto que Cobra tenía por discípulo.
Lo miró combatir por dos turnos y en poco ya había concentrado su atención en dos de las personas que se mantenían de pie en el área de instructores, al fondo del Coliseo y casi centrados frente a él. No eran otros que Águila y Leo.
Aioria, actuando de acuerdo a su sangre traidora, se saltaba los protocolos y las reglas vistiendo un vulgar traje de entrenamiento, gastado y sin insignias, que ponía en ridículo su rango. Estaba cruzado de brazos, muy concentrado en cada uno de los movimientos del niño japonés, siguiéndolo con los ojos y de vez en vez murmuraba algunas palabras a la mujer a su lado. Marín vestía su armadura de plata y una máscara sin adornos; escuchaba con atención al león y posteriormente gritaba a su alumno órdenes, consejos y hasta regaños. El discípulo era obediente, escuchaba con cuidado y se corregía con veloz eficacia, consiguiendo los vítores de los cientos de espectadores. Pero Milo no compartía la euforia, entreteniéndose más en dibujar las líneas de sus posiciones de combate, en repasar los movimientos, buscar errores.
Milo sonrió con suficiencia. Seiya era un calco pulido y perfeccionado de Marín, lo que significaba que Aioria tenía mucho que ver en el entrenamiento del niño.
—Estúpido prostates —murmuró para sí, riendo.
Contrario a lo que se pudiera asumir, dada su actitud hacia el otro, Milo no odiaba en absoluto a Aioria de Leo. Era un hombre vanidoso como cada dorado, pero tenía el honor suficiente para admitir todas las cualidades del quinto guardián y, consecuentemente, respetarlas. No le simpatizaba ni mucho menos, pero no le odiaba; de hecho, le tenía lástima. En otros tiempos y en otras circunstancias, Aioria habría sido admirado, respetado y ovacionado como en su momento lo fueron Aioros y Saga, pero el muchacho pasaba sus días rodeado de odio. Quizá era por ello que no lo había delatado cuando descubrió que había sido él quien había entrenado a Águila y no el viejo Sagitta.
Para nadie era secreto que Águila era la protegida de Aioria, algunos se atrevían a afirmar que eran amantes y por ello la Amazona de Águila era una mujer escasamente respetada dentro del Santuario. La llamaban la putita del león a sus espaldas y en su cara se limitaban a ignorarla o escupir su nombre al suelo. Milo la había observado con fijeza también, como a todos. Había comprobado que su poder era impresionante y su habilidad inmejorable, pero tenía el corazón blando y el carácter demasiado noble para sobrevivir sus días en aquel Tártaro que era el Recinto de Amazonas.
Los detalles de cómo y cuándo Aioria había sido testigo de su potencial como guerrera, eran inciertos. Sólo se sabía que un día el Leo había ido hasta Rodorio, máscara de aprendiz en mano, y llevado consigo a la niña extranjera que nadie sabía cómo había ido a parar a Grecia. Por supuesto que no estaba en posición de solicitar un alumno, de haberlo hecho el Patriarca mismo se le habría reído en la cara y quizá lo habrían azotado por insolente. Nadie confiaba en él y un Santo surgido de sus enseñanzas siempre era un potencial traidor; un aliado en sus conspiraciones de las que todos, con frecuencia, deliraban en sus momentos de ocio. Pero Aioria no se dejó amedrentar y había acudido a la presencia de cada Santo que consideraba adecuado para enseñar a su nueva protegida, soportando la humillación del rechazo, las burlas y hasta obscenos ofrecimientos para la niña. El Escorpión había sido uno de los que rechazaron la solicitud, pero admiró la fe y el esmero del león, creyendo que finalmente se cansaría y que una nueva frustración se agregaría a su larga lista. Sin embargo, Aioria había conseguido que Nix de Sagitta, el anciano maestro de Aioros, dejara atrás su retiro, la vergüenza y deshonra para dar la cara por aquella chiquilla.
Para Milo había sido obvio el engaño. Desde el primer vistazo que le diera a la niña luego de su segundo año de entrenamiento, había reconocido cada movimiento y técnica de combate del león dorado. Era tan evidente que Nix poco había tenido que ver en el entrenamiento que se sorprendió cuando nadie más pareció enterarse del asunto y el Patriarca la admitió como aspirante a la armadura de Águila tras sus primeras pruebas. Marín superó las expectativas, pero todo el Santuario parecía renuente en confiar en ella.
—¡Triunfo para Águila! —exclamó el soldado que hacía las veces de juez de campo, elevando el puño en dirección a Seiya. Milo torció la boca ante el gesto presuntuoso y autosuficiente que se le estampó en la cara.
Su arrogancia lo irritaba, pero reconoció la actitud como herencia de Aioria. Parecía que la historia se repetía. Seiya, había corrido con la suerte de caer en manos de Marín, así que casi por extensión Aioria rondaba siempre sus entrenamientos, discretamente transmitiendo sus enseñanzas a través de la voz de la Amazona. Dos niños de los cien llegados de Japón habían tenido el honor de quedar bajo la tutela de Santos de Oro y aquel muchacho, sin saberlo, había tenido la misma suerte. Aioria nunca recibiría el crédito y aquel petulante muchacho jamás le daría un solo gracias; pero aquello estaba bien para el león, que ya no esperaba nada de nadie.
—Saludos, Escorpión—dijo Camus de pronto, haciendo un gesto cortés y sentándose, con un asiento de diferencia, junto a él. Acuario se quitó el casco, colocándolo en el asiento vacío entre ambos y, bien erguido, le clavó la mirada a Seiya, siguiendo cada uno de sus movimientos.
Milo, tan concentrado estaba en sus pensamientos, que se sobresaltó al escuchar su voz de manera tan repentina. Había creído que el francés se había marchado a Siberia a primera hora de la mañana y no esperaba volver a verlo hasta el siguiente año. La voz de Camus, con aquella gravedad y monótono tono, le hizo acelerar el corazón y un escalofrío le recorrió el brazo, le hormigueó el cuello y los pelos de la nuca se le pusieron en punta, pero apenas y se movió ante su llegada. No iba a mostrarle la magnitud de la afección que le provocaba con su presencia.
Antes se mataba.
Aunque sentía la sangre correrle con velocidad y a su corazón latir con fuerza, se mantuvo impávido, emitiendo un gruñido por respuesta al saludo. La boca se le secó y le dieron unas ganas casi demenciales de pegarle para luego besarlo. La sensación era nueva, jamás le había pasado algo parecido y mucho menos con unas persona a la que llevaba años de conocer y, sin embargo, aquello pasó. Milo se sorprendió sinceramente.
En silencio, los dos hombres continuaron mirando la pelea. De vez en cuando Milo se fijaba en la expresión de Camus con discreción medida. Aunque sus ojos miraban al frente, impasibles y mantenía su usual expresión neutral, el Escorpión pudo leer más allá de aquella máscara y le vio el gesto tenso, malhumorado. Tenía la frente y las orejas rojas y el sudor le perlaba la nariz mojando el cabello del cuello. Las manos le sudaban también; las que se limpiaba con frecuencia en la tela del pantalón. Se moría de calor y en otra ocasión Milo se habría carcajeado por su poca resistencia al clima mediterráneo, pero decidió concederle aquello, manteniéndose callado.
Una gota de sudor emergió del cabello y recorrió su sien, su mejilla y después resbaló por el cuello hasta perderse dentro del gorjal de la armadura; Milo la siguió conteniendo las ganas de limpiársela, de bebérsela, reprimiendo la ansiedad por tocarlo.
Un suspiro discreto y luego una lengua surgida de su cavidad para remojar los labios del francés, le bastaron a Milo para decidir que tenía que irse de ahí, dejar de mirar al Acuario o iba a terminar montando tal espectáculo que se iba a quedar escrito en los anales del Santuario.
—¡Triunfo para el Águila! —. El griterío se intensificó, algunos se pusieron de pie y Camus aprovechó el momento para limpiarse el sudor de la cara con un pañuelo. Milo sonrió, evitando ser descubierto en su escrutinio cuando el Acuario lo miró de reojo.
A esas alturas, Camus esperaba que el griego ya le hubiera tirado varios de sus comentarios mordaces y lo colmara de burlas, pero permaneció en silencio, apenas sonriendo. Aquello le agradó y agradeció no tener que aguantarle sus palabras. Y pese a que Milo consideraba adecuado irse, no lo hizo, presa de una excitación por aquel juego extraño de miradas y silencios discretos. Fascinado por lo que había orillado a Camus a estar ahí a pesar de todo lo incómodo que estaba.
Tras un momento más de tensión, Camus giró el rostro hacia Milo, lo miró largamente y separó los labios para decir algo. El griego se descubrió conteniendo la respiración y estuvo a punto de abofetearse a sí mismo por estar actuando como un estúpido efebo virgen. Pero nada salió de la boca del francés, dejándolo a la expectativa, muriendo de curiosidad, pero indispuesto hasta la terquedad de ser él quien cediera.
Permanecieron ahí sentados, callados y tirándose miradas de reojo de vez en vez, descubriéndose en el acto en ocasiones. Tras la última victoria del alumno de Marín, el anfiteatro entero se puso de pie en medio de una ovación que le hinchó el ego al muchacho. Camus se puso de pie también, se encaminó a la salida del lugar sin mirar a nadie.
Milo se cruzó de brazos y piernas, se reacomodó en su asiento e intentó con todas sus fuerzas reprimir la carcajada. La sonrisa le tembló en la boca, amenazando con mostrar sus dientes. Camus volvió tras pocos segundos y el Escorpión no pudo evitar reírse un poco, sin llamar la atención de nadie más, eso sí. El francés se sentó en su lugar anterior, impávido y con lentitud, su mano tomó el objeto olvidado y la razón de la alegría del otro. Descansó el casco en su regazo, mirando al frente como si nada hubiera pasado.
Sonriendo, el griego lo imitó, mirando al frente. En la arena se organizaban nuevos combates, pero ya no les ponía atención. Camus suspiró, negando con la cabeza, al parecer desaprobando sus propias acciones al tiempo poniéndose de pie para completar su plan de marcharse.
—¿Por qué no te has ido? ¿Qué es eso que tienes que decir? ¿Te intimido? ¿Te avergüenzas? —quiso preguntar Milo, la curiosidad le podía demasiado, pero de alguna forma que lo sorprendió a él mismo, se contuvo.
Camus permaneció mirando al otro unos segundos más, los suficientes para que Milo le devolviera la mirada, consternado. Se miraron largamente y luego el francés volvió a sentarse. En aquella ocasión, le sonrió ligeramente de lado, apenas lo suficiente para que sólo el Escorpión lo notara. Milo perdió la concentración entonces, mirando el gesto con fascinación. Le veía con absoluta turbación y quien sabe qué cara de imbécil enajenado habrá puesto que hasta una ligera risilla se le escapó al Acuario.
—Esta vez me quedaré una temporada más larga y mi estadía en Grecia nunca es agradable fuera de mi templo—anunció y aunque pareció que iba a profundizar la explicación, no dijo nada más.
—¿Estás sugiriendo algo? —preguntó Milo, por fin, con su usual tono insolente e irónico. Al Acuario le sorprendía la velocidad con la que el griego se recomponía de su turbación.
Por supuesto que estaba sugiriendo algo, Milo lo sabía tanto como Camus, pero igual se hizo el que no entendía nada sólo para ver las reacciones que provocaba en el Acuario, pero él sólo mantuvo aquella sonrisa. Apenas un tirón disimulado en la comisura de sus labios. La usual indiferencia del hombre no revelaba sus pensamientos ni le dejaba leer sus intenciones. Pero le arrebujó un mar de excitación y expectativa.
El Acuario se fue por fin, con elegancia, dejando atrás a Milo que de pronto empezaba a sentirse acalorado.
.
.
