— ¡A que no me vas a creer lo que encontré hoy! —exclamó mi madre sentándose a mi lado en moderno sofá de cuero blanco.

— ¿Qué encontraste? —pregunté tratando de sonar lo más emocionada posible. Pero conociendo a mi madre, ya sabía por dónde iba el tema.

—Encontré a estas bellezas. —canturreó. Saco de una fina bolsa una caja negra, la abrió dejando ver unos brillantes zapatos de tacón.

Lo que parecían ser muy buenas imitaciones de diamantes estaban incrustados en este, en un tono oscuro. Y el tacón era de aproximadamente de catorce centímetros, porque obviamente doce centímetros extra no eran suficiente altura. Sonreí de oreja a oreja y los saqué de la oscura caja.

—Son hermosos, pero deben de haber costado mucho.

—Tonterías, solo ocho cientos dólares. —dijo sin dejar de sonreír.

—Mamá, eso es mucho dinero solo para un par de zapatos. —dije devolviéndolos en su caja.

—Olvídate de eso, quedan perfectos con el vestido rosa pastel que tenemos. Además no son solo un par de zapatos, son unos hermosos Stuart Weitzman, —nunca había oído hablar de esa marca, pero para no causarle un ataque al corazón a mi madre, me sorprendí. — ¿no te vas a probar a estas maravillas?

—Claro que sí—dije mientras me quitaba mis simple balerinas de los pies. Me puse los tacones, y comencé a caminar.

El tacón era muy alto, y probablemente me caiga de cara si doy otro paso más, así que me quedé estática mirando el reflejo de los zapatos en el espejo cercano. Eran hermosos, sí, pero no podía verlos y no pensar en la discusión que tendría mi padre más tarde con mi madre por estos zapatos de ochocientos dólares. Estaba tan acostumbrada a oírlos pelear por dinero. Mamá gasta demasiado dinero, más del que papá trae a casa. Pero lo peor de todo es ser en lo que tu madre gasta tanto dinero.

Y obligarla a devolver, o insistir en que no lo quieres la enojaría más que una pelea con papá, había aprendido eso con el tiempo. Así que me quede callada. Caminé como pude hacia donde estaba ella y la abracé.

—Te amo, mamá. Gracias, son hermosos. Vamos a ser la envidia en el concurso.

—Lo se cariño. Ahora sigue estudiando. Me cuesta decirlo, pero a veces la belleza no es suficiente y tienes que tener algo dentro de la cabeza. —se levantó del sofá y desapareció en la cocina.

La melodía de una de las canciones de Taylor Swift comenzó a sonar. Rebusqué dentro de mi bolso, y saqué mi teléfono celular. El nombre "Katherine" apareció en la pantalla. Presioné el botón de contestar y un grito ahogado se escuchó desde el otro lado de la línea.

— ¿Qué demonios? ¿Planeas dejarme sorda? —pregunté cambiando de oído el teléfono.

—Siempre tan dramática. —me respondió y pude adivinar que estaba rodando lo ojos en este mismo instante. — ¿Adivina quién tiene una cita con el mejor amigo de tu novio?

—No lo sé, si me lo dices podría saberlo. —le respondí secamente.

Katherine y yo éramos muy diferentes y a la vez tan parecidas. Su cabello era rubio platino, y le llegaba hasta los hombros, nunca he visto a una persona que luciera tan bien el cabello tan corto. Sus ojos grises resaltaban por su tamaño, y ni hablar de sus gruesas y hermosas pestañas que los rodeaban. Ambas teníamos la misma altura, aproximadamente un metro sesenta y nueve. Yo no era fea, si fuera fea de seguro nunca hubiera ganado ningún concurso de belleza ni con los carísimos zapatos de tacón que mi madre acababa de comprar. Katherine podría ser una diosa de la belleza y yo era…solo bonita.

Si había algo que le envidiaba era su forma de ser. Ella no se aguantaba las palabras en la boca, y si tenía algo que decirte te lo escupía en la cara, sin nada de rodeos. Eso paso cuando le dijo a su madre que no quería seguir compitiendo en estúpidos certámenes de belleza. Su madre estuvo molesta con ella un mes entero, y después lo dejo ir. Ella mintió en su grupo de amigas, diciendo que su hija había dejado los concursos para dedicarse más a estudiar.

Yo sabía que si le decía eso a mi madre, probablemente no me volvería hablar nunca más. Yo simplemente moriría para ella, y no es que este siendo una perra dramática, pero la es pura verdad. Mi madre compitió, cuando era joven, en cientos y cientos de concursos. Y no perdió ni uno solo. Soy la única mujer en mi familia, ya que el resto de mis hermanos son hombres. Hacerle esto, era lo más parecido a romperle el corazón.

—Yo. —soltó una risa nerviosa. —A por cierto, va a ser una doble cita. Puedes ir alistándote. —me dijo de último momento.

— ¿Y qué pasa si no quiero ir? Tengo otros planes, ¿sabes? —intenté molestarla.

—Me importa un demonio,Hinata .Levántate de tu sofá y ve a ponerte algún vestido corto para que vayas a pasar tiempo con tu novio y…con tu mejor amiga y su futuro novio. —solté una risa.

— ¿Kiba está de acuerdo en esto? —pregunté frunciendo el ceño.

Había comenzado a salir con Kiba hace cinco meses.

Kiba Inuzuka. Él es hijo de una de las mujeres del círculo social de mi mamá. Alto, cabello rizado de un marron brillante y ojos negros. Mi mamá lo amaba, y podría jurar que lo dejaría entrar a mi habitación y que me encerrase con él en esta. Siempre está lanzando indirectas, de cómo le gustaría que algún día sus nietos tengan el cabello de Kiba o cosas por el estilo. Vergonzoso.

—Él está completamente de acuerdo. Él fue quien arreglo todo con Sebastián. Paso por ti en minutos. Te quiero, besos. —dijo antes de cortar la comunicación.

Rodé los ojos y deje mi libro de Bilogía a un lado. Supongo que tendría tiempo después para estudiar para examen de identificación de las fases de una célula.

Subí las escaleras, y me dirigí hacia mi habitación. Saqué de mi armario unos pantalones jean, con una blusa sin mangas con diferentes caídas de color verde.

Lamentablemente en mi casa solo había tres baños. Y mamá y yo éramos las únicas mujeres. Mi madre compartía baño con mi padre. El otro baño era de Neji, mi hermano mayor, y de Brandon, el que sigue. Y el baño restante era mío y de Luke. Compartir el baño con él, era una completa tortura. Todos los días son peleas por como deja toda su ropa en el suelo, teniendo el canasto de ropa sucia a su lado. Poco parece importarle, ya que al día siguiente vuelve a dejar su ropa en el mismo lugar.

Me encargué de rizarme las pestañas y aplicarles un poco de mascara, brillo labial a mis labios, y estaba lista. Pasé el cepillo por mi cabello cuatro veces, antes de que sonara el claxon del auto de Katherine.

Guardé todo lo necesario en mi bolso; brillo labial, mis llaves y algo de dinero. Baje corriendo los escalones de dos en dos, mi madre se encontraba hablando por teléfono cuando llegue a la cocina.

—Espera un segundo, Candace. —dijo y despego el teléfono de su oreja, tapando la bocina. — ¿A dónde vas? —me preguntó.

—A una cita doble, con Katherine, Kiba y el amigo de Jackson. —respondí, colocando mi bolso sobre mi hombro.

—Antes de las once en casa. —dije y asentí con la cabeza. —Y una cosa más, —dijo haciéndome voltear de nuevo— no vuelvas a usar esa blusa. Te hace ver más gorda y resalta tus horribles caderas.

{…}

— ¿Estas bien, nena? —preguntó Kiba pasando ambos brazos por mi cintura, abrazándome.

—Sí. —mentí, con una enorme sonrisa en los labios. — ¿Dónde se han metido Katherine y Sebastián? —pregunté al ver que no estaban cerca.

—Probablemente besándose pervertida mente en el baño de mujeres. —respondió riéndose mientras besaba mis labios. —Podemos ir a hacerles compañía.

Hacerlo con mi novio en el baño público de un parque de diversiones, no era para nada uno de los escenarios donde tenían pensado perder mi virginidad. Katherine y Sebastián no habían parado de lanzarse miradas toda la noche. Finalmente, Katherine había dicho que quería ir al baño y supe que no estaba invitada a ir con ella cuando Sebastián la siguió.

— ¡Aquí están! —exclamé cuando Katherine y Sebastián aparecieron entre la multitud, con sus manos entrelazadas, salvándome del viaje indeseado al baño.

— ¿Por qué no vamos al café del frente? Tienen que tener algo mejor que la comida de aquí. —dijo Katherine.

—Vamos. —respondieron Sebastián y Kiba al mismo tiempo.

El café estaba muy lleno. Fuertes ruidos se escuchaban desde adentro. Una banda estaba tocando en el escenario, no pude distinguir a ningún miembro gracias a la cantidad de personas que estaban alentándolos. Katherine nos hizo una señal, levantando su brazo y agitándolo, para que vayamos hacia el lado izquierdo de la sala. Nos había conseguido una pequeña mesa decente. Los cuatro nos sentamos al mismo tiempo.

— ¿Quiénes son esos perdedores? —preguntó Kiba riéndose.

—Una banda de nerds, es lo único que puede ser. ¿Quién tiene una banda hoy en día? —lo imitó Sebastián riéndose escandalosamente.

Volteé para ver la banda de la que hablaban. Cuando lo hice, su mirada se encontró con la mía, como si esta le hubiera avisado que lo estaba viendo. El vocalista seguía cantando, sin despegar su mirada de encima de mí. Su cabello dorado le tapaba parte su frente, los tatuajes en su brazo izquierdo se hacían visibles gracias a la posición en la que sujetaba el micrófono.

Un nudo se formó en mi garganta. Las personas realmente cambiaban, él lo había hecho y se había esforzado mucho. Una sonrisa torcida apareció en sus labios, para abrirle paso a un guiño. Me di vuelta, dándole la espalda completamente.

— ¿Por qué el vocalista estaba coqueteando contigo? —murmuró Katherine en un susurro, permitiéndome escucharlo solo a mí.

—No tengo idea. —mentí, recogiendo mi menú.

—Solo porque estamos en frente de tu novio, no voy a decir nada. Pero de esta no te salvas. —me volvió a hablar de la misma manera.

No pude volver a voltear el resto de nuestra estadía en el café, pero seguía escuchando su voz. No tenía idea de que cantaba hasta este momento, y no lo hacía para nada mal. Después de dos canciones más, el concierto había acabado. Me di cuenta que nos marchábamos cuando los tres se levantaron de sus asientos, solo le había podido dar un sorbo a mi café. Salimos del café, hacia la fría noche cuando me choqué con alguien.

—Lo siento. —dije levantando mi mirada.

Y ahí estaban esos ojos color azul nuevamente. Eran lo único de él que no había cambiado. Y estaba feliz por eso, siempre me habían gustado sus ojos. Obviamente nunca se lo había dicho. El chico sonrió con la misma sonrisa de hace unos minutos.

—Hinata. —mi nombre sonó diferente saliendo de sus labios.

— ¿Pasa algo, nena? —preguntó Kibs, tomando mi mano y mirando detenidamente al muchacho.

—No, nada. Vámonos. —le respondí sin despegar mi mirada del chico.