Capítulo 2.

James Potter estaba deprimido. hacía un tiempo que su pareja lo había dejado y le había dicho que no lo amaba. Que él solo había sido un pasatiempo divertido.

Se preguntaba por qué lo había hecho. James se lo había dado todo y su ex pareja se había reído de él seguramente con sus amigos.

Ya se imaginaba qué dirían: (Que tonto ese James Potter. Se cree que lo amas o algo. Pobre chico. Incluso me da pena. Que estúpido es)

Sirius le preguntaba a menudo qué le pasaba pero él no le podía decir la verdad. Estaba seguro de que no volvería a hablarle. Y no porque hubiera estado saliendo con un chico. Porque al fin y al cabo, él estaba con Remus pero... Seguramente no le gustaría saber que estuvo saliendo con un Slytherin. Eso definitivamente le horrorizaría. Pero sería peor si le decía que el Slytherin era su hermano Regulus.

No quería ni pensar lo que le diría: (Tío Cornamenta ¿Cómo has podido? ¡Es una serpiente! ¿Comprendes James? ¡Una maldita serpiente! ¡y además es mi hermano! ¿En qué estabas pensando? Nada bueno sale de esa familia. Excepto yo. Pero eso es otra cuestión. ¡Joder Cornamenta qué asco! ¡Has besado a una serpiente! ¡Has besado a mi hermano!)

James se tumbó en su cama y cerró las cortinas. Puso un hechizo silenciador y lloró de nuevo.

Llevaba haciéndolo casi dos meses a parte de otras cosas que jamás les contaría a sus amigos.

porque James Potter, uno de los merodeadores, se hacía cortes.

Al principio comenzó a arañarse los brazos para poder olvidarse del dolor de su corazón. Se arañaba hasta hacerse sangre y eso le calmaba. Sabía que no estaba bien pero no podía parar de hacerlo.

-Después, cuando arañarse no fue suficiente, utilizó una nabaja que Sirius le había regalado. Eso le calmaba de momento. Y cuando no tenía su nabaja a mano, se hacía cortes utilizando la barita.

Llevaba muñequeras para evitar que nadie viera sus cortes.

Antes de cortarse, intentó correr por el bosque en su forma animaga. Esto funcionó durante un tiempo pero después no fue suficiente.

Ni siquiera el quidditch le aliviaba. No ponía todo su empeño en el juego y sabía que Sirius se había dado cuenta pero no había nada que hacer.

Sus amigos sabían que lloraba pero nunca les decía el por qué.

A menudo se preguntaba lo que había hecho para que Regulus ya no quisiera nada con él. Se sentía inútil, como una mierda. Pensaba que no valía para nada.

James recordaba lo que pasó al principio de curso como si fuera ayer.

Regulus y él habían dejado su relación durante el verano y no podía soportarlo. Estaba caminando por los pasillos sin rumbo fijo.

Tenía una hora libre y sus amigos estaban cada uno a lo suyo, Sirius y Remus disfrutando a solas de su amor y Peter con una Hufflepuff de sexto que le gustaba.

El merodeador giró en una esquina y vio a Regulus apoyado contra la pared como esperando algo.

Cuando pasó por delante suya, el menor de los Black cogió a James de la muñeca y le metió en un aula vacía.

Allí se besaron y tuvieron sexo.

A veces, era James quien le suplicaba para que lo hicieran y la última vez que pasó, Regulus se rió en su cara y le dijo que era solo su juguete personal pero a James no le importaba. Haría lo que fuera con tal de tener a Regulus aunque fuera por unos minutos.

Finalmente, el menor le dijo que ya no le servía y que había encontrado a alguien que sabía satisfacerle mejor y James se quedó destrozado.

Así fue como comenzó todo.

El Gryffindor tocaba el piano. Era algo que su madre le había enseñado y le encantaba. Muchas veces, había tocado en sus ratos libres e incluso para los merodeadores. Había tocado junto a Remus.

También le había tocado música a él. Incluso le había compuesto algunas piezas.

Cuando Regulus estaba inquieto, y no podía dormir cuando estaban juntos, James lo abrazaba y tarareaba una de las canciones que le había compuesto y se dormía con una sonrisa.

Pero desde que lo habían dejado, no había vuelto a tocar. Cada vez que veía un piano, un dolor horrible y lacerante le desgarraba el pecho en dos.

Sentía como su corazón se partía.

Lo peor era cuando veía a Regulus besarse con otro chico. Eso le desgarraba el corazón en pedacitos. Cada día, su corazón se rompía un poco más.

Regulus Black le había matado por dentro. Bueno no. Ese chico retorcía su corazón una y otra vez.

Cornamenta recordó un mito muggle que le habían contado sobre alguien llamado Prometeo al que Zeus había castigado haciendo que un águila se comiera su hígado durante el día. Y por la noche el hígado se le regeneraba para que al día siguiente, el águila se lo pudiera volver a comer.

Así se sentía él. Pero sin que su corazón sanara nunca. Y dudaba seriamente que sanara algún día.

El merodeador sollozó durante horas hasta que exausto por el llanto se durmió.