Capítulo I – Lagartos sobre el ermitaño
El muchacho cogió la rana verde por una de sus finas y delicadas patas y la sacudió en frente de sus brillantes ojos. Cuando la pequeña rana posó la vista fijamente en el muchacho, intentó zafarse de las que bajo su perspectiva serían unas monstruosas garras. El chico sonrió, y sus ojos brillaron aún más. Soltó la rana desde la altura en la que la tenía agarrada y al golpear el frío suelo comenzó a brincar hasta perderse de vista bajo las hojas de unos helechos. El chaval se agachó para ver por dónde se había ido la rana pero debido a la tranquilidad que le gobernaba en ese momento, seguramente la rana ya se encontrase en el río más próximo.
Miró a su derecha. El sonido de unas torpes y robustas pisadas llegó a sus oídos. Se agazapó entre unas frondosas ramas de lo que debía ser un pino joven, lo que tenía más cerca de su posición. El pino era pequeño, pero sus ramas eran suficientemente espesas como para cubrir a alguien no muy pesado entre ellas. El chico decidió subirse a un par de finas ramas para llegar a la parte en la que el follaje era más espeso. Apartó una de las pequeñas piñas y miró hacia abajo. Los arbustos se movían, las grandes hojas, bañadas por el rocío se tambaleaban como un perro cuando se sacude para quitarse el agua de encima.
La bestia se dio a conocer. Precisamente, un perro con pintas de lobo se asomó a través de las hojas y, con torpes pasos, llegó al lugar donde el chico había estado agachado viendo a la rana. Olisqueó su rastro y escarbó un poco la húmeda tierra. Una de las ramas crujió por el peso del muchacho, alertando su posición al animal que estaba bajo sus pies. El perro miró hacia arriba con la lengua fuera y movió la cola.
- Cualquiera te asusta a ti, Freki –dijo el muchacho saltando del árbol y cayendo al lado del perro. El golpe fue insonoro; la tierra estaba mullida por la humedad del ambiente. El chico le pasó la mano al perro por la cabeza y cerró los ojos disfrutando de la palmada de su amo- ¿a quién buscabas, chico? Vámonos a casa que es hora de hacer algo de comer… -el muchacho sonrió y cogió de los gordos mofletes al can que gimió con un sonido grave, muy natural viniendo del animal. Freki era el perro que siempre acompañaba al muchacho… Es decir, siempre que Freki estuviese despierto. El animal era de naturaleza dormilona y perezosa aunque en la misma cantidad era fiel y cariñoso con su dueño y con los escasos visitantes que de vez en cuando veía en la isla.
Las brasas aún estaban encendidas, a pesar de la humedad que hacía ese día, mantenían la cabaña caliente y lista para hacer cualquier potingue que se pudiese considerar comida. El joven tenía claro que no es que fuese el mejor cocinero de la isla, más bien, si en la isla hubiese un poblado de cien personas, él probablemente no estaría cocinando para nadie de ese centenar… Para él su propia comida estaba sabrosa; ingredientes del bosque, carne y pescado frescos, infusiones de plantas, hacía algún que otro mejunje raro pero nunca comía cosas en mal estado.
Puso un caldero de cobre sobre las brasas y cogió un rudimentario fuelle que él mismo había hecho. En verdad el fuelle no había por dónde cogerlo, había sido el resultado de una apuesta que hizo con su último visitante; el muchacho dependía mucho de las "llamadas" y le habían llamado «el inútil ermitaño que necesitaba ayuda de los dioses hasta para lavarse detrás de las orejas». En un arrebato, provocado por su mal temperamento, el chico había ideado la manera de diseñar un fuelle casero con piel de oveja y madera tallada por él mismo (ciertamente era bastante bueno tallando madera), la boquilla del fuelle la había hecho tensando las partes más duras del pellejo de la oveja y atándolo con cuerda de redes de pescador. La verdad era que el fuelle era un tanto inútil, chirriaba al uso y el aire se escapaba por los huecos de piel, mal fijados en la madera…
- Por-Por favor… -dijo el chico cerrando los ojos- lo sé, lo sé, se supone que debería intentar llamaros menos, pero… -miró el fuelle e hizo una mueca de desesperación.
Las brasas empezaron a brillar con más fuerza, pronto su fulgor se tornaría en un tierno y dulce fuego que acariciaba la oscurecida base de cobre de la cacerola. El muchacho echó un batiburrillo de ingredientes frescos, recién cogidos esa misma mañana, al recipiente y al poco tiempo, el caldo, que había cogido un color entre amarillo y marrón, comenzó a soltar pequeñas burbujitas. El joven cogió un criollo de la mesa de cocinar y se lo echó a Freki que estaba ansioso por comer. Las horas de comidas no funcionaban con el perro, él estaba siempre hambriento o sino, durmiendo.
Mientras la comida se hacía, el muchacho cogió un cuenco en el que había cenizas y colocó varias hojas y flores secas. Con unas pinzas de hierro agarró una de las brasas bajo la cacerola y la restregó por el cuenco, cuyas flores empezaron a soltar un denso pero delicado humo. Volvió a colocar la brasa en su sitio y acercó el cuenco a una zona reservada de la cabaña, allí tenía pequeños tótems de madera –cada uno de un árbol distinto- que él mismo había tallado con formas de los dioses. Había tres tótems en total. El primero y el segundo tenían cenizas recientes, pero el tercero estaba vacío. El muchacho posó el cuenco con las hojas encendidas frente al tercer tótem. Este tenía grabadas dos serpientes muy unidas entre sí, sujetas por un hombre. No, no por un hombre: éste era el tótem de un dios. El muchacho tocó con una mano el tótem y apoyó su frente en los nudillos, después, murmuró unas palabras.
El olor ya invadía toda la cabaña, incluso se apoderaba del delicado pero intenso olor de las hierbas encendidas: la comida estaba lista. El muchacho se impulsó y de un salto pasó de estar de rodillas frente al tótem a estar de pie frente a la cacerola, su hambre a veces era comparable a la de su compañero de cabaña. Llenó un cuenco hondo de madera hasta arriba de estofado, se salía por los bordes. Freki se había levantado y seguía el rastro de gotas de estofado que le iban cayendo al muchacho de camino a la mesa.
Tan pronto como cargó la primera cuchara, un destello oscuro entró por un hueco de la cabaña y se enganchó a la barra de hierro que sujetaba la cacerola. El joven suspiró. De repente, una serie de fuertes ruidos llenó la habitación.
- ¡¿Por qué no esperas a que se enfríe?! – dijo el muchacho con la boca cargada de patatas asadas. El destello esta vez se apoyó sobre la cabeza del chico y tiró de sus cabellos plateados con fuerza- ¡AY, AY, AY! ¡Suelta! ¡Suéltame! – Freki movía la cola justo a su lado, también quería jugar. Con un movimiento rápido, el chico agarró al pájaro y lo posó en la mesa; le pasó el cuenco al animal y se fue a llenar otro para él.
- Eres un cuervo, deberías de poder cazar… no sé, ¿bayas? ¿carroña? Horik está siempre montando jaleo, ¿por qué no te vas con unos amigos a volar un poco por su zona? – el muchacho se sentó junto al cuervo, este había dejado de comer y le miraba fijamente- Fjorgyn nunca dijo que debía alimentar a sus mascotas eh…
El cuervo volvió a alzar la vista y cruzaron miradas. El muchacho se puso serio.
-¿Traes algo? –dijo impetuoso con los bordes de la boca llenos de caldo- ¡enséñamelo! ¡enséñamelo! –irrumpió el muchacho poniendo ambas manos sobre la mesa. El cuervo dio un fuerte graznido. Éste, inteligente, sabía que el muchacho lo necesitaba a él más que él al muchacho, además, a los mensajeros del aire ningún chiquillo les ordenaba nada.
-Seguramente sea otra partida de imbéciles que vienen a buscar historias y mitos que contar a sus chavales, ni de ocho coces los espantaré de una vez por todas –el muchacho suspiró. El cuervo estaba cogiendo un trozo de zanahoria que quedaba en el cuenco. Justo cuando la tragó miró al muchacho que aún seguía esperando sus noticias y entonces, de un golpe de alas, se perdió entre las oscuras vigas de la cabaña.
El muchacho pensó que el cuervo se había ido ofendido pero no era así. Del techo comenzaron a caer pequeños copos de ceniza, negra como el carbón. Los copos aumentaban cada vez más y más de tamaño y cuando tocaban el suelo desaparecían. Los copos comenzaron a tomar formas, formas alargadas y finas, formas terminadas en punta en un extremo pero redondeadas en el otro. Los copos ya no eran motas de ceniza, eran plumas negras que caían sin cesar del techo. El muchacho se levantó y extendió los brazos como hacía siempre el primer día de nieve. Las plumas no tocaban sus manos, las esquivaban. Intentó coger algunas pero, como llevadas por una ligera brisa, se escapaban de sus intenciones. El muchacho empezó a dar vueltas sobre sí mismo, giraba y giraba hasta que pequeños flashes interrumpieron su visión de la cabaña. Los flashes eran como si alguien le golpease con una maza de piedra en los ojos, fuertes oleadas de imágenes sobre lugares, eventos, sitios y personas que no conocía. El muchacho gruñó. No podía escuchar nada de lo que pasaba en esos sitios pero sí veía cosas e incluso sentía el tacto de alguien. De repente, sus ojos azules brillaron como una aurora boreal y vio a un joven de piel morena frente a él, sentía sus manos callosas tocándole. De pronto, la imagen del chaval comenzó a romperse como un espejo, se difuminaba en pequeños trozos irregulares y se perdió en la mente del joven. Un sonido lejano acompañaba a la visión de total oscuridad. El sonido empezó a hacerse más fuerte y más audible, un sonido familiar, graznidos de… una bandada… ¿gaviotas? ¿cuervos? Aún no se distinguía bien. El joven se apretó los oídos, no quería oír más. Alzó la vista y el sonido dejó paso a una imagen.
Nubes, agua, oleaje. Sobrevolaba una gran extensión de mar, ahora veía lo que el cuervo había visto. Primero voló por encima de algunas nubes y para luego empezar a descender en un grácil planeo. No muy lejos de su posición se veía un pequeño punto de color marrón oscuro, casi negro. Una vela blanca rompía la oscuridad de la nave; eran visitantes, estaba claro que venían hacia la isla, ese era el mensaje del cuervo. Descendió rápidamente un poco más y llegó a acercarse al mástil, un hosco lagarto mal tallado. El viento le hizo tambalearse y con un pequeño salto se giró a la tripulación. Uno de los navegantes estaba a menos de diez pies de distancia del ave.
-Mirad, ¡un cuervo! –el barbudo hombre señaló al pájaro.
-¿En serio, Bragi? –preguntó de forma irónica un chico sentado al final del navío- la isla no está perdida en el Kattegat, tranquilo, no vamos a hacerle cosquillas a la serpiente –el joven sonrió malicioso y todos los demás se rieron del hombre de barba. El muchacho dentro del cuervo también sonrió, olvidándose de dónde estaba.
-En unas horas llegaremos a Samsoe, nos estableceremos en la playa como habíamos hablado y dos expediciones partirán en ambas direcciones de la isla desde el punto de partida. Barreremos la isla en un par de jornadas –un hombre más mayor que los dos primeros hablaba ahora, debía ser el líder. Tenía una barba del color del fuego, atada con dos anillos gordos de hierro brillante, probablemente plata envejecida- Si encontráis algo, cogedlo. Si no encontráis nada, volved a mirar, Haraldson está muy cambiado desde lo de sus hijos, tenemos que hacerlo por él –el hombre apretó los dientes y agachó la mirada.
El chico dentro del cuervo recobró la conciencia y observó a los tripulantes. No parecían pescadores, a Samsoe sólo iban pescadores y algún que otro aventurero con la cabeza llena de cuentos e historias inducidas por algún falso vidente. Uno de los hombres se levantó para mear fuera del barco y dejó ver un gran hacha atado al cinturón, además de que el barco estaba rodeado por escudos. Definitivamente, con todas esas señales estaba claro que no eran pescadores, ni tampoco un aventurero fuera de sus cabales. Esta vez era una expedición de fuertes muchachos, asustarlos iba a ser algo más difícil esta vez. El chico acabó de mear y giró la vista al cuervo. Sus ojos, su barba reciente… El muchacho era el de las primeras visiones…
-Ragnar, cualquier día te la van a comer las gaviotas muchacho –le dijo el señor de la barba de fuego y todos volvieron a reir. El joven también sonrió. Se volvió a sentar en su posición, en la parte trasera del barco y volvió a taparse con la capa. Sin darse cuenta, el cuervo alzó el vuelo nuevamente y sobrevoló el barco, dejando atrás los persecutorios ojos del chico Ragnar, que le seguían en su trayectoria, lejos del navío.
La imagen del bravo mar comenzó a quebrarse y finalmente se rompió en pequeños pedazos; la oscuridad volvió a apoderarse de la mente del joven de Samsoe. El graznido de un cuervo volvió a sonar como un eco perdido en el silencio dentro de su cabeza. De pronto, los flashes volvieron, destellos repentinos… Azules, verdes y algunos le recordaban al color de la piel humana.
El muchacho se despertó de un sobresalto, el cuervo que estaba sobre su pecho salió volando y el chico se cayó de una de las vigas del tejado y cayó sobre la mesa en la que anteriormente ambos compañeros habían estado comiendo. La mesa se partió en dos como si hubiese sido dividida por el hacha de un gigante y los dos cuencos salieron volando hacia ambos lados de la cabaña. Freki se asustó y miró al joven pero en vez de asistirlo fue corriendo a lamer los restos de estofado estrellados en la pared.
El joven se incorporó de entre las dos tablas que eran ahora la mesa y miró al suelo, al hueco que tenía entre las piernas, a la fría piedra, meditando sobre lo que acababa de ver. Los mensajes del cuervo solían ser rápidos, no tan largos y sobre todo nunca tan intensos. El chico miró a un lado de la habitación, las brasas se habían apagado; miró al otro, los ojos de los tótems le contemplaban fijamente, la fumarada producida por las flores y las hojas secas se reunía sobre las figuras con el humo de los otros dos cuencos, un humo tan fuerte y espeso como el que salía del tercer cuenco.
Vali tragó saliva, nunca antes se había sentido tan perturbado como en ese momento. Decenas de aventureros se habían adentrado en la isla, pero siempre solos y nunca habían llegado a tener contacto tan cercano como el muchacho de la visión. No sabía cuánto tiempo había estado en trance, pero el velo de la noche ya comenzaba a tapar algunos huecos que el techo de la cabaña dejaba entrever y, o la expedición llegaba mañana o ya se encontraban en la isla.
