Después de casi un año tengo la poca decencia de actualizar hoy. Acepto quejas, reclamos, insultos y todo el bullyng que queráis hacerme. Supongo que es mejor tarde que nunca, es patético, pero no tengo con que defenderme. Y respecto al capítulo, deciros que es puro drama pero ya os informo de que tendrá final feliz. Isayama rompió mi sueño pero yo lo haré realidad en este fic.
Shingeki no Kyojin no me pertenece.
Este capítulo va dedicado a Diosa de la muerte quien estuvo pendiente de que actualizara y no olvidó el fic pese al enorme hiatus.
Gracias también a los reviews de YesOffer, Hitsuji-Sama, kotoko-nada y MaguiBruno!
Pareja: ErwinxArmin.
Armin acudió al hospital dado que no tenía otro lugar al que ir. No era el mejor refugio para sanar sus heridas, y desde luego ver a su abuelo postrado en cama, no ayudó en absoluto, mas tenía la seguridad de que ahí estaba a salvo. Contemplando a su único familiar con vida, se preguntó cómo su vida monótona había derivado en un espiral de infortunios y sufrimiento. Si hubiera sabido que su relación con Erwin terminarían de esa forma tan lamentable, hubiese preferido mil veces seguir enamorado en secreto y admirándolo desde la distancia. Pero su ímpetu e insensatez lo habían estropeado todo.
Lamentó profundamente que Erwin ya no le viese como su estudiante más brillante, sino como un idiota enamorado que gritaba a voces sus sentimientos hacia él. Suspirando, se arrepintió de sus actos. No entendía cómo había sucumbido tan fácilmente, cómo no había sido capaz de callar y agachar la cabeza como solía hacer. Su gran capacidad de racionamiento se había visto eclipsada por esos furtivos e intensos sentimientos que arremetían contra él como olas furibundas que le arrebataban toda su cordura.
Odiándose desde lo más profundo de su ser, decidió que ya era hora de olvidarse de Erwin, le había declarado sus sentimientos, y hasta ahí llegaba su inexistente historia de amor. Desde el principio supo que se trataba de un amor no correspondido, y por encima de todo, completamente prohibido. Hubiera tenido más posibilidades con cualquier otro hombre de la faz de la tierra. Ese amor no le había aportado nada, por lo que lo más sensato e inteligente sería olvidarse de una vez y pasar página.
—¿Cómo se encuentra?
Armin pegó un salto y se volteó con el corazón acelerado. Erwin Smith estaba plantado frente a él tal y como lo había estado dos horas antes. Sin su característica sonrisa afable, su profesor le observaba con gran preocupación. Mentalmente tuvo que calmarse y respirar hondo. Aún no estaba preparado para afrontarlo de nuevo.
—Está… Está bien —mintió sin saber muy bien por qué.
"¡Vete. No quiero verte. No ahora!"
Mirando fijamente las sábanas de la cama, Armin no se atrevió ni siquiera a mover un dedo. La presencia de Erwin era algo que su cerebro no había predecido. No sabía cómo actuar.
—¿Qué hace aquí?
No quiso sonar tan impertinente con aquella pregunta, pero las circunstancias le sobrepasaban y apenas podía pensar con claridad.
—Bueno, tras lo ocurrido esperaba poder reconfortante un poco.
Si creía que esas palabras le consolarían, se equivocó. Armin se odió todavía más por amar a un hombre que, a pesar de todo, seguía tendiéndole la mano. ¿Por qué no podía enamorarse de chicos como Reiner o Jean? ¿Por qué tenía que ser Erwin?
—No… No le necesito —confesó, sintiendo su corazón romperse en pedazos.
—Armin…
—Le agradezco que haya venido, pero ahora mismo solo quiero estar solo.
Su corazón lloraba desconsoladamente y él no era capaz de detenerlo.
—No hay nada de malo en querer a una persona —dijo Erwin en otro intento por acercarse a él.
Armin cerró los ojos, engullendo sus lágrimas. ¿Por qué no podía simplemente ignorarle? ¿Por qué era tan jodidamente perfecto?
—Por favor, no lo haga más difícil —pidió ahogando un sollozo.
—Solo intento ayudarte —expresó, colocando una mano sobre su hombro.
El tacto de su mano le sobresaltó pero no se apartó. Lo sentía tan cerca, pero a la vez tan lejos. Era cierto que Erwin era el único capaz de hacerle sentir mejor, pero no ahora. No después de confesarle su amor.
En vista de que Erwin no parecía tener intención de irse, Armin decidió marcharse antes de que la situación fuera a peor.
—Debería irme —anunció con voz débil.
—Te llevaré —ofreció el mayor sin vacilación.
Armin maldijo su amabilidad en silencio. Iba a rechazarlo pero cometió el error de mirarle a los ojos. Su expresión le desarmó completamente. Todas sus fuerzas se desvanecieron en un suspiro, y es que Erwin era el único que podía debilitarlo sin necesidad de palabras.
—Como quiera —murmuró cohibido.
Antes de abandonar la habitación del hospital, cogió la mano de su abuelo y le dio un beso. Como había imaginado su piel rugosa estaba fría y por un segundo quiso quedarse y hacerle compañía toda la noche. Pero recapacitó, él también necesitaba descansar.
Y como era de esperarse, el trayecto se le hizo de lo más incómodo. Sentado en el asiento del copiloto, Armin observaba a través del cristal delantero los demás coches y transeúntes. La noche había caído hacía rato, y por alguna razón, eso le desalentó todavía más. Las mismas sensaciones que arremetieron contra él en el hospital, regresaban una vez más.
Tan cerca y al mismo tiempo tan lejos. Fue una suerte que Erwin no hablara durante el trayecto, quizás había comprendido que no era buena idea forzarle a que hablara con él.
Finalmente, tras unas cuantas indicaciones por parte de Armin, el mayor detuvo el coche a pocos metros de donde vivía su alumno. Desabrochándose el cinturón, se dispuso a salir cuanto antes del coche, pero la mano de Erwin puesta en su brazo le paralizó.
—Puedes acudir a mí en cualquier momento.
Armin tuvo un escalofrío. En ese instante se debatía entre huir sin mirar atrás (como había hecho anteriormente) o lanzarse a sus brazos y dejar que Erwin le abrazara durante toda la noche. Desafortunadamente, aquello último no era posible. Estaba dispuesto a no dejar que su relación empeorara hasta ese punto.
—Buenas noches, profesor.
Y sin más, salió del coche devastado por el rumbo tan deplorable que había tomado su relación. Pero, ¿a quién pretendía engañar? Ellos nunca habían mantenido una relación.
Encerrado en su casa, se consoló con saber que mañana era sábado y podría descansar más de siete horas. Deseando que el día llegara a su fin, se metió en la cama sin haber cenado y cubriéndose con las sábanas, cerró los ojos intentando no pensar en lo patético que se veía.
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El martes a las ocho menos cinco de la mañana, casi todos los alumnos repasaban en voz alta lo estudiado el día antes. Había llegado el día que todos temían, pero que solo unos cuantos tendrían la desgracia de ser elegidos. No era un examen, pero sí una prueba para evaluar los conocimientos aprendidos hasta el momento.
El año anterior la mayoría ya habían experimentado esa sensación de pánico y nervios, pero ninguno se había acostumbrado a ella. Eren murmuraba en voz baja sin dejar que el alboroto del aula le distrajera. Sasha mantenía sus ojos pegados al libro, temerosa de que se le olvidara cualquier información valiosa. El único que parecía calmado y ajeno a todo, era Armin.
Mentiría si dijera que había estudiado con interés, más bien había abierto el libro de historia el día anterior junto con otros dos libros sacados de la biblioteca. Aparcar los estudios era algo que no contemplaba ni por asomo, pero era cierto que su entusiasmo había decaído muchísimo desde el viernes pasado. Fue consciente que era la primera vez que no quería ser elegido.
A las ocho en punto, entró Erwin por la puerta y la tensión subió considerablemente. Conociendo el protocolo, los estudiantes guardaron sus libros y apuntes y rezaron para que no fueran ellos los elegidos. Era bien sabido que Erwin no consideraba suficiente el examen final para la evaluación de sus alumnos, y por ello sometía a unos cuantos a preguntas referentes al temario para asegurarse de que no solo estudiaban los días antes del examen final.
Armin siempre salía impecable de esa prueba, a pesar del nivel de dificultad que le imponía Erwin. En esa ocasión, sin embargo, no estaba seguro de poder impresionarlo.
Tomando asiento en una de las mesas del fondo, Erwin abrió su libreta y con bolígrafo en mano, repasó la lista de nombres.
—Eren Jaeger.
Este inspiró y se levantó un tanto nervioso. Armin le deseó buena suerte.
—Recordad que podéis utilizar la pizarra para anotar conceptos, fechas, nombres o incluso esquemas para usar de apoyo —dijo Erwin pasando las páginas del libro de historia—. Veamos… Háblame sobre la guerra entre Rusia y Japón.
Eren asintió y cogiendo la tiza anotó las fechas de inicio y fin, junto con las batallas más importantes. Si bien al principio tartamudeó y confundió algunos nombres, fue cogiendo confianza y motivación. En general, no lo había hecho mal del todo.
—Bien, Eren, pero puedes hacerlo mejor —concluyó Erwin.
Eren regresó a su sitio aliviado.
Erwin siguió nombrado a otros alumnos como Sasha, Mikasa, Connie, Hitch, Annie… hasta que dio por finalizada la prueba con Marco. Armin agradeció no haber salido enfrente de todos sus compañeros; seguramente Erwin había tomado en consideración su estado emocional, pero eso no le hizo sentirse mejor.
—Bien, ahora sigamos con la revolución de octubre de 1917 —anunció Erwin regresando a su mesa de profesor.
Todos se apresuraron a tomar apuntes, entretanto, Armin escribía todo lo que podía mientras en su interior intentaba construir un muro que le protegiese y al mismo tiempo, le alejara de Erwin.
Era por su propio bien. Lo hacía por el bien de ambos. Era lo correcto. Su amor por Erwin no era sino un encaprichamiento pasajero, nada más… No era realmente amor… No lo era…
En el fondo de su corazón sabía que era mentira, pero prefería aferrarse a esa mentira y terminar convirtiéndola en verdad. Solo así conseguiría olvidarse de Erwin.
¿Verdad?
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Se podría decir que su estrategia funcionó más o menos. Poniendo toda su atención en los estudios y uniéndose a las quedadas de sus amigos, logró no torturarse las 24 horas por su amor no correspondido.
Sin duda, no podía sentirse más afortunado. Tenía unos amigos maravillosos, y creyó encontrar la cura en ellos. Por otra parte, su abuelo seguía hospitalizado, pero su estado no sufrió ningún cambio respecto a las semanas anteriores. Grisha le informaba cada ciertos días, y sus visitas eran recurrentes, pero no corría peligro alguno. Incluso ya podía ponerse en pie y caminar hasta la puerta de la habitación, pero su debilidad en las articulaciones y falta de equilibrio eran demasiado evidentes.
Un viernes por la tarde, Eren le había convencido de ir a su casa con Mikasa, Jean, Sasha y Connie. El plan sería jugar con la Xbox y ver alguna serie o película y quedarse a dormir. Eren vivía en una casa de dos plantas y un altillo que usaba a menudo para pasar las noches con sus amigos. Amplio, nítido, con varios sofás de tamaño extra grande y una televisión con docenas de videojuegos amontonados a los lados de la pantalla.
Mientras se repartían las pizzas entre los seis, Eren fue enumerando los videojuegos.
—Tenemos el Final Fantasy, el Overwatch, el Dark Souls, Titanfall…
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Jean alcanzando la carátula del Overwatch—. ¿Media hora cada uno?
—¡No toques los videojuegos con las manos pringosas de queso! —exclamó Eren indignado y arráncandole el juego de las manos.
—¡Eh, vale!
—Yo no creo que pueda pasarme si quiera la primera pantalla del Dark Souls —admitió Sasha avergonzada.
—Podemos empezar con el Final Fantasy —sugirió Mikasa.
—Si me disculpáis un momento —murmuró Armin poniéndose en pie y dejando caer la manta que llevaba encima.
—Si te vas ahora no podrás elegir videojuego —le advirtió Eren.
—No importa. Todos me gustan.
Bajando las escaleras, su figura se perdió entre la oscuridad rápidamente. Era pasada la medianoche, y los padres de Eren dormían desde hacía rato. Jean le siguió con la mirada y decidió que aquel era el momento.
—Voy a por más coca-cola —dijo tras comerse el trozo de pizza.
Eren le miró y entre los dos intercambiaron una mirada cómplice.
—Procura no hacer mucho ruido.
—Sí, sí… —respondió ante la advertencia del castaño.
Con la luz del móvil encendida, bajó los escalones con cuidado hasta llegar al primer rellano. La luz de la cocina le indicó que Armin se encontraba allí. Dirigiéndose con pasos firmes, entró en la cocina cerrando la puerta detrás de él.
—Armin.
—¿Jean?
—¿Ocurre algo? —preguntó el más alto sin andarse con rodeos.
—¿Eh? No, solo quería coger una manzana —respondió señalando el cesto de fruta.
—No, me refiero a estos días. Has estado extraño.
Armin sintió el pánico invadirlo. ¿Se había dado cuenta?
—Estoy bien. No me pasa nada —aclaró con una sonrisa.
Jean no era estúpido, y tenía muy claro que algo había sucedido. Los primeros días no lo había percibido, pero más adelante empezó a notar raro su comportamiento. No fue algo de la noche a la mañana, más bien gradual y que poco a poco iba en aumento.
—Eren también se ha dado cuenta y Mikasa.
—No sé de que hablas —contestó Armin nervioso.
—¿Qué ha pasado? A nosotros nos lo puedes contar.
Armin maldijo todo lo que conocía. No podía olvidarse de Erwin si Jean insistía en que hablara de sus sentimientos. Era mejor ocultarlos y fingir que no existían.
—Vamos, Armin. ¿Es por tu abuelo? ¿Esos imbéciles han vuelto a meterse contigo?
"Ojalá fuera algo tan sencillo como eso".
—No, Jean. No es nada de eso.
"Simplemente le declaré mi amor a nuestro profesor de historia para luego ignorarlo y pretender que en realidad no me gusta".
—Entonces, ¿de qué se trata? —presionó Jean.
—¡Nada! No ocurre nada —exclamó pasando por su lado y marchándose de la cocina a toda prisa.
Jean se quedó solo y claramente más preocupado que antes. Armin no sabía mentir.
Cuando regresó al altillo intercambió otra mirada con Eren y sin que nadie de los presentes lo notara, negó con la cabeza en señal de que habían fracaso en su propósito. El castaño frunció los labios, descontento con la ineficacia de Jean; tendría que intervenir él mismo.
En general, la noche la pasaron jugando y viendo películas. No fue hasta las cinco de la madrugada que todos cayeron dormidos en los sofás. Hacia las doce de la mañana, Eren despidió a sus amigos, asegurando que lo repetirían en cuanto terminasen los exámenes. Sin embargo, invitó a su amigo Armin a quedarse un par de horas más y comer con él y sus padres.
Este rechazó ser una molestia, pero Eren no le dio opción.
—Tú y yo tenemos que hablar.
Armin supo que con Eren no sería tan fácil como con Jean. Podía seguir haciéndose el loco y fingir que todo estaba bien y seguramente enfurecer a su amigo por mentir con tal descaro. Pero por otra parte, no le agradaba la idea de revelar sus sentimientos.
Poco antes de comer, Eren y Armin se encontraban en la habitación del castaño con la puerta cerrada para evitar que Carla o Grisha escucharan algo. Sentando en la silla de su escritorio, Eren recostaba su pecho contra el respaldo mientras Armin estaba de piernas cruzadas sobre la cama.
—No trates de ocultarlo. Hace semanas que estás deprimido —empezó el castaño mirándole fijamente—. ¿Qué te ha pasado? A mí me lo puedes contar.
—¿Y si no quiero? —inquirió este con la cabeza agachada.
—Nos conocemos desde los tres años, hemos sido amigos todo este tiempo y nos hemos apoyado mutuamente en los momentos difíciles.
Eren llevaba razón, pero esta vez no era un asunto que se pudiera tratar a la ligera.
—Sino me lo dices, me enfadaré y no querrás que esto pase —le amenazó con voz grave.
Armin se vio acorralado y barajó la posibilidad de explicarle muy por encima su problema, sin entrar en detalles ni nombres. De todos modos, Eren no podría ayudar ni interferir, pues era algo que nada tenía que ver con él.
—Me gusta una persona, pero no es correspondido.
Eren abrió los ojos asombrado por esa revelación. De entre todas las posibles respuestas, esta era sin duda, la más inesperada. No descartó que fuera algo amoroso, pero las probabilidades eran tan remotas…
—A todos nos ha pasado esto alguna vez —dijo para reconfortarlo—, terminarás olvidándolo y luego aparecerá otra persona.
—No estoy tan seguro…
—Esa persona… ¿sabe que te gusta?
—Sí, se lo dije —se lamentó Armin.
"El mayor error de mi vida".
—¿Y te dijo que no era posible? —aventuró el castaño.
—No hizo falta, era algo que ya sabía desde el momento en que me empezó a gustar.
Eren se cruzó de brazos y caviló sobre qué decirle a su amigo para animarle. Al mismo tiempo sintió curiosidad por conocer el nombre de aquella persona, pero si Armin no se lo había revelado, no se lo diría aunque insistiera.
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La época de exámenes eran dos semanas intensas donde la mayoría de alumnos hincaban codos para aprobar el primer semestre del curso. Armin había hecho ya los exámenes de filosofía, inglés y matemáticas. Era sábado y el lunes tenía el de historia. Había estudiado lo suficiente como para sacar un notable, pero el constante tormento no le dejaba estudiar en paz. Olvidarse de Erwin parecía misión imposible.
Soltando un bufido, cerró el libro de historia y tomando sus apuntes los dejó a un lado. Era la primera vez que no quería estudiar. Cogiendo su portátil, se lo puso en el regazo y entró en Netflix. Descartó de inmediato las películas románticas: lo último que necesitaba era ver a una pareja amándose y teniendo su final feliz. En el apartado series, escogió Sherlock. Tenía pendiente la segunda temporada aún.
Con el pijama puesto, se acomodó en el sofá, y se dispuso a ver los tres capítulos de una hora cada uno.
Pasadas esas tres horas, se cubrió con su edredón de gatitos y se durmió en el sofá.
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Armin recibió la hoja del examen encima su mesa. Descendiendo la mirada, leyó la primera pregunta.
Enumera y explica las causas que provocaron el imperialismo en Europa a finales del siglo XIX.
Sabía la respuesta. Podía enumerar todas las causas sin ningún problema. Tomando el bolígrafo entre sus dedos, vio de reojo como tres o cuatro estudiantes regresaban el examen en blanco, sin molestarse en leer las preguntas, solamente escribiendo su nombre y apellido.
Armin contempló su examen en blanco. Escribió su nombre y apellido y sin saber exactamente por qué, se levantó y pasando por entre los pupitres, devolvió el examen sobre la mesa de Erwin. No le miró ni a él ni a sus compañeros. Con la mirada fija en un punto de la lejanía, cargó la mochila sobre su hombro y se marchó de clase. Justo al cerrar la puerta, sintió como el corazón casi se le desbocaba.
Algunos se reirían por esa reacción, pero para él había sido chocante. ¿Por qué lo había hecho? ¿Para llamar la atención? ¿Para vengarse? Era estúpido. No pensaba con claridad y empeoraba por momentos.
El próximo examen no sería hasta dentro de dos horas, por tanto, decidió salir del instituto y refugiarse en el parque que había a pocos metros de ahí. No quería la compañía de nadie, y realmente necesitaba estar solo. El corazón le latía con violencia y además le dolía.
Ese maldito dolor que estrujaba su corazón sin piedad.
Mientras recorría el pasillo del instituto, pensó en lo lamentable y patético que era. Era un idiota enamorado locamente de su profesor. Solo eso.
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Como había supuesto, sus amigos le preguntaron acerca del examen. Evitando entrar en detalles, les dijo que no se encontraba bien de salud. Todos le miraron preocupados, excepto Eren. Su mejor amigo no cayó en esa mentira, y le miró enfurecido.
No mentía por gusto y definitivamente no era una sensación agradable, le hacía sentirse como la peor mierda de la tierra, pero decirles la verdad solo le destrozaría por completo. Quizás porque reconocerlo y admitirlo en voz alta haría más real su sufrimiento.
Tampoco quería verse ridículo delante de sus amigos. O que en el peor de los casos, sintieran lástima por él.
Sin poder evitarlo, Armin se despreciaba cada vez más. Era incapaz de levantar cabeza y por lo visto, sus acciones solo lo empeoraban.
Quería ocultase bajó su manta de gatitos y no ver la luz hasta dentro de diez años.
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Terminadas las dos semanas de exámenes, su peor pesadilla se hizo realidad cuando Erwin le llamó a su despacho.
El timbre anunció el fin de las clases y los alumnos se disponían a irse a casa o realizar sus extraescalores. Armin se tardó en recoger sus cosas, sintiendo los martillazos de su corazón estrellarse contra su pecho. Les dijo a sus amigos que fueran sin él; ni siquiera se molestó en mirarlos. Se entretenía buscando algo inexistente en su carpeta.
Cuando no hubo nadie en clase a excepción de él, se cargó la mochila y como si su cuerpo pesara el doble, avanzó con el corazón bombeándole ferozmente. En los pasillos ya casi no quedaban alumnos, e inexplicablemente el camino hacia el despacho de Erwin se le hizo muy corto. Tan corto que deseó retroceder hasta su clase y volver a hacer el recorrido.
Parado frente a la puerta del despacho, trató de mantener la compostura. Casi podía jurar que su pecho emulaba los latidos de su corazón. Llamó doces veces a la puerta.
—Adelante.
Armin no quería entrar, pero esta vez la estupidez de salir corriendo no era posible. Abrió la puerta con una horrible sensación carcomiéndole por dentro. Su mente brillante no había previsto esa situación. La de encerrarse en un despacho a solas con Erwin.
Definitivamente era mejor tirarse por un puente que afrontar las consecuencias de sus ridículos actos.
Tomó asiento enfrente de su profesor, pero no le miró a los ojos. Habría que estar loco para hacerlo.
—Espero oír una justificación razonable para esto. —Le puso delante de sus narices su examen de Historia en blanco. En una esquina de la hoja había escrito con tinta roja "0/100".
A Armin solo se le ocurría una respuesta, pero no era válida.
"Estoy enamorado de usted".
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