Disclaimer: Si claro, porque en medio del trabajo docente, la planeación de las clases, la revisión de trabajos y otros cuantos ajetreos; me reservo un espacio para producir The Mentalist.
A/N: por fin he encontrado un espacio para escribir; solo pienso en esta historia, por lo que me alegra venir aquí con un capítulo nuevo; gracias a todas por los comentarios, es lo mejor de publicar por estos lares! Abril, ya no te contesté directamente, pero da gusto coincidir de nuevo ahora en este fic, no seas muy fantasma ehhh, que me encantan los reviews xD
Sin más, que disfruten la lectura.
2. Oro en Paz, Fierro en Guerra
Ni lo dos años que pasó en la universidad, ni el año en la academia de policía pudo prepararla para lo que presenció esa noche.
Se contuvo al impacto del momento, también durante las siguientes horas después del suceso mientras procedían los trámites reglamentarios; pero luego, cuando por fin pudo huir de la algarabía de la gente, su cuerpo reaccionó ante el recuerdo de lo vivido.
Hincada frente al sanitario, estaba prácticamente dejando las entrañas en el vacío; quizás fue por el hedor a sangre que aún podía percibir en sus manos, las imágenes de los cuerpos sin vida que revoloteaban en su mente o tal vez por saberse miserablemente inútil por haber dejado huir al asesino.
Su estómago ya no tiene nada más que sacar, por lo que empieza el llanto descontrolado que no sabe cómo evitar. Le tiemblan las manos y siente como una profunda desolación le invade el cuerpo; pensó que estaba preparada para afrontar la muerte, después de todo, cuando era una niña inocente y desvalida perdió a las dos personas que más había amado; logrando hacerle frente a ello. Sin embargo, allí estaba, vuelta un manojo de nervios y culpabilidad, sin saber muy bien qué hacer, a punto de tirar la toalla.
Se lava por enésima vez el rostro, frota con fuerzas sus manos cubiertas de jabón, como intentando con ello arrancar la experiencia vivida. Se quita su uniforme manchado por la escena del crimen, y se viste con una playera y un pantalón que tiene de repuesto en su casillero; sale del baño de mujeres de la estación de policía de San Francisco dispuesta a continuar con su deber; es la 1 de la mañana, el lugar está prácticamente vacío. Lisbon se entierra en su escritorio y empieza a redactar el informe.
- Lo que te sucede es de más lo normal –da un brinco de espanto, al escuchar la repentina voz salir de la nada-, al contrario, sería muy extraño que no sintieses nada.
Estaba sentado en el rincón más alejado del bullpen; se levanta del sofá y se acerca a ella, con el rostro apacible; Lisbon al verlo, se pone de pie casi en posición firme, como muestra de ese respeto que le tiene.
- Señor, disculpe, no sabía que estaba aquí.
- No se preocupe oficial, en realidad pensé que no había nadie, vine por unos expedientes –le muestra el manojo de carpetas mientras toma una de las sillas, la coloca al lado del escritorio de Lisbon y toma asiento-, y me quedé un rato leyendo; hasta que le vi venir –hace una pausa para invitarle a sentar también haciendo un ademán con su mano-. Escuché lo del caso de los Foster.
Lisbon toma asiento e inclina la cabeza buscando las mejores palabras para dirigirse al capitán de la estación.
- Si señor; yo estaba patrullando por la zona –le dice sin mirarle-, cuando escuché el llamado por radio; estaba muy cerca del lugar, así que respondí al aviso; cuando llegue encontré el cuerpo de la madre y el hijo mayor tirados en la sala sin vida –Lisbon hizo una pausa-, de pronto de una alacena salió huyendo el sospechoso. Lo lamento –en ese instante ella le miró a los ojos-, no pude hacer nada.
- ¿Dónde estaba cuando el sospechoso salió de su escondite? –Le preguntó; Lisbon pensó por un momento-.
- Estaba en el pasillo que da hacia las habitaciones, lo vi cruzar el salón rumbo a la salida –dijo ella con vergüenza-.
- Dime ¿qué estabas haciendo?
- Estaba con Samantha Foster, la menor de los hijos, comprobé su pulso y aún vivía –respondió Lisbon mientras sentía que sus ojos se aguaban-.
- Exacto –le respondió haciendo con su mano una señal de aprobación-, dime, ¿por qué estabas con Samantha?
- Le daba compresiones en su pecho, mientras intentaba cubrir sus heridas para que no se desangrara.
- Hiciste lo correcto Teresa –agregó Virgil Minelli-, escogiste la vida.
- ¡Señor, pero dejé escapar al culpable! –Comentó, mas como un auto reproche-.
- Atraparemos al culpable; eso no es difícil; tú hiciste el trabajo más difícil –le dijo con determinación-, le diste otra oportunidad de vivir a la chica –la expresión de Lisbon cambió por completo al escuchar las palabras del hombre-.
- Acabo de hablar al hospital –continuó él-, Samantha está fuera de peligro, se recuperará, y nos dará la descripción del asesino. Fue un gran trabajo lo que hiciste, que no te quede duda.
Lisbon no sabía qué responder a ello.
- Me temblaba todo el cuerpo –comentó después de un rato en silencio-, no sabía qué hacer, ha sido llegar aquí solo para vomitar sin control y ponerme a llorar como una niña, creo que no sirvo para esto.
Minelli sonrió por un momento.
- ¿Hace cuánto entraste a la policía? ¿Un mes?
- Dos semanas señor.
- Es tu primer homicidio ¿cierto?
Lisbon solo asintió con su cabeza.
- Suena feo lo que voy a decir; pero te acostumbrarás a esto. Cuando presencié mi primer homicidio, mi mujer tuvo que llevarme al hospital porque se me bajó la presión arterial; estuve muy mal por unos días.
Lisbon le miró sorprendida. Él sonrió y se acercó un poco a ella para hablarle en voz baja.
- Promete que no le contarás a nadie –Lisbon sonrió-.
- Como dije; mantuviste la entereza en la parte crítica de la situación, actuaste como debías, hiciste lo correcto.
- Señor… -susurró Lisbon aún con dudas-.
- No debes de preocuparte; tienes la valentía de tu padre y la tenacidad y ese amor de servicio que caracterizaba a tu madre, no tengo la menor duda de que serás una excelente policía.
- ¿Conoció a mis padres? –Le preguntó Lisbon completamente sorprendida. Minelli le sonrió-.
- Claro…, eres la viva imagen de Isabela.
- Pero… ¿cómo? –Interpelaba Lisbon dudosa.
- Serví por un tiempo en Chicago; tu padre me salvó de un incendio, me llevó al hospital, y fue tu madre quién me atendió.
Lisbon sonrió en automático; el pecho se le acrecentaba de orgullo, no podía creer que sus padres y el jefe de toda la estación se conocieran.
- Si no hubiese sido por ellos, no estuviese aquí contándolo –agregó Virgil-, luego del incidente les fui a agradecer a su casa, y mantuvimos contacto por el breve tiempo que estuve en la ciudad; tú eras una pequeñita encantadora.
- ¿Me conoció? –Abrió aún más sus ojos. Minelli volvió a sonreír-.
- Eras muy chica; tendrías unos tres años a lo mucho, cada vez que iba a visitarles, me quitabas la placa y el sombrero y te ponías a jugar de policía; ¿quién diría que te convertirías en una de verdad?
Ella estaba maravillada con el relato, valoraba esas vivencias de su hogar, con sus padres y su infancia feliz; por un momento le hizo olvidar la tristeza que le asolaba esa noche.
- Cuando regresé a San Francisco, ya no les volví a ver; pero manteníamos el contacto. Hace unos días te vi entrando a la estación, me quedé impactado por lo mucho que te pareces a tu madre, entonces me enteré que tu nombre es Teresa Lisbon; de inmediato supe que eres la niña que jugaba en la sala de su casa a ser policía.
Un ambiente de melancolía y emoción se había apoderado de la conversación; guardaron silencio por unos segundos, cada uno perdido en sus propios recuerdos.
- El mundo es un pañuelo –le dijo Lisbon con una pequeña sonrisa-.
- Oficial –Minelli se levantó y Lisbon le imitó inmediatamente-, vaya a descansar, mañana tendrá mucho trabajo que hacer –le decía mientras se retiraba del bullpen-; y no quiero saber que está llorando por los rincones y dudando de sus capacidades.
- No señor –le alcanzó a decir ella-.
- Al fin y al cabo, eres una Lisbon –le dijo Minelli a lo lejos, mirándola por un instante, para luego perderse de su vista-.
Un ánimo renovado le invadió de pronto, fue entonces cuando tomó asiento y empezó a llenar el formulario 282; aún le afligía lo que había presenciado esa noche, pero también le reconfortaba saber que pudo salvarle la vida a alguien; nadie le dijo que sería fácil, así que no iba a darse por vencida, había escogido un camino de vida, y esa conversación con el capitán, le había confirmado de que estaba en el rumbo correcto.
Próximo: Le mira de reojo trabajar, tan concentrada y apasionada con cada tarea que lleva a cabo, que le es inevitable perderse en ella; tiene una especie de magnetismo que le atrae, no sabe muy bien qué es, si su carácter decidido, su personalidad entusiasta, la sonrisa que se desliza de vez en cuando en su boca o los hermosos ojos verdes que posee; menea la cabeza y clava de nuevo la mirada en el expediente que tiene entre sus manos, "qué te pasa Bosco", se dice enojado consigo mismo por estar teniendo esos pensamientos, él es un hombre casado y ella es una subalterna.
A/N: Espero les haya gustado; por cierto, ¿saben a qué se debe el título de este capítulo?
