- Prólogo -


Los días de lluvia eran sus favoritos.

El olor a tierra húmeda, el sutil tintineo de las gotas al caer sobre las rocas y hojas de los árboles una vez pasada la tormenta, y el intenso frescor del ambiente, hacían salir a Lyna de la protección de su campamento para disfrutar del bosque y la vuelta a la rutina de los distintos animales del lugar.

Se suponía que hoy no debía abandonar la seguridad de la hoguera. Debía estar con el hahren Paivel junto al resto de niños del clan, mientras el anciano les relataba las mismas historias de su Pueblo, una y otra vez, casi en bucle, hasta que la Custodia acudía a ellos y les ordenaba volver a sus quehaceres.

Era un comportamiento extraño que sucedía en ciertas ocasiones sin mayor explicación por parte de los mayores, pero Lyna intuía el porqué de aquel secretismo. Por alguna razón, aquella conducta coincidía con la misteriosa visita de una extraña shem que visitaba su clan cada año.

Lyna nunca había visto el rostro de aquella mujer pues siempre iba envuelta en una oscura túnica verde, dejando entrever sólo algún mechón de cabello cano y sus arrugadas manos humanas. Merrill, la joven y recién descubierta maga, había comentado en alguna ocasión que la propia Custodia Marethari temía su llegada y por eso les obligaba a refugiarse en la hoguera, donde, al parecer, un poderoso hechizo les mantenía ajenos a lo que sucedía en el exterior de aquella invisible cúpula mágica.

No obstante, ese día, Lyna no pudo evitar desobedecer aquellas órdenes. El bosque parecía reclamar su presencia con especial ahínco, como cada vez que la lluvia dejaba su huella sobre la naturaleza que les rodeaba, mas esta vez, escondía algo más.

Así pues, mientras que el resto de sus compañeros del clan se acurrucaban a la luz de aquella gran y apacible hoguera, ella logró escabullirse y, con sumo cuidado y sigilo, se apresuró a salir del campamento, sin ser vista por ningún explorador ni cazador de guardia.

Los pájaros del bosque revoloteaban contentos sobre las ramas de los altos robles y nogales, mientras que un sinfín de insectos, hacían su aparición sobre el embarrado terreno. Era el momento idóneo para ver la subida del arroyo y presenciar cómo depredadores y presas compartían un momento de tregua y calma, mientras saciaban su sed con la fresca agua del riachuelo.

Lyna acudió veloz a la orilla del río, y hundió sus manos en la cristalina agua. Su reflejo apenas se percibía, pues la corriente se agitaba fuerte sobre el margen del riachuelo, llevándose consigo cualquier imagen refractada.

—¡Por Mythal! Qué fría está. —se estremeció al sentir la frescura del agua sobre su rostro mientras frotaba enérgicamente sus redondas mejillas.

—A pesar de las lluvias, Eluviesta se antoja más amable que Nubulis, ¿no os parece?

La inesperada voz a su espalda la sobresaltó y dio un respingo extrayendo instintivamente, su pequeña daga de prácticas.

Una fuerte carcajada reverberó por entre los árboles y algunos pájaros alzaron el vuelo, visiblemente espantados por quien sea que hubiera perturbado su tensa y expectante tranquilidad.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —una enorme silueta envuelta en una gran capa verde, hacía, repentinamente, su presencia delante de ella. Los enormes ojos amarillos en su rostro, la miraban fijamente, mientras una media sonrisa se curvaba en aquel pálido rostro marchito.

—¡A-atrás, no-no des un paso más! —su mano, temblorosa, alzaba la daga hacia el abdomen de aquella misteriosa mujer en un intento por ahuyentar el peligro que representaba. Después de todo, ella era una niña elfa y la mujer una shemlen.

Un gruñido grave nació detrás de aquella desconcertante silueta, y Lyna tuvo que tragar saliva fuertemente para evitar un grito de horror.

La gigante figura de un lobo negro de ojos rojos acudía como fiel guardián de aquella enigmática humana. Los enormes dientes del animal, se agitaban con cada gruñido que profería, tan salvaje y agresivo como la peor de las bestias del bosque. La espesa baba blanquecina, colgaba por la comisura de aquella oscura boca y su mirada punzante, se clavaba en ella como una estaca a punto de perforar su ya escasa determinación.

—Tranquilo. Es sólo una pequeña. —la mujer posó una mano sobre el cráneo del animal deteniendo su avance en el acto, aunque la fiera jamás desvió su recelosa mirada de Lyna.

—¡N-no te a-acerques más! Este no es tu lugar, shem ¡No eres bienvenida! Y tu… tu…. bestia tampoco. —a pesar del frío miedo que sentía, algo la mantenía de pie y firme ante aquella desconocida y su guardián. Una extraña y pesada sensación plagaba su pecho y el temblor en su mano se detuvo repentinamente, dando paso a una firmeza y control totalmente ajenos a ella.

—Ya veo. —la desconocida sonrió y dio varios pasos más hacia Lyna, sin apartar su mirada de ella, casi voraz.

—¡He dicho que no te muevas! —Lyna cerró los ojos y sujetó la daga con ambas manos, esperando una reacción por parte de la forastera que nunca llegó.

—¡Ah! ¡Contemplad pues!, el bosque se halla hoy repleto de fieras. Algunas con denso pelaje, y otras… —la mirada de la humana recorrió su cuerpo y amplió la sonrisa— Apenas atisban una abundante cabellera rubia en sus cabezas, pero casi tan peligrosas como la que se halla a mi diestra ¿No creéis? —la mujer se acercó un poco más a ella hasta que la punta de su daga rozó su vientre. Lyna no retrocedió, sino que mantuvo su pulso firme y abrió de nuevo los ojos, con férrea determinación. Si iba a morir, lo haría viendo a los ojos a su verdugo.

—Curiosa reacción para una joven que no ha visto inviernos. Sin duda, una pequeña fiera que, aún a sabiendas de su evidente desventaja, presenta presta batalla sin contemplar siquiera la prudente retirada. Me pregunto qué futuro ostentará un alma como la vuestra, joven. —la ufana mirada ámbar de la anciana, se clavaba en la de ella sin apenas parpadear. Sus pupilas se contraían y expandían, como si buscasen algo en su interior, rasgando la superficie del miedo que se esforzaba por disfrazar de arrojo.

—Entiendo. —el rostro de la mujer se contrajo en una mueca de reflexión para dar paso a un inesperado gesto de satisfacción.

—Oíd esto y recordadlo, pues oscuros tiempos se avecinan, niña —caminó hacia Lyna con lentitud y posó su mano sobre la daga, sacándole un sonido agudo al pasar sus uñas sobre la fría hoja.

—Sois más de lo que nadie sabrá, y menos de lo que querréis ser. Pero seréis una fuerza inquebrantable. En la adversidad es cuando medraréis, el dolor os nutrirá como la miel nutre al recién nacido pero ¡Oh, lo que os aguarda! Sufriréis y conoceréis la traición como pocos hemos hecho. Dechado de virtudes y valor, la perfidia os acompañará en cada pernicioso trayecto que toméis.

Lyna abrió los ojos en sorpresa. Aquellas palabras, apenas comprensibles para ella, parecían llevar consigo la carga de una sentencia, y se estremeció ante aquella extraña sensación.

La mujer sonrió ampliamente y se arrodilló para observarla de frente, mientras le apartaba, cuidadosamente, un mechón de cabello de sus ojos —Pero no desesperéis, querida niña. Jamás os hallaréis sola. Inesperado pasajero aguarda cercano, cumpliendo inmarcesible promesa por el fin de las edades. Conoceréis el amor, ¡Ah, curiosa elección haréis! Mas seréis llamas de un mismo fuego; un fuego que arderá eterno. Pero recordad; en vuestra hora más oscura, vuestra fortaleza será forjada y deberéis decidir. Sólo entonces, se os será revelado vuestro inexorable destino.

Sus entrañas se contrajeron con el tono final de aquella confesión. Sin saber cómo había sucedido, su daga se hallaba envainada y sus manos reposando a ambos lados, mientras un extraño temblor marcaba un incansable ritmo en su cuerpo.

Un profundo suspiro la sacó del embrujo al que parecía estar sometida y parpadeó varias veces hasta enfocar su visión sobre el rostro de aquella desconocida.

—¡Ah! Decisiones, decisiones… —la mujer se levantó. Sus profundos ojos amarrillos brillaban intensamente, casi con luz propia, mientras la observaba con una sonrisa retorcida— Parecen ajenas al destino, pero son detonantes de él ¿Cómo lo afrontaréis? Me pregunto…

Lyna no sabía qué decir. La humana pareció dudar un segundo si continuar, hasta que, finalmente, le dedicó una última sonrisa cansada y se dispuso a alejarse, el lobo guardián iniciando la marcha por ella.

—¡Espera! —Lyna se sorprendió a sí misma llevándose las manos a la boca para evitar su reacción, pero sus palabras fueron más rápidas.

La mujer retrocedió, extrañada por aquel gesto, y se acercó a ella nuevamente, con semblante imperturbable, y la observó con detenimiento.

—¿Qui-quién eres? —se aventuró a preguntar, insegura.

Era absurdo esconder su miedo pues todo su cuerpo se sacudía con la simple presencia de aquella mujer. Sin embargo, necesitaba saber qué o quién era esa extraña humana que había acudido a ella, casi como un espectro que irrumpe en silencio, para acabar con cualquier alma abandonada. Algo en su vientre le indicaba que era más que una shemlen ordinaria; quizá algo más oscuro, más poderoso de lo que, a simple vista, dejaba entrever, se ocultada detrás de aquella fachada de débil anciana.

Una iridiscencia sobrenatural, resplandeció en aquella mirada ámbar y Lyna tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no salir corriendo ante aquella mágica aparición.

La mujer sonrió, sus finos labios apenas rozándose entre sí, mientras clavaba aquella intensa mirada en Lyna, estremeciéndola.

—Tengo muchos nombres, pero tú, Lyna,… tú puedes llamarme Flemeth.


Shem/Shemlen: niños rápidos. Forma despectiva de dirigirse a los humanos.

Eluviesta: nombre tevinterano (alto nombre) que recibe "cloudreach" en lengua común, coincidente con el mes de abril.

Nubulis: nombre tevinterano (alto nombre) que recibe "drakonis" en lengua común, coincidente con el mes de marzo.

Hahren: anciano, nombre en élfico para los sabios o ancianos. Muestra de respeto.