Bueno, sé que he tardado un poco pero aquí va el capítulo 2.
Espero que os guste y la verdad es que agradezco mucho el apoyo con el que me he encontrado. Sin eso no creo que pudiera escribir mucho más.
Gracias simplemente por leer el fic.
Xeonice: Muchas gracias, ese sentimiento de angustia y alegría era lo que quería conseguir. Personalmente creo que en este capítulo se ve mejor.
Hotaka: Bueno, lo de los colgantes aún no se ha acabado, (mirada de misterio)jajaja. Adoro Venecia, y en esta capítulo se verá en más profundidad, aunque me quedé con las ganas de contar mucho más de ella, la verdad. Gracias por tu apoyo, ya sabes que sigo de cerca lo que escribes y eso me anima mucho.
Anie: (ceja levantada...)... Bueno... Tú y yo ya hablaremos. XDDDD Pero te quiero demasiado fea.
Laura Otaku: Gracias, creo que en el fondo eso es lo que quería oír, jajaja, pensaba que la narración podría aburrir. Gracias de verdad.
Una última cosa; las partes en italiano las saqué del traductor del google y las mezcle un poco con el español así que no sé si están bien hechas y muchas están mal a propósito. Gracias.
Sin más demora; ¡disfruten del capítulo!
El restaurante que Chikane había escogido era fino, elegante y terriblemente caro. Tuvo que suplicarle a Himeko para que accediera a que ella la invitara. Esta se sintió incómoda desde que tan sólo había visto la entrada, pero su amada la había intentado distraer durante toda la cena con banales conversaciones.
Chikane le contó cómo en esta vida también jugaba al tenis y tocaba el piano. Había vuelto a aficionarse por el tiro con arco y practicaba la equitación. Recibía también clases de canto y había participado en alguna actuación con el coro.
La vida de la chica no podía ser más plena, en cambio ella sólo podía pensar que ahora, que había vuelto a reencontrarse con el amor de su vida, era cuando comenzaba a saber lo que era la felicidad.
La historia de Himeko tampoco había cambiado tanto. Desde el momento en el que abandonaron su habitación del hotel había arrastrado su inseparable cámara con ella y había inundado su recorrido por la ciudad con un reguero de fotografías de ambas.
Contó también que recibía clases de pintura, que parecían estar dando un fruto muy suculento. Además, había recibido algunos de los premios literarios que se repartían en su pueblo.
Cuando salieron del restaurante la noche ya había caído por completo y las luces amarillentas llenaban las calles.
Para finalizar la noche decidieron coger una góndola que las llevara a recorrer los canales en ese paisaje nocturno.
Se sentaron en el centro de la embarcación mientras el joven y fuerte gondolero remaba desde la parte de atrás, con su camiseta a rayas azules y blancas y su tradicional sombrero.
Las luces bailaban sobre la superficie del agua mientras esta era cortada por la estela de la góndola.
-No sabía que no te gustara la rúcula- volvió a reír Chikane-. No tenías porqué comértela entonces.
-Pero es que ese camarero daba mucho respeto, cuando le dije que no me apetecía el especial del día casi me asesina con la mirada. Además, los italianos le ponen esa estúpida planta verde y horriblemente amarga a todo.- hizo una mueca de asco.
Chikane soltó otra risotada. Había reído más veces desde que se reencontró con Himeko que en toda su vida antes. Por supuesto, no estaba contando su vida pasada con la muchacha.
-Sí que son un tanto amargas, a mí tampoco me gusta demasiado.
-¿Sabes por qué la rúcula es tan amarga?- Chikane negó- Dicen que, hace mucho, mucho tiempo…
"Un gran emperador romano estaba perdidamente enamorado de una doncella de la corte y lo hacía todo por conquistarla. La tenía siempre a su vera, en el palacio, rodeándola de bienes y placeres, de comodidades que no eran típicas de las mujeres de la época.
En cambio, la joven estaba enamorada de otra doncella, una muchacha tan hermosa y pura que solían compararla con la mismísima Selene, diosa griega de la luna, decían que sus cabellos bajo la luz del astro brillaban con luz propia. Esa doncella era la propia hermana del emperador.
A su vez, la doncella estaba enamorada de la dama de la corte a la que adoraba el emperador.
Estas solían reunirse por las noches, en secreto, en los jardines del palacio imperial, donde abandonaban sus miedos y se demostraban abiertamente la pureza de su amor.
Sus nombres eran Diana y Calisto.
Una noche, mientras ellas se abandonaban a la pasión que inundaba sus cuerpos, las observó uno de los sirvientes del palacio, que fue inmediatamente a alertar a su amo.
Este, al enterarse, puso el grito en el cielo, colérico ante la idea de que la mujer a la que amaba con locura fuera la impura amante de su propia y pérfida hermana.
El emperador, negándose a perder ante su propia sangre, ideó un plan para acabar con aquella relación y con su hermana al mismo tiempo. Así todo quedaría arreglado.
Durante largo tiempo comenzó a alertar a su amada Calisto, diciéndole que sus espías habían escuchado que su muerte estaba siendo planeada. Al principio lo comentó como un rumor, que se extendió por el palacio con rapidez, pero acabó mellando el corazón de la doncella, que todas las noches lloraba amargamente abrazada a su hermosa Diana.
Finalmente, le dijo que esa misma noche estuviera preparada, pues era la fecha indicada por su servicio secreto como la noche del homicidio, y le pidió que guardara bajo su almohada una daga, con la que debería matar a quien osara internarse en sus aposentos.
A la misma vez, se aseguró de que su hermana no asistiera a su cita diaria con la doncella y, a media noche, cuando ya todos dormían, envió al mismo criado que las había visto a decirle a la muchacha que Calisto la requería en sus dependencias, pero que no debía encender la luz ya que estaba alterada por el miedo.
Cuando la inocente Diana se internó en su dormitorio se acercó en silencio hacia la cama en la que reposaba la doncella. Al sentir movimiento en la habitación, Calisto agarró la daga con angustia y la apretó entre sus dedos. Entonces Diana se sentó sobre el lecho y estiró la mano para acariciar sus rubios cabellos, pero al sentir esto, ella pensó que pretendía asesinarla, por lo que sacó el arma y se la enterró en el pecho.
Cuando la luz volvió a prender, Calisto vio su error y rompió a llorar. Diana le acarició la mejilla, diciéndole que la perdonaba y murió entre sus brazos, despidiéndose en un dulce y último beso.
A la joven dama la enterraron bajo la sombra de un olivo. Donde su lápida de mármol blanco, rezaba las ruines palabras de su hermano. Calisto en cambio, cogió una piedra afilada y la golpeó contra la losa, con tanto empeño y persistencia que no paró ni cuando comenzaron a sangrarle las manos.
Después de grabar su propio epitafio, cortó sus muñecas con la misma piedra y, llorando con desespero, murió sobre la tumba de su amada. Y allí, de su sangre y sus lágrimas, brotó la planta. Tan amarga como el llanto derramado por ese amor arrebatado.
Sobre una tumba que rezaba;
"Aquí descansan dos almas que se amaron más allá de la muerte" "
Chikane había enmudecido tras escuchar la historia de Himeko. Le parecía un cuento muy triste y, a la vez, le recordaba terriblemente a su historia de muertes y reencarnaciones. Miró a la chica, que sonreía con cierta picardía.
-Qué triste…
Entonces el joven gondolero, que había estado escuchando toda la historia con una sonrisa en la boca, comenzó a reír estrepitosamente. Las dos muchachas lo miraron, haciendo que el chico riera más aún.
-¡Molto buona storia, ragazza!- dijo animado intentando calmarse- Sento haberlo escuchado. Per sólo me pareciera una storia curiosa.
-¿Entiendes el Japonés?- preguntó atónita Himeko.
-Sì, la mia novia è guiaponesa. Per sólo entiendo un poco- volvió a mostrar una sonrisa que deslumbraría a cualquiera, y su gracioso acento, mezclando el japonés con el italiano, sólo lo hacía más mono-. Buona storia. Per creo saber que la has inventado tú.
Chikane miró sorprendida a la chica, con algo de reproche. Ella sólo sonreía de forma traviesa, y hubiera besado a la morena para que no se enfadara si no fuera porque le daba demasiada vergüenza hacer algo así con el muchacho delante.
-¿Te la has inventado?
-No te enfades Chikane-chan- la miró de forma coqueta-. Te lo iba a decir de todos modos. Perdóname.- miró al chico- ¿Cómo lo has sabido?
-Cosa si es hecho molto bene! Ha inventato una storia molto buona.
-Dice que has contado muy bien la historia.- le aclaró Chikane a Himeko al ver que no había entendido nada.- Perché dico questo?
Himeko miró a Chikane sorprendida.
-¿Sabes italiano?
-E inglés, francés, español y un poquito de alemán- explicó sonriendo ante la sorpresa de su chica-. Son los idiomas que ha dominado mi padre gracias a su empresa, así que, como tiene la esperanza de que algún día siga sus pasos, me ha hecho aprenderlos.
El gondolero volvió a carcajearse. Comenzó a explicarle a Chikane los pros y los contras de su historia. Lo intentó decir en japonés, pero lo mezclaba tanto con palabras italianas que al final desistió en su intento y acabó su charla en italiano.
-Hai una ragazza molto intelligente- finalizó su relato, causando el sonrojo de Chikane.
Himeko no cabía en la curiosidad que la embargaba.
-¿Qué te ha dicho?
-Dice que lo has hecho muy bien. Que tu comparación con Selene refiriéndote a la luna fue muy acertada, y después al utilizar el nombre de Diana, que también era identificada como diosa de la luna. Dice también que Calisto era una de sus sacerdotisas.
-Sí, las sacerdotisas de Diana, o Artemisa para los griegos, debían ser vírgenes, aunque dicen que mantenían relaciones con su propio género. Júpiter, o Zeus, se enamoró de Calisto…
-…Y en algunas leyendas dicen que tomó la apariencia de Diana para acostarse con esta, pero la dejó embarazada y la diosa la castigó.- acabó Chikane.
-¿Lo sabías?- preguntó la otra chica.
-No. Pero me lo ha contado él- Chikane lo señaló- Por cierto- se dirigió al muchacho- ¿Cuál es tu nombre?
-Angelo Delfini, de Venezia, è un piacere.- él las deslumbró con su encantadora reverencia y su risa de niño travieso, con ese acento cantarín.
Las dos le sonrieron, embelesadas con lo apuesto del muchacho. Con el pelo castaño, casi rubio y unos ojos de un verde claro. Su cara de niño bueno hacía contraste con la rebeldía de sus sonrisas.
-Además- añadió entonces Chikane-, dice que tengo una novia muy inteligente.
Himeko fue la que se sonrojó esa vez. ¿Entonces Chikane aceptaba ser su novia o sólo reproducía las palabras de joven italiano? Sea como fuere, le había encantado oír esas palabras en boca de ella.
En ese momento miraron hacia arriba, viendo como el Puente de los Suspiros se extendía sobre la góndola. Un puente totalmente cerrado, que comunicaba la prisión con el Palacio Ducal, por el que pasaban los presos antes de morir en el patíbulo, suspirando.
Fue en esa prisión donde Chikane le gastó la broma a Himeko de hacer que iba a cerrarle la celda, en donde ella emitió tal grito que asustó a los demás turistas que hacían la visita con ellas, pero Chikane no pudo más que reír ante su reacción.
Mirando el puente recordaron cómo lo atravesaron. Cuando el guía vio como una góndola pasaba por debajo y les dijo que sacaran las manos, como hacían los presos en su época, para saludar a la embarcación, ellas sacaron sus extremidades para, sin decirse nada, entrelazarlas fuera del puente. Sin hacer denotar nada, pero con un sencillo amor.
La chica volvió a atrapar los dedos de Himeko entre los suyos.
-Certo- dijo mirando nuevamente al muchacho-, ho una ragazza molto intelligente.- y besó a su recién nombrada novia con ternura.
El chico sólo sonrió, con una profunda sinceridad. Parecía muy liberal y, desde luego, encantador. Su novia tenía que ser muy afortunada.
A Himeko le parecieron unas palabras encantadoras, aunque no las hubiera entendido en lo más mínimo. Sus mejillas se sombrearon de carmín, al notar que el chico las había visto besarse, pero le caía muy bien y le alegró ver que no parecía dispuesto a juzgarlas.
Lo que pensaron que sería un callado y romántico paseo en góndola, se convirtió en una animada y alegre charla en la que el italiano y el japonés se entremezclaron graciosamente. El joven ofertó el alargar el viaje sin cobrarlo, a lo que Chikane accedió con tal de que la dejara pagarlo. Y así se les hizo muy tarde.
Angelo se ofreció a llevarlas directamente a sus casas. Ya que el hotel de Chikane estaba frente al Gran Canal y él debía atracar allí, decidió dejar primero a Himeko, ya que su hotel tenía entrada por el canal.
-Buona sera, signorina.- se despidió el chico, que comenzó a alejar la embarcación de la entrada, donde una Chikane la despedía con la mano y una dulce sonrisa.
Esa mañana Himeko despertó con una sonrisa deslumbrante y un ánimo tan ferviente que ni una de las terribles peleas de sus padres podía entristecerla.
Se equivocaba.
-¡Todo tiene que ser a tu gusto! ¿No?- saltó su madre por enésima vez- Si no es por la carne es porque la salsa está muy espesa, o porque ese tipo de queso no te gusta…
-Yo por lo menos no he criticado todas y cada una de las ciudades que hemos visitado…
Sus padres volvían a discutir, tras llevar toda la mañana haciéndolo. Himeko sintió como un nudo comenzaba a presionar su pecho.
-En Roma el pescado no parecía fresco…- comenzó a enumerar su madre.
-En Florencia la gente era muy desagradable…-siguió reprochando su padre.
-En Verona hacían una salsa demasiado fuerte…
-Asis era demasiado pequeña y no merecía la pena pasar a verla…
-Porque si no tenían espacio en ese…
-¡Mamá, papá!- interrumpió Himeko, haciendo que sus progenitores la miraran, como si se acabaran de acordar de que estaba delante. `No esperaba menos´, pensó ella- He vuelto a quedar con mi amiga. Vamos a almorzar juntas.
Los dos, que parecieron sentirse culpables al ver que su hija había vuelto a escucharlos discutir, arrugaron el ceño ante esa petición. Parecía ser que no verían Venecia en familia, aunque lo que se dice "en familia" no habían visto ninguna ciudad.
Himeko había pillado el mejor momento para decirles a sus padres que quería irse, pues estos le darían el permiso deseado sólo por tratar, en vano, hacerse perdonar. Aunque lo que ella deseaba más en ese momento era apartarse de esa repetitiva escena en la que le demostraban lo mucho que se odiaban.
Chikane la esperaba sentada a la entrada del restaurante, que se hallaba mirando al Gran Canal a unos metros del Puente Rialto. Al verla aparecer se sintió de nuevo arrullada por la felicidad.
Se comieron una simple pizza, con las manos, con dos grandes vasos de refresco, y jugando con las pajitas como dos niñas pequeñas. Con despreocupación y naturalidad. Como si estando juntas el resto del mundo desapareciera. Porque para ellas desaparecía.
Pasearon luego por el Puente Rialto, donde el brillo del oro y las máscaras venecianas deslumbraba los escaparates de las múltiples tiendas de la zona. Miraron las joyas y los regalos de recuerdo, las camisetas con los logotipos de la cuidad, y el país en general, las tiendas exclusivas para las máscaras y hasta aquellas en las que se vendían objetos banales, como katanas o plumas.
Fue entonces cuando Chikane encontró unos hermosos colgantes. En ellos venían representados un sol y una luna, el sol estaba hecho de oro y la luna de plata. Pero cuando Himeko los vio, a pesar de quedar maravillada con ellos, le prohibió a la chica comprarlos, pareciéndole el precio excesivamente caro. Sabía que para ella ese no era problema alguno, pero se sentiría incómoda aceptándolo, por lo que luchó para que no se los llevara.
Compraron finalmente unas camisas con un dibujo de Venecia, donde se veían los tres pilares, la basílica y el puente. Las prendas eran unas tres tallas mayores de las que usaban, pero se las quedaron porque les parecía una forma de recordarse en la distancia cuando se separaran, ya que pretendían dormir con ellas puestas.
Cuando entraron en la Basílica de San Marco quedaron maravilladas con su hermosura, hasta Chikane, que ya había entrado antes, enmudeció al ver los increíbles mosaicos de oro.
Y es que, por lo que a la chica le había contado el guía en su primera visita, cada diminuta lámina de oro, de las cientos de miles que adornaban las paredes, estaban protegidas entre otras dos de cristal, para que de ese modo no se deteriorasen. Esa era, sin duda, el rincón más hermoso que te ofrecía la ciudad.
-Tengo que irme, Himeko- le dijo cuando salían del lugar-. Mis padres quieren que los acompañe a visitar no sé qué. Además, así tú cenas con los tuyos, pero nos vemos después, a las 9 paso a recogerte. ¿Vale?
La mirada de Himeko hizo que deseara besarla, pero se detuvo a mitad de camino de sus labios al recordar que, en ese lugar, era muy posible que alguien conocido pudiera verlas.
-Claro- se sonrojó la chica al prever las intenciones de la otra-. Pero no tardes.
Chikane le guiñó un ojo y comenzó a irse.
-¡Chikane-chan!- la llamó y esperó a que regresara- Te quiero.
Dicho esto la besó en la mejilla y se alejó corriendo, dejando a una sorprendida pero agradecida muchacha.
-¡Pero, padre, deberías habérmelo dicho antes!- insistió Chikane en vano- ¡Ya tengo planeado hacer otra cosa!
-Lo siento mucho, hija- dijo su padre sin dar cabida a más discusión-. Pero es un compromiso ineludible, además sé que te hemos dejado estado descuidando últimamente y me gustaría compensártelo. Por esa razón vas a venir con nosotros.
-Pero, padre, pasaré el día de mañana con ustedes. Hoy…
-El baile es esta noche, Chikane, y ya he dicho que es un compromiso ineludible. Debes estar presente. Y no se habla más.
'Si DEBO estar presente es que le interesa presentarme para dar mejor apariencia por motivos de trabajo, y si es por el trabajo da igual lo mucho que le insista' suspiró para sí misma.
Su madre la miró y le sonrió con ternura, como intentado animarla, sabiendo cuáles eran sus pensamientos. Se acercó a su hija intentando ser conciliadora.
-Trataremos de venir pronto para ver si podemos llevarte un rato con tu amiga. ¿Si?
Su madre no fue capaz de cumplir su palabra.
Himeko volvió a colocarse el broche en el pelo, por enésima vez.
Sus padres habían salido desanimados por dejarla en el hotel. Le habían insistido para que pasara la noche con ellos, en la plaza, tomando algo con la música, pero ella había reclinado la invitación amablemente.
Miró su reloj, comenzando a ponerse nerviosa. Las 8:30. Chikane no solía ser impuntual. No al menos en su anterior vida. Volvió a colocarse el cabello y se alisó la falda con las manos. Se sentó sobre una de las sillas.
Chikane miraba uno de los relojes de las paredes. Los ruidos de la fiesta inundaban la sala. Su padre ya la había presentado, deslumbrando a sus amigos y accionistas con la belleza de su hija. Ahora él estaba charlando animadamente con ellos, contando chistes de empresarios que sólo de los que sólo ellos podrían reírse.
Las 9, ya eran las 9 y Himeko llevaría una hora esperándola, aún en su habitación esperando su tardía llegada.
Se maldijo a sí misma. Llevaban dos días juntas y no le había pedido el número de su móvil. Había intentado pasarse por el hotel de la chica, pero su padre había objetado que llegaban ya tarde como para hacer una parada. "Estoy seguro de que lo entenderá", había dicho- '¡Claro!', pensó Chikane con ironía 'cómo tú la conoces tan bien'
Su madre la miraba con tristeza desde otra punta de la sala, donde estaba conversando con más esposas. Su pobre hija estaba triste por no cumplir su promesa. Y ella se sentía una mala madre por abandonarla y encima separarla de lo poco que le había dado felicidad en esa ciudad. Pero conocía tan bien como Chikane que cuando a su esposo se le planteaban cuestiones de trabajo lo demás no importaba para él. Su hija no había tenido las vacaciones familiares que le habían prometido y encima su apariencia social le había vuelto a arruinar el viaje. Otra vez su hija era infeliz por culpa del trabajo. Trabajo que desempeñaban sólo para darle a ella lo mejor.
Himeko estaba tirada en la cama, con el peinado desecho y la falda arrugada. Hacía tiempo que había encendido la televisión y había empezado a ver una película que resultó ser un drama. Pero sus lágrimas no caían por la buena actuación de sus protagonistas, ni el nudo que le aprisionaba el pecho lo había causado la tristeza de su guión.
La causa de su llanto tenía nombre y apellido, el nombre y el apellido que pensó que jamás podrían hacerle daño. Que jamás se hubiera atrevido a plantarla.
Himemiya Chikane.
-Chikane-chan.- susurró con desdicha.
Apagó el televisor y cerró los ojos, intentando en vano conciliar el sueño. Miró su reloj. Eran las 11:30 y su Chikane, definitivamente, la había plantado.
Habían llegado a las 12 de ese estúpido baile al que sólo había asistido como espectáculo visual. Sus padres la despidieron con cariño y su madre le hizo un gesto de arrepentimiento antes de cerrar la puerta de su suite.
Ya estaba, había plantado a su Himeko y esa mañana se iba de Venecia, de conde se marcharía dolida con ella, para colmo, no se verían en mucho tiempo. Si no era nunca.
"¡No!" gritó su cabeza. "¡No voy a rendirme tan fácilmente!".
Saltó de la silla aún con su vestido de noche puesto, se cambió los grandes tacones por otros más bajos que, aunque no pegaran tanto con el conjunto, sí eran más cómodos. Y así abandonó la habitación y el hotel.
Comenzó a caminar con rapidez y rabia a la orilla del Gran Canal.
-Posso auitarla, signorina?
Bueno, creo que no estubo tan mal ¿no?. XDDD
Espero que les haya gustado.
Ahora sólo tengo un problema para continuar... ¬¬U ...y es que no tengo ni idea de que profeción podría desempeñar Chikane, así que no me animo a hacer mucho más hasta dar con ella. Así que se aceptan propuestas y opiniones. Jajajaja.
¡Uff!
¡Muchas gracias por su atención y sus ánimos!
