Nueva actualización, ¡lamento las demoras! pero este capítulo me costó bastante... se me hacía que hao me quedaba completamente OOc. A todas aquellas personas que van leyendo esto, ¡quiero desearles un muy adelantado feliz año nuevo! ¡Que el 2010 sea mejor que el 2009!


Disclaimer: No, por más que los quiera, los personajes de Shamán King le pertenecen a Horoyuki Takei.


-Segundo Capítulo.-

-Animal de acecho.-

Apresado en una insana obsesión, regresé a ese antro día tras día teniendo la esperanza de encontrarme con aquel que personificaba la decadencia de las clases altas. Pero aquella avecilla enjaulada nunca regresó, y ese corroído lugar se convirtió en mi segunda casa. Yo, que no consumía ni usaba a esas desgastadas mujeres de ropa provocativa, encontraba en ese dantesco espectáculo una maravillosa obra de aterrorizantes claros oscuros. Supe, de pronto, que los ricos señores llevaban a sus invitados a divertirse con las criaturas del bajo mundo y que el opio sólo era la punta de los alucinógenos ilícitos.

Todo lo ví, todo lo sentí, en todo me sumergí.

Y entonces, en una de esas noches dónde estaba dispuesto a darme un gusto, él se interpuso en mi camino. Yoh, el tranquilo, soltó una de sus sonrisas idiotas y llamó mi atención, parándose frente a la puerta.

–¿Estás ocupado?– preguntó cayendo en la obviedad. –Es que quería ver si nos acompañas, Anna y yo tenemos una cena y…–

Siguió hablando, no lo escuché. En mi fuero interno, rodé los ojos e insulté a nuestros padres. Mi hermano gemelo, aquel que en nada se parecía a mi, había viajado miles de kilómetros para cuidarme (o al menos, eso querían pensar los demás) pero sólo dos personas sabíamos la verdad.

Por el rabillo del ojo, casi con desgano, miré a su esposa y sonreí entre dientes. Anna, su prometida convertida en mujer, me gustaba con una intensidad tan desesperada que lograba hacerme dudar de mis principios. Tal vez amor incomprendido o quizás la quería porque no podía tenerla.

Solté una protesta, él su risilla fastidiosa. Anna nos miró con la indiferencia que caracterizaban sus perlas negras. Ahorrando más quejas, decidí subir con ellos al carruaje, imitando el paso propio de los condenados a muerte. Si los quería lejos de mi vida, necesitaba demostrarles a nuestros padres que su hijo mayor iba por el camino de la decencia… aunque esa fuera otra mentira.

–Todo saldrá bien…– insistió Yoh sin darse cuenta que no lo oía, para terminar su incomprensible discurso con otra risilla bobalicona.

Sin darle demasiada importancia, asentí en silencio y volví a ocupar mi mente en aquellos soles dorados que lograron esconderse durante meses.

Parte por parte, en trocitos muy pequeños. ¿Era tanta la fijación? Durante mis sueños, la sangre corría libre y su diminuto guardaespaldas nos miraba estupefacto, abatido por la pérdida del señor. Parte por parte, degustando el momento.

–¿Te falta mucho?–

La pregunta molesta y su mirada desdeñosa. Frunciendo ambas cejas moví la cabeza de un lado al otro, para lograr alejarme de sus palabras que habían logrado taladrar mi inconsciente. Nada sirvió.

Ella volvió a soltar la misma pregunta, yo le contesté con un piadoso silencio. Electricidad en el ambiente, miradas cruentas listas para disparar verdades olvidadas y el canto de algún grillo inoportuno. Su delicada figura de mujer envuelta en ropa de gala, recortada sobre una fina casa de fiestas. La noche unida a las estrellas, ella y yo, él en mis sueños nocturnos, Yoh alejado en algún punto inalcanzable para mi trastornada cabeza.

Deseaba tomarla de las muñecas por fuerza. Deseaba acallar sus idiotas carcajadas. Deseaba tenerlo conmigo.

–Annita…– llamó él preocupado, sabiendo que todos los movimientos se acercaban a mal terreno.

Atisbos de odio quedaron entre nosotros, porque era lo único que podíamos cultivar. Viperina, giró sobre sus tobillos y caminó tras mi hermano, alejándose de la bestia oscura con un ser demasiado luminoso. Siguiéndolos con maldiciones ocultas, miré hacia el suelo desganado.

Mi demonio interior rugió molesto, las horas pasaron aburridas barridas por ceremonias y bailes extraños.

No podía mirarlos, no podía estar en esa misma habitación. Anna lo miró diferente, con una alegría casi imperceptible. Él ignoró el gesto y continuó hablando con un extranjero inglés de alguna aventura vivida. La continuidad en sus movimientos, lograron aburrirme. En algún momento de la noche, me levanté de la mesa y nadie se dio cuenta. No esperaba menos. Todos hablaban entre sí, todos estaban ocupados atendiendo sus patéticas existencias.

Sin nada más que hacer, salí de la casa y recorrí su parque. Una construcción occidental en un país del Oriente, el avance pisoteando a las tradiciones, los carruajes aparcados en la soledad de las tinieblas y el imprudente ruido de pasos violando una tranquilidad casi perfecta. Dos figuras fantasmales, que por un instante creí bajadas del cielo, caminaron escoltadas por fornidos hombres uniformados. Ella unos pasos atrás, él adelantándose con un ritmo casi maratónico.

–Es tarde…– fue lo único que acotó, apartándose el cabello del rostro. –Len…– llamó sin éxito.

Su esposo soltó un gruñido molesto, y caminó aún más rápido al escucharla trastabillar y asirse de algún guardián para no besar al suelo.

–¿Y?– fue lo único que respondió con fingida preocupación. –Llegamos, eso es lo único que importa.–

Ella soltó un suspiro denso cómo la niebla, las sombras que los cubrían se hicieron cada vez más y más claras. La mujer parecía europea (o de alguna parte de occidente), tenía el cabello largo y sedoso de un color plateado, los ojos rojos cómo los de un animal enfurecido y un atractivo que hubiese considerado "bonito" haber estado sola. Él, aquel hombre que muchos podrían considerar cómo despreciable, era un viejo conocido.

Cínico, curvé la primer sonrisa de toda la noche y me moví entre las sombras, esperando el momento oportuno para atacar.

–Joven amo.– llamó uno de los hombres, deteniéndose cerca de la entrada. –Cuándo este listo para irse, sólo…–

Su señor se alejó indiferente, la mujer lo siguió callada, el cabello de los tres se meció con el viento.

Acechándolos cómo un depredador, esperé el momento adecuado para actuar. Ella levantaba grácil el costoso vestido occidental, él subió las escaleras y se detuvo en el descanso, casi para reprocharle sus lentos movimientos.

Él lo sabía, ella lo sabía, yo podía verlo. La eterna actuación de dos amantes obligados, no se respetaba en la intimidad… aunque la señora Tao pareciese distar de lo que muchos pensaban sobre las mujeres.

–Le vamos a decir a Marco que nos acompañe.– su voz convertida en una orden sonó cómo una bofetada gélida.

Adivinando cada una de sus reacciones, me arrastré cómo un animal al acecho y surgí de la oscuridad, cansado de ver sin poder actuar.

–Hola Len.– saludé burlón, logrando sobresaltar a la infeliz pareja con sus custodios. –Tanto tiempo. – acoté al rato, sintiéndome observado por quiénes habían volteado para aniquilarme.

La mujer le dijo algo a su marido, él buscó en sus recuerdos y (por un momento) el rostro se le deformó para luego volver a la fría seriedad que parecía caracterizarlo. Dos hombres fuertes se me acercaron y yo volví a escuchar a ese demonio que gritaba por tenerlo.

Parte por parte, repetí mordaz, despacito. El éxtasis recorriendo mi sangre, la pasión indecorosa asesinando al sobrevaluado amor.

Mi avecilla enjaulada, crispó una sonrisa sardónica y luego me miró, con la misma prepotencia que la usada hace meses.


Cómo dato curioso hacia lo que muchos ya han de saber, en la antigüedad muchas mujeres orientales debían caminar detrás de su marido.

Luego de batallar durante días, quedé enamorada de este capítulo. Espero que a ustedes también les gustará y si encuentran algún error, pueden sentirse libres de decírmelo :)

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¡Gracias por sus rr's, nos leemos pronto!