Ya saben que Klaine no fue mi culpa. Estas historias llenas de miel, sí :P


Mis labios sonreían.

Es extraño que pueda recordar el modo exacto en el que mi sonrisa se dibujó en mi rostro en este momento, en este justo instante, antes de volver a olvidarlo todo. Siento dentro de mí la profunda tristeza que antecede siempre al vacío, a la nada, a la constancia de que este día, el que sin duda ha sido el día más feliz de mi vida en mucho tiempo, se perderá, se perderá cómo lo he perdido todo.

Pero mientras mi cuerpo cae sobre la alfombra, mientras mis manos temblorosas tratan en vano de sostener la medicina que aparta el olvido a veces, vuelvo a ver delante de mis ojos cada momento, cada escena, cada minuto de mi día con él. Es extraña y bendita esta nitidez con la que puedo recordar su rostro, su sonrisa luminosa, tan distinta a la mía. Recuerdo sus ojos color avellana, la generosidad de esa mirada, ese par de ojos que me decían que estarían dispuestos a entregarme el mundo si yo se los pidiera.

Recuerdo el momento exacto en el que su cuerpo impactó con el mío, hasta me parece ver el gesto enojado de mi cara cuando sentí el golpe, y de nuevo, esa mirada... esa mirada que contiene la fuerza cálida del otoño en ella, esa mirada brillante que sin embargo, como el otoño mismo, se desvanecerá de un momento a otro.

Si al menos pudiera ser capaz de guardar este día, sólo este día y aquellas horas con las que caminé con él; si tan solo pudiera quedarse el sonido de su voz dentro de mí, aquella voz hermosa que cantaba palabras con las que mis pies se movieron al compás de la canción que él hizo brotar de su garganta sólo para mí… aquel baile, sus brazos alrededor de mi cuerpo… sus labios, sus labios cálidos y temerarios que tomaron los míos sin pedir permiso, sin que yo me quejara, sabiendo que negarme a aquel beso sería negarme también a la felicidad. No quisiera olvidarlo, quisiera que eso se quedará dentro de mí. Pero no lo hará, sé que no lo hará.

Mi cuerpo sigue cayendo, convocado por la fuerza de gravedad pero todo parece transcurrir en cámara lenta. Recuerdo también la extraña apuesta que él me pidió realizar, recuerdo que la acepté sabiendo que sería imposible que él pudiera encontrarme, pero deseando que pudiera hacerlo en lo más profundo de mi corazón. Yo lo conocía, lo había visto mil veces antes. Era Blaine Anderson, el famoso actor de Broadway, el causante de mis crisis económicas cada vez que su rostro aparecía en Times Square convocándome a ir a verlo ¿Cómo no conocerlo, si desde su primera aparición en un teatro lo he seguido de manera casi religiosa?

Cuando choqué con él la primera vez, cuando sus ojos se quedaron fijos en los míos me pregunté seriamente si acaso no estaba alucinando porque no podía ser, Blaine no podía estar ahí, o más bien, no podía haber chocado conmigo. Porque los actores de Broadway sólo son reales en el teatro, en la imaginación, no en la vida. Recuerdo que mi mirada de molestia se trasformó en una de sorpresa cuando sus ojos me miraron, cuando le di la espalda, sonreí con ganas de detenerme y como un fan adolescente, caminar hacia él y pedirle un autógrafo, decirle que lo admiraba, decirle que gracias a él podía vivir el sueño que no había sido real para mí por obvias razones. Y es que no podía ser un actor de Broadway, pero al menos podía verlo a él y soñar que un día, alguien tan maravilloso como él actuaría en esa obra en la que yo mismo estaba trabajando, mejor dicho, la obra que yo había escrito pensando en él.

Escribía, a veces escribir me ayudaba a recordar, por eso me aferraba con fuerza a las letras de mi historia. La historia que dentro de mis sueños sería actuada algún día por Blaine Anderson, la historia que le daba sentido a una vida como la mía, una vida insignificante, pero a fin de cuentas mía. No me detuve. El pensamiento de perseguir a Blaine como una chica estúpida se me antojaba vergonzoso, así que simplemente seguí caminando. Porque estaba en Europa y uno de los sueños de mi vida era real al menos, porque los Alpes suizos me hacían sentirme pequeño pero aun así parte de su grandeza y el clima frío de aquella ciudad en la que reinaba el otoño parecía recordarle a mi cuerpo que a pesar de todo estábamos vivos, sentía la vida fluyendo dentro de mí, sentía felicidad, sentía tantas cosas…

Caminaba por las calles de aquella ciudad absorbiendo todo, el azul de las montañas contrastando con el dorado y el rojo de las hojas de los árboles, caminaba rogando dentro de mí que nada pudiera ser borrado, que todo se quedara en mi mente sin ser alterado. Lo había logrado antes, algunos recuerdos permanecían en mi memoria por más tiempo que los otros, los que no significaban nada. Y es que aquel viaje significaba tantas cosas, significaba tanto para mí.

Mis pies me llevaron después hacia el patio de una vieja casona en la cual, existía una fuente a la que todos llamaban mágica. Sólo tenías que pedir un deseo con fe, sólo debías estar convencido de que aquel deseo se cumpliría. Así lo hice, en aquel momento deseé lo mismo que ahora deseo, mientras mi cuerpo sigue cayendo, deseé no poder olvidar, lo deseé con tanta fuerza que los latidos de mi corazón no me permitieron darme cuenta de que no estaba solo en aquel lugar.

Cuando mis ojos se abrieron y la figura de Blaine Anderson parado al lado mío volvió a dibujarse en el azul de mis ojos, sentí que el aire se me escapaba porque no podía ser, de verdad no podía ser. Pero así era. Él estaba ahí, conmigo, sonriéndome, contestando a mis preguntas con un aire nervioso que lo hacía lucir mil veces más adorable, mil veces más humano y por lo mismo absolutamente hermoso.

¿Por qué sus ojos me miraban a mí? ¿Por qué, de todas las personas del universo mi cuerpo había sido el que chocara con el suyo? ¿Aquello significaba algo o era yo quien se esforzaba por encontrarle un significado? ¿Por qué él quería encontrarme de nuevo si ni siquiera me conocía? O tal vez lo hacía. Cuando sus ojos color avellana me miraron directamente, profundamente, sentí que nuestro encuentro había sido planeado 500 años antes, como mi madre me solía decir que sucedía con las almas gemelas. En sus ojos estaba escrito que aquel era un encuentro milenario, esa clase de encuentro que crea un lazo inmediato, un lazo entre dos personas que a partir de entonces no podrán separarse.

Fue por eso que le dije que le diría mi nombre si volvía a encontrarme de nuevo y cuando me sonrió, supe que sin duda lo haría. No sé cómo podía estar tan seguro de aquello pero lo estaba y él lo hizo, me encontró.

Puedo decir que mi corazón volvió a paralizarse cuando su mano tocó la mía por encima del libro antiguo que había estado observando en aquel pequeño mercado callejero al que había ido.

-Hola- dijo él, y una sonrisa brillante llena de incredulidad acudió a mis labios- te encontré de nuevo.

-Estoy seguro de que me seguiste hasta acá- dije yo, sin retirar mi mano de la pasta de aquel libro antiguo- hiciste trampa.

-No lo hice- dijo él sacudiendo la cabeza, sin dejar de mirarme, dispuesto a defender aquella afirmación hasta las últimas consecuencias- es obra del destino, ¿No lo ves?

Sí, lo veía, podía volver a mirarlo. Nunca antes había estado tan seguro, pero sabía que el destino era algo real porque estaba ahí, claro y radiante, dibujado en esos ojos hermosos e imposibles. Quería decirle que sí, que aquel era nuestro destino pero sólo pude sonreírle y él río y su risa también era hermosa, no había otro modo de describirla. Me dije que cualquiera podría enamorarse de él tan solo por el hecho de verlo reír. Su risa como su voz, era música, música de verdad, arte, ese arte que te hace sentir en un segundo miles de emociones a las que ni siquiera puedes nombrar. Él era así y mientras me recordaba que había ganado la apuesta, tomó el libro que yo había estado mirando, lo pagó sin preguntar el precio, lo depositó en mi mano izquierda, y tomando la derecha entre la suya, empezó a caminar diciendo que era casi hora del atardecer, que teníamos que apurarnos si queríamos llegar temprano a la catedral.

Él quería bailar conmigo, ni siquiera me preguntó si aquello me parecía buena idea y yo no me atreví a discutir. Su mano en la mía me hacía sentir seguro, alguien nuevo. Hablar con él era sencillo, me hacía sentir interesante. Le conté de mi trabajo como escritor de cuentos cortos, una vez a la semana mis cuentos eran publicados en una sección nueva del New York Times bajo un seudónimo. Le dije que aquel viaje a Europa me había costado casi un año de sueldo y mi corazón pareció detenerse cuando él me dijo que había leído varios de aquellos cuentos, que le habían gustado mucho, que no podía creer que ahora estuviera al lado de un escritor tan talentoso.

Talentoso. El más grande actor de Broadway pensaba que yo era talentoso.

Sonreí. Blaine no parecía estar interesado en hablar de él, sonrió con alegría cuando le dije que había visto su última obra y un sonrojo subió a sus mejillas. Supe entonces que él no era ningún engreído, creo sinceramente que ni siquiera se daba cuenta del enorme impacto que su trabajo tenía en los demás. Aquella humildad me desarmó, además claro de aquella cálida forma de ser.

-¿Sabes algo?- me dijo con una sonrisa triste- hace mucho tiempo que siento que actúo en obras vacías, ya sabes, obras que se venden bien pero que no significan nada.

-¿Es de verdad?- le dije yo bastante sorprendido pues sabía que sólo los mejores escritores y compositores de Nueva York e Inglaterra trabajaban para él.

-Te lo juro- dijo él y sus labios volvieron a sonreír cuando delante de nosotros la imponente catedral de la ciudad nos dio la bienvenida con el sol de la tarde pintando el limpio azul del cielo de matices naranjas, violetas y rosas.

-Quizá puedas leer una de mis obras- dije yo sin pensar- la verdad es que creo que desde que te vi actuar por primera vez he estado escribiendo una historia para ti, no creo que se venda bien, pero para mí significa algo…

Me quedé callado y la mirada intensa de aquellos ojos color avellana me hizo darme cuenta de que estaba diciendo estupideces. Pero Blaine no lo pensaba así, sus ojos decían que aquello le parecía una idea estupenda.

-Nada me gustaría más- dijo él y todo mi cuerpo tembló- de ese modo, cuando volvamos a América, podré seguir viéndote ¿No es así? Además, si has estado escribiendo esa obra para mí, bueno… ¿Puedo considerarme dueño de la mitad de la historia?

Me reí y asentí sin saber qué más decir. Blaine era demasiado franco, podía adivinar por ese tipo de comentarios que él era una persona que jamás se guardaba algo, y por eso, sus ideas eran puras y sinceras siempre, así como lo era él.

Sin decir más, Blaine me llevó a prisa hacia el atrio de la catedral que estaba ya llena de gente. Los dos nos quedamos parados en medio de los demás turistas que estaban ahí para bailar. El reloj de la torre más alta de la catedral empezó a tocar las campanas que anunciaban las seis de la tarde y como si eso fuera una señal, él me tomó entre sus brazos, haciéndome saber que aquello del baile no era ninguna broma.

Después de las campanadas, una música suave y elegante, música creada por un piano y un par de violines que le daban a aquel momento el resplandor de un cuento de hadas comenzó a sonar. Los ojos de Blaine se iluminaron de pronto y a mis pulmones les costaba saber qué hacer con el aire, porque aquel era un aire distinto. Y es que, la mirada de Blaine, la tarde, la música, aquel encuentro, todo parecía ser parte de un rompecabezas infinito que por fin se estaba reuniendo y en el que él y yo, Blaine y yo, éramos la figura formada después de que aquel millón de piezas se reuniera de nuevo. Quizá aquel era el encuentro definitivo y quizá no, pero aquel instante era un todo luminoso. Blaine y yo éramos un millón de piezas, Blaine y yo éramos un millón de estrellas.

Nuestros pies comenzaron a moverse, bailábamos lentamente al compás de la música y como si aquel instante no pudiera ser más bello, la voz de Blaine se unió a la de la música, fuerte y clara, segura y cálida haciéndome temblar, haciéndome creer que la persona a la que se refería en aquella canción era yo, nadie más que yo:

¿Por qué me haces temblar? Tú existencia me hace respirar, llenaste mi corazón triste y vacío con una joya como tú.

Las palabras "te amo" sólo pueden ser dichas para ti, jamás me atrevería a decir "se terminó"

Eres como una estrella brillante a la que no puedo sostener porque estás tan lejos pero ¿Podría esa distancia dejar de existir hoy?

Esta noche tú eres un millón de estrellas que llenan y llenan mi corazón profundamente.

Tú tomaste mi corazón destrozado y esta noche, en el lugar menos imaginado, tú luz me llena completamente.

El aire helado, la nieve que danza en el viento. Los amantes escuchan mi canción sabiendo que esta es su última estación después de un largo viaje. Esta noche, puedo tocar las estrellas.

Porque eres una persona preciosa y sólo a ti puedo decir las palabras "te amo", jamás me atreveré a decir "se terminó".

A veces fuiste aquella estrella lejana que no podía sostener, sentía que el camino era tan lejano pero esta noche tú eres un millón de estrellas que llenan y llenan mi corazón profundamente.

Tú tomaste mi corazón destrozado y esta noche, en el lugar menos imaginado, tú luz me llena completamente.

Sostengo tu luz brillante en esta noche cansada porque entre la oscuridad sólo puedo mirarte a ti y tu luz.

¿Por qué me haces temblar? Tu existencia hace que pueda respirar otra vez.

Esta noche tú eres un millón de estrellas que llenan y llenan mi corazón profundamente.

Tú tomaste mi corazón destrozado y esta noche, en el lugar menos imaginado, tú luz me llena completamente.

La canción terminó, pero él no dejó de sostenerme. Mientras bailábamos sentía dentro de mí el poder de sus palabras, me sentía aquella estrella lejana que por fin estaba en el cielo al que pertenecía. Sé que él no estaba cantando aquellas palabras en vano… sí, ¿por qué él me hacía temblar? Quizá porque un día había bastado para hacerme saber que aquellos brazos eran el sitio donde tenía que estar, quizá porque todo era tan cierto y debía sentirme asustado pero no lo estaba. No tenía miedo, ni siquiera me asustaba el olvido porque él estaba ahí, yo estaba ahí y aquella tarde en Suiza era perfecta, y Blaine era hermoso y aquel momento estaba seguramente condenado a desaparecer como las flores de primavera destinadas a morir en el invierno, pero no importaba, nada podía importarme menos.

Y entonces, sucedió…

Los labios de Blaine chocaron con los míos y yo me dejé llevar porque también me sentía perfecto, me sentía parte de esa historia y supe que mi vida no era insignificante, al menos no en ese momento. Blaine Anderson me estaba besando, ni siquiera le había dicho mi nombre aún pero él estaba besándome sabiendo que aquello no importaba. Y me aferré a aquel beso como los moribundos deben aferrarse al último soplo de vida, le devolví el beso y también sentí que estaba entregándole algo, no mi vida, sino la posibilidad de que él pudiera compartir la suya conmigo.

Nos seguimos besando, deseé que aquel beso no terminara nunca y él parecía estar deseando lo mismo. La tarde se convirtió en noche y cuando mis ojos se abrieron de nuevo, cuando nos separamos, las estrellas del cielo se confundían con las estrellas que ardían en los ojos de Blaine, esos astros que también ardían dentro de mí.

-¿Es un mal momento para preguntar tu nombre?- dijo él, acomodando mi cabello castaño detrás de mí oído y acariciando mis mejillas frías y sonrojadas.

-Te lo diré mañana- dije yo y él sonrío sin separarse de mí.

-¿Eso quiere decir que nos veremos mañana también?- dijo él realmente feliz.

-Sí…- dije yo con seguridad- veme al pie de las montañas, ¿vale?

Él asintió y como si temiera no volver a verme de nuevo, me abrazó a su cuerpo y yo me abracé al suyo. Éramos como dos viejos amantes que temían perderse a pesar de que teníamos unas horas de habernos encontrado. Me costó un mundo separarme de él. No dejé que me acompañara al hotel, me sentí un poco avergonzado de que él viera el modesto sitio donde estaba alojándome pero él me besó de nuevo antes de irse.

-Hasta mañana- susurró sobre mis labios.

-Hasta mañana- dije yo sin poder reprimir un suspiro, suspiró que él volvió a sellar con un beso.

Los dos sonreímos y él se alejó sin saber que minutos después de aquel beso, la neblina, el olvido, la nada furiosa que demandaba siempre lo mejor de mis recuerdos estaba a punto de atacarme.

Mi espalda toca por fin el suelo, mi cuerpo yace sobre el frío linóleo y mi mano sostiene el libro que él me regaló. Al lado de mí, sobre el suelo, hay una copia de la fotografía instantánea que los dos nos tomamos en la catedral. La miro antes de cerrar los ojos, la miro sabiendo que el mañana no existirá y que cuando mis ojos azules miren aquella imagen en la mañana no sabré quién es él, olvidaré lo que yo fui estando en sus brazos.

Pero no hay remedio, no puede haberlo y mientras mis ojos se cierran y la oscuridad envuelve a mis estrellas, mi corazón se rompe sabiendo que él me recordará pero que nunca sabrá mi nombre…


CANCIÓN: A million pieces- Kyuhyun

NDA: Holi holi¡ Bueno, pues aquí estamos de nuevo y he llegado a la conclusión de que esta historia que era un one shot , será algo más. Así que no teman que esto no se termina hasta que se termina. Y tengan piedad de mí con las otras historias (especialmente TDD) yo y mis vacaciones de invierno resolveremos eso very soon, mientras manden buenas vibras para no morir de estrés porque final de semestre y miles de cosas que calificar xD

Gracias por todo el apoyo¡ :D

Abrazos de oso :)